4 de marzo de 2014

Una de cine

her

Siempre que vuelve Spike Jonze con un proyecto nuevo, es motivo de alegría para cualquier cinéfilo. Si sus dos primeras propuestas tras la extensa carrera en el mundo del videoclip basaban su efectividad en los estoicos guiones desarrollados por Charlie Kaufman, el escritor de moda en los circuitos del Hollywood más independiente y alternativo, tras su separación profesional de éste a Jonze le tocaba demostrar talento por propios méritos, si bien su sello como director siempre ha tenido una impronta visual de lo más llamativa. El experimento de llevar al cine de acción real el cuento infantil Donde viven los monstruos se tradujo en una cinta llena de lecturas, capas y matices oscuros, con una fuerza visual -el diseño de producción siempre ha sido uno de los fuertes del director- y una coherencia narrativa inauditas para una cinta en apariencia menor. Ahora, con su primer guión completamente original, quedaba por demostrar si Jonze es, más allá de carambolas visuales, un buen narrador con sello propio. Y lo es. Vaya si lo es. Her es, ni más ni menos, la enésima revisión de la historia de amor clásico entre dos sumandos incapaces de desarrollar su relación al máximo potencial, esto es, lo que ya vimos en películas de corte romántico como [500] días juntos u Olvídate de mí.

No se dejen llevar por el artificio. No se trata ésta de la historia de ciencia-ficción donde un hombre y una máquina se enamoran. De hecho, Spike Jonze desarrolla una tesis mucho más interesante al jugar con este envoltorio para hablar de algo mucho más sencillo, insisto: los amantes en distintos estadios sentimentales, como aquel anuncio de preservativos. La desincronización en el amor es, además, el terreno sentimental en que se mueve la comedia romántica seria/pretendidamente independiente. Es el caso de Her, aunque haya a quien no le haga ni puta gracia nada de lo que nos cuenta.

Theodore es un tipo sensible, entrañable, romántico empedernido, con cierto punto misántropo, ingenioso y preso de su anterior relación. Theodore es, pues, con el corazón hecho pavesas, el fantasma de Theodore. Está el potencial en él, como demuestra su trabajo, pero no la consumación de ello. Tiene amigos con los que compartir confidencias, el recuerdo de una ex que quema a cada latido y una vida sin norte hacia el que guiar sus pasos. Entonces llega ella, Samantha, una chica comprometida, interesante, fascinante, misteriosa, inteligente, sexy y divertida. Samantha entra en la vida de Theodore como un ciclón, y desde el primer momento arroja luz en su existencia y provoca que comencemos a ver aquel potencial que hasta ahora no había desarrollado. Samantha logra, en definitiva, borrar a golpe de viento las pavesas olvidadas de su ex. El problema o conflicto introducido es, en primer lugar, el prejuicio hacia las chicas como Samantha. Cuando el propio Theodore ha sido capaz de establecer que ese prejuicio es algo tan insustancial que no vale tenerse en cuenta es cuando se deja querer, y quiere, y es maravillosamente feliz. El segundo problema, no obstante, es que él está enamorado hasta la extenuación, porque es un romántico empedernido que vive -insisto- de escribir cartas de amor, y sin embargo para Samantha él es otro más, no el punto de inflexión que él aspira a ser (cambiar tu vida, hacerte mejor persona, vivir por y para ti). Es Her, por tanto, en el fondo una película triste, demoledora, de hecho. Theodore nunca será feliz sin la horma de su zapato, su media langosta... los seres como Samantha seguirán recluidos en un cinismo de siglos. El amor seguirá siendo un conflicto de proporciones épicas hoy, mañana y siempre.

Otra cosa: él es Joaquin Phoenix, excepcional como siempre, del hombrecillo destrozado al rey moderner que puede rozar el cielo con la yema de los dedos; ella, un sistema operativo al que pone voz Scarlett Johansson. La parte de ciencia-ficción, por favor, es anecdótica. Aquí es donde entran las comparativas con a) Black Mirror o b)I'm here, el corto rodado por el propio Jonze en 2010. Esto, al fin y al cabo, es sólo un contexto, y el director cumple con creces una vez más al dar forma a ese futuro inminente con decisiones visuales inteligentes y sensatas. Cabe decir, pues, que una vez más estamos ante una película cuya alma reside en los actores. Si el trabajo de Phoenix es comedido, cercano y excelso en sus mil matices, la labor de Johansson es sencillamente un prodigio de técnica. Dotar de tanta entereza a un personaje sólo con la voz (bromeando, hablando, cantando o follando [son muchos los que han señalado esa escena de sexo como una de las más puras y logradas que hemos visto en cine, que recuerda a esa escena de Cómo ser John Malkovich]) es algo que está a la altura de pocos actores; de hecho, en principio toda la parte de Samantha fue rodada por Samantha Morton. Aporta el contrapunto al almíbar la presencia, ya sea en forma de flashback o de esos incómodos reencuentros pasado el duelo, de la Ex, Rooney Mara, o el cinismo de una Amy Adams a la que también rompen el corazón.

Ponen banda sonora habituales en el trabajo de Jonze, en este caso Arcade Fire, y algún tema de su ex, Karen O, quien ya puso una espectacular banda sonora a Donde viven los monstruos. Cabe destacar del mismo modo los esfuerzos casi inestimables para construir ese ¿futuro? de seres devorados por la tecnología, inteligencias virtuales y electrodomésticos autosuficientes, así como toda la elaboración de decorados y la decisión de rodar en Shangái para dar vida a una Los Angeles futura en lugar de optar por el manido ciberpunk del futuro distópico tradicional.


Habrá quien deteste el cine con ínfulas de autor de Spike Jonze, pero con Her ha demostrado ser poseedor de una voz propia rotunda e identificable. Entre tanto, habrá que seguir a la espera del nuevo capítulo en la filmografía del director estadounidense.


nebraska

El último viaje. La comedia negra. La peliculita pequeña en blanco y negro. La carrera a los Oscar. Nebraska.

Podría tratarse ésta de la cinta que cumple el porcentaje de cine independiente que exige año tras año Hollywood. Sin embargo, para ser tan independiente, Nebraska opta a varios de los principales premios de la Academia. Esta comedia amarga crece poco a poco y ofrece una lección de cine con pocos ingredientes, los justos para llegar a donde otras se quedan a medio camino. El nuevo invento de Alexander Payne (Los Descendientes, Entre copas) nace pequeño, no hay duda, pero deja poso y exuda libertad y grita vida y cine.

Woody Grant, un anciano senil, lo ha perdido prácticamente todo. Gran parte de la culpa la tiene el alcohol. Llegado este punto de su vida, cuando sus hijos se plantean ingresarlo en una residencia, cuando su mujer sólo tiene exabruptos hacia él, a Woody le cambia la suerte: le llega una carta publicitaria donde le anuncian que es ganador de un millón de dólares. La única pega es que el cupón se canjea en Nebraska, y el anciano convierte en éste el objetivo de su vida. Su hijo David acepta llevarlo en coche como quien ejerce de chófer para un desconocido, a sabiendas de que el premio no existe. El viaje, los personajes que encuentran y las situaciones que viven dan lugar a una road movie atípica donde padre e hijo vuelven a encontrarse con sus orígenes antes de emprender la loca aventura de llegar a Nebraska.

Payne dota de cercanía al relato gracias a la presencia de escenarios familiares, carreteras mil veces transitadas y pequeñas ciudades y pueblos de la América profunda perfectamente intercambiables. La construcción de los personajes, desde un protagonista de bueno, tonto a los divertidos secundarios del pueblo natal de Woody, desprenden una verdad abrumadora, pero es en la relación paternofilial donde tienen cabida conceptos como perdón, amor o esperanza. Este último viaje de aprendizaje de ambos personajes se torna a veces amargo, otras tierno, difícil, duro, inútil. Sin desvelar nada, diré que lo importante es el viaje, no el destino.

El reparto de Nebraska está liderado por un inmenso Bruce Dern como anciano senil que carga con la culpa de la autodecepción en un hombro y la ilusa esperanza en el otro. Le acompaña Will Forte como hijo comprensivo y decidido a recuperar el tiempo perdido con un padre ya desconocido ante sus ojos. Sin embargo, quien roba todas las escenas donde aparece es la matriarca de la familia, una deslenguada June Squibb que se merece todos los premios, y cabe destacar la creación de un extenso conjunto de secundarios como pueblerinos divertidísimos y con mucha mala leche.


Y es que habría sido cómodo optar por el camino fácil del drama y la lágrima gratuita, con este señor que de repente no sabe ni dónde está, ni qué hace cuya máxima esperanza cabe en un cupón publicitario. Por eso el interesante guión de Bob Nelson afila la pluma y arroja su buena dosis de humor negro e incorrección política a esta fábula hermosa y vitalista. Además, la fuerza visual de un blanco y negro preciosista hace que los amplios planos de los escenarios estadounidenses cobren una intensidad mayor. Nebraska es, no cabe duda, una película hermosa, una historia que nos gustaría compartir con nuestros padres o, quién sabe si algún día, con nuestros hijos.
Parece poco, y eso la hace grande.


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