5 de enero de 2012

Noche de Reyes

No creo en Dios ni en Papá Noel. Tampoco en el Ratoncito Pérez ni en los Reyes Magos. No soy un incrédulo; sólo soy un descreído.
     Cuando era pequeño, recuerdo la ilusión de los regalos. Claro, yo también me levantaba temprano con el corazón en un puño, yo también dejaba una copa y mantecados, y ponía agua para los camellos. Cuando abría los regalos, ni siquiera era tan especial. Libros que no había pedido, ropa, esa turba de decepciones... Llegado un punto, quiso hacerme hacedor de sueños. Encontré a Melchor y llamé a la Policía; dije que estaba borracho, que era un vagabundo. De Gaspar, de él dije que era senil, que lo llevaran a un geriátrico. Baltasar fue el más fácil, bastaba comentar que era un ilegal para que lo repatriaran. Un Rey repatriado, teníais que verlo.
     Cabe preguntarse: ¿pierde uno la ilusión a medida que crece? Creo que es distinto: ésta se transforma. También pasa algo. Nos desnudamos.



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