21 de agosto de 2012

Malditos dieciséis



Ese frente abierto. 
Ese agujero de cola de gusano. 
Esa crisis existencial con todas sus aristas. 
Joder, amo la adolescencia con sus granos y sus dudas, sus hormonas y sus experiencias frustradas, con sus cuerpos feos, sus malos olores, su irrefrenable ansia de vivir, su constante regresión a la intimidad más turbia. 
My so-called life, Freaks and Geeks, Skins. Series de inadaptados, ¿no? NO. Series de televisión sobre adolescentes reales, no guapísimos, no inteligentes, no con las cosas claras. Porque si algo es la adolescencia es la incertidumbre que provoca el mundo. ¿Encontraré el amor? ¿Follaré? ¿Fallaré? ¿Aprobaré Selectividad? ¿Me convertiré en lo que me quiero convertir? 
Cuando ahora, en plena búsqueda de trabajo, me preguntan por qué soy idóneo para trabajar con jóvenes, en un instituto, en un ambiente tan agraz, respondo que los entiendo, que me siento identificado, que siento la responsabilidad de poder cambiar las vidas de esas personas en formación a mejor. Ser un guía, a fin de cuentas, porque tengo la sensación de haberlo necesitado en su momento y no haberlo encontrado. Ya he contado aquí mil veces cómo mi adolescencia pasó con más pena que gloria, con demasiado silencio, demasiada tranquilidad, demasiada paz. También he contado que, en mi investigación durante la formación del Máster de Profesorado, descubrí que los límites de la adolescencia se están estirando cada vez más, superando la veintena y entrando de lleno en ella. A ello se debe el estado de bienestar, la sobreprotección y las circunstancias sociales. El hecho de que la esperanza de vida se haya postergado permite que las personas pospongan las responsabilidades que antes debían asumir con la mayoría de edad, de modo que dicho proceso de maduración tiene lugar más adelante. Por eso, creo que no me equivoco si afirmo que, en cierto modo, a los 25 aún me encuentro atrapado en ese vórtice adolescente, no ya por las circunstancias, sino por la negación a dejar atrás ese momento vital que nos perfila y determina lo que llegaremos a ser.
Putos 16.

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