19 de diciembre de 2011

La buena educación


España va en educación, como en tantas otras cuestiones, a la cola. Somos malos en matemáticas, en comprensión lectora, en inglés... somos zopencos, estúpidos, inútiles, somos una manada de ineptos que perpetúan el tópico sobre nuestra holgazanería y malas formas con respecto al resto de Europa (junto a Portugal e Italia, claro está). Esto, digo yo, tiene que ser una consecuencia de un país acomplejado, de un país dividido, de un país que vivió demasiado tiempo en la más miserable de las debacles. Pero claro, sería demasiado fácil culpar de esto a Franco. Bastante tuvo con existir, el pobre.
Vamos a intentar que nuestros jóvenes no sea tan zopencos. La gente con pasta se lleva a los hijos a centros privados o concertados, o a escuelas elitistas con programas bilingües o a internados en el extranjero. O a centros religiosos. Sitios... ya sabéis, sitios con clase. Me gusta que los centros públicos den cierto margen a los profesores para ser creativos o libres de cambiar el esquema en apariencia preestablecido. ¿Son todos los productos de los centros públicos de enseñanza zopencos? Casi todos mis amigos han estudiado en colegios, institutos y universidades públicas, con mejores o peores profesores, y puedo decir con orgullo que algunos de ellos son el producto más brillante de nuestra educación: ya sabéis, premios a la excelencia, matrículas de honor... Yo nunca he tenido una Matrícula de Honor, y es algo que no me quita el sueño. Estuve a punto de tenerla, pero a la profesora se le pasó y no consta en mi expediente. Puedo decir que tengo una casi matrícula de honor en literatura inglesa.
Bien, a lo que íbamos. Odio la monotonía, odio la rutina en que se ha convertido la educación, la apatía de los educadores (esto ha quedado especialmente patente en el Máster que acabo de terminar)... ¿por qué hay gente que se dedica a algo que odia profundamente? ¿Por qué hay gente que se dedica a enseñar cómo ser didáctico cuando no tiene ni PUTA idea de motivación, de ganas, de la pasión que mueve el mundo? Porque joder, yo he tenido profesores excelentes de biología, de química, de lengua y literatura, inglés... y todos ellos tenían en común algo: amaban lo que hacían, se desvivían por su materia. No soporto a aquellos que saben mucho, son los mejores en su ámbito, sí, ¿y qué? No valen para enseñar, no les gusta el contacto humano, no saben empatizar, no hacen sus lecciones interesantes. Que se dediquen a la investigación si quieren, porque no pueden trabajar con personas, no pueden sentar las bases de una sociedad. Porque las sociedades nacen en las aulas, lo que es un país, lo que será está ahí. No os hagáis profesores para tener un puto sueldo fijo, por favor, porque estaréis haciéndole la vida imposible a muchos alumnos que perderán un año de sus vidas. No os olvidarán, desde luego, porque si es imposible olvidar a los buenos profesores, a los malos tampoco se les olvida (ni a sus madre, ni a su casta entera).
En definitiva, la educación española tiene un problema de fondo. Ese complejo de inferioridad, ese miedo a ir más allá del libro de texto o el Power Point hace que muchos profesionales no lo intenten y se limiten a repetir año tras año el mismo sermón, la lección aprendida después de las oposiciones. Entre mis compañeros del Máster los había que no tenían ningún interés en la enseñanza o la disciplina, sólo en el puesto de trabajo. Ser funcionario; no soy yo quién para quejarme cuando he reconocido públicamente que me matriculé sólo para que me dieran la beca y poder vivir un año más en Granada. Lo conseguí, funcionó, fue un año por momentos cojonudo, por momentos mortal. Pero me mordió el gusano. Me interesan la infancia y la adolescencia, esto no es nuevo; el contacto con los chavales durante mis prácticas en el instituto y la capacidad de ser creativo en clase acabaron de inclinar la balanza a mi favor. Me gustaba, los chavales respondían a mis intentos por hacer ameno el inglés, disfruto en las clases particulares aunque tenga que repetir mil veces la misma lección. No sé si eso es vocación, pero al menos son ganas.
Dice Rajoy que pretende ampliar el bachillerato un año más para acabar con el bajo nivel de nuestros alumnos, y se equivoca. En época de crisis, un año más supondrá más gastos (gastos de dinero en becas si no las eliminan, y en material, y en tiempo, un año en las vidas de estudiantes que perderán ese día como si nada) y los mismos resultados. Llegarán los chavales a la Universidad con poco nivel pero muchas ganas, y pasados unos meses entrarán en esa terrible monotonía a la que les arrastrarán los profesores. Señor presidente, no necesitamos un bachillerato de tres años; necesitamos profesores aptos, no funcionarios que trabajan sobre cifras como en fábricas de manufacturación. Necesitamos gente apasionada, creativa, que ame lo que hace, gente de la que ya no queda, gente por la que merece la pena vivir, por la que merece la pena leer un libro o aprender un idioma. Gente capaz de cambiar el mundo. Lástima que la pasión no se pueda aprender en ninguna parte; es marca de la casa y viene de fábrica. ¿Los hay? Yo puedo asegurar que en la educación pública encontré a varias de estas personas, y no me ha ido mal del todo. Sólo hay que creer en la gente, no tratar de cambiar el sistema a lo bonzo. Apostemos por los locos, no les cortemos las alas.


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