18 de octubre de 2011

Swansea Song




Una de mis metas en la vida es volver a Swansea a vivir, a pasar algunos días del resto de mi vida en ese lugar feo y gris que llenó de luz mis veinte años.
Todos los septiembres solía inundarme una nostalgia inmunda de lo vivido, de lo no vivido, de lo que estaba a punto de pasar. Este año no ha sido así: la aventura de Madrid y otras preocupaciones me han mantenido al margen del dolor de recordar. En muchos sentidos, fue ése un viaje suicida del todo o la nada: llegar a una tierra de leyendas sin amigos, con algún conocido, y dejarme convencer por su playa inmensa y (sí) fea; por su biblioteca llena de recursos y posibilidades para nuestras noches infinitas que se prolongan al ahora, al presente donde creo seguir ahí y no tener obligaciones. 
Y mucho ha llovido desde entonces. De los muchos y grandes amigos que hicen quedan bastantes, cada vez más grandes y más amigos. Ha habido bajas importantes, cierto, pero me consuela hablar con Sheila o con Iñaki o con María y ver que ni una brizna ha cambiado lo que pasó ahí en ese medio año eterno. Fue como si algo se hubiera esculpido en mármol dentro, muy dentro, y por ello sea imposible dejar de sentir la ciudad y su gente y su frío estupendo, la comida basura, las fiestas erasmus, los exámenes que eran bromas, los viajes... Somos una consecuencia de Swansea, lugar de nacimiento de uno de los poetas más universales, Dylan Thomas.
Pero volvamos a la gente y a la dulce rutina. Conocí gente que se convirtió en imprescindible, no es un secreto que me enamoré, sí, me enamoré, gente con la que no he vuelto a tener contacto, gente a la que apenas conocía y que después se han convertido en puntos de referencia en mi vida, gente que no venía con manual de instrucciones y a la que conseguí descifrar poco a poco, gente prístina que resultó ocultar una infinidad de recovecos.... todo esto en noches de cine independiente y europeo, en noches de maratones televisivas y de alcohol, tamagotchis que se convierten en motivo de alegría, pizzas y cantidades inmundas e ingentes de nocilla y pasta, noches que no acababan aun cuando la luz ya anunciaba el nuevo día.
La despreocupación, la amistad, los secretos que nos hacían más y más fuertes. Éramos poderosos hace cuatro años, a pesar de la inocencia y de la ignorancia del mundo que se nos venía encima. Éramos Swansea, y eso nos bastaba.

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