15 de julio de 2013

La ficción post 11-S

Pocos acontecimientos han cambiado tanto el curso de la historia como aquella fatídica mañana neoyorquina en la que dos aviones se empotraron contra el World Trade Center.
Visto con perspectiva, probablemente no parezca tan inmediata esa transición a un mundo en guerra, aunque es cierto que el conflicto iniciado por los terroristas islámicos cambió, si no el mundo como lo conocemos, sí el modo en que lo percibimos.
En su excepcional ensayo Danza macabra, Stephen KIng acometió allá por los ochenta una radiografía precisa sobre las consecuencias de la historia (sus implicaciones sociales, políticas y económicas fundamentalmente) en la ficción. Aunaba, de un lado, la Guerra Fría y los conflictos internacionales con cierta proliferación de la ciencia-ficción destructiva, con seres venidos de otro mundo (La guerra de los mundos) y la exaltación de la figura del monstruo, como el kaiju japonés.
Esta teoría se ha visto implementada nuevamente en la actualidad, ya que a raíz de la recesión económica y crisis global se ha dado un resurgimiento de la figura del zombi. La globalización  y masificación, la destrucción del sistema construido en torno a unos valores erróneos ha dado lugar a símiles curiosos. No es difícil hallar similitudes entre las calles pobladas de zombis en el piloto de The Walking Dead y la masificación de epicentros sociales como pueden ser la  Plaza Tahir en Egipto o, sin ir más lejos, la Puerta del Sol en Madrid con su 15-M.
No obstante, donde mayor representación ha tenido esta tendencia es, como decía, en productos televisivos de ciencia-ficción y dramas políticos. Evidentemente, productos que se encontraban en emisión en al fecha de los atentados del 11-S no tuvieron más que crear tramas directamente relacionadas con las relaciones diplomáticas y sociales entre culturas en pleno choque como pueden ser la islámica y la occidental. Es el caso de El ala oeste de la Casa Blanca, Urgencias o, con tono más satírico, Los Simpson. Pero es en los productos creados después de la fecha fatídica donde el tono pesimista, derrotista y/o bélico cobra mayor sentido. Paradigmático es el caso de Battlestar Galactica y su precuela Caprica, donde el terrorismo cobra un valor fundamental en las motivaciones de los personajes y el avance del relato. Otras ficciones como Homeland han sabido aprovechar el mundo post 11-S para detenerse a reflejar una problemática que el cine aún se muestra demasiado reticente a mostrar (Redacted, Zero Dark Thirty).

En cualquier caso, yo he venido a hablar de mi libro. La desestructuración económica y social se refleja de manera totalmente involuntaria en la obra de cualquier creador. Es mi caso, como he descubierto a raíz de relecturas con la intención de presentar el nuevo libro. El 11-S existe en mis historias, a veces de manera velada, a veces muy concreta, el tema es que aparece, y de ello quería hablar en estas líneas. ¿Qué presencia ha tenido el 11-S en mi obra? ¿Hasta qué punto considero determinante reflejar esta realidad en mis escritos, cuando soy un autor de género?
El terrorismo, por ejemplo, como objeto de reivindicación política y social había quedado desdibujado en España tras años de propaganda educativa donde el único referente era ETA. Otro tipo de terrorismo parecía inexistente para el español medio hasta que tuvo lugar el 11-S, el 11-M y, más adelante, los atentados en Londres. Occidente conocía una nueva amenaza terrorista, aunque nuevamente el concepto quedaba desvirtuado por nuevas hordas de medios de comunicación y políticos con objetivos propagandísticos. De repente, todo era terrorismo tal y como en España todo es ETA.
Supongo que por eso me resultó tan fácil empatizar con la obra de Ricardo Menéndez Salmón, y en concreto con Derrumbe, donde un grupúsculo lleva a cabo actos de terrorismo subversivo, no sólo bombas y secuestros (incendios, envenenamiento de fábricas y depósitos de consumo humano) que, además, no reivindicaban ninguna causa. El terrorismo deglutido por el TERROR. Ésa es, sin lugar a dudas, la idea más interesante que creo haber extraído de la obra del autor gijonés. No es de extrañar que yo también incluyera actos terroristas, una explosión también sin reivindicar, en mi relato "--.--", donde además la hermana de la narradora nace el mismo día de los atentados terroristas en Nueva York.
El hecho de que en Queridos niños exista la presencia de grupos terroristas en ambos bandos supervivientes no es en absoluto casual, como que esta forma de violencia vaya ganando presencia en todos mis textos, desde una novela infantil a la ya citada obra de género en la que llevo inmerso varios años.
También tiene repercusión el 11S en el primer relato de Nosotros, que poseemos la tierra, donde el protagonista, en "No es culpa mía", se ve obligado a exiliarse en busca de un mejor futuro laboral y económico, donde se valoren sus capacidades, aunque a raíz de los atentados este sueño se vea frustrado y acabe en tierra de nadie, lejos de casa e incapaz de retomar las riendas de su vida. Ahí es donde entra el prejuicio, el miedo a lo extraño derivado también del 11-S, el vecino nuevo que se muda a tu calle, el tipo de tez oscura con el que te cruzas todos los días en el metro, la niña con el velo... El miedo al extraño, y no sólo al desconocido, sino a que ese extraño ya se encuentre entre nosotros es un tema trilladísimo en la ciencia-ficción, desarrollado con maestría en Battlestar Galactica, por ejemplo, con sus cylons latentes. En varios de mis relatos en el mismo libro aparece el miedo al compañero de trinchera, por ejemplo, y también aparecen en "Arena y tiempo" los zombis que, en un planeta condenado a la destrucción por un sistema capitalista donde consumo y producción están al servicio de las masas, acabarán con la vida como la conocemos. El sistema de creencias está herido de muerte; el pesimismo global no hace más que volver grises las historias y taciturnos a los personajes que pasean por ellas.

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