7 de octubre de 2012

La broma infinita


Anteriormente, en A road novella...

Vagabond. Así es como nos hicimos vagabundos.
            El lago era, como la promesa, frío y cristalino y afilado. Nada más llegar, Anna se desnudó y se tiró de cabeza desde una roca. La seguimos enseguida los demás, y ahí pasamos varias horas entre chapoteos y risas. Entrar en el agua fue para nosotros como despertar de un sueño en el que llevábamos inmersos demasiado tiempo. Joni estaba nervioso y no dejaba de molestar con su repentina prisa por continuar el camino a Amsterdam. Le dije que cogiera un vuelo en el aeropuerto más próximo, que se lo pagábamos entre todos, pero apuntó que era estúpido por nuestra parte, ya que de ese modo nos resultaría imposible proseguir el viaje cuando él constaba como dueño único de la caravana. Aprovechamos para limpiarla todos juntos. Como sólo teníamos un cubo, los demás nos llenábamos la boca en el lago y escupíamos sobre los cristales y las llantas. Joni aprovechaba y le daba al limpiaparabrisas y nos disparaba chorros de agua con detergente del depósito. Era un buen día.
       Entonces fue cuando las cosas se pusieron feas para nosotros. Joni y Margritte empezaron a gritarse en finés, y nosotros sólo entendíamos algo como tuchú, tukutukukaviva chuchúteviko, y Margritte empujó a Anna al suelo y yo fui a socorrerla, y cuando nos quisimos dar cuenta la furgoneta se alejaba por el camino por donde habíamos llegado.
       -¡Joni! Joni, da fuck?! -le grité. -¡Hijos de puta, que sois unos hijos de puta!
       -¡De puta madre! -llegó la voz de Joni a lo lejos, y su risa, nunca olvidaré su risa.
       Anna estaba en el suelo frotándose el codo sobre el que había aterrizado, quitándose la arena y la sangre. Tenía el rostro lívido, la boca abierta y las palabras atascadas, como hechas un nudo entre los dientes.
      El gato, parecían decir sus ojos, se han llevado al gato. Estamos solos, ¿cómo coño vamos a sobrevivir tú y yo, cómo si estamos solos, si no tenemos droga, si no tenemos coche, si no tenemos dinero? Se levantó sin lograr soltar una palabra y me abrazó. Estábamos empapados, pero hacía calor. Bajo la camiseta, sus pezones eran sombras violetas, su pelo un amasijo de alambre cobrizo.
        -Necesito pincharme algo -le dije.
       Me colocó un dedo sobre los labios. Me temblaban los brazos; el mono me crecía en las venas con la mera idea de que la droga estaba lejos, cada vez a más kilómetros, a menos picos, a menos jeringas usadas, a más sed, más hambre, más enfermedad. Caimos sobre el suelo de tierra como un plato de brazos y piernas e hicimos el amor -a esas alturas, podíamos llamarlo así- hasta quedarnos secos.
      Como si hubiera permanecido a la espera, oculto tras unas matas medio secas, César maulló y nos trajo su regalo. Entre los dientes, una locura de psicodelia natural, una mariposa que aún aleteaba.


Resolvimos caminar juntos, César en brazos de uno u otro, hasta la primera señal de civilización. En mitad del bosque eslovaco dimos con un sendero al que nos lanzamos sin dudarlo. Unas horas después, agotados por la caminata, oímos voces  y nos acercamos con sigilo; eran niños. Cuando los alcanzamos, descubrimos que se habían reunido en el campo para beber y fumar unos porros. Cuando nos vieron, nos hablaron de forma amistosa, aunque no pudimos comunicarnos con ellos, y nos ofrecieron bebida. Uno de ellos, con el pelo rubio platino, nos lió dos porros y nos dio uno a cada uno antes de proseguir el camino. Naturalmente, no tardamos en encontrar la primera vivienda, un caserón enorme con un huerto en la parte trasera y un perro medio dormido en la puerta. César dormía entre mis brazos ajeno a nuestra mala suerte.
      Anna llamó a la puerta sin decirme nada, sin esperarme, y salió un tipo enorme con una boina y una camisa manchada de sudor. Entonces, Anna comenzó su numerito y se convirtió en la víctima de un robo o un secuestro o qué sé yo.
       -Policía! Police! Polizia! Army. Help, Hilfe, teléfono, phone, telephone...
       El hombre cerró la puerta, entró y salió al cabo de unos minutos con un plato lleno de comida: queso, fruta, pan, embutido... Anna cogió el pan, lo partió en dos y lo compartió conmigo. Le dio un trozo de mortadela a César, pero éste mostró más interés por el queso. Mientras devorábamos el plato, una muchacha salió de detrás del dueño de la casa, probablemente su hija. Tendría como dieciséis años, el pelo rubio y largo, ropa vieja y holgada, y la descarada belleza de la juventud. Hablamos en inglés.
       -Hola, yo soy Svetl. Perdonad a mi padre, no habla nada de inglés ni alemán. Bueno, ni español, ni francés... sólo esloveno.
       -No te preocupes, gracias por atendernos. Nos han robado, nos han drogado y nos han abandonado en mitad del campo -dijo Anna, pero yo no daba crédito. -Hemos cogido a este gato que estaba también en el suelo. Tiene una pata herida, no puede caminar.
       -¿De dónde sois?
     -De Austria. Estábamos en una excursión por Villach. Ayudadnos.
       -No os tenéis que preocupar. La policía ya está avisada. Probablemente estén de camino.

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