Iniciativa de El cuentacuentos
La vergüenza
El anciano se miró al espejo y
apenas se reconoció. Pasó sus dedos diminutos, deformes por la artritis, por su
nariz, por las mejillas, por el labio. El espejo le devolvió una imagen
distorsionada de sí mismo. Maldijo a su cerebro por engañarlo así, por
empeñarse en hacer prevalecer en sus circunvoluciones, como un caballo
asustado, la imagen del hombre joven de ojos poderosos, mirada inquieta, nervio
a flor de piel, dientes perfectos y cuerpo robusto. Echó un último vistazo a la
carta que reposaba, aún sin guardar en el sobre, su letra menuda y temblorosa,
y sopesó la pastilla en la mano.
Sobre
el espejo, apoyada en su propio canto, una fotografía sin enmarcar. La pareja
joven y hermosa en el día de su boda conservaba cierta libertad que se pierde
con los años, guardaba cierta energía imposible de predecir en las miradas de
los casados. El fotógrafo se había
esmerado en imitar la letra de imprenta: Adolf Hitler y Eva Braun, había
escrito con una pluma. La tinta de pluma, con los años, desaparecía… Dentro de poco sólo quedaría la sombra de
aquellos nombres.
Volvió
a mirar la pastilla en las manos, apenas una duda grisácea sobre su piel
arrugada. La pastilla parecía tragarse el sudor de su mano, tantos años llevaba
guardada en el cilindro metálico, tiznado de negro, que mantenía en el cajón. Sus ojos se detuvieron de nuevo en el
rostro joven de Eva Braun, en su belleza atemporal, sus ojos que invitaban a
entregarse, el gesto juguetón que parecía tratar de contener su boca; él, en
cambio, aparecía serio, distraído, con cierto aburrimiento, como si deseara que
el ritual de la foto de bodas terminara cuanto antes. El anciano se entregó a
la imaginación y la encontró de nuevo frente a él, desnuda, su pecho bajo, pero
firme, su silueta de sirena, su pubis castaño, el ombligo como un seis
desdibujado. Las manos envejecidas asieron el aire como si trataran de sostener
los senos de una Eva Braun joven y anónima, la mujer más enigmática que habría
de dar la Historia.
Cogió
la carta y la releyó. Tachó alguna coma, escribió en el sobre una dirección que
ya había escrito veintitrés veces antes, todas de forma inútil, y dobló el
papel para guardarlo en el sobre. Escribió en el remitente su nombre –Stefan
Wiesenthal- y estuvo tentado a escribir su antigua dirección en Mallorca, pero
al fin decidió que lo mejor sería no escribir dirección de vuelta.
Le
pareció oír el coche de Rosa en la calle y decidió echar un vistazo por la
ventana. La calle argentina estaba llena de color, pero echaba de menos su casa
costera en la playa balear. Escondió el cilindro y el sobre en el mismo cajón,
se sentó en la silla a esperar a la enfermera y cerró los ojos. Se encontraba
agotado; la noche anterior no había pegado ojo de los nervios. Unos nudillos
golpearon la puerta y él respondió Adelante, y enseguida entró Rosa con su
metro cuarenta y su pelo negro recogido en una trenza tensísima, toda su cara
una sonrisa de piraña:
-Buenos días, señor Stefan.*
-Hola.
Rosa
abrió la ventana para que la habitación se aireara y salió a por el carro de
limpieza. El anciano permaneció sentado, sin moverse, atento a los títulos de los
libros sobre la estantería: El secreto de la Atlántida, Mein Kampf,
Biografías: Adolf Hitler, El Ascenso del Tercer Reich, Historia política del
siglo XXI, El camino del cambio… Sobre la mesita de noche, sin embargo,
reposaba el estudio hecho por un historiador canadiense sobre la muerte del
Führer en un búnker junto a la hermosa Eva Braun, La muerte de Adolf Hitler: un estudio; en la portada, dos cuerpos
carbonizados. Rosa entró de nuevo en la habitación con su carrito: parecía un
ciclón.
-Me
he meado –dijo él.
Esto lo dijo
con la cabeza gacha. Aún sentía la humedad del pijama y los calzoncillos en las
nalgas, el frío sobre el vientre. La ecuatoriana no lo entendió, pero él señaló
vagamente con sus dedos al pijama mojado. Rosa dijo algo al respecto, medio
gritando, porque el español era un idioma estridente, aunque de buen humor.
Quitó las sábanas empapadas y la funda del colchón en un santiamén, sin poner
mala cara. El anciano pensó que su mujer habría sido incapaz de hacer algo así
por un desconocido, que ninguna mujer alemana, ninguna mujer europea, a decir
verdad, habría sido capaz de quitar la mierda o el orín o el vómito de un viejo
enfermo ni por todo el oro del mundo. Entonces se retractó: tal vez las
españolas, las portuguesas, sin duda las griegas, todas las venidas de los
países pobres del este. Se preguntó si Rosa sentiría vergüenza al lavar su ropa
sucia, al ducharlo con esas esponjas enjabonadas, al frotar sus genitales
arrugados, si mientras lo hacía pensaría en su marido, si tendría hijos, si
tendría familia. Jamás lo sabría, pues no eran capaces de comunicarse más que
por señas, aunque ella no paraba de hablar todo el tiempo, como a sabiendas de
que no la comprendía se aprovechaba de su pasividad y vomitaba todo lo que le
pasaba por la cabeza, y es que entre dos seres que no se conocen, con el hábito
se difumina la vergüenza. Él mismo la había perdido con el transcurso de los
días, y ahora se enfrentaba a los brazos fuertes de Rosa alrededor de su
cuerpo, al leve olor a sudor, a su piel morena contra la suya pálida, a su
empeñarse en tararear algo mientras se ocupaba de su barba, con total
indiferencia.
Rosa se
inclinó sobre él, le ayudó a levantarse y fueron juntos al cuarto de baño. Aún
guardaba la pastilla en la mano. Aprovechó el momento en que ella salió a por
las toallas. Metió la pastilla en el tubo de pasta de dientes y comenzó a
desvestirse con dificultad; Rosa llegó con un papel en la mano. La fotografía.
El anciano
palideció, pero Rosa no parecía haberse percatado de la identidad de los
protagonistas de la instantánea, ya que la agitaba hacia él con algo parecido a
dulzura.
-¿Era ésta su señora? ¿Y usted en el día de
su boda? Pero qué guapos, hacían muy buena pareja.
Él asintió con
una sonrisa falsa, sus mejillas rojas. Hizo un esfuerzo por recordar algo en
español, y finalmente afirmó, con un fuerte acento alemán:
-Muy bella…
Esos trámites
cotidianos le hacían enfermar. Rosa dejó la foto sobre el radiador y se dispuso
a desvestirlo. Cuando le quitó la camiseta interior, empapada hasta el pecho, y
le bajó los calzoncillos, se sintió violento como la primera vez. Recordó la
primera vez que había sido consciente de que otra persona lo desnudaba, como
cuando se cayó en la calle, tendría tres o cuatro años, y su madre lo desnudó
en el portal del edificio para no tener que subir las escaleras, y allí mismo
lo desnudó, ante la mirada indiferente de algún vecino. Recordó, cuando las
manos de Rosa se posaron en su pecho cano, la primera vez en que Eva se atrevió
a desnudarlo, después de casados, un día después de varias noches fuera de
casa, en que se sentó en sus piernas y le quitó la corbata y le desabotonó la
camisa poco a poco para luego besar su nariz, su cuello, sus pezones. Cuando
Rosa frotó su axila, el hombre se estremeció. La enfermera rio; él cerró los
ojos. Recordó la última vez que desnudó a Eva y ella lo desnudó a él, una
semana antes de perderla, de abrir el cilindro y entregárselo envuelto en un
pañuelo de hilo blanco. Recordó que ella llevaba un vestido rojo de corte clásico
y sombrero negro, pequeño pero pesado. Recordó que la desnudó hasta dejarla
sólo con las joyas, un colgante en forma de pájaro dorado entre sus pechos, dos
pendientes de perlas blancas, la alianza, una pulsera de oro macizo. Recordó
que a cada beso se obligaba a no entregarse por completo, a no sucumbir como
hombre cuando no había sucumbido como líder, y que cada beso, cada vez que
tocaba la piel todo sabía a algo sucio, algo que en principio se negaba a
atender, pero que pronto se desveló como la forma de la vergüenza.
Recordó la
última vez que la vio, su silueta recortada en la luminaria de la puerta, su
mirada triste, pues le había prohibido llorar, le había prometido desnudo que
en cinco días estaría junto a ella en aquel búnker bajo tierra. Imaginó, entre
los brazos de Rosa, qué habría sentido aquella dama dura y divertida, aquel
atajo de carne y luz, al ver que el hombre que entraba por la puerta del búnker
no era más que un impostor, un paria, un mártir entregado a la causa, aquel a
quien sólo podría haber descubierto ella, e imaginó, cómo no, la vergüenza que
habría sentido Eva Braun al descubrir que su marido no era más que un cobarde,
si habría gritado entonces, si habría maldecido, si habría llorado entonces.
Stefan se dejó resbalar de vuelta a la silla de plástico y dejó que Rosa
aclarara la espuma de su cuerpo macilento: sus brazos, su barriga, su rostro,
su pene, sus piernas… Entonces, Rosa lo envolvió con una toalla que olía a
limpio y lo mantuvo abrazado contra sí para que el algodón se empapara en agua.
Cuando se separaron, se miraron a los ojos como si se hubieran encontrado
entonces, como dos desconocidos se mirarían en circunstancias difíciles, como
dos antiguos amantes, la cuestión es que Rosa se inclinó sobre él y buscó su
boca, buscó sus labios, y con su lengua buscó la lengua del mayor villano desde
que el hombre era hombre. Él recordó de nuevo a Eva, besó a Rosa como un
adolescente, con los ojos cerrados, y cuando ella se separó de él aún
permaneció así unos minutos, en silencio, como encogido por la vergüenza de
besar a aquella mestiza. Sin embargo, cuando al fin abrió los ojos y la vio
perderse por la puerta, su silueta recortada contra el día que invadía el
cuarto, se le antojó la mismísima Eva Braun con su vestido rojo. Rosa salió sin
decir nada, sin hacer ruido, como si nada extraordinario acabara de suceder, y
el anciano supo que jamás la volvería a ver.
Se vistió con
calma, prenda a prenda, con un antiguo traje de chaqueta y corbata burdeos. Se
hizo el nudo frente al espejo y volvió a por la fotografía, la dejó apoyada
sobre el borde superior del mueble y sacó el sobre del cajón. Lo depositó sobre
la cómoda con la dirección del destinatario, Kinga Wiesenthal, hacia arriba.
Cuando la nieta de Stefan Wiesenthal la leyera, sería demasiado tarde. Le
avergonzó tener que trasmitirle el acto heroico llevado a cabo por su abuelo a
través de un papel, y no en persona, ni siquiera con una llamada de teléfono,
pero ya era tarde. La pastilla –la había vuelto a sacar del tubo de dentífrico y
reposaba de nuevo en su mano, ahora pegajosa y pesada- de cianuro apenas le
daría tiempo de sentarse con tranquilidad como para ahora lamentarse. Se dejó
caer sobre el colchón y vio al anciano en el espejo. Se dijo que el anciano era
Wiesenthal, el fantasma que le había perseguido desde que murió bajo el búnker
en su lugar; se dijo que él no había dejado de ser el hombrecillo enérgico que
estuvo a punto de hacerse con el mundo; se dijo que no había en ello nada de
qué avergonzarse, en cualquier caso de haber engañado a Eva en su despedida,
haber prescindido de su bigote para pasar desapercibido –la carne sobre el
labio siempre le había parecido lechosa y muerta, un fantasma ausente-, de no
haberse despedido de Rosa con un simple Gracias.
Adolf, en su
habitación del residencial “Los Angelitos Negros”, al norte de la Pampa
argentina, a sus noventa y un años, se lleva la pastilla de cianuro a los
labios y mira al espejo. Piensa que todos los fotógrafos del planeta desearían
captar la desolación de esa mirada, mirar a los ojos al monstruo, perderse en
la maldición de la Medusa donde algún día, en la edad pura del niño que no
comprende, habitó la vergüenza.
*En español