Queríamos ser libres. Queríamos ser grandes. Rompimos las cadenas a mordiscos, la dictadura se nos antojó una broma.
Fumamos en la cárcel de los malos, rompíamos la orden de tortura, llegábamos a casa a deshoras. Imprimimos esperanza en los pobres, amamos más mejor que nuestros padres, desoímos los consejos del abuelo. El mundo era un lugar así gigante, las pieles nos servían de refugio, sólo éramos un par de adolescentes, fugamos nuestro Tiempo en esta empresa, llegado el fin del mundo nos reímos, hicimos el amor siempre tan tierno, cubrimos esos llantos de gemidos, reíamos con todas las palizas, luchamos por alzar arriba el vuelo, los hombres, terremoto y estertores, creíannos bien locos o dementes. Demostramos que la ley está de sobra cuando vida escupe nuestro nombre, cuando el rostro permanece cristalino, cuando el mundo se encabrona con nosotros. Matamos a sus ídolos sin miedo, cantamos nuestros himnos de esperanza, alzamos nuestras voces al destino, cambiamos la pendiente de la Historia, rompimos más prejuicios que farolas. Lloramos sólo en casa, y a escondidas.
Si el mundo es tan cobarde de callarnos, debemos emprender camino lejos, olvidar los caminos del pasado, mirarles sobre el hombro, con desdén, creer que sólo sueñan los valientes. Cambiamos nuestro mundo a cada palo. Queríamos ser libres. Ése fue todo nuestro pecado.
Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración. Penélope entró en la habitación en silencio total y arropó a Nuño. Ya seis años, cualquiera lo diría. Tenía los labios de su padre, por mucho que le doliera. Apagó la lámpara de noche que le ponía para dormir y se aseguró de que todo estaba en orden. Antes de salir, miró debajo de la cama y en el armario, no fuera que algún monstruo hubiera decidido quedarse. Tras salir, cerró la puerta tratando de hacer el menor ruido posible.
Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración. Adrián apenas se molestó en dirigirle una mirada. Tosió e hizo un ademán con la cabeza, como diciéndole adelante. Penélope se puso bien la chaqueta de lana se dispuso a hablar, pero antes buscó el contacto visual. Dime qué quieres, hace mucho que no nos vemos. Vengo porque tengo que dejar el trabajo, dijo ella. Quiero decir, me va bien y todo, pero no me quedan fuerzas y ya sabe que por la noche tengo otro trabajo. Adrián miró las manos ajadas por el contacto con la lejía y otros productos corrosivos, y rió. Muy bien, no pasa nada. No vengas el lunes, ya está arreglado, pero no te arrepientas. Porque como se te ocurra volver como cuando te quedaste preñada, no te voy a recibir con los brazos abiertos precisamente. Puede que tengas que hacer más que limpiar váteres. Por supuesto, prosiguió, todo se puede considerar. El hombre acarició la mano de ella, que la retiró enseguida y repuso: Me esperan en el trabajo. Olvídate de finiquito. Tras salir, cerró la puerta con un golpe firme.
Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración. Aún no se había hecho al nuevo uniforme, pero lo encontraba mucho más cómodo que la horrible bata a rayas de limpiadora. Desde que se presentó a las oposiciones, había fantaseado con llegar a donde estaba ahora, pero las fantasías heroicas donde el mundo era un lugar mejor para Nuño habían dejado lugar al miedo. ¿Qué hacía ella con una pistola apuntada al frente, como si de verdad tuviera el valor de disparar a cualquiera que saliera a su encuentro? Pidió tranquilidad y que se entregaran sin cometer estupideces. Pateó la puerta que daba al salón y advirtió que dentro no había luz. Pidió luz a su compañero, y cuando enfocó al frente, el traficante disparó justo a su frente.
Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración. Su superior parecía más serio de lo habitual. Penélope, siento decirte que tu instructor no te ha aprobado. Me dice que te viniste abajo en mitad del simulacro. No obstante, tenemos algo para ti. Es arriesgado, pero podría convertirse en el paso definitivo para incorporarte al Cuerpo. Estoy dispuesta a ello. Necesito este trabajo, creía que sólo quedaba este trámite. Penélope, iré al grano contigo. Nos están jodiendo, y bien. Han reducido las plazas, iban a entrar cinco mil y mira, no llegamos a dos mil. Tienen que ser los mejores, y a veces los mejores a veces no son los que más lo necesitan. Yo puedo ser la mejor. Probemos mañana con esto, a ver qué tal. Claro que sí, estaré lista. Vengo por la mañana a por el informe y a la charla con el instructor. Ten en cuenta que puede ser peligroso si te implicas demasiado. Penélope asintió. Tras salir, cerró la puerta con el esbozo de una sonrisa en el rostro.
Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración. Asomó la cabeza, pero el dormitorio estaba vacío. Se maldijo por no haber comprobado si la dirección era la correcta. Entonces trató de calmarse; culparía a la operadora. Se volvió a colocar el tanga por debajo de la falda y tiró un poco hacia arriba, lo justo para que quedara visible junto al cinturón de argollas. Rebuscó en el bolso el paquete de chicles, pero era imposible. Avanzó por la habitación y vació el contenido del bolso sobre la cama. El edredón se cubrió de condones de todos los sabores y colores. Sintió un ligero mareo. Eso era el deseo: un ligero mareo. Sacó un chicle de lima del paquete y lo volvió a guardar. Se sentó en la cama y estudió la habitación. Quizás no viniera. Quizás había una cámara en cualquier parte del dormitorio y al tipo le bastaba con eso, con mirarla esperando, con mirarla colocándose el tanga, revolviendo entre los condones. Había gente para todo... Penélope se miró en el espejo y se sintió mal. El pelo castaño planchado con las trenzas que había dejado que le hiciera Nuño. No dejaría que él tocara las trenzas por nada en el mundo; sus ojos pintados entre azul y violeta, tristes a pesar del esfuerzo, agotados a pesar del maquillaje; los labios brillantes, olvidados los besos y las palabras tiernas, los jadeos, el gemido que precedía a la locura; los tacones que tenía pensado devolver al día siguiente en la zapatería. Bastaría con tener mucho cuidado.
Entonces se detuvo a pensar en el deseo. Se sentía culpable por querer entregarse a un desconocido, por reinventar el mundo en una cama. No tenía nada de romántico; todo físico. El mundo podía ser a veces extremadamente físico. Oyó un coche en la calle y supuso que ya estaba ahí. Se acomodó en la cama y notó el rubor en sus mejillas, las pulsiones en el pecho firme, la sensación de mareo. Un traficante y un putero, un hombre poderoso. Sería gordo, sería fornido, sería delgado, escuálido, bronceado, pálido, pecoso, daba igual. Se trataba de un monstruo que pagaba por el sexo de las ninfas. La puerta se abrió y el tipo entró sin siquiera mirarla. Penélope abrió las piernas para que viera lo que ocultaba bajo la falda de piel. Él no se molestó en fijarse. Soltó las cosas en la cómoda y fue directo al cuarto de baño. Meó de pie y se lavó las manos. Se quitó la chaqueta y la dejó caer al suelo, se desanudó la corbata y quedó en camisa. Se sentó en la cama y reptó hasta ella. Sacó del bolsillo del pantalón un sobre blanco y lo depositó en la mesita de noche. Entonces, la besó. Penélope devolvió el beso. La boca le sabía a moras, como si él hubiera masticado un chicle de mora igual que ella de lima. Mientras se besaban, hacían macedonia. La mano de él escaló por la rodilla, por el interior del muslo, arriba, más arriba, dentro dos dedos. Penélope gimió y agitó la pelvis. No iban a llegar. Nadie los iba a detener. Acarició la barba de dos días en la mejilla de él. Él no tenía nombre, mejor así. Pensó en Nuño: hacía eso por Nuño. Le desabrochó la cremallera y lo buscó, lo acarició, lo estimuló. Le pidio en un gemido que lo hiciera. Él lo hizo; le mordió el lóbulo de la oreja, le lamió los dedos, apretó sus pechos. Era el mejor amante sobre la faz de la tierra. Estuvieron así quince minutos, él dentro de ella, él encima, ella la espalda arqueada, el sexo húmedo, los labios abiertos; estuvieron así quince minutos, hechos el uno para el otro, hasta que el mundo cayó sobre sus cabezas.
Los agentes irrumpieron en tropel, pero él no se movió. Veinte revólveres apuntados a su cabeza mientras él seguía batiendo, arriba, abajo, dentro, fuera, más, más, más, más. Acabó. Aun así, a pesar de los gritos de los uniformados, él no se levantó de ella, siguió con los dedos hasta que ella alcanzó el orgasmo. A punto estuvo de decir te quiero. El detenido la besó en la mejilla antes de vestirse y salir con los agentes.
Abrió la puerta muy despacio y contuvo la respiración. Nuño dormía. Dejó sobre su mesa, como había prometido, una gorra de policía. Luego salió con cuidado de no hacer ruido. La puerta se deslizó como si guardara un secreto. Penélope se observó en el espejo con el uniforme y la placa -esta vez sí- de verdad, y se le saltaron las lágrimas. Se sentó en el salón y miró la tele sin interés. Una mujer trataba de convencerla por todos los medios para que comprara crema de baba de caracol. La vida empezaba ahí, en un programa de televenta.
Por iniciativa de El Cuentacuentos, a partir de una frase de Niobe.
EN TERAPIA
-Ese gato tiene razón. Han sido los ratones. ¿Quién si no? Si estoy harta de decirle al portero que ponga trampas o pegamento en el suelo. Menuda vergüenza. Ya verá cuando vuelva Jacinto. Se van a enterar todos. Él, por manta, que es un manta, y la criada, por deslenguada. Cómo le gusta hablar con Álvaro, y el pobre qué va a hacer, si tiene ya una edad... vamos, que no se puede resistir a su carne prieta y su pelo rojo como el fuego. Ésa es una cualquiera, se lo digo yo.
-¿No estará celosa?
-¿Yo celosa? No me haga reír, ¡celosa de esa mosquita muerta, que no es más que una muerta de hambre!
-¿Cómo se llama?
-Ya le he dicho. Se puede dirigir a mí por señora de Rivera o simplemente por doña Angustias.
-No, no. Verá, me refiero a la chica, la criada. No me ha dicho aún su nombre.
-¡Y qué más da!
-¿No lo conoce?
-Por favor, ¡por quién me toma! Yo me preocupo por el personal de servicio como si fueran de mi propia familia. Se llama Isabel, la joven, y el portero, Gustavo.
-Siga contándome, por favor. No era importante, sólo curiosidad.
-Pues eso, unos agujeros en las paredes y el techo de la segunda planta que dan pavor. Cualquier día se nos cae la casa encima. Con lo que ha costado...
-Entiendo. La situación es bastante dura para los empresarios como su marido.
-¡A Marrakech se ha tenido que ir, el pobre! Ahí, con toda la chusma. Me propuso ir con él y me eché a reír en su cara.
-Igual necesitaba su apoyo. Ya sabe, a veces un marido necesita a su mujer.
-¿En mi estado? Qué insensatez.
-Su estado...
-Encinta, como puede ver. Van a ser gemelos. Ya tengo pensados los nombres, pero estoy preocupada.
-¿Qué le preocupa?
-¡Qué va a ser! La casa, mi marido, Álvaro, todo.
-¿Y el gato?
-¿Por qué iba a preocuparme el gato?
-Es un gato atigrado, ¿no?
-Sí, con rayas un poco más oscuras en el lomo. Muy manso.
-Podría volverse violento cuando lleguen los niños. Los animales son extremadamente celosos. ¿Cuándo cumple?
-Me dijo el doctor Espigares que a mediados del mes que entra.
-Estará nerviosa.
-No crea. El primero fue peor. Con Álvaro estuve diez horas de parto, y no había manera. Lo sacaron con fórceps.
-Y dice que han entrado ratones en casa.
-Como lo oye. Claro que al principio no creía que fuera así.
-Creía que era...
-Una mala construcción, ¿qué si no? Que habían engañado a mi esposo esos gandules.
-¿Qué desperfectos había?
-Eran agujeros del tamaño de mi puño en todas partes. En los bajos, en el descansillo de la entrada, en el desván... Donde más había es en el desván. Me daba miedo que un día se viniera todo abajo mientras alguien estaba en el pasillo.
-¿Y cómo es que no lo repararon?
-Es inútil. Echaban cemento, ponían yeso y al día siguiente ahí estaban los mismos agujeros, si no más grandes que antes.
-Qué extraño.
-Y entonces llegó el gato.
-Menos mal. Un gato gordísimo, naranja, con un rabo enorme.
-Y hablaba.
-Imagínese qué susto, ¡un gato que habla! Desde luego, qué ocurrencias las mías. Al principio me dije que me estaba volviendo loca, pero me tomé un café cargado y ya me senté a hablar con él.
-Interesante. ¿Alguien más en su familia que haya hablado con el gato?
-Por supuesto que no. Armarían un escándalo. Álvaro es muy inteligente, pero a veces... a veces no tolera estas cosas.
-¿A qué se refiere con eso?
-Bueno, a veces se pone violento con las cosas que no le gustan. Pero vamos, es normal, ya es un hombre. Pero prefiero no decirle nada del gato.
-¿Y qué dice el gato?
-Pues eso, que la culpa es de los ratones. Que los mate a todos, que se ríen de mí.
-Qué descabellado todo, ¿no?
-Bueno, no creo que eso sea de su incumbencia. Lo único que importa aquí es que los encargados son unos incompetentes y no son capaces de acabar con un nido de ratones, por grandes que sean.
-Señora, no sé si le he entendido bien, pero me temo que se acerca mi parada.
-Qué desvergüenza. Aún no ha terminado la sesión.
El encapuchado se puso de pie y pulsó para que la puerta del metro se abriera. La mujer lo miró en silencio hasta que lo vio perderse por las escaleras. Una voz automática anunció que el tren emprendía el camino de regreso.
Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma. Ya sabes que sólo deseamos así los niños. Vamos, di algo, sé un valiente. Abre los ojos... no, ya los tienes abiertos. Cierra los ojos, mueve tus bracitos, haz algo. Sabes que puedes; si yo quiero que los muevas, puedes moverlos.
Pero no le digas nada de esto a papá. Te contaré una historia, te voy a contar cómo llegué aquí. Jopeta, no pongas esa cara, también te cuento cómo llegaste tú. Después de todo, tú apareciste en medio de mi historia.
El primer recuerdo que tengo es el grito de Álvaro en medio de la noche. No los gritos, porque era sólo uno. Su grito llamando a su madre. Luego todo son agujeros en mi cabeza porque era muy pequeña. Los niños pequeños no podemos recordar, Curro. Yo ya recuerdo, me acuerdo muy bien de todo desde los tres años y medio, pero de antes casi no me acuerdo. Luego me acuerdo de Mariana, la cocinera que me daba bizcochos cuando nadie miraba, y de Mercedes, la cuidadora, que me contaba cuentos mientras me peinaba y me cambiaba la ropa. Con ella aprendí a contar historias.
Luego vino Alicia, que era mala y siempre hacía daño a todos los niños del orfanato. A mí sólo me hizo daño una vez, pero entonces le pasó algo malo. Fue la primera vez que me di cuenta. Se quedó atrapada entre el somier y el colchón, como si la hubieran metido entre dos trozos de pan, y entonces me pidió perdón y le dejé que llamara a Mercedes. Luego se llevó una buena tunda por hacer tonterías, porque se podía haber ahogado debajo del colchón. No se chivó.
Los niños siempre se portaban bien conmigo porque era de las más pequeñas. Había niñas con un año o dos menos que parecían mayores de lo pequeñita que era yo. Cuando cumplí cinco años, vino una familia a mirarme.Yo quería que me llevaran con ellos, así que estuve toda la mañana con Estrella haciéndome trencitas en el pelo y hasta me puse calcetines de croché blanco para que no se me vieran los morados de las piernas, porque los niños a veces eran demasiado brutos. Estuvieron media hora conmigo, me dieron chucherías y me pusieron a dibujar; me dijeron que, si les gustaba el dibujo, lo colgarían en mi cuarto si me llevaban con ellos. Les quise hacer el dibujo más bonito del mundo, y dibujé a Alicia en la cama, entre el colchón y el somier, con las lágrimas y todo, y yo de fondo, con el pelo lleno de trenzas, sonriendo mucho, muy feliz porque quería que me llevaran con ellos. Cogieron el dibujo, sonrieron y se miraron entre sí. Les expliqué el dibujo para que lo entendieran, ella lo guardó en su bolso y se fueron. Me dejaron la bolsa de chucherías y se fueron. No volvieron jamás.
Cuando cumplí seis años, me empezaron a dejar salir. La ciudad era enorme para alguien tan pequeño. Los perros me ladraban y los gatos salían corriendo cuando me veían, pero a mí no me importaba. Nadie caía en mí, porque era una niña sola y pequeña con ropa sucia. Pero entonces te vi a ti, sí, a ti, muy atento porque ahora empieza tu historia.
Qué tonto. Ahí estabas, quieto entre los peluches gigantes de pingüinos y perros con cara de idiota, con tu carita marrón y tus ojos negros de plástico. Te brillaban los ojos. Un osito al que le brillaban los ojos. De repente, agitaste el bracito para decirme hola. Entré y el dependiente ni me miró, tan pequeña era. Me acerqué al escaparate y te dije hola, y me dijiste "Me llamo Curro" y me diste un abrazo. Un niño que pasaba por la calle se nos quedó mirando y lo tiré al suelo. Me tuve que ir sin ti, éramos pobres.
Entonces llegaron los dos hombres con traje al orfanato, varios días después. Me preguntaba qué habría sido de ti, si no te habrían comprado ya, si seguirías vivo. Me pregunté, en fin, muchas cosas. Los hombres me quisieron, pero yo no sabía que venían juntos, que me querían llevar, que se querían mucho, que eran dos papás y ellos me querían. A ellos no los engañé, les dije que me llamaba Úrsula y que era una bruja. A ellos les hizo gracia, se rieron conmigo, pero se fueron. No entendía nada, volvía a quedarme sola.
Por eso provoqué el incendio en el orfanato. Fue fácil. Sólo tuve que mirar la sábana con muchas ganas, imaginar que ahí estaba el fuego, y lo estaba. Lo que pensaba, ocurría tal y como me había propuesto. Nos echaron a todos en mitad de la noche, descalzos y en pijama. Entonces vi a los papás. Venían preocupados porque habíamos salido en la tele y estaban buscándome. Gritaban mi nombre, pero yo era muy pequeña entre todos los niños, así que me puse a volar un poquito, lo justo para que me vieran. Papá me cogió en brazos y esa misma noche me trajeron con ellos.
Al día siguiente fuimos de compras y les hablé de ti. Ya no estabas en el escaparate, y me eché a llorar. Qué tonto, te habías escondido debajo de una estantería para que nadie te comprara. Menos mal que tosiste y saltaron pelusas por todas partes. Te compramos, no eras muy caro, siento decírtelo. A los papás les encantaste, me dijeron que les gustaba tu nombre. Curro, Currito, mi primer juguete propio. Para nadie más, sólo mío. El osito de Úrsula, así te llamaban.
Nos hicieron compartir habitación a ti y a mí, y entonces todo empezó a torcerse. No aguantaba el silencio. Les oía gritar y hacer ruido en su habitación, papá y papá, Jaime y Carlos, toda la noche haciendo ruido. Por eso te dejé salir por la ventana, Curro, y por eso me has pillado de pie en medio de la habitación. Por eso quiero que me repitas todo, todo lo que has visto ahí, antes de que vengan ellos y nos pillen despiertos y nos echen de casa. Curro, habla, o tendré que arrancarte un bracito, o tendré que quemar también esta casa. Cuéntamelo todo, Curro.
Quiero saber qué hacen los hombres cuando los niños duermen.
Ésta es una iniciativa de El Cuentacuentos que consiste en escribir un cuento semanal a partir de una frase dada. Frase de El Señor de las Historias: "Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma."
-Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma.
El médico le sonrió como muestra de confianza, aunque sus ojos decían otra cosa.
-Elena, me han pedido que venga yo porque nos conocemos.
-Pero no pasa nada, ¿verdad?
-Sí y no.
-¿Qué pasa? ¿Es que ahora eres gallego?
-No, verás. Tenemos los resultados de la citología biopsia. Las células son malignas.
Los ojos de Elena se empañaron de forma súbita. Abrió el bolso y bajó la mirada para evitar los ojos del médico.
-No obstante, no tenemos por qué preocuparnos. El tumor se encuentra muy localizado, de momento no hay riesgo de metástasis.
-No se ha extendido.
-No, no se ha extendido. Podemos operar cuanto antes, Elena. Debemos hacerlo cuanto antes para que la cirugía sea lo menos invasiva posible.
Ella afirmó con la cabeza y se quedó mirando a la pantalla fluorescente de las radiografías como si en esa luz, en ese fino cristal estuviera la respuesta a su vida. Óscar, el médico, se sentía incómodo. Se limitó a juguetear con el bolígrafo de propaganda entre sus manos. Los pacientes siempre necesitaban tiempo cuando les daban una noticia de ese tipo, unos más que otros. En una ocasión, durante su residencia, había pasado quince minutos de reloj frente a un paciente de cincuenta años con cáncer de próstata, uno frente al otro en profundo silencio, el silencio más espeso, el silencio más patente, a pesar de que Óscar deseó con todas sus fuerzas que sonara el teléfono sobre la mesa o irrumpiera una enfermera con carpetas de casos llenas de vidas a punto de cambiar. Miró los formularios sobre la mesa y los folios con el logo del hospital, y de pronto el papel se le antojó cruel y horrible, porque el papel contenía viros en la vida de muchas personas.
-¿Cuándo? -preguntó al fin ella.
-Siendo tú, trataré que sea a más tardar de aquí a dos meses. Tu caso está clarísimo y no debería dar más complicaciones. Sólo hay que intervenir en el bulto localizado, tal vez algunas sesiones de radioterapia.
-¿Y quimio?
-En principio, no.
-Soy muy joven. Sólo tengo cuarenta y dos años, Óscar.
-Por eso no hay que preocuparse. Lo hemos cogido a tiempo, será rápido y volverás pronto a casa.
-¿Perderé el pecho? -preguntó Elena, y se llevó el dorso de la mano al pecho de forma inconsciente.
-No. La cirugía no es demasiado invasiva, y el equipo de cirujanos del hospital son expertos en reconstrucción, en caso de que fuera necesario.
-Óscar, no me quiero morir -dijo, y se echó a llorar.
Se había derrumbado. Había tardado más de lo que Óscar había considerado en principio, pero ahí estaba. No podía con eso. Era normal, porque era su vida. Óscar lo intentaba, pero no lograba nunca ponerse en el lugar de quien se sentaba al otro lado de la mesa. Por supuesto, él también había sido el paciente en algunas ocasiones, pero no el cáncer. Él, que se había especializado en el cáncer, que había hecho de la enfermedad su vida, no podía llegar a entender el miedo que inundaba a los enfermos, por mínimo que fuera el impacto del cáncer en sus cuerpos. Se ponían de lado de los enfermos, hacían una piña y miraban con suspicacia al médico, creían que existía un complot para no acabar en pleno siglo XXI, con la principal causa de muerte, ya que los enfermos mantenían el sistema económico de los países por su constante dependencia de farmacéuticas y hospitales. Creían que sus vidas dependían por completo de la voluntad del médico. También que un buen médico (en el sentido de generoso, desinteresado, humano, no profesional) puede salvarles y un mal médico, condenar al enfermo. Todo tan complejo.
Óscar aprovechó el momento en que Elena desvió la vista al reloj para concluir la consulta.
-Bueno, creo que eso es todo. Te dejo el informe con los resultados. Al salir le dices a Sonia que te haga una copia y te dé cita.
-Muchas gracias, Óscar.
-Elena -dijo -, no te tienes que preocupar por nada.
Ella cogió el sobre con manos temblorosas e hizo un amago de sonrisa. El joven médico se levantó y le apretó la mano de manera contundente, con la intención de inspirarle confianza.
En cuanto salió, Óscar se mesó el cabello y suspiró. Cogió un bolígrafo y, sin pensarlo, sin mirar en el cuaderno, dibujó un bisturí.
Nada más salir, Elena se dejó caer en la silla más próxima. No miró alrededor, sencillamente empezó a llorar y una vez abrió el grifo, le fue imposible detener el torrente. Pronto Sonia, la enfermera, se sentó junto a ella y le pasó el brazo por encima del hombro. Con la otra mano le quitó el sobre y lo abrió, echó un rápido vistazo a todo y dijo:
-Pero hija, ¿es que no ves que esto no es nada? Si esto entras y al día siguiente estás fuera, que es como un quistecillo, no te pongas así, que esto no es nada. Lo hemos cogido a tiempo.
Sonia sonrió, y Elena le devolvió el gesto. Tenían razón, no era tanto. Cortar un poco de su carne, salvarle la vida a cambio de un trozo de su carne, pagarle la vida a la Parca a cambio de un bocado de su carne. Se dijo que era una tonta por ponerse así, que no había nadie en el mundo con más ganas de vivir.
Aprender a escribir lo hace uno, fundamentalmente, leyendo mucho.
No obstante, escribir bien es un ejercicio de práctica. Cuando empecé a escribir, cuando no existía Internet, cuando sólo éramos el folio en blanco o el cuaderno y yo, cuando aún no había desarrollado mis manías (porque, como en todos los oficios, en esto hay manías), bastaba con escribir sin pensar: armar un cuento a partir de la nada. Planteamiento, nudo, desenlace. Nada de teoría. Instinto literario.
Así, comencé a desarrollar ciertas pautas: escribía de noche y en la cama, con mucha luz, con poca luz, daba igual. A veces, antes de dormir, apuntaba ideas a oscuras en un cuaderno, muchas de las cuales al día siguiente era imposible distinguir. Ideas que poblaban mi primer cementerio de ideas desechadas. En cuanto a textos más extensos, los escribía en nuestro primer ordenador, uno de mesa que aún está en casa, duro como ya no se hacen, y escribí muchas y muchas páginas. Descubrí Internet y empecé a frecuentar foros literarios. Recuerdo, por ejemplo, uno vinculado al diario Ideal de nombre Atramentum.
Cuando llegué a Granada con 18 años y un mundo enorme ante mí, decidí aprovechar cuantas posibilidades me brindaba la ciudad. El wifi gratis del vecino me descubrió un mundo de noches en vela frente al ordenador, ese invento de los blogs... Me creé un blog a medida que descubría la música, el cine, la literatura, y a medida que redescubría el mundo, llegué a una página, EL CUENTACUENTOS (en el difunto servicio de Windows Live Spaces).
Se trataba de una iniciativa movida por varios amantes de la literatura que se habían conocido a través de sus blogs e intereses comunes. Entre todos, decidieron escribir cuentos. Ésa era la idea de base: escribir cuentos. Qué bonito, joder; un puñado de desconocidos que se reúnen todos los lunes a contar cuentos.
Al fin era posible. Gracias a Internet era posible.
La comunidad de escritores comenzó a crecer de manera exponencial. Hubo una época en que se publicaban cerca de cien cuentos a la semana, lo cual suponía una barbaridad de talento y tiempo invertidos en el tiempo por el arte mismo. De hecho, empezaron a sumarse participantes no ya de toda España, sino de Latinoamérica, y no sólo aficionados, sino escritores publicados, gente que no sabía escribir muy bien y gente que escribía de aúpa, gente que mejoró muchísimo, gente que gracias al Cuentacuentos lograba cosas. Mi caso es bastante sencillo. Me apunté a la moda cuentacuentil y todos los lunes publicaba mi cuento sin falta. Era un ejercicio agotador, porque daba la sensación de que te exprimiera el cerebro de talento e ideas. No obstante, a la par iba haciendo callo para los años que vendrían más adelante. Así escribí mi segunda novela o novelita, semana tras semana, capítulo a capítulo, con el aliciente de enlazar las partes con la nueva frase de la semana: un trabajo de locos, para ser ciertos. Así nació, digo, una obra que no ha hecho más que reportarme grandísimas alegrías y amistades inexcusables: Si llueve...
Como en todos los mejores cuentos, en El Cuentacuentos también hay misterio. Detrás de la página, de la idea, del insuflo de vida, se oculta un ser desconocido llamado el Señor de las Historias. Nadie lo ha visto nunca, sólo sabemos que desde la sombra se alimenta de historias y alienta a los cuentacuentos a escribir. Todo esto creció mucho al punto de que tuvimos que volar de MSN a la web propia, con su estupendo foro donde se debatían temas eminentemente culturales. Así nació la web definitiva, EL CUENTACUENTOS, y el FORO.
Para participar, basta con registrarse en el foro y mirar las instrucciones, enlazar tu blog al perfil y comenzar a publicar. Todos los martes nos dan una frase, y a partir de esa frase se escribe un cuento, esto es, con esa frase al principio, que se publica el lunes cada uno en su respectivo blog. Una frase, mil historias. Es fácil. Además, los participantes también pueden sugerir frases para las semanas sucesivas.
La página lleva un año muerta, estancada, quieta, a pesar de los esfuerzos loables de algunos nostálgicos cuentacuentos por avivar la llama del foro. El Señor de las Historias nos ha llamado como Voldemort llamaba a sus mortífagos, y creo que muchos estaremos listos y dispuestos a volver el lunes con nuevas historias.
EL CUENTACUENTOS vuelve al ruedo. Os lo recomiendo de veras: hay talento y gente maravillosa, amigos que no dejarán de estar ahí a pesar de la distancia, a pesar del tiempo, porque la literatura nos hace inseparables.
Veía llover a través de la ventana. Pensé en Alicia al otro lado del espejo; qué habría sentido la niña, si acaso habría entendido algo de esa lógica contraria a ella. Pensé en las matemáticas, en lo inasible de la ciencia y de la lluvia. En los suspensos de Carla y en el tiempo que hacía que no veía sus bucles pelirrojos.
Entonces, viajé al pasado.
No pregunten cómo logré controlar estos viajes. Sólo sé que, tras tanto salto del presente a 1970, llegó un momento en el que pude atrapar al bucle temporal casi con mis manos de viejo perdido y conducirlo a voluntad. Desde luego, lo esperaba lo que sucedió ese día ni el peligro en que estaba a punto de poner a toda la familia, por no decir al planeta Tierra. Un hombre tan pequeño, tan poca cosa como yo; el Antonio Alcántara de los hombres buenos…
Al principio no supe que había logrado viajar al pasado porque seguía sentado mirando la ventana y la lluvia no había cambiado. Parece estúpido, pero es cierto: viajar en el tiempo, despertar en medio de un paisaje cualquiera, pongamos que en unos acantilados, no nos daría pista alguna de estar en el futuro o el pasado.
La primera pista fueron los gritos de Carla al otro lado del pasillo: “¡Papá, ya han venido! ¡Papá, ya están aquí!”, gritaba aterrorizada; ya saben, con ese tono de voz que hiela la sangre a los padres. Me levanté rápido de la silla, aún agotado por el viaje, y avancé por un pasillo recorrido mil veces. El frío mármol del rodapié, la baldosa suelta a la derecha, la decena exacta de retratos familiares como consideración a todos los miembros de la familia esparcidos por la Guerra, y el marco sin puerta al final del pasillo. En la habitación, yaciendo inmóvil como un animalillo muerto, Carla hecha un ovillo con los ojos cerrados.
—Carla, abre los ojos. Carla, despierta —gemí con desesperación. El rostro permaneció estático. —Carla, no me hagas esto, Carla… Vengo de muy lejos sólo para verte, cariño. Abre los ojos, amor, abre los ojos.
La niña abrió los ojos, enormes y brillosos, e hizo un puchero.
—Papá, ¿por qué lloras? No llores, sólo estaba jugando.
—Claro, qué padre más tonto tienes.
Me sequé el rostro con el dorso de la mano y la abracé, respiré su pelo caliente, como si de veras las llamas hubieran cobrado vida, y pensé que debía quedarme ahí para siempre.
—Papá, ¿es verdad que te irás pronto?
—No.
—El otro día, cuando vinieron los Buscadores, mientras me escondía en el armario de la panera, los escuché. Piensan que soy tonta porque soy pequeña.
—¿Qué decían?
—Que estabas escondido para que no te mataran, y que si seguías aquí te irías pronto porque les tenías miedo. ¡Qué rabia, papá! Estuve a punto de salir del armario y…
—No. No te vieron, ¿estás segura?
—Estoy segura.
—Los Buscadores son peligrosos. ¿Te acuerdas de lo que les hicieron a las otras niñas?
—Las violaron.
Juro que al oír esas dos palabras en la voz de mi hija perdí el control de todo. Un llanto espeso y ardiente volvió a inundarme la garganta. Me mareé y apreté con fuerza a Carla contra mí, pero cuando me quise dar cuenta había vuelto a saltar en el Tiempo.
Desperté años más tarde, poco después de que acabara la Guerra. Lo supe por las ruinas de la habitación donde Carla jugaba a hacerse la muerta atacada por criaturas venidas de Fuera. Esta vez me bastó mirar por la ventana para saber en qué año me encontraba, como atestiguaba el árbol podado del jardín. Lo había talado yo mismo en 1976 para que mi madre, ya inválida, pudiera observar la calle sin ramas que le estropearan las vistas. Esperaba encontrar a la adolescente con melena por la cintura en que habría de convertirse Carla, pero no estaba. Al menos en esa realidad. La gente tiene una concepción errónea del tiempo y el espacio. Lo cierto es que es difícil de explicar cómo funciona todo, cómo el concepto de infinito desorienta a las personas y prefieren con su universo lineal, con sus cómodos planteamiento, nudo y desenlace. Veamos.
Pensemos que estamos en una habitación pequeña, cúbica, y eso es lo que el ser humano entiende por Universo. La habitación tiene gravedad, esto es, sus moradores pueden pasear por cualquiera de las seis paredes indistintamente. Además, no ven nada de lo que hay “fuera” porque las paredes son opacas. Ahí nacerán y morirán, y jamás sabrán qué es arriba o es abajo o es un lateral, porque la verdad es que en el infinito no existen el arriba o el abajo, la izquierda o la derecha: sólo puntos de referencia como estrellas, sólo mapas elaborados por el ser humano. Y aquí entra el Tiempo: basamos nuestra comprensión del Espacio en señales caducas en el tiempo como son las estrellas; esos puntos de referencia son en gran parte estrellas muertas, apagadas, consumidas hace tiempo. No obstante, están tan lejos que su imagen nos llega ahora, miles de millones de años después, mucho antes de que el hombre habitara la Tierra. No existe, pues, en el Tiempo, ningún punto de referencia para el ser humano salvo su brevísima historia: unos miles de años. Pero aún más, ¿existe una direccionalidad fija en el Tiempo? ¿Es así? ¿Un antes y un después? Podría ser, claro está, o puede que estemos siendo de nuevo cómodos: causa-consecuencia. Parece el orden natural, y así dictamos antes y después. Pero el Tiempo es infinito y, por ende, tampoco hay punto de referencia ni lógica: es perfectamente plausible que un gallo se convierta en polluelo y entre en su huevo, y éste entre en la gallina. Puede que el fin de la existencia sea alcanzar el Big Bang, o que la existencia se reinvente una y otra vez: llegado un punto en que el Universo se va de manos, todo se colapsa, se solapa, se autoinmola y estalla una y otra vez, y el hombre no tendrá nada que decir en esto. Pero va más allá. Veamos.
Cuando viajo en el Tiempo, a veces aparezco en lugares imposibles, es decir, lugares que no he vivido. Aparezco en casa de 1976, vale, pero en esa casa no han existido mamá ni Carla, puede que ni siquiera yo. Porque he rebotado en el Tiempo de forma oblicua. Cuando me muevo en el tiempo soy como una canica en un plato: choco con un borde y generalmente, al rebotar hago el recorrido contrario, esto es, vuelvo a la situación anterior. Otras, sin embargo, al chocar la canica con el borde curvo del plato cambia de trayectoria, da con otro borde del plato y, pasado un Tiempo, tras chocar una y otra vez, puede que me lleve de vuelta al punto inicial. ¡Hay veces incluso en las que la canica choca con mucha fuerza y rebasa el plato! Eso sería un viaje que va más allá del Tiempo y el Espacio; si me permiten, un viaje astral, un viaje que puede matar al hombre encerrado en su cubículo llamado Universo. Así, cuando aparecí en 1976, estaba en un 1976 alternativo, extraño para mí, donde los acontecimientos históricos podían variar de manera leve o muy significativa, estaba por descubrirlo.
No me dieron mucho tiempo. Estaba investigando la planta de arriba cuando oí pasos tras de mí. Eran los Buscadores, pero no me dio tiempo a esconderme. Me estaba arrodillando tras unas cajas cuando me prendieron y olí el frío de sus ropas blancas y la fuerza de sus brazos, y di gracias a Dios porque Carla no estaba ahí. No se la podrían llevar.
Los días se hicieron más largos por un tiempo.
Días en los que despertaba y todo era blanco, o despertaba y no oía la lluvia, sólo ruidos y voces ininteligibles, como si esos monstruos al fin hubieran dado con la clave para acabar de volverme loco. Un día recibí una visita. Se trataba de una mujer mayor, con el pelo canoso y recogido en un moño. Miraba con dulzura, pero he aprendido con el tiempo a no fiarme en aquellos que miran con dulzura. Así me miró Carla cuando la descubrí desnuda con aquel tipo, recuerdo que pensé. Como diciendo: mira, papá, esto es todo, un tipo normal, carne contra carne, mi sangre y la suya, nuestros fluidos hacen girar el mundo, somos un océano orgánico que genera vida. Por favor, no me mates.
—Por favor, no me mates.
Carla tenía diecisiete años, llevaba poco más de dos conmigo y ya suspendía matemáticas y se acostaba con hombres. Pero no con hombres que se creen hombres y son mocosos, no con tipos escuálidos y barbilampiños, no con melenudos con camisetas negras, sino con hombres de traje y mi edad. Hombres con los que yo podría compartir mesa en el Casino.
Era hermosa. Tenía el pecho pequeño y redondo como melocotones maduros, las aureolas rosas y la piel clara como el algodón que aún no se ha ensuciado. Y su cabello. Una melena que cubría las sábanas y el cuerpo horrendo del hombre que yacía sobre ella con las nalgas apretadas y un hilo de sudor por la espalda.
Entonces, vomité. Me descubrí apoyado contra el pomo de la puerta, vomitando aparatosamente, empapando mis pies descalzos, y vi el cuchillo que empuñaba y tuve miedo de ser yo quien matara a Carla en lugar de los demás.
-No… no te haré nada –le dije. –Sólo necesito respirar un rato.