18 de septiembre de 2018

What Remains of Edith Finch


No suelo jugar a demasiados videojuegos. He tenido mi época de Play Station (fue toda una sorpresa que mi madre decidiera regalárnosla aquel verano), donde mis juegos preferidos eran Silent Hill y Resident Evil, aunque reconozco que en el que más avancé fue en Crash Bandicoot. También en el ordenador tuve a bien disfrutar de ciertas aventuras gráficas memorables como la primera y segunda parte de Broken Sword. Hace unos años encontré un simulador en alguna parte y el primer juego al menos ha envejecido de lujo. Entretenido, inteligente y muy divertido. Me lo jugué casi del tirón entero (con los años he descubierto las guías online que te sacan de intentos infinitos e infructuosos).
Total, sin ser un experto, también tengo un pasado. Por eso cuando leí la atípica recomendación de mi amiga Cristina en su blog sobre literatura Si Dumbledore fuera librero, me pudo la curiosidad. ¿Qué hacía un videojuego en un blog de libros?
What remains of Edith Finch lo tenía todo para enamorarme: un protagonista adolescente, montones de misterios y una historia bien escrita. Una historia familiar, ni más ni menos. Un espectacular caserón abandonado a los pies de un lago. Caminos de madera, un barco hundido, fotos, cuadernos, secretos, pasadizos y puertas ocultas tras cuadros y muebles.
Suena bien, ¿verdad? Me gustó de este juego, aparte de la excelente ambientación y recreación, su falta de pretensiones. Como decía, la historia es, a fin de cuentas, una historia familiar compuesta de muchas cajas chinas de las que sale música. Juntas, conforman una melodía perfectamente afinada.
No son pocos quienes proclaman que el futuro de la literatura está en el videojuego. Hace un par de años me propusieron coescribir un videojuego, A Place for the Unwilling. Mi labor ha consistido, de momento, en insuflar de vida a uno de los personajes protagonistas. Es literatura. Eso es lo que he aprendido, que en otro medio, es literatura y puede ser -y debe ser- literatura de primerísima calidad.
Hace unos años hice una tesina de máster sobre adolescencia y literatura, y cómo emplear la literatura en la enseñanza de idiomas. Si la reescribiera ahora, los videojuegos ocuparían un lugar destacado. Ya de por sí tiene la literatura una función terapéutica que la lleva a emplearse con niños y jóvenes enfermos, pues qué no se lograría con videojuegos.
A este respecto no puedo más que recordar otra aventura del medio como es That Dragon, Cancer, un videojuego durísimo desarrollado por los padres de un niño muerto de cáncer. Como ya hicieran Francisco Umbral o Sergio del Molino al tratar un tema tan sensible en su obra literaria, esta familia se propuso trasladar la experiencia que acababan de vivir a este medio de comunicación. Aquí no hay una misión, no hay un héroe o una narración lineal tradicional. Este videojuego ofrece una experiencia autobiográfica, refleja el hastío y la impotencia de las horas de hospital y el avance de la enfermedad ante el cual, como en la vida real, sólo podemos ser testigos.
En cierto sentido, sobre todo en su vertiente más sensorial, What Reminds of Edith Finch me ha recordado a dicho videojuego. Tampoco existe una narrativa que avance hacia una meta concreta más allá de conocer el árbol familiar de la protagonista, con ese sistema de cajas y muñecas rusas del que hablaba antes. Aparte de meternos en la piel de ella, el simulador nos ofrece experiencias tan estimulantes como entrar en un cómic clásico pulp o convertirnos en un tiburón, giros todos que sorprenden y expanden la experiencia más allá de los límites "físicos" de la mansión protagonista.
En definitiva, una buena historia de misterio para fans y neófitos en las lindes del videojuego, What Remains of Edith Finch, y lo demuestra su galería de premios y honores varios, saciará vuestras ganas de una buena historia.

25 de agosto de 2018

Nuevo relato: Las últimas veces

Hace unos meses me informaron de que se preparaba la publicación de un libro con otros escritores de la comarca de Mágina, mi sierra,  sobre la Denominación de Origen del aceite de oliva. Yo, que ya había homenajeado mis raíces en el relato que abre Donde mueren los monstruos, me propuse escribir algo del mismo palo, recuperar la esencia del mismo, esta vez centrando mis esfuerzos en ensalzar la relevancia del aceite de oliva en mi tierra. No es la primera vez; ya hace unos años publiqué un libro de relatos ambientados en mi tierra, Nosotros, que poseemos la tierra. No me suele gustar escribir por encargo, sobre todo cuando se trata de ficción, pero acepté la propuesta. Escribí un relato alejado del tópico, de la lembranza, de la tradición, y a la vez lo apoyé en el tópico, en la lembranza y en la tradición. Logré rehuir la metaficción, de la que abuso a menudo cuando me enfrento a encargos, y me nació una pequeña historia de ¿ciencia-ficción? distópica. Explicaba el antólogo que "la idea es realizar un libro donde los textos rescaten vivencias pasadas o presentes que transcurran alrededor del universo del aceite". Con el desarrollo de la obra tan avanzado, no sabía si tendrían a bien aceptar mi propuesta.
Terminado el relato, contacté con el responsable de la edición del libro, que traía malas noticias. Las negociaciones con la editorial no habían llegado a buen puerto, por lo que se cancelaba la publicación. Sin embargo, me propuso participar en un certamen convocado en un portal literaria cuya temática era el aceite de oliva, por lo que sometí "Las últimas veces" con la intención de ganar algo y publicar. No gané. El proceso de votación dependía de likes y votos en el mismo portal, y he llegado a punto en mi vida en el que no estoy para agotar energía en estos menesteres. Además, la web no respetaba el formato del relato, lo cual supuso una bajona y no hice la mínima campaña, no lo compartí con nadie. Alea Jacta Est, dije, y para mí lo más honesto era confiar en la originalidad y calidad de mi obra más que en ganarme la antipatía de mis contactos en redes sociales. Total, terminado el concurso se anunciaron el ganador y finalistas, y yo no aparecía por ninguna parte, cero sorpresa.
Sin embargo, días o semanas más tarde recibí un correo de uno de los responsables del certamen donde se me anunciaba que había sido uno de los escogidos por el jurado para publicación por los méritos literarios de mi relato. Me daba ciertos detalles sobre el lanzamiento del libro y la editorial implicada, y ya me puse a investigar. Leí los relatos vencedores, consulté el catálogo de la editorial y algo que no había hecho hasta ahora, releí mi relato. Pasados los meses desde que lo escribí, pude leerlo desde fuera, como si fuera de un autor desconocido. Entonces decidí no seguir adelante con la publicación para darle otra vida.
Pronto se materializó en la posibilidad de publicarlo en Culturamas, uno de los medios culturales más importantes en España, dentro de su iniciativa para publicar a autores anónimos cada semana. Bastaba con enviarlo, que el comité de lectura decidiera si era apto para publicación, y llegara a la web. A los pocos días me confirmaron que el mío había sido el relato escogido para publicar esa semana, y pronto "Las últimas veces", que había nacido con otro propósito, encontró su camino al mar. Aquí el comienzo; para leerlo completo, haz click en la imagen.


Nadie hablaba de últimas veces. La primera vez. La puta primera vez siempre. El primer paso, el primer pañal, la primera cicatriz, la primera pelea, la primera mascota, el primer beso, la primera hostia, el primer suspenso, el primer polvo, el primer amor, el primer piso, el primer primero, el primer primer. Primer. Primer. Primer.
            Alberto contempló la enorme masa azul que le devolvía toda la luz posible y bañaba su rostro y su traje espacial. Añoraba la Tierra. Desde que llegó a la estación espacial, no pocas veces la ansiedad por la última vez lo había embargado. Nadie hablaba del último polvo, del último abrazo, de la última tostada con aceite. Alberto trataba en esas ocasiones de solitud de discernir cuál habría de ser el último flechazo, el último impulso eléctrico que había conectado su centro sensorial con su corazón. Y no recordaba si ese último amor a última vista correspondía a la conductora del autobús que lo había acercado al centro espacial, con algo de brillo, nada, una sombra en los labios y el cabello asimétrico con finas mechas de color ceniza; si se trataría de la técnico de laboratorio que había hecho todas las pruebas durante el último check up—definitivamente, le había sonreído con cierto rubor—; si había sido siquiera la asadora de pollos en Gran Capitán durante su última estancia en Granada, aunque apenas recordaba su rostro, sólo una emoción parecida al vértigo mientras ella preguntaba qué tipo de salsa quería; o tal vez no, tal vez ninguno de aquellos encuentros fortuitos guardara en su núcleo la clave del último flechazo que ya no quedaría en nada.
            Hacía frío. Era algo de lo que no se hablaba, pero en el espacio hacía frío. Bajo los kilos del traje espacial, a pesar del núcleo de calor que surgía de su cuerpo, siempre hacía frío.
            Alberto era sinestésico; no podía ver los olores, o degustar los sonidos, ni siquiera oír los colores dentro de su ser. Alberto, por su parte, era capaz de sentir los sabores. El vinagre, por ejemplo, le causaba un escalofrío, como había experimentado para asombro de sus conocidos. Así se presentaba a menudo, con esta particularidad que lo hacía especial: «Me llamo Alberto, y soy sinestésico. Vas a flipar, te lo juro. La sinestesia es una sensación que se provoca por un estímulo que en principio no debería tener respuesta. Yo, por ejemplo, puedo sentir en mi piel los sabores» [...]
 Las últimas veces

22 de agosto de 2018

Nos gusta la lluvia

A algunos nos gusta la lluvia.
Somos así, detestamos el sol, la marabunta de gente. Nos flipa correr bajo mantos de agua, empaparnos.
Epatarnos con las calles vacías de vida y llenas de posibilidades.
Vengo de una tierra donde la lluvia gusta en su justa medida (la medida que soporta la tierra), esto es, hasta donde es necesaria y no es nociva para la cosecha. Ritos antiguos, varas de medir. De una tierra donde el buen tiempo es una constante, donde recuerdo que a uno de mis compañeros de clase su madre no lo dejaba ir a la escuela en los días de tormenta.

Somos hijos del silencio y la calma. De las mantas y el chocolate caliente a este lado de la ventana.
Los hay que no bebemos, que preferimos el azúcar al etilo.
El plan de farra hasta el amanecer nos provoca un pánico anquilosado en el pecho. Estar solo rodeado de gente, esa sensación. A veces, nos encontramos y nos reconocemos con una mirada, puro instinto animal.

Tengo bastantes amigos, puedo decir. Igual es que, recién cumplidos los treinta y uno, también es más difícil conocer gente, crear lazos. La mayoría de amigos se hacen antes de la treintena, principalmente en el instituto y universidad. Más adelante, la forma más extendida de socializar es en el ambiente laboral. Puedo decir que he hecho grandes amigos (amigas) en el curro que me acompañarán siempre.
Con respecto a los amigos que ya tengo, los retengo lo más cerca que puedo con correspondencia. La escritura, otra vez. Largos mails, cartas manuscritas donde nos vaciamos de lo que nos quema. Y me gusta rodearme de ellos, claro, pero en un contexto que yo pueda gestionar.

Hablemos de fobia social. Una forma de ansiedad. OTRA forma de ansiedad. Miedo al ridículo, a tener que interactuar con extraños, a los lugares concurridos. Supongo que por eso cada vez intento con más ahínco encontrar lugares desocupados en Lisboa, fuera del centro masificado, puntos secretos en la geografía de la urbe.

La edad me ha hecho tímido, huraño, misántropo. También la vida, la experiencia y la exposición. Tal vez siempre me gustó la lluvia; me recuerdo niño, pequeño, en una de esas tormentas que provocaban la oscuridad cuando fallaba el suministro eléctrico ("Qué hijos de su madre los de la Sevillana", decía mi madre), al otro lado del cristal, contemplando el agua corriendo ante mis ojos chicos, el fulgor de los relámpagos. Y no recuerdo miedo, recuerdo paz.

Ayer me llegó otro regalo de cumpleaños, un libro precioso que, casualidad, le viene al pelo a esta reflexión. Se trata de Quiet girl in a noisy world, de la británica Debbie Tung. Cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme con esta página:

22 de abril de 2018

El arte de titular


Matar un ruiseñor me parece un título hermoso, al igual que Ventajas de ser un marginado. Por supuesto, el galardón al título más bello se lo lleva El guardián entre el centeno, traducido al francés como L'attrappe-coeurs.

Cuando obtuve el Premio Plan Joven de Narrativa del Ayuntamiento de Granada en 2015, el jurado, que lo otorgó por unanimidad, sólo me señaló una objeción: no les gustaba o convencía el título. Donde mueren los monstruos pretendía ser una vuelta de tuerca al título del clásico infantil Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are). Decían que era un título que se quedaba en tierra de nadie, ni era de aquellos certeros como puñales (Patria, La carretera, Mujercitas, It...) ni de aquellos largos y evocadores (El abuelo que saltó por la ventana y se largó, Los hombres que no amaban a las mujeres, El curioso incidente del perro a medianoche...).

Es, por tanto, parte fundamental del libro un título acorde, ya sea porque hable de él, porque evoque al contenido del mismo, abra una pregunta cuya respuesta aguarda en las páginas o, sencillamente, resuma la lectura.

A la hora de titular, dependiendo del libro, lo cierto es que me gusta irme por las ramas. Esas ocasiones en que no sabes por dónde tirar y decides escoger un título que sólo te habla a ti como escritor pero que, quién sabe, tal vez una vez leído le toque la fibra al lector potencial. También, en mi línea pop, tiendo mucho a tirar de obras existentes para poner un título a mis libros o los capítulos de los mismos. Sublimé este arte cuando decidí seguir el discazo, maravillosa obra de Ismael Serrano La traición de Wendy que, para más señas, era además mi primera novela. Veintidós añitos tenía, y creía en la pureza del arte, la literatura y una prometedora carrera literaria ante mí. Todos mis primeros textos beben de otros autores. Si el cantautor madrileño es una figura omnipresente en esa novelita de terror, ya antes había publicado una novela corta, Si llueve..., cargada de referencias a las obras de Stephen King y, en menor medida, Joss Whedon.

Si llueve... es uno de esos títulos con los que me fui por las ramas. No se entiende hasta que se ha leído la novelita entera, y es, sin ser yo muy consciente de ello, la revisión de un maravilloso cuento de una autora que se acabaría por convertir en referente indispensable en mis escritos, Shirley Jackson. También tiene ella uno de los títulos más misteriosos y cautivadores de la historia de la literatura, Siempre hemos vivido en el castillo. Indispensable lectura.

A la altura de éste se encuentra El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago, que toma como personaje central a uno de los heterónimos de Fernando Pessoa y desarrolla el resto de su biografía una vez fallecido el autor original. Ligado a Lisboa, otro libro maravilloso con un título también misterioso, evocador, Sostiene Pereira, de Tabucci. Por motivos obvios, me interesó, y como curiosidad, existe en Granada una librería de alfarrabista, librería de viejo llamada Sostiene Pereira que, para colmo de males, tiene un cameo en mi última novela publicada, El Desencantador.

Para esta novela juvenil no me quise estrellar la cabeza, y como la magia es el hilo principal, hay una referencia clara a Merlín, el Encantador, pero también una puerta a la duda. ¿Quién o qué es ese Desencantador?

Pero a veces me decanto por títulos difíciles, esos que aparecen mal en todas las citas en prensa y en las librerías por un empeño muy mío que es emplear la puntuación como parte esencial de los mismos. Los puntos suspensivos de Si llueve... me trajeron pocos quebraderos de cabeza comparados con la coma de Nosotros, que poseemos la tierra, mi primer libro de relatos. Con todo, sin esos detalles de puntuación los títulos se quedan cojos, imposibles.

Mi último atrevimiento a la hora de titular ha sido ponerle un título en español a una novela coescrita en portugués, El portugués. Evidentemente, la explicación está en el interior del libro, y en concreto tiene un giro que va directo a la emoción del protagonista y del lector, como un puñetazo a la emoción.

A veces, a la hora de titular, conviene, decía, irse un poco por las ramas. Así, una novela crepuscular en la que llevo ya 4 años largos trabajando, La extinción de los dinosaurios, se llama así al ser la historia de cinco ancianos centenarios, uno de ellos un paleontólogo. A ésta le siguen Cazar un dinosaurio, su "continuación", y Parque geriátrico, su precuela. Parece que, de momento, se trata de mi magnum opus, aunque todo dependerá de lograr encajarla en el catálogo de una editorial en el futuro.

Como véis, esto de titular se las trae. Personalmente evito los títulos rotundos, de aquellos que son como un golpe en la mesa. Una palabra. No obstante, en poesía una vez me atreví con un Pudor que inicialmente se titulaba Pudor es una palabra antigua. El libro no llegó a ver la luz, aunque ahí está, en la carpeta de mis poemarios imposibles, junto a El abrazo del koala o Cuánta pupa.

Al ser proyectos de menor envergadura, dan mucho más juego los relatos, ya que hay más libertad. Me enorgullece haber titulado algunos como "La noche de Amaranta", que creo que abre una puerta al misterio y a cierta épica que puede provocar curiosidad al lector, o "--.--", que se trata de una gran broma sobre la literatura de concursos y certámenes, y como tal el título debía estar a la altura.

Aunque, sin duda alguna, el título que mejor me define es el de un proyecto con el que logré una beca de la Residencia de Estudiantes, una novela distópica y terrible protagonizada por niños en un mundo despoblado de adultos. Hace años que no me acerco a ella, cuando sin duda es el proyecto que más atención, tiempo y mimo debería merecer: Queridos niños.

En definitiva, la puerta a un libro es el mismo título. Supongo que, a medida que uno se convierte en un autor reputado, podrá hacer lo que le dé la real gana a la hora de titular sus escritos. Esta reflexión no es más que una anotación desde mi experiencia.

Feliz Día del Libro

6 de febrero de 2018

OT 2017: radiografía de España


Finalmente, esta edición de OT ha arrancado.
Parece una obviedad, pero no lo es. Cuando se anunció hace un año el regreso del formato a TVE parecía otro intento a la desesperada del ente público para recuperar antiguas glorias. Lo que nadie podría haber previsto era que Operación Triunfo regresara como un espejo idóneo que refleja cómo hemos cambiado como país en estos 16 años.
Aquí unos apuntes sobre el talent show y cómo ha evolucionado. Y, citando a Presuntos Implicados, "cómo hemos cambiado".

Cásting
Lejos quedan aquellos triunfitos bonachones, ilusos y naturales de la primera edición, o aquellos resabiados de ediciones posteriores (en especial en Telecinco). Rosa, Bisbal, Chenoa y compañía eran la imagen de un país producto de una democracia tardía, de décadas de complejos, carne de cañón para aquella bomba emocional, pornografía televisiva que se atrevía a dar sus primeros pasos en el medio español. La historia de superación era bigger than life, y los chicos se prestaban a convertirse en ídolos de masas, cada uno con una historia personal y una meta marcada a fuego, cada uno tan real que resultaba imposible empatizar con ellos, con su campechanía y una falta de tablas que daban sentido al formato gala tras gala.
Dieciséis años después, vuelve a ser el cásting el mayor acierto de la edición: España ha cambiado, también su audiencia, y el público no necesita otra Susan Boyle, otro Paul Potts, otra Rosa de España. Las historias de superación están trilladas, la cultura musical del país ha evolucionado y hace falta reflejarlo en la selección de concursantes. Sin grandes alardes, ya en la gala 0 se entreveía el cambio: concursantes jovencísimos -tan jóvenes o más que los de aquella primera edición- , ilusionados, inexpertos, atrevidos. Capaces de subirse al escenario con un instrumento musical, de cantar en inglés, de dejar atrás los ritmos latinos y el flamenco, o reducirlos a algo testimonial.
Los jóvenes han sido auténticos, impulsivos, divertidos, honestos. Hacer televisión es una forma de hacer política, y España había devuelto una imagen deformada de la sociedad a través del medio televisivo, especie de Nuevo Prometeo de ninis, hermanos mayores, mujeres y shores y viceversa. OT nos ha regalado esperanza en el futuro dando voz a otros jóvenes con aspiraciones nobles.
Palabra aparte merece la remozada academia, con un claustro que reúne al alma de OT, Manu Guix y Noemí Galera, con nuevas y enriquecedoras aportaciones que han servido para traer aires de cambio al formato, ponerle corazón y quitarle solemnidad al conjunto. También el nuevo presentador, Roberto Leal, que ha sacado Matrícula de Honor en uno de los retos más difíciles a los que puede enfrentarse un presentador: coger por los cuernos las tres horas de directo con sus imprevistos, un escenario enorme y un plató a rebosar de gente, y hacer esto sin que se note lo difícil que es. La experiencia como reportero del sevillano le ha aportado tablas, y su naturalidad e implicación, las bases sobre las que ha conducido todas las galas.

Canales de consumo
Atrás queda también la costumbre de ver la gala en familia el lunes por la noche y vivir de las migas de los resúmenes diarios. OT ha ganado terrenos con una decisión inédita en un reality en España: el 24 horas abierto, gratuito, sin cortes.


OT 2017 se ha follado la linealidad narrativa. Esa inyección en vena de realidad ha generado a su vez una nueva forma de consumir el formato: la ineludible gala de los lunes (Twitter mediante, para analizar, diseccionar y vomitar bien de mala leche), el bendito 24 horas, con sus picos de audiencia como los pases de micros, repaso de gala y reparto de canciones, los contenidos creados por los consumidores, que sirven como muestra del éxito transmedia de esta edición. Somos muchos quienes, cuando no podemos estar todo el día en el 24 horas, acudimos a un hashtag para ver los puntos destacados y enterarnos de lo importante. Así, se han trazado dos narrativas: la oficial, que genera la productora con sus galas y resúmenes diarios, y la que han creado los propios seguidores del programa, hasta el punto de que el hashtag diario ha logrado ser TT durante 3 meses seguidos de emisión del programa. Incluso hoy, un día después de que haya terminado el concurso, es TT .
Por supuesto, la difusión en redes sociales ha tenido otra lectura tan contemporánea y posmoderna como la de los juicios en Twitter y la poscensura: decenas, centenas de twitteros dispuestos a tumbar a un concursante, un profesor o a la mismísima directora de la academia por una mala respuesta, un mal gesto o cualquier comportamiento malinterpretado.
El programa ha sabido recoger esto y apropiarse del fenómeno para generar giros de guión: inolvidable ese momento en el que Noemí Galera, atacada por una jauría de twitteros por un comentario sobre Alfred, rompe a llorar y pide perdón al concursante durante un reparto de temas ante el gesto perplejo, atónito de los concursantes; la presión de las redes ha aupado favoritos, salvado a concursantes y dictado el devenir del concurso.

La reinvención del reality

Cuando los realities y talent shows ya estaban implantados en medio mundo, la productora Gestmusic Endemol vino con un concepto novedoso: unir ambos formatos en uno solo, de modo que los aspirantes a cantantes convivieran en una academia de formación intensiva. A pesar del éxito aplastante de la primera edición, el formato comenzó a desinflarse y desvirtuarse en sucesivas ediciones.
Frente a los realities de toda naturaleza que buscan la confrontación y la fama pasajera, TVE ha apostado por un concurso blanco, por una motivación clara. El trato respetuoso de la cadena y el carácter familiar de las galas -más allá de los horarios imposibles de emisión- han centrado la atención en aspectos musicales o simpáticos de la convivencia, no en la confrontación y competencia, como suele ser habitual en estos formatos. El hecho de estar en la cadena pública tal vez sea el verdadero motivo de esta proyección. Y es que si algo nos ha enseñado este OT es que los realities, por mucho que pretendan impactar con su vida en directo, también tienen una narrativa, dictada en ocasiones por la productora, en otra por los seguidores o, en última instancia, por los propios concursantes.
Y en Operación Triunfo suceden cosas. Han logrado algo, y es que no haya momentos vacíos, que no sea preciso un montaje frenético para que el 24 horas sea entretenido. Como si de un canal de televisión fuera, todos los días han publicado la "programación": Clase de canto, Ensayo con Bailarines, Clase de inglés, Merienda, Cena, Película, Visita de..., no hay tiempos muertos, y los tiempos muertos los han llenado los concursantes con su carisma, sus conciertos improvisados, sus juegos, bromas, momentos de intimidad... Gracias a la estupenda realización de un 24 horas que nos ha regalado momentos inenarrables en los cierres del directo, el progresivo enamoramiento de los pupilos y los pases de micros. Es increíble pensar que esto ocurra en directo y vaya tan bien engrasado sin necesidad de edición. Xavi, el realizador jefe, se ha ganado el cariño de los espectadores del directo gracias al nervio y la inteligencia para captar lo que ocurría entre los muros de la academia.



La narrativa
Como apunto arriba, la realización magistral del 24 horas y la intervención de los seguidores en redes sociales se ha creado una narrativa fascinante que ha durado 3 meses. Más allá de las historias de aprendizaje, de formación de alianzas entre concursantes, de chispas de romance, se han construido varias grandes historias como si hubieran estado diseñadas por un guionista. La más potente, sin duda, el romance Amaia-Alfred, desde los pequeños gestos que delataban el nacimiento de este amor (captados con maestría por Xavi y su equipo, que no dudaron en servirse de juegos de espejos, rodeados de cámaras cámaras robotizadas y audios entre la pareja) hasta el amor consumado, con varios giros de guión ("City of Stars", la separación y vuelta por Navidad, el objetivo eurovisivo) y la coronación de ella como ganadora. Pero también Aiteda, sea real o no, pues se ha alimentado tanto la relación imposible entre Cepeda y Aitana, separación y devastación emocional mediante, como las consecuencias que esto haya podido tener en sus vidas fuera del concurso. Eurovisión fue otro de los grandes temas que revolucionaron la dinámica del concurso, en vista del éxito del formato, y que la historia de Almaia se solape con el Festival de Eurovisión sólo puede tratarse, desde el punto de vista del relato, como hilar muy fino. La aparición de dos supuestos grupos enfrentados por afinidad, con buenos y malos que ellos mismos se han empeñado en derribar a fuerza de respeto y admiración, con una nueva heroína con todo en su contra, Míriam, ni más ni menos que tercera finalista. El elemento Cepeda, barriendo sistemáticamente a sus compañeros nominados, pero también los elementos de alivio cómico, principalmente Roi y Amaia, por su buen humor y desparpajo, nos han ofrecido una trama global que contaba con todos los elementos para triunfar.


La música
Se ha hablado mucho del concurso, de los triunfitos, de los Javis, del jurado... ¿pero y la música? Seamos claro, Operación Triunfo es un programa de televisión, un reality cuyo pretexto es la música. Pero seamos justos: OT 2017 es probablemente la edición en la que más música hemos tenido, no ya en las galas, donde se ha abierto tímidamente el espectro musical, sino en el día a día. La mayoría de concursantes son músicos que tocan instrumentos, componen e improvisan. Al regalo que han supuesto los recitales de Amaia o las canciones que componía poco a poco Alfred y compartía con su audiencia debemos sumarle las visitas de músicos de distinto pelaje (leyendas de nuestra música como Sole Giménez o Pastora Soler, cantantes más alternativos como Zahara o el Kanka, o antiguos triunfitos como Beth o Bisbal), los artistas invitados en las galas y un repertorio que ha abarcado clásicos imperecederos como Gardel o los últimos hits de Dua Lipa, del mainstream del reggaeton lento al bolero de Zenet... Ha sido este Operación Triunfo, a este respecto, una escuela de música. Música en directo, como Roi y Míriam a la guitarra, Amaia y Alfred al piano y trombón, incluso con las casi siempre lamentables intervenciones del chat. Voces prodigiosas como la de Agoney y Nerea, con una textura personalísima como las de Amaia y Aitana y una progresión vocal constante, con nuevos retos, canciones mejores y peores, pero siempre con la música por bandera.
También se ha dado visibilidad a los compositores, no sólo desde la introducción de la dinámica eurovisiva, sino desde la creación de los propios concursantes ("Camina" es el nuevo himno de OT) y las visitas de cantautores y compositores a la academia.



Hay vida fuera de la Academia
Pero lo que ha convertido a OT en un fenómeno, insisto, ha sido la retroalimentación constante en redes sociales, con el canal oficial del programa generando contenidos constantes que los fans han sabido desarrollar desde sus anhelos y frustraciones, así como los concursante expulsados transmitiendo sus encuentros y actividades al margen de la academia. Incluso el presentador, implicadísimo con el formato, ha generado conversación y contenidos.
Así, por primera vez en la historia del concurso, el día a día de los concursantes se podía seguir fuera de la Academia a través del hashtag diario. Uno podía seguir la evolución diaria de Míriam en sus clases o a Roi y Cepeda de fiesta en casa de los Javis. De este modo, los expulsados han podido explotar ese nicho de fans que les otorgó el programa e interactuar con ellos a medida que el formato avanzaba, al margen de su participación en galas, firmas de discos y demás actividades promovidas por la directora. Caso especial son Mimi, primera expulsada, que no ha dejado de hacer bolos durante este tiempo, o Ricky, a quien hemos visto retransmitiendo los Goyas Golfos en la misma web de RTVE. Esto es, para ellos el concurso seguía fuera del marco del programa, así como su carrera y evolución.

Fenómeno OT
Esta edición comenzó discreta, con una gala 0 que tiraba de nostalgia y técnica y musicalmente dejaba mucho que desear. El presentador estaba nervioso, los concursantes estaban nerviosos y hasta los profesores estaban nerviosos.
Con la llegada del 24 horas, la situación se invirtió. Tener la opción de seguir el día a día de los concursantes generaba un nuevo interés que se tradujo en la omnipresencia de OT en Twitter, toda la red y, paulatinamente, en la calle. Esta nueva ventana de consumo ha provocado que el público empatice más si cabe que en anteriores ediciones del programa, hasta el punto de que como espectadores tenemos la sensación de conocer a los concursantes en profundidad
Lunes a lunes se ha demostrado con la audiencia de las galas que Operación Triunfo había vuelto para reclamar su lugar en el Olimpo televisivo, hasta un sorprendente, admirable 30% en la final, algo impensable para cualquier otro reality o producto de ficción tal y como se reparte el pastel televisivo en la actualidad.
También da una idea del alcance del fenómeno la locura fan desatada en aeropuertos, centros comerciales y estaciones de tren con cada visita de los triunfitos, así como el interés suscitado por algunos de ellos en prensa rosa, tal vez el paralelismo más claro con aquella primera edición.
El sábado pasado, durante el reencuentro de los expulsados con los finalistas restantes en la Academia, 100.000 personas seguíamos el directo en Youtube. Otros picos de audiencia ya se dieron en el regreso por Navidad y en momentos clave del concurso.

Baby steps
Si por algo ha dado que hablar OT 2017 ha sido, además, por su contenido social, donde en efecto se ha hecho patente el salto generacional con respecto al OT de hace 16 años y al país que éramos entonces. Feminismo, nuevas masculinidades, visibilidad LGTB, derechos humanos... puede parecer la nueva agenda de corrección política que ha querido vender la Academia para subirse al carro del cambio (tampoco es de extrañar que distintos políticos de diverso pelaje se hayan querido anotar el tanto de dichos pequeños progresos). Por una parte, el programa ha llevado una labor encomiable de visibilidad de causas sociales como la donación de sangre, los trastornos mentales o el tratamiento del sida con las visitas de profesionales de distintos ámbitos.
Por su parte, los profesores y alumnos han demostrado que se puede actuar sin prejuicios, que ha llegado un verdadero cambio a nuestra sociedad. El tan cacareado beso entre Marina y Bast, o la homosexualidad sin tapujos de Ricky y Agoney, la presencia de los Javis, pareja real que ha luchado por hacer una lectura lejos de lo heteronormativo y han denunciado gestos y actitudes homófobas dentro y fuera de la academia. La sensibilidad de Alfred y  Roi (recordemos las risas con el llorón de Bustamante en su día), la amistad entre chicas que han hecho prevalecer la sororidad por encima de cualquier rivalidad, las opiniones feministas de Amaia y Aitana sobre sus cuerpos y la concepción de las relaciones. Esta generación viene fuerte, y viene firme.
Han sido conscientes de la plataforma que tenían, y Alfred no ha dudado en denunciar la situación de los refugiados o hablar sobre depresión y ansiedad demostrando valor, honestidad y sentido común.
Muchos recordarán la vergonzante situación que se vivió en la segunda edición del reality, cuando a Beth le prohibieron hablar en catalán con su familia al encontrarse en TVE, cuando debería favorecerse justo lo contrario. No han sido pocas veces las que hemos oído cantar y hablar en catalán (el programa, recordemos, se produce en Barcelona) a concursantes como Alfred y Nerea, profesores y equipo técnico con total naturalidad, o en gallego, dado el caso. OT 2017 ha servido también para evidenciar lo que es normal en un país con la riqueza lingüística de España, aunque sigue siendo la asignatura pendiente del programa: seleccionar canciones en gallego, catalán o euskera para una gala en prime time. En tiempos revueltos, sería toda una llamada conciliadora.
Con cada decisión, con su premisa de permanecer unidos como una piña han demostrado los 16 concursantes, más allá de las bases del concurso, que el factor humano está por encima de cualquier espectáculo. Todos ganan, y nosotros con ellos.

Amaia, esa bestia parda



Era de justicia divina que Amaia ganara la edición. No sé si, como anuncian los conspiranoicos, se trata de una estrategia de la productora o discográficas para convertirla en el producto perfecto, porque no podían contar con todo lo que nos ha dado. Un criterio musical formadísimo a pesar de su juventud y también una profunda formación que ha sacado a relucir en todo momento. Sus momentos en el piano se han convertido por méritos propios en algunos de los mejores de la edición. Las canciones que ha versionado y artistas a quienes ha interpretado se han rendido ante su talento y gusto artístico, y muchos de ellos se han visto de la noche a la mañana expuestos al mainstream de forma indirecta.
Tampoco podría haber previsto nadie que aquella aparente inocencia (una de las claves del casting de OT1) fuera real, y por ello ha dotado de frescura al concurso y a la interacción con sus compañeros prestándose a bromas y a hablar en plata. Su desparpajo, naturalidad y bonhomía la han convertido en la estrella de la edición, junto a su falta de filtro en muchas ocasiones y una constancia semana tras semana que ha llevado a los profesores a explorar sus límites con retos como "So what" o "Shake it out". Qué decir de esa materia de estrella que se crece en el escenario: la hemos visto inocente, pero también sexy, divertida y sufriendo la canción de esa semana, la hemos visto crecer como artista, y eso que ella venía de fábrica con muchas tablas.
Y el amor. Ay, el amor. Amaia nos ha regalado esta pequeña gran historia de película. Hemos visto nacer, gesto a gesto robado, este romance entre dos músicos que se admiran y se respetan como son, que han sido apoyo mutuo en todo momento y a quienes hemos alzado como representantes de España en Eurovisión. Cuántos momentos mágicos encima del escenario, junto a un piano, en el sofá, a la mesa... nos han regalado una y otra vez, siendo además ejemplo de una relación de igualdad, y reitero la clave de esto, ya que se han convertido en referentes de la juventud española y en reflejo del país.
Amaia de la Música, Amaia de España, Amaia Romero... Llamadla como queráis, ella bien lo merece. Cómo un alma tan pura, un talento tan precoz, una música de verdad no se iba a alzar como justa ganadora de un concurso que, esta vez sí, ha valido toda la carga nostálgica. Con creces.
No me preocupa su futuro. Tiene criterio y gente que sabrá aconsejarle bien, difícilmente la veo como un juguete roto. Tiene carrera por delante, y sólo nos queda esperar que esté a la altura de sus sueños.



Actualizo sobre el hermano de Amaia:

21 de enero de 2018

Un año después

Un año después, despierto acompañado. Tarde, como todos los domingos. Truman remolonea entre mis piernas, como el año pasado.

Me invade una tristeza lenta, espesa y azul.
He soñado con un cambio inminente. Se aproximan cambios inminentes en mi vida. Como en un cuento, el desayuno se materializa en mi cama.
No he ganado ningún premio literario, pero tengo un cuento abierto en Google Docs y planes para hacer de este domingo algo mágico.

Me siguen atormentando las fechas, los malditos aniversarios. 5 años ya, me digo. 5 años ya, cuando más sonrisa y más paz y más vida. Más Jose, en todos los aspectos. No sé qué he perdido entre tanto.


Pero veo luz, por primera vez en años. Veo una fuerza, una capacidad de resolución que me hace seguir, morder fuerte, aferrarme al futuro. Ya no miro atrás, es inútil.
La enfermedad sigue en mí, ahora con otras formas. El miedo es una constante a la que no logro aplacar.
Pero sigue Lisboa y sigue la vida, siguen los pequeños proyectos, victorias a pequeña escala, mi jardín en potencia, la biblioteca creciente, los libros y la decisión de cerrar puertas para abrir ventanas nuevas.


Promesas de futuro: construir, insisto, construir una vida que yo decida, aprender a negarme a lo que no quiero. A veces nos cuesta la infelicidad aprender a echar el freno. Tengo ganas de trabajar en muchas cosas, de convertirme en el mejor en algo. Por eso este año he comenzado con listas de cosas pendientes, lecturas que necesitaba acabar y otras que necesito devorar. Como hace un año, leo a Shirley Jackson con frenesí. Me doy cuenta de un hecho importante: he perdido el miedo.

¿Que qué le pido al año que viene? Despertar en Lisboa, de nuevo, en otras sábanas, cierto, con todo lo conseguido. Que mi vida no se vuelva a quedar en agua de borrajas.


Y entonces no te diría nada, no te haría nada más que reír, como siempre, para que tu risa se convirtiera en la melodía de los días

17 de noviembre de 2017

Preludio del frio (escrito hace 2 semanas)

Tienen los indios que regentan el café junto a casa las luces de Navidad ya inundándolo todo de verde fosforescente con su titilar constante. Cada vez que bajo a Truman al descampado junto a casa, es ver las luces y pienso “Coño, se adelantan al Corte Inglés”. Al Cortinglés, que escribía Vázquez, y al frío. La semana pasada, 35º y mañana domingo, 30º al menos aquí en Lisboa. Con lo que me gusta a mí el frío, me digo, voy a adelantarme yo también, a ver si de tanto nombrarlo es verdad que se viene el invierno, o lo que queda de otoño hace honor a su nombre.
Digo que me encanta el frío porque a mí agosto se me hace angosto: me siento aplatanao, como una lapa sobre la baldosa buscando un resquicio de fresco. Además, no sé por qué, desde unos años atrás me trae muchos más recuerdos la temporada fría que el estío, supongo en parte por lo que tiene de cambio de ciclo y de renovación.
Hará esta Navidad un año que no piso el pueblo. Las circunstancias (entiéndase por circunstancias bodas y precariedad) me han llevado a pasar la mayoría del año en Lisboa, y las escapadas puntuales a España se han debido a compromisos ineludibles. En cualquier caso, detesto el pueblo en verano, lleno de gente (recordemos: misantropía recalcitrante) y con el maldito calor, la luz por todas partes. Además, el verano en el pueblo me trae recuerdos devastadores. Hay una serie de lugares que he intoxicado desde la memoria, y ciertas estaciones. Hay, además, una estación de tren que siempre me romperá el corazón.
Por eso, regresar a casa con el frío es recordar a otro tiempo, a una intimidad, comunión entre sus calles y yo. Por lo general, cuando llego a Bélmez en otoño-invierno, casi cae la tarde. A veces, además, cuando coincide con la campaña de la aceituna, las calles permanecen desiertas, los jornaleros en el campo o la cooperativa (la almazara del pueblo). Por suerte o por desgracia, mi pueblo cambia poco. Algún negocio que no prosperó y ahora gestiona otro pequeño empresario, algún parche en el pavimentado de una calle o la renovación del mobiliario público, pero puedo afirmar y afirmo que mi pueblo guarda la misma esencia que hace 30 años, cuando nací, porque en los pueblos de sierra andaluces poco cambia.

Y así me gusta llegar a la plaza central en autobús, que maniobre hasta dejarme subir mi calle, el aire frío en los pulmones, la pequeña cuesta del paseo que alberga mi hogar. Y los chiquillos, con suerte el rumor del agua bajo los pies (como Derry, el corazón de Bélmez de la Moraleda está atravesado por un barranco subterráneo), algún vecino que saluda y miras con extrañeza (te mira como a un forastero, con tu barba de meses y boina inglesa). Te llega el olor a lumbre, a las chimeneas que coronan el pueblo, te arrastras deslomado, como cuando hace quince años volvías del instituto, pero ya no tienes llaves (una morada, una verde y otra plateada para diferenciarlas de
la azul y roja de tu hermano). Vives frente a la nueva biblioteca, frente al remozado Parque de la Cultura, el frío te pica la cara, pero el pecho te palpita salvaje. Y te adentras en lo conocido, la cérvix familiar, el olor a casa. El dormitorio huele a cerrado, abres la ventana, la persiana, que el frío lo inunde todo. Lo sueltas todo, saludas la primera a Blanquita, te desplomas en un sillón, en un sofá. Buscas la lumbre. Restauras el wifi en el portátil.Bem-vindo.
Me gustan esos inviernos de tardes oscuras, de olor a lumbre y a sierra. Sí, de asomarse a la terraza y oler la sierra fría. Me gustan las tardes  de brasero que quema las piernas con las brasas encendidas, de perros acurrucados contra mí. No sé por qué me recuerda la época al sabor del tueste con miel (tueste es como siempre se han llamado las palomitas en casa), a los caquis, sabor de la tierra, a la lluvia. Me gusta volver a Mágina con el mal tiempo, en plena tormenta, cuando aún nos sorprende un apagón y hay que sacar las velas de los cajones, cuando las sábanas de franela y las mantas más pesadas. Así es cuando me gusta mi pueblo, cuando me parece su mejor versión, con el frío helado, las ramas de los árboles danzando frente a mi casa, el iluminado navideño mortecino, ocre, las carreras de los valientes que juegan sin reparar en la caída mortal que los acecha bajo la superficie. Me gusta la nieve en la sierra, el fuego en la lumbre, el olor del chorizo secándose y la leña de olivo partida por mi padre. Me gusta no cruzarme más que con quiera cruzarme inevitablemente, porque en los pueblos pequeños, Dios nos libre, no existen las casualidades.

24 de octubre de 2017

#LeoAutorasOct

La iniciativa surgida en Twitter LeoAutorasOct a raíz de varias mujeres dispuestas a reivindicar el rol de la mujer como creadora me ha hecho caer en que en los últimos años leo más autoras, me intereso más por ellas, por sus vidas y sus obras. Así, en este octubre que al fin se anima a definirse otoñal reparto mis inquietudes lectoras entre la nueva incursión en la fantasía de Patricia García-Rojo con su Las once vidas de Uriah-Ah y el comienzo de una saga también fantástica y de lo más británica como es A Wrinkle in Time y las memorias del inabarcable Fernando Fernán-Gómez; releo, además, It de Stephen King, esta vez en inglés.
Y no sólo eso, sino que este año, en el que me estoy obligando a leer -a veces tengo que recordarme que si pretendo llamarme escritor me debo a la lectura-, me he dado cuenta de que leo a más mujeres. No es una cuestión de cuotas, es que tenía el cánon oxidado. Como bien apuntaba en Twitter María Sánchez, escritora y veterinaria, lo que no se nombra no existe. Es que hay que hacer por arrojar luz sobre quien ha vivido a la sombra. Tengo una maceta que compré hace poco en Ikea y se me ha mustiado: casi todas las hojas ocultas por las macetas altas se han secado y se han marchitado de la raíz a sus pequeñas hojas carnosas. Las ramitas que sobresalían en el baño de luz ahí están, verdes y hermosas. Aún estoy a ver si las salvo.
Por eso este año estoy arrojando luz, y leo a más autoras y estoy encantado. Aquí, en este #LeoAutorasOct aprovecho para hacer un pequeño repaso sobre las mujeres que me han trasladado a otras vidas, a otros tiempos, a otra luz:

-We Have Always Lived in The Castle, Shirley Jackson. Este libro me llegó regalado desde Alemania y ha supuesto una de las mejores lecturas en años. Jackson fue una madre de familia y autora que supo conjugar lo mejor de ambos mundos, pues abrazaba el terror gótico desde lo cotidiano. Es sin lugar a dudas el gran nombre femenino que puede hacer sombra a los grandes maestros del terror. Además, Siempre hemos vivido en el castillo es probablemente la obra maestra de una mujer que murió demasiado joven. Me maravilló de tal modo que he estado todo el año a la caza de todas sus rarezas, desde crónicas familiares a cuentos perversos. Tengo por ahí, a medias, uno de los tantos recopilatorios de relatos que circulan por las librerías.

-O meu livro tem bicho, de Madalena Luz da Costa se trata de un libro pequeño, tierno e infantil que resultó ganador de uno de los mayores premios literarios infantiles en Portugal (lo edita y distribuye una cadena de supermercados, pero está muy bien dotado). Se trata de una carta de amor a la literatura y sus creadores, lleno de imaginación y ternura sin caer en la ñoñez a la que suele verse abocada la literatura infantil. Creadores y lectores se sentirán identificados con este pequeño gran libro ilustrado por Ricardo Ladeira de Carvalho.

Carmen Laforet
-De corazón y alma (1947-1952), Carmen Laforet y Elena Fortún. El año pasado, al fin, leí Nada de Laforet. Me fascinó ese grito de Libertad en plena posguerra, esa historia de crecimiento -tiene mucho de Bildungsröman- y análisis de su heroína principal. Me recordó, por ambientación y cercanía, a Luciérnagas de Ana María Matute, que también leí el año pasado. Curiosamente, lo que mejor conocía de Fortún era la novela última de su saga sobre Celia, aquella en la que la protagonista, ya adolescente, se va al exilio y sufre en sus carnes la debacle de la guerra civil. Se recuperó el año pasado esta Celia en la revolución, y así se reivindicó la figura de su autora. Entre Nada y Celia en la revolución también atisbé puntos en común, de modo que cuando se anunció la publicación de la correspondencia entre ambas autoras, me hice enseguida con ella. Estas cartas desarrollan el lado humano de dos mujeres que se quieren y se admiran, ambas creadoras en un mundo de creadores que lograron hacerse hueco y un nombre en el panorama literario español. Son cartas duras, como la lenta agonía que sufría Elena Fortún en sus últimos años de vida, invadida por el cáncer que pondría fin a este intercambio epistolar.

Elvira Lindo
-Lugares que no quiero compartir con nadie, Elvira Lindo. Me gustan de Elvira su Manolito, su franqueza al hablar, sus conexiones con Lisboa y sus novelas "serias". No por nada su Una palabra tuya es una de mis novelas preferidas en español, protagonizada por dos mujeres fascinantes, distintas pero grandes amigas. Es una novela tierna y divertida, dura y conmovedora. Elvira también ha tenido que sacudirse de encima etiquetas como "la mujer de..." o "la de Manolito Gafotas", y en ninguno de estos casos me parecen etiquetas degradantes, pero parece que hay que recordar la enorme y consistente carrera que se ha labrado Lindo fruto de su esfuerzo y buen hacer. Vaya por delante que Manolito es uno de mis referentes e influencia más clara cuando escribo infantil-juvenil; adoro el humor castizo, y en eso Elvira Lindo es una jefa. Como se puede apreciar, de un tiempo a esta parte me interesa mucho el factor humano de los escritores, y me empapo de memorias, biografías, epistolarios... El año pasado leí Noches sin dormir, y tenía por ahí, perdido en una mochila, Lugares que no quiero compartir con nadie, crónicas de su vida neoyorquina que retomé hace unos meses y devoré del tirón. De Lindo me fascina su capacidad para arrancarme carcajadas de lo cotidiano, pero también su ojo por el detalle humano, la mirada tierna que arroja sobre lugares y personajes, su lenguaje franco y certero. ¿Sabéis ese pasaje de El guardián entre el centeno en el que Holden habla de cómo cuando lee a ciertos autores le da la sensación de que podrían ser amigos? Pues eso, exactamente eso me ocurre con Elvira.


-The Jacqueline Wilson Collection, Jacqueline Wilson. Este recopilatorio contiene dos novelas cortas, "The story of Tracy Beaker" y "The bed and breakfast star", ambas infantiles y ambas protagonizadas por niñas. Tracy Beaker es un personaje bastante conocido en Reino Unido, ya que se hizo una adaptación de sus novelas a serie de televisión en la BBC. Es una niña abandonada por su madre que narra sus desventuras en el hogar de acogida mientras aguarda a que alguna familia la adopte. Es traviesa, mentirosa y problemática, una auténtica payasa con corazoncito herido. También sufre las consecuencias de la inestabilidad familiar la protagonista de la segunda novelita, que se ve obligada a trasladarse a un hotel con su familia y a tratar de encontrar su talento para brillar. Bajo la comedia y la sencillez encontramos dos historias protagonizadas por niñas en absoluto modélicas que buscan su sitio en el mundo. Me sorprendió para bien esta desidealización del mundo infantil, algo que también trabajaba, desde un enfoque igualmente local, Elvira Lindo con Manolito Gafotas.
Lumberjanes

-Lumberjanes, Shannon Watters, Grace Ellis, Brooke A. Allen y Noelle Stevenson.Una de las ventajas de trabajar en un escritorio donde no sucede gran cosa es que puedo dedicar gran parte de mi tiempo libre a leer, y en concreto he tratado de darle un empujón a los cómics. Si la industria literaria parece estar acaparado por hombres,  en el ámbito del cómic y la novela gráfica la desproporción es más acusada. En todos los títulos de Marvel que he estado leyendo es realmente difícil encontrar autoras, por lo que las mujeres guionistas e ilustradoras de cómics han encontrado su sitio en sellos más independientes/pequeños. Sin embargo, como en el caso que nos ocupa, a veces estas excepciones llegan a hacer ruido y a acaparar la atención de público y crítica. Si hay una palabra que define Lumberjanes es SORORIDAD. Estas scouts son cinco niñas que se enfrentan juntas a toda clase de entes sobrenaturales -y personales, y misterios cotidianos- para desgracia de sus monitoras, y muestran un abanico amplio de personalidades y representaciones femeninas. Me gusta en especial de Lumberjanes su ritmo frenético y su irreverente sentido del humor. Detrás de sus magníficos personajes se encuentran cuatro autoras, dos guionistas y dos dibujantes que han logrado crear una de las sensaciones de la industria del cómic contemporáneo.

-Career of evil, Robert Galbraith (J.K. Rowling). Si Elvira Lindo se trata de uno de los pilares de mis referentes literarios, Rowling es otro. Su Harry Potter definió, junto a Stephen King, mi imaginario adolescente, y de vez en cuando vuelvo a la saga del joven mago a recuperar ese sentido de la maravilla. Con todo, la autora escocesa ha tratado de desmarcarse de la fantasía juvenil yendo por otros derroteros con la creación de un pseudónimo, Robert Galbraith, bajo el cual publica esta serie de novelas detectivescas. Los grandes autores del género (Conan Doyle, Agatha Christie) vienen de Reino Unido, de modo que la tradición convierte al país en el principal exportador de novela de misterio/detectives. No es de extrañar que Rowling, ya experta en tejer misterios en las novelas de Harry Potter, abrazara el género por completo en la serie de Cormoran Strike, un detective malencarado, herido en guerra que debe contratar a una secretaria para despachar papeleo en su oficina. Rowling es una experta en crear personajes, describirlos y dotarlos de una voz característica, así como en desarrollar dinámicas interesantes entre ellos. Así sucede con Strike y Robin, que se convierten en el dúo de detectives más precarios y mediáticos del momento. Si en su primer caso trataban la muerte de una modelo en los círculos más lujosos de Londres y en la segunda la extraña desaparición de un escritor estravagante, en el tercero indaga en el pasado del detective y pone a Robin en el objetivo de un asesino en serie. Me gusta de Rowling su capacidad para crear personajes complejos alejándose de los lugares comunes y la facilidad que tiene para reflejar una época y a su sociedad. Además, sabe ceder el protagonismo justo a Strike o a Robin y sumergir al lector en ambientes opresivos y muy macabros, dejando claro que el género no es patrimonio exclusivo de hombres.

-El libro de Gloria Fuertes, Gloria Fuertes. Ha servido 2017 para reivindicar la figura de una poeta
como Gloria Fuertes, tradicionalmente arrinconada en su rol de comunicadora infantil. Quienes rondamos los treinta aún recordamos la omnipresencia de esa señora siempre afable y divertida, rodeada de niños. Por eso esta magnífica edición de Blackie Books se adentra en la mujer que había tras la amiga de los niños, una mujer valiente, feminista, lesbiana, poeta dispuesta a divulgar la literatura y ensalzar la figura de buenas autoras relegadas a un segundo plano en un mundo (el literario, el académico) regido por hombres. Y lo logró: logró escribir como quiso, y hacerse un nombre, y llegar a las masas. El libro nos abre a su poesía menos conocida por el gran público y a la intimidad de la mujer tras el mito. Me alegro de proyectos como éste: valiente, sentido y hermoso.

-Mockingbird, Chelsea Cain. Ahora que estoy puesto en el mundillo del cómic, en especial de Marvel, leí hace unos meses un artículo sobre el acoso al que se había visto una autora por la visión feminista con la que había impregnado la serie sobre el personaje Mockingbird. Evidentemente, esos cerdos machistas lograron todo lo contrario y me interesé por la serie y por su autora. Y entendí que Cain, columnista y novelista con un enorme bagaje a sus espaldas, hubiera abrazado el feministo como locomotora de su serie marveliana. Leídos los ocho números que componen esta serie, resultaba obvio que no podía ser de otro modo. Una superheroína poderosa, un misterio y un puzzle compuesto con inventiva y sentido del humor. Funcionaba de perlas con sus referencias pop y un estilo de escritura muy Whedon. Por lo pronto, no se sabe si Cain se atreverá con más personajes de la Casa de las Ideas, pero al menos está bien saber que una de las majors apueste por dar voz a las autoras, en especial cuando escriben sobre otras mujeres.

-Las niñas prodigio, Sabina Urraca. A Sabina Urraca, igual que tantos, la sigo con devoción en Facebook -supe de ella por primera vez a raíz de un artículo sobre su visita a  mi pueblo por eso de ver las Caras- porque tiene una voz propia singularísima y está desarrollando una obra constante y consistente desde lo cotidiano. Además, Sabina no duda en mojarse cuando debe mojarse, de modo que esta autora valiente se las prometía felices de cara a su ópera prima. En Las niñas prodigio encontramos la singularidad marca de la casa, desconcierto, humor, autobiografía, ficción maravillosa. Sabina  construye una novela interesante narrativa, conceptual y temáticamente que no deja de ser una primera novela, pero qué santa primera novela. Mientras sigue seduciéndonos con los descubrimientos concernientes a Murcia, esperaré expectante la ya anunciada segunda novela. Con Sabina Urraca la literatura española gana un soplo de aire fresco, un aire de renovación por el que debemos alegrarnos.

-Color verde ladrón, Patricia García-Rojo. Esta incursión en la literatura infantil de Patricia García-Rojo supone nada más y nada menos que la carta de presentación de su Pandilla de la Lupa, un grupo de niños y niñas que, en la tradición de Los cinco, se dedican a resolver misterios de calado más doméstico. Lo que hace especial este proyecto, y como ya sucedía con su Premio Gran Angular El mar, es la capacidad de su autora para dotar a los narradores de voz propia. Color verde ladrón alterna la narración entre sus los distintos miembros del club, de modo que cada uno aporte su perspectiva, forma de expresarse y preocupaciones en forma de diario. Acierta de nuevo en la difícil aproximación a la literatura infantil. Así, Patricia regresa a lo doméstico para experimentar con el género detectivesco, y no le sale mal la jugada: esta colección de Barco de Vapor ya va por su tercer misterio publicado (y el cuarto de camino). Larga vida a la Lupa.

-Faith, Jody Houser. En el terreno del cómic, tras leer la estupenda Mockingbird me atreví con otras de las series que encontraba protagonizadas por mujeres, como Squirrell Girl, Moon Girl, ambas divertidísimas, o la Faith que nos ocupa. Faith se trata del spin off de un grupo de superhéroes cuya protagonista logró una serie propia. Faith es, en pocas palabras, una superheroína de talla grande. Evidentemente, el carácter inclusivo de su creación podría responder a un ánimo de corrección política, de ahí que me interesara saber por dónde había llevado su autora al personaje. Igual que Chelsea Cain, Houser tiene ya una larga carrera a sus espaldas como escritora de cómics, en especial de corte feminista, aunque el resultado es más irregular que Mockingbird. La protagonista funciona y no pasa a convertirse en una mera cuota, tiene dosis de humor que tan bien empasta en el género de superhéroes, pero hay algo en la historia que chirría: confusa, anticlimática, sin momentos memorables. Sin embargo, Faith tiene tanto potencial para tirar del carro que mi próxima adquisición será Faith and the Future Force, su serie más reciente.

Éstas son mis lecturas escritas por mujeres de este año (al menos, que recuerde). Aparte, claro está, muchos otros cómics que han podido escribir ellas, pero sin el sello autoral que considero tan importante en este caso. En cuanto a poesía, he abierto mi abanico a más poetas portuguesas (Maria Teresa Horta, Maria Velho da Costa, Fiama Hasse Pais Brandão...) y jiennenses (Mónica Doña, Rakel Rodríguez, Rocío Biedma...) para el proyecto Como los olivos.

30 de agosto de 2017

Poetas Portugueses IV: Eugénio de Andrade


Las palabras

Son como un cristal,
las palabras.
Algunas, un puñal,
un incendio.
Otras,
sólo rocío.

Secretas vienen, llenas de recuerdos.
Inseguras navegan:
barcos o besos, 
las aguas estremecen.

Desamparadas, inocentes,
leves.
Teñidas están de luz
y son la noche.
E incluso pálidas
recuerdan a verdes paraísos.

¿Quién las escucha? ¿Quién
las recoge, así,
crueles, deshechas,
en sus conchas puras?

Antologia Breve, 1972

Hoy he robado todas las rosas de los jardines
y he llegado ante ti con las manos vacías.

As Mãos e os Frutos (1ª ed., 1948, 20ª ed., Limiar, 2001)


Pequeña elegía de septiembre
No sé cómo viniste,
pero debe haber un camino
para regresar de la muerte.

Estás sentada en el jardín,
las manos en el regazo llenas de dulzura,
los ojos posados en las últimas rosas
de los grandes y tranquilos días de septiembre.

¿Qué música escuchas con tal atención
que no reparas en mí?
¿Qué bosque, o río, o mar?
¿O es dentro de ti
que aún canta todo?

Quería hablar contigo,
decirte sólo que estoy aquí,
pero tengo miedo,
miedo a que toda la música cese
y tú no puedas contemplar más las rosas.
Miedo de romper el hilo
con el que tejes los días sin memoria.

¿Con qué palabras
o besos o lágrimas
despiertan los muertos sin herirlos,
sin arrastrarlos a esta espuma negra
donde los cuerpos se respetan,
parsimoniosamente, envueltos en sombras?


Quédate así,
llena de dulzura,
sentada, mirando las rosas,
y tan ajena
que no reparas en mí.
Antologia Poética