12 de septiembre de 2012

Renovación


Vengo de renovar mi DNI. Llevaba más de un año (un año y medio, de hecho) con la tarjeta sin chip. Recuerdo que se me cayó una noche de tapas con guiris en Granada, por el Realejo, lo recuerdo todo tan bien, y guardé el chip en el bolsillo con la intención de pegarlo otro día. No lo hice, claro. Mi chip estará ahora mismo en algún desagüe de lavadora o en un suelo lleno de mugre o en las tripas de una rata de cloaca. En ese chip estoy yo. Yo en las tripas de un carroñero.
De eso, digo, ha pasado un año y medio. Sólo he tenido problemas con lo del chip una vez, cuando fui a Lisboa en marzo y a la vuelta me dijeron que menos mal que volaba a España, porque de volar a otro sitio me retendrían. Desgraciadamente, no viajo demasiado por falta de recursos.
Cuando me hice el otro DNI, allá por 2007, fue a raíz de la Erasmus, esa experiencia que lo cambiaría todo, que me devolvería la vida, que supondría un punto y aparte en mi existencia. Lo renové porque estaba caducado, me hice la tarjeta europea y el pasaporte, todo en Jaén. Compré recambios para mi cuchilla de afeitar. Lo recuerdo todo tan claro. Tenía el pelo largo, no sabía gran cosa del mundo: era la primera vez que me iba tan lejos, tan solo, tan libre.
Cinco años, lo que dura un DNI vigente. La barba, la piel, el pelo. Los ojos cada vez más hundidos, la firma más loca, el gesto más hosco. ¿Qué iba a pensar aquel chaval de veinte años recién cumplidos del que escribe estas líneas? ¿Se reconocería? ¿Querría reconocerse? ¿Cabemos en una tarjeta de plástico? ¿Qué nos dicta? ¿Qué nos (de)forma?
¿Por qué nos empeñamos en controlar lo incontrolable? Tengo fecha de caducidad. Hoy soy un yogur natural, sin azúcar.

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