22 de agosto de 2011

Música de cañerías

Anteriormente, en A road novella...

Me extrañó su silencio en la carretera. Conduje sin rumbo durante tres horas seguidas. Cuando quise darme cuenta, Granada quedaba lejos y atravesábamos la llanura manchega, de modo que paré a repostar en una estación de servicio. Sin abrir la boca, Anna bajó del coche y entró en la tienda. Aproveché para ir al servicio. Una vez dentro me quité la camiseta y me refresqué. Me lavé la cara y las axilas. Saqué una jeringuilla, quemé sobre un cuadradito de papel de aluminio y me pinché. El chute fue tan intenso que vomité de forma estrepitosa. Lo puse todo perdido de pota, el lavabo, la camiseta, los azulejos. No sé cuánto pasé dentro, sólo que alguien empezó a aporrear la puerta como un poseso.
-¡Joder, no tenemos todo el puto día! ¡Eres un subnormal! ¿Acaso puedo quedarme todo el día esperando como una gilipollas? -estaba muy cabreada, o yo seguía demasiado puesto.
Recordé una técnica que me habían enseñado unos compañeros de carrera en una de mis primeras noches de excesos. Cerré los ojos con suavidad y me humedecí los párpados y la nuca. Como no funcionaba, encendí el mechero y me quemé la yema del pulgar izquierdo durante cuatro o cinco segundos. No tardé en espabilarme, pero estaba seguro de que me daría fiebre. Limpié el tugurio de vómito con la camiseta y tiré de la cisterna para ganar tiempo. Luego guardé la camiseta en la cisterna con la jeringuilla envuelta.
Entonces, salí.

Anna esperaba sentada en el suelo con los brazos rebosantes de chucherías y todo tipo de guarradas. No preguntó nada, me ofreció una bolsa de plástico enorme llena de porno y me guió de vuelta al coche.
Le pagó al encargado de la gasolinera y atisbé de reojo el fajo de billetes azules que portaba en el bolso, pero no dijo nada. Cuando arrancamos, el gato seguía en la misma posición de ovillo en que había quedado al subir en Granada.
Como si importara.




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