23 de diciembre de 2012

I was young when I left home


Anteriormente, en A road nouvelle...

Total, entramos.
            Nada más dar una vuelta por la habitación principal, un saloncito claustrofóbico lleno de objetos horteras y figuritas de porcelana, tuve el presentimiento de que algo andaba mal. Frente al televisor, en un sofá anticuado, con las piernas cubiertas por una manta de lana roída, la abuela de la casa miraba al vacío.
            Anna y yo no dijimos nada, nos quedamos junto a la pared hasta que la mujer reparó en nosotros y sonrió con un gesto de familiaridad doloroso. Entonces trató de levantarse y cayó de lado sobre el sofá. Avancé hasta ella para sentarla bien, y cuando la abracé me besó en los labios y comenzó a hablarme en su lengua. Como pude, me deshice de ella. La nieta llegó enseguida y empezó a reír con disimulo; Anna no se esforzaba en disimular lo ridícula que le parecía la situación.
            -¡Disculpa, qué vergüenza! Cree que eres su marido, tiene Alzheimer.
            Me senté en el sofá, a su lado, y la cogí de la mano. Arriba se oían voces infantiles, y el padre de Svetlana tenía un trajín en la cocina, platos y vasos y agua y cacharros golpeando contra cacharros.
            -No queremos molestar -dijo Anna, de súbito.
            -No es molestia. Siento que os llevéis una mala impresión de mi país. Aquí también hay gente buena.
            Me sentí como el culo con aquella muchacha excusándose por nuestro invento y la actuación descerebrada de Joni y sus colegas. Estuve a punto de arrodillarme ante ella y decirle que el gilipollas era yo por haberme pirado con Anna en esa aventura casi suicida, por recorrer caminos desconocidos en países donde ninguna seguridad estaba garantizada para nosotros.
            -Mira, será mejor que nos larguemos -dije, y me levanté.
            Anna trató de detenerme con su mano en mi hombro y murmurándome algo al oído de que no teníamos dinero ni posibilidades de vivir en medio de la nada. De todos modos, Svetl esperaba con los brazos cruzados frente a la puerta.
            -No os vayáis -dijo, y aprovechando que nadie más parecía entender el inglés en aquella casa, añadió: -no me vais a dejar aquí.
            Al parecer, quería escapar de casa mientras su marido siguiera fuera, haciendo burocracia en otra ciudad. Por mí no había problema; a Anna le pareció que todos los problemas de nuestra vida se resolverían con la presencia de la chica. Es una señal, decía, es una puta señal.


Salimos a mitad de la noche. Lo de la policía no había sido más que una mentira para tranquilizar a su padre, pero de todos modos les había tocado dormir en el porche ante la desconfianza de éste. Por eso, cuando Svetl hizo aparición en mitad de la noche para ponernos en pie, ya estábamos despiertos. Apenas pegamos ojo aquella noche. La chica nos dio una manzana a cada uno y echó a andar. César empezó a maullar en el pecho de Anna; le habíamos hecho una especie de bolsillo con una tela, y Anna lo cargaba como una madre canguro. A medida que caminábamos por el sendero, Svetl lanzaba a veces una mirada a nuestras espaldas, como si temiera que su padre nos siguiera, como si el pasado fuera a arrojar sus garras negras y afiladas hacia nosotros.
            -Tranquila, Svetl -le decía yo, y sonreía y chasqueaba la lengua.
            -No quiero arrepentirme, ¿sabéis? No quiero arrepentirme. Soy una madre horrible.
            -Siempre puedes volver -dijo Anna. -Eres demasiado joven. ¿Cuántos años tienes?
            -Diecisiete.
            Tragué saliva. Traté de pensar cualquier otra cosa. Los hijos de Svetlana tendrían al menos tres y cuatro años; parecían más sus hermanos que sus hijos.
            -Hablemos de otra cosa -propuse, harto de las historias enfermizas que empezaba a gestar en mi mente.
            Anna empezó a cantar Summertime, la versión desgarrada de Joplin, y yo la acompañé enseguida. Svetl silbaba, pero llegado un punto de la canción dijo con voz serena:
            -Yo conocí a Janis Joplin.
            -Svetl, eso es imposible. Eres demasiado joven.
            -No a la joven con cara de niña y el pelo largo.
            De repente, tuve la sensación de que Svetlana, la muchacha joven con melena casi por la cintura, era la mismísima Janis Joplin. La nariz era la misma, un hoyuelo en la mejilla al sonreír. Cogí de la mano a Anna, que parecía tan absorta como yo con la joven.
            -Era un hombre de treinta y tantos años, con barba, algo sucio, un lío de hombre. Nació el día en que murió Janis Joplin, el cuatro de octubre de mil novecientos setenta, me acuerdo perfectamente porque luego lo tuve que buscar en la enciclopedia. Lo miré en Internet, en la Wikipedia. Y me dijo también que él no sabía cantar, que jamás había escuchado a Janis, que ni siquiera le gustaba el rock. Le gustaba Vivaldi. Era turco, sí.
            La cantidad de detalles no dejaban lugar a dudas.
            -¿Cómo dices entonces que era Janis Joplin?
            -Porque él lo sabía. Sabía que en otra vida había sido Janis Joplin. Lo agregué a Facebook, pero entonces hizo lo que hacen todos los tíos cuando los agregas a Facebook.
            -¿Intentar ligar contigo? -pregunté.
            -Mandarme fotos de su polla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada