A los hombres grises a veces sólo nos salva soñar con otros mundos: un futuro mejor, el fin de semana a la vuelta de la esquina, las vacaciones anuales, una visita ansiada… a veces sólo nos logra salvar la nostalgia.
Llevo años (muchos, de hecho) en los que en sueños regreso a Salobreña, a aquel apartamento (4ºL) de aquella urbanización (Salobreña Beach III) donde viví casi todos los veranos de mi infancia de junio a septiembre. No vuelvo desde agosto de 2014 Y el último año, tal vez porque en la oficina están capados los accesos a todo salvo a recursos online como Google Maps, de vez en cuando recorro las calles de mi pueblo, de Londres, de Reikiavik, pero hay un hecho que sólo se produce cuando busco Salobreña y en modo Street View recorro de cabo a rabo el paseo marítimo, las urbanizaciones ancladas a la memoria de mi infancia, veo los chiringuitos, las heladerías, los kioscos de pollos asados… llego a Salobreña Beach III y la rodeo, no puedo entrar, descubro que han tapiado todas las entradas (aquel 2014 tuve que saltar un murete para entrar y hacer el recorrido habitual hasta el portal de mis amigas, llamar al portero y formular esa pregunta que siempre hacía nada más llegar: “¿Están Alicia y Lucía?”)
La cuestión es que en mi ceniza, triste oficina de Lisboa, en momentos de desesperación emocional, cuando parece que nada tiene sentido ni mi vida salida, entro en Google Maps> Salobreña (Street View) y con recorrer sus calles a través de la pantalla huelo el mar, huelo la humedad en ocasiones abrumadora, siento con nitidez el olor de esa vegetación de urbanización, el aroma a carbón y sardinas asadas de los chiringuitos, hasta el hediondo dulzor de los contenedores de basura calentados por el sol estival.
Lo huelo todo, y podría llorar, juro, y Google Maps me salva.
Otra lectura a la que le tenía el ojo echado era esta novela de Javier Cercas, a quien no había leído aún, por el interés que me provocaba su figura protagonista, Enric Marco, y la curiosidad por cómo había enfocado el autor tremenda farsa real. Esta no es una novela, sino un recorrido por la vida de un hombre que ha vivido muchas vidas, y en ningún momento se deja engatusar el autor por hacer de él una distorsión amable. Me pareció un trabajo metódico, aunque en ocasiones se pasara de historicista.
Carcoma, Layla Martínez
Uno de los libros de la década, esta novela de casas embrujadas revela una intrahistoria familiar traspasada por la violencia y la lucha de clases. Sin ser exactamente terror, bebe de Shirley Jackson en una nueva faceta del guerracivilismo. Layla Martínez logra aquí algo muy difícil: entrelazar varias voces narrativas que a veces se desmienten, se contradicen, se complementan, para narrar algo que nos han narrado otras veces y que parezca único y, más importante, necesario.
La mala costumbre, Alana Portero
Otro de los libros del año sin duda esta primera novela de Alana Portero, que se va a los barrios para narrarnos una España cruda y sin pizca de nostalgia. Me quiere recordar en la conciencia de clase a la obra de Elvira Lindo, aunque atravesada por la experiencia trans de una narradora certera y plenamente consciente del poder de lo que narra, en lo literario y en lo emocional. El material de partida es rico, suculento, honesto, y Alana lo sirve con una sencillez aparente y nos retuerce el corazón y nos lo estruja y nos abre lo ojos ante una galería de personajes desgraciados y reales, porque así era la vida en los barrios.
No era esto a lo que veníamos, María Bastarós
Los cuentos de este libro ocurren en espacios áridos que revisten la cotidianidad de una capa rara, deforme. Hay una oscuridad en las historias que se suceden aquí, unos personajes que pasan por el mundo a horcajadas, como los de Sabina Urraca o Elisa Victoria, por citar dos contemporáneas, arrastrados a lo insólito. Los libros de cuentos deben contener perlas, hallazgos, y Bastarós se desenvuelve en la sorpresa constante e incómoda que deja poso.
The man who mistook his wife for a hat, Oliver Sacks
Le tenía ganas a este libro recomendado por una amiga médica a la que pedí consejo sobre casos curiosos de neurología para un proyecto en el que trabajo. Oliver Sacks recopila en su obra más célebre una serie de casos clínicos de lo más curiosos, y lo hace como quien narra pequeños cuentos, episodios en las vidas de pacientes reales, por norma sorprendentes, divertidos y, cómo no, tremendamente dramáticos. Con todo, pasada la sorpresa inicial se vuelve algo reiterativo, duro de roer, aunque a mí me vino como anillo al dedo.
El tiempo amarillo: memorias, Fernando Fernán Gómez
Durante años he arrastrado las memorias de la leyenda de la cultura española, y no por falta de interés o calidad literaria. Leía un buen tramo, lo dejaba descansar y retomaba pasado un tiempo. Fernán Gómez lo vio y vivió todo en el siglo XX, y su biografía está estrechamente ligada a la historia de España. Especial interés tienen sus inicios en el mundo de la farándula, las penurias y devoción con la que aprendió el oficio y se acabó convirtiendo en el gigante del cine y las letras. Quizás es la parte final, centrada en el rodaje de una de sus películas como director en los noventa, la que menos interés despierte, pero aun así sigue sabiendo tirar de humor y anécdotas. Un libro poblado de vivencias de toda clase, de personajes imprescindibles en la composición de nuestra idiosincrasia, una edición cuidada a la altura de su autor.
Si en 2020, justo antes de empezar la pandemia, hice una especie de índice de proyectos posibles, toca, ahora que parece que el mundo retoma cierta normalidad, volver a poner orden en todas las ideas que barajo para libros en marcha. Partamos de que el año pasado, de la nada, me nació una novela corta publicada en Historias Pulp #El Exorcista. Algo que escapa a toda lógica fue un pequeño milagro, una historia que nació con capacidad fugaz y ahí está, redonda y terrorífica, digo pequeño milagro, sí, porque a veces hace falta que alguien nos diga que esto tiene sentido. Arranco 2022 con el firme propósito de escribir, de terminar cosas, de ponerles fecha a publicaciones, y los principales proyectos que me ocupan son los siguientes:
Tarde y mal
La novelita adulta, sí. La que comencé hace dos o tres años con enorme entusiasmo, he tratado de posponer con diferentes excusas (que si tengo que leer tal o cual libros que sí he comprado, que si tengo que darle estructura, esperar a que coja forma, darle aire para que el Tiempo ejerza de editor inequívoco) que se me agotan. He de reconocer que siempre que la retomo, acabo escribiendo dos o tres capitulitos del tirón, porque son muchos años con Isabel y Rosa en mi cabeza, son muchas experiencias en carne propia que deseo trasladar a este libro, pero no la retomo con la frecuencia ni la decisión con que debería. Se me acaba el plazo que me autoimpuse para tenerla lista, que son los treinta y cinco, así que a ver si pongo orden en mi vida y mis prioridades, porque creo que, bien trabajada, podría ser esta novela la gran alegría de mi vida.
Piel de pollito: Detective de sustos
También hace unos años nació este concepto de novelas detectivescas infantiles con elemento sobrenatural. Nació con fuerza, escribí bastante, hice muchos planes y estructuré con detalle el que debía ser el primer libro de una serie. Piel de Pollito, una niña pequeña, rechoncha, miope y cobarde, se convierte en detective de fenómenos paranormales un poco a su pesar. Más adelante tuve ideas para varios libros, y de hecho utilicé una para escribir un relato entero para una convocatoria que no fue seleccionado, por lo que, si este primer título sale adelante, al menos tengo el esqueleto de lo que podría ser una segunda o tercera novelita infantil. La he releído varias veces y me resulta muy divertida, con ese humor tan Manolito que es el único que entiendo y una protagonista que es un caramelo. A principios de año me dije que debía trabajar en ella y tres meses más tarde la intención es la misma, así que parece que, esta vez sí, tendremos librito infantil.
Así comienzan todas las historias de amor
Más que un proyecto nuevo es un refrito. Aunque hace unos años tuve la intención de publicar a través de Wattpad la primera novela que escribí en torno a los 18 años, La dama de Oriente, la dejé medio olvidadaa y medio publicada. Ahora, en 2022, he decidido recopilar bajo un mismo título todos los relatos de amor que he escrito en los quince años que llevo escribiendo. No son muchos y, más allá del género (romántico tocado de fofrma más directa o tangencial), poco tienen en común, pero me pareció buena idea aprovechar estas historias para que cobraran cierta vida aunque sea en la plataforma digital. Así comienzan todas las historias de amor no satisfará a quien busque las tradicionales historias de amor con final feliz. Tampoco creo que estos relatos sean tristes, pero creo que todos guardan en el alma de la historia una melancolía, un deseo de trascender qeu me han hecho darles esta nueva oportunidad. En función de cómo funcione el proyecto, tal vez me plantee integrar aquella novelita de carretera que nunca terminé y que es triste y loca, cuya existencia gira en torno a dos o tres grandes historias de amor.
Con respecto al resto de proyectos de los que he hablado largo y tendido en anteriores recuentos de mi actividad literaria, prefiero ni volver la vista atrás para darles prioridad a estas gestas en las que ando metido. Sólo puedo destacar que La traición de Wendy estuvo a punto de reeditarse hace dos años aunque finalmente no salió adelante (aunque al menos se encuentra revisada por completo y aumentada con material inédito), y que La extinción de los dinosaurios sigue siendo mi as bajo la manga. Estoy convencido de que, llegado el momento, podrá encontrar la salida que necesita. Por otro lado, Jándula se transformó en Dejad que os hable de Jándula, una novela vampírica de terror, que está bien empezada y, con cierto trabajo estructural, podría salir adelante.
Hace poco hablaba en este blog de las buenas noticias que traía el año: me proclamaban ganador del Quinto Concurso Historias Pulp: El exorcista.
La principal alegría para mí era el reconocimiento a mi trabajo y una nueva publicación que vería la luz tanto en digital como en papel. A espera de que me llegue el monográfico impreso, me gustaría compartir el enlace de descarga por si alguien quiere leer mi terrorífico relato. Tras el comienzo que comparto a continuación, basta con hacer click en la imagen para descargar el pdf (mi participación, a partir de la página 315).
Algo que escapa a toda lógica
Susan Glover entró en la clínica como siempre, con ese gesto tan característico suyo de descolgarse el bolso de un hombro mientras se colocaba la bata de médico en el brazo contrario. Laura le aplaudió desde admisión.
—Menos guasa —dijo la doctora.
—Hay apuestas por aquí —avisó la chica. —Alguien, y no confesaré de quién se trata, dice que un día te colocarás la bata por encima del bolso y entrarás así a planta.
—Dile a Deon que cualquier día le corto el grifo, y adiós Enantyum.
Subió por las escaleras. No le gustaba perder tiempo frente a un ascensor a menudo saturado de enfermos, familiares y personal de la clínica. Se cruzó con dos jóvenes enfermeras que cuchicheaban entre sí, pero apenas fue capaz de distinguir lo que decían, sólo “Sí, sí, la actriz” y “Mi madre no se lo va a creer”. Ya en su planta, pasó por su despacho sin detenerse siquiera y se encaminó hacia el puesto de enfermería. Deon la observó con sorpresa y le llamó la atención, pero ella no le dio tiempo a decirle nada. Llegaba media hora tarde, y no le gustaba.
—Susa… —llegó la voz de Deon a su espalda.
Había alguien en el pasillo donde sólo se permitía personal hospitalario. Susan se acercó a la anciana que aguardaba en la puerta con una bolsa de papel entre las manos.
—Señora Conroy, no puede estar aquí.
—Buenos días, doctora —dijo la mujer con una sonrisa tierna. Todo en la señora Conroy desprendía ternura, desde sus ojos verdes y cansados a su pelo como algodón recogido en un moño bajo o su ropa anticuada, la chaqueta de punto granate y la falda de cuadros hasta los tobillos. —Lo siento, pero esta noche David me ha hecho una visita.
—David está en coma, eso es imp…
—En sueños, claro. Y no podía dejar de venir.
Susan miró entonces por la ventana que daba a la habitación, donde el hijo de la señora Conroy descansaba igual que el día anterior, los meses anteriores e igual que hacía dos años, cuando lo habían traído por primera vez. Ya estaba acostumbrada a las visitas de la anciana, pero en ocasiones debía recordarle los límites. Había nueve pacientes en coma profundo, y un estricto horario de visitas para que todo funcionara como la seda. No querían que los visitantes llegaran mientras estaban aseándolos y vieran las llagas y escaras propias del encamamiento o que molestaran durante las sesiones de fisioterapia.
—He hecho magdalenas —añadió la anciana mientras le ofrecía la bolsa de papel. —Con arándanos y mantequilla.
Susan sonrió. La mujer había averiguado que esas eran sus preferidas, y aceptó el presente.
—No se va a despertar —dijo a la neuróloga, su afirmación convertida en pregunta.
Tal y como habían hecho siempre esos años, Susan interpretó su papel. Negó con la cabeza con resignación en la mirada, y la señora Conroy le sonrió entre lágrimas. Entonces, por primera vez en dos años, la anciana le dio la réplica:
—¿Pues sabe qué, doctora? Yo sé que se va a despertar.
Como contaba en mi anterior post, esta semana me ha traído la estupenda noticia de haber resultado ganador en la convocatoria de Historias Pulp "El exorcista" con mi relato "Algo que escapa a toda lógica". Si algo me gusta más que escribir es probablemente escribir sobre escribir y leer sobre el proceso de creación de otros creadores. Para uno, que como la mayoría de plumillas es autodidacta (mucha lectura y mucha intuición), averiguar qué late tras los libros de otros creadores me supone algo tan fascinante como sus propias ficciones.
Cuando escribía mis primeros relatos lo hacía desde la más pura inocencia e instinto. Copiaba fórmulas conocidas, historias que me sonaban más o menos, e imitaba a escritores a quienes leía de forma obsesiva (el que más, cero dudas, Stephen King). Esos relatos tenían muchas cosas que no funcionaban, pero también guardaban esa frescura del que no utiliza los artilugios y mecanismos de creación, es decir, no se les notaban las costuras. Creo que a un buen relato no se le pueden ver las costuras (es parte de lo que lo hace bueno). En una novela, por extensión y complejidad y coherencia, es más normal que dichas costuras salten a la luz. Una de las cosas maravillosas de escribir un relato de las características de "Algo que escapa a toda lógica" es que me ha permitido trabajarlo de forma totalmente consciente como creador, y por eso, incluso con el relato aún inédito, me gustaría compartir cómo lo he trabajado y montado hasta su resultado final.
Partamos de que era un relato temáticamente limitado hasta cierto punto (aunque los límites son flexibles y personales, al fin y al cabo la convocatoria de la revista era el universo cinematográfico de El exorcista), por lo que yo sabía que quería escribir esta historia dentro del universo de la primera película, y no sólo dentro de su universo, sino dentro de su narrativa. En una fase muy temprana tal vez consideré El exorcista III, basada a su vez en la novela Legión también de Blatty, pues creo que está a la altura de la primera película. Sin embargo, hay un aspecto fundamental de la primera entrega que me hizo decantarme por ella: un recuerdo de la infancia o adolescencia, diría incluso que viendo la película en casa de mis abuelos. Me llamó muchísimo la atención toda esa parte de la historia que transcurría entre médicos y laboratorios. Algo que en principio debía ser terror, demonios y niñas haciendo cosas sobrenaturales adquiría una entidad muy física. Cuando al fin volví a ver la película en cine aquel 2012 fui mucho más consciente de la importancia de esa parte de la historia que transcurre en clínicas y despachos de neurólogos y psiquiatras. Construyen algo con firmeza y unas bases de realidad que lo hacen todo mucho más horrible. La niña Regan sometida a pruebas dolorosas y la incapacidad de los médicos para dar con un diagnóstico acertado son fundamentales para el crescendo en el horror al que asistimos como espectadores.
Desde la primera visita al médico y la última reunión con los neurólogos encargados de estudiar el caso de la niña poseída hay cuarenta minutos (00:32:16-1:10:30) entre los cuales se engarzan otras tramas secundarias y paralelas. Esos cuarenta minutos se convetirían en mis mejores amigos, mi Biblia, mi peor enemigo y mi obsesión. Dentro de esos cuarenta minutos integraría mi relato, y así hice.
Otra limitación, aunque no quise verla así, es que en la película aparece una serie de personajes que, por eso de la coherencia interna, debía respetar. Me interesaba que mi historia orbitara en torno a lo que acontece en el filme, pero que no se limitara a ello. De hecho, lo que me preocupaba era que mi relato dependiera demasiado o se limitara en demasía a contar lo que ya sabemos. Así pues, entendí que la decisión más acertada para mi relato era contar una historia independiente que se viera afectada por los hechos que suceden en esos cuarenta minutos (me acuerdo de "El Zeppo" de Buffy como ejemplo de historias paralelas que se entrelazan y pueden converger).
Comencé mi relato con una idea clara: una neuróloga de la misma clínica donde tratan a Regan va un día a trabajar: "Susan Glover entró en la clínica como siempre, con ese gesto tan característico suyo de descolgarse el bolso de un hombro mientras se colocaba la bata de médico en el brazo contrario." Escribí eso, pero no sabía quién era Susan Glover ni cuál era su historia, no tenía nada de su personalidad ni de su físico. Era una mujer que se pone una bata y se transforma en médica dentro de las paredes de la clínica. A partir de ahí, podía empezar a hilar.
La primera barrera con la que me encontré era encontrarle casos clínicos con la entidad suficiente para eclipsar la historia de Regan MacNeil, lo cual comprendí que era prácticamente imposible. Tiré de contactos en el mundo de la medicina (mi siempre inspiradísima Mj, traumatóloga de pro y mejor amiga, me sugirió varias líneas que tuve que descartar por falta de tiempo pero retomaré para futuras historias), aunque finalmente recordé una figura histórica bastante desconocida por el gran público sobre quien llevo años investigando. Con todo, tuve que adquirir bibliografía adicional (búsqueda de tesis doctorales, compra de algún libro o monográfico dedicado a este personaje, etc) y a medida que iba descubriendo nuevos detalles, me maravillaba la forma en que podía engarzarlo todo en mi relato.
Me interesaba desde el principio que mi protagonista fuera una mujer, por eso lo único que tenía claro al principio era esa aparición de una tal Susan Glover. Del mismo modo, quería que los personajes femeninos tuvieran mayor presencia que los masculinos. De un tiempo a esta parte lo procuro así.
Antes, por defecto el protagonista de las historias que me venían a la cabeza, a no ser que la trama lo exigiera (caso de La traición de Wendy, que al servir de reflejo de Peter Pan requería de una Ruth que emulara a la Wendy original), era un hombre parecido a mí. En las últimas novelas en las que trabajo he procurado de forma consciente que las protagonistas sean mujeres, y es que como lector de libros protagonizados por ellas soy consciente de que me interesa más conocer sus vidas que las de ellos, de quienes se ha escrito tanto. ¿Responde esto a una moda de corrección política/subirse al carro del female empowement y demás estupideces woke-wannabe? Como escritor he pensado mucho en esto y me he dado cuenta de que mi experiencia personal me acerca más a la narrativa femenina que a la masculina, así como de que mis libros y personajes preferidos son mujeres (pienso en Matar un ruiseñor, Siempre hemos vivido en el castillo, Una palabra tuya o incluso dentro del universo Harry Potter estaba en todo momento del lado de Hermione o Luna Lovegood; pienso en mis series preferidas, Buffy, Six Feet Under, My So-Called Life, The Comeback... todas ellas donde los personajes femeninos les dan sopas con ondas a los masculinos). La principal dificultad radicaba en el hecho de que en las escenas que aparecen en la clínica los únicos personajes femeninos son secundarios, prácticamente figurantes o extras relegadas al rol de enfermeras y poco más, lo cual a mí me suponía no tanto un problema como un reto. ¿Era posible convertir a todos esos doctores y tipos importantes en los secundarios de mi relato? Y eso he hecho: usarlos como enlace entre mi Susan y las visitas de Regan MacNeil y su madre (otro personaje fascinante en la película gracias a la soberbia actuación de Ellen Burstyn). Además de a Susan, he tenido ocasión de crear otros personajes femeninos (también de convertir a esas extras y figurantes en personajes íntegros, con sus propias motivaciones y experiencias de lo que ocurre en la película) hasta el punto de que creo que hay un equilibrio bastante conseguido dado el marco en el que transcurre mi relato. En definitiva, considero que la representación es importante y me interesa contar historias de mujeres.
A la hora de desarrollar a la protagonista, mis principales esfuerzos han ido en darle varias facetas: una profesional, una familiar, una sentimental... que hicieran de ella una persona con aciertos y errores, con debates internos, con culpas y miedos, tal y como me hacen a mí sentir los protagonistas de la película. El padre Karras o Chris MacNeil son personajes imperfectos a los que les suceden muchas cosas a la vez. Por eso yo quería que Susan tuviera una historia propia para que no la fagocitara la posesión de la niña, y creo que he conseguido, gracias en parte a que no tenía límite de extensión, construir un personaje de forma bastante íntegra, aunque he tenido que hacer cierto trabajo de edición para que ese desarrollo expansivo no acabara desviándome de la trama principal. Por ejemplo, yo sé que Susan sufre pesadillas frecuentes, sé lo que pasó con el amor de su vida o que de vez en cuando queda con alguna amiga al margen de su ámbito laboral para desahogarse, desconectar y pasarlo bien, pero todo esto no aparece en el relato, o sólo aquello que creo viene al caso o explica ciertos comportamientos de Susan. Por supuesto, dado lo que cuenta mi relato y lo que cuenta la película, también mi protagonista vive un viaje o cambio entre el principio y el final. Quiero creer que la del final de la historia es otra mujer.
Una vez que había delimitado la historia que iba a contar y el contexto donde quería integrarla, el siguiente paso fue tirar de arquitectura. Esquemas de todo lo que sucede en esos cuarenta minutos y su implicación en la clínica y sus personajes. Mi relato arranca el día de la primera visita de Chris y Regan MacNeil a la clínica, y a partir de ahí construyo mi historia y la sitúo en la línea temporal de la película (otro complicamiento de cabeza: ¿en qué año transcurre la película? Según el canon, en 1973, año del estreno y, al contrario que la novela, en torno a Halloween por unas imágenes de disfraces y decoraciones callejeras; entre la primera visita al médico y el exorcismo creo recordar que transcurren en torno a 40 días que he repartido con la mayor certidumbre que me ha sido posible, pero también con la flexibilidad que necesitaba para propósitos narrativos). A medio relato tuve una nueva idea, la definitiva, sobre lo que pasaría con Susan y la pondría frente a dilemas nuevos, y me aferré a esta nueva idea, pero pude hilarlo bien con aquel primer impulso y esto da mayor realismo al relato.
Y sobre la arquitectura más arquitectura. Imprimí el relato y señalé por partes con distintos colores los fragmentos dedicados a la trama principal de Susan, aquellos acontecimientos ligados a la presencia de Regan (rodaje de la película en la ciudad, la presencia de madre e hija en la clínica con los doctores que estudian su caso, etc) y la aparición de personajes y hechos tal y como los vemos en la película. Todo esto, insisto, por respetar el hilo cronológico y asegurarme de que la historia de la película no se imponía a la del relato.
Otro aspecto clave del relato era el realismo. Quería dotar a la historia y los sucesos que ocurren con Susan y los pacientes, con su entorno, de un realismo casi aburrido. Para ello, tenía que hacer que la ambientación de la ciudad (Georgetown, Washington) en 1973 fuera la correcta. Me informé sobre hospitales reales (de ese y otros estados), la cartelera de aquel año, la programación en televisión, etc, detalles que quizás se queden luego en la mera mención de que a Susan no le gusta Kojak, la nueva serie de la CBS. Quiero decir que estos detalles tal vez no tengan relevancia directa en la trama, pero le dan empaque al relato. Aunque en cierto momento Susan va al cine y ve una película que me pareció que encajaba muy bien con el sentir general de El exorcista y de mi relato, por lo que la tuve que ver y ponerme en la piel de mi neuróloga para saber cómo la vive ella. No he hablado aún de la novela que sirvió de base para el libro: también la había comprado hace poco, antes incluso de conocer esta convocatoria, y me sirvió para enterarme mejor de detalles que en la gran pantalla pueden pasar por alto. El principal trabajo de documentación, en cualquier caso, ha sido médico. Hasta la simple mención de un procedimiento médico o diagnóstico me hacía tirar de historia de la medicina, pues muchos no existían, o eran muy distintos a como los conocemos hoy en día. Caso aparte merece todo el historial clínico de Regan, que en la película se cuenta de forma pasajera, pero cuando Susan interactúa con sus neurólogos hay más jerga profesional y detalles que luego se simplifican al explicarlos a Chris. Además de neurología, aparece ahí alguna paciente con un extenso historial psicológico (más de lo mismo: mucha búsqueda de pruebas, de enfermedades, de diagnósticos para la época). Creo que he vadeado bien el temporal, y el relato tiene un resultado sólido y bien encuadrado en su contexto histórico.
Por último, sobre el proceso de escritura como tal, no tengo tanto que añadir, ya que entre los esquemas de estructura y la extensa documentación lo que menos ocupado me ha tenido ha sido escribir. Me reitero en la libertad que he sentido al escribir sin límite en mente, que ha llevado a que este relato sea en realidad una novela corta de 25000 palabras. La magia se dio en una de las TANTÍSIMAS ocasiones en que vi los cuarenta minutos de película y descubrí en una escena, justo antes de que Regan se vaya a casa, a una doctora que dice una línea. Una sola línea en toda la película. Pero supe enseguida que esa doctora era mi Susan, y ponerle rostro me sirvió para que todo encajara mucho mejor. Sólo me he sentido algo apretado hacia el tramo final, ya que por el cierre del plazo no pude desarrollarlo con el tiempo que me habría gustado, aunque ahora que lo he releído considero que se trata del final idóneo. ¿Podría ser mejor? Siempre puede ser mejor, pero en general, y en vista está el trabajo que me ha llevado, "Algo que escapa a toda lógica" funciona como complemento a la primera entrega cinematográfica de El exorcista, está lleno de guiños y encuentros con la trama de la película de más sutiles a una convergencia total, da miedo -y he sido muy consciente en algunos pasajes de que estaba escribiendo algunas de mis mejores escenas terroríficas hasta la fecha- y además funciona perfectamente, creo, como historia independiente, que era mi intención.
Me muero de ganas de recibir mi ejemplar del monográfico.
Cuando empecé a escribir "en serio", esto es, con el firme propósito de crear ficción, me aventuré en el curioso mundo de los premios literarios. Hay en España tantos premios literarios (algunos tan sesgados) que, por estadística, alguno acabé ganando. Escribía mis relatos, generalmente de terror, y luego los enviaba al tuntún a aquellos certámenes que se adecuaban a mis escritos. Lo habitual era recibir algún pequeño premio metálico, que si 200€ por aquí, 150€ por allá, que supongo luego me daban para comprar libros, películas y series. Esto me llevó, además, a lugares tan diversos como un pueblo sevillano, Arahal, a Pinos Puente, en Granada, la misma noche de la cena de mi promoción de 2º de bachiller, a que me entrevistaran y publicaran en revistas municipales y cosas de ese tipo.
No tenía yo ni idea de que hay gente que vive literalmente de esto, gente que estudia convocatorias, y aquellas que considera accesibles trata de ganarlas a toda costa. Entre un premio en un pueblo de Soria y otro en la Orotava, al final hay quienes se sacan un sueldo. También descubrí más adelante que mi admirado Roberto Bolaño era un habitual de estos concursos, que le permitían un ingreso extra para su precaria situación económica antes del boom del Herralde y Anagrama y demás.
Cuando comencé a escribir novelas, fui descolgándome de los cuentos y relatos. No obstante, iniciativas como mi paso por la web El Cuentacuentos o entrar en la ya extinta Nocte, la asociación española de escritores de terror, hicieron que mantuviera mi creación en la ficción corta. Sin embargo, ya escribía estos textos con un objetivo marcado, desde participar en la web o en antologías de terror. No participaba en concursos, y si lo hacía era con libros de cuentos enteros. Así nacieron Nosotros, que poseemos la tierra o Donde mueren los monstruos.
Con dos libros de relatos publicados, he de reconocer que en los último años he abandonado un poco el género salvo por las publicaciones colectivas donde he tenido la suerte de colar algún relato. Incluso he llegado a escribir algún relato que finalmente no he publicado porque he llegado tarde a la fecha de publicación o no me convencía la propuesta editorial. Lo bueno es que en esos relatos sin puerto acabo por detectar ciertos puntos en común que tal vez me lleven a un tercer libro de relatos.
Y ahora me he propuesto firmemente volver a escribir cuentos. Hay muchas convocatorias, algunas golosas por el tipo de publicación que suponen o por el incentivo económico, así que llevo unas semanas dedicándome a escribir nuevos cuentos, en su mayoría de terror, y enviando a distintas convocatorias. Con suerte, pronto tendremos una nueva tanda de antologías con mis aportaciones.
Ya sé que nunca podré vivir del cuento, pero seguiré contando hasta que me falten las fuerzas.
Quien aún tenga a bien asomarse a esta Boca del Infierno en que se convirtió el blog hace años (un infierno gélido y solitario, pero un infierno al fin y al cabo) sabrá que estoy constantemente involucrándome y desvincularme de proyectos literarios (de los propios, quiero decir), no sé si por inconstante o por constante de más.
El tema es que estos recuentos a los que me someto de vez en cuando me traen en ocasiones sorpresas loquísimas, como novelas perfectamente arrancadas que un día se vieron apartadas a un segundo plano hasta languidecer en la sombra. Algunos de esos proyectos los he llegado a olvidar hasta que un día, como de la nada, encuentro un documento de textos o unas hojas impresas que apenas recuerdo haber escrito.
Si no me falla la memoria, la última vez en que me sometí a esta experiencia fue hace más de seis años. En este tiempo algunos proyectos han caído, otros han nacido e incluso se han completado. Empiezo hablando de los proyectos firmes en los que ando trabajando últimamente (este últimamente es muy flexible, puede referirse a años), y después analizaré el estado o el qué fue de aquellos planes de hace seis años:
Tarde y mal: Mi primera novela adulta. A partir de dos ideas muy distintas entre sí, una sobre la plaga de soledad que está asolando en la era que vivimos, la otra sobre el mundo de la precariedad laboral y los call centers, he tenido a bien conformar este proyecto de novela sobre dos mujeres, madre e hija, que deben reaprender a relacionarse en un punto de sus vidas en el que es difícil redefinirse. Tengo escrita la primera parte, que es una suerte de prólogo, y fragmentos de la segunda y tercera partes. Se trata de un proyecto ambicioso tanto en fondo como en forma, una novela política y, deseo, esperanzadora. Tras el arranque de la escritura he parado en seco: tengo muchas lecturas pendientes antes de seguir: Roedores de Paula Bonet, Tierra de mujeres de María Sánchez, Lo que no tiene nombre de Piedad Bonet, Fierce attachments de Vivian Gornick, The lonely city de Olivia Laing, The year of magical thinking de Joan Didion... Cuando tenga mis lecturas procesadas, podré seguir con la escritura, ya que formalmente aún le tengo que dar muchas vueltas.
hombres: un libro de poesía. ¿El primer libro de poesía? Al fin, diría yo. Una mirada sobre lo masculino, sobre mi experiencia con lo masculino y desde lo masculino. No es la primera vez que trato de escribir poesía, aunque no creo que haya dado con la tecla aún. Nunca he sido un buen lector de poesía, ni de lejos como de narrativa, de modo que me resulta mucho más difícil armar todo un libro. Tengo un poema buenísimo, creo, para cerrar el libro, pero el resto no está a la altura. Son textos que he escrito en los últimos siete o ocho años de mi vida, de modo que la cohesión es otra de mis preocupaciones. Probablemente necesite tiempo y mucho trabajo.
Mansión Pesadilla: este proyecto responde a un impulso. Se me ocurrió mientras paseaba a Truman frente a una casa vacía que hay en mi calle qué podría ocultar un edificio abandonado, y se me ocurrió que era el punto de partida perfecto para un libro infantil, y pensé más, para un libro de poesía infantil (sin ser yo nada de eso). Creo que, una vez me ubique y entre en el juego, puede dar buen resultado. Me lo planteo como un juego sin demasiadas pretensiones, la verdad.
La traición de Wendy: mi primer libro publicado cumple diez años, y lo hace ni más ni menos que devolviéndome los derechos sobre el mismo. Hace dos semanas volví a releer la novela por primera vez en más de un lustro, y hubo cosas que me fascinaron, otras que me gustaron menos, pero sobre todo me convenció de que es el momento de aplicar lo que he aprendido en estos años para darle un lavado de cara y tal vez hacerle el homenaje que se merece y encontrarle una nueva casa, e incluso traducirla al inglés y probar suerte en el mercado anglosajón.
La extinción de los dinosaurios: lo incluyo en este apartado aunque la novela está acabada, revisada y requeterrevisada, aunque sigue sin publicar. Creo que se trata de un libro muy puro, mágico, aunque con un tono complicado para colocar a una editorial. También creo que es el trabajo al que más unido he estado, a cuyos personajes más he querido. Esta epopeya de viejos con superpoderes ha ocupado tanto mi tiempo que le surgió una continuación in the works y una precuela poco oficial.
Cazar un dinosaurio: continuación no-continuación de La extinción de los dinosaurios. Cuando acabé de escribir la primera, me di cuenta de que era incapaz de pasar página; tenía que escribir más sobre mis Dinosaurios. Además existía un problema con el primer libro: todos los protagonistas eran hombres. Esta segunda entrega arranca como una continuación no velada del primer libro, aunque narra una historia nueva, y acaba transformada en algo muy distinto. Tuve una idea bastante potente que me permite no vivir de la nostalgia del primer libro, sino experimentar algo nuevo que a nivel narrativo aún no he hecho. Creo que la llevo por algo menos de la mitad, pero es un libro que arrancó con mucha fuerza y lleva varios años estancado. Supongo que hasta que me diga aquí hemos llegado.
El portugués: otro proyecto que en estos años ha nacido y se ha completado prácticamente. Esta novela infantojuvenil es mi carta de amor a Lisboa. Escrita a ritmo fugaz, narra la historia de un chaval español arrastrado a una Lisboa mágica donde debe aprender a la fuerza las tradiciones e idiosincrasia portuguesas si quiere sobrevivir. Lo curioso del proyecto es que escribí la novela en español con la idea de traducirla al portugués y publicarla aquí. De momento la traducción va a medias, y le haría falta una revisión potente.
Escuela de asesinos: novela juvenil que comenzó como un fósforo, ardió con mucha intensidad y quedó en la carpeta de los diez proyectos similares que manejo. En este caso, una escuela para adolescentes cuyas familias han enviado para que aprendan todo lo que hay que saber para convertirse en letales asesinos. No es original, pero puede ser divertida. Apenas la he tocado, sólo arranqué el primer capítulo.
Jándula: novela de vampiros ambientada en la sierra de Jaén. Uno de los proyectos que con más insistencia ha resonado en mi mente, aunque ni siquiera he comenzado a redactarlo. Estoy convencido de que, a la larga, lo escribiré.
Si llueve... : Hace doce o trece años concluí y gané un premio con una novela corta que en realidad se trata de una revisión del relato "La lotería" de Shirley Jackson. Como no se llegó a publicar más que en una edición no venal, he pensado que ha llegado la hora de darle una vuelta y escribir otra novela corta de terror, y publicarlas como una doble sesión de cine en alguna editorial especializada como Saco de huesos o Dilatando mentes. Tengo una idea vaga sobre unas personas encerradas en un ascensor, pero nada definitivo.
A Road Novella: un proyecto que nunca he descartado, pero tan irregular en mis intentos por seguir y tan diametralmente opuesto de mi forma de entender el mundo ahora que no me reconozco. Sólo lograré sacarlo adelante con un giro de concepto, y no tengo ni idea de qué idea tuve hace cinco años sobre la novelita que me resultó tan revolucionaria.
Queridos niños: el que otrora fue caballo de Troya de la casa sigue en standby indefinido. Se trata de una novela demasiado compleja y ambiciosa que no sé si sigue teniendo sentido. Siento que es otro hombre y otro escritor el que contempla Queridos niños desde 2020.
Los siete eternos: en 2015 publiqué El Desencantador, y aunque entonces tenía en mente dos posibles proyectos relacionados o ubicados en el mismo universo que aquella novela de Damián Collado, No me la planteo, aunque si mal no recuerdo comencé a escribirla, y la presentación de los protagonistas dejaba varios detalles interesantes.
En el desván: con esta novela infantil de magia y brujas me ha pasado algo curioso. La había olvidado por completo hasta que en mi última visita al pueblo encontré las páginas que llevaba escritas impresas y poco a poco fueron llegándome fogonazos de lo que en su día había imaginado, aunque con tantos cabos sueltos que no creo que la retome.
Librojuego: completamente olvidado y abandonado. Ni siquiera sé cómo me lo planteé.
Aprovecho para señalar que estos son sólo los proyectos de libros enteros, esto es, aquellos que implican un compromiso a medio y largo plazo. Además, arranco el año con la intención de escribir más relatos, que lo tengo paradísimo. Ando justo con dos recién nacidos, a ver si me lanzo de nuevo a antologías y premios.
No suelo jugar a demasiados videojuegos. He tenido mi época de Play Station (fue toda una sorpresa que mi madre decidiera regalárnosla aquel verano), donde mis juegos preferidos eran Silent Hill y Resident Evil, aunque reconozco que en el que más avancé fue en Crash Bandicoot. También en el ordenador tuve a bien disfrutar de ciertas aventuras gráficas memorables como la primera y segunda parte de Broken Sword. Hace unos años encontré un simulador en alguna parte y el primer juego al menos ha envejecido de lujo. Entretenido, inteligente y muy divertido. Me lo jugué casi del tirón entero (con los años he descubierto las guías online que te sacan de intentos infinitos e infructuosos).
Total, sin ser un experto, también tengo un pasado. Por eso cuando leí la atípica recomendación de mi amiga Cristina en su blog sobre literatura Si Dumbledore fuera librero, me pudo la curiosidad. ¿Qué hacía un videojuego en un blog de libros?
What remains of Edith Finch lo tenía todo para enamorarme: un protagonista adolescente, montones de misterios y una historia bien escrita. Una historia familiar, ni más ni menos. Un espectacular caserón abandonado a los pies de un lago. Caminos de madera, un barco hundido, fotos, cuadernos, secretos, pasadizos y puertas ocultas tras cuadros y muebles.
Suena bien, ¿verdad? Me gustó de este juego, aparte de la excelente ambientación y recreación, su falta de pretensiones. Como decía, la historia es, a fin de cuentas, una historia familiar compuesta de muchas cajas chinas de las que sale música. Juntas, conforman una melodía perfectamente afinada.
No son pocos quienes proclaman que el futuro de la literatura está en el videojuego. Hace un par de años me propusieron coescribir un videojuego, A Place for the Unwilling. Mi labor ha consistido, de momento, en insuflar de vida a uno de los personajes protagonistas. Es literatura. Eso es lo que he aprendido, que en otro medio, es literatura y puede ser -y debe ser- literatura de primerísima calidad.
Hace unos años hice una tesina de máster sobre adolescencia y literatura, y cómo emplear la literatura en la enseñanza de idiomas. Si la reescribiera ahora, los videojuegos ocuparían un lugar destacado. Ya de por sí tiene la literatura una función terapéutica que la lleva a emplearse con niños y jóvenes enfermos, pues qué no se lograría con videojuegos.
A este respecto no puedo más que recordar otra aventura del medio como es That Dragon, Cancer, un videojuego durísimo desarrollado por los padres de un niño muerto de cáncer. Como ya hicieran Francisco Umbral o Sergio del Molino al tratar un tema tan sensible en su obra literaria, esta familia se propuso trasladar la experiencia que acababan de vivir a este medio de comunicación. Aquí no hay una misión, no hay un héroe o una narración lineal tradicional. Este videojuego ofrece una experiencia autobiográfica, refleja el hastío y la impotencia de las horas de hospital y el avance de la enfermedad ante el cual, como en la vida real, sólo podemos ser testigos.
En cierto sentido, sobre todo en su vertiente más sensorial, What Reminds of Edith Finch me ha recordado a dicho videojuego. Tampoco existe una narrativa que avance hacia una meta concreta más allá de conocer el árbol familiar de la protagonista, con ese sistema de cajas y muñecas rusas del que hablaba antes. Aparte de meternos en la piel de ella, el simulador nos ofrece experiencias tan estimulantes como entrar en un cómic clásico pulp o convertirnos en un tiburón, giros todos que sorprenden y expanden la experiencia más allá de los límites "físicos" de la mansión protagonista.
En definitiva, una buena historia de misterio para fans y neófitos en las lindes del videojuego, What Remains of Edith Finch, y lo demuestra su galería de premios y honores varios, saciará vuestras ganas de una buena historia.
Hace unos meses me informaron de que se preparaba la publicación de un libro con otros escritores de la comarca de Mágina, mi sierra, sobre la Denominación de Origen del aceite de oliva. Yo, que ya había homenajeado mis raíces en el relato que abre Donde mueren los monstruos, me propuse escribir algo del mismo palo, recuperar la esencia del mismo, esta vez centrando mis esfuerzos en ensalzar la relevancia del aceite de oliva en mi tierra. No es la primera vez; ya hace unos años publiqué un libro de relatos ambientados en mi tierra, Nosotros, que poseemos la tierra. No me suele gustar escribir por encargo, sobre todo cuando se trata de ficción, pero acepté la propuesta. Escribí un relato alejado del tópico, de la lembranza, de la tradición, y a la vez lo apoyé en el tópico, en la lembranza y en la tradición. Logré rehuir la metaficción, de la que abuso a menudo cuando me enfrento a encargos, y me nació una pequeña historia de ¿ciencia-ficción? distópica. Explicaba el antólogo que "la idea es realizar un libro donde los textos rescaten vivencias pasadas o presentes que transcurran alrededor del universo del aceite". Con el desarrollo de la obra tan avanzado, no sabía si tendrían a bien aceptar mi propuesta.
Terminado el relato, contacté con el responsable de la edición del libro, que traía malas noticias. Las negociaciones con la editorial no habían llegado a buen puerto, por lo que se cancelaba la publicación. Sin embargo, me propuso participar en un certamen convocado en un portal literaria cuya temática era el aceite de oliva, por lo que sometí "Las últimas veces" con la intención de ganar algo y publicar. No gané. El proceso de votación dependía de likes y votos en el mismo portal, y he llegado a punto en mi vida en el que no estoy para agotar energía en estos menesteres. Además, la web no respetaba el formato del relato, lo cual supuso una bajona y no hice la mínima campaña, no lo compartí con nadie. Alea Jacta Est, dije, y para mí lo más honesto era confiar en la originalidad y calidad de mi obra más que en ganarme la antipatía de mis contactos en redes sociales. Total, terminado el concurso se anunciaron el ganador y finalistas, y yo no aparecía por ninguna parte, cero sorpresa.
Sin embargo, días o semanas más tarde recibí un correo de uno de los responsables del certamen donde se me anunciaba que había sido uno de los escogidos por el jurado para publicación por los méritos literarios de mi relato. Me daba ciertos detalles sobre el lanzamiento del libro y la editorial implicada, y ya me puse a investigar. Leí los relatos vencedores, consulté el catálogo de la editorial y algo que no había hecho hasta ahora, releí mi relato. Pasados los meses desde que lo escribí, pude leerlo desde fuera, como si fuera de un autor desconocido. Entonces decidí no seguir adelante con la publicación para darle otra vida.
Pronto se materializó en la posibilidad de publicarlo en Culturamas, uno de los medios culturales más importantes en España, dentro de su iniciativa para publicar a autores anónimos cada semana. Bastaba con enviarlo, que el comité de lectura decidiera si era apto para publicación, y llegara a la web. A los pocos días me confirmaron que el mío había sido el relato escogido para publicar esa semana, y pronto "Las últimas veces", que había nacido con otro propósito, encontró su camino al mar.
Aquí el comienzo; para leerlo completo, haz click en la imagen.
Nadie hablaba de últimas veces. La
primera vez. La puta primera vez siempre. El primer paso, el primer
pañal, la primera cicatriz, la primera pelea, la primera mascota, el
primer beso, la primera hostia, el primer suspenso, el primer polvo, el
primer amor, el primer piso, el primer primero, el primer primer.
Primer. Primer. Primer.
Alberto contempló la enorme
masa azul que le devolvía toda la luz posible y bañaba su rostro y su
traje espacial. Añoraba la Tierra. Desde que llegó a la estación
espacial, no pocas veces la ansiedad por la última vez lo había
embargado. Nadie hablaba del último polvo, del último abrazo, de la
última tostada con aceite. Alberto trataba en esas ocasiones de solitud
de discernir cuál habría de ser el último flechazo, el último impulso
eléctrico que había conectado su centro sensorial con su corazón. Y no
recordaba si ese último amor a última vista correspondía a la conductora
del autobús que lo había acercado al centro espacial, con algo de
brillo, nada, una sombra en los labios y el cabello asimétrico con finas
mechas de color ceniza; si se trataría de la técnico de laboratorio que
había hecho todas las pruebas durante el último check up—definitivamente,
le había sonreído con cierto rubor—; si había sido siquiera la asadora
de pollos en Gran Capitán durante su última estancia en Granada, aunque
apenas recordaba su rostro, sólo una emoción parecida al vértigo
mientras ella preguntaba qué tipo de salsa quería; o tal vez no, tal vez
ninguno de aquellos encuentros fortuitos guardara en su núcleo la clave
del último flechazo que ya no quedaría en nada.
Hacía frío. Era algo de lo
que no se hablaba, pero en el espacio hacía frío. Bajo los kilos del
traje espacial, a pesar del núcleo de calor que surgía de su cuerpo,
siempre hacía frío.
Alberto era sinestésico; no
podía ver los olores, o degustar los sonidos, ni siquiera oír los
colores dentro de su ser. Alberto, por su parte, era capaz de sentir los
sabores [...]
Más adelante, consciente de la calidad del cuento, fui un paso más allá y lo candidaté al siguiente número de la revista Iowa Literaria, uno de los proyectos órbita del Máster de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa, donde el comité seleccionador y la propia revista están repletos de creadoras de primerísimo nivel y donde, para mi orgullo, decidieron darle cabida.
Aunque eso no es todo. Uno nunca sabe qué va a ser de lo que escribe, a qué lugar ignoto irá a parar ni a qué puertas llamará. Así, a comienzos de 2025 recibí un mensaje de uno de mis contactos en Instagram, Jon Herring, que además de escritor es traductor y había traducido parcialmente "Las últimas veces" en la uni, pero ahora quería saber si estaba interesado en que tradujera el cuento por completo para su publicación en revistas especializadas, a lo que respondí que sí entusiasmado a lo que sería la tercera vida de esta historia, y para un público completamente nuevo.
Matar un ruiseñor me parece un título hermoso, al igual que Ventajas de ser un marginado. Por supuesto, el galardón al título más bello se lo lleva El guardián entre el centeno, traducido al francés como L'attrappe-coeurs.
Cuando obtuve el Premio Plan Joven de Narrativa del Ayuntamiento de Granada en 2015, el jurado, que lo otorgó por unanimidad, sólo me señaló una objeción: no les gustaba o convencía el título. Donde mueren los monstruos pretendía ser una vuelta de tuerca al título del clásico infantil Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are). Decían que era un título que se quedaba en tierra de nadie, ni era de aquellos certeros como puñales (Patria, La carretera, Mujercitas, It...) ni de aquellos largos y evocadores (El abuelo que saltó por la ventana y se largó, Los hombres que no amaban a las mujeres,El curioso incidente del perro a medianoche...).
Es, por tanto, parte fundamental del libro un título acorde, ya sea porque hable de él, porque evoque al contenido del mismo, abra una pregunta cuya respuesta aguarda en las páginas o, sencillamente, resuma la lectura.
A la hora de titular, dependiendo del libro, lo cierto es que me gusta irme por las ramas. Esas ocasiones en que no sabes por dónde tirar y decides escoger un título que sólo te habla a ti como escritor pero que, quién sabe, tal vez una vez leído le toque la fibra al lector potencial. También, en mi línea pop, tiendo mucho a tirar de obras existentes para poner un título a mis libros o los capítulos de los mismos. Sublimé este arte cuando decidí seguir el discazo, maravillosa obra de Ismael Serrano La traición de Wendy que, para más señas, era además mi primera novela. Veintidós añitos tenía, y creía en la pureza del arte, la literatura y una prometedora carrera literaria ante mí. Todos mis primeros textos beben de otros autores. Si el cantautor madrileño es una figura omnipresente en esa novelita de terror, ya antes había publicado una novela corta, Si llueve..., cargada de referencias a las obras de Stephen King y, en menor medida, Joss Whedon. Si llueve... es uno de esos títulos con los que me fui por las ramas. No se entiende hasta que se ha leído la novelita entera, y es, sin ser yo muy consciente de ello, la revisión de un maravilloso cuento de una autora que se acabaría por convertir en referente indispensable en mis escritos, Shirley Jackson. También tiene ella uno de los títulos más misteriosos y cautivadores de la historia de la literatura, Siempre hemos vivido en el castillo. Indispensable lectura.
A la altura de éste se encuentra El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago, que toma como personaje central a uno de los heterónimos de Fernando Pessoa y desarrolla el resto de su biografía una vez fallecido el autor original. Ligado a Lisboa, otro libro maravilloso con un título también misterioso, evocador, Sostiene Pereira, de Tabucci. Por motivos obvios, me interesó, y como curiosidad, existe en Granada una librería de alfarrabista, librería de viejo llamada Sostiene Pereira que, para colmo de males, tiene un cameo en mi última novela publicada, El Desencantador.
Para esta novela juvenil no me quise estrellar la cabeza, y como la magia es el hilo principal, hay una referencia clara a Merlín, el Encantador, pero también una puerta a la duda. ¿Quién o qué es ese Desencantador?
Pero a veces me decanto por títulos difíciles, esos que aparecen mal en todas las citas en prensa y en las librerías por un empeño muy mío que es emplear la puntuación como parte esencial de los mismos. Los puntos suspensivos de Si llueve... me trajeron pocos quebraderos de cabeza comparados con la coma de Nosotros, que poseemos la tierra, mi primer libro de relatos. Con todo, sin esos detalles de puntuación los títulos se quedan cojos, imposibles.
Mi último atrevimiento a la hora de titular ha sido ponerle un título en español a una novela coescrita en portugués, El portugués. Evidentemente, la explicación está en el interior del libro, y en concreto tiene un giro que va directo a la emoción del protagonista y del lector, como un puñetazo a la emoción.
A veces, a la hora de titular, conviene, decía, irse un poco por las ramas. Así, una novela crepuscular en la que llevo ya 4 años largos trabajando, La extinción de los dinosaurios, se llama así al ser la historia de cinco ancianos centenarios, uno de ellos un paleontólogo. A ésta le siguen Cazar un dinosaurio, su "continuación", y Parque geriátrico, su precuela. Parece que, de momento, se trata de mi magnum opus, aunque todo dependerá de lograr encajarla en el catálogo de una editorial en el futuro.
Como véis, esto de titular se las trae. Personalmente evito los títulos rotundos, de aquellos que son como un golpe en la mesa. Una palabra. No obstante, en poesía una vez me atreví con un Pudor que inicialmente se titulaba Pudor es una palabra antigua. El libro no llegó a ver la luz, aunque ahí está, en la carpeta de mis poemarios imposibles, junto a El abrazo del koala o Cuánta pupa.
Al ser proyectos de menor envergadura, dan mucho más juego los relatos, ya que hay más libertad. Me enorgullece haber titulado algunos como "La noche de Amaranta", que creo que abre una puerta al misterio y a cierta épica que puede provocar curiosidad al lector, o "--.--", que se trata de una gran broma sobre la literatura de concursos y certámenes, y como tal el título debía estar a la altura.
Aunque, sin duda alguna, el título que mejor me define es el de un proyecto con el que logré una beca de la Residencia de Estudiantes, una novela distópica y terrible protagonizada por niños en un mundo despoblado de adultos. Hace años que no me acerco a ella, cuando sin duda es el proyecto que más atención, tiempo y mimo debería merecer: Queridos niños.
En definitiva, la puerta a un libro es el mismo título. Supongo que, a medida que uno se convierte en un autor reputado, podrá hacer lo que le dé la real gana a la hora de titular sus escritos. Esta reflexión no es más que una anotación desde mi experiencia.
Después de la incertidumbre de no saber qué, de tanto cambio y tanto miedo y tanto dolor ardiente, me refugié en la literatura. Monté una criatura de Frankenstein con relatos de origen muy diverso con la intención de volver a aproximarme al mundo editorial. Lo envié a varias personas del mundillo con la esperanza de que aquellos relatos, escritos en su mayoría durante mi estancia en la Residencia de Estudiantes, convencieran a la persona adecuada de que valían la pena.
En otras palabras, Donde mueren los monstruos nació de los despojos.
Pero despojos con dientes, con garras, con alas y azufre. Cogí un poco de todas partes, un brazo por un lado, esta cabeza, un pie maloliente, el busto de una joven virgen, la pelvis de un camionero accidentado en la M30... Creé mi propia criatura de Frankenstein, pero, como en la novela de Mary Shelley, el ser debía de cobrar vida.
Los buenos escritores, cuando se enfrentan a un buen libro de cuentos o relatos, lo hacen con un concepto. Yo, no sé si porque no soy un buen escritor o porque soy un poco desastre o porque estaba bastante orgulloso de varios relatos, todos escritos por un motivo y con una idea en mente, decidí crear esta criatura y dar vida a Donde mueren los monstruos.
Donde mueren los monstruos, para empezar, tiene mucha literatura. Comienza con pura creación, con el monólogo de una cineasta que desnuda su carrera creativa y su recorrido artístico hasta la fecha soltando perlas sobre el proceso de creación y cómo las circunstancias definen la obra de cualquier creador. Sigue con el relato autobiográfico de un escritor convertido en negro literario, cuento que escribí a la par que este artículo sobre el tema y donde hago un recorrido por mis primeras creaciones.
A medida que avanza el libro, éste va perdiendo el carácter autobiográfico y los elementos románticos y fantásticos van cobrando peso. Sin embargo, como digo, la creación -en especial la literatura- sigue teniendo un peso cada vez mayor: una falsa memoria de Mauricio Wiesenthal plagada por los fantasmas de Lorca, Morente, Harper Lee o Salinger, una broma de la talla de la Metamorfosis de Kafka, una especie de mundo donde la poesía se ha transformado en religión de los hombres, incluso un homenaje a la novela negra con todos sus lugares comunes.
Y el amor, digo, el amor como motor que hace girar al mundo.
Y los monstruos, claro. Existe además una transición medida en la disposición de los relatos para que, a medida que avanzan las páginas, los monstruos cobren forma cada vez más literal. Así, de los monstruos figurados, casi imaginarios, poco a poco las narraciones incorporan monstruos o hipótesis más fantásticas que se mueven entre el "Y si..." y la alta fantasía.
Cuando conjuré las suficientes historias para conformar un libro, decidí probar suerte. Enviarlo a alguna editorial, desde una forma no definitiva con diez relatos... el tiempo, no obstante, me supo indicar qué sobraba y qué debía perdurar. Los monstruos resonaban como una percusión ancestral, yo me estaba derramando en una hermosa novela infantil, La extinción de los dinosaurios, para salvarme, para crear algo nuevo. Una inflexión necesaria.
Entonces, cuando Donde mueren los monstruos cobró su forma definitiva, decidí lanzarla a la arena de los premios literarios. Busqué uno que se adaptara a la cuestión literaria que rezumaba el libro así como a mis necesidades editoriales y económicas. Vamos, que me busqué un premio asequible, pero con solera. El premio de literatura para autores jóvenes que convocan la Concejalía de Juventud del Ayuntamiento de Granada y la Academia de Buenas Letras de Granada, a la par jurado del premio.
Otro elemento característico que sirve de unión, más allá de la temática (el monstruo como concepto, la fantasía como hilo in crescendo) es, sin duda alguna, un entendimiento del lenguaje como un ente vivo y orgánico, complejo, que se presta al servicio de la historia, esto es, una forma que se adapta al fondo de lo que quiero narrar, de ahí la influencia de lecturas tan gratificantes en su momento como las novelas de Ricardo Menéndez Salmón o Mario Cuenca Sandoval, por citar dos. Hago hincapié en este aspecto, porque la sintaxis sirve como elemento aglutinante para que ocho relatos sueltos se transformen en un libro coherente (al menos medianamente).
Una vez fallado el premio y anunciada la publicación, comencé a trabajar con una pequeña editorial de Granada, Alhulia, en la edición. Tras mis previas experiencias editoriales (sobre todo con la nefasta Diputación de Jaén), me sorprendió la eficiencia y ganas de trabajar para sacar adelante un buen producto de la editorial. En febrero me anunciaron que había ganado el premio, y el 22 de abril fue la presentación oficial en el Ayuntamiento de Granada. El 23, en mi pueblo. Y un mes más tarde, el 24 de mayo, en Madrid. Ha sido la vida de este libro precoz y productiva, aunque me gustaría que, además de ello, fuera larga.
De hecho, la distribución está siendo mucho mejor de lo que podía imaginar para una editorial tan modesta. El libro está en Madrid gracias a Libros Melior, y Agapea la ha llevado a Málaga, Granada, Barcelona, ambos archipiélagos, etc. Además, es fácil encontrarlo en la Casa del Libro y otras cadenas, y basta con pedirlo en tu librería preferida para que la editorial lo distribuya sin problemas. En definitiva, lo estoy llenando todo de monstruos.
Supongo que sólo me queda terminar este texto de presentación del libro, el único que he escrito hasta la fecha, explicando que Donde mueren los monstruos será un libro pequeño, cierto, pero creo mucho en él. Considero que está lleno de literatura y, ante todo, me ha devuelto la fe en este oficio tras la experiencia gris de Nosotros, que poseemos la tierra. En el camino me he reafirmado en la convicción de que ésta es la forma de hacerlo, éste es el lugar que quiero ocupar en las letras y que, punto de inflexión o no, lo que viene de ahora en adelante os deparará muchas sorpresas. Mientras, creo que seguiré feliz mientras oteo el horizonte poblado de criaturas gigantes, de tentáculos y gritos, de escritores malditos y malditos escritores. ¡Y ojalá los monstruos os lo hagan pasar en grande como a mí!
Hace demasiado tiempo, más de un año, tal vez dos, me propuse escribir un relato para la revista de terror fosco Calabazas en el trastero, en la cual ya había tratado de publicar algo anteriormente sin éxito (recuerdo un relato terrible para el monográfico Arañas, y un relato que aún me fascina para el de Peste), de modo que empecé a reflexionar sobre el tema de la convocatoria vigente, Supersticiones, y lo cierto es que la idea estaba clarísima. Hay veces en las que para que una idea cobre forma necesitamos darle muchas vueltas, estudiar el tema, investigar antecedentes, homenajear, etc. En este caso, la idea, sencilla y clara, tenía forma de bombilla iluminada sobre mi calavera. Una sucesión de infortunios que le ocurren a alguien en absoluto supersticioso, alguien como tú o yo, personas a las que la suerte nos da igual, porque la suerte que tenemos es la suerte que nos labramos, ¿cierto? Os dejo con la nota de prensa con la que casi me enteré de la noticia y con dos opiniones que conciernen a mi relato:
El relato de Jose Alberto Arias Pereira, "La cajita", ha sido galardonado por los lectores de Calabazas en el trastero: Supersticiones con el Premio Nosferatu.
El autor recibirá de la mano de la Biblioteca Fosca, por ello, una réplica en póster de la fabulosa ilustración de David M. Rus.
Para mí "La cajita", por ejemplo, es de los mejores de la antología -junto al tuyo, por cierto-. Sin embargo, veo que a varios lectores les ha resultado confuso en algunos aspectos.
La cajita (José Alberto Arias Pereira)
El autor juega con una multitud de supersticiones para reflexionar al final sobre lo inevitable del destino, convirtiendo muchas supersticiones más clásicas en simples augurios más que en cosas a evitar. El resultado es un relato bastante ágil y entretenido, e incluso algo ligero pese a lo terrible de la trama.
“La cajita”, de José Alberto Arias Pereira, te remueve las entrañas. En el género de terror hay un tipo de historias que pueden producir malestar, y si eso se considera un logro, desde luego hay que aplaudir al autor, que en torno a un accidente doméstico con bebés de por medio te lo hace pasar realmente mal en una delirante narración repleta de “y si hubiera hecho esto...”.
El autor juega con una multitud de supersticiones para reflexionar al final sobre lo inevitable del destino, convirtiendo muchas supersticiones más clásicas en simples augurios más que en cosas a evitar. El resultado es un relato bastante ágil y entretenido, e incluso algo ligero pese a lo terrible de la trama.
De Polanski ya conocíamos la claustrofobia, pero jamás con este lenguaje. Los ambientes malsanos de El quimérico inquilino o Rosemary's baby poco tenían que ver con esta película actual, uno de los últimos trabajos del director parisino, si bien todas estas películas guardan en común el acoso al individuo y dicha claustrofobia. Tal y como suele hacer, se dispuso a trabajar en un material ajeno, en este caso la novela En la sombra del poder de Robert Harris, y no sólo eso, sino dar el valiente paso de trasladarlo a un escenario inestable donde los paralelismos con la situación post 11-S son evidentes, en especial la crítica a la clase política dirigente. Además, cuenta con uno de los castings más acertados vistos en la gran pantalla.
Cría cuervos
Las dos primeras películas de Ana Torrent se cuentan entre mis preferidas del cine español. Cría cuervos me trae buenísimos recuerdos y me reconcilia con el feísmo de un cine español que vivía una transición tan valiente como es esta cinta que, testigo del cambio, cuenta esta historia inquietante sobre una niña que se cree con poder sobre la vida y la muerte. Enorme el conjunto de detalles que la componen, desde el tema de Jeannette que suena a lo largo de toda la cinta a una estupenda Geraldine Chaplin que encarna a dos personajes. Puede tratarse ésta de la película más bella y terrible de Carlos Saura.
Olvídate de mí
Supongo que, harto de las comedias románticas de final feliz, me aficioné a cualquier película que defendiera una tesis contraria: la del amor que no triunfa. La imaginación de ese monstruo del guión que es Kauffman al servicio de ese artesano de la dirección que es el francés Gondry y la extaña pareja con los rostros de Kate Winslett y Jim Carrey nos regalaron una de las películas más inventivas, desoladoras y hermosas del siglo. Eternal sunshine of the Spotless Mind, el título original, es un verso de Alexander Pope.
Memento
Uno de mis primeros recuerdos cinematográficos más intensos es el de la primera vez que vi esta película de Christopher Nolan antes de Batman y de que lo engullera el hype que acabó por hacerlo previsible y aburrido. El hecho de contar con un guión que constituye la piedra angular de la película supongo que me tocó hondo, por mucho que los años me llevaran a reconocer que dicha premisa carecía de la inventiva que yo le había supuesto. No obstante, la firmeza de las interpretaciones y, por qué no, la falta de concesiones con el espectador, sigue haciendo de Memento una de las películas que más disfruto en cada revisionado.
Matar un ruiseñor
No es por nada la novela de Harper Lee una de mis preferidas en la historia universal de la literatura, pero además esta adaptación se trata sin lugar a dudas de la mejor traslación entre ambos medios que se ha llevado a cabo. La película, filmada un año después de la publicación del premio Pulitzer, consigue capturar todo lo que hacía grande a la novela: el ambiente sureño, la inocencia de la narradora y la figura heroica de un Atticus Finch ya indisoluble del inefable Gregory Peck. Sea como sea, esta película consigue emocionarme una y otra vez, y pasan los años pero mantiene la frescura de todos los clásicos universales.
Me he propuesto sólo una cosa de mi experiencia lisboeta: volver con dos novelas terminadas. Teniendo en cuenta que tengo al menos seis o siete proyectos en mente, debería ponerme en serio y cerrar dos de ellas. Así, voy a hacer recuento de todas las novelas en las que trabajo o he trabajado de un tiempo a esta parte:
1. A Road Novella: la historia de Anna y Alvy, ese viaje de descubrimiento, de locura, de sexo, droga y rock and roll a través de una Europa extraña y fantástica. Lo que comenzó como un divertimento se ha convertido en uno de los proyectos más divertidos e interesantes en los que me he embarcado. Tuve una idea para reinterpretar lo que había escrito hasta la fecha, y aunque supondrá mucho trabajo adicional, me siento capaz de terminar un producto gamberro, divertido y muy juvenil. Posmodernidad a saco, claro está, en esta novela adulta.
2. La extinción de los dinosaurios: la última novela que he comenzado se trata de una novela infantil. La historia de cinco ancianos de cien años que emprenden la aventura de sus vidas en un viaje para ayudar al nieto de uno de ellos. Es divertidísimo trabajar en esto, lograr un tono alucinado, inocente y tierno, e idear todos los absurdos de la literatura infantil sin tomar por estúpidos a mis lectores. Barajo la posibilidad de una segunda novela-continuación, aunque aún se trata de una idea muy verde.
3. Queridos niños: mi proyecto gordo, la obra magna, la novela gracias a la cual entré en la Residencia de Estudiantes, que apenas he tocado desde entonces por la complejidad formal de la propuesta. Este mundo sin adultos con su homenaje a la literatura de género me provoca igualmente amor y terror, porque supone una implicación demasiado elevada. Supongo que, llegado el día, concluirá, y por ella habrán pasado vidas y vidas y personas. Los protagonistas son niños, sí, pero los conceptos que trata y el desarrollo de la técnica la acerca más a un tipo de lector con ganas de afrontar retos literarios.
4. Los siete eternos: tras acabar El Desencantador, tuve claro que era el momento de expandir ese universo, pues había creado una mitología rica que daba mucho juego. Además, la intención era acercarme a un perfil de lector mayor, más cercano a la veintena que a la propia adolescencia, así como un giro de la fantasía a la ciencia-ficción. Esta novela de héroes y villanos se aproxima más a X Men o a Chronicle que a la novela de la que parte, y puede funcionar muy bien.
5. En el desván: novela infantil sobre magia y brujas, también primera parte de una saga. Aunque en este caso trataré de alejarme de temas peliagudos (principal pero que se le puede poner a la literatura infantil), el tono ha virado a una oscuridad que en principio no pretendía. Además, entra en juego la complejidad estructural de una saga plagada de saltos en el tiempo y decisiones locas, como que todas las novelas tengan una revelación bomba y terminen en jugosos cliffhangers.
6. Librojuego: nuevo proyecto en el que me embarco. Aún no sé casi nada, aunque es a todas las luces uno de los retos que más dolores de cabeza me van a provocar. Sólo por el hecho de la estructura me costará la vida. Sólo tengo un par de ideas generales que pueden dar mucho juego en el planteamiento inicial, aunque tengo que desarrollar la historia que quiero contar.
Que recuerde, estos son los proyectos en los que trabajo en la actualidad. Como veis, hay un poco de todo, muchos puntos en común y un enfoque cada vez más claro hacia lo infantil-juvenil, aunque todo se andará.