6 de febrero de 2018

OT 2017: radiografía de España


Finalmente, esta edición de OT ha arrancado.
Parece una obviedad, pero no lo es. Cuando se anunció hace un año el regreso del formato a TVE parecía otro intento a la desesperada del ente público para recuperar antiguas glorias. Lo que nadie podría haber previsto era que Operación Triunfo regresara como un espejo idóneo que refleja cómo hemos cambiado como país en estos 16 años.
Aquí unos apuntes sobre el talent show y cómo ha evolucionado. Y, citando a Presuntos Implicados, "cómo hemos cambiado".

Cásting
Lejos quedan aquellos triunfitos bonachones, ilusos y naturales de la primera edición, o aquellos resabiados de ediciones posteriores (en especial en Telecinco). Rosa, Bisbal, Chenoa y compañía eran la imagen de un país producto de una democracia tardía, de décadas de complejos, carne de cañón para aquella bomba emocional, pornografía televisiva que se atrevía a dar sus primeros pasos en el medio español. La historia de superación era bigger than life, y los chicos se prestaban a convertirse en ídolos de masas, cada uno con una historia personal y una meta marcada a fuego, cada uno tan real que resultaba imposible empatizar con ellos, con su campechanía y una falta de tablas que daban sentido al formato gala tras gala.
Dieciséis años después, vuelve a ser el cásting el mayor acierto de la edición: España ha cambiado, también su audiencia, y el público no necesita otra Susan Boyle, otro Paul Potts, otra Rosa de España. Las historias de superación están trilladas, la cultura musical del país ha evolucionado y hace falta reflejarlo en la selección de concursantes. Sin grandes alardes, ya en la gala 0 se entreveía el cambio: concursantes jovencísimos -tan jóvenes o más que los de aquella primera edición- , ilusionados, inexpertos, atrevidos. Capaces de subirse al escenario con un instrumento musical, de cantar en inglés, de dejar atrás los ritmos latinos y el flamenco, o reducirlos a algo testimonial.
Los jóvenes han sido auténticos, impulsivos, divertidos, honestos. Hacer televisión es una forma de hacer política, y España había devuelto una imagen deformada de la sociedad a través del medio televisivo, especie de Nuevo Prometeo de ninis, hermanos mayores, mujeres y shores y viceversa. OT nos ha regalado esperanza en el futuro dando voz a otros jóvenes con aspiraciones nobles.
Palabra aparte merece la remozada academia, con un claustro que reúne al alma de OT, Manu Guix y Noemí Galera, con nuevas y enriquecedoras aportaciones que han servido para traer aires de cambio al formato, ponerle corazón y quitarle solemnidad al conjunto. También el nuevo presentador, Roberto Leal, que ha sacado Matrícula de Honor en uno de los retos más difíciles a los que puede enfrentarse un presentador: coger por los cuernos las tres horas de directo con sus imprevistos, un escenario enorme y un plató a rebosar de gente, y hacer esto sin que se note lo difícil que es. La experiencia como reportero del sevillano le ha aportado tablas, y su naturalidad e implicación, las bases sobre las que ha conducido todas las galas.

Canales de consumo
Atrás queda también la costumbre de ver la gala en familia el lunes por la noche y vivir de las migas de los resúmenes diarios. OT ha ganado terrenos con una decisión inédita en un reality en España: el 24 horas abierto, gratuito, sin cortes.


OT 2017 se ha follado la linealidad narrativa. Esa inyección en vena de realidad ha generado a su vez una nueva forma de consumir el formato: la ineludible gala de los lunes (Twitter mediante, para analizar, diseccionar y vomitar bien de mala leche), el bendito 24 horas, con sus picos de audiencia como los pases de micros, repaso de gala y reparto de canciones, los contenidos creados por los consumidores, que sirven como muestra del éxito transmedia de esta edición. Somos muchos quienes, cuando no podemos estar todo el día en el 24 horas, acudimos a un hashtag para ver los puntos destacados y enterarnos de lo importante. Así, se han trazado dos narrativas: la oficial, que genera la productora con sus galas y resúmenes diarios, y la que han creado los propios seguidores del programa, hasta el punto de que el hashtag diario ha logrado ser TT durante 3 meses seguidos de emisión del programa. Incluso hoy, un día después de que haya terminado el concurso, es TT .
Por supuesto, la difusión en redes sociales ha tenido otra lectura tan contemporánea y posmoderna como la de los juicios en Twitter y la poscensura: decenas, centenas de twitteros dispuestos a tumbar a un concursante, un profesor o a la mismísima directora de la academia por una mala respuesta, un mal gesto o cualquier comportamiento malinterpretado.
El programa ha sabido recoger esto y apropiarse del fenómeno para generar giros de guión: inolvidable ese momento en el que Noemí Galera, atacada por una jauría de twitteros por un comentario sobre Alfred, rompe a llorar y pide perdón al concursante durante un reparto de temas ante el gesto perplejo, atónito de los concursantes; la presión de las redes ha aupado favoritos, salvado a concursantes y dictado el devenir del concurso.

La reinvención del reality

Cuando los realities y talent shows ya estaban implantados en medio mundo, la productora Gestmusic Endemol vino con un concepto novedoso: unir ambos formatos en uno solo, de modo que los aspirantes a cantantes convivieran en una academia de formación intensiva. A pesar del éxito aplastante de la primera edición, el formato comenzó a desinflarse y desvirtuarse en sucesivas ediciones.
Frente a los realities de toda naturaleza que buscan la confrontación y la fama pasajera, TVE ha apostado por un concurso blanco, por una motivación clara. El trato respetuoso de la cadena y el carácter familiar de las galas -más allá de los horarios imposibles de emisión- han centrado la atención en aspectos musicales o simpáticos de la convivencia, no en la confrontación y competencia, como suele ser habitual en estos formatos. El hecho de estar en la cadena pública tal vez sea el verdadero motivo de esta proyección. Y es que si algo nos ha enseñado este OT es que los realities, por mucho que pretendan impactar con su vida en directo, también tienen una narrativa, dictada en ocasiones por la productora, en otra por los seguidores o, en última instancia, por los propios concursantes.
Y en Operación Triunfo suceden cosas. Han logrado algo, y es que no haya momentos vacíos, que no sea preciso un montaje frenético para que el 24 horas sea entretenido. Como si de un canal de televisión fuera, todos los días han publicado la "programación": Clase de canto, Ensayo con Bailarines, Clase de inglés, Merienda, Cena, Película, Visita de..., no hay tiempos muertos, y los tiempos muertos los han llenado los concursantes con su carisma, sus conciertos improvisados, sus juegos, bromas, momentos de intimidad... Gracias a la estupenda realización de un 24 horas que nos ha regalado momentos inenarrables en los cierres del directo, el progresivo enamoramiento de los pupilos y los pases de micros. Es increíble pensar que esto ocurra en directo y vaya tan bien engrasado sin necesidad de edición. Xavi, el realizador jefe, se ha ganado el cariño de los espectadores del directo gracias al nervio y la inteligencia para captar lo que ocurría entre los muros de la academia.



La narrativa
Como apunto arriba, la realización magistral del 24 horas y la intervención de los seguidores en redes sociales se ha creado una narrativa fascinante que ha durado 3 meses. Más allá de las historias de aprendizaje, de formación de alianzas entre concursantes, de chispas de romance, se han construido varias grandes historias como si hubieran estado diseñadas por un guionista. La más potente, sin duda, el romance Amaia-Alfred, desde los pequeños gestos que delataban el nacimiento de este amor (captados con maestría por Xavi y su equipo, que no dudaron en servirse de juegos de espejos, rodeados de cámaras cámaras robotizadas y audios entre la pareja) hasta el amor consumado, con varios giros de guión ("City of Stars", la separación y vuelta por Navidad, el objetivo eurovisivo) y la coronación de ella como ganadora. Pero también Aiteda, sea real o no, pues se ha alimentado tanto la relación imposible entre Cepeda y Aitana, separación y devastación emocional mediante, como las consecuencias que esto haya podido tener en sus vidas fuera del concurso. Eurovisión fue otro de los grandes temas que revolucionaron la dinámica del concurso, en vista del éxito del formato, y que la historia de Almaia se solape con el Festival de Eurovisión sólo puede tratarse, desde el punto de vista del relato, como hilar muy fino. La aparición de dos supuestos grupos enfrentados por afinidad, con buenos y malos que ellos mismos se han empeñado en derribar a fuerza de respeto y admiración, con una nueva heroína con todo en su contra, Míriam, ni más ni menos que tercera finalista. El elemento Cepeda, barriendo sistemáticamente a sus compañeros nominados, pero también los elementos de alivio cómico, principalmente Roi y Amaia, por su buen humor y desparpajo, nos han ofrecido una trama global que contaba con todos los elementos para triunfar.


La música
Se ha hablado mucho del concurso, de los triunfitos, de los Javis, del jurado... ¿pero y la música? Seamos claro, Operación Triunfo es un programa de televisión, un reality cuyo pretexto es la música. Pero seamos justos: OT 2017 es probablemente la edición en la que más música hemos tenido, no ya en las galas, donde se ha abierto tímidamente el espectro musical, sino en el día a día. La mayoría de concursantes son músicos que tocan instrumentos, componen e improvisan. Al regalo que han supuesto los recitales de Amaia o las canciones que componía poco a poco Alfred y compartía con su audiencia debemos sumarle las visitas de músicos de distinto pelaje (leyendas de nuestra música como Sole Giménez o Pastora Soler, cantantes más alternativos como Zahara o el Kanka, o antiguos triunfitos como Beth o Bisbal), los artistas invitados en las galas y un repertorio que ha abarcado clásicos imperecederos como Gardel o los últimos hits de Dua Lipa, del mainstream del reggaeton lento al bolero de Zenet... Ha sido este Operación Triunfo, a este respecto, una escuela de música. Música en directo, como Roi y Míriam a la guitarra, Amaia y Alfred al piano y trombón, incluso con las casi siempre lamentables intervenciones del chat. Voces prodigiosas como la de Agoney y Nerea, con una textura personalísima como las de Amaia y Aitana y una progresión vocal constante, con nuevos retos, canciones mejores y peores, pero siempre con la música por bandera.
También se ha dado visibilidad a los compositores, no sólo desde la introducción de la dinámica eurovisiva, sino desde la creación de los propios concursantes ("Camina" es el nuevo himno de OT) y las visitas de cantautores y compositores a la academia.



Hay vida fuera de la Academia
Pero lo que ha convertido a OT en un fenómeno, insisto, ha sido la retroalimentación constante en redes sociales, con el canal oficial del programa generando contenidos constantes que los fans han sabido desarrollar desde sus anhelos y frustraciones, así como los concursante expulsados transmitiendo sus encuentros y actividades al margen de la academia. Incluso el presentador, implicadísimo con el formato, ha generado conversación y contenidos.
Así, por primera vez en la historia del concurso, el día a día de los concursantes se podía seguir fuera de la Academia a través del hashtag diario. Uno podía seguir la evolución diaria de Míriam en sus clases o a Roi y Cepeda de fiesta en casa de los Javis. De este modo, los expulsados han podido explotar ese nicho de fans que les otorgó el programa e interactuar con ellos a medida que el formato avanzaba, al margen de su participación en galas, firmas de discos y demás actividades promovidas por la directora. Caso especial son Mimi, primera expulsada, que no ha dejado de hacer bolos durante este tiempo, o Ricky, a quien hemos visto retransmitiendo los Goyas Golfos en la misma web de RTVE. Esto es, para ellos el concurso seguía fuera del marco del programa, así como su carrera y evolución.

Fenómeno OT
Esta edición comenzó discreta, con una gala 0 que tiraba de nostalgia y técnica y musicalmente dejaba mucho que desear. El presentador estaba nervioso, los concursantes estaban nerviosos y hasta los profesores estaban nerviosos.
Con la llegada del 24 horas, la situación se invirtió. Tener la opción de seguir el día a día de los concursantes generaba un nuevo interés que se tradujo en la omnipresencia de OT en Twitter, toda la red y, paulatinamente, en la calle. Esta nueva ventana de consumo ha provocado que el público empatice más si cabe que en anteriores ediciones del programa, hasta el punto de que como espectadores tenemos la sensación de conocer a los concursantes en profundidad
Lunes a lunes se ha demostrado con la audiencia de las galas que Operación Triunfo había vuelto para reclamar su lugar en el Olimpo televisivo, hasta un sorprendente, admirable 30% en la final, algo impensable para cualquier otro reality o producto de ficción tal y como se reparte el pastel televisivo en la actualidad.
También da una idea del alcance del fenómeno la locura fan desatada en aeropuertos, centros comerciales y estaciones de tren con cada visita de los triunfitos, así como el interés suscitado por algunos de ellos en prensa rosa, tal vez el paralelismo más claro con aquella primera edición.
El sábado pasado, durante el reencuentro de los expulsados con los finalistas restantes en la Academia, 100.000 personas seguíamos el directo en Youtube. Otros picos de audiencia ya se dieron en el regreso por Navidad y en momentos clave del concurso.

Baby steps
Si por algo ha dado que hablar OT 2017 ha sido, además, por su contenido social, donde en efecto se ha hecho patente el salto generacional con respecto al OT de hace 16 años y al país que éramos entonces. Feminismo, nuevas masculinidades, visibilidad LGTB, derechos humanos... puede parecer la nueva agenda de corrección política que ha querido vender la Academia para subirse al carro del cambio (tampoco es de extrañar que distintos políticos de diverso pelaje se hayan querido anotar el tanto de dichos pequeños progresos). Por una parte, el programa ha llevado una labor encomiable de visibilidad de causas sociales como la donación de sangre, los trastornos mentales o el tratamiento del sida con las visitas de profesionales de distintos ámbitos.
Por su parte, los profesores y alumnos han demostrado que se puede actuar sin prejuicios, que ha llegado un verdadero cambio a nuestra sociedad. El tan cacareado beso entre Marina y Bast, o la homosexualidad sin tapujos de Ricky y Agoney, la presencia de los Javis, pareja real que ha luchado por hacer una lectura lejos de lo heteronormativo y han denunciado gestos y actitudes homófobas dentro y fuera de la academia. La sensibilidad de Alfred y  Roi (recordemos las risas con el llorón de Bustamante en su día), la amistad entre chicas que han hecho prevalecer la sororidad por encima de cualquier rivalidad, las opiniones feministas de Amaia y Aitana sobre sus cuerpos y la concepción de las relaciones. Esta generación viene fuerte, y viene firme.
Han sido conscientes de la plataforma que tenían, y Alfred no ha dudado en denunciar la situación de los refugiados o hablar sobre depresión y ansiedad demostrando valor, honestidad y sentido común.
Muchos recordarán la vergonzante situación que se vivió en la segunda edición del reality, cuando a Beth le prohibieron hablar en catalán con su familia al encontrarse en TVE, cuando debería favorecerse justo lo contrario. No han sido pocas veces las que hemos oído cantar y hablar en catalán (el programa, recordemos, se produce en Barcelona) a concursantes como Alfred y Nerea, profesores y equipo técnico con total naturalidad, o en gallego, dado el caso. OT 2017 ha servido también para evidenciar lo que es normal en un país con la riqueza lingüística de España, aunque sigue siendo la asignatura pendiente del programa: seleccionar canciones en gallego, catalán o euskera para una gala en prime time. En tiempos revueltos, sería toda una llamada conciliadora.
Con cada decisión, con su premisa de permanecer unidos como una piña han demostrado los 16 concursantes, más allá de las bases del concurso, que el factor humano está por encima de cualquier espectáculo. Todos ganan, y nosotros con ellos.

Amaia, esa bestia parda



Era de justicia divina que Amaia ganara la edición. No sé si, como anuncian los conspiranoicos, se trata de una estrategia de la productora o discográficas para convertirla en el producto perfecto, porque no podían contar con todo lo que nos ha dado. Un criterio musical formadísimo a pesar de su juventud y también una profunda formación que ha sacado a relucir en todo momento. Sus momentos en el piano se han convertido por méritos propios en algunos de los mejores de la edición. Las canciones que ha versionado y artistas a quienes ha interpretado se han rendido ante su talento y gusto artístico, y muchos de ellos se han visto de la noche a la mañana expuestos al mainstream de forma indirecta.
Tampoco podría haber previsto nadie que aquella aparente inocencia (una de las claves del casting de OT1) fuera real, y por ello ha dotado de frescura al concurso y a la interacción con sus compañeros prestándose a bromas y a hablar en plata. Su desparpajo, naturalidad y bonhomía la han convertido en la estrella de la edición, junto a su falta de filtro en muchas ocasiones y una constancia semana tras semana que ha llevado a los profesores a explorar sus límites con retos como "So what" o "Shake it out". Qué decir de esa materia de estrella que se crece en el escenario: la hemos visto inocente, pero también sexy, divertida y sufriendo la canción de esa semana, la hemos visto crecer como artista, y eso que ella venía de fábrica con muchas tablas.
Y el amor. Ay, el amor. Amaia nos ha regalado esta pequeña gran historia de película. Hemos visto nacer, gesto a gesto robado, este romance entre dos músicos que se admiran y se respetan como son, que han sido apoyo mutuo en todo momento y a quienes hemos alzado como representantes de España en Eurovisión. Cuántos momentos mágicos encima del escenario, junto a un piano, en el sofá, a la mesa... nos han regalado una y otra vez, siendo además ejemplo de una relación de igualdad, y reitero la clave de esto, ya que se han convertido en referentes de la juventud española y en reflejo del país.
Amaia de la Música, Amaia de España, Amaia Romero... Llamadla como queráis, ella bien lo merece. Cómo un alma tan pura, un talento tan precoz, una música de verdad no se iba a alzar como justa ganadora de un concurso que, esta vez sí, ha valido toda la carga nostálgica. Con creces.
No me preocupa su futuro. Tiene criterio y gente que sabrá aconsejarle bien, difícilmente la veo como un juguete roto. Tiene carrera por delante, y sólo nos queda esperar que esté a la altura de sus sueños.



Actualizo sobre el hermano de Amaia:

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