26 de septiembre de 2026

A qué huele Google Maps

 A los hombres grises a veces sólo nos salva soñar con otros mundos: un futuro mejor, el fin de semana a la vuelta de la esquina, las vacaciones anuales, una visita ansiada… a veces sólo nos logra salvar la nostalgia.

Llevo años (muchos, de hecho) en los que en sueños regreso a Salobreña, a aquel apartamento (4ºL) de aquella urbanización (Salobreña Beach III) donde viví casi todos los veranos de mi infancia de junio a septiembre. No vuelvo desde agosto de 2014
Y el último año, tal vez porque en la oficina están capados los accesos a todo salvo a recursos online como Google Maps, de vez en cuando recorro las calles de mi pueblo, de Londres, de Reikiavik, pero hay un hecho que sólo se produce cuando busco Salobreña y en modo Street View recorro de cabo a rabo el paseo marítimo, las urbanizaciones ancladas a la memoria de mi infancia, veo los chiringuitos, las heladerías, los kioscos de pollos asados… llego a Salobreña Beach III y la rodeo, no puedo entrar, descubro que han tapiado todas las entradas (aquel 2014 tuve que saltar un murete para entrar y hacer el recorrido habitual hasta el portal de mis amigas, llamar al portero y formular esa pregunta que siempre hacía nada más llegar: “¿Están Alicia y Lucía?”)

La cuestión es que en mi ceniza, triste oficina de Lisboa, en momentos de desesperación emocional, cuando parece que nada tiene sentido ni mi vida salida, entro en Google Maps> Salobreña (Street View) y con recorrer sus calles a través de la pantalla huelo el mar, huelo la humedad en ocasiones abrumadora, siento con nitidez el olor de esa vegetación de urbanización, el aroma a carbón y sardinas asadas de los chiringuitos, hasta el hediondo dulzor de los contenedores de basura calentados por el sol estival.

Lo huelo todo, y podría llorar, juro, y Google Maps me salva.

21 de enero de 2026

Un año después

 Un año después, me muero de sueño. Publico esto el 22 en lugar del 21 porque se me ha hecho tarde.

Despierto agotado, anoche volvimos de Londres y acabamos en urgencias pasada la medianoche, con lo cual he dormido poco y mal.

También ansioso, como llevo desde que arrancó el año. Para más inri, no tengo ni la suerte de quedarme en casa; el regreso a la oficina se ha materializado y no hay vuelta atrás.

Traigo de Londres la alegría del viaje, las librerías, el teatro. También el agotamiento físico de deambular durante cinco días en torno a veinte mil pasos. Me hago mayor, lo siento en mi cuerpo, en mi falta de energía, en el toque de atención de mi médico de familia por los triglicéridos.

No he terminado el libro en el que trabajaba hace un año, pero desde la última recapitulación he descubierto un nuevo modo de expresión que me ha hecho tremendamente feliz: el collage. Mi casa es ahora un vertedero de revistas y libros ilustrados, de material de papelería y artilugios varios que me permiten jugar con el papel.

Con todo, soy resiliente, tozudo, supongo. Su algo me enorgullece es mi constancia: confío en centrar mi atención y volver a escribir, terminar el libro que tanto tiempo me acompaña, escribir el punto final este año, explorar nuevos proyectos.

Ojalá la vida, el tiempo fueran más amables, ojalá llegar a tiempo para todo. Ojalá esta ansiedad que ha vuelto tras un año de tregua se olvide de mí. Ojalá ser el mismo despreocupado de 2007 cuando todo era posible.




6 de junio de 2025

Últimas lecturas (otro borrador)


 El impostor, Javier Cercas

Otra lectura a la que le tenía el ojo echado era esta novela de Javier Cercas, a quien no había leído aún, por el interés que me provocaba su figura protagonista, Enric Marco, y la curiosidad por cómo había enfocado el autor tremenda farsa real. Esta no es una novela, sino un recorrido por la vida de un hombre que ha vivido muchas vidas, y en ningún momento se deja engatusar el autor por hacer de él una distorsión amable. Me pareció un trabajo metódico, aunque en ocasiones se pasara de historicista.

Carcoma, Layla Martínez

Uno de los libros de la década, esta novela de casas embrujadas revela una intrahistoria familiar traspasada por la violencia y la lucha de clases. Sin ser exactamente terror, bebe de Shirley Jackson en una nueva faceta del guerracivilismo. Layla Martínez logra aquí algo muy difícil: entrelazar varias voces narrativas que a veces se desmienten, se contradicen, se complementan, para narrar algo que nos han narrado otras veces y que parezca único y, más importante, necesario. 

La mala costumbre, Alana Portero

Otro de los libros del año sin duda esta primera novela de Alana Portero,  que se va a los barrios para narrarnos una España cruda y sin pizca de nostalgia. Me quiere recordar en la conciencia de clase a la obra de Elvira Lindo, aunque atravesada por la experiencia trans de una narradora certera y plenamente consciente del poder de lo que narra, en lo literario y en lo emocional. El material de partida es rico, suculento, honesto, y Alana lo sirve con una sencillez aparente y nos retuerce el corazón y nos lo estruja y nos abre lo ojos ante una galería de personajes desgraciados y reales, porque así era la vida en los barrios.

No era esto a lo que veníamos, María Bastarós

Los cuentos de este libro ocurren en espacios áridos que revisten la cotidianidad de una capa rara, deforme. Hay una oscuridad en las historias que se suceden aquí, unos personajes que pasan por el mundo a horcajadas, como los de Sabina Urraca o Elisa Victoria, por citar dos contemporáneas, arrastrados a lo insólito. Los libros de cuentos deben contener perlas, hallazgos, y Bastarós se desenvuelve en la sorpresa constante e incómoda que deja poso.

The man who mistook his wife for a hat, Oliver Sacks

Le tenía ganas a este libro recomendado por una amiga médica a la que pedí consejo sobre casos curiosos de neurología para un proyecto en el que trabajo. Oliver Sacks recopila en su obra más célebre una serie de casos clínicos de lo más curiosos, y lo hace como quien narra pequeños cuentos, episodios en las vidas de pacientes reales, por norma sorprendentes, divertidos y, cómo no, tremendamente dramáticos. Con todo, pasada la sorpresa inicial se vuelve algo reiterativo, duro de roer, aunque a mí me vino como anillo al dedo.

El tiempo amarillo: memorias, Fernando Fernán Gómez

Durante años he arrastrado las memorias de la leyenda de la cultura española, y no por falta de interés o calidad literaria. Leía un buen tramo, lo dejaba descansar y retomaba pasado un tiempo. Fernán Gómez lo  vio y vivió todo en el siglo XX, y su biografía está estrechamente ligada a la historia de España. Especial interés tienen sus inicios en el mundo de la farándula, las penurias y devoción con la que aprendió el oficio y se acabó convirtiendo en el gigante del cine y las letras. Quizás es la parte final, centrada en el rodaje de una de sus películas como director en los noventa, la que menos interés despierte, pero aun así sigue sabiendo tirar de humor y anécdotas. Un libro poblado de vivencias de toda clase, de personajes imprescindibles en la composición de nuestra idiosincrasia, una edición cuidada a la altura de su autor.

7 de abril de 2025

A vueltas con la IA y sus dilemas morales, legales y medioambientales


En los últimos años hemos visto cómo la inteligencia artificial ha aprendido a crear imágenes con un realismo y una creatividad sorprendentes. Basta con escribir un par de frases en una plataforma como Midjourney, DALL·E o Stable Diffusion, y en segundos aparece ante nosotros una obra que podría pasar por arte digital profesional.

Esto ha llegado a unos niveles delirantes de abuso y vergüenza ajena en las últimas semanas con el trend de ghiblizar imágenes personales para darles ese toque mágico y único del estudio de animación japonés que no ha hecho más que evidenciar que detrás de esta maravilla tecnológica se esconde un entramado de dilemas éticos, legales y medioambientales que vale la pena explorar. Porque no todo lo que brilla (o tiene trazos bonitos) es oro.

El dilema moral: ¿quién crea realmente?

Uno de los grandes debates es si las imágenes generadas por IA pueden considerarse “arte”. ¿Puede una máquina ser creativa? Y si lo es, ¿quién es el verdadero autor: la IA, el desarrollador, o el usuario que escribió el prompt? Hace unos años escribí el cuento "Alicia" para Hijos de Mary Shelley sobre una robot que desarrollaba la capacidad de hacer arte. Cito textualmente de esta historia ideada en 2011: 

Alicia no podía soñar, pero comprendía los sueños. Por eso empezó a leer y a escribir, y a formar parte de círculos esotéricos donde hablaban de la alineación de los planetas y de energías invisibles al ojo humano, de adivinación del futuro, de relecturas del futuro, de cosas tan inasibles que hacían que Alicia se sintiera insegura. Dicha inseguridad comenzó a hacerse patente en sus escritos, nada que ver con los cuentos infantiles que la llevaron al éxito, sino textos terroríficos de personajes solitarios que emprendían viajes a lugares prohibidos, que encontraban viejos amuletos y textos que cambiaban la vida, personajes tan únicos que pronto atrajeron la atención de Roberto, un editor amigo de la familia. Los libros de Alicia se convirtieron en superventas, aunque nadie desveló que en realidad se trataba todo de una farsa, que ella no era humana, que esa literatura no pertenecía a los hombres. 
Pero claro, si ella no era humana, si ella escribía pero había sido hecha de anhelos humanos, de cálculos de los hombres, de intentos por asir lo inasible, si ella había sido fabricada por el hombre, ¿no pertenecía también su obra a los hombres?

Además, muchos modelos se entrenan con millones de imágenes y textos tomados de internet, incluidas obras de artistas que nunca dieron permiso para que su trabajo se usara como "materia prima". Esto ha generado enfado en la comunidad artística, que ve cómo sus estilos son replicados sin reconocimiento, sin pago y sin control. Esto me llevó hace ya dos años a eliminar de mis blogs, donde llevo escribiendo de forma regular salvo esta última década, mucho más caprichosa, numerosos cuentos y relatos en un intento inútil seguramente, porque la huella digital es en 2025 ya indeleble y el daño está hecho.

Y, por si fuera poco, estas herramientas están empezando a sustituir encargos que antes iban a diseñadores e ilustradores reales. ¿Estamos, sin querer, participando en el desplazamiento laboral de los artistas? Yo tengo clarísimo que ni todas las IAs del mundo podría sustituir la congoja que me causó La tumba de las luciérnagas o el sentido de la maravilla que recorre La princesa Monokoke o El viaje de Chihiro. Por no hablar del recuerdo imborrable que me dejó Akira cuando la vi por vez primera con 4 o 5 años en el canal local de tv de mi pueblo (algo que existió y de lo que nadie habla); una IA no puede competir con una impresión tan humana.

Y justo acaba de descubrirse que Jianwei Xun, el filósofo chino que escribió el “libro del año”, Hipnocracia: Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad, es en realidad una IA generada por un italiano (dato anecdótico al tratarse del primer caso que sale a la luz, pero me da que va a ser el patrón a seguir.

 Lo legal: una zona (muy) gris

Está claro que no se ha regulado, y ya vamos tarde, como siempre sucede con el derecho y los gobiernos y leyes, que siempre llegan tarde y mal. Las leyes no están yendo al ritmo de la IA. Por ejemplo:

  • En muchos países, una imagen generada totalmente por una IA no puede tener derechos de autor, porque no hay un "autor humano" detrás.

  • Al mismo tiempo, si una IA genera una imagen muy parecida a la obra de un artista, ¿es plagio? ¿Inspiración? ¿O simplemente coincidencia algorítmica?

  • Además, ya ha habido demandas colectivas de artistas contra empresas que desarrollan estas herramientas, por haber usado sus obras sin permiso en los entrenamientos.

Y ojo con otro tema delicado: los deepfakes. Las IA pueden crear imágenes falsas realistas de personas en situaciones comprometedoras. Esto puede usarse para manipular, difamar o incluso extorsionar. ¿Quién es responsable en esos casos: el usuario, la plataforma, o la propia IA? Mi experiencia trabajando en la revisión de contenidos de Tik Tok me ha hecho descubrir que son curiosamente las propias empresas las que se están regulando al respecto, entiendo que de forma preventiva.

El coste ambiental: el lado invisible

Supongo que habrá gente a la que los conflictos anteriores (morales, éticos, creativos, legales) se la suden directamente, pero tal vez apelar a esta vena medioambiental funcione. Sí, la IA también contamina. Bastante más de lo que creemos.

Entrenar un modelo de generación de imágenes no es algo que se haga con una laptop y buena voluntad. Requiere una cantidad brutal de energía para procesar millones de datos visuales. Y no solo eso: cada vez que alguien genera una imagen nueva con IA, eso también consume electricidad (más de la que usarías haciendo lo mismo con Photoshop, por ejemplo).

A esto sumale el impacto de los centros de datos, el uso de minerales para fabricar GPUs, la refrigeración constante de servidores y el reemplazo continuo de hardware. Todo esto genera una huella de carbono preocupante, sobre todo si pensamos en el uso masivo y creciente de estas herramientas.

¿Entonces por qué carajo se usa sin cortapisas y con esta facilidad?

Me siento en este momento como la pesadísima que no deja de dar la lata sobre las repercusiones de la inteligencia artificial en redes, pero es que la grandísima mayoría de los mortales se queda en la superficie, en el trend, en la foto reconvertida en algo "artesano" y  "único". Asisto estupefacto incluso a creadores que no paran de compartir imágenes creadas por la mente colmena digital de risas.

La IA generativa es una herramienta potente y fascinante, no hay duda. Puede democratizar el acceso a la creación visual, inspirar nuevas formas de arte y acelerar procesos creativos. Yo mismo la empleo y he empleado para facilitarme a veces el trabajo, porque si de algo estoy seguro es de que la tecnología debería estar al servicio de la humanidad y no al contrario, y esto también nos obliga a hacernos preguntas difíciles:

  • ¿Qué valor le damos al arte humano frente al generado por máquina?

  • ¿Estamos respetando los derechos de los creadores?

  • ¿Estamos preparados para lidiar con los efectos legales y ambientales de su uso masivo?

No se trata de frenar el avance tecnológico, sino de hacerlo con conciencia. Porque si la inteligencia artificial va a imaginar el futuro… más nos vale que lo haga con ética.

28 de febrero de 2025

Últimas lecturas (una selección)


Coisas de loucos
, Catarina Gomes

Este pequeño depositorio de historias consiste en el metódico trabajo arqueológico de la autora con una caja de objetos abandonados en el antiguo hospital psiquiátrico Miguel Bombarda de Lisboa. A través de los distintos objetos y documentos en la caja, Catarina nos lleva de la mano para conocer a quienes vivieron ahí y nos descubre, como si se tratara de cuentos, los porqués y destinos de cada protagonista. Un libro hermoso y riguroso, honesto y triste que nos aporta una visión detallada de cómo debía ser la vida dentro de esas paredes.

Ghosts and ruins, Ben Catmull

Uno de mis últimos descubrimientos es este librito de aire gótico y virtuosismo estético; llegué hasta él buscando historias de fantasmas y casas encantadas de casualidad. Al final no encontré lo que buscaba, sino algo tan o más fascinante. Cada uno de los espacios abandonados que componen el libro vienen acompañados de microrrelatos-casi-haikus, algunos tan evocadores y sombríos como escalofriantes, pero es sin duda el mérito de esta obra sus ilustraciones dignas de decorar todas las estancias de una casa encantada. En definitiva, uno de esos libros-objeto que llegan a tu vida para quedarse.

Sostiene Pereira, Antonio Tabucci

Recuerdo leer las primeras líneas de esta novela en casa de una amiga (¿de mi madre?) y caer rendido, atrapado en la tela de araña de su comienzo: "Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía..." Cómo no seguir ante todos los anzuelos que deja el autor en uno de los comienzos más brillantes de la historia de la literatura (con permiso de Shirley Jackson), con esa Lisboa iridiscente, con el enigma de Pereira y con quién comparte esta historia. Poco a poco conocemos a un personaje gris y fascinante, temeroso y aturdido, a ratos naif, culto, necesitado de compañía. La historia nos atrapa a medida que atrapa a su protagonista en un enredo del que no es responsable en una Europa en guerra, en un país aplastado por el totalitarismo que tendrá consecuencias en la monotonía de este viejo periodista. Ahora lo he releído traducido al portugués, ya que aunque se escribió en italiano es una de las novelas más lisboetas que existen, y la experiencia, tras 10 años en la ciudad, ha sido completamente nueva también para mí.

Girl, Woman, Other, Bernardine Evaristo

Este libro que ganó el Premio Booker en 2019 estaba en mi lista de pendientes hace tiempo, quizás porque me amedrentaba su peso literario. Se trata de una novela profundamente moderna, profundamente británica y profundamente interseccional donde se exploran temas que me interesan: raza, clase, género y sexualidad en las voces de 12 personajes femeninos (y no binario). La ambición artística de su autora se refleja en la estructura de la obra, no necesaria ni narrativamente lineal, con experiencias vitales que se entrecruzan de forma más o menos tangencial, sin una protagonista clara sino un mosaico de mujeres negras que sirve de altavoz a realidades sobre las que hasta hace poco no se había puesto el foco. Me flipó la maestría con la que Evaristo se desenvuelve en distintos registros y espectros sociales a través del dominio de la lengua.

18 de febrero de 2025

Adília Lopes o el fin del mundo

Ilustração de Marta Nunes / CCA (@martanunesilustra)


31.12.24

Hoy pretendía escribir sobre el fin de año, pero ayer murió Adília
Partamos de un anecdotario de pérdidas: hace 8 años, mientras trabajaba, recuerdo perfectamente que era después de la comida y estaba en la oficina, me enteré de que Harper Lee acababa de morir. Era muy mayor y estaba muy enferma, conocía bastantes detalles de la existencia de la autora de mi novela preferida, y esa certeza la convertía en alguien familiar, más cercano que algunos amigos (sé que es difícil de entender). Sea como sea, recuerdo la garganta apretada y las lágrimas llenándome los ojos, la incomprensión de algún colega, la comprensión de una amiga.
Cuando murió Amy Winehouse, lo recuerdo perfectamente, era verano y estaba de monitor de la escuela de verano de mi pueblo, y ya hacía meses que la cantante de Camden se había convertido en objeto de burla y críticas de muchos medios y gente hambrienta de carnaza. Ese mismo año, durante mis prácticas en un instituto de Granada por el máster de profesorado, recuerdo darle la chapa a mi compañera de prácticas con el vinilo de Back to black que había comprado y hasta de usar "Rehab" para un ejercicio de vocabulario (también que cuando un alumno me preguntó que por qué no había usado algo de Bon Jovi le dije que si acaso era una señora de 60 años, pero esa es otra historia). Volviendo a la tarde de la muerte, estaba en mi dormitorio, sentado en la cama con el portátil sobre el regazo, lo recuerdo vívidamente, era 23 de julio de 2011, y leí la noticia en Jenesaispop o algún medio del estilo, la cuestión es que sentí un trallazo imparable y rompí a llorar. Poco después escribí un cuento a modo de homenaje
La misma congoja sentí hace un par de años cuando me enteré del fallecimiento de Francisco Ibáñez, a quien tanto le debo. Estaba completamente convencido de que entonces en la playa, en nuestro retiro habitual en Foz do Arelho, pero no. Debe ser que en agosto, un mes después de su muerte, mientras me bronceaba al sol, leí algo sobre su libro inconcluso. La cuestión que sentí que se iba alguien muy querido y cercano, a quien tanto le debía.
A veces dejamos de compartir plano con personas que han sido fundamentales en nuestra educación sentimental sin habernos cruzado siquiera con ellas. Su obra reverbera en nuestras vidas y nos moldea, construye lo que y cómo somos. 
Adília Lopes la conocí a través de Francisco, y es uno de los instrumentos que cimentan nuestra vida, como lo fueron A Naifa o Filipa Leal o David Fonseca o Conan Osiris u otras figuras que han dado vida y color a lo nuestro. Pero Adília fue primero, porque era escritora y era huidiza y era algo que compartíamos. Juntos gestionamos su página en Facebook, es decir, llevo una década pendiente de cada movimiento en su vida, cada aparición pública (la única aparición pública que hizo y donde estuvimos en la presentación de uno de sus libros), cada mención en prensa o nueva publicación. Un día incluso me aventuré con Sabina Urraca a su casa para intentar hacerle una visita, conocerla, saber de ella, aunque no abrió la puerta. Por eso su muerte ha supuesto un mazazo en esta casa, donde veneramos sus versos sencillos y divertidos, entre lo naif y lo pop, entre el misterio y la honestidad. Francisco dijo: "Ha muerto Adília" y sentí un temblor, un no puede ser como cuando murió mi amigo Ángel o nos dejó Fernando Marías quizás por lo inesperado. Adília estaba enferma y en el hospital, pero esto sólo había trascendido a sus más íntimos. Su pérdida deja, no obstante, constancia de la altura cultural de su obra, otrora menospreciada y obviada por quienes buscaban hacer burla de una mujer distinta, a veces parecía que sin dobleces. Descansa, querida.
Por eso hoy es mejor no hablar del año que nos deja, sino de Adília que nos deja, de este rosario de pérdidas.

Escrever um poema
é como apanhar um peixe
com as mãos
nunca pesquei assim um peixe
mas posso falar assim
sei que nem tudo o que vem às mãos
é peixe
o peixe debate-se
tenta escapar-se
escapa-se
eu persisto
luto corpo a corpo
com o peixe
ou morremos os dois
ou nos salvamos os dois
tenho de estar atenta
tenho medo de não chegar ao fim
é uma questão de vida ou de morte
quando chego ao fim
descubro que precisei de apanhar o peixe
para me livrar do peixe
livro-me do peixe com o alívio
que não sei dizer


Adília Lopes em 2003 Rui Gaudêncio

21 de enero de 2025

Un año después

 Un año después, despierto a regañadientes, con la intención de otro día de trabajo al que sobrevivir, apresurado. Parece que todos los días de un tiempo a esta parte son apresurados.

Y entonces pasa.

A media mañana, sin comerlo ni beberlo, al reiniciar el portátil, muere. Primero niebla, cuadros raros en la pantalla; después, negro total. Felices aniversarios, sí.

Por suerte tienes reciente el último viaje a Londres, donde has sido tan, tan feliz, donde has comprado tantos, tantos libros. Esta forma de hoarding y vicio capitalista son de las pocas cosas capaces de anestesiar el mal de los días.

Lo del portátil lo cambia todo: ahora debes comprar uno de reemplazo, a poder ser lo antes posible. Y esto te lleva a la siguiente decisión que repercutirá en tu vida, ni más ni menos que, tras un año y medio de sesiones semanales, dejar la terapia. Es la única forma que se te ocurre de poder afrontar el alto cargo económico de vivir. Salud mental, quién la necesita, sonríes, y das gracias a que aún te queda suficiente Escitalopram recetado para sobrevivir unos meses más.

¿Te acuerdas de aquel 21 de enero de 2007? De la llamada de ML, de tu primera novelita acabada con vistas a publicarse, del vuelco total y la consecución de algo. Eras joven, creías que aún era posible, estabas a punto de recibir tu primer portátil (los ciclos que se cierran con una ironía cruel), en fin, precalentcamiento para la carrera de la literatura.

Hace tiempo que me he resignado a vivir así, que sólo aspiro a estar medianamente tranquilo.

Pero siempre la literatura, porque esto es una carrera de fondo. Arranco el año leyendo libros de bibliotecas públicas, centrado en la novela de terror que ocupa mis días, y tengo otros proyectos literarios en mente que no quiero posponer demasiado. 2025 ya marca diez años sin publicar libro propio, que se dice pronto. Por eso estoy retomando el oficio, ordenando la escritura, aspirando a algo que fui hace 18 años.

...entonces me compraría una casa propia para seguir escribiendo y dictando mi vida a mi antojo...


18 de febrero de 2024

La casa de mis abuelos

Cumpleaños familiar en la cocina de mis abuelos

 Hoy he soñado con la casa de mis abuelos, que no piso hará al menos 14 años, calculo. También he soñado con mi tía Carmen, que murió en 2010. Es significativo que haya soñado con ella porque era su casa, pagada por ella para dejar atrás la casa antigua familiar donde habían vivido siempre mis abuelos, donde se crió mi madre, una de esas casas de pueblo donde olía a cal y a antiguo.

He soñado con la casa de mis abuelos, la nueva, la que reformó mi tía, y he soñado con ella de nuevo. A veces sueño con mi tía Carmen, a veces sueño y no está muerta y yo no siento ninguna pena por la pérdida. Cuando murió, recuerdo cargar su ataúd al entrar en la iglesia, ataúd que cargamos todos sus sobrinos, porque ella no tuvo hijos, pero fue madre. Recuerdo también romperme a llorar camino del cementerio, porque yo había hecho ese camino a pie con ella en innumerables paseos vespertinos donde la acompañaba a ella y a sus amigas. También recuerdo entrar en su casa, en la casa de mis abuelos siempre con su olor característico al poco de su muerte y fijarme en un servilletero y pensar que ella era la última persona que había repuesto las servilletas y fijarme en el calendario en la pared y pensar que ella había sido la última en ponerlo al día y ahora todo se había detenido. También recuerdo quedarme mirando las macetas en el patio, las macetas de mi abuela que con tanto esmero cuidaba, sus esparragueras verdes y frondosas, el olor de ese pequeño patio con su pila y azulejos y un techo por el que entraba la luz. Siempre me acuerdo de las macetas de mi abuela con un pellizco en el pecho y me pregunto si aún vivirá alguna de las mismas que ella plantó y regó y cuidó con tanto esmero y tan primorosamente.

Pero las herencias y las escisiones familiares.

Por eso no he vuelto a pisar esa casa en todos estos años, la cochera donde mis abuelos pasaban los veranos a la fresca con la puerta entreabierta, la chimenea en torno a la cual celebramos grandes momentos en familia, la terraza desde la que contemplábamos, privilegiados, los actos de Moros y Cristianos, los fuegos artificiales, desde donde alguna vez nos comimos las uvas, el pequeño cuarto arriba del todo donde mi tía Carmen planchaba o el dormitorio donde guardaba retazos de su vida, varias muñecas, algunos libros, su bandurria, objetos todos que me fascinaban y siempre me pregunto si seguirán ahí, de algún modo preservando quien ella fue.

Hoy he soñado con la casa de mis abuelos, y en las paredes había, en lugar del gotelé blanco, esos pequeños azulejos de cuadritos homogéneos en un tono aguamarina. Luego, un salón completamente nuevo donde antes no había nada, un pasillo si acaso. En el sueño pensaba que el salón estaba hecho con buen gusto, pero a la vez sentía una especie de traición. Esa no era la casa de mis abuelos. Ahí es donde mi tía Carmen justificaba que hubieran hecho con la casa lo que quisieran, que por algo era ahora suya, que había quedado bien. Yo me fijaba entonces en varias macetas de ese salón nuevo y pensaba si serían las mismas que cuidaba mi abuela, las mismas que me han obsesionado todos estos años.

Pero en el fondo sabía que no era así. Y mi tía Carmen, pese a todo, aún vivía.

La casa de mis abuelos en Google Street

21 de enero de 2024

Un año después

Un año después, casi se me pasa la cita de todos los 21 de enero.

Todo ha ido a peor en estos doce meses.

Despierto con el corazón en el pecho, arrastrado por la ansiedad de pesadillas donde discutimos por cuestiones domésticas y donde el trabajo me preocupa, me agobia, me vuelve a mostrar que me equivoco, que no valgo para esto. 

Comienza el año con varias balas que a punto han estado de arrasarme. Esta semana he llorado como no recuerdo, la tristeza es un chapapote que ensucia todo lo que toca en mi vida. La terapia tampoco parece ser suficiente, ha llegado la hora de dar el siguiente paso: psiquiatría.

Nada de lo que soñaba/planeaba hace un año se ha materializado. Apenas he escrito, a decir verdad. Es imposible encontrar la paz y el tiempo necesarios para volver a escribir. Sigo teniendo ideas, considerando proyectos, pero soy incapaz de escribir.

En este momento el principal problema que identifico en mi vida (son varios, la verdad, más que identificados) es un trabajo que no me puede importar menos y que me provoca la sensación de que no valgo para nada en el mundo.

Sólo ha traído algo bueno 2023, y ha sido Alba, que tiene mucho de faro, de guía, de bálsamo.

Curiosamente, la nostalgia ha venido a llamar a mi puerta. Ayer me obsesionaba tratando de dar con una canción que escuchaba hace 15 años, "Sí y no" de Diez negritos (el dúo original con Paula Advice ha desaparecido de todos lados). También ha desaparecido de Spotify "Oye, esta no es manera de decir adiós" donde Mayte Martín homenajeaba a Leonard Cohen. Escucho Maga mientras escribo este post, como si volviera a tener 20 años en lugar de los 36 que me pesan como quintales.

Espero poco del 21 de enero de 2025.

31 de diciembre de 2023

Alba

 Palma de Mallorca, otoño de 2023


Vengo a (re)conocerte.

Hablo contigo con la única intención de descifrarte.

Observo tus ojos como si pudiera intuir en ellos el futuro que te aguarda, pero ni todo el intenso azul del mundo (tus ojos un vasto océano, un Neptuno repetido, dermis de las ballenas y los pitufos) puede desenredar los hilos que han de tejer tu vida.

Quisiera saber si, como el mío, tu color preferido será el amarillo.

Qué tipo de pelis te gustarán, si querrás hablar de libros conmigo cuando tengas ocho o nueve años.

Imagino que algún día me acompañarás en la cocina y te mostraré los secretos de las salsas y los caldos, las gachas y los gofres.

Ojalá mirarte para saber si correrás mucho, o darás hostias como panes, o saltarás alto hasta trepar como un mono por los árboles.

¿Se te darán bien los idiomas? Creo que ya te he prometido en alguna carta una escapada a Londres, y si se presta te enseñaré a cantar un fado portugués.

Tal vez pases de todo esto, y está bien. Las expectativas de los demás pueden hacerte más bien que mal.

Me pregunto, Alba, cuántas veces te romperán el corazón.

Si serás torpe como el tito Jose y tras cada tropiezo te levantarás con la dignidad que te quede.

¿Cuál será el primer recuerdo que logres salvaguardar? Dudo mucho que recuerdes este vaivén de visitas, de atenciones, de llamadas tras tu nacimiento. Yo siempre recordaré aquella vez que me chocaste aún en la barriga de tu madre.

Serás feliz, pequeña Alba, y habrá días que te sentirás desdichada. "No estarás sola", prometo cantarte pronto esa canción.

Vas a flipar cuando veas Parque Jurásico, pero vas a flipar más cuando veas Dogville.

Reirás como loca, y tendrás frío y tendrás sueño, dudarás de las intenciones de alguna gente, confiarás con toda fe en otra. Harás amigas, tendrás mascotas (tranquila, llegará), te podrás disfrazar de dinosaurio o de astronauta. Pasarás por las vidas de las personas cambiándolas, conocerás otras culturas, tendrás prejuicios, tendrás dudas, tendrás ilusión por algo que te mueva, dibujarás y resolverás ecuaciones. Te cortarás el pelo y te lo dejarás crecer, te teñirás, te harás rastas o un look pixie total. Creerás en Dios, perderás la fe en Dios. Comerás macarrones y arroz cuando la economía apriete. La vida es el pack completo.

O no.

La vida dirá, y dirá pronto, porque tú vas embalada y quienes te resguardamos lo hacemos desde el vértigo por verte crecer.

Hace algo más de diez años trabajé en una escuela infantil, y lo que más me marcó fue aprender que desde bebés, seguramente desde que nacemos, ya tenemos una personalidad marcada.

Alba, te miro a los ojos, te hablo, te cojo en brazos y es como si te deshicieras cual azucarillo. Ahora mismo eres imposible para mí: un misterio indescifrable.