La semana pasada, al fin, llovió. O no llovió, pero fue un presagio del otoño.
Este verano ya se ha ido y se ha ido con todo lo que ha arrastrado a su paso.

1
Quedará este grabado como el verano de la tercera visita a Londres en el mismo año, una de reencuentros donde visité al fin la exposición de Marilyn Monroe en la National Portrait Gallery, o aquella en la que volvimos a ser turistas y a hacer las fotos típicas y a comer el Sunday Roast después de tantos años. También fue en cierto modo el viaje en el que quedó patente que ahora somos otros, otras, atrás quedan los polluelos de dieciocho años que se abrían a la vida. ¿Dónde quedó aquella inocencia?
2
Pero ante todo fue el verano del cáncer de Truman, de tanto tanto miedo y tanto tanto llanto; el verano del diagnóstico y las visitas constantes al hospital veterinario, el julio en que me lié la manta a la cabeza e hice todo lo posible por curar a Truman, por salvarlo por las veces que él me había salvado antes. Fue un agosto aciago de vacaciones abortadas para cuidar de una criatura de cuatro kilos a quien le habían extirpado un trozo de boca, y fue un agosto duro, de noches sin dormir y días ansiosos, de lucha con la medicación y la comida, de echar de menos lo que habíamos perdido. La noche antes de la operación no podía parar de llorar mientras pensaba que Truman no volvería a ser el mismo, que aunque la cirugía fuera bien faltaría un trozo de su cuerpo, que el mismo ser que yo había amado y cuidado contra mi cuerpo durante casi trece años de repente sería otra cosa y él sería otro y yo sería otro.
3
Un verano sin vacaciones. Nos hemos hecho a una semana en agosto en un no lugar, un recóndito escondite donde no ocurre nada más que las horas del día y la corriente de la laguna. Foz do Arelho, convertido en tradición y refugio donde resucitamos a base de agua casi estancada, comida 100% portuguesa y tiempo de no hacer nada, a lo sumo leer algo y ver telerrealidad en Casa do Miguel. No dar los tradicionales paseos del pueblo a la playa, alimentar a los cabritillos cada mañana o comprar prensa física nos ha pasado factura. Las tradiciones guardan una forma de magia, soñaré con el regreso dentro de un año, recorreré el paseo marítimo en Google Maps, haré más ganas de flotar en medio de la laguna con la mente en blanco, lugar al que vuelvo a menudo cuando todo se hace difícil.
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También fue el verano del rodaje, el verano en el que, por hacer un favor, sacrifiqué fines de semana y encabalgué días seguidos sin descanso, en el que aprendí mucho del cine más allá de la escritura, en el que fui script supervisor y acting coach (!!!) y script doctor, el verano en que quise tirar la toalla y aun así demostré compromiso, profesionalidad, esfuerzo. El de 2026 fue el verano en que rodamos una película con todo en nuestra contra.
5
Y fue el verano en que perdí mi contacto con el mundo. Tras un ataque que aún no tengo muy claro, bien un hacker o un virus, Meta decidió bloquearme las cuentas de Instagram y Facebook, y así perdí incluso mi cuenta artística dedicada a los collages que llevo haciendo ya cerca de dos años, y recuerdos de una década de mi vida, personas que quizás ya no están pero estuvieron, una puerta a la vida que de repente me hizo sentir pequeño y recalar de nuevo en Bluesky y Substack. Quizás haya sido lo único bueno de este verano, comprender que el cerebro, un mes más tarde, aún no se acostumbra a la vida sin las redes que más nos atraviesan a diario, aunque no sea la primera vez que estoy sin ellas, quizás porque esta vez no fue decisión mía. A 6 de octubre de 2026 sigo a la espera de una resolución de un tribunal externo a donde he apelado la decisión de Meta. Aunque ya me haya hecho a la idea, seguramente vuelva, aunque con más cautela, con la calma que me ha dado esta circunstancia.
6
Todos los veranos paso una semana en España, en el pueblo, en casa de mis padres. Suele ser una semana de puro descanso y desconexión, donde puedo dedicarme a fingir que escribo, a leer, al crochet, al collage o a ver películas en bucle (puedo verme en esa semana fácilmente veintitantas películas). A comer, claro; a abrir el correo que me ha llegado desde Navidad; a no salir de mi refugio en el sótano de casa, donde más refresca. De un tiempo a esta parte, celebro además el cumpleaños con mi mellizo y es uno de los escasos momentos del año en que nos reunimos toda la familia, sobre todo desde que llegó la nueva generación. Iba a ser este el primer agosto de Nora en Bélmez, y yo me lo he perdido, como me he perdido los bollos tradicionales del panadero de mi pueblo, las gachas que suele hacerme mi madre, la quietud de las noches en el pueblo, las horas muertas, el cuarto de mi adolescencia.













