8 de agosto de 2014

27 añitos, fiera I

Antes de que algún lumbreras empiece con la ocurrencia del Club de los Veintisiete, al que no me importaría pertenecer, prefiero ser yo quien dé la bienvenida a la onomástica como lo merece.
Siempre recordaré los 26 con un escalofrío.
Recordaré la soledad, el frío, el miedo, el hambre. Recordaré las ganas constantes de vomitar que aparecen a cualquier hora de cualquier momento de cualquier refugio. Porque el miedo no pide permiso al entrar, y esto no es una película de ciencia-ficción romántica donde al final se saca la cabeza.
Recordaré los 26 con algo parecido a la rabia, a un enfado con el mundo y unos ojos y una esquina manchada de sangre e hileros de arañas. Obviaré ese año como si hubiese durado un segundo de dolor que hace sangrar la nariz. El año en que vomitamos sangre, el año en que temblamos en la cama a las cinco de la mañana.
Siempre me ha hecho cierta ilusión cumplir años. A quién no le gusta un poco de atención, ser el centro en torno al cual gravita todo por un día.

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