25 de junio de 2012

Queridos niños: El Resplandor


Como ya sabéis, como ya sabe todo el mundo siempre me ha fascinado el terror como género por encima de los demás. Cierto, uno de mis escritores preferidos es Stephen King, de quien he leído muchísimas novelas. También idolatro a los clásicos Poe y Lovecraft, a quienes llegué a través de King. Además, de mis autores en lengua española admiro profundamente a José Carlos Somoza, a quien he tenido el honor de conocer y compartir proyecto literario (Hijos de Mary Shelley).
     El principal reto de la novela en que llevo trabajando casi dos años es la intención  de servir de homenaje a géneros tradicionalmente denostados: distopía, pulp, terror, noir... Sí, la literatura de género es fascinante, pero establece unas normas, un  lenguaje muy concreto si queremos que funcione. La segunda parte de la novela Queridos niños es, sin ir más lejos, una de terror que comienza cuatro años después de la primera parte tras una elipsis intencionada. Esto me permite resetear y reestablecer las normas de relato, destacar la evolución de los protagonistas y deformar el universo creado hasta la fecha para darle una forma determinada, en este caso de novela de terror.
     ¿Cómo me planteo escribir una novela de terror? Naturalmente, partiendo de lo sobrenatural. Personajes que creen ver cosas, que creen oír cosas, que tienen miedo del mundo que les atañe... Pero también las amenazas reales, las leyendas urbanas que persisten con los años y se deforman y les nacen tumores... Personajes puestos entre la espada y la pared, esto es, en situaciones límite (amenazas externas, desequilibrio emocional, aislamiento...) que tienen que tomar decisiones duras a pesar del pánico que los paraliza. Emplear la fe como arma, enfrentar bandos a raíz de la fe, porque religión y terror siempre han funcionado de la mano (ahí están sagas como REC o El exorcista). La intención, después de todo, es dejar al lector hecho polvo, emocionalmente exhausto
     ¿Cómo se compone una novelita de terror? Yo, por ejemplo, y aquí van spoilers, incluyo una violación, una persecución, un asalto, ataques al más puro estilo KKK, oraciones, credos, salmos, rumores, criaturas salvajes, desapariciones, un suicidio, enfermedad, droga, telepatía... Un cóctel protagonizado, y aquí viene lo gordo, por niños. Niños buenos, niños malos por naturaleza, niños asesinos, niños dictadores, niños inocentes, niños niños...
     Y hoy vengo a hablar de esto porque ayer volví a ver El resplandor, la versión de Kubrick, si bien también me propongo echar un vistazo a la miniserie de 1997, y he decidido retomar la novela, ya que en su día la dejé por la mitad, pero quiero reconocer las herramientas del terror, y, por las lecturas que llevo hechas al respecto este año, todo consiste en generar una tensión, unas expectativas que confluyen en un clímax o un anticlímax, ya que el lector disfruta del viaje, no del aterrizaje. En esa tensión creciente es donde el lector segrega hormonas y sustancias que le aceleran el pulso, toma adrenalina, y le hacen querer seguir a pesar de que sufre. Por mi parte, lo tengo clarísimo, pretendo llevar todas las situaciones a las consecuencias más terribles, y os aseguro que hay cosas peores que la muerte.
     El resplandor fue la novela que dio origen a Queridos niños, en concreto su hotel, el majestuoso y terrible Overlook, a partir del cual nació mi Mar de Luz a pie de playa en la costa almeriense, un hotel que también contiene secretos y una lucha por sobrevivir, porque el hotel parece reclamar constantemente a sus moradores que no se alejen de él, y es imposible acallar la voz de un edificio maldito.

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