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13 de agosto de 2011

Sabía que vendrías

Anteriormente, en A road novella...

-Sabía que vendrías
        -Era presuponer mucho -insinué.
        -No has dejado de mirarme desde que has llegado.
        Con esas palabras, claro, me dejó sin palabras. Al fin se quitó los auriculares y cogió un libro de la estantería. Me dio la espalda para intentar alcanzar un librito del estante más alto y, de puntillas, su culo se elevó veinte centímetros. Algo se elevó también en mí. Nada más volverse, se dio cuenta.
       -¿Por qué Aleixandre?
       Me ignoró y se volvió a colocar los cascos. Me miró fijo a los ojos con sus iris enormes y verdes. Comenzó a llorar mientras movía los labios, supuse, al ritmo de la canción.
       -¿Qué escuchas?
       Cerró los ojos y los párpados formaron dos nuevos regueros en sus mejillas. Joder, cómo lloraba. Me ofreció los auriculares. Para ser tan grandes,  eran sorprendentemente ligeros. Me los coloqué al revés para hacerle reír; lo conseguí. Me los puso bien.
        -Escucha -dijo.
       Lo reconocí al instante. La cadencia lenta, esa voz no demasiado bonita para una cantante, la nostalgia.
       -¿Por qué Aleixandre? -insistí.
       -Se querían...
       -...sufrían por la luz...
       -...labios azules en la madrugada, labios saliendo de la noche dura, sangre... bah, déjalo. Aún duele.
       -¿Cómo se llamaba?
       -Helena.
       -¿Tu madre?
       -Mi mujer.
       -¿Estás... es-estás casada?
       -Lo estaba. Murió hace dos años.
       Anna, la viuda.



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