22 de junio de 2013

Lecturas de infancia

Me gustaría haber leído de niño Peter Pan, o Donde viven los monstruos. También a Roald Dahl o, por qué no, la saga Harry Potter, aunque ésta me pilló en plena adolescencia. Tan importantes son las lecturas de nuestra infancia que establecen la base sobre la que nosotros como lectores podremos acceder a otras bibliotecas, cánones, librerías... Lo bueno de las lecturas a tientas es que libran de prejuicios y permiten un fantástico método de descubrimiento: el ensayo y error. Así pues, entre errores garrafales, logré descubrir auténticas joyas que han determinado no sólo mi forma de leer, sino mi forma de expresarme, mi vocabulario y mi capacidad como narrador. A continuación, unas pautas para pequeños lectores inconstantes:

1. El barco de vapor. Nunca tuve libros de esta Colección azules, verdes o rojos. Todos los míos fueron naranjas más allá de mi edad o de la que apareciera en la contraportada. Alguno blanco también rondaba por casa, de esos para primeros lectores, aunque no recuerdo ni el título. Con todo, el libro más paradigmático y nostálgico para mí siempre será Las aventuras de Vania el forzudo, de Preussler. Era la historia de un muchacho enclenque que, siguiendo el consejo de un misterioso personaje, decide aventurarse en un viaje que cambiará su vida y la de su familia. A través de las vivencias y los personajes que se encuentre en el camino, se acabará transformando en un héroe. Vania el forzudo es, en esencia, el viaje del héroe que ya protagonizaron Ulises, Luke Skywalker, Harry Potter o Buffy Summers, y es probablemente uno de los libros que más he releído.
Dentro del Barco de Vapor guardo con cariño el recuerdo de otras novelas infantiles, desde Chis y Garabís, la historia de dos islas enfrentadas por la forma de pelar un huevo cocido, a Ari, las vivencias de una araña y una familia que decide adoptarla, o Aurelio tiene un problema gordísimo, un muchacho afectado por un extraño síndrome que le hace padecer gigantismo de la noche a la mañana.



2. Cómics Bruguera, empezando por mi preferido, Mortadelo y Filemón. Cuando era pequeño, mi tío, lector acérrimo del ABC, creo, coleccionaba también el suplemento infantil de éste, consistente principalmente en cómics de la famosa editorial del humor viñetil nacional. Recuerdo que lo pasaba pipa con los personajes de Ibáñez y con los de Escobar, Zipi y Zape o Anacleto, pero me aburrían sobremanera las historias del Capitán Trueno, y creo que no llegué entonces a empatizar con las entregas aleatorias de Spiderman. La cuestión es que, de todas las creaciones de Francisco Ibáñez, el orden de preferencia en mi podio lo ocuparían Rompetechos junto a 13 Rue del Percebe, y como oro olímpico, los agentes de la tía. A esto se unió que heredé de mi primo varios números de Supermortadelo, y me compraron algunos más, todo esto a lo largo de los noventa. Le tengo especial aprecio al 35 aniversario, que me pareció divertidísimo y fue una de mis primeras incursiones lectoras en la metaficción. Ahora, en la pared de mi dormitorio, una de las portadas de la Esquire que la decoran es la que muestra a un estupendo Mortadelo. A mis 25 años, aún vuelvo de vez en cuando a las páginas alumbradas por Ibáñez con la mirada de niño que aún no había ensuciado.


3. Elige tu aventura. En la biblioteca de mi pueblo, Bélmez, había muchos más libros de los que cabría esperar. La parte negativa era que, durante mi tierna infancia, apenas llegaron nuevos libros, de modo que me tenía que conformar con lo que había, que no era poco. La generación anterior, los lectores de los ochenta, habían corrido mejor suerte que yo y habían recibido varias colecciones de libros interactivos, es decir, de estos en los que. según las decisiones que tome el lector en el pellejo del protagonista, sucederá una u otra cosa. Recuerdo que había dos colecciones importantes, la de fantasía tipo D&D, y la de terror juvenil, con seres siniestros, también fantásticos, que me abrían un mundo de posibilidades más allá de la incierta calidad literaria de la propuesta. Además, me proporcionó las herramientas para, años más tarde, volver a este género como escritor parte del proyecto En la feria tenebrosa.


4. Entre los pocos libros nuevos que llegaron durante mi infancia, recuerdo una colección maravillosa, exquisita, pensada para un público juvenil o infantil algo más inconformista. Si no recuerdo mal, la editorial era Anaya, y contenía dos de las lecturas que más me marcaron a fuego porque, más allá de artificios, interiorizaban en los conflictos de los protagonistas y les daban muchas más aristas de las que había advertido en los personajes que habitaban mis lecturas. Así, el primero es El bostezo del puma, de Gonzalo Moure (Alfaguara), donde Abram emprendía el Camino de Santiago para superar el suicidio de una chica mientras tenía lugar la investigación sobre la muerte. El segundo se trata de Los dedos de Walt Disney, más infantil, cierto, pero también con los pies en la realidad, esta novela de Juan Sasturain mezclaba elementos tan dispares como las vacaciones de verano, una madre ilustradora y el cadáver de Walt Disney. Recuerdo ambas novelas con un inusitado cariño.


5. Diario de Anna Frank. Creo que se trata de las primeras piezas de no ficción que leí, aunque no era demasiado consciente de ello. Era una edición horrible, de esas que venden en los puestos de casetas rollo Publiméxico o editoriales de ese tipo, aunque lo que me importaba era el contenido. Saber que estaba leyendo las palabras de una chica muerta era poderoso. Entrar en la intimidad de una chica (a pesar de que más tarde descubrí que su padre había editado parte del contenido original), en su habitación, sus pequeñas obsesiones y percepción del mundo era, no hay otra manera de definirlo, poderoso. Aunque lo leyera como una ficción, la nota al final del libro donde se anunciaba que Anna Frank había muerto enferma tras ser capturada por el ejército Nazi hizo que cada pequeña obsesión de la niña judía cayera sobre mí como un jarro de agua fría. Doloroso, realmente doloroso, y no creo que nada me haya provocado esa sensación de horror y desesperanza.


Bonus track (24/6/2013): Cuentos de Ibiza: Mis padres, en uno de esos intentos infructuosos de colmat mis necesidades, una noche de Reyes me procuraron este librito de edición infame que, a pesar de la apariencia, finalmente devoré. No recuerdo muy bien los cuentos, aunque recuerdo que había algún movimiento hippy en ellos (después de todo, era Ibiza) y elementos fantásticos. Puede también que contuviera ilustraciones, aunque sería aventurarme demasiado. De todos modos, aunque no era gran cosa, ese libro ha seguido ahí a pesar de los años, a pesar de las nuevas adquisiciones. Recuerdo también que llegó acompañado de otro libro del cual no recuerdo casi nada. Por tanto, su recuerdo me hace pensar que algo tiene si mi memoria ha decidido guardarlo ahí, en las circunvoluciones de mi cerebro, todo este tiempo.

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