25 de junio de 2010

Decir adiós

Podremos licenciarnos en la ciencia que explica los misterios de las estrellas, su incesable combustión, su magnífico centelleo. Podremos explicar los símbolos tras el blanco y el negro y la luna en la obra de Lorca. Podremos explicar tantas cosas, hallar equivalentes en otros idiomas y exponer nuestro cuerpo a una actividad física exhaustiva y rizar el rizo de la raíz cuadrada de novecientos cuarenta y siete con veintidós al cubo, pero no lograremos dar con la alquimia adecuada, con la fórmula, la gramática exacta para decir adiós y no sentirnos muertos.


Quedarán atrás los paseos, el parque, la casa de Federico, el Parque de las Ciencias, las visitas, los conciertos, el videoclub, la Tertulia, las tapas, la 7 Pecados, las noches larguísimas, los exámenes, las traducciones, los diccionarios, los hospitales, el Lobos, el Bohemia, los dieciocho, los diecinueve, los veinte como un espejismo... y puede que me queden las fotos o los recuerdos, o esta certeza de que, nomatterwhat nomatterwhere, siempre estaréis ahí cuidando de mí. Eso me consuela. La vida no ha hecho más que comenzar, y hay que abandonar el útero.

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