9 de julio de 2011

¿cuándo?

Nunca me ha dado miedo la oscuridad. Nunca, creo, porque yo imaginaba criaturas y situaciones peores que las que habitan la negrura del mundo.
Salvo esa mañana.
No sé por qué me empeño en recordarlo. Me gustaría cambiar un día y narrarlo desde la perspectiva de algún amigo o alguna amiga. Imaginad a Laura, por ejemplo. Está rodeada de amigos, de vacaciones y coge el teléfono: habla con mi madre. Nada más oír la noticia, se deja caer de rodillas y empieza a llorar. Todos la miran, nadie entiende nada. O la historia de Mario, que está en Nueva York de paseo, de compras y cuando llega para reunirse con sus amigos en Rockefeller ve sus gestos serios, sus miradas grises y el corazón le da un vuelco y piensa: algo ha pasado. Cuando llega junto a ellos no hace falta que pregunte, escupen la retahíla sin dudar y Mario no lo quiere creer, no lo cree, no lo entiende. Ana lo descubrirá más tarde, cuando yo escriba un mail extraño; ella prácticamente no sabe nada de mí, pero cuando le llegan mis correos los lee con interés: es parte de la curiosidad humana. Cuando el mail acaba de forma abrupta en un "fin de la primera parte" se dice, incrédula: "Qué tío, me lo ha hecho creer por completo". Se lo hice creer por completo, cierto. Ana me escribe para decirme que es un buen relato, que se lo ha creído y esa verosimilitud juega en mi favor. Me veo en la obligación de responderle antes que a nadie para decirle que todo es verdad. Entonces, y sólo entonces, me cree.
Cada vez que pasa un año me obligo a leer de nuevo los mails, los correos preocupados. Hace dos días encontré una carta escrita a mano de Rosa Mª, una mujer a la que quiero mucho que me deja derrotado con sus palabras.

No os merezco.

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