23 de abril de 2012

Feliz Día de la Silla

Mis amigos de la biblioteca de El Jau
Esta mañana he tenido un encuentro literario en El Jau, una pedanía al lado de Santa Fe, a las afueras de Granada. Ha sido divertido, los niños han preguntado mucho y creo que hemos conectado. Cuando sucede esto, se nota la magia.
     He abierto el acto haciendo referencia al tan comentado Día del Libro, y les preguntaba a estos jóvenes lectores por qué existe un Día del Libro y no un Día de la Silla, cuando no leemos a diario pero sí nos sentamos en sillas día sí, día también. Estoy por instaurar el Día de la Silla, ¿qué tal el 24 de abril? Sería bonito llevar una broma a su última consecuencia.
     Pero lo que importa hoy, para qué negarlo, es el Día del Libro. Libros, esos objetos de papel que están por todas partes, que a unos les dicen mucho y a otros, tan poco. ¿Recordáis algún libro con cariño? Yo tengo muchos libros a los que guardo un cariño especial, pero si tuviera que elegir el primer libro que admiré durante bastante tiempo, a pesar de los años que caían sobre mí, a pesar de que ya no era un niño de hasta 12 años, como indicaba el color naranja de la colección del Barco de Vapor, supongo que el libro elegido debería ser Vania el Forzudo, ese enclenque muchacho ruso que, por vago, siempre se enemista con sus hermanos hasta que un día recibe el consejo de un viejo. Si pasa siete años en la chimenea alimentándose de pipas de girasol, conseguirá una fuerza sobrehumana, y así ocurre. A partir de entonces, Vania se dedica en cuerpo y alma a convertirse en zar, con los retos y aprendizajes que encontrará en el camino. Al final, lo consigue.
     Recuerdo cómo me ilusionó la historia, cómo me enamoró la construcción, ese camino de autodescubrimiento que, de modo totalmente inconsciente, he repetido yo en mis novelas, cómo toda la arquitectura estaba bien hilada y los personajes bien definidos. Como digo, la he releído pasado el tiempo y siempre me ha gustado, cada vez por un motivo concreto. Como esa novela recuerdo otras con cariño, de las lecturas voluntarias que podía repetir una y otra vez: Ari, la historia de una araña doméstica; Aurelio tiene un problema gordísimo, la historia de un chaval con un síndrome que le hace crecer de forma desmesurada de la noche a la mañana, con la discriminación que ello implica, y además termina en Lisboa. Insisto, estas lecturas infantiles definieron mi forma de escribir más intuitiva, como compruebo ahora al estudiar mis escritos. Los temas y ciertos detalles de estos libros parecen haber estado madurando a fuego lento en mi cabeza hasta que ha llegado la historia perfecta donde volcarlos.
     Eso es sólo el principio. Entonces, por mucho que me reía con Fray Perico, no sabía las carcajadas que me haría lanzar, por ejemplo, Crezco, o las lágrimas tras leer La flaqueza del bolchevique o Matar un ruiseñor; no sabía que una saga literaria como Harry Potter me llevaría a devorar libros en inglés, ni mucho menos intuía que, una vez superada la barrera de las cien páginas, llegaría un momento donde muchos de los libros que me rodearan superarían las mil páginas; no sabía, tenedlo en cuenta, que una noche me costaría dormirme oculto bajo las mantas de la cama tras leer "El grabado de la casa" de Lovecraft, o que esa maravillosa sensación de miedo un día se transformaría en la adrenalina inyectada a través de Stephen King, sustancia que aprendería a fabricar por mi cuenta en escritos nacidos de mi cabeza.
     Todos esos libros tienen nombre y apellidos, y la mayoría de ellos habrán sido escritos por alguien sentado en una silla. Por eso creo que es tan importante honrar el Romancero gitano de Lorca como las sillas donde lo ideó en su casa de Granada y la Residencia de Estudiantes, las camas desde donde escriben escritores sin futuro, las sillas de madera pelada, marrones y sin artificios, o aquellas forradas en piel de dálmata, sillas de plástico o metal, de diseño moderno o barroco, todas con una sola misión: abrazar las posaderas de escritores y lectores a lo largo de los siglos. Si a alguien no le parece bien lo de honrar las sillas, que me lo diga.
     Por lo pronto, honraré al libro. A ese objeto de papel. Su olor, su polvo. Las librerías viejas, las bibliotecas medio cerradas, la tinta que nunca muere. Por ello, a partir de mañana me dedicaré a publicar reseñas literarias de mis últimas lecturas y adquisiciones con una constancia variable, pero relativamente seguida. Lean, insensatos, lean a los locos.

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