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21 de enero de 2026

Un año después

 Un año después, me muero de sueño. Publico esto el 22 en lugar del 21 porque se me ha hecho tarde.

Despierto agotado, anoche volvimos de Londres y acabamos en urgencias pasada la medianoche, con lo cual he dormido poco y mal.

También ansioso, como llevo desde que arrancó el año. Para más inri, no tengo ni la suerte de quedarme en casa; el regreso a la oficina se ha materializado y no hay vuelta atrás.

Traigo de Londres la alegría del viaje, las librerías, el teatro. También el agotamiento físico de deambular durante cinco días en torno a veinte mil pasos. Me hago mayor, lo siento en mi cuerpo, en mi falta de energía, en el toque de atención de mi médico de familia por los triglicéridos.

No he terminado el libro en el que trabajaba hace un año, pero desde la última recapitulación he descubierto un nuevo modo de expresión que me ha hecho tremendamente feliz: el collage. Mi casa es ahora un vertedero de revistas y libros ilustrados, de material de papelería y artilugios varios que me permiten jugar con el papel.

Con todo, soy resiliente, tozudo, supongo. Su algo me enorgullece es mi constancia: confío en centrar mi atención y volver a escribir, terminar el libro que tanto tiempo me acompaña, escribir el punto final este año, explorar nuevos proyectos.

Ojalá la vida, el tiempo fueran más amables, ojalá llegar a tiempo para todo. Ojalá esta ansiedad que ha vuelto tras un año de tregua se olvide de mí. Ojalá ser el mismo despreocupado de 2007 cuando todo era posible.




21 de enero de 2025

Un año después

 Un año después, despierto a regañadientes, con la intención de otro día de trabajo al que sobrevivir, apresurado. Parece que todos los días de un tiempo a esta parte son apresurados.

Y entonces pasa.

A media mañana, sin comerlo ni beberlo, al reiniciar el portátil, muere. Primero niebla, cuadros raros en la pantalla; después, negro total. Felices aniversarios, sí.

Por suerte tienes reciente el último viaje a Londres, donde has sido tan, tan feliz, donde has comprado tantos, tantos libros. Esta forma de hoarding y vicio capitalista son de las pocas cosas capaces de anestesiar el mal de los días.

Lo del portátil lo cambia todo: ahora debes comprar uno de reemplazo, a poder ser lo antes posible. Y esto te lleva a la siguiente decisión que repercutirá en tu vida, ni más ni menos que, tras un año y medio de sesiones semanales, dejar la terapia. Es la única forma que se te ocurre de poder afrontar el alto cargo económico de vivir. Salud mental, quién la necesita, sonríes, y das gracias a que aún te queda suficiente Escitalopram recetado para sobrevivir unos meses más.

¿Te acuerdas de aquel 21 de enero de 2007? De la llamada de ML, de tu primera novelita acabada con vistas a publicarse, del vuelco total y la consecución de algo. Eras joven, creías que aún era posible, estabas a punto de recibir tu primer portátil (los ciclos que se cierran con una ironía cruel), en fin, precalentcamiento para la carrera de la literatura.

Hace tiempo que me he resignado a vivir así, que sólo aspiro a estar medianamente tranquilo.

Pero siempre la literatura, porque esto es una carrera de fondo. Arranco el año leyendo libros de bibliotecas públicas, centrado en la novela de terror que ocupa mis días, y tengo otros proyectos literarios en mente que no quiero posponer demasiado. 2025 ya marca diez años sin publicar libro propio, que se dice pronto. Por eso estoy retomando el oficio, ordenando la escritura, aspirando a algo que fui hace 18 años.

...entonces me compraría una casa propia para seguir escribiendo y dictando mi vida a mi antojo...


18 de febrero de 2024

La casa de mis abuelos

Cumpleaños familiar en la cocina de mis abuelos

 Hoy he soñado con la casa de mis abuelos, que no piso hará al menos 14 años, calculo. También he soñado con mi tía Carmen, que murió en 2010. Es significativo que haya soñado con ella porque era su casa, pagada por ella para dejar atrás la casa antigua familiar donde habían vivido siempre mis abuelos, donde se crió mi madre, una de esas casas de pueblo donde olía a cal y a antiguo.

He soñado con la casa de mis abuelos, la nueva, la que reformó mi tía, y he soñado con ella de nuevo. A veces sueño con mi tía Carmen, a veces sueño y no está muerta y yo no siento ninguna pena por la pérdida. Cuando murió, recuerdo cargar su ataúd al entrar en la iglesia, ataúd que cargamos todos sus sobrinos, porque ella no tuvo hijos, pero fue madre. Recuerdo también romperme a llorar camino del cementerio, porque yo había hecho ese camino a pie con ella en innumerables paseos vespertinos donde la acompañaba a ella y a sus amigas. También recuerdo entrar en su casa, en la casa de mis abuelos siempre con su olor característico al poco de su muerte y fijarme en un servilletero y pensar que ella era la última persona que había repuesto las servilletas y fijarme en el calendario en la pared y pensar que ella había sido la última en ponerlo al día y ahora todo se había detenido. También recuerdo quedarme mirando las macetas en el patio, las macetas de mi abuela que con tanto esmero cuidaba, sus esparragueras verdes y frondosas, el olor de ese pequeño patio con su pila y azulejos y un techo por el que entraba la luz. Siempre me acuerdo de las macetas de mi abuela con un pellizco en el pecho y me pregunto si aún vivirá alguna de las mismas que ella plantó y regó y cuidó con tanto esmero y tan primorosamente.

Pero las herencias y las escisiones familiares.

Por eso no he vuelto a pisar esa casa en todos estos años, la cochera donde mis abuelos pasaban los veranos a la fresca con la puerta entreabierta, la chimenea en torno a la cual celebramos grandes momentos en familia, la terraza desde la que contemplábamos, privilegiados, los actos de Moros y Cristianos, los fuegos artificiales, desde donde alguna vez nos comimos las uvas, el pequeño cuarto arriba del todo donde mi tía Carmen planchaba o el dormitorio donde guardaba retazos de su vida, varias muñecas, algunos libros, su bandurria, objetos todos que me fascinaban y siempre me pregunto si seguirán ahí, de algún modo preservando quien ella fue.

Hoy he soñado con la casa de mis abuelos, y en las paredes había, en lugar del gotelé blanco, esos pequeños azulejos de cuadritos homogéneos en un tono aguamarina. Luego, un salón completamente nuevo donde antes no había nada, un pasillo si acaso. En el sueño pensaba que el salón estaba hecho con buen gusto, pero a la vez sentía una especie de traición. Esa no era la casa de mis abuelos. Ahí es donde mi tía Carmen justificaba que hubieran hecho con la casa lo que quisieran, que por algo era ahora suya, que había quedado bien. Yo me fijaba entonces en varias macetas de ese salón nuevo y pensaba si serían las mismas que cuidaba mi abuela, las mismas que me han obsesionado todos estos años.

Pero en el fondo sabía que no era así. Y mi tía Carmen, pese a todo, aún vivía.

La casa de mis abuelos en Google Street

31 de diciembre de 2023

Alba

 Palma de Mallorca, otoño de 2023


Vengo a (re)conocerte.

Hablo contigo con la única intención de descifrarte.

Observo tus ojos como si pudiera intuir en ellos el futuro que te aguarda, pero ni todo el intenso azul del mundo (tus ojos un vasto océano, un Neptuno repetido, dermis de las ballenas y los pitufos) puede desenredar los hilos que han de tejer tu vida.

Quisiera saber si, como el mío, tu color preferido será el amarillo.

Qué tipo de pelis te gustarán, si querrás hablar de libros conmigo cuando tengas ocho o nueve años.

Imagino que algún día me acompañarás en la cocina y te mostraré los secretos de las salsas y los caldos, las gachas y los gofres.

Ojalá mirarte para saber si correrás mucho, o darás hostias como panes, o saltarás alto hasta trepar como un mono por los árboles.

¿Se te darán bien los idiomas? Creo que ya te he prometido en alguna carta una escapada a Londres, y si se presta te enseñaré a cantar un fado portugués.

Tal vez pases de todo esto, y está bien. Las expectativas de los demás pueden hacerte más bien que mal.

Me pregunto, Alba, cuántas veces te romperán el corazón.

Si serás torpe como el tito Jose y tras cada tropiezo te levantarás con la dignidad que te quede.

¿Cuál será el primer recuerdo que logres salvaguardar? Dudo mucho que recuerdes este vaivén de visitas, de atenciones, de llamadas tras tu nacimiento. Yo siempre recordaré aquella vez que me chocaste aún en la barriga de tu madre.

Serás feliz, pequeña Alba, y habrá días que te sentirás desdichada. "No estarás sola", prometo cantarte pronto esa canción.

Vas a flipar cuando veas Parque Jurásico, pero vas a flipar más cuando veas Dogville.

Reirás como loca, y tendrás frío y tendrás sueño, dudarás de las intenciones de alguna gente, confiarás con toda fe en otra. Harás amigas, tendrás mascotas (tranquila, llegará), te podrás disfrazar de dinosaurio o de astronauta. Pasarás por las vidas de las personas cambiándolas, conocerás otras culturas, tendrás prejuicios, tendrás dudas, tendrás ilusión por algo que te mueva, dibujarás y resolverás ecuaciones. Te cortarás el pelo y te lo dejarás crecer, te teñirás, te harás rastas o un look pixie total. Creerás en Dios, perderás la fe en Dios. Comerás macarrones y arroz cuando la economía apriete. La vida es el pack completo.

O no.

La vida dirá, y dirá pronto, porque tú vas embalada y quienes te resguardamos lo hacemos desde el vértigo por verte crecer.

Hace algo más de diez años trabajé en una escuela infantil, y lo que más me marcó fue aprender que desde bebés, seguramente desde que nacemos, ya tenemos una personalidad marcada.

Alba, te miro a los ojos, te hablo, te cojo en brazos y es como si te deshicieras cual azucarillo. Ahora mismo eres imposible para mí: un misterio indescifrable.



7 de noviembre de 2023

Por mis diez años en Lisboa

 


Quien me conozca sabrá de la revolución vital que supuso para mí noviembre de 2013: todo un comienzo desde cero que me gusta recordar, para bien o para mal, cada año. Así, en 2016 y en 2022 escribí sendos textos que resumen mi experiencia lisboeta hasta la fecha. Por vez primera los releo este 2023 con la distancia que pone el tiempo y la mirada limpia y me resulta curioso analizarlos lado a lado, con los matices que dan los años que los separan y la propia experiencia vital, más amarga cada día. Mis primeros años en Lisboa lo veía todo con cierta bohemia, hasta un punto de exotismo; lo idealicé un poco porque la vida, hasta cierto punto, se podía idealizar. Luego llegó esa vida, un trabajo, una vida familiar, una rutina que me arrollaron y me convirtieron en otra persona. Más amargo, sí, más político, pero creo que en el fondo, sea por la literatura o la creatividad, mantuve cierto romanticismo. Paso a compartir ambas reflexiones, e insisto: 10 años después, he sobrevivido. 



2016

ANIVERSÁRIOS
Hoy, hace justo hoy 3 años, me planté en Lisboa con una maleta llena de monstruos y la necesidad física de desaparecer en una ciudad nueva, limpia de recuerdos y rostros conocidos. Nada más llegar se quedó muerto el taxi de camino a casa y tuve que luchar con los adoquines, malditos benditos adoquines lusos, para desplazar apenas unos metros la maleta reventada y la bolsa de viaje hasta los topes. Llegué a la casa más extraña donde he vivido con un nudo en el estómago y dos años de Madrid desbordándoseme por los ojos, pero nadie abría. Ya dentro, mi ordenador se negaba a conectarse a Internet y borré whatsapp del móvil y me sumí en una especie de catatonia que me duró un fin de semana. No sabía decir nada, el portugués me sumió en un silencio de siglos que me hizo taciturno y tímido, más frágil de lo que me gustaría admitir. Miro atrás y no reconozco al joven soñador que logró dejarlo todo para lanzarse a la nada, porque es otro.
Aún se me hace raro reconocer que ya he vivido más en Lisboa que en Madrid, como se me hace imposible adivinar el futuro a la vuelta de la esquina. Lisboa no sé qué hizo por mí ni qué he hecho yo por ella, pero si hay algo imposible de imaginar para este triste juntaletras es la vida sin siete colinas, sin un amago de mar que se queda en río, sin los malditos benditos adoquines, las bicas y los pastéis, sin el pérfido Diogo Alves y Belém y Sintra a tiro de piedra, sin Adília y Filipa, sin el fado y las marchas, la vida sin pão de Deus, sin las plazas, los kioscos del café, el Bairro Alto y Alfama, los miradouros, la luz, JODER LA LUZ, sin las decenas de amigos que han venido a visitarme, sin el árbol mágico de Principe Real o el descaro hisptérico de LX Factory, sin toda tu precariedad y la mugre en las calles, sin Gulbenkian y Monsanto de fondo, sin el acueducto y las Amoreiras, Lisboa sin terremotos ni turistas, la vida sin polvo à lagareiro o sardinhas.
Y me vais a permitir que me ponga tonto, pero hay otra Lisboa sobre la que aún no puedo escribir, la que me obligó a traer a Truman en una bolsa, la de tanto, tanto llanto, la de (des)encuentros terminales y gente inesperada, la Lisboa que está bajo la piel, o en las costillas, o en cualquier otro lugar común melodramático, la Lisboa donde he sido (o no) feliz, donde no cabe otro libro en los estantes, donde no-pertenecer, pero ser parte, queda otra Lisboa a la que nada de lo que yo diga haría justicia, porque la vida tiene de maravillosa lo que tiene de injusta, y no sé si soy más de Pessoa o Saramago, pero he aprendido que los portugueses son más de Camões, por eso prefiero no nombrar esa Lisboa y dejarla callar.
O que hable, para el caso, Adília Lopes:
Cidade branca
semeada
de pedras
Cidade azul
semeada
de céu
Cidade negra
como um beco
Cidade desabitada
como um armazém
Cidade lilás
semeada
de jacarandás
Cidade dourada
semeada
de igrejas
Cidade prateada
semeada
de Tejo
Cidade que se degrada
cidade que acaba



2022
Hoy, justo hoy, hace 9 años llegué a Lisboa roto y perdido, lleno de sueños y con un libro revoloteando en la cabeza.
Llegué a mediodía y esa misma tarde ya aproveché para mi primera exploración como residente del centro histórico. Vivía en la parte más baja de una colina e ir al centro suponía siempre una tortura (y un aliciente para mis glúteos). A veces, esos primeros días rondaba el Bairro Alto y tomaba algo aquí y allí. Ahora no salgo de casa, el Bairro Alto me queda lejos y salir parece una quimera.
Me sorprendían los comercios antiguos frente a cuyos escaparates me detenía, soñador, antes de que el turismo y la gentrificación transformaran barrios enteros en parques de atracciones para expats y otras mierdas que pare el capitalismo más salvaje.
Pagaba algo así como 215 euros por una habitación en una semiplanta, suelo de madera, donde vivía con extraños en extrañas circunstancias. Persistí, aún era duro y era valiente. Hoy observo alrededor y contemplo las estanterías llenas de libros, las plantas y regalos de amigos que han ido conformando un hogar en mi barrio, Campolide, otrora local de andanzas del pérfido Diogo Alves.
Me creía bohemio y algo maldito por vivir en la decadente Lisboa; ahora estoy maldito, aún hay días en que me prometo salir y contemplar a la ciudad como se contempla a un desconocido: con intriga, con deseo, con cierta suspicacia, y sigo siendo aquel joven bohemio y maldito al que Lisboa le ofrece una magia antigua.
Creo que la única palabra que chapurreaba aquel 8 de noviembre de 2013 era "obrigado". Ahora sé bromear, sé insultar, sé hacer terapia y desear en esta lengua que me suena preciosa a pesar de las medias palabras que se quedan por salir y los fonemas tramposos que se gastan en Portugal. Amo los sonidos de una lengua como jamás podría amar un país.
Hay mucho que desconozco del día a día de esta ciudad y Portugal; mi despiste me previene de perder el tiempo en las banalidades que comparte la gente que vive en mi calle, en mi barrio, mi ciudad, pero afilo mi conciencia social y política sin medias tintas (fascismo nunca mais SEMPRE).
Llegué a Lisboa solo, si acaso con un puñado de fantasmas que tardaron en desaparecer, al poco traje a Truman, hice familia (la familia elegida, los cuidados cercanos), amigos, no tantos, pocos, apenas, soy un misántropo, maldito sea, me digo a mí mismo, porque llegué solo a Lisboa, me digo. Uno, a pesar de todo, siempre está solo.
He recibido con los brazos abiertos y el corazón expectante a amigos y familia, y más amigos y más visitas, y a conocidos, amigos de amigos, porque siempre hay alguien que viene a Lisboa, y no hay forma más pura de estar agradecido que sentarme en una tasca tras un día de zascandilear por las colinas de Lisboa y compartir una bifana o in pastel de nata.
Nueve años después, escribo una novela, (otra) que me salve la vida, y esa novela es Lisboa y soy yo y la vida que quise y la vida que detesto, todo en un libro que habrá de llegar (espero) a desbordarlo todo, y en esas páginas habitan toda la precariedad, la contradicción de quien decidió dejarlo todo para empezar de cero, la sangre yerma, las mil posibilidades que ofrece Lisboa, su comida plato a plato, su parte conocida (el fado, los azulejos, los miradores) y el revés oculto (las ratas por las calles, las aceras levantadas, los barrios que nos obligamos a no mirar), habitan en ella el sueño europeo devorado por un call center gigantesco, los affairs secretos que ofrecen las capitales, las películas, las despedidas, la no pertenencia, el café, Pessoa, los jardines y parques, los sindicatos, la soledad y el frío en interiores, el bacalao, la Web Summit, el humo del tabaco en todos los locales, la extrañeza del lenguaje, un Jose de veintiséis años, el Gran Terremoto que nunca se detiene.
Felicidades, Lisboa, hemos sobrevivido.

1 de agosto de 2023

Vacaciones de verano

 En casa las sacrosantas vacaciones siempre han sido en agosto, en parte porque era cuando mi padre mandaba de vacaciones a todo el personal en la empresa, en parte porque era mi (nuestro) cumpleaños. Desde los sempiternos veranos en Salobreña a mis descansos más recientes, es agosto el mes elegido. No concibo trabajar el día de mi cumpleaños, de modo que el 9 de agosto suele ser la fecha en torno a la cual planifico el parón.

En concreto, desde que trabajo en mi empresa suelo pedirme dos semanas en agosto, una que aprovecho para irme al pueblo con la familia, y otra para disfrutar de días de playa, no hacer nada y poco más. Da la casualidad de que en 2023 las Jornadas Mundiales de la Juventud se celebran en Lisboa, con lo que esto supone para quienes vivimos allí, por lo que no me lo pensé dos veces al hacer coincidir mi semana en el pueblo con esos días, y dejarme la segunda semana para irme a la playa, al pequeño oasis de paz en que se ha convertido para mí (nosotros) Foz do Arelho.

Así, tras unos meses de estrés extremo y mucha presión en el trabajo, necesitaba parar. La idea era estar en el pueblo a la fresca, en la planta baja de mis padres en lo que era el local comercial en su día. Hacer nada, o casi nada. Sólo tenía un plan: deshacer y rehacer la manta en la que trabajo desde que descubrí el crochet hace unos meses.

Claro que la vida tiene sus propios caminos, y en mi caso esa manta que iba a hacer con todo el relax del mundo se ha acabado convirtiendo en muchas cosas, pequeñas deudas que debía ir saldando antes de la semana de (ahora sí) descanso playero en Foz do Arelho:

- Relectura del libro que he revisado en los últimos meses. Aunque ya di por finiquitada la revisión, me comprometí a una lectura final de todo el libro para buscar cosas que se hayan podido escapar y acabar de darle coherencia a la corrección.

- Carta de recomendación de mi amigo Carlos, que está buscando trabajo y ha contado conmigo para dar feedback, No me debería llevar mucho tiempo, pero tengo que dedicarle una tarde o una mañana.

-Reescribir el proyecto de libro infantil en el que llevamos trabajando una década mi amiga Cristina y yo. Lo he dejado a propósito para esta semana porque cuando estoy en plena vorágine de trabajo siempre me resulta imposible dedicarle el tiempo que merece, y además necesito un pequeño proceso de documentación para los anexos. Al final requiere más tiempo y dedicación, sobre todo porque es un tema delicado y el libro pide una sensibilidad muy especial.

- Revisar Piel de Pollito, la novela infantil que terminé a principios de año para actualizarla un poco. Para ello he traído post-its de colores y bolis negro y rojo.

- Leer un par de libros que me he traído, Volver a cuándo y The year of magical thinking (este lo llevo posponiendo años y es una de las lecturas más importantes para la novela en que trabajar) para poder dedicarme a otros libros en la semana de playa.

A esto tengo que sumarle, como venía diciendo, lo de la manta, y otras dedicaciones que uno no puede asumir en el día a día: ordenar todo el contenido de mi disco duro, registrar las postales que he recibido de Postcrossing y escribir varias nuevas, tal vez redactar de una vez...

En fin, escribo esto un martes por la noche y el sábado ya vuelvo a Lisboa, donde seguramente fantasearé con estas dos semanas de vacaciones durante el año entero. Ojalá aprender a quitarnos fechas

31 de mayo de 2023

Stop

 Hace ya unos años que apenas paro por aquí. La inexorable muerte de los blogs, las responsabilidades de la vida adulta y las nuevas formas de exhibicionismo en redes sociales me han mantenido al margen de este rincón que comencé a construir hace tantos años.

Cuando comencé a escribir blogs era tremendamente feliz, como sólo se puede ser feliz desde la despreocupación de la inocencia. Acababa de mudarme a Granada y la vida estaba llena de ventanas. Escribir de cara al público, abrir las compuertas de lo que guardaba de piel adentro supuso un pequeño milagro: comunidad, literatura, confianza, oportunidades, amigos, un mundo que se expandía.

Pero las modas pasan y el mundo cambia. Hasta 2013 fui relativamente regular en esto del blog, aunque el volumen de textos había bajado considerablemente. Me atrapó la vida con todo lo que eso significa, y no era la vida que yo había previsto. Dejé de pasarme por aquí y era como si, a cada día que no escribiera en este espacio, me distinguiera más y más de quien había sido. Me volví sombra.

Basta comprobar mi escritura y el tono sombrío, casi reverencial de todo lo que he compartido aquí en la última década. Dejó de ser divertido jugar a los blogs, pero soy una criatura fiel.

Y, por si fuéramos pocos, parió la abuela, y parió en forma de IA. Desde hace unos meses la IA domina todas las conversaciones, todos los espacios, todas las artes. Y lo peor es que hay gente que le compra la idea: imagina que en la uni no hubieras tenido que escribir ni una redacción, que tu tesis la hubiera desarrollado una IA y te sacas un notable alto. Que podamos resucitar a Janis Joplin o Amy Winehouse, tan injusta y prematuramente desaparecidas para explotar su potencial carrera musical. Si de unos años atrás los creadores de contenido para plataformas ya se han visto coartados por el algoritmo que impone el ritmo, el giro de la trama, el necesario o no cliffhanger, ¿por què no dejar que el algoritmo sea quien cree contenido para consumo masivo e infinito? Si algo ha funcionado, ¿por qué no recrearlo ad nauseam? Justo coincide esta omnipresencia con la nueva huelga de guionistas de Hollywood, empujada precisamente porque las plataformas que los han estado ordeñando y coartando se niegan a pagarles proporcionalmente a los beneficios de sus creaciones; de pronto, se suma el miedo a las IA. ¿Van a sustituir los estudios a sus guionistas por la Gran Inteligencia Robótica? ¿Se viene un futuro de contenidos predecibles, fáciles de encadenar sin que molesten, sólo lo justo que haya calculado el algoritmo para que sigamos pensándonos rebeldes? ¿Qué espacio queda para películas y series que siempre han nadado a contracorriente? ¿Será la AI capaz de darnos una Six Feet Under, una Marvelous Mrs Maisel, una Incendies? Lo dudo mucho.

Pero este blog está plagado de mis escritos, así que he decidido eliminar todos los relatos que había publicado hasta ahora, una decisión que iba a considerar más difícil de lo que ha sido, sobre todo si tenemos en cuenta que fueron los blogs la plataforma donde hice callo en la escritura, pero esto de acuerdo con muchos otros escritores en que, y ya sé que no vale de nada, paso de que los robots copien mis escritos para moldear sus ficciones.

Al mismo tiempo he tomado otra decisión, no en relación directa a la de borrar los contenidos, pero sí vecina. He cerrado TODAS mis redes sociales. Sólo mantengo Linkedin (ya ves tú pa qué), aunque esta vez sí tengo Whatsapp. Sin embargo, es la primera vez que me quedo por completo sin la Santísima Trinidad (Twitter, Facebook e Instagram). Debo recordar aquí que hace 10 años, cuando llegué a Lisboa, lo hice sin Facebook (Instagram no tenía) ni Whatsapp, pero mantuve mi cuenta de Twitter como única ventana al mundo. Ahora que está llena de cuentas muertas y bots parece el momento idóneo, pero se me hace raro dejar un espacio donde he estado desde 2007, más o menos coincidiendo con el comienzo de mi Erasmus. Creía que llevaría mal el silencio virtual, pero no. He echado en falta estar enterado de cosas en la semana de elecciones, pero no he sentido ningún peso ni ansiedad por mi decisión, sino alivio. La idea es desintoxicarme un poco de todo esto, aprender a relativizarlo y tal vez en unos meses, cuando haya terminado la novela en la que trabajo y lo vea todo con cinismo, me decida a volver. De momento, necesito un tiempo de silencio, un STOP también por salud mental. Volver a preocuparme y pensar sólo en lo importante.
Ya veremos qué sale de aquí.

28 de febrero de 2023

Febrero

 No es mes de grandes avances, vuelvo a ser consciente de la vida. Me atasco en las lecturas, pero me salva un viaje a Porto (concierto mediante de Linda Martini). Me regocijo con la idea de volver en unos meses un fin de semana entero con el puro pretexto del goce, el zascandileo y la contemplación de la belleza en los cafés portuenses. Retomo en ese viaje las memorias de Fernán Gómez, me enroco en la lectura del comic recopilatorio de Spike. Veo mucho cine, eso sí, muy dispar, eso sí.


Escribo poco de la novela, pero avanzo algo; avanzo principalmente en el proceso de documentación para uno de los nudos dramáticos más importantes del libro, así que pronto podré avanzar en ese frente. Me comienzo a plantear escribir por temas, documentarme por temas con anterioridad e ir cerrando etapas del libro fuera de las escaletas habituales o estructura tradicional. En eso este libro también es distinto.

 Doy un último empujón para que Roc y Jofre tengan el regalo de cumpleaños a tiempo e improvido mi propia trama de Mortadelo y Filemón narrada. Puede ser el resultado uno de los trabajos de los que más orgulloso me siento en los últimos años.

Retomo, además, el proyecto de mi diario personal, uno que nadie jamás leerá, uno del que ahora sólo tú, que has llegado aquí, tienes conocimiento.

21 de enero de 2023

Un año después

 Despierto temprano, molesto por las ganas de mear. Ya más de dos años de lucha contra mi próstata y vejiga y cero avances. Vuelvo a la cama nervioso por la organización del día que se me viene encima. Miro un rato el móvil  y decido quedarme un rato más en la cama.

Despierto con Truman entre las piernas. Finalmente me levanto. Anoche acabé al fin Ordesa de Vilas. Le doy tres estrellas de cinco, me deja frío. Hace un año ya despertaba en esta cama de esta casa que aún no siento como un hogar. 

Considero que en estos doce meses he dado pequeños pasos hacia una vida mejor, pero no termina de llegar. He ascendido en la empresa, algo que -para sorpresa de nadie- no me ha hecho más feliz, aunque creo que en el fondo sí. También, sobre todo en los últimos meses, he decidido retomar la lectura y la escritura con mayor método.

La ansiedad me acecha desde fin de año y, por primera vez desde que recuerdo, no hay día que no la sienta. Sobrevivo a base de lorazepams. 

No, no publico, no gano premios literarios, pero he terminado una novela infantil y ya le estoy buscando hogar. También avanzo con la otra novela en la que trabajo. El objetivo es acabarla este año y empezar a moverla igual. Tengo, por otra parte, ya el germen de un nuevo libro que tomará el testigo de estos y mi regreso al terror puro. Además, ayer me puse en contacto con un editor para cositas. Lejos quedan los laureles de hace diez años, pero esta maratón no para nunca. Creo en mi persistencia como único instrumento de supervivencia.

No paso mis mejores momentos a nivel anímica, pero estoy identificando lo que me entristece tanto y tal vez sea el momento de actuar y no plantearme sueños de aquí a un año. No quiero que sean los días quienes decidan por mí. Quiero que cuando despierte este día de 2024 la vida sea más cómoda, más fácil, más tranquila.


a volarlo todo

5 de enero de 2023

Carta a los Reyes Magos


 A sus Majestades los Reyes Magos de Oriente


Queridos Reyes Magos:

Hace mucho que no os escribo.

De hecho, recuerdo haberos escrito pocas cartas. Sí recuerdo con ilusión (h)ojear los catálogos de juguetes de las cadenas de supermercadod y del Toys R Us, esa sensación tan navideña en alguna visita a la familia en Granada. Pero de escribiros cartas pidiendo regalos no guardo recuerdo.

Supongo, no obstante, que deseé muchas cosas. Cada año anhelaba la llegada de los regalos venidos de Barcelona que enviaban mis tíos y que anticipaban toda la Navidad. Tampoco éramos en casa muy dados a seguiros en la cabalgata del Día de Reyes, si acaso a colocar los zapatos de la familia todos juntos y aguardar más por el misterio que por la promesa de un deseo cumplido.

Este año decido escribiros porque me empuja la vida a un pozo que creía superado, el de la ansiedad. Llevo ya más de diez días en un estado permanente de ansiedad que no logro descifrar.

Pero puestos a pedir, este año os pido:

-Más tiempo (menos trabajo, menos chorradas)

-Más salud (menos ansiedad, menos kilos)

-Viajes, que llevo ya años sin viajar apenas

-Planes, que estoy muy cómodo

-Oportunidades laborales

-Una mudanza a una casa que pueda llamar hogar

De lo material me vendría bien que subieran los sueldos en Portugal y que mi empresa pagara más, no soy tampoco muy materialista, pero aspiro a una vida tranquila. Eso es algo más que he aprendido con los años, algo que seguramente no sospechaba cuando manoseaba aquellos catálogos de juguetes. El dinero no da la felicidad, pero compra la tranquilidad.

Con esto me despido, majestades. Mis afectuosos saludos,


Jose

22 de enero de 2022

Un año después

 Por vez primera, llego tarde a mi cita.

Ha muerto Elza Soares. Despierto de fin de semana, tarde y lento, con la promesa de dos días llenos de actividades y planes, pobres en dinero. Ayer tuvimos cena en casa, perro incluido. Ahora pierdo la mañana con Truman a mi lado, metidos en la cama hasta pasadas las dos de la tarde.

Escribo estas líneas en otra casa, una aún en proceso de conquista, en cambio constante. Un año después, la vida es prácticamente igual, una prolongación de un mundo a medias. Un año después, prácticamente vivo autoconfinado.

Arrancó enero lleno de buenos propósitos, del miedo a los 35 a la vuelta de la esquina, pero propósitos más firmes que los del año pasado. Gracias al medio por empujarme al precipicio del cambio.

Tampoco estoy escribiendo mucho, no saco tiempo, no me organizo, el mal de siempre. Espero, no obstante, darle forma a los proyectos que tengo, buscarles una salida, mejorar la vida en la que me encuentro atrapado.

La idea era ir en un par de semanas a Londres, donde no voy desde justo antes de la pandemia. Ojalá poder volver un fin de semana largo, aunque quizás sea lo mejor tal y como voy de pasta. Estoy considerando varias ofertas de empleo para salir del atolladero. Creo que ha llegado el momento de dejar atrás la comodidad y arriesgar un poco, aunque sea atrevido tal y como están mis días.

No quiero hablar de planes firmes para este año más que cumplir 35 con dignidad, y esto queda absoluta y absurdamente entre mis manos.




21 de enero de 2021

Un año después

Uno casi deja de contar los días.

Despierto aún de noche, antes de las 7 de la mañana, me he dormido tras cortar el despertador. Duermo solo, me digo y despierto con prisas para arrancar la sexta jornada laboral consecutiva con esa promesa de falso viernes.

Un año después, la vida es tan surealista que me tiene en una especie de calma chicha. Un trabajo absurdo, malas noticias, la incertidumbre en el horizonte, un Apocalipsis fuera de mi ventana. Es como un sueño hecho realidad, la verdad sea dicha. Todo se ha detenido desde hace un año, salvo yo, que me he dejado llevar por la corriente. Vivir en una pandemia sin fecha de caducidad me ha reconciliado con los días, aunque me ha traído una piedra más, otro lazo al cuello de la precariedad.

Recordemos cómo y dónde comenzó esto. 2007, Granada, una llamada de teléfono, una clase de alemán a la vuelta de la esquina. Ese Jose que vivía el despertar de la vida y al que le pudo enseguida la nostalgia, aquel Jose para quien toda la vida giraba en torno a la literatura. Libros que llegarían, libros que llegaban, una erasmus, la juventud, el primer amor equivocado. Este año he intercambiado cartas con María Luisa, a quien debería escribir en mis próximos días de descanso de nuevo. Su voz fue la que dio la señal de salida a todo esto.

Hoy despierto de noche, insisto, lleno de propósitos literarios. Estoy en un marasmo de cuentos nuevos para distintas convocatorias, y me he dicho que este año trataré de encontrarle casa a los Dinos de nuevo. Los he abandonado y me he abandonado en el proceso. No ha habido este enero escapada a Londres que pudiera acallar la densidad de los días. Ni siquiera una escapada a otro barrio de Lisboa, vivo confinado desde la semana pasada como el resto del país, pero parece que soy el único que lo lleva a rajatabla...

Mis planes para este año son: ponerme con la novela en serio para poder participar en convocatorias de premios para jóvenes escritores (me quedan dos años), y conseguir una publicación seria. Del mismo modo, tentar a editoriales, tal vez montar un buen libro de relatos ya que últimamente he compuesto varios a la altura. De aquí a un año me gustaría amanecer tranquilo, con mejores perspectivas laborales, con un finde en Londres u Oporto, no le pido tanto a la vida. Aprender a ser feliz con menos.

Seguir vivo.

Como hace unos años os dejé un disco de Tulsa, hoy os traigo esto que me tiene obsesionado. Z. me trae recuerdos de aquel 2007, del año del descubrimiento: 

https://open.spotify.com/track/5Wo5vynGiUDG4nWJYJsZ5y


...

18 de agosto de 2020

Desconfinados

Hace dos meses, comencé a escribir este post y nunca lo concluí. Lo retomo ahora, como un favor a mí mismo:
De repente, la vida vuelve a girar sobre sí misma. Es domingo de desescalada, o de nueva normalidad, de posverdad, yo qué sé.
Ya muere junio y sigo prácticamente confinado. Mis salidas se resumen al supermercado y algún paseo con Truman a última hora de la tarde. Me he hecho a esta vida, a la calma chicha de las puertas adentro, a

La realidad es que el desconfinamiento acabó por llegar, pero no la vida como la conocíamos. Algo que, visto lo visto, tal vez nunca llegue.
A mí el confinamiento me ha pillado con un cambio de curro (no por voluntad propia, la verdad sea dicha) y todo lo que esto supone. Dicho cambio me ha facilitado cierta nueva dinámica que ha hecho mi encierro más pasadero. En ese sentido, hasta me alegro, aunque lo pasé mal en el momento del anuncio por la incertidumbre. 
Como comenté en su día, tuve que cancelar un viaje a Madrid -mejor dicho, me cancelaron el vuelo y no había posibilidad de nada parecido a una escapada-, pero a finales de julio estuve en el pueblo. La idea era pasar una semana, ahora que la frontera estaba abierta y el virus más controlado, en casa de mis padres. Al final me tuve que volver por motivos que no vienen al caso. Por eso volveré a finales de septiembre una semana al pueblo, a parar de nuevo y convivir en familia. El turismo en 2020 ha sido raro y local. Es extraño seguir encontrando rincones preferidos de Lisboa libres de hordas de guiris, pero a su vez provoca cierta tristeza por la impresión de no-lugar que han adquirido los centros de las ciudades. No obstante, yo sigo firme en mi egoísmo y celebro una Lisboa para mí, donde puedo cenar cualquier noche en mi local preferido sin miedo a no encontrar sitio. Así me han encontrado las vacaciones, en paseos por los barrios y no-encuentros con amigos.
Me he escapado algún día a la playa. No celebré mi cumpleaños, después de convocar la fiesta y tener algunos preparativos en marcha. No quería arriesgar otro rebrote en mis allegados. Finalmente nos escapamos cinco días a una playa de laguna, a un pueblo costero semidesierto, Foz do Arelho, donde todo ha sido paz, playa y comida tradicional. Unas vacaciones.
He apretado finalmente el ritmo a mis lecturas y a la escritura. En ese sentido me siento en paz conmigo mismo, una especie de tregua creativa en la que intento seguir aprovechando los días de encierro para ampliar horizontes literarios, dar nueva luz a antiguos proyectos (se avecinan novedades), y salida a las lecturas apiladas en mi mesita de noche.
También se aprecian en el futuro nuevas ventanas laborales que podrían materializarse en una auténtica madurez financiera. Pero lo apuesto todo a los libros.
Como digo, son estos meses extraños de cosas que pretenden ser, pero no alcanzan a ser, fantasmas de vidas pasadas, calles calladas, locales vacíos, planes que quedan en un eterno tal vez. Por eso he retomado las cartas a mano, la escritura a mano, los paseos por barrios y rincones de la ciudad a donde no he llegado antes. Por eso creo que es tiempo de reinventar el día a día y apostar por aquello que se cuece a fuego lento.
Los hombres-tortuga agradecemos este nuevo ritmo, estos nuevos proyectos que vienen a salvarnos.... Y ahora que el mundo se congratula por el desconfinamiento, mi plan desde el 1 de septiembre es encerrarme en casa como hicimos en marzo, como si el virus y la alerta y el estado de alarma siguiera ahí fuera, porque sigue, digo. 
No tiene prisa, pero yo tampoco.

21 de enero de 2020

Un año después

Es tan triste la mañana.
Es tan triste siempre amanecer con la primera luz del día, con este frío del invierno en Lisboa.
Despierto acompañado, aunque, como en aquel cuento de Borges, "Ulrica", pareciera que una espada partiera en dos la cama.

Un año después me ha abandonado toda esperanza este enero (siempre fue el martes el día decisivo, reverso tenebroso del lunes).
Hace un año estaba en Londres, esa ciudad infinita donde todo parece posible, y hoy me encuentro de nuevo entre los barrotes en que está por convertirse Lisboa (me duele físicamente escribir esto). Pero hay luz, me digo, hay luz y tiene nombre: ha llegado Tarde y mal, pero ha llegado.
La literatura de nuevo a salvarme.
Mientras trato de recuperar las migas de mi gloria literaria, ya diez años, sé que, una vez tocado fondo, sólo queda alzar el vuelo.

Tengo treintaidós años, esta fecha más marcada que nunca, la promesa de un fin de semana en Londres a la vuelta de la esquina, alguna escapada a Madrid a la vista, muchos planes, las agallas para dejar este trabajo que me ha drenado y está por acabar conmigo. Tengo deudas, como siempre, facturas pagadas del veterinario, del agua, de la luz, una miseria de sueldo y una sonrisa escrupulosamente ensayada para que no trascienda lo que dicen mis ojos.
Pasa este día como todos, gris y anodino. Leo a Stephen King; me digo: Jose, no has cambiado tanto.
No sé qué va a ser de mí de aquí a un año, pero parece que cada vez tengo más claro lo que quiero que sea de mí. Nunca he sido valiente, pero esto no es la guerra.
O eso me repito.


Ni siquiera escribiría tu nombre
en los cristales helados

7 de julio de 2015

Mirar atrás: el día de los mosquitos


De un tiempo a esta parte no dejo de pensar en la memoria, en concreto en la infancia. En cómo -como bien explican en esa maravilla que es Inside Out- ciertos recuerdos son quintaesenciales en la formación de nuestra personalidad. También me pregunto de dónde vienen ciertos estímulos, ciertos conceptos que manejo de un modo determinado a la hora de escribir.
En definitiva, en cómo el periscopio a través del cual contemplo el mundo viene determinado por los océanos que surqué en la infancia. De ahí que me haya propuesto recordar, esbozar estos fragmentos de mi vida, estas nadas que tal vez a nadie más importen, pero que a mí me provocan la melosa satisfacción de la melancolía.

Siempre era en verano.
Calculo que en junio, porque en julio yo ya estaba en Salobreña a tiempo completo. Siempre era de tarde, con el calor, y siempre extraño. Se llenaban las flamas de aire caliente con cientos, miles, millones de mosquitos que lo barrían todo y dibujaban un filtro de niebla como la que llenaba las cadenas mal sintonizadas o aquel Plus donde jugábamos a adivinar el porno y las películas con el volumen máximo.

Recuerdo, además, que tal y como venían, se iban, y que esto sólo sucedía una vez al año, siempre en verano. Yo, que no solía salir a la calle, me encontré con este fenómeno un par de veces o tres, más alguna que aprendí a sortearlo a tiempo, pero a pesar de ello me siguió maravillando la voluntad de los niños para seguir jugando en los patios, o recorrerse el pueblo en bici (subir por el paseo con la marcha más dura), escapar, galopando la tarde, aunque fuera un momento a por un poloflash en el kiosco del parque, a pesar de las huestes de chupópteros.

Entonces, de un año para otro, desaparecieron. No se volvió a repetir, y siempre he creído que se trataba de un fenómeno que sólo sucede cuando uno aún no ha perdido la capacidad de crecer, e incluso me planteo que sólo se trate de una de esas exageraciones de la memoria o la edad. La era de los mosquitos, de un modo u otro, siempre vivirá en mis veranos.

24 de marzo de 2014

Un ciudadano ejemplar




Estoy en Lisboa porque vivo en Lisboa.
Asisto entre aburrido y atónito al desmembramiento del estado de bienestar. Aburrido porque es más de lo mismo; atónito, porque no me reconozco en esa violencia lacerante política y ciudadana.

Marchas por la Dignidad. Gente que lleva días y días de camino a sus espaldas para llegar a Madrid a reivindicar derechos básicos. Una manifestación que se prevé multitudinaria. Redes sociales que echan humo, medios azuzando al personal. Lo de siempre, vamos. Lo del 22M lo esperaba, como digo, con más aburrimiento que expectativas reales. Mi madre contenta, porque en Lisboa no podré asistir a ninguna manifestación ni, por ende, meterme en problemas. En cualquier caso, nunca lo he hecho; lo de meterme en líos, digo.
La subdelegada del Gobierno de Madrid y el Presidente de la Comunidad de Madrid, entre tanto, escupiendo veneno por sus bocas, preparando el terreno, vaticinando...
Mientras tanto, coordinación, lenguaje inclusivo y otras chorradas (lo siento, odio el lenguajx inclusivx) para intentar cambiar el mundo. Lo de siempre, me digo. Yo formé parte del 15M en su mismísimo origen. Me manifesté en Granada y acampé con otra mucha gente, formé parte de alguna comisión, recibía de manera religiosa las noticias derivadas de las asambleas. Un año después, repetí en Madrid. Y he ido a manifestaciones en días de huelga, manifestaciones por la sanidad y educación públicas, gratuitas y de calidad, me he manifestado por mis derechos y, en definitiva, por mi dignidad.
Como digo, jamás me he metido en problemas. Viví alguna tensión, pequeños roces en el 15M, primera manifestación, cuando una procesión hizo cambiar el recorrido a los manifestantes. Más allá de eso, si he asistido a enfrentamientos o problemas de corte parecido, jamás los he vivido como algo propio.
Creo en el civismo y detesto la presencia insultante de antidisturbios en cualquier manifestación de cualquier tipo cuando no ha habido signos de futuros problemas. Entiendo los mecanismos de seguridad, pero no de represión. Tengo amigos policías. A veces, vestidos de uniforme, cuesta recordar que son los mismos a los que les he dado clase de inglés, los mismos que me cambiaban las horas o cancelaban clases porque les habían puesto una guardia súbita, los mismos que escuchan a Vetusta y Zoé, con los que he compartido aula y correrías infantiles. Cuesta recordarlo, pero es preciso.
El caso es que el 22M. Lo que pretendía ser un recordatorio al Gobierno y a la oposición de que es el pueblo el que debe ser oído se convirtió en un despropósito de proporciones épicas. Si bien la marcha y la participación fueron todo un éxito -una vez más ese baile de cifras-, lo que ocurrió a continuación enturbió los logros que dicha respuesta popular podría -y debería- haberse anotado. Los estallidos de violencia de una minoría en esta ocasión se volvieron más virulentos que en previas manifestaciones de este tipo, y de hecho se ensañaron con policía y antidisturbios de manera desproporcionada. Es la impresión de alguien que no estuvo ahí pero que ha leído y visto testimonios y pruebas irrefutables de esta escalada de violencia.
Soy de izquierdas, pero soy de izquierdas en el sentido de que cada cual debe ser respetado a pesar de su condición, sexo, religión, origen o clase social. Yo siempre he llevado una vida acomodada, sin grandes preocupaciones pero sin grandes caprichos. He sido becario como todo hijo de vecino, siempre me han tratado en la sanidad pública (salvo consultas puntuales para ciertos asuntos urgentes); en definitiva, soy un hijo del estado de bienestar. Es lógico, pues, que cuando empiecen a cargárselo, se me hinchen las venas del tronco de la polla y me dé por protestar.
No obstante, una cosa es la protesta y otra, la guerra. Ya sabemos quiénes son los violentos. El señor que viene de Burgos andando no se va a liar a pedradas con la policía porque lo que a él le interesa es hacer oír su problema y su lucha, su frustración y su miedo. No le interesa hundir más el estado de bienestar. Y ahí están, entre la multitud todos con capuchas, con gorros, cobardes, antisistemas, anarquistas redomados que creen que esto es su juego político. Estúpidos niñatos vagos que sólo buscan hundir el sistema por hundirlo, aprovechándose de paso de los sueños de todos los señores de Burgos que vienen a pie a Madrid a protestar por un sueldo digno, una educación pública de calidad, una sanidad humana, un estado justo.
Me entristece que muchos de los acomodados de izquierdas, como yo, se amparen tras esos violentos y participen del juego de los ladrillazos y la lapidación pública. Si en lugar de un muchacho que aprende inglés en su tiempo libre y que viste uniforme reglamentario hubiera una adúltera en medio de la plaza, nos espantaría la imagen. El problema, pues, no es tanto la presencia de violentos, pues siempre la ha habido, sino la ausencia de moral del ciudadano medio, que en lugar de denunciar la violencia la azuza, y grita a la policía, que es el estado de bienestar, y puede que lance adoquines.
Soy un ciudadano ejemplar, me digo. Estoy lejos, y es fácil opinar desde lejos. Sin embargo, yo lo que he visto este fin de semana ha sido una violencia inaudita contra una autoridad que pretende preservar una seguridad necesaria. Si todos los ciudadanos ejemplares vinieran a pie de toda España para manifestarse en Madrid y, al llegar ahí, alguien tratara de cargarse su manifestación a ladrillazos, dónde queda el espacio para reivindicar nada, ¿no sería lógico que les pararan los pies a la mínima expresión de violencia? Fuera de sensacionalismos, ¿no está el ciudadano ejemplar desvirtuando la naturaleza de su protesta legítima al dejar que esos brotes de violencia vayan a más? ¿A qué huelen las nubes? ¿Qué hay del ciudadano ejemplar que resulta llevar uniforme reglamentario en el trabajo? ¿Es él el cabeza de turco? ¿No está claro que los violentos han mostrado sus cartas?
Siento que ese ciudadano ejemplar de Burgos, al llegar a Madrid, sienta la tentación de agarrar un ladrillo y lanzárselo a un policía herido entre dos parterres, porque así es como se protesta en Madrid, ¿no? A los violentos y a todos los ciudadanos ejemplares que siguieron sus pasos tras una protesta ejemplar y multitudinaria: estúpidos, menuda lección de democracia.
Menuda lección de dignidad.

25 de enero de 2013

Algo viejo


a) Mi falta de referentes me ha abierto un amplio abanico de posibilidades. El hecho de que jamás se me haya estimulado a nivel cultural ahora provee una cantidad ingente de música, cine, libros de los que jamás he oído hablar. Por tanto, todo lo clásico me es nuevo. Para mí, descubrir una canción de Aaron Neville ahora mismo es como si fuera un adolescente en la Nueva Orleans de los años sesenta con la opción de descubrir el nuevo disco de mi cantante favorito. No hemos sido tampoco en mi casa muy dados a la euforia que despierta la nostalgia en algunas personas, esa necesidad de recordar constantemente otro tiempo y otros sonidos, otros olores, otra luz. Para alguien extremadamente melancólico como yo, esto supone ahora un problema. No se puede echar de menos lo que no se conoce, lo que no se ha vivido.

b) Sin embargo, está el Stendhal. Sí, ya lo sabéis. Como decían en American beauty, eso de que en el mundo haya tanta belleza que pienses que tu cabeza va a estallar. Esto lo decía Ricky, el adolescente adolecido de melancolía, con su cámara siempre en mano, dispuesto a captar momentos de inusual belleza como aquel de la bolsa de plástico bailando entre las notas de Thomas Newman. De morir, en serio. Resulta que a Ricky lo interpretó Wes Bentley, un actor guapete que, gracias al aura misteriosa de dicho personaje, empezó a recibir ofertas de trabajo y a sonar como una futurible estrella de Hollywood. Sin embargo, la realidad fue muy distinta y el actor desapareció del mapa durante al menos una década. Sólo los fans irredentos de la película de Sam Mendes nos preguntábamos de vez en cuando qué habría sido del chaval. Hará un par de años o tres, el New York Times publicó un artículo sobre él con su testimonio, donde confesaba que la presión de la fama lo había llevado a caer en la droga. Como si toda la belleza del mundo cupiera en una jeringuilla donada por los servicios sociales.

c) Cada vez que descubro una de esas películas, que en la radio suena una de esas canciones que debería haber escuchado con diez u once años, mi pecho se detiene. Digo Alto. Espera, grábalo a fuego. Me enamoro. Me da el síndrome de Stendhal, la melancolía, las ganas de volver a una época que no conozco. Vivir en Woodstock o algo antes, con los beatniks y los hippies. Su música, el primer Antonioni, lo descorazonador de lo que está por conocer.

d) El Desencantador, esa novela en busca de editor, bebe profundamente de esta melancolía. El protagonista, un chaval de 14 años en nuestra era post todo, añora el cine en blanco y negro, el rock acústico, el viejo rock and roll, la ropa comprada o robada en rastros y tiendas de segunda mano. No es una novela que aspire a capturar la esencia del siglo XXI con su narración fragmentada, la inclusión de los nuevos medios, de la red de redes, de un lenguaje 2.0. No. No me interesa eso. No quería una novela donde los personajes se envían mensajes por whatsapp y cotillean sus facebooks, porque iría en contra de lo que yo pretendo. La novela transcurre en viejos cines de barrio, en calles estrechas y antiguas de una Barcelona de otro siglo, en un barrio granadino, el Albaycín, anclado en el Tiempo. Eso quería.

e) Sin embargo, sí hay algo que conozco. Deberían haberme llegado los ejemplares que me corresponden de mi primer libro de relatos, Nosotros, que poseemos la tierra. Debería estar revolcándome entre ellos, con sus historias de fantasmas y de otra época. Aquí no pretendía tanto lo de escudarme en tiempos pasados. Sencillamente, sucedió. Está el periodo de entreguerras, con la terrible Guerra Civil, están los republicanos y los nacionales, pero también aparecen Twitter y Sillicon Valley. Uno de estos días volveré a hablar del libro, del que a ratos estoy orgulloso y a ratos avergonzado. Digamos que, al menos, parte de algo que conozco, y es un ambiente rural de la Andalucía de interior como es Jaén. Que los latifundios de olivos, que la tierra de secano y los pequeños pueblos humildes son los protagonistas. Y salen las Caras.

  
f) Esto es lo primero que escribo en días, puede que en semanas. Hace más de una semana murió mi portátil, en concreto su disco duro. He perdido el contenido de mi ordenador, entre todo fotos y escritos inéditos. He perdido un trozo de mi vida, cierto, pero con suerte, lo recuperaré con creces. Necesitaba este vómito. Gracias.

2 de diciembre de 2012

Carta abierta a Marina del Corral


Estimada señora Marina del Corral:

Soy la tela de aventurero. La hostia de aventurero. Soy muy, muy aventurero, apasionado, arriesgado. No me importaría dejarlo todo y comenzar una vida, la bohème como forma de vida, la improvisación, la incertidumbre. No me importaría, pero me importa.
Verás, querida, tengo trabajo. 25 años y trabajo. No es el trabajo ideal, poco tiene que ver con mi formación, pero es trabajo. Es a media jornada, pero es trabajo. No tuve opción de decir que no cuando me surgió. Después de varios meses de cvs, de entrevistas, de cartas de presentación, motivación, solicitud de becas y mil alternativas, cuando estaba a punto de dedicarme, más por desesperación que por convicción, al voluntariado internacional, recibí esta llamada en la que me ofrecían trabajar como especialista de inglés, teacher, monitor, llámalo como quieras, en una guardería de Madrid. Como digo, acepté. Lavo manos y caras, cambio pañales, canto, barro, doy de comer, invento, reinvento, reviento, todo eso y más a media jornada, de lunes a viernes. A veces, enseño inglés. Luego, por las tardes, de lunes a jueves doy clases particulares para llegar a fin de mes; además, soy negro literario: escribo textos para otra gente a cambio de dinero. No llego a mileurista. Mi presupuesto son 800 euros al mes. Con eso vivo. Con eso como. Con eso compro libros. Con eso voy al cine. A veces sueño que me sobra presupuesto a fin de mes y que puedo planear una escapada a Lisboa, a Berlín o a Reino Unido. Soñar aún es gratis.
Tengo muchos, muchísimos amigos en el extranjero. Casi diría que más que en España. Los hay de todo tipo: científicos, traductores, diseñadores, policías, profesores, médicos... Son todos personas sobradamente formadas, además de excepcionales seres humanos. Españoles que se han formado aquí, gracias a la educación pública, y ahora se ven OBLIGADOS a salir a otro país para obtener una vida digna y acorde con sus aspiraciones personales y profesionales. Son todos talentos desaprovechados, regalados a países nórdicos, a Estados Unidos, a Reino Unido, como regalos ya envueltos, con un lazo plateado listo para ser abierto por un niño avaricioso en Navidad.
Mi contrato rescinde en julio. Cuando termine el curso, me tocará plantearme de nuevo qué hacer, dónde trabajar, dar con algo a jornada completa, plantearme la vida con vistas más allá del fin de mes. Tengo miedo de que llegue julio y no sé, me esperen otros tantos meses de vacío existencial sin nada que hacer, en el sofá de mis padres, con el miedo y el lento marchitamiento del inexorable círculo vicioso paro-inexperiencia-depresión-paro-inex... Total, un dolor de cabeza.
Supongo que volveré a intentarlo. Retomaré la batalla del cv y la carta de motivación y las entrevistas, los portales de empleo, confiaré en la formación que me ha dado este santo país. Entonces, espero, encontraré un trabajo honrado y justo que me permita sobrevivir con perspectivas de futuro. Si no, tendré que volver a plantearme lo de los cvs en el extranjero, becas en otros países, incluso, por no estar parado con 25 años, un voluntariado. Puede, quién sabe, que termine separando cristales y plásticos gratis en Moldavia. Y que lo acepte. Y que mienta a mis padres sobre lo maravillosa que es mi casa, las horas libras, lo que me llena mi trabajo, cómo me convierto en hombre y cada vez soy menos lacra.
Será cierto: seré un aventurero. Joder, y no haberme dado cuenta antes. Espero y deseo con todo corazón que sus hijos sean tan aventureros como mis amigos y yo. Y que no le quite a usted el sueño el calentón que le ha entrado al niño con irse a Bangladesh a trabajar en lo suyo.
Atentamente,


Jose Alberto Arias
 Un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo, un aventurero

8 de noviembre de 2012

Días de una normalidad aplastante

1. Bebo vino tinto en mi cuarto. En el suelo se ha derramado una taza de té rojo. Ahora las baldosas son rosas. Me encanta el té rojo. Odio el sabor del vino. Estoy borracho.

2. Antonio Carvajal me entregó un sobre mágico. Una vez fui alumno suyo. Hace dos días le concedieron el Premio Nacional de Poesía. El sobre es un cúmulo de nombres de autores y obras que todo escritor o aspirante a debería leer. Por mucho que odiemos las listas. Que las odiamos.

3. Estoy enamorado. Loca y profundamenre enamorado. Y borracho. Conocí a Silvia Pérez Cruz a través de una tocaya. Escucha esto, me decía, y yo escuchaba, y escuchaba y escuchaba. Ayer estuve en un concierto de Silvia, y quiero ser así. Quiero enamorarme de alguien así. Compré el vinilo. Pegaré la portada en la pared, donde me observe con ese gesto de pequeña Gioconda.

4. Soy maestro de inglés de guardería. No sé qué hace el lobo en la casa de los cabritillos. No sé por qué algún día, cuando crezca (de verdad), podré decir aquello de mi año en una guardería fue el catalizador para que Queridos niños funcionara. Más le vale. Que funcione, digo.

5. Residuo. Émbolo del mundo. Tragafuegos. Desagüe de inodoros. Huracán Katrina en mi garganta, lo descoloca todo. Es viernes. Repite conmigo, es viernes, es viernes. Aún.

19 de octubre de 2012

¿Crisis? ¿Qué crisis?


No sé si los lectores del blog seréis personas optimistas o pesimistas, supongo que habrá un poco de todo. El caso es que yo soy bastante negativo, todo me afecta demasiado, desde los pequeños cambios en mi día a día hasta la última alineación planetaria. En estos momentos, embarcado en una nueva vida en Madrid que poco tiene que ver con mi vida en la capital hará un par de meses, me cuesta. Me cuesta acostumbrarme a un horario real, a la responsabilidad, ese titilar constante de algo ahí dentro que te recuerda que tienes algo pendiente. La responsabilidad de volver a compartir piso, de vivir en un barrio desconocido, la responsabilidad del ajuste presupuestario. En definitiva, la carencia de libertad. Compaginar dos, tres, cuatro cosas para vivir en Madrid valiéndote por ti mismo. Llegar a casa baldado, cierto, y darte cuenta de que no te salen las palabras.
En estas me encontraba hace dos días, a esto de arrojar la toalla sobre la arena sucia, cuando, camino del curro a casa, se me empezó a ocurrir una idea literaria, una de esas pequeñas luciérnagas que llevan varias noches, varias semanas, a saber, varios meses alumbrando tus noches, una nueva novela. Fue llegar a casa y tener que ponerme a escribir. Creo que escribí poco más de media página y lo dejé; así de cansado estaba. Es de locos este ritmo, lo sé. Tengo por ahí pendiente Queridos niños, Los siete eternos, A road nouvelle y algún proyecto de libro de relatos. Ahora, por si fuera poco, me nace esta novelita de la nada. Una novelita muy sencilla, por no decir, simple, infantil o juvenil,con aspiraciones de saga, que puede ser el remedio a la locura en este momento de incertidumbre.
Mientras, como si la novelita viniera acompañada de buenas vibraciones, me llaman para una entrevista de trabajo en una academia el martes que viene. Tocaré madera. Y escribiré sin pensar mucho, por pura diversión, hasta que se agote la maldita crisis.