19 de febrero de 2013

At every occasion


Anteriormente, en A Road Novella...

Supongo que me costó tiempo reaccionar, que me quedé con la bicicleta entre las manos, en medio de ese cementerio de ruedas y manillares y cadenas. Supongo que las lágrimas de Anna tuvieron en mí un efecto excitante, y al notar el tacto húmedo de sus mejillas contra mi hombro desperté y asumí lo que acababa de decir: César, el pequeño gato huido en un descapotable por media Europa, estaba muerto. Me sentí fatal por haberlo embarcado con nosotros en esa aventura. Sin embargo, si tal y como habíamos creído desde el principio, cuando en Granada  César había subido al coche él solo, se trataba de la reencarnación de un hombre, sin lugar a dudas le habíamos procurado la aventura de su vida.

En cualquier caso, la revelación sirvió para que olvidáramos el miedo a ser detenidos, para que bajáramos la guardia como si nada pudiera ocurrirnos.

-Oh, Dios mío. No podemos dejarlo aquí. Odia esta ciudad -dijo Svetl, y tenía razón.
Veinte minutos después, estábamos de nuevo en la carretera, en esta ocasión en un autobús de segunda, viejo y ruidoso, con destino Amsterdam. Anna era mi compañera de asiento; nuestra amiga eslovaca, por su parte, iba junto a una señora rellena con patas de gallo y hoyuelos marcados. Probablemente era de la ciudad y había ido a la peluquería por la visita a la Gran Capital. De todos modos, tampoco me fijé demasiado en ella. Iba pendiente del pobre César, aún con los ojos abiertos dentro de la mochila que habíamos comprado en la estación antes de partir. Anna le acariciaba la nariz y las orejas, pero era profundamente triste verlo ahí, cada vez más tieso en ese magma de plástico.
En poco más de una hora llegábamos a Amsterdam, en concreto a una estación mastodóntica, como una mole de metal y cristal que nos dejó encogidos en los asientos. De vez en cuando miraba a la tripa de Anna y me preguntaba cómo sería el fruto de nuestra unión, su llegaríamos a verlo. Me rugía el estómago y sudaba mucho, pero no me di cuenta de esto hasta que me lo comentó ella.
-¿Tienes calor? Estás empapado.
Me llevé las manos a la frente y me sequé el sudor, me remangué y descubrí que tenía la piel de gallina.
-No, mira, tengo la piel de gallina.
-A ver si vas a tener fiebre.
-No, no es nada.
De repente, como sugestionado por los síntomas, comencé a sentirme mal y a agobiarme por la misma idea. Tragaba, pero tenía la boca seca y el corazón me latía con fuerza. Me sentí débil, mareado. Una oleada de vómito me subió por el esófago y tuve que tragar. El sudor me helaba.
-Estamos llegando -me dijo Anna -, no será nada, ya verás.
Ambos sabíamos que no era cierto. Desde que dejamos la furgoneta, no había consumido. Tenía los primeros síntomas del mono, que se habían hecho esperar poco menos de tres días. En ese momento no lo dije, pero lo sabía; en cierto modo, guardaba la esperanza de encontrar algo que meterme o pincharme en la zona nocturna de Amsterdam. Claro que para eso debía de engañar a Anna y Svetl hasta llevarlas a la zona marginal de la ciudad con el pretexto de la vida alocada, la supervivencia por la supervivencia, lo que fuera. Traté de recobrar la compostura. Unos minutos después, entrábamos en la estación de Amsterdam, una mole de metal y vidrio que nos devoró como una ballena sin barbas.
En cuanto dejamos el autobús, nos volvimos a sentir perdidos. Todo el mundo parecía saber a dónde dirigirse, a saber, al centro turístico donde droga y prostitución se daban de la mano ante el visto bueno de las autoridades y de toda Europa, por no decir todo el mundo, que envolvía a la ciudad en ese halo de adquirido exotismo. Eso, si no preferían irse a Camboya a follar niños.
Llovía. Amsterdam nos recibía gris y fría, y nosotros no teníamos casa ni destino. César seguía muerto en la mochila de Anna, habría que hacer algo con su cuerpo. Nosotros, en cambio, debíamos hacer algo, dar con un sitio donde pasar la noche al menos una vez, y la ciudad y el país nos parecían demasiado extraños. Propuse lo que a todas luces parecía la solución: pasar la noche en el metro.
A Anna le pareció toda una revelación, aunque pude sentir la decepción de Svetl. La jovencísima rubia parecía reservar otros planes para Amsterdam, aunque disimuló y aceptó lo que nos tenía preparado el destino. Compramos unas bolsas con comida enlatada en la primera tiendecilla regentada por indios que encontramos a las afueras de la estación, y entonces nos colamos por los tornos del metro y bajamos hasta que no había más escaleras. Ante la mirada estupefacta de los demás viajeros, saltamos a las vías y echamos andar hacia la oscuridad del túnel, hacia el calor y la humedad de los sistemas de ventilación. Ahí abajo nadie diría que afuera estaba lloviendo. Yo sudaba de manera profusa, me costaba respirar en aquel asfixiadero, pero sabía que en las entrañas del metro encontraría mi medicina.
No tardaron en aparecer los primeros yonkis, todos salidos de una película española de los setenta, sin dientes, consumidos, con los brazos y las piernas entre finos y fláccidos por los pinchazos, pellejos colgantes en la sombra, alumbrados de manera fugaz cuando algún tren hacía su ronda, ajeno al destino de esos seres. La mayoría parecían viejos; sus rostros no tenían nacionalidad, sería imposible distinguir a un irlandés de un romano, y nosotros nos apretamos los unos contra los otros hasta hacernos un cuerpo tembloroso y sano, sucio de verdad y aire.
Como en una ficción terrible, tenían bidones donde refulgían llamas a ratos naranjas, a ratos verdes o rosas. ¿Qué quemaban en ellos? Todo. Quemaban todo lo que se pudiera quemar. Supongo que lo pensamos los tres a la vez, y cuando Anna alzó el cuerpo sin vida de César ante las llamas, su silueta iluminada como la de una sacerdotisa lista para el sacrificio, Svetl y yo nos abrazamos y volvimos a llorar en silencio. Cuando César estaba ardiendo, nos volvimos a convertir en un cuerpo tembloroso y doliente. Las pavesas de César danzaban a nuestro alrededor, como si nos abrazara para decir adiós a sus amigos humanos.
Me alejé del calor y del fuego, me sumergí en las sombras, donde una mujer rubia y hermosa me ofrecía una jeringuilla. Ahí, en alguna parte, alguien tocaba una guitarra y cantaba “The Funeral” para nosotros. Sin saberlo, acabábamos de conocer a Stella y Paulo, las almas más puras que conocimos en todo nuestro viaje por la Vieja y Cruel Europa.


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