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21 de enero de 2025

Un año después

 Un año después, despierto a regañadientes, con la intención de otro día de trabajo al que sobrevivir, apresurado. Parece que todos los días de un tiempo a esta parte son apresurados.

Y entonces pasa.

A media mañana, sin comerlo ni beberlo, al reiniciar el portátil, muere. Primero niebla, cuadros raros en la pantalla; después, negro total. Felices aniversarios, sí.

Por suerte tienes reciente el último viaje a Londres, donde has sido tan, tan feliz, donde has comprado tantos, tantos libros. Esta forma de hoarding y vicio capitalista son de las pocas cosas capaces de anestesiar el mal de los días.

Lo del portátil lo cambia todo: ahora debes comprar uno de reemplazo, a poder ser lo antes posible. Y esto te lleva a la siguiente decisión que repercutirá en tu vida, ni más ni menos que, tras un año y medio de sesiones semanales, dejar la terapia. Es la única forma que se te ocurre de poder afrontar el alto cargo económico de vivir. Salud mental, quién la necesita, sonríes, y das gracias a que aún te queda suficiente Escitalopram recetado para sobrevivir unos meses más.

¿Te acuerdas de aquel 21 de enero de 2007? De la llamada de ML, de tu primera novelita acabada con vistas a publicarse, del vuelco total y la consecución de algo. Eras joven, creías que aún era posible, estabas a punto de recibir tu primer portátil (los ciclos que se cierran con una ironía cruel), en fin, precalentcamiento para la carrera de la literatura.

Hace tiempo que me he resignado a vivir así, que sólo aspiro a estar medianamente tranquilo.

Pero siempre la literatura, porque esto es una carrera de fondo. Arranco el año leyendo libros de bibliotecas públicas, centrado en la novela de terror que ocupa mis días, y tengo otros proyectos literarios en mente que no quiero posponer demasiado. 2025 ya marca diez años sin publicar libro propio, que se dice pronto. Por eso estoy retomando el oficio, ordenando la escritura, aspirando a algo que fui hace 18 años.

...entonces me compraría una casa propia para seguir escribiendo y dictando mi vida a mi antojo...


18 de febrero de 2024

La casa de mis abuelos

Cumpleaños familiar en la cocina de mis abuelos

 Hoy he soñado con la casa de mis abuelos, que no piso hará al menos 14 años, calculo. También he soñado con mi tía Carmen, que murió en 2010. Es significativo que haya soñado con ella porque era su casa, pagada por ella para dejar atrás la casa antigua familiar donde habían vivido siempre mis abuelos, donde se crió mi madre, una de esas casas de pueblo donde olía a cal y a antiguo.

He soñado con la casa de mis abuelos, la nueva, la que reformó mi tía, y he soñado con ella de nuevo. A veces sueño con mi tía Carmen, a veces sueño y no está muerta y yo no siento ninguna pena por la pérdida. Cuando murió, recuerdo cargar su ataúd al entrar en la iglesia, ataúd que cargamos todos sus sobrinos, porque ella no tuvo hijos, pero fue madre. Recuerdo también romperme a llorar camino del cementerio, porque yo había hecho ese camino a pie con ella en innumerables paseos vespertinos donde la acompañaba a ella y a sus amigas. También recuerdo entrar en su casa, en la casa de mis abuelos siempre con su olor característico al poco de su muerte y fijarme en un servilletero y pensar que ella era la última persona que había repuesto las servilletas y fijarme en el calendario en la pared y pensar que ella había sido la última en ponerlo al día y ahora todo se había detenido. También recuerdo quedarme mirando las macetas en el patio, las macetas de mi abuela que con tanto esmero cuidaba, sus esparragueras verdes y frondosas, el olor de ese pequeño patio con su pila y azulejos y un techo por el que entraba la luz. Siempre me acuerdo de las macetas de mi abuela con un pellizco en el pecho y me pregunto si aún vivirá alguna de las mismas que ella plantó y regó y cuidó con tanto esmero y tan primorosamente.

Pero las herencias y las escisiones familiares.

Por eso no he vuelto a pisar esa casa en todos estos años, la cochera donde mis abuelos pasaban los veranos a la fresca con la puerta entreabierta, la chimenea en torno a la cual celebramos grandes momentos en familia, la terraza desde la que contemplábamos, privilegiados, los actos de Moros y Cristianos, los fuegos artificiales, desde donde alguna vez nos comimos las uvas, el pequeño cuarto arriba del todo donde mi tía Carmen planchaba o el dormitorio donde guardaba retazos de su vida, varias muñecas, algunos libros, su bandurria, objetos todos que me fascinaban y siempre me pregunto si seguirán ahí, de algún modo preservando quien ella fue.

Hoy he soñado con la casa de mis abuelos, y en las paredes había, en lugar del gotelé blanco, esos pequeños azulejos de cuadritos homogéneos en un tono aguamarina. Luego, un salón completamente nuevo donde antes no había nada, un pasillo si acaso. En el sueño pensaba que el salón estaba hecho con buen gusto, pero a la vez sentía una especie de traición. Esa no era la casa de mis abuelos. Ahí es donde mi tía Carmen justificaba que hubieran hecho con la casa lo que quisieran, que por algo era ahora suya, que había quedado bien. Yo me fijaba entonces en varias macetas de ese salón nuevo y pensaba si serían las mismas que cuidaba mi abuela, las mismas que me han obsesionado todos estos años.

Pero en el fondo sabía que no era así. Y mi tía Carmen, pese a todo, aún vivía.

La casa de mis abuelos en Google Street

6 de noviembre de 2023

Por qué dejé de beber



Partamos de una aclaración, porque el título da a entender que soy un alcohólico rehabilitado y no. Jamás he bebido de forma habitual, ni siquiera en contextos aceptados como con la comida o de fiesta. Sin embargo, durante unos años sí que fui un bebedor social que tuve momentos de borrachera épica, ocasiones que puedo contar con los dedos de la mano y adelante listaré. Lo cierto es que llevo ya en torno a 6 o 7 años sin beber (hay trampa).
Llegado un día, no recuerdo que fuera especial o viviera una epifanía, decidí dejar de beber por completo. Abandonar para siempre la cerveza o el vino, más aún las copas, y refugiarme en mis refrescos azucarados. Fue, dadas las circunstancias, fácil. No ha habido un solo día desde entonces en que haya añorado beber alcohol. Tampoco se me ha cuestionado o presionado en mi entorno social y familiar (más allá de una cena de Nochebuena o Nochevieja donde se siguen preguntando por qué no acepto una mísera copa de vino).
Creo que no he sido precoz en nada en la vida salvo la lectura. Fui el primero de la clase en terminar la cartilla Micho en párvulos para aprender a leer, y desde niño me he rodeado de libros y cuadernos, lugar seguro al que vuelvo a diario. La vida en un pueblo es una vida tranquila, y al menos en los noventa los menores gozaban de una libertad cada vez más escasa. Fui muy crío hasta muy tarde, mi interés por la lectura me abrió las puertas a otros intereses culturales, a la escritura. Poco a poco, mi tiempo libre fue llevándome por los derroteros de la creación. Recuerdo largas tardes leyendo, leyendo, leyendo, imaginando historias, visitando la biblioteca, fines de semana en casa. A esa edad temprana a la que algunos compañeros comenzaban a explorar la adolescencia (hablo de once, doce años: en los pueblos todo sucede más rápido) los fines de semana, para mí seguían siendo momento de juego. Salía a cenar con mis hermanos, a lo mejor quedábamos con amigos a no hacer nada, o, más tarde, cuando La 2 se convirtió en otro refugio, los sábados me bebía aquellos ciclos de cine independiente y/o europeo o, más adelante, las primeras temporadas de A dos metros bajo tierra (que acaba de llegar a Netflix, dicho sea de paso).
Mis compañeros y compañeras salían, iban a pubs, hacían botellones. Recuerdo que nunca me gustó el sabor del alcohol. Por aquel entonces, cuando salía, recuerdo tomar esos mejunjes dulces, azucarados que mi paladar toleraba: mangaroca con batido de chocolate, lima con vodka, blue tropic, piña con malibú... Pero me tomaba una de esas y ya. Hasta ahí mi experiencia con el alcohol.
Ya de lleno en la adolescencia, cuando llegó el instituto y tomamos caminos divergentes mis hermanos y yo, recuerdo abrazar la soledad, refugiarme en mis obsesiones (fantasmas que aún me acompañan), poner distancia entre mi vida y el acto social. Como en mi casa jamás se normalizó el consumo de alcohol más que en ocasiones celebratorias (o la cerveza/vino con la comida, como en cualquier hogar), tampoco me vi arrojado a estos néctares durante la adolescencia. Para mí, beber seguía siendo algo extremadamente adulto, y yo era un crío. Incluso en verano, en Salobreña, no nos acompañábamos por amigas que bebieran y tratábamos (ahora lo sé) de ser peterpanes que perpetuaran los restos de la infancia. Con todo, ya abrimos la puerta a Sandevid y otros inventos del estilo.
Fueron la vida independiente, los 18, la universidad, el punto de inflexión. Los primeros amigos eran como yo: bebían poco si bebían, cuando salíamos a tapear por Granada era lo normal un tinto de verano o una Coca-cola. Creo que fue por esa altura cuando más Coca-cola consumía: a litros, y no me afectaba al sueño, al estado de ánimo o a la salud. Ahí ya sí empecé a hacer botellón y a beber en contexto de fiesta: Cacique principalmente, si mal no recuerdo, pero también cerveza, tinto de verano, cosas baratas.
Hago aquí un inciso sobre las borracheras de las que hablé antes, contadas y repartidas en el tiempo.
  1. Mi primera borrachera memorable fue un poco tonta. Se acercaba fin de 1º de carrera, quedamos un grupo de la facultad a beber, pero nada más allá de lo normal. Nos despedimos para vernos ese mismo día más tarde. Recuerdo llegar a casa bien, bien perjudicado, digo, porque caí directo en la cama y fue cuando todo empezó a darme vueltas. Incapaz de mantener la cabeza anclada me arrastré al cuarto de baño a vomitar. Me senté primero en el váter, no sabía bien si necesitaba vaciarme por arriba o por abajo, y fue mala idea, porque me dejé resbalar al suelo y ahí, abrazado a la taza y con los calzoncillos por los tobillos me encontró mi hermano al volver a casa, en un estado lamentable, y me cogió en brazos y me acostó. Dormí hasta pasarla, no recuerdo quedar esa noche con mis amigos. En los años sucesivos, mi principal ingesta alcohólica se daba en un pub irlandés, el Hannigan's, donde todos los lunes íbamos a competir y a beber Guinness en mi caso, y cuyo premio eran cócteles gratis (la noche que ganamos sí recuerdo acabar bastante borracho, pero sin perder los papeles).
  2. Mi segunda y épica borrachera fue de Erasmus, en 3º de carrera, donde ya había normalizado perfectamente beber en cada fiesta. Esa noche comenzamos la celebración en nuestra casa de Swansea. Recuerdo que solíamos comprar vodka marca blanca de Tesco, porque no daba resaca. Después de juntarnos a beber en casa, esa noche, de forma excepcional, decidimos ir a una discoteca que había en el campus. Habíamos mezclado el resto del vodka en la botella con el resto de refresco de limón. Ya en la fila para entrar tuvimos que hacer el sacrificio de beberla del tirón, nos recuerdo en concreto a mi amiga María y a mí hasta vaciarla. Nada más entrar, alguien pidió chupitos de tequila. No sé si tomé uno o dos, y empecé a sentirme mal hasta el punto de que mis amigos me tumbaron en un banco de la discoteca. Ya tumbado, de nuevo la sensación de que el mundo giraba y yo no podía echar el ancla. En una de estas, supe que iba a vomitar y vomité. Justo en ese momento, mientras vomitaba (no mucho, un poco) tumbado pasó ante mí una camarera y nuestras miradas se cruzaron. Aunque me sentí mejor enseguida, en unos minutos vino uno de los seguratas de la discoteca a sacarme sin posibilidad de recoger mis cosas o despedirme de mis amigos. Pero esa es otra historia.
  3. Pasaron bastantes años en que, tras mi shock con el tequila, decidí ser más prudente con la bebida. Al poco de mudarme a Madrid hice un par de viajes a Lisboa. En ambos, con amigos queridos, bebí más de lo que mi organismo toleraba. En la primera noche no pasó de ahí; dormí la mona ricamente. La segunda vez, también obnubilado por cuanto bebí y fumé en Bairro Alto, acabé abrazado a un desconocido hasta que nos separamos (mi amigo Javi, mientras tanto, no paraba de señalarme y descojonarse. Entonces me dio el backout, me dejé caer en el suelo (calculo que frente a la Igreja dos Italianos o en el Largo de Camões, aunque bien pudo ser en São Roque o São Pedro de Alcântara) y sólo quería dormir. Me tuvieron que levantar y llevar en brazos al hostel. Más allá del bochornoso espectáculo, fue una de mis peores resacas (estaba quemado por el sol de la playa portuguesa, estreñido y medio moribundo por la noche anterior).
  4. En 2014, aún en Madrid, cuando quedaba con amigos o mi ex bebíamos cerveza, porque era lo más barato. Bebíamos en casa, a veces en bares de Malasaña. Fumábamos. Entonces, una reunión escolar: mi clase del pueblo se reunía, ya con 25 años, en una cena. Tras la cena llegaron las copas en el mío (un gin tonic mío y otro de una amiga que se tenía que ir), y tras el restaurante acabamos en un pub, y luego en otro, y cada vez que tenía la mano libre mi hermano me colocaba otro gin tonic que yo bebía displicentemente. Nos dio el nuevo día, y al volver a casa, bastante perjudicado, pero estable, me dirigí directo a la cama. Vomité en la cama toda la cena de la noche anterior y todo el alcohol ingerido. Me recuerdo malísimo, sin duda mi peor resaca.
  5. Casi un año más tarde, ya instalado en Lisboa, mis primeros meses en la ciudad a veces me gustaba callejear y visitar el Bairro Alto de noche, porque para mí era sinónimo de peligrofiesta y libertad. En la visita de un amigo acabamos ahí, en uno de los bares de Bairro Alto, aunque llegamos tarde y todo cerraba, así que compramos uno de esos litros lleno de un cóctel cualquiera con vodka o veneno para el camino mientras bajábamos a Pink Street con unas españolas que conocimos en la calle. Ya en Cais seguimos bebiendo cerveza en distintos bares, tratando de entrar en un local con aire algo clandestino sin éxito y, por último, entrando en una discoteca (ahora que lo pienso esa es la única vez que he estado en una discoteca en Lisboa). En la discoteca sólo recuerdo flashes: bajar al baño atravesando una sala con billares, tratar de brindar con todo el mundo botellín en mano y buscar a mi amigo entre la muchedumbre. Más tarde, un taxi, el impulso inaguantable de vomitar en el taxi y que nos echaran. Ya en la calle, caer al suelo redondo. Desperté completamente desorientado y sin recuerdo de media noche, algo que nunca me había pasado y jamás me ha vuelto a pasar.
No dejé de beber entonces, ni mucho menos. Durante los siguientes tres, cuatro años consumía alcohol en eventos sociales, alguna vez después de trabajar cuando teníamos visita del cliente porque invitaban (lo normalizado que está el consumo de alcohol en ambientes laborales), en cenas y fiestas en casa. Entonces, y creo recordar que fue bastante súbito, decidí no beber más.
Me puse firme conmigo mismo y me di cuenta de que no disfrutaba el sabor del vino y la cerveza, que era más un rito de paso que algo que hiciera convencido. Por honestidad, porque ya venía dándome cuenta de que no me gustaba cómo me hacía sentir el alcohol, corté el grifo. De pronto no pedía una sidra al salir, no regaba los encuentros con cerveza, no brindaba con los amigos a quienes ofrecía una copa cuando venían a casa, porque en mi casa hay mueble bar. Las botellas de vino traídas por visitas a cenas y estancias permanecían año tras año aguardando a alguien que diera buena cuenta de ellas.
Miento si digo que no he vuelto a probar el alcohol. Alguna vez, si me apetece, bebo una sidra (más por el sabor que por otra cosa) o una amarguinha (típico licor portugués de almendra servido con hielo y limón), pero son las únicas excepciones que me permito. He intentado ser algo gourmet y acompañar alguna comida de una copa de vino, pero el efecto es curioso: me pongo rojo enseguida, como si el alcohol me provocara reacción en el organismo. He llegado a preguntarme si tengo algún tipo de alergia al etilo.
Creo que hay cada vez más gente que toma la misma decisión que yo, que en las nuevas generaciones el consumo de alcohol, como de tabaco, no está tan romantizado. Me consuela ver esta tendencia cambiante, y aunque el alcohol no ha supuesto para mí ninguna condena (pienso en auténticos alcohólicos que han tenido que batallar dicha bestia día a día: mi añorado Fernando Marías lo narró con valentía en Arde este libro), sí que me ha colocado en lugar extraño 
Pero, y a lo que venía al comienzo de este texto, dejé de beber por decisión propia. No me gusta ni me ha gustado nunca el alcohol, aunque lo he consumido con cierta normalidad. Aún hay quien se extraña/sorprende si les  explico que no, no bebo, pero basta que les diga que no me gusta para que entiendan. Y 

21 de enero de 2023

Un año después

 Despierto temprano, molesto por las ganas de mear. Ya más de dos años de lucha contra mi próstata y vejiga y cero avances. Vuelvo a la cama nervioso por la organización del día que se me viene encima. Miro un rato el móvil  y decido quedarme un rato más en la cama.

Despierto con Truman entre las piernas. Finalmente me levanto. Anoche acabé al fin Ordesa de Vilas. Le doy tres estrellas de cinco, me deja frío. Hace un año ya despertaba en esta cama de esta casa que aún no siento como un hogar. 

Considero que en estos doce meses he dado pequeños pasos hacia una vida mejor, pero no termina de llegar. He ascendido en la empresa, algo que -para sorpresa de nadie- no me ha hecho más feliz, aunque creo que en el fondo sí. También, sobre todo en los últimos meses, he decidido retomar la lectura y la escritura con mayor método.

La ansiedad me acecha desde fin de año y, por primera vez desde que recuerdo, no hay día que no la sienta. Sobrevivo a base de lorazepams. 

No, no publico, no gano premios literarios, pero he terminado una novela infantil y ya le estoy buscando hogar. También avanzo con la otra novela en la que trabajo. El objetivo es acabarla este año y empezar a moverla igual. Tengo, por otra parte, ya el germen de un nuevo libro que tomará el testigo de estos y mi regreso al terror puro. Además, ayer me puse en contacto con un editor para cositas. Lejos quedan los laureles de hace diez años, pero esta maratón no para nunca. Creo en mi persistencia como único instrumento de supervivencia.

No paso mis mejores momentos a nivel anímica, pero estoy identificando lo que me entristece tanto y tal vez sea el momento de actuar y no plantearme sueños de aquí a un año. No quiero que sean los días quienes decidan por mí. Quiero que cuando despierte este día de 2024 la vida sea más cómoda, más fácil, más tranquila.


a volarlo todo

5 de enero de 2023

Carta a los Reyes Magos


 A sus Majestades los Reyes Magos de Oriente


Queridos Reyes Magos:

Hace mucho que no os escribo.

De hecho, recuerdo haberos escrito pocas cartas. Sí recuerdo con ilusión (h)ojear los catálogos de juguetes de las cadenas de supermercadod y del Toys R Us, esa sensación tan navideña en alguna visita a la familia en Granada. Pero de escribiros cartas pidiendo regalos no guardo recuerdo.

Supongo, no obstante, que deseé muchas cosas. Cada año anhelaba la llegada de los regalos venidos de Barcelona que enviaban mis tíos y que anticipaban toda la Navidad. Tampoco éramos en casa muy dados a seguiros en la cabalgata del Día de Reyes, si acaso a colocar los zapatos de la familia todos juntos y aguardar más por el misterio que por la promesa de un deseo cumplido.

Este año decido escribiros porque me empuja la vida a un pozo que creía superado, el de la ansiedad. Llevo ya más de diez días en un estado permanente de ansiedad que no logro descifrar.

Pero puestos a pedir, este año os pido:

-Más tiempo (menos trabajo, menos chorradas)

-Más salud (menos ansiedad, menos kilos)

-Viajes, que llevo ya años sin viajar apenas

-Planes, que estoy muy cómodo

-Oportunidades laborales

-Una mudanza a una casa que pueda llamar hogar

De lo material me vendría bien que subieran los sueldos en Portugal y que mi empresa pagara más, no soy tampoco muy materialista, pero aspiro a una vida tranquila. Eso es algo más que he aprendido con los años, algo que seguramente no sospechaba cuando manoseaba aquellos catálogos de juguetes. El dinero no da la felicidad, pero compra la tranquilidad.

Con esto me despido, majestades. Mis afectuosos saludos,


Jose

22 de enero de 2022

Un año después

 Por vez primera, llego tarde a mi cita.

Ha muerto Elza Soares. Despierto de fin de semana, tarde y lento, con la promesa de dos días llenos de actividades y planes, pobres en dinero. Ayer tuvimos cena en casa, perro incluido. Ahora pierdo la mañana con Truman a mi lado, metidos en la cama hasta pasadas las dos de la tarde.

Escribo estas líneas en otra casa, una aún en proceso de conquista, en cambio constante. Un año después, la vida es prácticamente igual, una prolongación de un mundo a medias. Un año después, prácticamente vivo autoconfinado.

Arrancó enero lleno de buenos propósitos, del miedo a los 35 a la vuelta de la esquina, pero propósitos más firmes que los del año pasado. Gracias al medio por empujarme al precipicio del cambio.

Tampoco estoy escribiendo mucho, no saco tiempo, no me organizo, el mal de siempre. Espero, no obstante, darle forma a los proyectos que tengo, buscarles una salida, mejorar la vida en la que me encuentro atrapado.

La idea era ir en un par de semanas a Londres, donde no voy desde justo antes de la pandemia. Ojalá poder volver un fin de semana largo, aunque quizás sea lo mejor tal y como voy de pasta. Estoy considerando varias ofertas de empleo para salir del atolladero. Creo que ha llegado el momento de dejar atrás la comodidad y arriesgar un poco, aunque sea atrevido tal y como están mis días.

No quiero hablar de planes firmes para este año más que cumplir 35 con dignidad, y esto queda absoluta y absurdamente entre mis manos.




21 de enero de 2020

Un año después

Es tan triste la mañana.
Es tan triste siempre amanecer con la primera luz del día, con este frío del invierno en Lisboa.
Despierto acompañado, aunque, como en aquel cuento de Borges, "Ulrica", pareciera que una espada partiera en dos la cama.

Un año después me ha abandonado toda esperanza este enero (siempre fue el martes el día decisivo, reverso tenebroso del lunes).
Hace un año estaba en Londres, esa ciudad infinita donde todo parece posible, y hoy me encuentro de nuevo entre los barrotes en que está por convertirse Lisboa (me duele físicamente escribir esto). Pero hay luz, me digo, hay luz y tiene nombre: ha llegado Tarde y mal, pero ha llegado.
La literatura de nuevo a salvarme.
Mientras trato de recuperar las migas de mi gloria literaria, ya diez años, sé que, una vez tocado fondo, sólo queda alzar el vuelo.

Tengo treintaidós años, esta fecha más marcada que nunca, la promesa de un fin de semana en Londres a la vuelta de la esquina, alguna escapada a Madrid a la vista, muchos planes, las agallas para dejar este trabajo que me ha drenado y está por acabar conmigo. Tengo deudas, como siempre, facturas pagadas del veterinario, del agua, de la luz, una miseria de sueldo y una sonrisa escrupulosamente ensayada para que no trascienda lo que dicen mis ojos.
Pasa este día como todos, gris y anodino. Leo a Stephen King; me digo: Jose, no has cambiado tanto.
No sé qué va a ser de mí de aquí a un año, pero parece que cada vez tengo más claro lo que quiero que sea de mí. Nunca he sido valiente, pero esto no es la guerra.
O eso me repito.


Ni siquiera escribiría tu nombre
en los cristales helados

21 de enero de 2019

Un año después

Despierto solo.
Despierto temprano, más cansado de la cuenta. La cama está dura, incómoda. Hay movimiento a mi alrededor. Pienso que debo estar equivocado, pero entonces recuerdo: Londres, 2019. Un hostel lleno de coreanos y argentinas. Me cae el peso de mis 31 años como un yunque.
Es entonces cuando la ansiedad se abre hueco entre mi pecho y mi cerebelo; no es, como el del año pasado, un despertar lento.
Hace tiempo que no escribo, pero me han considerado para un pequeño reconocimiento literario que se ha convertido en mi lucha las últimas dos semanas. A falta de escritura, necesito certezas.
He perdido los sueños. "No te reconozco, hombre triste: has aprendido a llorar", escribí hace cinco o seis años. Creo que, anímicamente, he tocado fondo.
Sin embargo, hoy me queda aún un trozo de Londres, pafuera telarañas. Aunque este viaje suponga, ocho años después de mi última vez en la capital inglesa, no reconocerme, acaso extrañarme con el muchacho que fui. ¿Qué te ha pasado, Jose?, me pregunto, ¿por qué ya no escribes?
Pero sé por qué.
Remoloneo en la cama, sólo un rato más. Siempre me ducho de noche para aguantar un poco más entre las sábanas. Extraño a Truman, en Portugal.

Entonces me levanto, con la esperanza puesta en un desayuno inglés, en comprar algún libro de Shirley Jackson -un año después, sigo obsesionado- y en la visita a Camdem donde tal vez reencuentre al muchacho que perdí en estos años de camino.
Y es que sé que, pese a los días raros, los días tontos, aún me quedan ases bajo la manga. Lástima que no sepa jugar al mus.


Te cerraría los ojos, te daría la espalda, apretaría los puños y, 
por primera vez en mi vida, dejaría que tú dijeras algo.

7 de julio de 2015

Mirar atrás: el día de los mosquitos


De un tiempo a esta parte no dejo de pensar en la memoria, en concreto en la infancia. En cómo -como bien explican en esa maravilla que es Inside Out- ciertos recuerdos son quintaesenciales en la formación de nuestra personalidad. También me pregunto de dónde vienen ciertos estímulos, ciertos conceptos que manejo de un modo determinado a la hora de escribir.
En definitiva, en cómo el periscopio a través del cual contemplo el mundo viene determinado por los océanos que surqué en la infancia. De ahí que me haya propuesto recordar, esbozar estos fragmentos de mi vida, estas nadas que tal vez a nadie más importen, pero que a mí me provocan la melosa satisfacción de la melancolía.

Siempre era en verano.
Calculo que en junio, porque en julio yo ya estaba en Salobreña a tiempo completo. Siempre era de tarde, con el calor, y siempre extraño. Se llenaban las flamas de aire caliente con cientos, miles, millones de mosquitos que lo barrían todo y dibujaban un filtro de niebla como la que llenaba las cadenas mal sintonizadas o aquel Plus donde jugábamos a adivinar el porno y las películas con el volumen máximo.

Recuerdo, además, que tal y como venían, se iban, y que esto sólo sucedía una vez al año, siempre en verano. Yo, que no solía salir a la calle, me encontré con este fenómeno un par de veces o tres, más alguna que aprendí a sortearlo a tiempo, pero a pesar de ello me siguió maravillando la voluntad de los niños para seguir jugando en los patios, o recorrerse el pueblo en bici (subir por el paseo con la marcha más dura), escapar, galopando la tarde, aunque fuera un momento a por un poloflash en el kiosco del parque, a pesar de las huestes de chupópteros.

Entonces, de un año para otro, desaparecieron. No se volvió a repetir, y siempre he creído que se trataba de un fenómeno que sólo sucede cuando uno aún no ha perdido la capacidad de crecer, e incluso me planteo que sólo se trate de una de esas exageraciones de la memoria o la edad. La era de los mosquitos, de un modo u otro, siempre vivirá en mis veranos.