29 de septiembre de 2015

Mirar atrás: lo inesperado

Tendría ocho, nueve años.
Es lo que tienen los pueblos: se es libre mientras se es niño.
Paseaba junto a mi mejor amigo por el pueblo, hecho insólito en mí (pasear por la calle) cuando llegamos a la Plaza del Mercado, y en concreto, al mercado de abastos. En la puerta, una jaula llena de conejos que refunfuñaban con sus pequeñas narices rosadas. Nos recuerdo contemplándolos de pie, ni siquiera en cuclillas para observarlos mejor, hasta que llegó un hombre al que bien conocíamos como el carnicero. Curiosamente, no recuerdo su cara; tampoco su identidad. No sé qué carnicero del pueblo pudo haber sido, sólo que se dirigió a nosotros y nos preguntó:
-¿Cuál saco?
o
-¿Cuál os gusta más?
o algo así, y supongo que ambos señalamos a uno, que nos pusimos enseguida de acuerdo sin mediar palabra, porque todo era fácil entonces. El carnicero cogió al conejo de un pellizco detrás de la cabeza y se lo llevó, apresado, al centro de la plaza.
Nosotros lo seguimos con prisa, en silencio, el corazón en vilo (en parte víctimas, en parte verdugos), con aquel presentimiento funesto.
El hombre abrió la puerta trasera de su furgoneta con destreza, sin soltar al conejo en ningún momento. Pendía de la parte superior un gancho metálico en forma de S. De un giro grácil, el hierro atravesó la pata del conejo, que quedó boca abajo, pateando frenéticamente con la pata libre. Supongo que ya estábamos blancos, aunque quedaba lo peor.
El carnicero cogió el cuchillo, musitó algo (tal vez nos explicó algo: una lección de vida que no recuerdo) mientras nosotros contemplábamos con horror y culpa al conejo con la pata atravesada. Al menos fue rápido el movimiento. La hoja del cuchillo atravesó el aire a centímetros del animal, seccionó el cuello y comenzó el sangrado.
Al principio, el animal pateaba; pronto sus movimientos se espaciaron en el tiempo. La sangre dejó de manar hasta gotear, hasta coagularse en un hilo.
No recuerdo bien (para ser una lembranza me falla demasiado la memoria) si es el miedo o sucedió así, sólo que el carnicero se volvió a nuestros rostros limpios y, de otro hábil moviemto, tiró de la piel hasta dejar al animal en carne viva. Hasta convertirlo en carne, quiero decir.
Se llevó la pieza consigo y nosotros, aún estremecidos, alucinados, seguimos con la tarde como si no acabáramos de descubrir algo. Supongo que, infundidos por la pena o por la culpa, volvimos hasta la jaula y dijimos adiós a las pequeñas criaturas orejudas, cediéndoles el beneficio de la duda, rezando, en el fondo, por ellas.

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