27 de enero de 2013

Karma


Anteriormente, en A road novella...

Llegamos a Eindhoven, una ciudad moderna al sur de Holanda.Tardamos en bajar del tren. Nos escondimos tras las cajas y esperamos a que bajaran los pasajeros y los revisores. Dábamos por sentado que tardarían en llegar los responsables de la carga del vehículo. Nos encontrábamos en silencio; desde la revelación de Anna, ninguno nos atrevíamos a hablar. César rompió una de las cajas de cartón y descubrimos que estaban llenas de yogures alemanes, unos de esos yogures que traen galletitas y cereales para mezclar. Comimos como si no hubiera mañana, con las manos y las lenguas, por turnos. De forma casi inconsciente, buscaba los yogures más sanos y se los pasaba a Anna mientras Svetl hacía guardia. Pasada media hora, llegaron varios hombres con palés y un pequeño vehículo a motor para cargar. Tapamos con una tela el agujero en la caja y tratamos de bajar, pero pronto nos avisaron con gestos para que no nos moviéramos. Les hablé en inglés:
-¿Hablan inglés? -Asintió el primero de ellos. -No tenemos billete, necesitamos llegar a Amsterdam.
-Esto está prohibido -dijo. -Tienen que comprar el billete.
-Pero está todo vendido. Además, tenemos que llegar hoy. Tenemos cita con el médico, mi mujer está embarazada. -En ese punto me tembló la voz, aunque esperé que ellos no se percataran. Señalé a Anna con la mano, y ella se llevó las manos al vientre.
-Tengo que llamar a seguridad, no se permiten... -no entendí lo que dijo ahí, supongo que polizones, pero a saber: vagabundos, pordioseros, ladrones. ¿Delincuentes?
-Por favor, piense que es su hija.
El hombre, que rondaría los cincuenta, echó una mirada a sus compañeros, como buscando respuestas o su apoyo. Estos evitaron responder con disimulo, y al fin resolvió:
-Que sea la última vez. Entiendo que los españoles estáis pasando por un mal momento, pero eso no os da inmunidad. No todo el mundo lo dejará pasar.
Dicho esto, incluso ayudó a bajar a Anna. Svetl saltó con César en brazos  y nos dirigimos al interior de la estación. Di las gracias una última vez y, ya en el vestíbulo echamos a correr antes de que descubrieran que habíamos abierto una caja y les habíamos mentido. Nuestro periplo por Europa sólo sería posible gracias a la buena fe del sentimiento europeísta vendido a fuerza de insistencia por políticos y autoridades gubernamentales, aunque aún estaba por llegar la Europa que no aparecía en los panfletos turísticos.
Eindhoven nos pareció una ciudad moderna, con edificios de aspiración futurista, no demasiado grande, sin tráfico, llena de bicicletas. Era mi primera vez en Holanda, no podía dejar de pensarlo. Tampoco la conocían Anna ni Svetlana, de modo que a los tres nos embargó una alegría contagiosa.
-¡Eindhoven! -gritaban ellas, no muy seguras de cómo pronunciar el nombre de la ciudad.
-Amsterdam -me dije yo. Ésa debía ser nuestra próxima parada, no cabía duda.
Sin embargo, para llegar sólo nos quedaba coger un tren o un autobús, y en esta ocasión no debíamos volver a tentar nuestra suerte. El karma nos había dado a César y a Svetl, pero nos había quitado la droga y la furgoneta con nuestras escasas pertenencias. El karma nos había permitido recorrer media Europa sin que nadie nos detuviera a pesar de nuestros robos e intentos de supervivencia, y nosotros no le habíamos entregado nada a cambio. Lo fácil habría sido, claro estaba, volver a colarnos en cualquier bus o tren, Amsterdam no debía quedar ni tan lejos. Sin embargo, no queríamos arriesgarnos, de modo que debíamos lograr pagarlo como fuera. Cuando me disponía a escoger las tres bicicletas a las cuales quitar el candado o forzar para desplazarnos, descubrí que había muchísimas libres, sin cepos o cadenas que las separaran de nosotros. Sólo teníamos que actuar con naturalidad, como si en realidad fueran nuestras. Yo escogí una negra, alta, con ruedas finas y detalles cromados; Anna, una con una cesta blanca de mimbre, ligera y de chico; por su parte, Svetl se decidió por una roja de montaña, a todas luces la más extraña del lugar. César maullaba con alegría, daban ganas de darle otra bicicleta a él o atar un carrito a una bici. Resolvimos el problema dejándolo en la cesta de la bici de Anna, donde se hizo un ovillo y nos observaba con sus ojos verde azulados, el cielo en la mirada, nosotros en la mirada, como diciendo, más os vale llevarme a Amsterdam, cabrones, y que no salga volando por los aires con la puta cestita, ¿eh? Más os vale.
Emprendimos la marcha por el centro, todo carril bici, y todo era de color. Después de la Francia azul y los bosques verdes del centro, del gris de la Europa pobre, Holanda estaba llena de colores, la ciudad era insultantemente colorista, sus edificios y parques, sus bicicletas, sus columpios en las zonas verdes. Cuando llegamos a un parquecito lleno de parejas jóvenes y niños, decidimos separarnos para probar suerte por la ciudad. Dos horas después, nos reuniríamos de nuevo en ese parque.
Nunca supe qué hicieron Anna y Svetl durante esas dos horas. Yo, por mi parte, busqué un parque más grande cerca de la zona turística y comercial de la ciudad, y me senté a mendigar. Me maldije por no haber llevado al gato. Un animal de compañía siempre enternece a los viandantes. Me rasgué un poco las mangas y los pantalones con una llave para envejecerlos, para mostrar que necesitaba esa ayuda. Una niña me dio una piruleta, una mujer un sándwich de atún y ensalada, y de vez en cuando una moneda tintineaba en el suelo ante mí. En total, conseguí veintidós euros y algunos céntimos. Para tan poco tiempo, no estaba mal. La gente en Holanda era definitivamente más solidaria que en el resto de países que habíamos conocido.
Cuando llegué al parquecillo, Svetl ya me esperaba. Al cabo de cinco minutos, nos alcanzó Anna con César maullando en la cesta con el pelo encrespado.
-¡Ay, el pobre! Vaya ratito -dijo. -¿Qué? ¿Cómo ha ido? -preguntó, y nos mostró cinco euros y pico en monedas.
-Yo tengo veinte -anuncié.
Svetl sonrió, abrió el bolsillo y sacó un pequeño fajo de billetes. Llevaba ciento setenta euros ganados en esas dos horas.
-¿Qué? ¿Nos vamos a Amsterdam? -preguntó, y nos dio un abrazo.
Sólo teníamos que volver a la estación de tren con cautela, a poder ser a pie, por si acaso habían denunciado el robo de las bicicletas. También podíamos devolverlas justo a donde las habíamos encontrado, y eso decidimos. Emprendimos la marcha en fila india, primero yo, luego Svetl y al fondo Anna con César en su cajita blanca.
-¡Vamos, vamos! ¡Más rápido! ¡Más rápido! -me jaleaba Svetl. Parecíamos rayos. Éramos rayos, joder.
Llegamos al parking de la estación de tren y aparcamos. Buscaba el lugar exacto de origen de mi bicicleta cuando oí la voz solemne de Anna, como surgida de un pozo, como si de pronto estuviera muy lejos, llegada a través de un teléfono funesto.
-César ha muerto -dijo, y rompió a llorar. Puto karma.

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