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6 de noviembre de 2023

Por qué dejé de beber



Partamos de una aclaración, porque el título da a entender que soy un alcohólico rehabilitado y no. Jamás he bebido de forma habitual, ni siquiera en contextos aceptados como con la comida o de fiesta. Sin embargo, durante unos años sí que fui un bebedor social que tuve momentos de borrachera épica, ocasiones que puedo contar con los dedos de la mano y adelante listaré. Lo cierto es que llevo ya en torno a 6 o 7 años sin beber (hay trampa).
Llegado un día, no recuerdo que fuera especial o viviera una epifanía, decidí dejar de beber por completo. Abandonar para siempre la cerveza o el vino, más aún las copas, y refugiarme en mis refrescos azucarados. Fue, dadas las circunstancias, fácil. No ha habido un solo día desde entonces en que haya añorado beber alcohol. Tampoco se me ha cuestionado o presionado en mi entorno social y familiar (más allá de una cena de Nochebuena o Nochevieja donde se siguen preguntando por qué no acepto una mísera copa de vino).
Creo que no he sido precoz en nada en la vida salvo la lectura. Fui el primero de la clase en terminar la cartilla Micho en párvulos para aprender a leer, y desde niño me he rodeado de libros y cuadernos, lugar seguro al que vuelvo a diario. La vida en un pueblo es una vida tranquila, y al menos en los noventa los menores gozaban de una libertad cada vez más escasa. Fui muy crío hasta muy tarde, mi interés por la lectura me abrió las puertas a otros intereses culturales, a la escritura. Poco a poco, mi tiempo libre fue llevándome por los derroteros de la creación. Recuerdo largas tardes leyendo, leyendo, leyendo, imaginando historias, visitando la biblioteca, fines de semana en casa. A esa edad temprana a la que algunos compañeros comenzaban a explorar la adolescencia (hablo de once, doce años: en los pueblos todo sucede más rápido) los fines de semana, para mí seguían siendo momento de juego. Salía a cenar con mis hermanos, a lo mejor quedábamos con amigos a no hacer nada, o, más tarde, cuando La 2 se convirtió en otro refugio, los sábados me bebía aquellos ciclos de cine independiente y/o europeo o, más adelante, las primeras temporadas de A dos metros bajo tierra (que acaba de llegar a Netflix, dicho sea de paso).
Mis compañeros y compañeras salían, iban a pubs, hacían botellones. Recuerdo que nunca me gustó el sabor del alcohol. Por aquel entonces, cuando salía, recuerdo tomar esos mejunjes dulces, azucarados que mi paladar toleraba: mangaroca con batido de chocolate, lima con vodka, blue tropic, piña con malibú... Pero me tomaba una de esas y ya. Hasta ahí mi experiencia con el alcohol.
Ya de lleno en la adolescencia, cuando llegó el instituto y tomamos caminos divergentes mis hermanos y yo, recuerdo abrazar la soledad, refugiarme en mis obsesiones (fantasmas que aún me acompañan), poner distancia entre mi vida y el acto social. Como en mi casa jamás se normalizó el consumo de alcohol más que en ocasiones celebratorias (o la cerveza/vino con la comida, como en cualquier hogar), tampoco me vi arrojado a estos néctares durante la adolescencia. Para mí, beber seguía siendo algo extremadamente adulto, y yo era un crío. Incluso en verano, en Salobreña, no nos acompañábamos por amigas que bebieran y tratábamos (ahora lo sé) de ser peterpanes que perpetuaran los restos de la infancia. Con todo, ya abrimos la puerta a Sandevid y otros inventos del estilo.
Fueron la vida independiente, los 18, la universidad, el punto de inflexión. Los primeros amigos eran como yo: bebían poco si bebían, cuando salíamos a tapear por Granada era lo normal un tinto de verano o una Coca-cola. Creo que fue por esa altura cuando más Coca-cola consumía: a litros, y no me afectaba al sueño, al estado de ánimo o a la salud. Ahí ya sí empecé a hacer botellón y a beber en contexto de fiesta: Cacique principalmente, si mal no recuerdo, pero también cerveza, tinto de verano, cosas baratas.
Hago aquí un inciso sobre las borracheras de las que hablé antes, contadas y repartidas en el tiempo.
  1. Mi primera borrachera memorable fue un poco tonta. Se acercaba fin de 1º de carrera, quedamos un grupo de la facultad a beber, pero nada más allá de lo normal. Nos despedimos para vernos ese mismo día más tarde. Recuerdo llegar a casa bien, bien perjudicado, digo, porque caí directo en la cama y fue cuando todo empezó a darme vueltas. Incapaz de mantener la cabeza anclada me arrastré al cuarto de baño a vomitar. Me senté primero en el váter, no sabía bien si necesitaba vaciarme por arriba o por abajo, y fue mala idea, porque me dejé resbalar al suelo y ahí, abrazado a la taza y con los calzoncillos por los tobillos me encontró mi hermano al volver a casa, en un estado lamentable, y me cogió en brazos y me acostó. Dormí hasta pasarla, no recuerdo quedar esa noche con mis amigos. En los años sucesivos, mi principal ingesta alcohólica se daba en un pub irlandés, el Hannigan's, donde todos los lunes íbamos a competir y a beber Guinness en mi caso, y cuyo premio eran cócteles gratis (la noche que ganamos sí recuerdo acabar bastante borracho, pero sin perder los papeles).
  2. Mi segunda y épica borrachera fue de Erasmus, en 3º de carrera, donde ya había normalizado perfectamente beber en cada fiesta. Esa noche comenzamos la celebración en nuestra casa de Swansea. Recuerdo que solíamos comprar vodka marca blanca de Tesco, porque no daba resaca. Después de juntarnos a beber en casa, esa noche, de forma excepcional, decidimos ir a una discoteca que había en el campus. Habíamos mezclado el resto del vodka en la botella con el resto de refresco de limón. Ya en la fila para entrar tuvimos que hacer el sacrificio de beberla del tirón, nos recuerdo en concreto a mi amiga María y a mí hasta vaciarla. Nada más entrar, alguien pidió chupitos de tequila. No sé si tomé uno o dos, y empecé a sentirme mal hasta el punto de que mis amigos me tumbaron en un banco de la discoteca. Ya tumbado, de nuevo la sensación de que el mundo giraba y yo no podía echar el ancla. En una de estas, supe que iba a vomitar y vomité. Justo en ese momento, mientras vomitaba (no mucho, un poco) tumbado pasó ante mí una camarera y nuestras miradas se cruzaron. Aunque me sentí mejor enseguida, en unos minutos vino uno de los seguratas de la discoteca a sacarme sin posibilidad de recoger mis cosas o despedirme de mis amigos. Pero esa es otra historia.
  3. Pasaron bastantes años en que, tras mi shock con el tequila, decidí ser más prudente con la bebida. Al poco de mudarme a Madrid hice un par de viajes a Lisboa. En ambos, con amigos queridos, bebí más de lo que mi organismo toleraba. En la primera noche no pasó de ahí; dormí la mona ricamente. La segunda vez, también obnubilado por cuanto bebí y fumé en Bairro Alto, acabé abrazado a un desconocido hasta que nos separamos (mi amigo Javi, mientras tanto, no paraba de señalarme y descojonarse. Entonces me dio el backout, me dejé caer en el suelo (calculo que frente a la Igreja dos Italianos o en el Largo de Camões, aunque bien pudo ser en São Roque o São Pedro de Alcântara) y sólo quería dormir. Me tuvieron que levantar y llevar en brazos al hostel. Más allá del bochornoso espectáculo, fue una de mis peores resacas (estaba quemado por el sol de la playa portuguesa, estreñido y medio moribundo por la noche anterior).
  4. En 2014, aún en Madrid, cuando quedaba con amigos o mi ex bebíamos cerveza, porque era lo más barato. Bebíamos en casa, a veces en bares de Malasaña. Fumábamos. Entonces, una reunión escolar: mi clase del pueblo se reunía, ya con 25 años, en una cena. Tras la cena llegaron las copas en el mío (un gin tonic mío y otro de una amiga que se tenía que ir), y tras el restaurante acabamos en un pub, y luego en otro, y cada vez que tenía la mano libre mi hermano me colocaba otro gin tonic que yo bebía displicentemente. Nos dio el nuevo día, y al volver a casa, bastante perjudicado, pero estable, me dirigí directo a la cama. Vomité en la cama toda la cena de la noche anterior y todo el alcohol ingerido. Me recuerdo malísimo, sin duda mi peor resaca.
  5. Casi un año más tarde, ya instalado en Lisboa, mis primeros meses en la ciudad a veces me gustaba callejear y visitar el Bairro Alto de noche, porque para mí era sinónimo de peligrofiesta y libertad. En la visita de un amigo acabamos ahí, en uno de los bares de Bairro Alto, aunque llegamos tarde y todo cerraba, así que compramos uno de esos litros lleno de un cóctel cualquiera con vodka o veneno para el camino mientras bajábamos a Pink Street con unas españolas que conocimos en la calle. Ya en Cais seguimos bebiendo cerveza en distintos bares, tratando de entrar en un local con aire algo clandestino sin éxito y, por último, entrando en una discoteca (ahora que lo pienso esa es la única vez que he estado en una discoteca en Lisboa). En la discoteca sólo recuerdo flashes: bajar al baño atravesando una sala con billares, tratar de brindar con todo el mundo botellín en mano y buscar a mi amigo entre la muchedumbre. Más tarde, un taxi, el impulso inaguantable de vomitar en el taxi y que nos echaran. Ya en la calle, caer al suelo redondo. Desperté completamente desorientado y sin recuerdo de media noche, algo que nunca me había pasado y jamás me ha vuelto a pasar.
No dejé de beber entonces, ni mucho menos. Durante los siguientes tres, cuatro años consumía alcohol en eventos sociales, alguna vez después de trabajar cuando teníamos visita del cliente porque invitaban (lo normalizado que está el consumo de alcohol en ambientes laborales), en cenas y fiestas en casa. Entonces, y creo recordar que fue bastante súbito, decidí no beber más.
Me puse firme conmigo mismo y me di cuenta de que no disfrutaba el sabor del vino y la cerveza, que era más un rito de paso que algo que hiciera convencido. Por honestidad, porque ya venía dándome cuenta de que no me gustaba cómo me hacía sentir el alcohol, corté el grifo. De pronto no pedía una sidra al salir, no regaba los encuentros con cerveza, no brindaba con los amigos a quienes ofrecía una copa cuando venían a casa, porque en mi casa hay mueble bar. Las botellas de vino traídas por visitas a cenas y estancias permanecían año tras año aguardando a alguien que diera buena cuenta de ellas.
Miento si digo que no he vuelto a probar el alcohol. Alguna vez, si me apetece, bebo una sidra (más por el sabor que por otra cosa) o una amarguinha (típico licor portugués de almendra servido con hielo y limón), pero son las únicas excepciones que me permito. He intentado ser algo gourmet y acompañar alguna comida de una copa de vino, pero el efecto es curioso: me pongo rojo enseguida, como si el alcohol me provocara reacción en el organismo. He llegado a preguntarme si tengo algún tipo de alergia al etilo.
Creo que hay cada vez más gente que toma la misma decisión que yo, que en las nuevas generaciones el consumo de alcohol, como de tabaco, no está tan romantizado. Me consuela ver esta tendencia cambiante, y aunque el alcohol no ha supuesto para mí ninguna condena (pienso en auténticos alcohólicos que han tenido que batallar dicha bestia día a día: mi añorado Fernando Marías lo narró con valentía en Arde este libro), sí que me ha colocado en lugar extraño 
Pero, y a lo que venía al comienzo de este texto, dejé de beber por decisión propia. No me gusta ni me ha gustado nunca el alcohol, aunque lo he consumido con cierta normalidad. Aún hay quien se extraña/sorprende si les  explico que no, no bebo, pero basta que les diga que no me gusta para que entiendan. Y 

17 de marzo de 2014

Instrucciones para decir adiós

Hace unos meses, cuando el derrumbe, la demolición interior, el mundo galvanizado en una miniatura sobre el mueble de la entrada, cuando me dejó, tomé la decisión de no escribirle más cartas. Pensaba escribirle una carta de despedida, y a cambio empecé a escribirle una novela para no ahogarme. No obstante, me propuse aprender a decir adiós, y escribí un decálogo (o algo así):


INSTRUCCIONES PARA DECIR ADIÓS
1. No decir adiós.
2. No pensar que es un hasta luego encubierto; es un adiós.
3. Mírale a los ojos. Sonríe. Que no te vea llorar.
4. Guarda silencio. Es fundamental guardar silencio.
5. Haz una pregunta incómoda, ataca con la guardia baja.
6. Recuerda algo en común en voz alta, pero no te pases de listo.
7. Habla del proceso de decir adiós. Que ambos seáis conscientes de la despedida.
8. Regálale algo. Algo que cada vez que vea recuerde a una despedida..
9. Rómpete. Hazte frágil por una milésima de segundo.
10. Cógele la mano.
11. Róbale un beso.
12. Di adiós.
13. Desaparece de su vida.

25 de marzo de 2013

À Paris



Un día puede cambiar tu vida. Una persona puede cambiar tu vida. Pero, ante todo, una ciudad puede cambiar tu vida. Llegué a París una noche de otoño tras cinco días de carretera ininterrumpida. Encontré al poco, gracias al amigo de una amiga, casa que compartir con dos griegos y una italiana escultora en la Rue Rivoli. El piso estaba lleno de cuerpos a medio modelar, de cuadros de desconocidos, cojines y pufs donde pasar las horas.
     En cualquier caso, yo no había ido a París a convertirme en un cliché. Amaba el arte por encima de todas las cosas, y la fantasía de recorrer el Louvre como en una peli de Godard, de visitarlo a diario, al fin estaba a punto de hacerse realidad.
     La primera vez que visité el museo fue bastante decepcionante. Todo era tan ordenado, tan metódico, tan ASÉPTICO que apenas percibí la magia del lugar. A pesar de todo, volví al día siguiente y me fui alejando del grupo poco a poco. Así, progresivamente comencé a idear un plan para cumplir mi sueño. Cuando cerró el museo al séptimo día de mi llegada, en lugar de irme como hacían el resto de los visitantes, esperé a que se produjera el cambio de guardia. Un señor corpulento, de nariz grande y espalda ancha, salió y saludó a un joven que fumaba indiferente en una de las puertas traseras. En cuanto se apretaron las manos, la diferencia entre ambos se hizo casi irrisoria.
     Yo observé en silencio hasta que el joven entró. El grandullón de miró con desinterés y se alejó con su lento caminar. Entonces, procedí. Golpeé con los nudillos hasta que abrió el joven vigilante. Me fijé en el revólver que le asomaba junto al cinturón y en la placa con el nombre.
     -¿Qué quieres? -preguntó en francés. 
     -Hola, me llamo Verónica y voy a hacer que pases la mejor noche de tu vida si me haces un favor.
     -Buenas noches -se limitó a decir, y cerró en mi cara.
     -¡Pascal, Pascal! Si no me abres, jamás sabrás como podría haber sido esta noche y cuando seas viejo y estés echando de comer a los patos del parque te acordarás de mí, de las largas horas de aburrimiento y te maldecirás por no haber aceptado mi propuesta. Pero entonces será demasiado tarde y no podrás volver a este momento, y lo lamentarás para siempre.
     Esperé unos segundos eternos a la espera de cualquier respuesta. Al fin, la puerta cedió unos centímetros.
     -¿Qué favor? -preguntó.
     -Déjame entrar. Te contaré una historia por cada cuadro, te cantaré canciones que nadie conoce, nos reiremos de la Gioconda y haremos un picnic en la sala Van Gogh. ¿Qué me dices? 
     -Anda, pasa -dijo, y dejó escapar un profundo suspiro.
     Nada más entrar, eché a correr por los pasillos mientras perdía de vista a Pascal, que me llamaba y preguntaba mi nombre con pánico en la voz. “¡Verónica!”, gritaba yo a todos los cuadros.       Me detuve frente a la Gioconda, menuda, inocente, intrigante. 
     -Querida, me llamo Verónica. Ha sido un placer dar contigo al fin. Sshh...el guarda no me quería dejar entrar. ¿Sabes qué? Creo que está celoso. Estos franceses... No te muevas, te voy a dibujar. 
     Saqué un carboncillo y un cilindro de papel grueso y esbocé sus piernas. Le dibujé unas piernas a la Gioconda. “Por si algún día te cansas y prefieres huir”, le expliqué. Casi no me di cuenta de que Pascal nos observaba en silencio al otro lado de la galería. Sonreía. Entonces saqué una Polaroid y eché una foto de nosotros tres. Y fuimos a la sala Van Gogh, donde cenamos unos sandwiches vegetales y vino tinto, y brindamos por el pintor pelirrojo, que murió sin haber vendido ni uno de sus cuadros. Pascal y yo acordamos algo: le visitaría todos los lunes hasta contarle una historia por cuadro, cenaríamos juntos y beberíamos vino francés de la botella. Al despedirme, le di un beso en la mejilla y tiré de mí para llegar a la salida corriendo. Entonces, lo besé en los labios.
     Salí de allí a las seis o siete de la mañana, no sé bien, y llegué andando a la calle Lepic. A unos metros me observaba un perro pequeño, gordo y gracioso. Le asomaba la lengua por el lado. Adopté al carlino y lo llamé Poulain. Ésa fue la primera gran noche de mi vida.

23 de febrero de 2013

Ventajas de ser un marginado

Imagina la adolescencia. Imagina el desconcierto. Trata de pensar en alguna representación que se le aproxime con justicia, con honestidad, sin reparos.
The Perks of Being a Wallflower es una novela de 1991 escrita por Stephen Chobsky, quien ahora, veinte años más tarde, nos trae la adaptación de su propio libro. Y cómo lo encara. Cómo lo afronta. Cómo sale de una pieza de la afrenta.
I. EL TONO
Podría Chobsky haber optado por la idealización rayana lo salvaje que supone Skins, serie de televisión británica donde abundan el sexo, la droga y el rock&roll. Esa exaltación vital es digna de admiración, pero se pierde en sus propias pretensiones dramáticas y a veces cae en el absurdo. Podría Chobsky, igualmente, haberse acercado desde la perspectiva dócil e inocente de otros productos audiovisuales, véanse Aquellos maravilosos años o, más actual, Dawson's Creek, si bien estas representaciones adolecen de aproximarse al culebrón simple y a la labor adoctrinante que tradicionalmente ha tenido la ficción adolescente. No obstante, el autor de la novela opta por abrazar el tono del marginado, del inadaptado en el peligroso ecosistema que suponen el instituto y la vida familiar (los referentes son amplios, desde el Holden Caulfield de Salinger a las Chicas malas de Tina Fey). En cuanto a estos seres salidos de otro planeta, aquellos pardillos o pringados, existen auténticas filmografías dedicadas a ellos: desde Napoleon Dynamite al mayor referente y más compleja visión del espectro nerd como es otra serie de televisión, Freaks and Geeks (Judd Apatow, 1999). También me vienen a la cabeza Thirteen, C.R.A.Z.Y., 10 razones para odiarte... Sin embargo, el sello de autor en la representación de esta etapa tan convulsa, lejos de polémicas y los manidos tópicos de siempre, lo puso la también televisiva My So-Called Life con unos jovencísimos Claire Danes y Jared Leto.
II. LA PELÍCULA
¿Qué puede aportar a estas alturas Las ventajas de ser un marginado? Verdad y emoción, que parece fácil. Referencias pop. Buena música. La historia de tres chicos que se conocen en el instituto y aprenden juntos, de la mano, no sólo a vadear el sinuoso camino de la adolescencia, sino de oscuros pasados cargados de traumas personales. Charlie entra en el instituto, primer año, y no tiene amigos, no conoce a nadie, es un pardillo. De su marginación lo saca Patrick, un extrovertido estudiante de último año, y la hermanastra de éste, la inefable Sam. Los tres celebran una amistad intensa entre fiestas, cintas de música y pases nocturnos de The Rocky Horror Picture Show. Triángulos amorosos, literatura, expectativas, miedo. Carreras en la noche.
III. LOS RESPONSABLES
Del director ya hemos dicho que se trata además del autor de la novela en su segunda incursión en el cine. No es particularmente hábil, pero sabe dar con la poesía y la honestidad que requiere la historia. En cuanto al casting, es sin duda alguna el gran acierto de la película, desde una Emma Watson que se quita de encima el lastre de Hermione a pasos de gigante, al protagonista, Charlie (Logan Lerman, que también se aleja de su Percy Jackson con entereza) sin olvidar a la auténtica revelación, un Ezra Miller descarado y divertido que ya protagonizó la reivindicable Tenemos que hablar de Kevin. Eso, por la parte adolescente; en cuanto al sector adulto, una galería de secundarios eminentemente televisivos que llenan de contundencia una cinta producida por John Malkovich: Paul Rudd, Kate Walsh, Dylan McDermott... De la música, otro personaje en la película, se encarga Michael Brook.
IV. ÉXITO
La película viene precedida por la enorme repercusión de la novela, por las expectativas puestas en el casting y una campaña promocional centrada en la parte positiva que desprende la historia. No obstante, sorprende que las tramas que confluyen en la película tengan un reverso mucho más oscuro de lo habitual en el género. Sin desvelar nada, diré que existe algún que otro giro de guión, alguna revelación que lo transforma todo, y en un cine tan acostumbrado a dejarse llevar, es de agradecer. Ésta es la historia de un grupo de inadaptados en la etapa vital más compleja y determinante en la formación humana. Bailan, estudian, escriben, van a fiestas, aman, descubren, redescubren, conducen, vuelan, son infinitos.

25 de enero de 2013

Algo viejo


a) Mi falta de referentes me ha abierto un amplio abanico de posibilidades. El hecho de que jamás se me haya estimulado a nivel cultural ahora provee una cantidad ingente de música, cine, libros de los que jamás he oído hablar. Por tanto, todo lo clásico me es nuevo. Para mí, descubrir una canción de Aaron Neville ahora mismo es como si fuera un adolescente en la Nueva Orleans de los años sesenta con la opción de descubrir el nuevo disco de mi cantante favorito. No hemos sido tampoco en mi casa muy dados a la euforia que despierta la nostalgia en algunas personas, esa necesidad de recordar constantemente otro tiempo y otros sonidos, otros olores, otra luz. Para alguien extremadamente melancólico como yo, esto supone ahora un problema. No se puede echar de menos lo que no se conoce, lo que no se ha vivido.

b) Sin embargo, está el Stendhal. Sí, ya lo sabéis. Como decían en American beauty, eso de que en el mundo haya tanta belleza que pienses que tu cabeza va a estallar. Esto lo decía Ricky, el adolescente adolecido de melancolía, con su cámara siempre en mano, dispuesto a captar momentos de inusual belleza como aquel de la bolsa de plástico bailando entre las notas de Thomas Newman. De morir, en serio. Resulta que a Ricky lo interpretó Wes Bentley, un actor guapete que, gracias al aura misteriosa de dicho personaje, empezó a recibir ofertas de trabajo y a sonar como una futurible estrella de Hollywood. Sin embargo, la realidad fue muy distinta y el actor desapareció del mapa durante al menos una década. Sólo los fans irredentos de la película de Sam Mendes nos preguntábamos de vez en cuando qué habría sido del chaval. Hará un par de años o tres, el New York Times publicó un artículo sobre él con su testimonio, donde confesaba que la presión de la fama lo había llevado a caer en la droga. Como si toda la belleza del mundo cupiera en una jeringuilla donada por los servicios sociales.

c) Cada vez que descubro una de esas películas, que en la radio suena una de esas canciones que debería haber escuchado con diez u once años, mi pecho se detiene. Digo Alto. Espera, grábalo a fuego. Me enamoro. Me da el síndrome de Stendhal, la melancolía, las ganas de volver a una época que no conozco. Vivir en Woodstock o algo antes, con los beatniks y los hippies. Su música, el primer Antonioni, lo descorazonador de lo que está por conocer.

d) El Desencantador, esa novela en busca de editor, bebe profundamente de esta melancolía. El protagonista, un chaval de 14 años en nuestra era post todo, añora el cine en blanco y negro, el rock acústico, el viejo rock and roll, la ropa comprada o robada en rastros y tiendas de segunda mano. No es una novela que aspire a capturar la esencia del siglo XXI con su narración fragmentada, la inclusión de los nuevos medios, de la red de redes, de un lenguaje 2.0. No. No me interesa eso. No quería una novela donde los personajes se envían mensajes por whatsapp y cotillean sus facebooks, porque iría en contra de lo que yo pretendo. La novela transcurre en viejos cines de barrio, en calles estrechas y antiguas de una Barcelona de otro siglo, en un barrio granadino, el Albaycín, anclado en el Tiempo. Eso quería.

e) Sin embargo, sí hay algo que conozco. Deberían haberme llegado los ejemplares que me corresponden de mi primer libro de relatos, Nosotros, que poseemos la tierra. Debería estar revolcándome entre ellos, con sus historias de fantasmas y de otra época. Aquí no pretendía tanto lo de escudarme en tiempos pasados. Sencillamente, sucedió. Está el periodo de entreguerras, con la terrible Guerra Civil, están los republicanos y los nacionales, pero también aparecen Twitter y Sillicon Valley. Uno de estos días volveré a hablar del libro, del que a ratos estoy orgulloso y a ratos avergonzado. Digamos que, al menos, parte de algo que conozco, y es un ambiente rural de la Andalucía de interior como es Jaén. Que los latifundios de olivos, que la tierra de secano y los pequeños pueblos humildes son los protagonistas. Y salen las Caras.

  
f) Esto es lo primero que escribo en días, puede que en semanas. Hace más de una semana murió mi portátil, en concreto su disco duro. He perdido el contenido de mi ordenador, entre todo fotos y escritos inéditos. He perdido un trozo de mi vida, cierto, pero con suerte, lo recuperaré con creces. Necesitaba este vómito. Gracias.

8 de noviembre de 2012

Días de una normalidad aplastante

1. Bebo vino tinto en mi cuarto. En el suelo se ha derramado una taza de té rojo. Ahora las baldosas son rosas. Me encanta el té rojo. Odio el sabor del vino. Estoy borracho.

2. Antonio Carvajal me entregó un sobre mágico. Una vez fui alumno suyo. Hace dos días le concedieron el Premio Nacional de Poesía. El sobre es un cúmulo de nombres de autores y obras que todo escritor o aspirante a debería leer. Por mucho que odiemos las listas. Que las odiamos.

3. Estoy enamorado. Loca y profundamenre enamorado. Y borracho. Conocí a Silvia Pérez Cruz a través de una tocaya. Escucha esto, me decía, y yo escuchaba, y escuchaba y escuchaba. Ayer estuve en un concierto de Silvia, y quiero ser así. Quiero enamorarme de alguien así. Compré el vinilo. Pegaré la portada en la pared, donde me observe con ese gesto de pequeña Gioconda.

4. Soy maestro de inglés de guardería. No sé qué hace el lobo en la casa de los cabritillos. No sé por qué algún día, cuando crezca (de verdad), podré decir aquello de mi año en una guardería fue el catalizador para que Queridos niños funcionara. Más le vale. Que funcione, digo.

5. Residuo. Émbolo del mundo. Tragafuegos. Desagüe de inodoros. Huracán Katrina en mi garganta, lo descoloca todo. Es viernes. Repite conmigo, es viernes, es viernes. Aún.

12 de septiembre de 2012

Renovación


Vengo de renovar mi DNI. Llevaba más de un año (un año y medio, de hecho) con la tarjeta sin chip. Recuerdo que se me cayó una noche de tapas con guiris en Granada, por el Realejo, lo recuerdo todo tan bien, y guardé el chip en el bolsillo con la intención de pegarlo otro día. No lo hice, claro. Mi chip estará ahora mismo en algún desagüe de lavadora o en un suelo lleno de mugre o en las tripas de una rata de cloaca. En ese chip estoy yo. Yo en las tripas de un carroñero.
De eso, digo, ha pasado un año y medio. Sólo he tenido problemas con lo del chip una vez, cuando fui a Lisboa en marzo y a la vuelta me dijeron que menos mal que volaba a España, porque de volar a otro sitio me retendrían. Desgraciadamente, no viajo demasiado por falta de recursos.
Cuando me hice el otro DNI, allá por 2007, fue a raíz de la Erasmus, esa experiencia que lo cambiaría todo, que me devolvería la vida, que supondría un punto y aparte en mi existencia. Lo renové porque estaba caducado, me hice la tarjeta europea y el pasaporte, todo en Jaén. Compré recambios para mi cuchilla de afeitar. Lo recuerdo todo tan claro. Tenía el pelo largo, no sabía gran cosa del mundo: era la primera vez que me iba tan lejos, tan solo, tan libre.
Cinco años, lo que dura un DNI vigente. La barba, la piel, el pelo. Los ojos cada vez más hundidos, la firma más loca, el gesto más hosco. ¿Qué iba a pensar aquel chaval de veinte años recién cumplidos del que escribe estas líneas? ¿Se reconocería? ¿Querría reconocerse? ¿Cabemos en una tarjeta de plástico? ¿Qué nos dicta? ¿Qué nos (de)forma?
¿Por qué nos empeñamos en controlar lo incontrolable? Tengo fecha de caducidad. Hoy soy un yogur natural, sin azúcar.

8 de agosto de 2012

sum



Durante muchos años, estuve convencido de que no llegaría a los 25. Los 23 era la edad que había marcado como máximo para sobrevivir a la enfermedad llamada vida (la enfermedad del tiempo, que nos mata poco a poco, como los Ángeles Llorones) no sé muy bien cuándo ni por qué. También me marqué otras estupideces, como que tendría un hijo, que estaría casado, que qué sé yo.
     Tengo 25 años y un montón de insensateces en la sangre y los bolsillos. De hecho, no tengo nada más en los bolsillos. Voy camino de convertirme en un viejo maniático y cascarrabias, pero está bien. Yo me lo he buscado. Hace cinco años, cuando pensaba que cumplir veinte era tan importante, escribí un texto bastante largo en el blog. Trataba de definirme y analizarme en varios párrafos. Entonces encontré varios puntos a tratar. Ahora, como digo, cinco años después, he parado a pensar largo y tendido sobre qué vale la pena hablar, si hay algo tan importante sobre lo que disertar largo y tendido. O mi vida se ha vuelto mucho más aburrida, o tengo más claras mis prioridades. Lo cierto es que, tras mucho pensarlo, hay una palabra que quema con una intensidad inusual: literatura.
            Es divertido: creo que a los 20 la contemplaba, pero más como un hobby que como una ocupación real. Ahora llega lo jodido, cuando sé que la literatura no puede ser una ocupación, cuando tendría que conformarme con un hobby, pero no puedo decir no. Ahora que he empezado a correr sin frenos, con una venda en los ojos, no puedo detenerme. Supongo que antes lo describía como una voz en la cabeza que no se callaba hasta que le daba forma. Ahora diría que es más bien una sensación incómoda de cosas pendientes.
            Sea como sea, lo importante es que si hace 5 años escribía desde casa, Bélmez, ahora lo hago desde Madrid, que entonces tenía el pelo relativamente largo y ahora vuelvo a tenerlo en menos cantidad, pero con greñas horribles. Todo vuelve. Todo es un ciclo. Veamos qué conceptos quiero tratar con la llegada del cuarto de siglo.



Amistad
Me he vuelto un cínico con los años. Recordemos cuánto quería a mis amigos, cómo eran los mejores y no podía vivir sin ellos. No mentía. Seguimos siendo amigos, buenos amigos, grandes amigos, pero prefiero hablar del camino. De los que he conocido entre tanto. Tengo suerte. Lo de convertirme en un cínico comenzó precisamente a los 20, con los primeros (o más claros) prejuicios. Me gustan los prejuicios y los disfruto, porque las primeras impresiones me han enseñado que en la mayoría de las veces no me equivoco. Sea como sea, he descubierto el perfil de gente que necesito a mi lado. Gente sin prejuicios (sí), aventurera, que comprenda que el mundo puede ser de otra forma. Gente inconformista, joder, gente no acomodada, que no se deje absorber por un sistema cómodo de seguir, un régimen antiguo que nosotros no hemos escribo. Necesito gente que necesite viajar y conocer otra gente, pero viajar de verdad, de perderse un tiempo lejos y pasar temporadas en otros países y otras culturas, de cortar con todo y reemprender la marcha. Gente dispuesta a vivir hacia rutas salvajes, vaya.
He aprendido también que conceptos como mejor amigo eran espejos de la infancia. Ahora sólo hay gente necesaria, gente que hace girar el mundo, como yo los llamo, y todos vienen de lugares distintos y probablemente nunca coincidiremos, pero es maravilloso vivir en esa especie de crisol sin orden ni expectativas.
            Aún es cierto: necesito a mis amigos más que nada, por encima de todo, aunque sea una persona solitaria. Sí, soy una persona solitaria. Insisto, no me gusta demasiado la gente, mucho menos la gente al uso. La mayoría de la gente es al uso, mal vamos.
            Y más aún, me obligo a conocer gente todos los años y coleccionar amigos, y he de tener una suerte de la hostia, porque con tanto prejuicio y tantos requisitos poca gente me llega dentro. Antes, supongo, era más fácil hacer amigos.

CINE
Muchas veces, cuando me preguntan, llego a afirmar que me gusta más el cine que la literatura. Entonces me pregunto qué hago escribiendo libros y no aprendiendo a mover la cámara, a hacer un casting, a escribir un guión en condiciones. Supongo que, llegado el momento, me centraré en algo relacionado con ese mundo maravilloso: un Máster en Guión (algún curso he hecho, pero poca cosa de momento), conocer gente, tal vez tratar de trabajar en una productora... Todo llegará, me digo.
            Porque quiero volver a emocionarme como cada vez que veo Where the Wild Things Are, que el corazón se me acelere con los encuentros de Celine y Jesse, se me haga un nudo en la garganta cada vez que escuche "Angela Undress", reír a carcajadas con cualquier invento de la factoría Apatow, arruinarme porque soy de los románticos que aún frecuentan las salas de cine. Creer que soy un niño con cualquier maravilla de animación, qué diantres, temblar de pánico con el terror de La profecía (recuerdos que envilencen a la edad), quiero enamorarme de Scarlett Johansson y Kate Winslet, de Joseph Gordon-Lewitt y Anne Hathaway, seguir colaborando en Cinempatía, darle las gracias a todos los que han hecho posible la existencia de este arte cinematográfico.
            No dejaré de escribir mis reseñas, impresiones, descubrimientos, de rendirle homenajes como hice con El Desencantador (atentos, una novelita que pronto verá la luz, estoy seguro), recorrido por el cine de mil época y cien mil escuelas para todos los curiosos. A veces sólo encuentro las respuestas en el cine: Into the Wild, Before Sunset, Away We Go, Caótica Ana, En la cama... Porque los lugares donde yo estoy ya han sido transitados por personas mejor preparadas, y no está de más abrir los ojos y aprender. Aprender del cine a vivir.

La muerte
A dos metros bajo tierra y Buffy, Cazavampiros son mis dos biblias audiovisuales para entender la vida. Para aceptar la muerte. Porque por nosotros mismos no somos capaces. Ambas series tienen, ya sea por un motivo u otro, a la muerte como protagonista. Supongo que me fascina y no me aterra. Nunca le he tenido especial miedo a la muerte, y es curioso. A la gente la muerte le provoca auténtico pavor.
Hace dos años murió mi tía Carmen, probablemente una de las personas a las que más quería. La muerte me acarició la nuca como una sábana fría y empapada. Hace ya cuatro años, sin ir más lejos, estuve entre dos tierras cuando el sonado ictus. Un poco más, más fuerza, más tiempo, menos sangre y estaría muerto. No me asusté en su momento ni más adelante; todo lo contrario, me ha hecho darme cuenta de lo bien que está esto de vivir si uno sabe como. Quiero decir con esto que en definitiva se trata de una filosofía de vida producto de mi inmadurez y aspiraciones de bohemio.
            Sea como sea, la muerte es un tema que me obsesiona. Como elemento narrativo, me parece uno de los grandes pilares sobre los que descansan mis  ficciones: una muerte siempre puede convertir un capítulo normal en algo memorable. No obstante, no he matado a nadie, pero lo he deseado. No sé si desear la muerte a alguien es algo demasiado horrible, pero juro que habría matado con mis propias manos a varias personas con las que me he cruzado, y es que el planeta y todos esos seres que lo habitan serían mucho más felices según sin quién.
            Creo que, llegado el momento, yo elegiré cómo morir, cuándo hacerlo. Creo que, dado el vacío existencial y el terror cósmico que me provoca pensar en que los seres humanos somos piezas inútiles e insignificantes en un plan superior, complicarse con nimiedades, caprichos de seres que se sienten el centro del universo, es absurdo. Así, cuando llegue el día, saltaré lejos.


amor, amor

Creo que no estoy enamorado. No, no lo estoy, no ahora. Hace cinco años lo estaba perdidamente, pero no sabía lo que era el amor y las aristas que contenía. Creía que el amor y el sexo eran cosas inseparables, ja, ja, ja. Creía que el amor de película existía, que podíamos ser tan especiales. Tan espaciales. Quería a María, no estoy seguro de habérselo dicho (digamos que sí).
            Ahora, digo, no estoy enamorado. No sé si creo en el amor, porque han pasado unos años de escepticismo indomable. ¿El amor de Aleixandre? ¿El amor de los poetas, de las películas indies? ¿El amor de Cortázar? Qué estupideces, cuándo nos vendieron la moto. No estoy enamorado, pero quiero estarlo. Tengo las cosas más claras, sé que el sexo es una cosa distinta, que a veces no basta con sentir y la cabeza tira más que los huevos, pero se pone en medio el corazón y te quedas sin aire. Sé que no hay respuestas, y es bueno haberlo descubierto como se descubren las cosas para siempre, mediante ensayo y error.
            Supongo que no he dejado en ningún momento de estar enamorado de alguien, a veces por esto o por aquello. Ya sabéis, romántico sin esperanza busca puta sucia, y aquí seguimos, a la deriva...
            He llegado a pensar que no habrá nadie, ¿sabes?, que seguiré en esta senda solitaria de penumbras y desengaños. También he descubierto cosas importantes, y al parecer tengo las cosas más claras que antes. Seremos grandes, seremos únicos, nos querremos con más ganas que nadie, nos morderemos con más fuerza, sudaremos tanto, lloraremos tanto, dejaremos tantos pechos rotos. Supongo que, llegado el momento, lograré recuperar esa inocencia.
            Hay que ser inocente para creer en el amor, pero sin confundir conceptos, sin términos absolutos. Entre tanto, al amor seguirán poniéndole banda sonora Tulsa y Zahara.

Jose en las ciudades

Con 20 recién cumplidos y mucho miedo me fui a Swansea, Gales, de viaje Erasmus. Allí fui feliz como nunca, me divertí como nunca, hice amigos como nunca. Creía que la vuelta no me permitiría ser feliz después de tanta experiencia intensa. Granada me recibió gris y sola, como si no supiera muy bien qué hacía yo de vuelta. Sin embargo, Granada acaba tratándome bien en última instancia, pero estaba escrito que debía seguir volando y visitando otros lugares donde vivir y aprender y divertirme como nunca y hacer amigos como nunca. Ese verano me fui a Francia, Bain-de-Bretagne, y pasé diez días con la familia de acogida hasta que me dio el infarto cerebral. El resto de mi tiempo en Francia no tiene mucho que destacar salvo horas de hospital y rehabilitación. Se sale adelante, lecciones vitales. No he vuelto a pisar Francia.
            Pasaron dos años hasta que volví a volar, en esta ocasión a Bristol, Inglaterra, la ciudad de Skins. Volví a conocer gente como nunca y a hacer amigos, y a beber cerveza como un descosido. Volví a Swansea; fui feliz. Volví a España el 8 de agosto casi de madrugada del 9, mi cumpleaños. Pasé la noche en un autobús a Granada. Bristol me salvó la vida y demostró que no todo estaba perdido.
            Cuando pude venir a Madrid se volvió a abrir el mundo por la gente, las calles, las tiendas, los libros, las croquetas, esa gente de paso con la que te encuentras porque siempre hay tiempo para una última cerveza... Y Madrid estaba tan lejos de Lisboa... Lisboa era una desconocida para mí como el país luso en general, y en 2012 ya he estado ahí dos veces. Me he enamorado de esa ciudad, sus miradouros y su Bairro Alto. Volveré y viviré ahí alguna vez, estoy seguro. Cada vez que vuelvo de un viaje lo hago más feliz, más inteligente y más dispuesto al mundo. Supongo que mi vida será un deambular de calles y ciudades, fotografías de rostros desconocidos y calles anónimas. Acabaré en Oceanía, junto a la playa. Desnudo y solo.

Libros
Libres. Libertad encontramos aquel día en la biblioteca, ese templo de libros a otro espacio y otro tiempo. Al fin el hombre era capaz de jugar a los demiurgos sin que nadie pudiera aplastarlo. Joder, qué feliz era con mis libros esas tardes de leer y leer y dibujar y leer. Leer de pasar horas y descubrirte en medio de una habitación extraña, de querer más a los personajes de las novelas que a tu entorno.
            Y escribir. ¿Por qué escribir? ¿Por qué no? Porque las voces, esa sensación era imposible de aniquilar. Con 20 años sólo tenía sueños y ganas de escribir, y buenas historias que aún me aportan premios y dinero y reconocimiento, pero sobre todo sueños. La traición de Wendy nació como una promesa de amor y acabó como una cruenta venganza, pero acabó. Y me pilló por sorpresa: ni siquiera era una buena novela, pero estaba llena de agallas, y a veces basta eso: agallas. Era al menos una novela honesta. Eso fue el principio del declive, porque nadie me había dicho lo difícil que es esto. Cierto, cuando has empezado a publicar da la sensación de que seguir es fácil con dejarse llevar por el impulso, pero nada más lejos. Hay que seguir supurando a todas horas y evitar volverse loco, porque los personajes e infiernos que creas te acompañan en TODO momento. Supongo que, a los 25, podría afirmar que como poeta no tengo nada que hacer, que la narrativa es mi camino. Supongo que, como siempre, volveré a los versos a veces, cuando no me quede más remedio.
            Mientras tanto, terminé El Desencantador, una novela que comenzó casi al par que La traición, aunque sin un plan establecido. Junto a ellas nacieron casi todos los días personajes y escenarios que dieron de bruces con relatos y cuentos donde tenía cabida todo. He jugado mucho, lo sé. Llegó tambié Nocte, y el panorama literario español con una guadaña y los perros sueltos, y veinte mil oportunidades malgastadas y de vez en cuando algún acierto. Y llegó el proyecto gordo, Queridos niños, a quitarme el sueño y devolverme la fe. Confío plenamente en esta novela excesiva, alambicada, oscura y 100% yo. Parece que voy dando con un estilo o voz propia como si fuera un escritor de verdad.
            Queridos niños y la Residencia de Estudiantes: los amigos, la comida, el tiempo, los viajes, las noches, la cama, la música, los libros, la ciudad, los amigos, la gente, las leyendas, los amigos, el camino, el futuro, los prejuicios, los amigos, los proyectos, las visitas, los amigos. Y en esto estamos, cerrando libros y muerto de miedo. La literatura me ha dicho sí, éste es el camino, y he decidido creérmelo todo. Escribe, Jose, escribe.


Cumplo 25 años, ¿sí? 25 años que podrían suponer mucho o poco, probablemente menos de lo deseable, más de lo esperado. No soy ningún modelo de nada, sólo un hombre con cabeza de niño y decisiones por tomar. No sé nada en el mundo salvo que, de un modo u otro, escribiré.
            No sé dónde, ni con quién, si habré follado antes de abrir el procesador de textos, si estaré borracho o fumado, si será por la tarde o de madrugada, sólo que escribiré. Y que siempre va a estar ahí la melancolía, ese trapo pegajoso de tristeza dulce y contagiosa.
            Quiero a mis padres y a mis hermanos, a mi perrilla, a mis amigos, quiero tanto a mis amigos, quiero a los escritores y a los libros, a los actores, quiero a los pilotos de avión, quiero a los músicos, a los periodistas, a los inventores, a los soñadores, a todos los creadores que han sido tomados por locos, quiero absolutamente esta vida que tengo, lo que nos queda por hacer.
            Y es que no sé por qué, pero a los veinticinco me queda sólo la incertidumbre y esta tristeza en el pecho.

15 de julio de 2012

Seguimos vivos

Esta semana ha hecho cuatro años del infarto cerebral. No morí ese día, si bien ha habido días de desear morir entre tantos meses. No sé, supongo que siento la necesidad de hablar de estos años, de los cambios y las limitaciones, de lo bueno y lo malo que me aportó ese infarto, porque, como en todo, me trajo diversidad. Creo que no he sufrido realmente, que en el fondo lo del ictus era una forma más de sentirme distinto o especial.
     La cuestión es permanecer en un hilo. Ya sabes: cualquier día podría repetirse, cualquier día podría ser peor, cualquier día podría ser el último. No te dicen: Jose, a ti te pasó esto. No, porque eso sería demasiado fácil. Te pasó esto por esto, y si haces tal cosa no se volverá a repetir. No dejan de repetirme que no hay un 100% en ninguna parte, así que he aprendido a vivir con la duda. En parte es romántico eso de que cualquier día pueda ser el último, aunque no tanto que cualquier día te puedas quedar postrado en una silla de ruedas o una cama porque tu cuerpo hace cosas raras, y no es tu culpa. O pensar que cualquier día no pueda mover los dedos. Eso me mataría. Me mordería la lengua, tomaría cicuta, me arrojaría a las vías, volaría desde la ventana de mi cuarto.
     Porque recuerdo una cosa, sólo una, y esa cosa es el miedo. Despertar con tu mano izquierda inmóvil, apenas lograr sacar la fuerza para escribir. El miedo era no poder escribir. Supongo que no puedo decir más.

30 de junio de 2012

Y volver, volver, volver...

Elena Bugedo en su noche vintage
Jesús: poeta e informático y amigo


Hace unos meses volví a Granada de excursión, de visita fugaz con los amigos de la Resi. Ayer, aprovechando que andaba por casa, me  dejé caer de nuevo por la ciudad nazarí. El plan era perfecto: tapas, concierto, cervezas y reencuentros.
     De entrada, nada más llegar al edificio de mis hermanos me topé con un chaval que se me queda mirando y dice: ¿Tú me has dado clase? Mi experiencia como profesor se limita, más allá de las horas de clases particulares, a las prácticas que llevé a cabo hace un año en el IES Generalife de Granada para el Máster de Profesorado. Sí, me reconoció. Sí, parece que cada vez que vuelvo a Granada encuentro a algunos ex alumnos, y supongo que ésa es la sensación que algunos llaman vocación, saber que alguien en una edad tan jodida como la adolescencia se acuerda de ti, aunque fueras su puto profesor de inglés, aunque no fuera tu intención dejar poso en ellos, sino que aprendieran la diferencia entre reported y direct speech.
     Es que es matemático. De las cuatro veces que he vuelto a Granada desde que la dejé tras seis años de adopción, las cuatro me he encontrado con algún alumno o alumna con el que he tenido a bien hablar de cuatro trivialidades, profesores, notas, perspectivas de futuro. Me encanta.
     Luego quedé con Jesús, con quien ya había quedado la última vez que bajé, y esta vez sí pude enseñarle "Sostiene Pereira...", una pequeña librería de segunda mano en un extremo de calle Elvira, nada del otro mundo, aunque fue ahí donde compré por primera vez un libro de Javier Egea. Además, como pequeño homenaje aparece maqueada en El Desencantador.
Marga, que canta y me encanta
     Después fuimos de tapas antes del concierto a otro enclave mítico, las Escuelas (junto al Botánico), cerquita del lugar del concierto que nos tenía preparado Elena. Digo concierto y debería decir velada vintage, porque hubo de todo: photocall, danza del vientre, canapés, piano en directísimo y Elena Bugedo paseando entre las mesas para hablar con todo el mundo. Si algo bueno tiene esta cantante es que, más allá de que te guste mucho o poco, sus conciertos siempre suponen una experiencia extramusical. Te hace sentir especial aunque sea un ratito, te trata de tú a tú, coquetea, juega con el público, interactúa... le da un rollo que sólo confieren los años de tablas. Tras el cóctel, tocaba perderse en la noche granaína aunque fuera por un rato.
     Van Gogh. Sí, acabamos ahí de cervezas. Cuando sales por Granada, puedes arriesgarte a meterte en uno de los mil garitos o apostar sobre seguro: Van Gogh, Ruido Rosa, Tornado... ahora han abierto el Hendrix donde el difunto y recordadísimo Lobos. En cualquier caso, le debo a Granada una noche en vela, de esas de salir de la Vogue o la Booga a las cinco o seis, comer algo y subir a San Nicolás a ver amanecer, comer churros con chocolate en Bib-Rambla o el Café Fútbol y caer muerto en la cama. Más tarde que temprano tendré que hacerlo ya que no cumplo mi propósito de subir al mirador cada vez que voy a Granada.
Un portal a la derecha me proveyó de internet el año pasado

El mejor Kebab de Granada está en Alhamar

     Pero es lo que le decía a Jesús. La sensación de extrañeza al volver a una ciudad donde has vivido (en mi caso, hace un año) y que cambia sin que tú puedas hacer nada por retener ese cambio. Tal vez recordar lugares y momentos que cambiaron tu vida, porque Granada cambió tu vida como Madrid no lo ha hecho. Aún.


28 de marzo de 2012

El arte de los locos

El arte de los locos no responde a la lógica ni a patrones oficiales, porque no tiene escuela. El arte de los locos nace de algo más profundo que la visión del mundo o el amor a una práctica artística, porque nace de las entrañas como necesidad. El arte de los locos se conoce como "art brut", y no es más que la expresión más sincera, al margen del establishment artístico, de disciplinas creativas: pintura, escultura, música, costura, literatura...
     A veces, tomo decisiones movido por impulsos. Supongo que es lo más cercano que me encuentro al auténtico art brut: vestir con ropa hecha trizas, ponerme una zapatilla de cada color, escribirme en el cuerpo, sentarme en medio de la calle si me canso, coleccionar cosas, recopilar cosas, crear cosas a partir de cosas. Llevo desde 2008-9 una rutina aburrida de medicación. Todos los días tomo cuatro o cinco pastillas, que, bien pensado, son 1460 pastillas al año, redondeando a la baja, que en tres años son 4380. Vamos, que me he tomado entre 4000 y 5000 pastillas desde el infarto cerebral.
     Me gustan los envoltorios de los medicamentos, con su papel y plástico plateados, hacer click en cada cápsula hasta que cae la pastilla, ir vaciando envoltorio tras envoltorio, caja tras caja, acumulándolas en los cajones y la mesa de estudio. Al principio, los tiraba enseguida, aunque a medida que transcurría el tiempo algo dentro de mí me decía que siguiera adelante con los envoltorios, que no tirara las tabletas vacías, que las guardara. Comencé a guardar algunas hasta que alguien me las tiraba. Un día, el año pasado, tuve una idea sencilla: forrar la puerta de mi habitación con las tiras plateadas vacías de pastillas, pegarlas sobre la madera con blu-tac o celo, y empecé a hacerlo. Comenzar fue fácil, pero mantener la rutina se me hizo cuesta arriba cuando se despegaban sin más y, al pegar una, tiraba tres. Me ponía de los nervios. No decidí dejarlo ningún día. Rebajé el ritmo. Al acabar el año, no llevaría ni media puerta, menuda decepción. Este año, en la Residencia, me he propuesto lo mismo: llenar la puerta por dentro de tabletas vacías de las pastillas que tomo a diario. Y eso hice, comencé a pegarlas.
     Resulta que está mi madre de visita, y en la limpieza y orden inevitables llegó a los envoltorios plateados y los cogí para empezar a pegar. Cortaba celo, lo pegaba al envoltorio y lo colocaba en la puerta, y así otro, y otro. En estas estaba cuando me da mi madre otro, preparado por ella, con el celo cortado, sólo para adherirlo a la madera. Ha sido un gesto, nada, y ella no se habrá dado cuenta, pero para mí quería decir: "Jose, eres raro, lo sabes, lo sé, pero te quiero así. Si quieres forrar la puerta con envoltorios de medicamentos, cuenta conmigo para ayudarte". Esta vez sí, espero que al final del año esté la puerta completamente plateada. Cuando lo esté, haré fotos y la obra estará completa.




24 de febrero de 2012

Habemus novela: El Desencantador

Cinco años.
Comencé El Desencantador en 2007, mientras estaba de Erasmus, sin saber que ese invento sería una novela. Bueno, de hecho comencé a escribir con una novela en mente, pero sin nada más. Sólo un punto de partida: un mundo donde han desaparecido los sueños y un chaval que sueña con el cine. La novela, cuando no se podía llamar aún así, fue dando bandazos de un lado a otro con pequeños pasos de hormiga entre ese noviembre galés y un noviembre mucho más oscuro, el de 2009, cuando llegué a un punto de no retorno, un punto en el que habían cambiado tanto las reglas que tenía miedo de seguir escribiendo. No se trataba de la misma novela...
El pasado diciembre, decidí resucitar la historia de Damián y compañía. Asumí las reglas del género en que me encontraba metido y di un giro de tuerca al tercer acto del libro (son, en total, tres partes muy distintas entre sí). Comencé a hacer esquemas y a dotar de una estructura lógica al relato, esto es, sumando los pros y los contras, los conflictos principales y secundarios, repercusiones... traté de hacer que la pequeña relojería funcionara. Encontré en el camino imágenes y personajes maravillosos, pienso en Norma, David o Ruth, cómo no. Pude hacer colisionar dos mundos aparentemente inmiscibles, y aunque el resultado no es armonioso, creo que vale la pena aventurarse en él.
Di rienda suelta a mi amor por el cine, cómo no. Esta novela le debe tanto o más al cine que a la literatura, y esto es decir mucho. A algunos les agobiará, a otros les fascinará, habrá a quien le abra nuevas puertas y ventanas a mundos imposibles. Aquí están de Murnau a Almodóvar, de Radiohead a Pereza, de Anna Frank a Stieg Larsson... los referentes son numerosos y eclécticos. El tono, del tono podría decir que hay tres. En algunas partes, hay incluso sentido del humor, sentido del amor, aunque las más el drama gana la partida. Son en total 231 páginas de extrañeza y de contragénero. Igual he puesto las miras muy altas y no es para tanto. Igual es para más y me quedo corto. En definitiva, El Desencantador comenzó como un cuento de fantasía, pero se transformó en una novela creacional de tintes épicos. Una novela donde está el principio del mundo, quién sabe si el final, donde el cine y el amor son los dos grandes ejes que hacen que la sangre fluya por las venas de Damián, una novela de apariencia sencilla y forma meditada, bastante experimental: caben todos los tiempos verbales y personas narrativas, la lógica alemana y el surrealismo, la narración fluida y la atropellada, los personajes amados y odiados, todos en cierto modo incomprendidos. Pero que no os engañen: El Desencantador es, por encima de todo, una novela mágica.
Me guardé el último capítulo para narrarlo del tirón en un mismo día, cuando ya tenía pensado qué sucedería a continuación y cómo sería. Tenía un esquema con los tres actos, tenía pensada la coda final. Luego, ese falso epílogo. Me puse a ello: Val del Omar de Lagartija Nick, Homenaje a Enrique Morente de Los Evangelistas y Omega de Enrique Morente como banda sonora a todo trapo. Un peta para calentar, tres latas de Cocacola, tres velas a punto de morir. Las horas que se derraman como lluvia. Las cuatro, las cinco, las seis, siete, ocho, nueve, todo ese tiempo para decir lo hemos hecho. Ha nacido una novela, joder.

31 de diciembre de 2011

2011: una coda

Ya estoy hasta los cojones de que todo el mundo diga que 2011 ha sido un mal año. Ha sido un año maravilloso, el año en que pasaron tantas cosas.
     Si algo tengo que reprocharle es que ha sido el año en que no he viajado, no he montado en avión, sólo tren arriba, autobús abajo Madrid-Granada-Bélmez, pero quiero ir a Alemania, a Inglaterra, a Italia, al este de Europa. Pero Madrid no está mal, la verdad, la vida en Madrid es como viajar un poquito cada día.
     Ha sido el año en el que el mundo, en cualquier caso, ha estado más unido que nunca gracias a las revoluciones sociales y al empeño de millones de soñadores en todo el planeta. Que si Islandia, todos saben de golpe de Islandia, ese lugar utópico, la Primavera Árabe, nuestro 15M, maravilloso 15M, las acampadas en toda España, en todo el mundo, Londres tan fuego, NY tan concienciada, Grecia, Italia, Egipto, el mundo que grita libertad y justicia. Qué divertido ha sido callarles la boca a los peces gordos, los interesados, los hijos de puta que pretenden dictar el ritmo del mundo, que pretenden escribir mi vida. Y les digo algo bien alto: soy el mejor escritor del mundo y me basto para escribir todo el año y los amores y los parabienes que me deba la vida. Por eso salí a la calle con la mejor gente el 15 de mayo y recorrí Granada y abucheé al paso de procesión, y días más tarde estuve en la acampada, y pasé ahí días y noches, y qué Twitter. ¿Y no ha servido de nada? ¿Que no ha servido de nada? ¿A qué, pues, las rabietas de los poderosos?
     Este año he aprendido mucho en cuanto al amor y en cuanto a la libertad. Tengo la vida más clara y todo más claro, la verdad.  Soy más feliz que nunca. Tengo otro título universitario y ninguna responsabilidad, soy más dado a cometer impulsos, a acometer lo que me dice el pecho. Por eso será tan grande 2012.
     Igual me dejo barba, igual dejo para siempre la poesía, igual leo treinta o cuarenta libros, y bebo en la calle y fumo porros, y veo películas, decenas y decenas de películas, y conozco gente en la calle y en viajes, porque se acerca el año de viajar. Y podrá sonar todo utópico i idóneo, pero ésta es la vida que yo quiero escribir junto a las vidas de Damián y Cali, la pequeña Cali siempre.
     Y aunque no haya viajado, aunque apenas haya aprendido a cocinar, estoy convencido de que me he llevado más cosas buenas que malas del año que se escapa, cosas con nombre y apellidos, cosas que ocupan espacio y hacen ruido, y ya se viene enero y se viene con garra, con planes y planes de felicidad suprema y cero complejos.
¡Feliz 2012! Nunca fuimos tan grandes.

21 de diciembre de 2011

Drogas



Todos los días tomo cuatro pastillas. A mediodía tomo Ranitidina, Simvastatina y Grepid. Por la noche, Tryptizol; a veces, también Lorazepam.
Es una dosis diaria, probablemente en parte de por vida. Es decir, vivir sujetos al consumo de una sustancia química a cambio de no enfermar para prolongar la calidad de vida. Y es droga. Droga, caca. Droga, mala.
     A veces, fumo hierba o polen. Apenas bebo. En parte, porque no debo mezclar con esas cuatro pastillas; en parte, porque el alcohol no me parece agradable ni en sabor ni en las sensaciones que me provoca; en parte, porque me emborracho fácilmente (aprovéchense). Además, en el entorno en el que me muevo la gente no suele consumir drogas recreativas. No he visto en mi vida M, speed, cocaína, tripis. Ni verlas.
     A veces, insisto, fumo porros. No sé a qué viene ese alboroto, por qué la gente se lleva las manos a la cabeza cuando afirmas fumar cuando te apetece. No fumo tabaco ni bebo, que son drogas mucho más nocivas que la marihuana, por poner un ejemplo. Todos los años, la Seguridad Social se deja una barbaridad del presupuesto nacional del Estado en tratamiento de cánceres asociados al consumo de estas sustancias. Está muy bien visto socialmente que la gente beba a diario, incluso parece divertido el típico borrachín de bar. Somos el país del Botellón. Ni hablemos ya de fumar, que tradicionalmente se ha asumido como signo de distinción social. Fumaba quien tenía dinero; ahora hay gente que deja de comer por comprar un paquete de tabaco, si bien esto está cambiando. Ahora bien, si vas por la calle fumando un porro tienes que hacerlo con cara de culpa, con cuidado de no echar el humo cerca de gente sensible, con la vergüenza que otorga la culpa.
En el ámbito creativo, muchos han sido los artistas que han recurrido al consumo de sustancias para alcanzar un estado propicio para derribar los límites de la conciencia. Esto será verdad hasta cierto punto, y tendrá otro tanto de leyenda. Poe consumía frecuentemente láudano, Stephen King estuvo enganchado a la cocaína en los ochenta, pensemos en la época beat (preludio de la era hippie), donde el consumo del LSD era el pan de cada día, y sabemos que a Sabina sus excesos le salieron caros. Leo historias sobre personajes adictos, escribo sobre personajes adictos, adoro a los personajes adictos (ahí están los excesos de los chavales de Skins), y ahora descubro que Micah P. Hinson. Seguiré fumando verde cuando me venga en gana, porque no es peor que fumar tabaco, porque me provoca un efecto similar al Lorazepam y no me causa adicción, porque cada uno es libre de matarse o de darse placer como quiera. Fumen, fumen, fumen, colóquense de algo. Sientan algún día lo que sintió Poe cuando se entregaba al láudano.