3 de mayo de 2020

Hay un virus

Debí haber escrito este texto hace varias semanas, pero jamás logro organizarme como quisiera. Tuve dos días sin trabajar en los que estuve en casa sin hacer nada más que doblegar la ansiedad, y hubiera sido entonces buen momento de dedicarle unas palabras al tema que ha marcado no ya el último mes o el 2020, sino probablemente toda la década y buena parte de nuestra Historia.
Lo que sí hice nada más declararse el estado de alarma en España fue comenzar a fabular. Se me ocurrieron ideas, pequeños brotes luminosos en torno al encierro, a la nueva vida bajo vigilancia, el mundo distópico, y me propuse escribir relatos de amor en tiempos de pandemia. Mi energía o la fuerza del proyecto comenzó desinflándose a medida que en mi vida se instauraba una normalidad recluida. Con todo, logré terminar dos relatos, uno de los cuales saldrá pronto publicado en Vozed.
Las semanas anteriores al caos, a que la situación en España se volviera insostenible y cuando en Portugal ni siquiera existían casos confirmados, empecé a sentir que la ansiedad volvía a cobrar fuerza. Durante la semana o así que tardaron en concedernos el teletrabajo lo pasé francamente mal, pero al poco de instalar el despacho en la terraza comencé a disfrutar de una dulce monotonía de pijama y té y películas, muchas películas. En todo este tiempo, compungido y temeroso por la posibilidad de expandir el virus a través del papel, me he visto incapaz de escribir cartas a mis amigos (tengo muchas, muchas cartas pendientes). Sólo pude responder a un mail de Bea, y fue un mail kilométrico que me forcé a escribir, ya que he pasado la mayor parte de la cuarentena bloqueado.
Han surgido diversas iniciativas literarias durante estas semanas convulsas, y he tratado de sumarme a varias, aunque, como digo, cada vez me cuesta más centrarme a escribir de forma meramente disfrutona.
Con todo, he comenzado una novela, No es el fin del mundo, que a pesar del título no tiene nada que ver con virus ni pandemias ni nada por el estilo. La idea es tratar de publicarla en una editorial como Dos bigotes, principalmente si logro mantener el pulso y no muere. Mi principal referente para esta novela son los libros de Alejandro Palomas, uno de los autores que más y mejor me han sorprendido en los últimos años con sus narraciones que parecen naturales, pero son complejísimas muñecas rusas.
Me asegura el Gobierno portugués que al menos durante mayo seguiremos trabajando desde casa; lo confirma mi empresa, tras el desembolso brutal que ha tenido que hacer para poner a todo el mundo a teletrabajar. La principal diferencia para nosotros en el ámbito doméstico es que hemos tenido que contratar Internet, algo que por otro lado llevábamos tiempo planteándonos, y que estamos aprovechando al 100%. Por lo demás, hemos respetado el confinamiento y sólo salimos a sacar a Truman abajo, junto a casa, o a hacer la compra semanal cuando no hay aglomeraciones. No echo de menos la calle, el centro, por supuesto no quiero ni oír hablar de turistas, deseo recuperar la ciudad poco a poco, me congratulo por cada noticia de especuladores y airbnberos llorando a moco tendido porque ya han perdido toda la temporada. Sí que me fastidia el cambio de algunos planes, como mi visita de fin de semana a Madrid en mayo (hasta hace no mucho guardé la esperanza de que aún fuera posible), incluso puede que la habitual semana en el pueblo en agosto, donde perderme un par de días por Granada; me pregunto incluso si podrán venir mis hermanos este año a visitarme.
Entretanto prefiero quedarme en el mundo lento, el mundo de puertas adentro, donde ya vivía, bien pensado, y mi única esperanza es que durante al menos un tiempo todo se vuelva ordenado, lento, silencioso. Ya tengo la silla de oficina que tanto necesitaba y una nueva estantería en el salón, las macetas ocupan todo mi tiempo, me frustran o alegran el día como cualquier otro juego de azar, apenas escribo, de acuerdo, leo poco, poquísimo, pero tal vez esta es la vida que merezco. La vida de quienes para dar un paso al frente debemos acomodarnos tres pasos atrás. Algún día, en un futuro limpio de virus, también lograremos llegar.

8 de febrero de 2020

En esto ando

Quien aún tenga a bien asomarse a esta Boca del Infierno en que se convirtió el blog hace años (un infierno gélido y solitario, pero un infierno al fin y al cabo) sabrá que estoy constantemente involucrándome y desvincularme de proyectos literarios (de los propios, quiero decir), no sé si por inconstante o por constante de más.
El tema es que estos recuentos a los que me someto de vez en cuando me traen en ocasiones sorpresas loquísimas, como novelas perfectamente arrancadas que un día se vieron apartadas a un segundo plano hasta languidecer en la sombra. Algunos de esos proyectos los he llegado a olvidar hasta que un día, como de la nada, encuentro un documento de textos o unas hojas impresas que apenas recuerdo haber escrito.
Si no me falla la memoria, la última vez en que me sometí a esta experiencia fue hace más de seis años. En este tiempo algunos proyectos han caído, otros han nacido e incluso se han completado. Empiezo hablando de los proyectos firmes en los que ando trabajando últimamente (este últimamente es muy flexible, puede referirse a años), y después analizaré el estado o el qué fue de aquellos planes de hace seis años:

Tarde y mal: Mi primera novela adulta. A partir de dos ideas muy distintas entre sí, una sobre la plaga de soledad que está asolando en la era que vivimos, la otra sobre el mundo de la precariedad laboral y los call centers, he tenido a bien conformar este proyecto de novela sobre dos mujeres, madre e hija, que deben reaprender a relacionarse en un punto de sus vidas en el que es difícil redefinirse. Tengo escrita la primera parte, que es una suerte de prólogo, y fragmentos de la segunda y tercera partes. Se trata de un proyecto ambicioso tanto en fondo como en forma, una novela política y, deseo, esperanzadora. Tras el arranque de la escritura he parado en seco: tengo muchas lecturas pendientes antes de seguir: Roedores de Paula Bonet, Tierra de mujeres de María Sánchez, Lo que no tiene nombre de Piedad Bonet, Fierce attachments de Vivian Gornick, The lonely city de Olivia Laing, The year of magical thinking de Joan Didion... Cuando tenga mis lecturas procesadas, podré seguir con la escritura, ya que formalmente aún le tengo que dar muchas vueltas.

hombres: un libro de poesía. ¿El primer libro de poesía? Al fin, diría yo. Una mirada sobre lo masculino, sobre mi experiencia con lo masculino y desde lo masculino. No es la primera vez que trato de escribir poesía, aunque no creo que haya dado con la tecla aún. Nunca he sido un buen lector de poesía, ni de lejos como de narrativa, de modo que me resulta mucho más difícil armar todo un libro. Tengo un poema buenísimo, creo, para cerrar el libro, pero el resto no está a la altura. Son textos que he escrito en los últimos siete o ocho años de mi vida, de modo que la cohesión es otra de mis preocupaciones. Probablemente necesite tiempo y mucho trabajo.

Mansión Pesadilla: este proyecto responde a un impulso. Se me ocurrió mientras paseaba a Truman frente a una casa vacía que hay en mi calle qué podría ocultar un edificio abandonado, y se me ocurrió que era el punto de partida perfecto para un libro infantil, y pensé más, para un libro de poesía infantil (sin ser yo nada de eso). Creo que, una vez me ubique y entre en el juego, puede dar buen resultado. Me lo planteo como un juego sin demasiadas pretensiones, la verdad.

La traición de Wendy: mi primer libro publicado cumple diez años, y lo hace ni más ni menos que devolviéndome los derechos sobre el mismo. Hace dos semanas volví a releer la novela por primera vez en más de un lustro, y hubo cosas que me fascinaron, otras que me gustaron menos, pero sobre todo me convenció de que es el momento de aplicar lo que he aprendido en estos años para darle un lavado de cara y tal vez hacerle el homenaje que se merece y encontrarle una nueva casa, e incluso traducirla al inglés y probar suerte en el mercado anglosajón.

La extinción de los dinosaurios: lo incluyo en este apartado aunque la novela está acabada, revisada y requeterrevisada, aunque sigue sin publicar. Creo que se trata de un libro muy puro, mágico, aunque con un tono complicado para colocar a una editorial. También creo que es el trabajo al que más unido he estado, a cuyos personajes más he querido. Esta epopeya de viejos con superpoderes ha ocupado tanto mi tiempo que le surgió una continuación in the works y una precuela poco oficial.

Cazar un dinosaurio: continuación no-continuación de La extinción de los dinosaurios. Cuando acabé de escribir la primera, me di cuenta de que era incapaz de pasar página; tenía que escribir más sobre mis Dinosaurios. Además existía un problema con el primer libro: todos los protagonistas eran hombres. Esta segunda entrega arranca como una continuación no velada del primer libro, aunque narra una historia nueva, y acaba transformada en algo muy distinto. Tuve una idea bastante potente que me permite no vivir de la nostalgia del primer libro, sino experimentar algo nuevo que a nivel narrativo aún no he hecho. Creo que la llevo por algo menos de la mitad, pero es un libro que arrancó con mucha fuerza y lleva varios años estancado. Supongo que hasta que me diga aquí hemos llegado.

El portugués: otro proyecto que en estos años ha nacido y se ha completado prácticamente. Esta novela infantojuvenil es mi carta de amor a Lisboa. Escrita a ritmo fugaz, narra la historia de un chaval español arrastrado a una Lisboa mágica donde debe aprender a la fuerza las tradiciones e idiosincrasia portuguesas si quiere sobrevivir. Lo curioso del proyecto es que escribí la novela en español con la idea de traducirla al portugués y publicarla aquí. De momento la traducción va a medias, y le haría falta una revisión potente.

Escuela de asesinos: novela juvenil que comenzó como un fósforo, ardió con mucha intensidad y quedó en la carpeta de los diez proyectos similares que manejo. En este caso, una escuela para adolescentes cuyas familias han enviado para que aprendan todo lo que hay que saber para convertirse en letales asesinos. No es original, pero puede ser divertida. Apenas la he tocado, sólo arranqué el primer capítulo.

Jándula: novela de vampiros ambientada en la sierra de Jaén. Uno de los proyectos que con más insistencia ha resonado en mi mente, aunque ni siquiera he comenzado a redactarlo. Estoy convencido de que, a la larga, lo escribiré.

Si llueve... : Hace doce o trece años concluí y gané un premio con una novela corta que en realidad se trata de una revisión del relato "La lotería" de Shirley Jackson. Como no se llegó a publicar más que en una edición no venal, he pensado que ha llegado la hora de darle una vuelta y escribir otra novela corta de terror, y publicarlas como una doble sesión de cine en alguna editorial especializada como Saco de huesos o Dilatando mentes. Tengo una idea vaga sobre unas personas encerradas en un ascensor, pero nada definitivo.

A Road Novella: un proyecto que nunca he descartado, pero tan irregular en mis intentos por seguir y tan diametralmente opuesto de mi forma de entender el mundo ahora que no me reconozco. Sólo lograré sacarlo adelante con un giro de concepto, y no tengo ni idea de qué idea tuve hace cinco años sobre la novelita que me resultó tan revolucionaria.

Queridos niños: el que otrora fue caballo de Troya de la casa sigue en standby indefinido. Se trata de una novela demasiado compleja y ambiciosa que no sé si sigue teniendo sentido. Siento que es otro hombre y otro escritor el que contempla Queridos niños desde 2020.

Los siete eternos: en 2015 publiqué El Desencantador, y aunque entonces tenía en mente dos posibles proyectos relacionados o ubicados en el mismo universo que aquella novela de Damián Collado, No me la planteo, aunque si mal no recuerdo comencé a escribirla, y la presentación de los protagonistas dejaba varios detalles interesantes.

En el desván: con esta novela infantil de magia y brujas me ha pasado algo curioso. La había olvidado por completo hasta que en mi última visita al pueblo encontré las páginas que llevaba escritas impresas y poco a poco fueron llegándome fogonazos de lo que en su día había imaginado, aunque con tantos cabos sueltos que no creo que la retome.

Librojuego: completamente olvidado y abandonado. Ni siquiera sé cómo me lo planteé.

Aprovecho para señalar que estos son sólo los proyectos de libros enteros, esto es, aquellos que implican un compromiso a medio y largo plazo. Además, arranco el año con la intención de escribir más relatos, que lo tengo paradísimo. Ando justo con dos recién nacidos, a ver si me lanzo de nuevo a antologías y premios.

21 de enero de 2020

Un año después

Es tan triste la mañana.
Es tan triste siempre amanecer con la primera luz del día, con este frío del invierno en Lisboa.
Despierto acompañado, aunque, como en aquel cuento de Borges, "Ulrica", pareciera que una espada partiera en dos la cama.

Un año después me ha abandonado toda esperanza este enero (siempre fue el martes el día decisivo, reverso tenebroso del lunes).
Hace un año estaba en Londres, esa ciudad infinita donde todo parece posible, y hoy me encuentro de nuevo entre los barrotes en que está por convertirse Lisboa (me duele físicamente escribir esto). Pero hay luz, me digo, hay luz y tiene nombre: ha llegado Tarde y mal, pero ha llegado.
La literatura de nuevo a salvarme.
Mientras trato de recuperar las migas de mi gloria literaria, ya diez años, sé que, una vez tocado fondo, sólo queda alzar el vuelo.

Tengo treintaidós años, esta fecha más marcada que nunca, la promesa de un fin de semana en Londres a la vuelta de la esquina, alguna escapada a Madrid a la vista, muchos planes, las agallas para dejar este trabajo que me ha drenado y está por acabar conmigo. Tengo deudas, como siempre, facturas pagadas del veterinario, del agua, de la luz, una miseria de sueldo y una sonrisa escrupulosamente ensayada para que no trascienda lo que dicen mis ojos.
Pasa este día como todos, gris y anodino. Leo a Stephen King; me digo: Jose, no has cambiado tanto.
No sé qué va a ser de mí de aquí a un año, pero parece que cada vez tengo más claro lo que quiero que sea de mí. Nunca he sido valiente, pero esto no es la guerra.
O eso me repito.


Ni siquiera escribiría tu nombre
en los cristales helados

23 de junio de 2019

Reseña: Slayer, de Kiersten White


2019 está siendo un buen año para los amantes del buffyverso (sí, es una cosa; sí, así se llama). Tras el decepcionante cierre a las desventuras de la heroína en la décimo segunda temporada en cómic, ha llegado un año de renovación.
Recordemos que Buffy, Cazavampiros concluyó su andadura catódica tras la séptima temporada en su segunda cadena, pero Whedon y afines, que habían desarrollado un universo tan rico con una mitología tan desbordante, entendieron que la historia de Buffy Summers y su Scoobie gang no podía acabar ahí. Entonces llegó la continuación canónica con la llegada de la octava temporada en la editorial Dark Horse Comics, que retomaba la historia poco después del final televisivo, cuando la protagonista había decidido cambiar las reglas del juego: Buffy decidía compartir su poder con todas las potenciales, esto es, todas las chicas en el mundo con el potencial de convertirse en cazadoras de vampiros. Un mensaje feminista que aún resuena y un final de aúpa para el viaje de la heroína rubia.
Por eso cuando se anunciaron nuevas novelas ambientadas en el universo creado por Joss Whedon, pero que no estarían escritas por éste ni centradas en la propia Buffy, muchos seguidores de la serie pusimos nuestras expectativas en dicha expansión. Historias nuevas, personajes nuevos.
Así es. En ese sentido, Slayer cumple. Porque parte de un punto poco explorado, que es la extinción de la magia en todo el mundo. Nina, una Cazadora en un mundo sin magia, una serie de apariciones demoníacas y una comunidad cerrada. Esta situación, por inédita, resulta interesante y la autora ha sabido escoger el momento clave del universo canónico para dar a conocer su historia y a sus personajes. En este sentido se nota que White es una fiel seguidora del universo sobre el cual escribe: conoce a sus personajes, sus reglas y su tono. Conoce la gravedad que subyace bajo la apariencia de humor leve e intenta imprimir a su novela de los elementos que funcionaban, por ejemplo, en la serie.
Sin embargo, lo consigue a medias. A este arranque hasta cierto punto sorprendente le sigue una galería de personajes que en su mayoría pasan sin pena ni gloria, sin una personalidad definida que es precisamente lo que hacía funcionar tan bien la obra de Whedon. Tiene algún momento álgido de acción a medias del libro, aunque el ritmo es extraño, y la construcción de la trama, lenta y un poco sin rumbo. Hay giros, muchas referencias a situaciones y personajes adorados por todo fan del Buffyverso -el libro brilla en especial en estos momentos, ya que su autora sabe hacerlos sin que resten protagonismo a sus personajes originales, más bien como guiños que enriquecen la experiencia de los seguidores de la obra original-; sin embargo, el libro se torna previsible -los giros no acaban de funcionar- y la historia no parece acabar de despegar. Sin embargo, sienta unas bases sólidas a partir de las cuales construir los siguientes libros, ahora sí, sin necesidad de carta de presentación como excusa.
En pocas palabras, Slayer se trata de un trabajo irregular, con sus luces y sus sombras, que esperamos sirva para abrir el camino a futuras alegrías.

9 de febrero de 2019

El fracaso como escritor

Qué días. Qué año.
Qué difícil encontrar un rato para escribir estas líneas y no tener la sensación de estar desperdiciando el tiempo. Se ha apoderado por primera vez -por primera vez con contundencia, con presencia- la duda ante la literatura. Los años. La precariedad. Los sueños rotos en una acera.
Llevo días, semanas, meses planteándome esto del éxito y el fracaso en la literatura. Que ya, que todo es relativo, pero seamos objetivos: tengo 31 años, cuatro libros publicados (de los cuales considero que hay uno bastante decente y el resto, prescindibles) que sólo conocen mis amigos y familia, varios premios literarios bastante sesgados (de autor joven, o novel, o de Jaén!!!) y proyectos que no he logrado dotar del empaque necesario. Tengo de mi parte, eso sí, la tenacidad que me ha hecho no dejar nunca de escribir.
2017 ha sido un año terrible a nivel personal, y esto se ha traducido al resto de mis ocupaciones. El estancamiento laboral, a pesar de mi esforzada llegada al periodismo, me genera casi tanta ansiedad como el paso del tiempo. En una época (¿hay otras épocas?) en la que se valora tanto la precocidad, pasar la barrera de los treinta sin labrarse un nombre en el mundillo resulta frustrante y doloroso. Atrás queda la beca de creación, las publicaciones relativamente gordas, las ferias del libro, las visitas a coles e institutos... A mi alrededor, gente de mi edad o más joven que yo saborea las mieles del éxito editorial en una carrera imparable que yo contemplo desde la barrera, temeroso del ruedo.
Tengo una novela terminada, tan complicada, tan imposible de colocar que no creo que exista editorial o público idóneo para darle salida. Tengo cuatro o cinco proyectos serios de libro a medias, pero todas las semanas se me ocurre una nueva idea que pretende destronar al resto. A este respecto soy infiel, incapaz de concentrarme en algo.
Esta semana he recibido correo de un par de amigos, cartas manuscritas que me hicieron llorar en plena calle. Todos mis amigos, qué van a decir de mí, creen en mi talento y valoran el éxito de mi trayectoria como autor. Estadísticamente, creo que debería ser optimista. Ahora, llegada la madurez, plantear cada paso con auténtica cautela, sustentar una carrera realmente imparable. Sin prisa, pero sin pausa. Mis amigos, decía, se deshacen en elogios: me quieren soñador, feliz, capaz. Confían ciegamente en lo que escribo. Me animan a no parar de escribir y me dicen lo maravilloso y especial que soy.
El año pasado, más allá de lo laboral, sólo logré escribir algo: un relato del que ya hablé aquí, y es que no era para menos. La semana pasada se anunció que gracias a ese relato me hacía ganador de un pequeño premio, la II Convocatoria de Relato Culturamas.
Ya digo que es un pequeño reconocimiento que tampoco tendrá mayor repercusión, pero ha hecho que mucha gente que me tenía olvidado haya podido conectar de nuevo con mis escritos, aproximarse así a mi obra. Un pequeño éxito, que podría decirse, sobre todo dada mi escasa producción literaria. Por eso este título me ha hecho retomar otros proyectos que tenía a medias y recuperar un poco la fe en que de hecho puedo hacer bien esto que antes resultaba tan fácil.
Me gustaría publicar en Seix Barral, en Caballo de Troya, es cierto, en tantas estupendas editoriales que tenemos en España (nuevas como Esdrújula, o en Blackie Books, Impedimenta, Periférica...), porque supondrían el salto definitivo, poder decir que ya soy alguien, tener presencia en medios culturales. Que me lea gente a quien admiro. No sé si el camino será volver a apostar por los premios literarios o si debo replantearme toda mi literatura: cambiar de tercio, pero justo ayer me envía esto otra amiga, y me hace sonreír, compadecerme, aquiescer:
El lúcido humanismo de Onetti
Por José Donoso
Es probable que los premios literarios hayan sido creados por algún demiurgo sarcástico para subrayar la carcajada con que el tiempo se venga de las certidumbres. En todo caso, los premios sirven para otear el panorama, y, avergonzado, uno se pregunta cómo es posible que, lo que hoy parece tan evidente, ayer pudo parecer siquiera dudoso. Ejemplar en cambios de perspectiva dentro de la literatura latinoamericana fue el concurso internacional de 1941, al que se presentaron el peruano Ciro Alegría y el uruguayo Juan Carlos Onetti, ambos de 1909. El peruano se llevó el premio, con gran tralalá de declaraciones, periplos de conferenciantes intercontinentales y el beneplácito general para la nueva novela latinoamericana, que no temía examinar la realidad vernácula y denunciar errores y crueldades. Pero nuestra literatura, por ansiosa, por vital, por atropellada, es riquísima en omisiones, en escamoteos, en aparecidos y desaparecidos, en terremotos que bruscamente alteran la perspectiva: como resultado de una de estas catástrofes, el polvo ha ido cubriendo a Ciro Alegría hasta casi sepultar al vencedor, mientras Onetti, actual, flamante, sale tardíamente del territorio silencioso donde estuvo incubando los doce libros de ficción que constituyen su obra, para avanzar a alinearse junto a sus compañeros de generación, Cortázar, Lezama Lima, Rulfo, Sábato.
Hace más de medio año que tomo pastillas para dormir casi a diario, y temo que una de las principales causas sea lo mismo que hace seis, siete, diez años me hacía levantarme cada día con la esperanza puesta en algo.

21 de enero de 2019

Un año después

Despierto solo.
Despierto temprano, más cansado de la cuenta. La cama está dura, incómoda. Hay movimiento a mi alrededor. Pienso que debo estar equivocado, pero entonces recuerdo: Londres, 2019. Un hostel lleno de coreanos y argentinas. Me cae el peso de mis 31 años como un yunque.
Es entonces cuando la ansiedad se abre hueco entre mi pecho y mi cerebelo; no es, como el del año pasado, un despertar lento.
Hace tiempo que no escribo, pero me han considerado para un pequeño reconocimiento literario que se ha convertido en mi lucha las últimas dos semanas. A falta de escritura, necesito certezas.
He perdido los sueños. "No te reconozco, hombre triste: has aprendido a llorar", escribí hace cinco o seis años. Creo que, anímicamente, he tocado fondo.
Sin embargo, hoy me queda aún un trozo de Londres, pafuera telarañas. Aunque este viaje suponga, ocho años después de mi última vez en la capital inglesa, no reconocerme, acaso extrañarme con el muchacho que fui. ¿Qué te ha pasado, Jose?, me pregunto, ¿por qué ya no escribes?
Pero sé por qué.
Remoloneo en la cama, sólo un rato más. Siempre me ducho de noche para aguantar un poco más entre las sábanas. Extraño a Truman, en Portugal.

Entonces me levanto, con la esperanza puesta en un desayuno inglés, en comprar algún libro de Shirley Jackson -un año después, sigo obsesionado- y en la visita a Camdem donde tal vez reencuentre al muchacho que perdí en estos años de camino.
Y es que sé que, pese a los días raros, los días tontos, aún me quedan ases bajo la manga. Lástima que no sepa jugar al mus.


Te cerraría los ojos, te daría la espalda, apretaría los puños y, 
por primera vez en mi vida, dejaría que tú dijeras algo.

18 de septiembre de 2018

What Remains of Edith Finch


No suelo jugar a demasiados videojuegos. He tenido mi época de Play Station (fue toda una sorpresa que mi madre decidiera regalárnosla aquel verano), donde mis juegos preferidos eran Silent Hill y Resident Evil, aunque reconozco que en el que más avancé fue en Crash Bandicoot. También en el ordenador tuve a bien disfrutar de ciertas aventuras gráficas memorables como la primera y segunda parte de Broken Sword. Hace unos años encontré un simulador en alguna parte y el primer juego al menos ha envejecido de lujo. Entretenido, inteligente y muy divertido. Me lo jugué casi del tirón entero (con los años he descubierto las guías online que te sacan de intentos infinitos e infructuosos).
Total, sin ser un experto, también tengo un pasado. Por eso cuando leí la atípica recomendación de mi amiga Cristina en su blog sobre literatura Si Dumbledore fuera librero, me pudo la curiosidad. ¿Qué hacía un videojuego en un blog de libros?
What remains of Edith Finch lo tenía todo para enamorarme: un protagonista adolescente, montones de misterios y una historia bien escrita. Una historia familiar, ni más ni menos. Un espectacular caserón abandonado a los pies de un lago. Caminos de madera, un barco hundido, fotos, cuadernos, secretos, pasadizos y puertas ocultas tras cuadros y muebles.
Suena bien, ¿verdad? Me gustó de este juego, aparte de la excelente ambientación y recreación, su falta de pretensiones. Como decía, la historia es, a fin de cuentas, una historia familiar compuesta de muchas cajas chinas de las que sale música. Juntas, conforman una melodía perfectamente afinada.
No son pocos quienes proclaman que el futuro de la literatura está en el videojuego. Hace un par de años me propusieron coescribir un videojuego, A Place for the Unwilling. Mi labor ha consistido, de momento, en insuflar de vida a uno de los personajes protagonistas. Es literatura. Eso es lo que he aprendido, que en otro medio, es literatura y puede ser -y debe ser- literatura de primerísima calidad.
Hace unos años hice una tesina de máster sobre adolescencia y literatura, y cómo emplear la literatura en la enseñanza de idiomas. Si la reescribiera ahora, los videojuegos ocuparían un lugar destacado. Ya de por sí tiene la literatura una función terapéutica que la lleva a emplearse con niños y jóvenes enfermos, pues qué no se lograría con videojuegos.
A este respecto no puedo más que recordar otra aventura del medio como es That Dragon, Cancer, un videojuego durísimo desarrollado por los padres de un niño muerto de cáncer. Como ya hicieran Francisco Umbral o Sergio del Molino al tratar un tema tan sensible en su obra literaria, esta familia se propuso trasladar la experiencia que acababan de vivir a este medio de comunicación. Aquí no hay una misión, no hay un héroe o una narración lineal tradicional. Este videojuego ofrece una experiencia autobiográfica, refleja el hastío y la impotencia de las horas de hospital y el avance de la enfermedad ante el cual, como en la vida real, sólo podemos ser testigos.
En cierto sentido, sobre todo en su vertiente más sensorial, What Reminds of Edith Finch me ha recordado a dicho videojuego. Tampoco existe una narrativa que avance hacia una meta concreta más allá de conocer el árbol familiar de la protagonista, con ese sistema de cajas y muñecas rusas del que hablaba antes. Aparte de meternos en la piel de ella, el simulador nos ofrece experiencias tan estimulantes como entrar en un cómic clásico pulp o convertirnos en un tiburón, giros todos que sorprenden y expanden la experiencia más allá de los límites "físicos" de la mansión protagonista.
En definitiva, una buena historia de misterio para fans y neófitos en las lindes del videojuego, What Remains of Edith Finch, y lo demuestra su galería de premios y honores varios, saciará vuestras ganas de una buena historia.

25 de agosto de 2018

Nuevo relato: Las últimas veces

Hace unos meses me informaron de que se preparaba la publicación de un libro con otros escritores de la comarca de Mágina, mi sierra,  sobre la Denominación de Origen del aceite de oliva. Yo, que ya había homenajeado mis raíces en el relato que abre Donde mueren los monstruos, me propuse escribir algo del mismo palo, recuperar la esencia del mismo, esta vez centrando mis esfuerzos en ensalzar la relevancia del aceite de oliva en mi tierra. No es la primera vez; ya hace unos años publiqué un libro de relatos ambientados en mi tierra, Nosotros, que poseemos la tierra. No me suele gustar escribir por encargo, sobre todo cuando se trata de ficción, pero acepté la propuesta. Escribí un relato alejado del tópico, de la lembranza, de la tradición, y a la vez lo apoyé en el tópico, en la lembranza y en la tradición. Logré rehuir la metaficción, de la que abuso a menudo cuando me enfrento a encargos, y me nació una pequeña historia de ¿ciencia-ficción? distópica. Explicaba el antólogo que "la idea es realizar un libro donde los textos rescaten vivencias pasadas o presentes que transcurran alrededor del universo del aceite". Con el desarrollo de la obra tan avanzado, no sabía si tendrían a bien aceptar mi propuesta.
Terminado el relato, contacté con el responsable de la edición del libro, que traía malas noticias. Las negociaciones con la editorial no habían llegado a buen puerto, por lo que se cancelaba la publicación. Sin embargo, me propuso participar en un certamen convocado en un portal literaria cuya temática era el aceite de oliva, por lo que sometí "Las últimas veces" con la intención de ganar algo y publicar. No gané. El proceso de votación dependía de likes y votos en el mismo portal, y he llegado a punto en mi vida en el que no estoy para agotar energía en estos menesteres. Además, la web no respetaba el formato del relato, lo cual supuso una bajona y no hice la mínima campaña, no lo compartí con nadie. Alea Jacta Est, dije, y para mí lo más honesto era confiar en la originalidad y calidad de mi obra más que en ganarme la antipatía de mis contactos en redes sociales. Total, terminado el concurso se anunciaron el ganador y finalistas, y yo no aparecía por ninguna parte, cero sorpresa.
Sin embargo, días o semanas más tarde recibí un correo de uno de los responsables del certamen donde se me anunciaba que había sido uno de los escogidos por el jurado para publicación por los méritos literarios de mi relato. Me daba ciertos detalles sobre el lanzamiento del libro y la editorial implicada, y ya me puse a investigar. Leí los relatos vencedores, consulté el catálogo de la editorial y algo que no había hecho hasta ahora, releí mi relato. Pasados los meses desde que lo escribí, pude leerlo desde fuera, como si fuera de un autor desconocido. Entonces decidí no seguir adelante con la publicación para darle otra vida.
Pronto se materializó en la posibilidad de publicarlo en Culturamas, uno de los medios culturales más importantes en España, dentro de su iniciativa para publicar a autores anónimos cada semana. Bastaba con enviarlo, que el comité de lectura decidiera si era apto para publicación, y llegara a la web. A los pocos días me confirmaron que el mío había sido el relato escogido para publicar esa semana, y pronto "Las últimas veces", que había nacido con otro propósito, encontró su camino al mar. Aquí el comienzo; para leerlo completo, haz click en la imagen.


Nadie hablaba de últimas veces. La primera vez. La puta primera vez siempre. El primer paso, el primer pañal, la primera cicatriz, la primera pelea, la primera mascota, el primer beso, la primera hostia, el primer suspenso, el primer polvo, el primer amor, el primer piso, el primer primero, el primer primer. Primer. Primer. Primer.
            Alberto contempló la enorme masa azul que le devolvía toda la luz posible y bañaba su rostro y su traje espacial. Añoraba la Tierra. Desde que llegó a la estación espacial, no pocas veces la ansiedad por la última vez lo había embargado. Nadie hablaba del último polvo, del último abrazo, de la última tostada con aceite. Alberto trataba en esas ocasiones de solitud de discernir cuál habría de ser el último flechazo, el último impulso eléctrico que había conectado su centro sensorial con su corazón. Y no recordaba si ese último amor a última vista correspondía a la conductora del autobús que lo había acercado al centro espacial, con algo de brillo, nada, una sombra en los labios y el cabello asimétrico con finas mechas de color ceniza; si se trataría de la técnico de laboratorio que había hecho todas las pruebas durante el último check up—definitivamente, le había sonreído con cierto rubor—; si había sido siquiera la asadora de pollos en Gran Capitán durante su última estancia en Granada, aunque apenas recordaba su rostro, sólo una emoción parecida al vértigo mientras ella preguntaba qué tipo de salsa quería; o tal vez no, tal vez ninguno de aquellos encuentros fortuitos guardara en su núcleo la clave del último flechazo que ya no quedaría en nada.
            Hacía frío. Era algo de lo que no se hablaba, pero en el espacio hacía frío. Bajo los kilos del traje espacial, a pesar del núcleo de calor que surgía de su cuerpo, siempre hacía frío.
            Alberto era sinestésico; no podía ver los olores, o degustar los sonidos, ni siquiera oír los colores dentro de su ser. Alberto, por su parte, era capaz de sentir los sabores. El vinagre, por ejemplo, le causaba un escalofrío, como había experimentado para asombro de sus conocidos. Así se presentaba a menudo, con esta particularidad que lo hacía especial: «Me llamo Alberto, y soy sinestésico. Vas a flipar, te lo juro. La sinestesia es una sensación que se provoca por un estímulo que en principio no debería tener respuesta. Yo, por ejemplo, puedo sentir en mi piel los sabores» [...]
 Las últimas veces

22 de agosto de 2018

Nos gusta la lluvia

A algunos nos gusta la lluvia.
Somos así, detestamos el sol, la marabunta de gente. Nos flipa correr bajo mantos de agua, empaparnos.
Epatarnos con las calles vacías de vida y llenas de posibilidades.
Vengo de una tierra donde la lluvia gusta en su justa medida (la medida que soporta la tierra), esto es, hasta donde es necesaria y no es nociva para la cosecha. Ritos antiguos, varas de medir. De una tierra donde el buen tiempo es una constante, donde recuerdo que a uno de mis compañeros de clase su madre no lo dejaba ir a la escuela en los días de tormenta.

Somos hijos del silencio y la calma. De las mantas y el chocolate caliente a este lado de la ventana.
Los hay que no bebemos, que preferimos el azúcar al etilo.
El plan de farra hasta el amanecer nos provoca un pánico anquilosado en el pecho. Estar solo rodeado de gente, esa sensación. A veces, nos encontramos y nos reconocemos con una mirada, puro instinto animal.

Tengo bastantes amigos, puedo decir. Igual es que, recién cumplidos los treinta y uno, también es más difícil conocer gente, crear lazos. La mayoría de amigos se hacen antes de la treintena, principalmente en el instituto y universidad. Más adelante, la forma más extendida de socializar es en el ambiente laboral. Puedo decir que he hecho grandes amigos (amigas) en el curro que me acompañarán siempre.
Con respecto a los amigos que ya tengo, los retengo lo más cerca que puedo con correspondencia. La escritura, otra vez. Largos mails, cartas manuscritas donde nos vaciamos de lo que nos quema. Y me gusta rodearme de ellos, claro, pero en un contexto que yo pueda gestionar.

Hablemos de fobia social. Una forma de ansiedad. OTRA forma de ansiedad. Miedo al ridículo, a tener que interactuar con extraños, a los lugares concurridos. Supongo que por eso cada vez intento con más ahínco encontrar lugares desocupados en Lisboa, fuera del centro masificado, puntos secretos en la geografía de la urbe.

La edad me ha hecho tímido, huraño, misántropo. También la vida, la experiencia y la exposición. Tal vez siempre me gustó la lluvia; me recuerdo niño, pequeño, en una de esas tormentas que provocaban la oscuridad cuando fallaba el suministro eléctrico ("Qué hijos de su madre los de la Sevillana", decía mi madre), al otro lado del cristal, contemplando el agua corriendo ante mis ojos chicos, el fulgor de los relámpagos. Y no recuerdo miedo, recuerdo paz.

Ayer me llegó otro regalo de cumpleaños, un libro precioso que, casualidad, le viene al pelo a esta reflexión. Se trata de Quiet girl in a noisy world, de la británica Debbie Tung. Cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme con esta página:

22 de abril de 2018

El arte de titular


Matar un ruiseñor me parece un título hermoso, al igual que Ventajas de ser un marginado. Por supuesto, el galardón al título más bello se lo lleva El guardián entre el centeno, traducido al francés como L'attrappe-coeurs.

Cuando obtuve el Premio Plan Joven de Narrativa del Ayuntamiento de Granada en 2015, el jurado, que lo otorgó por unanimidad, sólo me señaló una objeción: no les gustaba o convencía el título. Donde mueren los monstruos pretendía ser una vuelta de tuerca al título del clásico infantil Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are). Decían que era un título que se quedaba en tierra de nadie, ni era de aquellos certeros como puñales (Patria, La carretera, Mujercitas, It...) ni de aquellos largos y evocadores (El abuelo que saltó por la ventana y se largó, Los hombres que no amaban a las mujeres, El curioso incidente del perro a medianoche...).

Es, por tanto, parte fundamental del libro un título acorde, ya sea porque hable de él, porque evoque al contenido del mismo, abra una pregunta cuya respuesta aguarda en las páginas o, sencillamente, resuma la lectura.

A la hora de titular, dependiendo del libro, lo cierto es que me gusta irme por las ramas. Esas ocasiones en que no sabes por dónde tirar y decides escoger un título que sólo te habla a ti como escritor pero que, quién sabe, tal vez una vez leído le toque la fibra al lector potencial. También, en mi línea pop, tiendo mucho a tirar de obras existentes para poner un título a mis libros o los capítulos de los mismos. Sublimé este arte cuando decidí seguir el discazo, maravillosa obra de Ismael Serrano La traición de Wendy que, para más señas, era además mi primera novela. Veintidós añitos tenía, y creía en la pureza del arte, la literatura y una prometedora carrera literaria ante mí. Todos mis primeros textos beben de otros autores. Si el cantautor madrileño es una figura omnipresente en esa novelita de terror, ya antes había publicado una novela corta, Si llueve..., cargada de referencias a las obras de Stephen King y, en menor medida, Joss Whedon.

Si llueve... es uno de esos títulos con los que me fui por las ramas. No se entiende hasta que se ha leído la novelita entera, y es, sin ser yo muy consciente de ello, la revisión de un maravilloso cuento de una autora que se acabaría por convertir en referente indispensable en mis escritos, Shirley Jackson. También tiene ella uno de los títulos más misteriosos y cautivadores de la historia de la literatura, Siempre hemos vivido en el castillo. Indispensable lectura.

A la altura de éste se encuentra El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago, que toma como personaje central a uno de los heterónimos de Fernando Pessoa y desarrolla el resto de su biografía una vez fallecido el autor original. Ligado a Lisboa, otro libro maravilloso con un título también misterioso, evocador, Sostiene Pereira, de Tabucci. Por motivos obvios, me interesó, y como curiosidad, existe en Granada una librería de alfarrabista, librería de viejo llamada Sostiene Pereira que, para colmo de males, tiene un cameo en mi última novela publicada, El Desencantador.

Para esta novela juvenil no me quise estrellar la cabeza, y como la magia es el hilo principal, hay una referencia clara a Merlín, el Encantador, pero también una puerta a la duda. ¿Quién o qué es ese Desencantador?

Pero a veces me decanto por títulos difíciles, esos que aparecen mal en todas las citas en prensa y en las librerías por un empeño muy mío que es emplear la puntuación como parte esencial de los mismos. Los puntos suspensivos de Si llueve... me trajeron pocos quebraderos de cabeza comparados con la coma de Nosotros, que poseemos la tierra, mi primer libro de relatos. Con todo, sin esos detalles de puntuación los títulos se quedan cojos, imposibles.

Mi último atrevimiento a la hora de titular ha sido ponerle un título en español a una novela coescrita en portugués, El portugués. Evidentemente, la explicación está en el interior del libro, y en concreto tiene un giro que va directo a la emoción del protagonista y del lector, como un puñetazo a la emoción.

A veces, a la hora de titular, conviene, decía, irse un poco por las ramas. Así, una novela crepuscular en la que llevo ya 4 años largos trabajando, La extinción de los dinosaurios, se llama así al ser la historia de cinco ancianos centenarios, uno de ellos un paleontólogo. A ésta le siguen Cazar un dinosaurio, su "continuación", y Parque geriátrico, su precuela. Parece que, de momento, se trata de mi magnum opus, aunque todo dependerá de lograr encajarla en el catálogo de una editorial en el futuro.

Como véis, esto de titular se las trae. Personalmente evito los títulos rotundos, de aquellos que son como un golpe en la mesa. Una palabra. No obstante, en poesía una vez me atreví con un Pudor que inicialmente se titulaba Pudor es una palabra antigua. El libro no llegó a ver la luz, aunque ahí está, en la carpeta de mis poemarios imposibles, junto a El abrazo del koala o Cuánta pupa.

Al ser proyectos de menor envergadura, dan mucho más juego los relatos, ya que hay más libertad. Me enorgullece haber titulado algunos como "La noche de Amaranta", que creo que abre una puerta al misterio y a cierta épica que puede provocar curiosidad al lector, o "--.--", que se trata de una gran broma sobre la literatura de concursos y certámenes, y como tal el título debía estar a la altura.

Aunque, sin duda alguna, el título que mejor me define es el de un proyecto con el que logré una beca de la Residencia de Estudiantes, una novela distópica y terrible protagonizada por niños en un mundo despoblado de adultos. Hace años que no me acerco a ella, cuando sin duda es el proyecto que más atención, tiempo y mimo debería merecer: Queridos niños.

En definitiva, la puerta a un libro es el mismo título. Supongo que, a medida que uno se convierte en un autor reputado, podrá hacer lo que le dé la real gana a la hora de titular sus escritos. Esta reflexión no es más que una anotación desde mi experiencia.

Feliz Día del Libro