Un año después, me muero de sueño. Publico esto el 22 en lugar del 21 porque se me ha hecho tarde.
Despierto agotado, anoche volvimos de Londres y acabamos en urgencias pasada la medianoche, con lo cual he dormido poco y mal.
También ansioso, como llevo desde que arrancó el año. Para más inri, no tengo ni la suerte de quedarme en casa; el regreso a la oficina se ha materializado y no hay vuelta atrás.
Traigo de Londres la alegría del viaje, las librerías, el teatro. También el agotamiento físico de deambular durante cinco días en torno a veinte mil pasos. Me hago mayor, lo siento en mi cuerpo, en mi falta de energía, en el toque de atención de mi médico de familia por los triglicéridos.
No he terminado el libro en el que trabajaba hace un año, pero desde la última recapitulación he descubierto un nuevo modo de expresión que me ha hecho tremendamente feliz: el collage. Mi casa es ahora un vertedero de revistas y libros ilustrados, de material de papelería y artilugios varios que me permiten jugar con el papel.
Con todo, soy resiliente, tozudo, supongo. Su algo me enorgullece es mi constancia: confío en centrar mi atención y volver a escribir, terminar el libro que tanto tiempo me acompaña, escribir el punto final este año, explorar nuevos proyectos.
Ojalá la vida, el tiempo fueran más amables, ojalá llegar a tiempo para todo. Ojalá esta ansiedad que ha vuelto tras un año de tregua se olvide de mí. Ojalá ser el mismo despreocupado de 2007 cuando todo era posible.
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