11 de octubre de 2016

Últimas lecturas

Sigo con mi verano de lecturas, y esto es lo que han traído agosto y septiembre, más allá de dos o tres libros que comencé y en los que aún me encuentro inmerso:

Rabia, Stephen King (Richard Bachman)
La conocida como novela prohibida por su propio autor, Rabia cuenta el secuestro de una clase por parte de un alumno armado con un revólver. Se trata de una de las novelas que publicó bajo el pseudónimo de Richard Bachman, cuya circulación vetó el propio King años más tarde debido a que diversos autores de matanzas en institutos estadounidenses habían citado Rabia como inspiración de sus ataques. Se trata, al igual que el resto de obras publicadas bajo pseudónimo, de una novela mucho más directa y narrativamente sencilla que el grueso de su bibliografía. Al igual que en La larga marcha, el autor logra una tensión constante que lleva a un clímax íntimo, para nada las desproporcionadas destrucciones a las que nos tiene acostumbrados el escritor de Maine. No se trata de una gran novela, ni siquiera tan arriesgada o transgresora como la inmediatamente anterior Cementerio de animales, de modo que no creo ni que su propio autor la eche en falta en el mercado, no sólo por motivos éticos, sino literarios.

Nada (Carmen Laforet)
He de reconocer que me ha costado leer este libro, que es uno de los must read que he empezado varias veces sin éxito (esto no es significativo de la calidad literaria de la obra: también me ocurrió con Cien años de soledad), y he descubierto uno de esos universos femeninos en los que me muevo a menudo en mis últimas lecturas, así como a una autora extremadamente joven y de una sensibilidad que raya en la herida. Nada refleja la aspiración juvenil y feminista a la libertad, pero también la miseria de un país roto, el hambre, el hambre. La voz contundente de Carmen Laforet siempre tembló a la sombra de este primer libro, donde la claustrofobia cobra forma de casa y de ciudad, y acompañó a Laforet como un monstruo llamado Gloria Literaria que acabó transformándose en su silencio. Andrea, la joven entusiasta del comienzo del libro, acaba arrastrada por la desdicha que se ha cebado con su familia y país. Aunque insisto, me costó entrar, y a ratos se me hizo bola, pero es valiente y madura, e historia indiscutible de nuestra literatura.

Un hijo (Alejandro Palomas)
No es un secrero el entusiasmo con el que descubrí Una madre del mismo autor hace un par de meses, y cómo me precipité a conseguir este hijo que nos ocupa. Ya la primera página me pareció un puñetazo en la mesa, y me sedujo con ese perspectivismo que utiliza en la narración. La historia del niño que quiere ser Mary Poppins está llena de corazón, como sucedía con la anterior novela, y aunque si tuviera que escoger me quedaría con Amalia, el hijo de este relato, y la madre, y las maestras del colegio, y el entorno casi doméstico que vertebra la obra, vuelven a dar en el clavo de la emoción humana. El misterio que se va desenvolviendo con calma, casi como un secreto, sirve de aliciente adicional para quienes pidan más que personajes inolvidables. Una historia tierna narrada con inteligencia por un autor que ha pasado a transformarse en una de las voces literarias más interesantes de nuestro país.

The killing joke (Alan Moore)
O el cómic definitivo sobre el Joker, sin lugar a dudas el villano más paradigmático del héroe de Gotham. Alan Moore nos propone en este viaje adentrarnos en la locura de un hombre normal, un desgraciado, un mediocre y cómo acaba transformado en el siniestro monstruo que provocará pesadillas al mismísimo Batman. Para ello, el autor se sirve de un (polémico) ataque a Batgirl, Barbara Gordon, en el que la heroína sufre un disparo y queda postrada en una cama. La misma mujer que pateaba el culo a villanos sin despeinarse se ve aquí convertida en mero instrumento para que el hombre murciélago busque venganza. Más allá de lecturas sexistas, este número supone el intento definitivo por narrar la génesis del Jóker, y lo hace desde el contraste con el héroe. Cuanto más prístino es el desdichado, más turbio se torna un Bruce Wayne al límite. La locura del monstruo parece invadir al héroe en una atmósfera malsana. Lo único achacable es que su carácter caricaturesco lo hace palidecer al lado de otras aproximaciones más solemnes al mito de Batman.

Dark Night: A True Batman Story (Eduardo Risso y Paul Dini)
En mi periplo por leer los clásicos del caballero oscuro di con ésta, una de sus últimas novelas gráficas, de la cual me llamó la atención el carácter autobiográfico y meta del mismo. A True Batman Story no trata de Batman, sino que narra la historia real del guionista, Paul Dini, y cómo la ficción le ha ayudado a superar sus traumas y adicciones. En su juventud recibió una paliza por parte de tres encapuchados, y esto le provocó una depresión y un miedo que le impedían salir de casa. Su subconsciente toma aquí forma de personajes de ficción, en su mayoría del universo de Gotham City. Salvando las distancias, me ha recordado a Instrumental de James Rhodes, y a cómo el arte, la creación pueden interceder por nosotros y ayudarnos a salir de la noche más oscura. Tiene cierto interés, pero tampoco creo que está a la altura de las mejores aventuras de Batman como para hacerle un hueco en el Olimpo de la novela gráfica.

El lejano país de los estanques (Lorenzo Silva)
Desde que la leí, La flaqueza del bolchevique se convirtió en una de mis novelas preferidas. Se trataba de una historia fresca, divertida, macarra y tierna, dramática, efectiva. Tiene Lorenzo Silva varias novelas juveniles que marcaron mi última adolescencia, y cómo no, la serie de Chamorro y Bevilacqua, la pareja de Guardias Civiles que nos ocupa. Recuerdo vagamente haber leído alguno de los números de la colección, y ahora me he propuesto leerlos todos en orden, aprovechando que mi hermano, fan irredento, los tiene todos. El lejano país de los estanques sirve para presentar a la pareja protagonista con un misterio resultón, aunque creo que no me convenció tanto como el primero que leí, tal vez porque lo que aquí se narra es una España que me resulta ajena, y con la Benemérita de por medio espero quizás un retrato más fiel de la sociedad española. En cualquier caso, se trata de una novela divertida, en especial gracias a la dinámica que se establece entre los protagonistas, y ahora sí, pienso leer toda la serie en el orden en que fueron publicados. Larga vida a Vila y Chamorro.

29 de septiembre de 2016

Harry Potter y el legado maldito: reseña

Profunda decepción.

Al grano, ya. Yo, que comencé a leer las aventuras del joven mago con 12 o 13 años, cuando se publicó El cáliz del fuego en España, que luego leí los anteriores en bucle tres o cuatro veces hasta que se publicaron los tomos siguientes, que los dos últimos números los leí directamente en inglés porque no aguantaba la espera, que me registré en Pottermore para seguir de cerca cualquier novedad sobre el universo creado por la autora, he sentido una profunda decepción al leer esta obra de teatro canónica, escrita por Jack Thorne a partir de una idea de la propia Rowling.


Vayamos por partes: la de Harry Potter era una historia cerrada, y redonda. Muerto el perro, muerta la rabia. El héroe acababa con su némesis, los arcos de desarrollo de los protagonistas se completaban, todas las tramas se cerraban con una precisión de demiurgo... Rowling lo dio por tan terminado que incluso añadió, al final de Las Reliquias de la Muerte, aquel bochornoso y almibarado epílogo, que no hacía más que desvirtualizar el buen sabor de una historia narrada de forma ejemplar. El tiempo ha dado la razón a los fans descontentos con dicha guinda final, pues ha sido el propio epílogo el punto de partida a partir del cual se construye, 19 años después, Harry Potter y el legado maldito.



Tratar de explotar la gallina de los huevos de oro no es algo nuevo ni en el universo potteriano. Como digo, éste se ha expandido con acierto gracias a la absoluta entrega de su creadora, que ha puesto todo el cuidado del mundo en las adaptaciones cinematográficas, obras derivadas para la caridad (Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Quidditch a través de los tiempos, los tres recientes libros sobre la escuela de magia (Short Stories from Hogwarts of Power, Politics and Pesky Poltergeists,Short Stories from Hogwarts of Heroism, Hardship and Dangerous Hobbies y Hogwarts: An Incomplete and Unreliable Guide) o la inminente expansión cinematográfica con la trilogía sobre Animales fantásticos que está escribiendo la mismísima Rowling. Por eso es de extrañar que, con el celo creativo que ha mantenido siempre la escritora, aceptara que esta obra de teatro viera la luz. Rowling ha hecho un trabajo encomiable para satisfacer a sus lectores, principalmente con la creación de material exclusivo en el portal Pottermore.



La calidad sigue siendo una constante en todos los productos derivados, incluso en todos aquellos cuyas ganancias van destinadas de forma íntegra a la caridad (la escocesa dejó de ser milmillonaria por sus generosas donaciones a causas sociales), y es por eso que este Legado maldito hace justicia a su título. Los personajes están desdibujados, los protagonistas de la saga son tristes sombras de lo que fueron, no tiene el ingenio, la gracia de la saga original. Rowling es divertida cuando debe serlo, grave cuando la historia lo necesita, siempre en un equilibrio fascinante.


Al tratarse como se trata de una obra de teatro, resultan más evidentes las carencias en especial en dos aspectos: desarrollo de personajes y diálogos. Rowling es una dialoguista excepcional, que sabe otorgar una voz muy distintiva a sus personajes, así como definirlos en cuatro líneas para que el lector sepa a qué atenerse con ellos. Dado que no es una novela, no hay forma de definir mejor a los personajes, más allá de la caracterización, que mediante el diálogo. Así, en El Legado Maldito los nuevos personajes carecen del carisma con que envolvía la autora a cualquier personaje de la saga, por secundario que fuera, mientras que el reencuentro con viejos conocidos deja un sabor amargo: no son la sombra de lo que fueron, y en la mayoría de los casos suenan como una burda imitación de ellos mismos. Y es que el cambio de formato le ha pasado factura como obra literaria: donde antes había un rico universo en expansión y personajes complejos, llenos de contradicciones, ahora deambulan seres planos que no dejan su impronta, y no hay lugar para la inventiva y las deliciosas descripciones que fueron seña de identidad de este universo.

A nivel del universo que creó Rowling, la obra de teatro apenas introduce elementos novedosos, probablemente con la intención de ser lo más fiel posible a aquello que está escrito en piedra. Recuerdo cómo cada nuevo año en Hogwarts venía cargado de sorpresas, personajes entrañables, descubrimientos mágicos y criaturas fascinantes. Esto brilla por su ausencia en el libro que nos ocupa.

Pero tal vez la historia sea buena, ¿no? Una buena historia podría salvar este libro y devolvernos la ilusión. Hay que reconocer que comienza bien, con un par de planteamientos interesantes y una elipsis narrativa que nos saca del tono al que estamos acostumbrados. 19 años después del final de la saga, Albus, el hijo difícil de Harry, y Scorpius, el brillante hijo de Malfoy, se convierten en mejores amigos. Puede molar, ¿no? Lo cierto es que hay fanfics que molan más. Las decisiones que tomó en su día Harry Potter siguen siendo el motor de la historia, aunque esto sólo pone de manifiesto la falta de inventiva. Dado que el arco del joven mago y su némesis estaba tan cerrado, podrían al menos haber desarrollado nuevas historias que hicieran justicia a los nuevos personajes. Con todo, han preferido acomodarse y volver atrás (ni siquiera figuradamente, así de literal es todo).

Jugar a los viajes en el tiempo y a reescribirlo podría verse como algo interesante, utilizar el popular efecto mariposa para poner en un aprieto el futuro del mundo mágico... pero es algo que hemos visto mil veces. Además, no hemos de olvidar que el tercer libro de la saga, El Prisionero de Azkaban, orbitaba en torno a los viajes en el tiempo con la elegancia y la exactitud que caracterizan los puzzles que conforman cada novela de Harry Potter. ¿Para qué retomar los viajes en el tiempo cuando se nos ha asegurado por activa y por pasiva dentro de este universo que no son posibles nunca más? ¿No es un mundo de magia lo suficientemente inabarcable como para limitarse a un recurso tan manido? No sé, por interés que pueda tener siempre la reescritura de la Historia, en este caso se queda en un quiero y no puedo.

La dinámica entre los personajes tampoco funciona demasiado bien, con cameos de muchos conocidos en un ejercicio que se aprecia más nostálgico que narrativo. Este intento de repetir lo que ya conocemos, de no innovar, supone el principal lastre del libro. Por no hablar del villano de la función, ese momento vergonzoso donde descubrimos quién es y qué intereses lo mueven. Digno de uno de los millones de fanfictions que pueblan Internet.

Harry, el protagonista de la saga original, pierde aquí presencia, y se desdibuja, Como Hermione, mi personaje preferido (por no hablar de su hija Rose, que no es más que un instrumento al servicio del interés romántico de Scorpius; podrían haber prescindido de todo el personaje) o un Draco que parece ocultar la historia personal más interesante, y aun así se queda a medio gas...

Es una lástima este paso en falso de Rowling, sobre todo para los fans que crecimos como lectores con sus libros, que llevamos años esperando el retorno de la magia si es que algún día se fue. Quién sabe, tal vez la obra de teatro en vivo gane enteros que justifiquen este retorno, pero como libro no satisface como siempre lo lograron todas las entregas de la saga. Este año llega una nueva ampliación del universo mágico en forma de película. Esperemos que, ahora sí, vuelva la magia para quedarse.

15 de septiembre de 2016

Poetas portugueses II: Sophia de Mello Breyner Andresen

Cuando muera volveré para buscar
los instantes que no viví junto al mar.


Lisboa
Digo:
«Lisboa»
cuando atravieso -venida del sur- el río
y la ciudad a la que llego se abre como si de su nombre naciese
en su inmenso lucir de azul y río
en su cuerpo amontonado de colinas
la veo mejor porque la digo
todo se muestra mejor porque digo
todo muestra mejor su estar y su carencia
porque digo
Lisboa con su nombre de ser y de no ser
con sus meandros de espanto insomnio y lata
y su secreto rebrillar de cosa de teatro
su conniviente sonreír de intriga y máscara
mientras el amplio mar a occidente se dilata
Lisboa oscilando como una gran barca
Lisboa cruelmente construida a lo largo de su propia ausencia.
Digo el nombre de la ciudad
digo para ver.

Navegaçoes, 1983
(traducción propia)

Algarve
1
La luz más que pura
sobre la tierra seca
2
Quiero el canto el aire la anémona la medusa
el recorte de las piedras sobre el mar
3
Un hombre sube el monte dibujando
la tarde transparente de las arañas
4
La luz más que pura
parte su lanza

Livro Sexto, 1962
(traducción propia)

La casa
La casa que amé fue destrozada
La muerte camina en el sosiego del jardín
La vida susurrada en el follaje
Súbitamente se rompió no es mía.

Dual, 1972
(traducción propia)

Mar
I
De todos los cantos del mundo
Amo con un amor más fuerte y más profundo
aquella playa extasiada y desnuda,
donde me uní al mar, al viento y la luna.
II
Huelo la tierra los árboles y el viento
que la primavera llena de perfumes
pero en ellos sólo quiero y sólo busco
la exalación salvaje de las olas
subiendo hacia los astros como un grito puro.

Poesia, 1944
(traducción propia)

22 de julio de 2016

Lo que he leído en el último mes

Visto el despropósito en que se ha convertido el blog, y en vista de que me será imposible dedicarle un artículo a cada una de estas lecturas, he decidido hacer un breve repaso de todos los libros que he leído en el último mes.
Recuerdo cuando, de adolescente, devoraba lecturas a un ritmo vertiginoso. Internet estaba aún en pañales y costaba conectarse (alternaba la biblioteca de mi pueblo con aquel primer módem ruidoso cada vez que accedía a Internet en casa en la era pre-Google), por lo que las distracciones eran mínimas. Tampoco escribía aún con la disciplina que gané con los años, de modo que mis esfuerzos los invertía en leer cuanto más, mejor (aunque leía más, leía peor, también sea dicho). También alcancé picos de lectura en mi tercer año de carrera, sobre todo con mi regreso de Erasmus y el descubrimiento de Bolaño y McCarthy, a partir de quienes nada volvería a ser lo mismo. La cuestión es que, desde que la vida se hizo seria, esto es, desde las responsabilidades y el trabajo y la declaración de la renta y los trayectos en metro-tren-autobús, desde Internet a todas horas, en todas partes, leer se ha convertido en una especie de carrera de obstáculos, y ya no hay rastro de aquella lectura enfermiza de horas seguidas, sino la de ratos desocupados y extraños momentos de asueto.
Al grano:

Pet Sematary, Stephen King
Quien me conoce sabe que King fue mi autor de adolescencia, a quien devoré seducido por el terror un poco a ciegas, como todo en aquella época. Leí prácticamente todos sus clásicos, pero nunca di con este Cementerio de animales del que muchos decían que era una se sus novelas más duras, y ya es decir; ahora, en plena relectura de sus primeras novelas en inglés, me ha dado por aproximarme por primera vez al cementerio indio. Me ha parecido efectivamente muy dura, arriesgada en su planteamiento e irregular en su ejecución, pero se trata sin lugar a dudas de uno de los libros que peor me lo han hecho pasar. Además, supone una lectura madura que plantea un dilema moral interesante, y vuelve a demostrar cómo King es capaz de generar empatía con sus protagonistas de forma natural, sin esfuerzo.

El joven Moriarty y el misterio del Dodo, Shofia Rhei
Entre el excelente catálogo que se está marcando Nevsky, uno de los libros que más deseaba leer desde mi periplo lisboeta es el que nos ocupa. Se trata de una novelita breve, hasta cierto punto infantil, cuyo principal atractivo, original donde los haya, es conocer la infancia del archienemigo de Sherlock Holmes, el mismísimo James Moriarty. Para ello, la autora lo pone a investigar diversos misterios y nos presenta a su familia y entorno para que lleguemos a saber cómo este niño espabilado y de buena cuna se convirtió en este cerebro criminal. Si esto lo aderezamos con ambientación victoriana (entre los cameos se encuentran Charles Darwin o Lewis Carroll), un misterio doméstico y un tono desenfadado, tenemos el primer tomo de una colección divertida con unas preciosas ilustraciones de Alfonso Rodríguez Barrera. Mi próxima parada será El joven Moriarty y los misterios de Oxford, y me consuela saber que hay dos volúmenes más de momento sobre el joven villano.

La araña del olvido, Enrique Bonet
No suelo leer demasiado cómic/novela gráfica, y cuando lo hago es motivado por el tema que trata o por referencias sobre la obra. En este caso contaba con ambas. La araña del olvido narra una historia real, que no es ni más ni menos que la del primer investigador que afrontó, en pleno franquismo, la ardua tarea de averiguar quién, cómo y por qué asesinó a Federico García Lorca. La del poeta granaíno es una figura que me toca de cerca, y justo en el momento trabajo en una nueva novela cuyo eje principal es Federico; así, cuando supe de este libro lo apunté en mi lista de futuras adquisiciones, y una mañana en la FLM dio la casualidad de que el autor, Enrique Bonet, estaba firmando y me lo traje dedicado. Me fascina la idea de trasladar a una novela gráfica el trabajo de investigación que llevó Agustín Penón, comprobar lo turbio de todo el asunto y cómo cada nueva pista parece acabar en un callejón sin salida. A pesar de que Penón fue valiente e inquisitivo, jamás logró concluir su investigación, y Enrique Bonet es fiel a la historia del propio Penón. Quien busque en este libro respuestas al asesinato de Lorca, tal vez acabe decepcionado. Quien quiera descubrir la pequeña batalla que libró Agustín Penón en el día a día para saber más, sin duda acabará satisfecho. Una lectura interesante que me ha llevado a interesarme por investigaciones posteriores sobre la muerte de Lorca, pero también sobre la vida de Penón.

La luz prodigiosa, Fernando Marías
Tengo la suerte de conocer a Fernando Marías, como tengo la suerte de haber leido La luz prodigiosa hace años a raíz de la película homónima (cuyo guión firma el propio Marías). Ahora, en el 25 aniversario de la publicación, Turpial reedita la primera novela del autor bilbaíno, y no he podido evitar hacerme con ella. Para quien no lo sepa, este libro también gira en torno a la figura de Lorca, y crea una fantasía maravillosa donde consigue darle una vuelta de tuerca al misterio sobre el asesinato del escritor. Además, releída después de la maravillosa La isla del padre (Premio Biblioteca Breve 2015), es posible comprobar cómo la capacidad de Fernando Marías para crear misterio e interés de la historia más modesta ya existía al comienzo de su carrera, así como otras constantes en su obra (el testimonio, la memoria, el cine). Recomiendo esta novela, por supuesto, y la curiosa experiencia de ver la película con sus puntos de divergencia. Hay que celebrar esta luz prodigiosa.

Una madre, Alejandro Palomas
Éste es sin duda el libro que más me ha gustado en mucho tiempo. Me gusta el narrador, me gusta la estructura, me gusta Amalia, la protagonista, esa madre omnipresente, deslenguada, infantil, liberada, leona, y me gusta cada personaje que compone este fresco familiar. Y es que Una madre es eso: una reunión familiar en Nochevieja que nos permite conocer a toda la familia y la historia que cada uno de sus miembros guarda. Hay humor, y amor, y drama perfectamente integrados, y todo huele a verdad. Este (llamémoslo así) costumbrismo es difícil de reflejar sin que resulte impostado, y por eso Alejandro Palomas hace posible que el lector empatice con Amalia y sus hijos. A Una madre le seguirán Un hijo y Un perro en cuanto tenga ocasión, con la esperanza de volver a encontrar estas parcelas de verdad en el territorio de la Literatura.

El año del verano que nunca llegó, William Ospina
La historia de cómo se gestaron la criatura de Frankenstein o el Vampiro en la misma noche siempre me ha fascinado. Citaba el acontecimiento Stephen King en su excelente ensayo Danza Macabra (Valdemar). Que esto aconteciera en un verano sin sol, con la reunión de Byron, Polidory, Percy y Mary Shelley, incluso Matthew Lewis, sólo arroja más misterio al asunto. Al fin alguien se ha atrevido a escribir el libro definitivo sobre esta noche que se extiende como una metástasis por los siglos precedentes y venideros, y es que William Ospina construye una especie de cadena de acontecimientos y vidas que, auspiciados por el destino o la casualidad, convergen en dicha velada. Evidentemente, no todas las historias que narra resultan igual de interesantes o relevantes, pero Ospina traza un amplio escenario para que contemplemos todos los factores y personajes que, de un modo u otro, intervinieron en la aparición de los mitos del terror moderno. La única pega que le pondría es precisamente que a veces da la sensación de que el autor está recreándose en conceptos que no llevan a ninguna parte, o que no sabe envolver la historia con el gancho y misterio que dominan otros narradores como el ya citado Fernando Marías o, en el terreno de la crónica, el excelente Mauricio Wiesenthal. Como contrapunto, se nota que Ospina ha investigado, ha hecho un arduo trabajo para abarcarlo todo, y su ambicioso proyecto seduce al lector y le devuelve más preguntas, una bibliografía, un testimonio de un verano sin sol que habría de cambiar el mundo.

26 de marzo de 2016

La estrategia del camaleón

Retomo el blog en estado de extrañeza con un tema en mente del que llevo un tiempo queriendo hablar, pero por el que jamás me decido: la impronta literaria. Me consta que hay muchos escritores a los que les sucede que, mientras trabajan en un proyecto, las lecturas a las que se exponen acaban por afectar a su estilo.
Leo Noches sin dormir, de Elvira Lindo, y me digo que siempre me ha gustado ella más que Muñoz Molina, su señor esposo. De él traje también, en la misma maleta que el de Elvira, Como la sombra que se va, en parte porque me interesa todo lo que tenga que ver con la conspiración, en parte porque transcurre en Lisboa. Me gustaría que, abandonada Nueva York, se vinieran ambos escritores a Lisboa, y encontrármelos en el club de lectura del Cervantes, o en cafés paradigmáticos, o en la sección de literatura de la FNAC. Se ven sencillos.
También estoy a punto de terminar Los amigos, una novelita japonesa de Kamuzi Yamuto que aúna dos de mis obsesiones: la infancia y la muerte; no llega al nivel de Mi planta de naranja lima en cuanto al adiós a la inocencia, pero tiene la extraña poesía que desprende todo lo japonés; además, la traducción es llamativa, lo cual, ahora que lo pienso, no sé si es bueno o malo. Menos me duró Instrumental, las duras memorias de James Rhodes que, si bien no están a la altura de Cosas que los nietos deberían saber (por eso de que comparten editorial y una cierta temática de malditismo musical), me ha atrapado por completo y despertado en mí cierto interés por la música clásica de la cual, reitero mi ignorancia, no tengo ni pajolera idea.
Hoy, comienzos de primavera, Día Mundial de la Poesía, ha caído en Lisboa un granizazo como no recuerdo. Apuro la última revisión de los Dinosaurios con la certeza de que será la última y la esperanza de encontrarle hogar, aunque aún queda camino por recorrer. A cada vuelta de la esquina surge una nueva complicación estructural, narrativa o de construcción de personajes.
Pero volvamos a aquello de lo que venía a hablar hoy: la impronta literaria o estilística. Uno no es consciente mientras le ocurre, pero poco a poco se va empapando de lo que lee y lo plasma en lo que escribe. Me ha costado percibirlo, pero relecturas relacionadas con la revisión y corrección de mis últimas publicaciones me han hecho verme reflejado en autores a los que admiro y he leído con auténtica devoción. Esto es muy claro en el caso de Donde mueren los monstruos, libro en el que queda patente que mientras tanto leía a Ricardo Menéndez Salmón en bucle o novelas de estilo tan cuidado como El ladrón de morfina, de la que ya escribí en el blog. Por ello, ahora que preparo una novela de vampiros en un ambiente rural me he hecho un listado de libros que debía leer para meterme de lleno en la temática y mitología del vampiro, pero también para entrar hasta el fondo en un ejercicio de estilo especialmente trabajado, de ahí que mis últimas lecturas hayan sido Dracula y Salem's Lot (ambas leídas en inglés, con lo cual poca impronta salvo a nivel estructural), pero tenga unas cuantas más historias de chupasangres esperando, y me haya propuesto releer toda la obra publicada por Menéndez Salmón (y van...), así como relatos de otros autores contemporáneos a quienes admiro, caso de Juan Gómez Bárcena o Matías Candeira, ambos en Salto de página. También, está claro, porque ambos se atreven con el género, y no les da miedo meterse en terrenos más transitados por la literatura latinoamericana que por la española: fantasía, distopía, ¿terror?
Ah, y ya que me termino Noches sin dormir y me quedo huérfano (qué bonita sensación de saudade incalculable nos deja un buen libro al pasar la última página), me he decidido a retomar un diario semanal en esta santa casa. Curiosamente, el año pasado ya escribí un diario entre agosto y diciembre con una sola regla: escribir una cara al día, sin saltarme ninguno. Aprovechaba trayectos en tren, pausas en el trabajo o momentos de asueto para vomitar mis frustraciones, y es que probablemente se trate del diario más triste y neurótico de los diarios, porque lo escribí con una vocación puramente terapéutica. Me sirvió para analizarme, descubrirme y observar con mayor atención mi entorno. Cuando se acabó, lo regalé. Por eso espero ser capaz de darle cierto compromiso al blog y convertirlo en mi nuevo almacén de filias y fobias, como siempre fue y nunca debió dejar de haber sido.
Mi próxima lectura

20 de febrero de 2016

Nelle

Nelle Harper Lee
(1926-2016)



12 de febrero de 2016

Insensatos


Cuando empecé a escribir, lo hacía con esa concepción egocentrista según la cual todo giraba en torno a mí, los personajes pensaban como yo y cada historia debía suponer una declaración de principios. Con el paso de los años he aprendido que no por escribir sobre un tipo repugnante me voy a convertir en uno, que no por poner a los rojos de malos y los fachas de buenos estaría defendiendo ciertos ideales; aprendí que, si el protagonista de una novela en la que trabajo es un pederasta totalmente convencido de su amor por los niños, no implica que considere la pederastia como algo bueno. Aprendí, pues, a crear sin juzgar.

A veces, cuando me llaman a hablar a algún sitio público, todavía sale el chico tímido que se enciende como una brasa si tiene que leer algo íntimo o sexual o algo que no le contaría a mi madre a la cara. Antes de hablar, de contar lo que sea que haya preparado, miro alrededor y pienso si podría ofender a alguien. Es la delgada línea entre la autocensura derivada de la corrección política (uno de los males de nuestro tiempo) y el respeto por el prójimo.


Pero los marionetistas.


Todo, y digo TODO el mundo ha pecado aquí de idiota e insensato.
El primero, el organizador del Carnaval cuando aprueba la contratación de una obra de marionetas y la incluye en la programación. Se supone que el programador de cualquier agenda cultural-lúdica conoce los espectáculos/servicios que contrata, y si estos se adecuan al público al que van en principio dirigidos. A todas luces queda en evidencia que la obra en cuestión, La bruja y Don Cristóbal, con el subtítulo "A cada cerdo le llega su San Martín", no era la representación para Carnaval de Madrid. Sólo cabe preguntarse si el que dio el visto bueno al espectáculo de marionetas fue uno de esos padres que aún consideran Los Simpson dibujitos infantiloides; eso, o era rematadamente estúpido. Insensato.
Leo que media hora antes de la representación se anunció en FB: "A las 17 horas y a las 19 horas en la plaza del Canal de Isabel II (metro Tetuán), 'La bruja y don Cristóbal', con la Compañía Títeres desde Abajo. Y no, no es para público infantil, es para adultos".
Sin embargo, en el pdf con la programación del Carnaval se indicaba que era para todos los públicos, de modo que rectificar tarde y mal no justifica la insensatez.

Los actores. Hemos leído muchas cosas estos días, entre ellas que los artistas avisaron antes de la representación, ante la presencia de niños, que aquella no era una obra para niños. Los padres, no obstante, en vez de coger a sus niños y llevarles a comprar un algodón de azúcar, transigieron. Pero yo, como autor, sentiría pudor de mostrar ante niños, aunque sea con marionetas, aunque sea ficción, un ahorcamiento, una violación, un asesinato. Creo que es una cuestión de pudor, y volvemos a la delgada línea que separa la libertad de expresión de la corrección política. Los responsables de la representación se limitaron a cumplir con su cometido, que era representar la obra con la que les habían contratado, aprobada e incluida en la programación oficial. Sin embargo, alego al sentido común de los mismos para saber decir "hasta aquí hemos llegado" y discernir lo que es moral de lo que es deleznable. Y mostrar ciertas cosas, por mucho que sea en clave de farsa o comedia, ante un público infantil no está justificado. Por tanto, pecaron los autores de falta de prudencia. Los muy insensatos.

No he entrado a valorar la calidad (o falta de) de la obra, en primer lugar porque no la he visto; en segundo, porque no es lo que estamos valorando aquí. Lo que está en juicio es si el contenido de la obra era apto para representarse en el contexto en que lo hizo, y, aunque los juicios morales son como los culos, cada uno tiene el suyo, considero que aquí se procedió sin mesura, sin cabeza, sin dos dedos de frente.

Los padres. Me encantan las dobles varas de medir. Esos padres que asisten atónitos a un ahorcamiento, a un apuñalamiento, a una violación, y sienten crecer en ellos una rabia fruto de la indignación. Pero que no estallan hasta que un personaje, (OJO, tratando de incriminar a otro) saca una pancarta que reza "Gora Alka-ETA". Más allá de la lamentable falta de ingenio del juego de palabras, supongo que estos son los mismos padres que alzaban el grito al cielo ante el beso de dos maricones, pero no con los asesinatos de niños o evisceraciones de hombres y mujeres. Tratar de encontrar en un contexto TAN CLARO una apología de la violencia o enaltecimiento del terrorismo, deducir de ahí que los actores están lanzando consignas pro-etarras es de una estupidez supina por encima de la cual debería encontrarse cualquier juez.

Pero no, aquí se llama a la policía, detención inmediata y encarcelación por orden judicial. Que ésa es otra, el juez será de esos tipos que piensan que Los Simpson son para niños, o que es peor un cartel ficticio que una violación ficticia. La falta de sentido común y juicio (valga la redundancia) del juez, su complicidad a la hora de convertir la polémica en una causa política deberían ser suficientes para invalidar cualquier decisión tomada por éste. De hecho, poco han tardado en emprenderla con él y la fiscal responsables de encarcelar a los titiriteros, y se ha impuesto una querella contra ellos por prevaricación en el auto de prisión. Otros insensatos. Estúpidos, facciosos insensatos.


La falta de actuación del Ayuntamiento de Madrid. Recordemos: ocurrió con los tweets de Zapata, con el desfile de Reyes Magos y ahora con una puta obra de marionetas. La caverna está a la que salta, y el ayuntamiento comandado por Manuela Carmena peca de blando. La respuesta ante cada nueva polémica dirigida por la derecha es torpe, poco asertiva. Gobierna la izquierda desde el complejo, con una falta de autoridad alarmante. Mientras el PP está siendo investigado sede por sede, imputado como partido, el consistorio de Madrid se ve constantemente en el punto de mira, y no sabe responder con la decisión que se le debe exigir. Manuela Carmena, que está demostrando una sensatez y juicio, un aplomo y respeto por su ciudad y conciudadanos, no ha sabido resolver estas polémicas con una voz firme y exenta de dudas. Responden rápido, pero suelen hacerlo a medias. En este caso, cesaron al responsable de la programación de la obra dentro del Carnaval, pero al día siguiente comparecía la misma alcaldesa tildando la obra de "espectáculo deleznable". Quiero decir: está bien que asumas tu error, que comparezcas, pero no sigas haciendo leña del árbol caído, que están los titiriteros presos y el responsable, cesado. Porque van a pedir más: y así fue, pronto comenzaron a pedir la cabeza de la Concejal de Cultura del ayuntamiento. Por eso hay que exigirle al Ayuntamiento de Madrid una mayor firmeza en sus decisiones, una mayor efectividad en sus comunicaciones y seguir trabajando en su proyecto más allá de las polémicas que suscite cada paso en falso. Por algo les votaron.

La derecha. El fantasma de ETA sobrevuela España cada vez que el PP se encuentra al borde del colapso. Que en este caso el debate se haya desplazado de la (no) idoneidad de una obra de títeres para una celebración familiar a la enésima resurrección de ETA y los filoetarras nos debería dar una idea del grado de desesperación de un partido que se encuentra en el momento más crítico de su historia, con un Gobierno que se le va de las manos, por lo que decide aferrarse al clavo ardiendo que es ETA, siempre con el argumento de que las víctimas son intocables y cualquier argumento en contra de sus trasnochadas teorías conspiranoicas puede entenderse como una afrenta directa a las víctimas. Parece haber olvidado la derecha que en terrorismo, que en verdugos y víctimas no hay derecha e izquierda, que no pueden apuntarse el tanto de la lucha contra el terrorismo y resucitar al que en su día fue el mal mayor del país a voluntad para desviar la atención o arengar a la población en pos a la formación de un Gobierno conservador y el hallazgo de una polémica en la izquierda a la altura de la corrupción que asola a todos los populares. Son quienes deberían andarse con más pies de plomo que nadie, pero deciden arramplar a la mínima para hacerse oír. Los ignorantes, malignos insensatos.

En conclusión, lo de programar una obra para adultos en plena programación familiar y representarla delante de niños a pesar de los contenidos de mal gusto fue una cagada en toda regla. En eso estamos de acuerdo. Incriminar a los titiriteros por cumplir con su trabajo, más allá de la calidad artística (o ausencia de ésta) de la obra fue una cagada mayor, sobre todo por los cargos que se adujeron. Convertir esto en el despertar de la fuerza etarra y volver a promover la ruptura social y política de un país lo suficientemente roto es una tremenda falta de consideración. Hacer de una anécdota un asunto de estado, jugar con los derechos humanos, con todo el sistema legal de un país, para servir una agenda política, debería ser punible, Confundir ficción y realidad es algo infantil, creer que los títeres son sólo para niños es, cuanto menos, un razonamiento irreflexivo. España está llena de insensatos de todos los colores, de todas las formas.

Al resto, os recomiendo los títeres de la cachiporra: http://www.alternativateatral.com/obra27177-los-titeres-de-cachiporra

30 de enero de 2016

Poetas brasileños I: Luca Argel

Fuente: Rocirda Demencock

THE ACT OF KILLING - Joshua Oppenheimer (2012)

1.

la primera víctima de la silla eléctrica
fue un perro sin raza llamado "Dash".
su muerte ocurrió en nueva york
el día 30 de junio de 1888.*
primero, descargaron 300 voltios por el cuerpo de Dash,
lo que le hizo aullar.
después probaron con 400 voltios, que tampoco
consiguieron matarlo.
al fin se subió la corriente a 700 voltios,
que lo dejaron con la lengua fuera,
pero seguía respirando.
fue al cuarto intento que lo mataron,
comprobando, así, la eficacia del invento.**

* 17 días después del nacimiento de Fernando Pessoa.
** Durante los dos años siguientes, la comisión estadounidense trataría de poner en marcha hasta treinta y cuatro posibilidades diferentes que substituyeran a la horca, de las cuales sólo conocemos las cuatro finalistas: el garrote vil; la guillotina; inyecciones hipodérmicas (opción rechazada más tarde, pues "la morfina podía llevar a eliminar el miedo a la muerte en los reos"); y, por supuesto, la silla eléctrica, que ya había sido perfeccionada con la ayuda de otros perros antes de Dash (además de caballos).

2.

la primera víctima humana de la silla eléctrica
fue un hombre llamado William Francis Kemmler
su muerte ocurrió en nueva york
el día 6 de agosto de 1890.
Al contrario que Dash,
Kemmler era un criminal confeso.
se suponía que el invento debía causarle una muerte tan rápida
que le pasaría casi inadvertida.
los verdugos que prepararon la ejecución de Kemmler
eran ingenieros y electricistas:
no eran figuras enmascaradas ni policías.
una vez sentado y amarrado,
se dio orden de liberar los 1000 voltios acordados.
según los testigos,
el cuerpo de Kemmler se puso rígido enseguida,
se le salieron los ojos y su piel se puso blanca.
tras diecisiete segundos,
un médico certificó la muerte del reo.
se cuenta que en ese momento el Dr. Alfred Southwick,
un dentista que estaba presente,
se levantó y declaró: "he aquí
la culminación de diez años de estudios y trabajo.
a partir de este día vivimos en una civilización más elevada."

* Sin embargo, Kemmler no había muerto aún, y varios testigos lo hicieron saber. Entonces se subió la corriente de inmediato a 2000 voltios, y no tardó en comenzar a manarle saliva de la boca, se le rompieron las venas y las manos se le llenaron de sangre. Por último, el cuerpo ardió en llamas por completo.


Poema extraído de Telhados de vidro nº 20 (Ed. Averno, 2015)
Traducción propia.

1 de noviembre de 2015

Escribir terror

Hoy, 1 de noviembre, además de Día de Todos los Santos, es el cumpleaños de mi madre. Con la resaca da Halloween aún fresca, no sé cómo ha ido a parar a mis manos mi primera novela, La traición de Wendy. El caso es que lo ha hecho y, por primera vez en años, la he releído. Da la casualidad, además, de que justo esta semana me propuse rescatar mi primera publicación, el relato largo "Si llueve...", ganador del premio para autores noveles otorgado por el Pacto Andaluz por el Libro en 2007. Con el tiempo, no obstante, descubrí que dicha novelita se trataba de un calco a mi manera del famoso relato de Shirley Jackson "La lotería", pero más adelante hablaré de las fuentes y referentes que maneja un autor.
La cuestión: el miedo. O escribir miedo, historias de miedo como aquellas que se cuentan de noche en la playa o en torno a una hoguera.
Antes de escribir terror, leia terror. No tengo una idea clara de cuándo nació este interés por el género: de niño leía de forma compulsiva cuanto caía en mis manos. Todo el Barco de Vapor, las novelas de Edelvives y Alfaguara, libros para niños mucho más pequeños llenos de ilustraciones, cómics a porrillo (de Bruguera a clásicos franceses/belgas), hasta que, acabada la vasta colección de lecturas que me interesaban en la sección infantil-juvenil, decidí dar el paso a las estanterías desconocidas, donde otro puñado de autores me esperaban: libros Adultos. Esto, sumado a las recomendaciones de algún familiar y algún profesor, me llevó a conocer el mundo del bestseller, pero también de los clásicos de las letras españolas. Sin embargo, entre libros prestados, aquellos cogidos de la biblioteca y las lecturas obligatorias del plan de estudios, un nombre sacó pecho y cabeza con fuerza inusitada: Stephen King.
Ni siquiera recuerdo muy bien qué fue lo primero que leí de él, varios de sus libros más inusuales como Los ojos del dragón o El fugitivo. Curiosamente, en una biblioteca tan grande y tan bien servida, sólo contaban con este último de King (ya me he encargado yo de donar varios de los tochos del Rey del Terror). La cuestión es que a estas primeras incursiones les siguieron joyas como El misterio de Salem's Lot, It, El umbral de la noche o Carrie, por sólo citar algunas de mis novelas preferidas. King me incitó a conocer a sus maestros, ni más ni menos que Poe y Lovecraft, quienes me abrirían las ventanas a otros herejes y dueños del terror.
De hecho, desde siempre he sentido cierta fascinación por el terror: recuerdo con particular detalle cada vez que en casa veíamos La profecía, La semilla del diablo o un episodio especialmente hilarante mientras veíamos El muñeco diabólico en presencia de la abuela de un amigo. También mis inciertas nociones de autoría cuando aún no lograba distinguir a Hitchcock de Stephen King. También estuvieron ahí algún episodio furtivo de Expediente X o cualquier serie antológica tipo Pesadillas o Más allá del límite, batiburrillo al que habría de sumar las leyendas urbanas amparadas por reuniones infantiles en veladas estivales. Sea como sea, el terror ya estaba en mí. ¿Cuál era el siguiente paso para empezar a escribir cosas que provocaran miedo?


Los primeros pasos
Resultó orgánico. De aquellas lluvias, estos lodos. Mis primeros relatos consistían en su mayoría en copias de fórmulas/ideas que había leído u oído en otras partes, aunque traté de darles su atmósfera oscura, su ambiente de misterio. Escribir el mito de la chica de la curva como si yo fuera la chica de la curva, narrar el desenlace del clásico cuento de mad doctor (el doctor Velasco, si mal no recuerdo) que trata de resucitar a su hija (creo que dicho relato lo he perdido; tal vez sobreviva en alguna carpeta olvidada en mi habitación del pueblo)... Entre medias, alguna distopía pesimista, historias sin enjundia con mucho gore (en la clasificación que hace Stephen King en su ensayo Danza macabra sobre los niveles del terror, el último recurso que queda al escritor es el asco)... Sin embargo, con el tiempo comprendí que me interesaba más el terror inspirado por fuerzas sobrenaturales, en especial aquel causado por entes venidos de ultratumba. Pronto mis cuadernos y ordenadores comenzaron a llenarse de ánimas y espíritus en la tradición del mismo Bécquer y los cuentos narrados en torno a la hoguera.

El Cuentacuentos
Una escuela de escritores, eso fue. Se trataba de un proyecto nacido de gente como tú, como yo, a la que le gustaba escribir. También leer, por supuesto, pero ante todo escribir, de modo amateur, en casa, para los amigos, para los lectores del blog. Cada martes, el Señor de las Historias nos daba una frase inicial de la cual partirían todos nuestros cuentos y relatos. El lunes siguiente, publicaríamos. Teníamos, pues, una semana para escribir un relato con total libertad más allá de la primera frase. Aquí asumí mi primer compromiso firme como escritor, y durante meses, tal vez años, me obligué a escribir, si no todas las semanas, sí al menos dos o tres veces al mes. Un aliciente era dar la vuelta a la frase de partida para retorcerla de la forma más inesperada posible: recuerdo que mi método de trabajo consistía en pensar algo terrorífico para escribir una historia, desechar esa primera idea y trabajar de modo que me alejara de lo fácil. Aparte de una enorme escuela de estilo y pulso, El Cuentacuentos me dio lecciones de todo tipo y mi primer libro, ya que con "Si llueve..." engarcé las frases de numerosas semanas consecutivas hasta completar la historia de Rocksville y su extraña costumbre. Una cosa buena era la facilidad con la que me resultaba componer un relato completo en tan poco tiempo, revisarlo y editarlo en cuanto fuera necesario. Sin embargo, también me dio una noción de inmediatez. Tiendo a borrar, corregir y reescribir poco: de un tiempo a esta parte lo hago más a menudo, aunque hablaré de ello cuando toque el estilo y el fondo.


La traición de Wendy
Además del terror, otro de mis intereses ha sido de siempre el paso del tiempo, y en concreto cómo éste se materializa cuando los niños se hacen hombres. Aquí podría incluso hablar de una constante en mi obra. Sea como sea, mi primera novela se sumergió de lleno en el terror, consciente de los terrenos que exploraba y con una intención de causar horror puro: para ello, los recursos de la deformación de lo conocido (ni más ni menos que el mito de Peter Pan), la violencia física, el desamparo... Lejos de la sutilidad que me gusta apreciar en los autores de terror que leo, me lancé de lleno en la piscina del  mal, es miedo y el asco. El ritmo imparable de la narración daba pie a una espiral horrenda de la cual era imposible escapar hasta el final. Además, la publicación de esta novela supuso mi ingreso en Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror, que me abrió las puertas al mundo editorial profesional, a conocer a otros autores y leer la excelente literatura de género que se escribe en España. De la mano de ellos, además, comencé a formar parte de proyectos donde el terror era la clave, y esto me permitió jugar con el fondo, con la forma, con los conceptos, todo con el claro objetivo de aterrar.

Los relatos
Desde los 16, 17 años he escrito muchos relatos, muy distintos, aunque el terror es el género que mejor se adaptaba a este formato. El terror es más fácil de causar en pequeñas píldoras, de ahí que una novela de terror resulte un proyecto tan complejo. De un modo u otro, el terror siempre permite deformar los límites de la realidad y llevarlos al espanto, mientras que el relato da pie a experimentos formales de todo tipo. Generalmente, los relatos siempre llegan con una idea, una pequeña luz que refulge en medio de la oscuridad  y reclama atención. El trabajo consiste en coger esa lucecita y alumbrar lo que la rodea. Como ya he indicado, cuando empecé a escribir resultaba fácil: me dejaba llevar por el instinto y comenzaba a escribir sin darle más vueltas a la forma. Narrar, narrar, narrar, a menudo buscando una nota de provocación.

Nocte
Al poco de publicar La traición de Wendy solicité mi acceso en Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror. Esto venía, por un lado, por un absceso de ego a raíz de publicar un libro premiado con sólo 22 años; por otro, con la idea en mente de pertenencia que ya experimentaba en El Cuentacuentos, pero a nivel profesional.
Me gustaría aquí hacer hincapié en la importancia de leer, algo que siempre he hecho, pero algo a lo que me llevó Nocte fue a conocer a muchísimos (y excelentes) autores en nuestra lengua, con algunos de los cuales comparto además amistad. Acostumbrados a las traducciones, los escritores corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por un español anquilosado, artificial, lleno de calcos y endeble en el estilo (y esto son palabras mayores viniendo de un traductor -o eso dice mi título universitario), de modo que resulta fácil empobrecer el lenguaje, dejar de prestar atención a la palabra adecuada, a la imagen, al sonido, a la forma del mismo texto. El cuidado que ponen los autores de terror en nuestra lengua es inaudito. Escritores como Javier Quevedo Puchal o Ignacio Cid Hermoso ponen una especial atención al estilo, al lenguaje, de modo que haga justicia a lo que quieren narrar. Autores de estilo a los que admiro especialmente son Ricardo Menéndez Salmón o Cormac McCarthy, por citar dos ejemplos que nada tienen que ver. En la relectura de algunos clásicos he podido comprobar también los deliciosos juegos de estilo que utilizaba Stephen King al comienzo de su carrera, que se fueron consolidando y definiendo, no sin pocos experimentos formales en el camino.

Estilo
La principal diferencia entre el amateur, entre el adolescente que empieza a escribir un día en su cuaderno porque se le ocurre una idea de la hostia, y el escritor profesional es que este último cuenta con un proyecto. Tiene una idea más o menos brillante, pero una idea que suma (en mi caso, procuro qu cada nuevo relato o novela aporte algo a mi producción, ya sea un concepto, un experimento formal, una temática...cualquier novedad con respecto a lo que ya he hecho). Incluso resulta interesante, con el paso del tiempo, retomar temáticas o conceptos, y ver cómo se abordan de forma distinta. Hace más de 10 años escribí mi (creo) único relato de vampiros. Ahora me encuentro trabajando en una novela sobre dicha temática, y evidentemente serán obras muy distintas donde quedará patente este principio. De entrada, ahora me estoy leyendo toda la bibliografía principal sobre el tema, desde los clásicos a interpretaciones modernas del mito del vampiro como Salem's Lot o Diástole. Y es que no basta con superarse a uno mismo: es preciso conocer lo que se ha escrito o se está escribiendo. ¿Cuántas veces hemos tenido una idea genial y más tarde hemos descubierto que otra persona la tuvo antes que nosotros? Además, esto nos ayuda a aprender técnicas de escritura y a mejorar nuestro estilo. Tras ver Memento me propuse escribir un relato narrado del final al principio; cada vez que leo a Ricardo Menéndez Salmón comienzo a escribir oraciones de sintaxis compleja y vocabulario mucho más rico.
Pero el estilo: la forma y el fondo. De un tiempo a esta parte analizo mucho la relación entre ambos. El ejemplo más claro de comunión entre forma y fondo que me viene a la cabeza es La carretera de Cormac McCarthy, o diametralmente opuesto La lluvia amarilla de Julio Llamazares. Desde mi experiencia, cuento con un par de relatos donde la forma cobra el protagonismo del fondo, en el ámbito del terror una historia de kaijus, los seres gigantes de tradición nipona. A medida que el relato avanza y el monstruo crece, las oraciones y frases se hacen kilométricas. Aquí queda claro que el experimento formal tiene sentido, pero no cualquier invento le va a ir bien a cualquier historia: es importante que tenga sentido, ya sea por comunión, bien por contraposición.
Considero del mismo modo esencial en la literatura de terror la descripción para generar atmósferas y situaciones escalofriantes. Mi único consejo es tener en cuenta los cinco sentidos a la hora de ponernos en la piel del protagonista o de atraer al lector al escenario de la acción, y saber seleccionar la palabra idónea para la sensación precisa. No es lo mismo decir "el cielo desprendía un color rojo al final de la tarde" que "el día moría conforme el cielo se desangraba". Si es posible, una imagen o símil potente puede salvarnos una escena.


29 de septiembre de 2015

Mirar atrás: lo inesperado

Tendría ocho, nueve años.
Es lo que tienen los pueblos: se es libre mientras se es niño.
Paseaba junto a mi mejor amigo por el pueblo, hecho insólito en mí (pasear por la calle) cuando llegamos a la Plaza del Mercado, y en concreto, al mercado de abastos. En la puerta, una jaula llena de conejos que refunfuñaban con sus pequeñas narices rosadas. Nos recuerdo contemplándolos de pie, ni siquiera en cuclillas para observarlos mejor, hasta que llegó un hombre al que bien conocíamos como el carnicero. Curiosamente, no recuerdo su cara; tampoco su identidad. No sé qué carnicero del pueblo pudo haber sido, sólo que se dirigió a nosotros y nos preguntó:
-¿Cuál saco?
o
-¿Cuál os gusta más?
o algo así, y supongo que ambos señalamos a uno, que nos pusimos enseguida de acuerdo sin mediar palabra, porque todo era fácil entonces. El carnicero cogió al conejo de un pellizco detrás de la cabeza y se lo llevó, apresado, al centro de la plaza.
Nosotros lo seguimos con prisa, en silencio, el corazón en vilo (en parte víctimas, en parte verdugos), con aquel presentimiento funesto.
El hombre abrió la puerta trasera de su furgoneta con destreza, sin soltar al conejo en ningún momento. Pendía de la parte superior un gancho metálico en forma de S. De un giro grácil, el hierro atravesó la pata del conejo, que quedó boca abajo, pateando frenéticamente con la pata libre. Supongo que ya estábamos blancos, aunque quedaba lo peor.
El carnicero cogió el cuchillo, musitó algo (tal vez nos explicó algo: una lección de vida que no recuerdo) mientras nosotros contemplábamos con horror y culpa al conejo con la pata atravesada. Al menos fue rápido el movimiento. La hoja del cuchillo atravesó el aire a centímetros del animal, seccionó el cuello y comenzó el sangrado.
Al principio, el animal pateaba; pronto sus movimientos se espaciaron en el tiempo. La sangre dejó de manar hasta gotear, hasta coagularse en un hilo.
No recuerdo bien (para ser una lembranza me falla demasiado la memoria) si es el miedo o sucedió así, sólo que el carnicero se volvió a nuestros rostros limpios y, de otro hábil moviemto, tiró de la piel hasta dejar al animal en carne viva. Hasta convertirlo en carne, quiero decir.
Se llevó la pieza consigo y nosotros, aún estremecidos, alucinados, seguimos con la tarde como si no acabáramos de descubrir algo. Supongo que, infundidos por la pena o por la culpa, volvimos hasta la jaula y dijimos adiós a las pequeñas criaturas orejudas, cediéndoles el beneficio de la duda, rezando, en el fondo, por ellas.