5 de diciembre de 2013

Navidad

Anteriormente, en A Road Novella...

Navidad en Amsterdam. Frío infrahumano. Bebíamos té y chocolate, fumábamos, follábamos para mantenernos en calor.
   

         Mientras, los turistas iban y venían entre el alumbrado nocturno. Amsterdam era una ciudad ficticia, no debía existir como nos decían sus canales, los pasajes artifiales para comunicarlo todo, a donde iban a parar otros desgraciados como nosotros. En cierto modo, era como si todo lo que veíamos lo viéramos reflejado en el agua, como aquel documentalista que exponía sus vídeos en un centro de arte moderno de la capital. Había retomado la costumbre de dibujar, de bosquejar ciertas personas y rincones de la ciudad. Anna. Lo último que había dibujado en meses había sido a Anna, y entonces, cuando repasaba el primer dibujo que había hecho de ella, me di cuenta de cómo engañan las apariencias, verdad, y de qué poco me habían engañado con respecto a ella. Se había empeñado en escribir una carta a Papá Noel, y me había hecho escribir una a mí también. Yo había pedido un gato; ella, unos zapatitos para el bebé. Ambos sabíamos que aquella Navidad no habría regalos y que nos bastaba con sobrevivir al frío y al hambre.
            Paulo le había ofrecido cantar en la calle, él con la guitarra y ella con su extraña voz de sirena fantasmal. Entonces, resguardados de la nieve bajo un paraguas enorme, cantaban “Garota de Ipanema”, “Ne me quitte pas”, “La vie en rose”, “Nostalgias”, cantaban a Sinatra, a Chavela, a Piaf, Gardel… pero también The Smiths, David Bowie, Radiohead, Carminho, Camarón, Muddy Waters… cualquier cosa que no sonara a Navidad, y esa excepción los hacía únicos en las calles heladas, y se formaban corros en torno a ellos, la bella Anna con la voz desgarrada, el bello Paulo siempre al borde de la lágrima.
            En Nochebuena nos reunimos los cuatro, Stella, Paulo, Anna y yo con algún agregado. Cenamos pollo en salsa de manzana y vino, mucho vino, muchísimo vino. Todo tenía una apariencia de duermevela, de irrealidad tan lejos de nuestras vidas, con el recuerdo de Ennis, de César y Svetl. No habíamos vuelto a saber de ella. La imaginé encerrada en la habitación a la espera de un hombre demasiado solo en la noche más triste del año. Brindamos mucho, por nosotros, por el año que se iba, por el hambre que pasábamos, por la risa, por los libros, por el amor, por el pollo en salsa de manzana. Pronto decidimos irnos a dormir.
            Anna dijo que aquella noche prefería dormir conmigo. Paulo comprendió y se ofreció a dormir en el sofá de Stella. Era la primera vez en mucho tiempo que volvíamos a dormir juntos. Temblábamos, no sé si de frío o de miedo o de amor tan puro, sólo que parecíamos dos adolescentes entregados al sueño de los niños que no duermen la noche antes de Navidad. Recuerdo su lengua como una brasa en mi cuello, su mano ágil por mi cuerpo, un gemido que surgía de sus entrañas. Recuerdo a Anna tan metida en el rol del amor como único regalo posible cuando la ventana de la cocina se estrelló con violencia. Salí desnudo de la habitación, y en cuanto vi al tipo vestido de rojo, deseé que fuera Ennis, aunque no supe bien. Sólo sé que nos quedamos helados el uno frente al otro, a menos de siete pasos, observándonos en silencio, incapaces de movernos. Entonces él abrió la ventana y, con sumo cuidado, salió sin hacer ruido. Anna salió del dormitorio, me besó en la mejilla y nos tumbamos abrazados.
            Al despertar con el ruido de los vecinos, a la mañana siguiente, encontramos los regalos envueltos para nosotros sobre la mesa de la cocina. Anna juró no saber nada de ello por toda su vida, lo juró por Helena. Así, supe que no mentía. Abrimos los regalos, da igual los regalos, los abrimos. Nos gustaron, nos hicieron felices. Luego, cuando Paulo y Stella vinieron con sus regalos, él un paquete de púas para la guitarra y ella un jersey de angora, tampoco sabían de dónde habían salido. Aunque a todos nos pareció sospechoso, tampoco le dimos más vueltas. Era Navidad y teníamos nuestros regalos. Supongo que los hombres a menudo se guardan preguntas que no quieren responder.
            Paulo nos dijo que, como vivía con españoles, nos había preparado una sorpresa, y se arrancó guitarra en mano con una pieza flamenca que, para nuestra sorpresa, sonaba en portugués:
Llora una joven en Kansas
¿Dónde está mi Granada?
Mi Granada.
Camino del Sacromonte
El barrio de los gitanos
¿dónde está mi Granada?
Se la llevan tan lejos,
Se desprende en pavesas por mi ventana.
            Creo que comimos algo, aunque tampoco puedo jurarlo, y fue entonces cuando Stella dijo algo que nos dejó a todos entre atónitos, divertidos y aterrados.
            -Anoche lo vi. Entró por la ventana y dejó las cosas y se fue.
            -¿Que viste a quién?
            -¡Pues a quién va a ser! ¡A Papá Noel! Lo juro vamos, que me caiga aquí muerta, por mis hijosy por mi Cristo de la Santa Muerte –dijo, y se besó las manos.
            Claro, dijimos, claro que lo has visto.

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