21 de enero de 2017

Cinco años después

Un lustro ha tenido que pasar desde la última vez que seguí esta tradición.
Cinco años después, despierto solo, como si fuera una tradición. Bueno, Truman me incomoda entre las piernas, viene a darme el beso de buenos días. No, hoy tampoco gano un premio literario; ni siquiera escribo. Amanezco tarde y decido aprovechar el resto del día para hacer limpieza en casa, que trabajo por la tarde.

No tengo más sueños que hace unos años, supongo que alguno menos. Que soy más viejo, menos entusiasta de la vida, más amargo. En estos años cabe tocar fondo varias veces, el amor y el desamor, otras sábanas, otros cuerpos, muchos libros. Vivo en un castillo construido en libros. Vivo en Lisboa, atrás ya Madrid, en un séptimo con vistas. Por primera vez desde que comencé este experimento, soy autosuficiente (o algo así): insisto, me hago mayor. Miro atrás y recuerdo la felicidad fácil de la literatura y la Residencia y las noches en vela y me digo por qué no era capaz de apreciarlo y me digo qué cojones si fui feliz como no he vuelto a serlo.

No me atrevo a escudriñar el futuro. Pero sé lo que me gustaría. Despertar ese domingo acompañado, desayunar en la cama, tener tiempo de escribir algo. Tal vez follar, no tener miedo a comprobar mi cuenta bancaria, tener más de un euro. Tal vez follar, sí. Amanecer en qué colchón, en qué ciudad, con qué espíritu para vivir un día más. Que no me abandonen mis libros ni Truman nunca, nunca.


Y entonces te tomaría de las manos, te miraría a los ojos, te apretaría contra mí, te diría shhh, todo está bien, todo, todo, y el mundo calla

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