31 de octubre de 2013

Rompeolas

Anteriormente, en A Road Novella...

Supongo que a Anna no le costó demasiado enamorarse de Paulo. Después de todo, era uno de esos tipos que encandila a todo el mundo. Nunca se me pasó por la cabeza que tuviera enemigos, y ése fue mi primer error.
            El segundo fue no creerle cuando nos dijo que encerraba en su funda de guitarra algo tan importante que no se podía contener:
            -Le cortaré las manos a quien la toque –advirtió.
            -Pues si me voy a vivir contigo, al menos tendré que saber qué guardas ahí.
            -Es un secreto.
            -¿Sabes qué? Los secretos están para contárselos a alguien, o  si no desaparecían –explicó Anna. –En la naturaleza del secreto está su propia destrucción. Es un secreto porque se debe mantener al margen de los demás, pero por lo general los secretos se comparten entre dos personas. ¿Qué guardas en esa vieja funda de guitarra?
            Paulo se acercó a Anna y le susurro al oído algo. Ella rió con descaro, se abrazó a sus propias piernas y, por un momento, fue como si en lugar de la mujer estuviera la niña que había sido un día. Fue como si esa gastada funda de guitarra llena de pintadas, versos y pegatinas, guardara la magia que sólo un mago como Paulo supiera utilizar.
            En cuanto Stella me propuso irme a vivir con ella a los dos días de llegar, a su nido de droga, antes incluso de conocer a Ennis, Paulo se ofreció a darle cobijo a Anna. Ella aceptó con un beso casto en la mejilla, y ambos se fueron a aquel quinto sin ascensor. Yo no pude evitar morirme de celos porque aquel portugués atractivo y moreno que tocaba la guitarra fuera a tener más cerca que yo al que sería mi futuro hijo.
            Resultó ser una relación honesta. Cierto, dormían juntos y pasaban las noches cantando, su pared contra mi pared. También que él no le pidió nada a cambio, que siempre le guardaba los mejores filetes y los yogures con trocitos de fruta (para el bebé, decía, estos son para un bebé sano y fuerte) y le tocaba la guitarra antes de dormir. Creo que nunca le oímos cantar en portugués. Siempre lo hacía en inglés o, por increíble que parezca, en español. Una noche, no obstante, cantó en francés y sólo Anna fue testigo. Comenzó a cantar una vieja canción que sólo a los mitos se les está permitido entonar: Jacques Brel, Edith Piaf…
            -La mer, on voit danser…
            Anna me contó que cantaron juntos y luego hicieron el amor. Anna entendía el amor como un ente vivo que se podía compartir sin implicaciones, como un bocadillo o una bufanda. También que luego, después de cantar en francés, empapados por la marea de fluidos, por el salitre de sus pieles, Paulo abrió al fin la funda de la guitarra y le mostró su interior.
            Fue entonces cuando Anna decidió que cantaría en la calle con Paulo, que de aquello vivirían. Decía que a una embarazada le pagarían el doble o el triple que a cualquier chica guapa que supiera entonar un tango. Pronto la conocieron en toda la calle y venían turistas de toda la ciudad atraídos por el boca oreja, movidos por el extraño e inagotable magnetismo de la hermosa Anna y los acordes del bienhallado Paulo.
            Tal y como sospechábamos, nos llegaban noticias de Svetl, que entonces se prostituía en un club del barrio turístico en ese escaparate en el que era posible follarse a Grecia, a Lituania, a Noruega, Alemania o incluso a la minúscula Andorra, una joven poco agraciaba que miraba a los viandantes con gesto aburrido. Un día reuní el valor para ir a visitar a Svetl y la encontré en uno de aquellos escaparates, demasiado rubia, demasiado, pequeña, demasiado joven. Al rato entró un tipo fornido, negro, y se fueron al reservado. Sólo recuerdo que volví a casa muerto de frío y con el estómago encogido, pero no le conté nada a Anna.
            Al volver aquella noche, encontré a Stella llorando. Supuse que se había pinchado; solía llorar cuando se pinchaba, pero no esta vez.
            -Se ha ido –me dijo. –Ennis se ha ido.
            No había rastro del muchacho lánguido, ni mucho menos de sus libros. Como si los hubiera arrastrado la marea como al mascarón de un barco hundido por la tempestad.

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