7 de julio de 2015

Mirar atrás: el día de los mosquitos


De un tiempo a esta parte no dejo de pensar en la memoria, en concreto en la infancia. En cómo -como bien explican en esa maravilla que es Inside Out- ciertos recuerdos son quintaesenciales en la formación de nuestra personalidad. También me pregunto de dónde vienen ciertos estímulos, ciertos conceptos que manejo de un modo determinado a la hora de escribir.
En definitiva, en cómo el periscopio a través del cual contemplo el mundo viene determinado por los océanos que surqué en la infancia. De ahí que me haya propuesto recordar, esbozar estos fragmentos de mi vida, estas nadas que tal vez a nadie más importen, pero que a mí me provocan la melosa satisfacción de la melancolía.

Siempre era en verano.
Calculo que en junio, porque en julio yo ya estaba en Salobreña a tiempo completo. Siempre era de tarde, con el calor, y siempre extraño. Se llenaban las flamas de aire caliente con cientos, miles, millones de mosquitos que lo barrían todo y dibujaban un filtro de niebla como la que llenaba las cadenas mal sintonizadas o aquel Plus donde jugábamos a adivinar el porno y las películas con el volumen máximo.

Recuerdo, además, que tal y como venían, se iban, y que esto sólo sucedía una vez al año, siempre en verano. Yo, que no solía salir a la calle, me encontré con este fenómeno un par de veces o tres, más alguna que aprendí a sortearlo a tiempo, pero a pesar de ello me siguió maravillando la voluntad de los niños para seguir jugando en los patios, o recorrerse el pueblo en bici (subir por el paseo con la marcha más dura), escapar, galopando la tarde, aunque fuera un momento a por un poloflash en el kiosco del parque, a pesar de las huestes de chupópteros.

Entonces, de un año para otro, desaparecieron. No se volvió a repetir, y siempre he creído que se trataba de un fenómeno que sólo sucede cuando uno aún no ha perdido la capacidad de crecer, e incluso me planteo que sólo se trate de una de esas exageraciones de la memoria o la edad. La era de los mosquitos, de un modo u otro, siempre vivirá en mis veranos.

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