A los hombres grises a veces sólo nos salva soñar con otros mundos: un futuro mejor, el fin de semana a la vuelta de la esquina, las vacaciones anuales, una visita ansiada… a veces sólo nos logra salvar la nostalgia.
Llevo años (muchos, de hecho) en los que en sueños regreso a Salobreña, a aquel apartamento (4ºL) de aquella urbanización (Salobreña Beach III) donde viví casi todos los veranos de mi infancia de junio a septiembre. No vuelvo desde agosto de 2014
Y el último año, tal vez porque en la oficina están capados los accesos a todo salvo a recursos online como Google Maps, de vez en cuando recorro las calles de mi pueblo, de Londres, de Reikiavik, pero hay un hecho que sólo se produce cuando busco Salobreña y en modo Street View recorro de cabo a rabo el paseo marítimo, las urbanizaciones ancladas a la memoria de mi infancia, veo los chiringuitos, las heladerías, los kioscos de pollos asados… llego a Salobreña Beach III y la rodeo, no puedo entrar, descubro que han tapiado todas las entradas (aquel 2014 tuve que saltar un murete para entrar y hacer el recorrido habitual hasta el portal de mis amigas, llamar al portero y formular esa pregunta que siempre hacía nada más llegar: “¿Están Alicia y Lucía?”)
La cuestión es que en mi ceniza, triste oficina de Lisboa, en momentos de desesperación emocional, cuando parece que nada tiene sentido ni mi vida salida, entro en Google Maps> Salobreña (Street View) y con recorrer sus calles a través de la pantalla huelo el mar, huelo la humedad en ocasiones abrumadora, siento con nitidez el olor de esa vegetación de urbanización, el aroma a carbón y sardinas asadas de los chiringuitos, hasta el hediondo dulzor de los contenedores de basura calentados por el sol estival.
Lo huelo todo, y podría llorar, juro, y Google Maps me salva.

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