18 de agosto de 2011

Señores que follan niños I

No conozco a ningún cura. 
       No los conozco, porque con los que he tenido trato no me han dado buena impresión. Es nuestra cabeza, nuestro cerebro, nuestra inteligencia la que nos dice si una persona nos entra o no. No me gusta la gente extremadamente educada: me dan mala espina. Dicho esto, los clérigos y las monjas son personas exageradamente silenciosas, mundanas, desapercibidas, sonrientes. Sí, sonríen mucho, como si fueran más felices, como si tuvieran más derecho que yo a ser felices.
       No los conozco, pero no los trago, y supongo que como yo, mucha gente. No los trago porque no entiendo su función en el mundo. No entiendo que en pleno año 2011 haya gente que cree en Dios. Si creen en Dios, ¿por qué no habría yo de creer en Cthulhu? Cuando ambos son producto de la mente humana. Que sí, que vale, que todo esto no ha podido surgir de la nada más absoluta, pero de ahí a inventarnos toda la historia de tal ente y tragárnosla...
       Podría la gente creer en, no sé, Dios. Que crean en Dios si eso les ayuda: un dios, tres dioses, mil dioses, semidioses, duendes, gnomos, dragones... Que crean. Pero que nadie les diga cómo tienen que creer, qué dios es más apto, cómo honrarlo cuando esa creencia es una relación tan íntima. Y quien crea en él lo creerán y serán felices; quien no, más de lo mismo. El problema se llama Iglesia. Una institución que ha escrito las reglas del juego, que se las ha creído, que ha decidido qué es bueno y es malo, que ha ideado terribles castigos divinos y terrenales, que han determinado la balanza del bien a su entender.
       Hombres, todos ellos. Hombres que, como yo, se despiertan empalmados y no lo pueden evitar. Hombres que beben agua cuando tienen sed, que remolonean en el lecho, que ven la tele, escuchan música... hombres, hasta que se radicalizan. Cuando dicen que divorciarse es horrible, que salir con personas sin el permiso de tu pareja, que tienes que aguantar a la persona con la que te has vinculado de por vida, cuando dicen cosas de ese calibre, hacen mal. Hacen mal porque entran a saco en decisiones sobre materias muy personales como la vida sentimental y sexual de cada uno. Hombres que se prohíben a sí mismos tener vida sexual o formar una familia (con la fórmula que ellos mismos han establecido).


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