22 de abril de 2018

El arte de titular


Matar un ruiseñor me parece un título hermoso, al igual que Ventajas de ser un marginado. Por supuesto, el galardón al título más bello se lo lleva El guardián entre el centeno, traducido al francés como L'attrappe-coeurs.

Cuando obtuve el Premio Plan Joven de Narrativa del Ayuntamiento de Granada en 2015, el jurado, que lo otorgó por unanimidad, sólo me señaló una objeción: no les gustaba o convencía el título. Donde mueren los monstruos pretendía ser una vuelta de tuerca al título del clásico infantil Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are). Decían que era un título que se quedaba en tierra de nadie, ni era de aquellos certeros como puñales (Patria, La carretera, Mujercitas, It...) ni de aquellos largos y evocadores (El abuelo que saltó por la ventana y se largó, Los hombres que no amaban a las mujeres, El curioso incidente del perro a medianoche...).

Es, por tanto, parte fundamental del libro un título acorde, ya sea porque hable de él, porque evoque al contenido del mismo, abra una pregunta cuya respuesta aguarda en las páginas o, sencillamente, resuma la lectura.

A la hora de titular, dependiendo del libro, lo cierto es que me gusta irme por las ramas. Esas ocasiones en que no sabes por dónde tirar y decides escoger un título que sólo te habla a ti como escritor pero que, quién sabe, tal vez una vez leído le toque la fibra al lector potencial. También, en mi línea pop, tiendo mucho a tirar de obras existentes para poner un título a mis libros o los capítulos de los mismos. Sublimé este arte cuando decidí seguir el discazo, maravillosa obra de Ismael Serrano La traición de Wendy que, para más señas, era además mi primera novela. Veintidós añitos tenía, y creía en la pureza del arte, la literatura y una prometedora carrera literaria ante mí. Todos mis primeros textos beben de otros autores. Si el cantautor madrileño es una figura omnipresente en esa novelita de terror, ya antes había publicado una novela corta, Si llueve..., cargada de referencias a las obras de Stephen King y, en menor medida, Joss Whedon.

Si llueve... es uno de esos títulos con los que me fui por las ramas. No se entiende hasta que se ha leído la novelita entera, y es, sin ser yo muy consciente de ello, la revisión de un maravilloso cuento de una autora que se acabaría por convertir en referente indispensable en mis escritos, Shirley Jackson. También tiene ella uno de los títulos más misteriosos y cautivadores de la historia de la literatura, Siempre hemos vivido en el castillo. Indispensable lectura.

A la altura de éste se encuentra El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago, que toma como personaje central a uno de los heterónimos de Fernando Pessoa y desarrolla el resto de su biografía una vez fallecido el autor original. Ligado a Lisboa, otro libro maravilloso con un título también misterioso, evocador, Sostiene Pereira, de Tabucci. Por motivos obvios, me interesó, y como curiosidad, existe en Granada una librería de alfarrabista, librería de viejo llamada Sostiene Pereira que, para colmo de males, tiene un cameo en mi última novela publicada, El Desencantador.

Para esta novela juvenil no me quise estrellar la cabeza, y como la magia es el hilo principal, hay una referencia clara a Merlín, el Encantador, pero también una puerta a la duda. ¿Quién o qué es ese Desencantador?

Pero a veces me decanto por títulos difíciles, esos que aparecen mal en todas las citas en prensa y en las librerías por un empeño muy mío que es emplear la puntuación como parte esencial de los mismos. Los puntos suspensivos de Si llueve... me trajeron pocos quebraderos de cabeza comparados con la coma de Nosotros, que poseemos la tierra, mi primer libro de relatos. Con todo, sin esos detalles de puntuación los títulos se quedan cojos, imposibles.

Mi último atrevimiento a la hora de titular ha sido ponerle un título en español a una novela coescrita en portugués, El portugués. Evidentemente, la explicación está en el interior del libro, y en concreto tiene un giro que va directo a la emoción del protagonista y del lector, como un puñetazo a la emoción.

A veces, a la hora de titular, conviene, decía, irse un poco por las ramas. Así, una novela crepuscular en la que llevo ya 4 años largos trabajando, La extinción de los dinosaurios, se llama así al ser la historia de cinco ancianos centenarios, uno de ellos un paleontólogo. A ésta le siguen Cazar un dinosaurio, su "continuación", y Parque geriátrico, su precuela. Parece que, de momento, se trata de mi magnum opus, aunque todo dependerá de lograr encajarla en el catálogo de una editorial en el futuro.

Como véis, esto de titular se las trae. Personalmente evito los títulos rotundos, de aquellos que son como un golpe en la mesa. Una palabra. No obstante, en poesía una vez me atreví con un Pudor que inicialmente se titulaba Pudor es una palabra antigua. El libro no llegó a ver la luz, aunque ahí está, en la carpeta de mis poemarios imposibles, junto a El abrazo del koala o Cuánta pupa.

Al ser proyectos de menor envergadura, dan mucho más juego los relatos, ya que hay más libertad. Me enorgullece haber titulado algunos como "La noche de Amaranta", que creo que abre una puerta al misterio y a cierta épica que puede provocar curiosidad al lector, o "--.--", que se trata de una gran broma sobre la literatura de concursos y certámenes, y como tal el título debía estar a la altura.

Aunque, sin duda alguna, el título que mejor me define es el de un proyecto con el que logré una beca de la Residencia de Estudiantes, una novela distópica y terrible protagonizada por niños en un mundo despoblado de adultos. Hace años que no me acerco a ella, cuando sin duda es el proyecto que más atención, tiempo y mimo debería merecer: Queridos niños.

En definitiva, la puerta a un libro es el mismo título. Supongo que, a medida que uno se convierte en un autor reputado, podrá hacer lo que le dé la real gana a la hora de titular sus escritos. Esta reflexión no es más que una anotación desde mi experiencia.

Feliz Día del Libro

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