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15 de mayo de 2013

All that jazz


Anteriormente, en A Road Novella...


-Nada de jazz.
                Stella me recibió así en su casa, aunque no enseguida, qué va, sino a los cinco días de llegar a Amsterdam, cuando llevábamos tres sin saber de Svetl y Anna y yo nos moríamos de hambre. Sin lugar a dudas, la decisión de mudarnos con ellos respondía a la necesidad de supervivencia más que a cualquier otro asunto.
     Sin embargo, cuando llegué con los vinilos de Miles Davies y Chet Baker que había encontrado en la basura dos días antes, me dijo que en su casa no entraba el jazz. “Bastante tuvimos con mi padre, qué dolor de hombre”. Stella ni se llamaba Stella, ni era guiri. Era ni más ni menos que del Palo, Málaga Capital, y se llamaba Trini. Cómo había dado a parar a Amsterdam a sus cincuenta y se me antojó un misterio. Apilé los vinilos de jazz tras el colchón que compartiríamos en aquel piso infecto, donde no estábamos solos. El compañero de piso de Stella era un joven misterioso y delgado como el papel que se llamaba Ennis.
     Ennis parecía tener sólo pelo, rizado y revuelto como el de Bunbury o Dylan. Vestía una camiseta blanca que le quedaba ancha como a un espantapájaros azotado por el viento, su esternón, sus costillas bajo la tela. Según Stella, apenas comía; tampoco hablaba mucho, y cuando lo hacía era a través de monosílabos. Cierto es que, mientras nosotros comíamos, devorábamos nuestros platos, él se limitaba a mirar o a leer. Leía todo el tiempo, y leía libros difíciles. Los tenía en los rincones del salón, amontonados, libros de Proust unos sobre otros, libros de Joyce, el Quijote…
     -Tú ni caso –me había dicho Stella. –Está con una Biblia de uno americano, un tostón que no hay manera de leérselo.
     Ahí estaba el libro, sobre el brazo del sofá, tumbado sobre el lomo, The Infinite Quest, David Foster Wallace. Ennis lo miraba siempre de refilón, como si sospechara de él o se reprocharan algo el uno al otro, y creo que nunca lo vi leerlo, abrirlo siquiera.
     -Necesito tiempo –se excusaba siempre, y yo pensaba que el pobre sólo necesitaba una dieta rica en proteínas y grasas.


Ennis dormía en el sofá, aunque sospeché que antes de mi llegada compartía cama con Stella, lugar que ahora ocupaba yo. No es que hiciéramos nada raro, ni dormíamos abrazados ni follábamos, no, ella siempre me respetaba, y a veces, cuando se metía, me pinchaba en el muslo a mí y juro que en esos momentos sólo podía sentir agradecimiento y alivio. Me alegraba que Anna estuviera en el piso de al lado, ya que Paulo la cuidaba en mi lugar, aunque ella fuera a ser la madre de mi hijo. Me alegraba sobre todo que no me viera drogado, con la mirada perdida durante horas en la pared amarillenta.
     Aquella noche, mientras Anna y Paulo yacían juntos en su colchón de noventa y Stella experimentaba un viaje intensísimo, me despertaron los gritos y golpes. El Casio marcaba las cuatro y media, y me sentí más despierto de lo habitual, sobre todo si tenía en cuenta la hora. Primero pensé en Anna y su vientre, aunque pronto advertí que los gritos de mujer llegaban del techo. En el piso de arriba vivían varias familias brasileñas y dominicanas, aunque en realidad no se podía decir que nadie viviera ahí, ya que en aquel piso patera todos estaban de paso. Presté atención y me mareé un poco al oír los chillidos de pavor de la mujer. Imaginé al tipo, un bruto alto y moreno, golpeando la puerta en calzoncillos, tal vez con cualquier objeto doméstico a mano para los azotes: una cuchara de palo, un zapato, un colador, un jarrón de plástico.
     Me levanté con cuidado de no despertar a Stella, como si algo hubiese podido despertarla, y por pocas perdí el equilibrio. Me di cuenta del ritmo constante de los golpes, como el compás de una partitura que completaban los gritos de ella. Los insultos de ambos. Tenían una cadencia suave, ese horror parecía el jazz de los primeros beatniks, ésa fue la imagen que me vino a la cabeza, la de un círculo de hombres y mujeres medio desnudos, drogados, con timbales, con alaridos y verborrea incomprensible. Salí al salón, donde una luz blanca lo iluminaba todo. Ahí inclinado, con medio cuerpo dentro del frigorífico, Ennis rebuscaba entre la escasa comida. Sacó una botella de yogur líquido y bebió. Entonces me vio y descubrí que en la otra mano asía el libro gordo del sofá, cerrado, como un  ladrillo. Sonrió como un cadáver, me tendió la botella. Bebí como un ternero recién nacido.
     Ennis eructó.
     Me fui a dormir.

12 de mayo de 2013

Poesía insalubre

Hace un año y pico comencé un proyecto suicida, sobre todo si tenemos en cuenta mis tendencias literarias, ya que se trataba de poesía. El proyecto, en apariencia simple, arbitrario, excéntrico, consistía en escoger una imagen al azar y escribir un poema a partir de ella. Las imágenes estaban en una carpeta de mi ordenador, todas elegidas en diversas webs de Internet desde que tengo memoria, y cada una me servía de base para un poema. La cuestión era escribir un total de cien poemas a lo largo de un año, todos de forma improvisada, casi escritura automática, cieno, versos, basura, esquelas.
Justo un año me llevó el proyecto, y de él saco ideas de toda naturaleza, muy poco que salvar, muchísimo que repensar, reformular y desechar.
Sin embargo, estoy orgulloso de este trabajo porque me ha vuelto a hacer darme cuenta de que, si me lo propongo, puedo seguir con los proyectos y objetivos que delimito, así como de que la poesía no es un camino tan perdido para mí. El blog Poesía insalubre, donde desarrollé y alojé el proyecto, sigue ahí, supongo que seguirá ahí, supongo que el tiempo me dará o no la razón. Cien poemas para perder el miedo...


11 de mayo de 2013

Buffy Season 9

Ya se acerca la recta final de la novena temporada de Buffy, Cazavampiros, después de muchos meses, muchas entregas y una propuesta de lo más alternativa que nos ha permitido gozar de lo lindo con nuestros Scoobies (y sin ellos, y con nuevos personajes, y con viejos conocidos). Esta temporada hemos tenido no una, sino dos series o dos entregas paralelas con sus crossovers: la propia Buffy: Season 9 y Angel & Faith, que se ha convertido en la auténtica revelación de la propuesta. Por si fuera poco, hemos contado con dos miniseries centradas en los que probablemente sean los dos personajes más interesantes del Buffyverso, Willow Rosenberg y el vampiro Spike.
La dinámica entre Faith Lehane y Angel es de las que mejor funcionan en toda la historia de la ficción, ya que ambos no terminan de soportarse, pero se respetan, ambos tienen un lado muy oscuro contra el que siguen en perpetua lucha y ambos son bálsamos para el otro: han conocido la traición, la muerte, el rechazo y la penitencia. Por eso, no es de extrañar que esta entrega acentúe más si cabe dicho camino redentor en el que tanto la cazadora como el vampiro tratan de reconciliarse de manera definitiva con Giles, el Vigilante muerto. Los escritores han tenido la argucia de "resucitar" al personaje a través de sus diarios, familiares y conocidos, mientras Angel se atreve a desafiar las reglas de la magia para traer de vuelta a la vida al británico mediante la recolección de fragmentos de su alma y objetos con residuos mágicos. Entretanto, deben enfrentarse a dos nuevos enemigos, viejos compinches de Twilight, que no parecen dispuestos a dejar que nuestro vampiro con alma vuelva a ser feliz.
Por su parte, Buffy trata de encontrar (una vez más) su lugar en un mundo sin magia mientras la población de vampiros zombies o zompiros se desata con una velocidad alarmante.En su camino se topa un tipo capaz de robar el poder de las criaturas mágicas. Muy bien introducido el personaje, que en su momento parecía un nuevo aliado de los Scoobies, aunque ha resultado ser otro de los grandes malos de la temporada. Y es que el otro malo es Simone, una de las cazadoras más conflcitivas que se activaron al final de la séptima, amante de las armas de fuego y declarada enemiga de Buffy, a quien culpa de la muerte de todas las cazadoras ys de la situación del mundo sin magia que ésta ha provocado. Hay, por supuesto, otras tramas, como la polémica del aborto, el retorno del Buffybot, la aparición de Billy, el Cazavampiros por vocación, adolescente, gay e inexperto. También la aparición de Illyria como uno de los ases que se guardaban los guionistas, y la ausencia de la pareja formada por Dawn y Xander.
Como vemos, una temporada de lo más completa, a veces caótica, sobre todo en la parte concerniente a Buffy y los Scoobies, aunque a estas alturas, inmersos ya en el tramo final, parece articularse todo y el engranaje cobra un sentido inaudito. El cambio de medio le sentó a Buffy peor de lo deseable, pero asumidas las reglas del cómic no hay más que felicitar a los responsables de esta novena temporada por mantenerse fieles a su mitología y universo, enriquecerlo y construir un clímax que tiene toda la pinta de ser épico.

5 de mayo de 2013

Cuentacuentos 58

Iniciativa de El cuentacuentos

La vergüenza


El anciano se miró al espejo y apenas se reconoció. Pasó sus dedos diminutos, deformes por la artritis, por su nariz, por las mejillas, por el labio. El espejo le devolvió una imagen distorsionada de sí mismo. Maldijo a su cerebro por engañarlo así, por empeñarse en hacer prevalecer en sus circunvoluciones, como un caballo asustado, la imagen del hombre joven de ojos poderosos, mirada inquieta, nervio a flor de piel, dientes perfectos y cuerpo robusto. Echó un último vistazo a la carta que reposaba, aún sin guardar en el sobre, su letra menuda y temblorosa, y sopesó la pastilla en la mano.
                Sobre el espejo, apoyada en su propio canto, una fotografía sin enmarcar. La pareja joven y hermosa en el día de su boda conservaba cierta libertad que se pierde con los años, guardaba cierta energía imposible de predecir en las miradas de los casados.  El fotógrafo se había esmerado en imitar la letra de imprenta: Adolf Hitler y Eva Braun, había escrito con una pluma. La tinta de pluma, con los años, desaparecía…  Dentro de poco sólo quedaría la sombra de aquellos nombres.
                Volvió a mirar la pastilla en las manos, apenas una duda grisácea sobre su piel arrugada. La pastilla parecía tragarse el sudor de su mano, tantos años llevaba guardada en el cilindro metálico, tiznado de negro, que mantenía en el  cajón. Sus ojos se detuvieron de nuevo en el rostro joven de Eva Braun, en su belleza atemporal, sus ojos que invitaban a entregarse, el gesto juguetón que parecía tratar de contener su boca; él, en cambio, aparecía serio, distraído, con cierto aburrimiento, como si deseara que el ritual de la foto de bodas terminara cuanto antes. El anciano se entregó a la imaginación y la encontró de nuevo frente a él, desnuda, su pecho bajo, pero firme, su silueta de sirena, su pubis castaño, el ombligo como un seis desdibujado. Las manos envejecidas asieron el aire como si trataran de sostener los senos de una Eva Braun joven y anónima, la mujer más enigmática que habría de dar la Historia.
                Cogió la carta y la releyó. Tachó alguna coma, escribió en el sobre una dirección que ya había escrito veintitrés veces antes, todas de forma inútil, y dobló el papel para guardarlo en el sobre. Escribió en el remitente su nombre –Stefan Wiesenthal- y estuvo tentado a escribir su antigua dirección en Mallorca, pero al fin decidió que lo mejor sería no escribir dirección de vuelta.
                Le pareció oír el coche de Rosa en la calle y decidió echar un vistazo por la ventana. La calle argentina estaba llena de color, pero echaba de menos su casa costera en la playa balear. Escondió el cilindro y el sobre en el mismo cajón, se sentó en la silla a esperar a la enfermera y cerró los ojos. Se encontraba agotado; la noche anterior no había pegado ojo de los nervios. Unos nudillos golpearon la puerta y él respondió Adelante, y enseguida entró Rosa con su metro cuarenta y su pelo negro recogido en una trenza tensísima, toda su cara una sonrisa de piraña:
                -Buenos días, señor Stefan.*
                -Hola.
                Rosa abrió la ventana para que la habitación se aireara y salió a por el carro de limpieza. El anciano permaneció sentado, sin moverse, atento a los títulos de los libros sobre la estantería: El secreto de la Atlántida, Mein Kampf, Biografías: Adolf Hitler, El Ascenso del Tercer Reich, Historia política del siglo XXI, El camino del cambio… Sobre la mesita de noche, sin embargo, reposaba el estudio hecho por un historiador canadiense sobre la muerte del Führer en un búnker junto a la hermosa Eva Braun, La muerte de Adolf Hitler: un estudio; en la portada, dos cuerpos carbonizados. Rosa entró de nuevo en la habitación con su carrito: parecía un ciclón.
                -Me he meado –dijo él.
Esto lo dijo con la cabeza gacha. Aún sentía la humedad del pijama y los calzoncillos en las nalgas, el frío sobre el vientre. La ecuatoriana no lo entendió, pero él señaló vagamente con sus dedos al pijama mojado. Rosa dijo algo al respecto, medio gritando, porque el español era un idioma estridente, aunque de buen humor. Quitó las sábanas empapadas y la funda del colchón en un santiamén, sin poner mala cara. El anciano pensó que su mujer habría sido incapaz de hacer algo así por un desconocido, que ninguna mujer alemana, ninguna mujer europea, a decir verdad, habría sido capaz de quitar la mierda o el orín o el vómito de un viejo enfermo ni por todo el oro del mundo. Entonces se retractó: tal vez las españolas, las portuguesas, sin duda las griegas, todas las venidas de los países pobres del este. Se preguntó si Rosa sentiría vergüenza al lavar su ropa sucia, al ducharlo con esas esponjas enjabonadas, al frotar sus genitales arrugados, si mientras lo hacía pensaría en su marido, si tendría hijos, si tendría familia. Jamás lo sabría, pues no eran capaces de comunicarse más que por señas, aunque ella no paraba de hablar todo el tiempo, como a sabiendas de que no la comprendía se aprovechaba de su pasividad y vomitaba todo lo que le pasaba por la cabeza, y es que entre dos seres que no se conocen, con el hábito se difumina la vergüenza. Él mismo la había perdido con el transcurso de los días, y ahora se enfrentaba a los brazos fuertes de Rosa alrededor de su cuerpo, al leve olor a sudor, a su piel morena contra la suya pálida, a su empeñarse en tararear algo mientras se ocupaba de su barba, con total indiferencia.
Rosa se inclinó sobre él, le ayudó a levantarse y fueron juntos al cuarto de baño. Aún guardaba la pastilla en la mano. Aprovechó el momento en que ella salió a por las toallas. Metió la pastilla en el tubo de pasta de dientes y comenzó a desvestirse con dificultad; Rosa llegó con un papel en la mano. La fotografía.
El anciano palideció, pero Rosa no parecía haberse percatado de la identidad de los protagonistas de la instantánea, ya que la agitaba hacia él con algo parecido a dulzura.
-¿Era ésta su señora? ¿Y usted en el día de su boda? Pero qué guapos, hacían muy buena pareja.
Él asintió con una sonrisa falsa, sus mejillas rojas. Hizo un esfuerzo por recordar algo en español, y finalmente afirmó, con un fuerte acento alemán:
-Muy bella…
Esos trámites cotidianos le hacían enfermar. Rosa dejó la foto sobre el radiador y se dispuso a desvestirlo. Cuando le quitó la camiseta interior, empapada hasta el pecho, y le bajó los calzoncillos, se sintió violento como la primera vez. Recordó la primera vez que había sido consciente de que otra persona lo desnudaba, como cuando se cayó en la calle, tendría tres o cuatro años, y su madre lo desnudó en el portal del edificio para no tener que subir las escaleras, y allí mismo lo desnudó, ante la mirada indiferente de algún vecino. Recordó, cuando las manos de Rosa se posaron en su pecho cano, la primera vez en que Eva se atrevió a desnudarlo, después de casados, un día después de varias noches fuera de casa, en que se sentó en sus piernas y le quitó la corbata y le desabotonó la camisa poco a poco para luego besar su nariz, su cuello, sus pezones. Cuando Rosa frotó su axila, el hombre se estremeció. La enfermera rio; él cerró los ojos. Recordó la última vez que desnudó a Eva y ella lo desnudó a él, una semana antes de perderla, de abrir el cilindro y entregárselo envuelto en un pañuelo de hilo blanco. Recordó que ella llevaba un vestido rojo de corte clásico y sombrero negro, pequeño pero pesado. Recordó que la desnudó hasta dejarla sólo con las joyas, un colgante en forma de pájaro dorado entre sus pechos, dos pendientes de perlas blancas, la alianza, una pulsera de oro macizo. Recordó que a cada beso se obligaba a no entregarse por completo, a no sucumbir como hombre cuando no había sucumbido como líder, y que cada beso, cada vez que tocaba la piel todo sabía a algo sucio, algo que en principio se negaba a atender, pero que pronto se desveló como la forma de la vergüenza.
Recordó la última vez que la vio, su silueta recortada en la luminaria de la puerta, su mirada triste, pues le había prohibido llorar, le había prometido desnudo que en cinco días estaría junto a ella en aquel búnker bajo tierra. Imaginó, entre los brazos de Rosa, qué habría sentido aquella dama dura y divertida, aquel atajo de carne y luz, al ver que el hombre que entraba por la puerta del búnker no era más que un impostor, un paria, un mártir entregado a la causa, aquel a quien sólo podría haber descubierto ella, e imaginó, cómo no, la vergüenza que habría sentido Eva Braun al descubrir que su marido no era más que un cobarde, si habría gritado entonces, si habría maldecido, si habría llorado entonces. Stefan se dejó resbalar de vuelta a la silla de plástico y dejó que Rosa aclarara la espuma de su cuerpo macilento: sus brazos, su barriga, su rostro, su pene, sus piernas… Entonces, Rosa lo envolvió con una toalla que olía a limpio y lo mantuvo abrazado contra sí para que el algodón se empapara en agua. Cuando se separaron, se miraron a los ojos como si se hubieran encontrado entonces, como dos desconocidos se mirarían en circunstancias difíciles, como dos antiguos amantes, la cuestión es que Rosa se inclinó sobre él y buscó su boca, buscó sus labios, y con su lengua buscó la lengua del mayor villano desde que el hombre era hombre. Él recordó de nuevo a Eva, besó a Rosa como un adolescente, con los ojos cerrados, y cuando ella se separó de él aún permaneció así unos minutos, en silencio, como encogido por la vergüenza de besar a aquella mestiza. Sin embargo, cuando al fin abrió los ojos y la vio perderse por la puerta, su silueta recortada contra el día que invadía el cuarto, se le antojó la mismísima Eva Braun con su vestido rojo. Rosa salió sin decir nada, sin hacer ruido, como si nada extraordinario acabara de suceder, y el anciano supo que jamás la volvería a ver.
Se vistió con calma, prenda a prenda, con un antiguo traje de chaqueta y corbata burdeos. Se hizo el nudo frente al espejo y volvió a por la fotografía, la dejó apoyada sobre el borde superior del mueble y sacó el sobre del cajón. Lo depositó sobre la cómoda con la dirección del destinatario, Kinga Wiesenthal, hacia arriba. Cuando la nieta de Stefan Wiesenthal la leyera, sería demasiado tarde. Le avergonzó tener que trasmitirle el acto heroico llevado a cabo por su abuelo a través de un papel, y no en persona, ni siquiera con una llamada de teléfono, pero ya era tarde. La pastilla –la había vuelto a sacar del tubo de dentífrico y reposaba de nuevo en su mano, ahora pegajosa y pesada- de cianuro apenas le daría tiempo de sentarse con tranquilidad como para ahora lamentarse. Se dejó caer sobre el colchón y vio al anciano en el espejo. Se dijo que el anciano era Wiesenthal, el fantasma que le había perseguido desde que murió bajo el búnker en su lugar; se dijo que él no había dejado de ser el hombrecillo enérgico que estuvo a punto de hacerse con el mundo; se dijo que no había en ello nada de qué avergonzarse, en cualquier caso de haber engañado a Eva en su despedida, haber prescindido de su bigote para pasar desapercibido –la carne sobre el labio siempre le había parecido lechosa y muerta, un fantasma ausente-, de no haberse despedido de Rosa con un simple Gracias.
Adolf, en su habitación del residencial “Los Angelitos Negros”, al norte de la Pampa argentina, a sus noventa y un años, se lleva la pastilla de cianuro a los labios y mira al espejo. Piensa que todos los fotógrafos del planeta desearían captar la desolación de esa mirada, mirar a los ojos al monstruo, perderse en la maldición de la Medusa donde algún día, en la edad pura del niño que no comprende, habitó la vergüenza.

*En español 

27 de marzo de 2013

Urgencias: segunda temporada


Acabo de terminar de ver la temporada 2 de Urgencias. Para ser sincero, las primeras tandas me pillaron demasiado joven y tuve que prescindir de verlas salvo por capítulos sueltos de vez en cuando. Cuando me enganché a la serie, calculo que por la temporada 5 o 6, tampoco tardé demasiado en situarme, pero me faltaban guiños y vivencias de ciertos personajes. Me faltaba George Clooney. Sea como sea, la seguí hasta que terminó hace unos años en la temporada 15, todo un hito en la historia de las networks para una serie tan compleja que, a fin de cuentas, se trata de un procedimental/drama médico. Así, ahora me he propuesto volver a ver la serie entera. Ya vi la primera estupenda temporada (y comprendí de inmediato por qué Urgencias venció a Chicago Hope en la batalla de las audiencias), un chute de adrenalina, de ritmo narrativo y OTRA FORMA de contar historias. 
     La estructura de los episodios de Urgencias era curiosa: cada diez, quince minutos se introducía una nueva historia (habitualmente un paciente que llegaba con un problema nuevo), de modo que, además de las tramas de varios capítulos y los arcos de temporada, cualquier espectador que conectara a mitad de episodio pudiera engancharse y no sentirse deudor de esa fidelidad irrevocable cuyo paradigma es Lost. No sucedía nada por haberse perdido medio capítulo, eso es, y las historias se entrelazaban con una velocidad asombrosa. Cuando hablo de ritmo, de velocidad, es literal. Para transmitir la tensión y el caos que se pueden vivir en la planta de Urgencias de un hospital público, el ritmo, las interacciones entre personajes, el ruido de máquinas y la cantidad de sangre y camillas y figurantes en los pasillos, los travellings (con toda seguridad precursores de los que tanto ha explotado Sorkin, aunque mucho más caóticos y complejos) eran continuos. Claro, muchos espectadores se quejaban porque la serie los ponía de los nervios y les dejaba el corazón en el pecho. No daba respiro. Pero joder, ¿de qué estamos hablando? De una serie que se llama Urgencias. Aquí no hay tiempo, como en House, para sacar una pizarrita y consultar con todo el equipo médico qué tratamiento seguir. Aquí se toman decisiones YA, porque el tiempo puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Sí, hay tiempo para amoríos, pero no para esas absurdas escenas de cruces de miradas y roces en pleno quirófano à la Anatomía de Grey
     ¿Qué cuenta esta segunda temporada, a grandes rasgos? Además de los amoríos y desamoríos del doctor Ross (un guaperas George Clooney), la tensa relación entre Benton y el propio Ross por un caso de mala praxis, la incompatibilidad entre vida laboral y familiar para el doctor Greene, la historia de Susie y su hermana drogadicta, alcohólica teniendo una hija a la que ella quiere adoptar, la llegada de uno de los pilares de la serie, la doctora Weaver (mala como pocas, buena como pocas)... así como todos los dramas cotidianos que se pueden vivir en un hospital atestado de indigentes, inmigrantes ilegales y gente con muy poca paciencia y muy poco dinero. En definitiva, lo que Urgencias acostumbró a darnos desde su maravilloso y vertiginoso piloto.
     Por eso me sorprendió tanto, al ver la finale de la segunda temporada, cuando Carter (hilo conductor de la serie desde el principio) al fin se gradúa y pasa a ser médico, que todo comience con una calma irreal, a cámara lenta, con una canción relativamente tranquila y el baile desenfadado de enfermeros y los responsables de admisión del hospital. Es una declaración de intenciones, cierto, como queda patente más tarde, cuando Carter antepone el bienestar de sus pacientes a la satisfacción personal: se queda jugando a las cartas con un niño enfermo que está solo para que no se sienta mal; a cambio, se pierde su propia graduación. Sin embargo, al final del episodio, tras esa pausa, esa prolongación del tiempo a voluntad, ante las dudas que aún pueda haber, tanto los jefes del County como los espectadores estamos convencidos de que John Carter será el mejor médico en su especialidad.

25 de marzo de 2013

À Paris



Un día puede cambiar tu vida. Una persona puede cambiar tu vida. Pero, ante todo, una ciudad puede cambiar tu vida. Llegué a París una noche de otoño tras cinco días de carretera ininterrumpida. Encontré al poco, gracias al amigo de una amiga, casa que compartir con dos griegos y una italiana escultora en la Rue Rivoli. El piso estaba lleno de cuerpos a medio modelar, de cuadros de desconocidos, cojines y pufs donde pasar las horas.
     En cualquier caso, yo no había ido a París a convertirme en un cliché. Amaba el arte por encima de todas las cosas, y la fantasía de recorrer el Louvre como en una peli de Godard, de visitarlo a diario, al fin estaba a punto de hacerse realidad.
     La primera vez que visité el museo fue bastante decepcionante. Todo era tan ordenado, tan metódico, tan ASÉPTICO que apenas percibí la magia del lugar. A pesar de todo, volví al día siguiente y me fui alejando del grupo poco a poco. Así, progresivamente comencé a idear un plan para cumplir mi sueño. Cuando cerró el museo al séptimo día de mi llegada, en lugar de irme como hacían el resto de los visitantes, esperé a que se produjera el cambio de guardia. Un señor corpulento, de nariz grande y espalda ancha, salió y saludó a un joven que fumaba indiferente en una de las puertas traseras. En cuanto se apretaron las manos, la diferencia entre ambos se hizo casi irrisoria.
     Yo observé en silencio hasta que el joven entró. El grandullón de miró con desinterés y se alejó con su lento caminar. Entonces, procedí. Golpeé con los nudillos hasta que abrió el joven vigilante. Me fijé en el revólver que le asomaba junto al cinturón y en la placa con el nombre.
     -¿Qué quieres? -preguntó en francés. 
     -Hola, me llamo Verónica y voy a hacer que pases la mejor noche de tu vida si me haces un favor.
     -Buenas noches -se limitó a decir, y cerró en mi cara.
     -¡Pascal, Pascal! Si no me abres, jamás sabrás como podría haber sido esta noche y cuando seas viejo y estés echando de comer a los patos del parque te acordarás de mí, de las largas horas de aburrimiento y te maldecirás por no haber aceptado mi propuesta. Pero entonces será demasiado tarde y no podrás volver a este momento, y lo lamentarás para siempre.
     Esperé unos segundos eternos a la espera de cualquier respuesta. Al fin, la puerta cedió unos centímetros.
     -¿Qué favor? -preguntó.
     -Déjame entrar. Te contaré una historia por cada cuadro, te cantaré canciones que nadie conoce, nos reiremos de la Gioconda y haremos un picnic en la sala Van Gogh. ¿Qué me dices? 
     -Anda, pasa -dijo, y dejó escapar un profundo suspiro.
     Nada más entrar, eché a correr por los pasillos mientras perdía de vista a Pascal, que me llamaba y preguntaba mi nombre con pánico en la voz. “¡Verónica!”, gritaba yo a todos los cuadros.       Me detuve frente a la Gioconda, menuda, inocente, intrigante. 
     -Querida, me llamo Verónica. Ha sido un placer dar contigo al fin. Sshh...el guarda no me quería dejar entrar. ¿Sabes qué? Creo que está celoso. Estos franceses... No te muevas, te voy a dibujar. 
     Saqué un carboncillo y un cilindro de papel grueso y esbocé sus piernas. Le dibujé unas piernas a la Gioconda. “Por si algún día te cansas y prefieres huir”, le expliqué. Casi no me di cuenta de que Pascal nos observaba en silencio al otro lado de la galería. Sonreía. Entonces saqué una Polaroid y eché una foto de nosotros tres. Y fuimos a la sala Van Gogh, donde cenamos unos sandwiches vegetales y vino tinto, y brindamos por el pintor pelirrojo, que murió sin haber vendido ni uno de sus cuadros. Pascal y yo acordamos algo: le visitaría todos los lunes hasta contarle una historia por cuadro, cenaríamos juntos y beberíamos vino francés de la botella. Al despedirme, le di un beso en la mejilla y tiré de mí para llegar a la salida corriendo. Entonces, lo besé en los labios.
     Salí de allí a las seis o siete de la mañana, no sé bien, y llegué andando a la calle Lepic. A unos metros me observaba un perro pequeño, gordo y gracioso. Le asomaba la lengua por el lado. Adopté al carlino y lo llamé Poulain. Ésa fue la primera gran noche de mi vida.

23 de marzo de 2013

Soleá


A mí no me gustaba el flamenco, lo juro. Quien me conoce lo sabe.
La culpa de que me guste la tienen Lorca y Enrique Morente, o así, los dos juntos.
La cuestión es que yo, seguidor del granaíno desde que descubrí Omega, su disco revolucionario del flamenco junto a otros de Granada, los Lagartija Nick, empecé a devorar todo lo que tenía relación con esta familia. Así descubrí a Estrella, la hija mayor de Enrique, en especial su disco Mujeres, que establecía un homenaje a grandes damas de la canción, desde Rocío Jurado a Nina Simone. Cuando el cantaor murió hace un par de años y pico, recuerdo que me dio duro, que fue un día de altibajos, que me fui a la calle, a las calles de Granada, a escuchar ese Omega que se me antojaba doloroso y funesto. La aurora de Nueva York se estremecía, la Aurora de Granada temblaba. Creo que lloré por las calles del Realejo y por el centro.Y hace un año llegaron los mismos Lagartija, los mismos Planetas que habían transformado el flamenco en progressive rock, los mismos que habían acercado estos palos a los palacios de música, a los festivales, a homenajear al maestro con un disco imprescindible y bajo una nueva composición, Los Evangelistas: Homenaje a Enrique Morente.
La cuestión es Soleá Morente, ay Soleá. Una amiga de Granada decía haber jugado con ella de chicas en la calle. Nadie conocía a Soleá, y de repente ha eclosionado. Su padre le tenía un disco prometido cuando terminara la carrera, Filología Hispánica. Pero murió. Murió y nos dejó conmocionados, y en la BSO de uno de los documentales sobre el cantaor tuve la ocasión de descubrir a Soleá cantando una de las canciones más hermosas que se han escrito en español, Palabras para Julia. Quería más. Queríamos más. Empecé a buscar sobre ella, sobre sus proyectos, sobre sus posibilidades. Descubrí que es hermosa, con esa belleza racial y felina de las gitanas, con la misma elegancia de Estrella, con Granada en los dedos, con Morente en la sangre. Que su voz es la más dulce de la familia. Que, además, se atrevía con el teatro.
La vi en la última representación de Yerma en Madrid como la novia joven y enamorada que termina de abrir los ojos a Yerma. Otra vez, de nuevo, Morente y Lorca. Antes hacía coros para su padre, para su hermana, cantaba para los propios Evangelistas en algunas canciones del disco homenaje... Pero Soleá necesitaba su disco, está claro.
Ahora, un año más tarde, tras estar en Yerma con la música de su padre y permitirse saborear los escenarios, se anuncia nuevo disco de los Evangelistas, y si en el otro contaban con Soleá y Carmen Linares, en este nuevo trabajo se desviven por ella y se alejan del flamenco para regalarnos un trabajo más próximo al pop planetil, al pop de la Bien Querida, que a otro estilo. Sirva este botón de muestra, porque los veo reventando festivales. Tal y como fui a verla en teatro por saber cómo era en persona, hace unas semanas fui a ver a su hermana Estrella al Teatro Real de Madrid, y sucedió algo extraño y mágico. Llegué con poco tiempo, vale, y busqué la entrada para el público. Justo iba a entrar cuando me llamaron por teléfono. Mientras hablaba y daba vueltas en círculos vadeando preguntas e historias levanté la mirada y te vi. Soleá, estabas en la puerta con un hombre que te dejó un momento sola. Estábamos a poco más de un metro. Me pareciste insultantemente hermosa, mucho más que de lejos, mucho más alta, inaccesible. No te hablé, pero lo tuve claro. Cali, la protagonista de Queridos niños, de mayor será como tú. Cuando tenga veintitrés o veinticuatro años será como tú, con tus ojos, con tus pómulos.


3 de marzo de 2013

Weekend



El amor. Y ya. Parece fácil hacerlo cine. Nora Ephron lo hacía. Incluso un tipo duro como Clint Eastwood nos entregó la más imperecedera historia de amor en Los puentes de Madison. Pero hay otro amor, y es difícil. El amor que queda de puertas para adentro (En la cama, Habitación en Roma, 9 Songs), donde todo cobra forma de cuerpos y confesiones.

Anteponer ese amor al duro Londres Nottingham contemporáneo, esa ciudad donde los barrios están hechos de monstruos de apartamentos grises, donde las personas no coinciden, no paran, huyen de un destino de la ciudad a otro. En la urbe no cabe el amor. Y sin embargo...


Andrew Haigh nos regala esta historia de amor, su segunda película. Ya en la primera, Greek Pete, se entreveía la sensibilidad con la que trata las relaciones y a sus personajes, pero es ésta, Weekend, la verdadera revelación a la hora de plasmar en pantalla grande el amor. Se trata del amor de Russell y Glen, dos chicos londinenses que se conocen una noche de borrachera cuando la esperanza en la discoteca ya estaba perdida. Y se acuestan. Y despiertan juntos. Y hablan, hablan, y se dan los teléfonos. Y ahí comienza un fin de semana de confesiones, sexo y amor en el que ambos irán conformándose como una entidad transparente y llena de verdad.

Parece poco, ¿cierto? Dos desconocidos que se conocen y en muy poco tiempo intiman de forma enloquecedora, febrilmente romántica. El referente más claro es la trilogía de Linklater, en especial la primera parte, Before Sunrise. Luego, por la parte más sexual, las ya citadas En la cama o 9 songs. Sin embargo, aquí hay algo. Algo. Algo. Me lo creo. Te lo crees. Se lo creen. Es amor, por una vez es amor, no sólo un reflejo del amor en el celuloide. Esto, claro está, sería imposible sin el excepcional trabajo de los protagonistas. Tom Cullen y Chris New, dos actores formados en el teatro, prácticamente debutan en el cine con esta cinta arriesgada. Brilla en especial Cullen, con esa infinita capacidad de provocar vulnerabilidad y ternura, pero insisto, verdad. La falta de pudor, la total entrega de ambos actores supone un compromiso tan firme que sostienen ambos la carga de la propuesta. ¡Joder, tenían que ser británicos!

El director opta por entrar en sus vidas, en sus casas, su cama, cámara en mano, cercana, como ya es habitual en el cine de corte independiente. No obstante, donde muchas cintas resultan falsas, aquí todo el aspecto documental funciona. Sólo salimos de la intimidad de la pareja para escapar de ese microuniverso y contextualizar la frialdad de la ciudad, el mal de vivir a diario fuera del amor, sobre todo cuando se es homosexual. Ojo: no digo que sea esto un panfleto, ni mucho más, pero es inevitable que se cuele la sombra de la homofobia de una sociedad aún en proceso de depurar su tolerancia. Con esto, no es como Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) cuyo conflicto principal partía de tratarse de una relación entre dos hombres.

Weekend es una historia de amor. De cómo aparece cuando nadie lo espera, se planta entre dos cuerpos y se extiende como petróleo en el mar. Y de cómo el mar ansía que nunca se disuelva. Una lástima que hayamos tenido que esperar dos años para ver esta maravilla en España. El amor, digo. El cine.

23 de febrero de 2013

Ventajas de ser un marginado

Imagina la adolescencia. Imagina el desconcierto. Trata de pensar en alguna representación que se le aproxime con justicia, con honestidad, sin reparos.
The Perks of Being a Wallflower es una novela de 1991 escrita por Stephen Chobsky, quien ahora, veinte años más tarde, nos trae la adaptación de su propio libro. Y cómo lo encara. Cómo lo afronta. Cómo sale de una pieza de la afrenta.
I. EL TONO
Podría Chobsky haber optado por la idealización rayana lo salvaje que supone Skins, serie de televisión británica donde abundan el sexo, la droga y el rock&roll. Esa exaltación vital es digna de admiración, pero se pierde en sus propias pretensiones dramáticas y a veces cae en el absurdo. Podría Chobsky, igualmente, haberse acercado desde la perspectiva dócil e inocente de otros productos audiovisuales, véanse Aquellos maravilosos años o, más actual, Dawson's Creek, si bien estas representaciones adolecen de aproximarse al culebrón simple y a la labor adoctrinante que tradicionalmente ha tenido la ficción adolescente. No obstante, el autor de la novela opta por abrazar el tono del marginado, del inadaptado en el peligroso ecosistema que suponen el instituto y la vida familiar (los referentes son amplios, desde el Holden Caulfield de Salinger a las Chicas malas de Tina Fey). En cuanto a estos seres salidos de otro planeta, aquellos pardillos o pringados, existen auténticas filmografías dedicadas a ellos: desde Napoleon Dynamite al mayor referente y más compleja visión del espectro nerd como es otra serie de televisión, Freaks and Geeks (Judd Apatow, 1999). También me vienen a la cabeza Thirteen, C.R.A.Z.Y., 10 razones para odiarte... Sin embargo, el sello de autor en la representación de esta etapa tan convulsa, lejos de polémicas y los manidos tópicos de siempre, lo puso la también televisiva My So-Called Life con unos jovencísimos Claire Danes y Jared Leto.
II. LA PELÍCULA
¿Qué puede aportar a estas alturas Las ventajas de ser un marginado? Verdad y emoción, que parece fácil. Referencias pop. Buena música. La historia de tres chicos que se conocen en el instituto y aprenden juntos, de la mano, no sólo a vadear el sinuoso camino de la adolescencia, sino de oscuros pasados cargados de traumas personales. Charlie entra en el instituto, primer año, y no tiene amigos, no conoce a nadie, es un pardillo. De su marginación lo saca Patrick, un extrovertido estudiante de último año, y la hermanastra de éste, la inefable Sam. Los tres celebran una amistad intensa entre fiestas, cintas de música y pases nocturnos de The Rocky Horror Picture Show. Triángulos amorosos, literatura, expectativas, miedo. Carreras en la noche.
III. LOS RESPONSABLES
Del director ya hemos dicho que se trata además del autor de la novela en su segunda incursión en el cine. No es particularmente hábil, pero sabe dar con la poesía y la honestidad que requiere la historia. En cuanto al casting, es sin duda alguna el gran acierto de la película, desde una Emma Watson que se quita de encima el lastre de Hermione a pasos de gigante, al protagonista, Charlie (Logan Lerman, que también se aleja de su Percy Jackson con entereza) sin olvidar a la auténtica revelación, un Ezra Miller descarado y divertido que ya protagonizó la reivindicable Tenemos que hablar de Kevin. Eso, por la parte adolescente; en cuanto al sector adulto, una galería de secundarios eminentemente televisivos que llenan de contundencia una cinta producida por John Malkovich: Paul Rudd, Kate Walsh, Dylan McDermott... De la música, otro personaje en la película, se encarga Michael Brook.
IV. ÉXITO
La película viene precedida por la enorme repercusión de la novela, por las expectativas puestas en el casting y una campaña promocional centrada en la parte positiva que desprende la historia. No obstante, sorprende que las tramas que confluyen en la película tengan un reverso mucho más oscuro de lo habitual en el género. Sin desvelar nada, diré que existe algún que otro giro de guión, alguna revelación que lo transforma todo, y en un cine tan acostumbrado a dejarse llevar, es de agradecer. Ésta es la historia de un grupo de inadaptados en la etapa vital más compleja y determinante en la formación humana. Bailan, estudian, escriben, van a fiestas, aman, descubren, redescubren, conducen, vuelan, son infinitos.

19 de febrero de 2013

At every occasion


Anteriormente, en A Road Novella...

Supongo que me costó tiempo reaccionar, que me quedé con la bicicleta entre las manos, en medio de ese cementerio de ruedas y manillares y cadenas. Supongo que las lágrimas de Anna tuvieron en mí un efecto excitante, y al notar el tacto húmedo de sus mejillas contra mi hombro desperté y asumí lo que acababa de decir: César, el pequeño gato huido en un descapotable por media Europa, estaba muerto. Me sentí fatal por haberlo embarcado con nosotros en esa aventura. Sin embargo, si tal y como habíamos creído desde el principio, cuando en Granada  César había subido al coche él solo, se trataba de la reencarnación de un hombre, sin lugar a dudas le habíamos procurado la aventura de su vida.

En cualquier caso, la revelación sirvió para que olvidáramos el miedo a ser detenidos, para que bajáramos la guardia como si nada pudiera ocurrirnos.

-Oh, Dios mío. No podemos dejarlo aquí. Odia esta ciudad -dijo Svetl, y tenía razón.
Veinte minutos después, estábamos de nuevo en la carretera, en esta ocasión en un autobús de segunda, viejo y ruidoso, con destino Amsterdam. Anna era mi compañera de asiento; nuestra amiga eslovaca, por su parte, iba junto a una señora rellena con patas de gallo y hoyuelos marcados. Probablemente era de la ciudad y había ido a la peluquería por la visita a la Gran Capital. De todos modos, tampoco me fijé demasiado en ella. Iba pendiente del pobre César, aún con los ojos abiertos dentro de la mochila que habíamos comprado en la estación antes de partir. Anna le acariciaba la nariz y las orejas, pero era profundamente triste verlo ahí, cada vez más tieso en ese magma de plástico.
En poco más de una hora llegábamos a Amsterdam, en concreto a una estación mastodóntica, como una mole de metal y cristal que nos dejó encogidos en los asientos. De vez en cuando miraba a la tripa de Anna y me preguntaba cómo sería el fruto de nuestra unión, su llegaríamos a verlo. Me rugía el estómago y sudaba mucho, pero no me di cuenta de esto hasta que me lo comentó ella.
-¿Tienes calor? Estás empapado.
Me llevé las manos a la frente y me sequé el sudor, me remangué y descubrí que tenía la piel de gallina.
-No, mira, tengo la piel de gallina.
-A ver si vas a tener fiebre.
-No, no es nada.
De repente, como sugestionado por los síntomas, comencé a sentirme mal y a agobiarme por la misma idea. Tragaba, pero tenía la boca seca y el corazón me latía con fuerza. Me sentí débil, mareado. Una oleada de vómito me subió por el esófago y tuve que tragar. El sudor me helaba.
-Estamos llegando -me dijo Anna -, no será nada, ya verás.
Ambos sabíamos que no era cierto. Desde que dejamos la furgoneta, no había consumido. Tenía los primeros síntomas del mono, que se habían hecho esperar poco menos de tres días. En ese momento no lo dije, pero lo sabía; en cierto modo, guardaba la esperanza de encontrar algo que meterme o pincharme en la zona nocturna de Amsterdam. Claro que para eso debía de engañar a Anna y Svetl hasta llevarlas a la zona marginal de la ciudad con el pretexto de la vida alocada, la supervivencia por la supervivencia, lo que fuera. Traté de recobrar la compostura. Unos minutos después, entrábamos en la estación de Amsterdam, una mole de metal y vidrio que nos devoró como una ballena sin barbas.
En cuanto dejamos el autobús, nos volvimos a sentir perdidos. Todo el mundo parecía saber a dónde dirigirse, a saber, al centro turístico donde droga y prostitución se daban de la mano ante el visto bueno de las autoridades y de toda Europa, por no decir todo el mundo, que envolvía a la ciudad en ese halo de adquirido exotismo. Eso, si no preferían irse a Camboya a follar niños.
Llovía. Amsterdam nos recibía gris y fría, y nosotros no teníamos casa ni destino. César seguía muerto en la mochila de Anna, habría que hacer algo con su cuerpo. Nosotros, en cambio, debíamos hacer algo, dar con un sitio donde pasar la noche al menos una vez, y la ciudad y el país nos parecían demasiado extraños. Propuse lo que a todas luces parecía la solución: pasar la noche en el metro.
A Anna le pareció toda una revelación, aunque pude sentir la decepción de Svetl. La jovencísima rubia parecía reservar otros planes para Amsterdam, aunque disimuló y aceptó lo que nos tenía preparado el destino. Compramos unas bolsas con comida enlatada en la primera tiendecilla regentada por indios que encontramos a las afueras de la estación, y entonces nos colamos por los tornos del metro y bajamos hasta que no había más escaleras. Ante la mirada estupefacta de los demás viajeros, saltamos a las vías y echamos andar hacia la oscuridad del túnel, hacia el calor y la humedad de los sistemas de ventilación. Ahí abajo nadie diría que afuera estaba lloviendo. Yo sudaba de manera profusa, me costaba respirar en aquel asfixiadero, pero sabía que en las entrañas del metro encontraría mi medicina.
No tardaron en aparecer los primeros yonkis, todos salidos de una película española de los setenta, sin dientes, consumidos, con los brazos y las piernas entre finos y fláccidos por los pinchazos, pellejos colgantes en la sombra, alumbrados de manera fugaz cuando algún tren hacía su ronda, ajeno al destino de esos seres. La mayoría parecían viejos; sus rostros no tenían nacionalidad, sería imposible distinguir a un irlandés de un romano, y nosotros nos apretamos los unos contra los otros hasta hacernos un cuerpo tembloroso y sano, sucio de verdad y aire.
Como en una ficción terrible, tenían bidones donde refulgían llamas a ratos naranjas, a ratos verdes o rosas. ¿Qué quemaban en ellos? Todo. Quemaban todo lo que se pudiera quemar. Supongo que lo pensamos los tres a la vez, y cuando Anna alzó el cuerpo sin vida de César ante las llamas, su silueta iluminada como la de una sacerdotisa lista para el sacrificio, Svetl y yo nos abrazamos y volvimos a llorar en silencio. Cuando César estaba ardiendo, nos volvimos a convertir en un cuerpo tembloroso y doliente. Las pavesas de César danzaban a nuestro alrededor, como si nos abrazara para decir adiós a sus amigos humanos.
Me alejé del calor y del fuego, me sumergí en las sombras, donde una mujer rubia y hermosa me ofrecía una jeringuilla. Ahí, en alguna parte, alguien tocaba una guitarra y cantaba “The Funeral” para nosotros. Sin saberlo, acabábamos de conocer a Stella y Paulo, las almas más puras que conocimos en todo nuestro viaje por la Vieja y Cruel Europa.