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31 de diciembre de 2013

Elephant

Anteriormente, en A road novella...

Ámsterdam se llenó de individuos extraños esa Navidad. No extraños, sino MÁS extraños de lo habitual, y todo lo más raro de Europa acababa de un modo u otro en Ámsterdam. Recuerdo que los rostros de los viandantes aparecían borrosos para mí, como si Dios o alguien hubiera pasado una de esas gomas grises que borran la tinta y emborronan el papel en las caras de todo el mundo. Sólo les ponía cara a nuestros vecinos, la mitad ecuatorianos, la mitad dominicanos y la otra mitad (estaban siempre mudándose dentro y fuera del edificio) subsaharianos negros como la noche.
      Ya llevaba un tiempo ocurriendo cosas extrañas, aunque fue entre Navidad y Año Nuevo cuando todo comenzó a despegar. Anna y Paulo iban a cantar todas las tardes y noches a los canales llenos de turistas. A veces venían con manchas en la cara, manchas violetas y negras, como si se hubieran hartado a moras del mismo arbusto. Una vez Paulo llegó llorando porque decía que había perdido la guitarra, así que estuvimos media noche buscando por el centro de la ciudad, por si algún yonki la había robado y no había encontrado nada de valor en ella. Anna se concentró en la plaza de los museos, que a esas horas, con el frío y las luces navideñas, ya estaba desierta; Paulo se fue al Barrio Rojo, donde había más posibilidades de encontrar la guitarra o cualquier despojo robado por estadística; yo me quedé con los canales y todos los soportales donde se escondían los mendigos y sin techo, los camellos y demás excluidos.
      Ya barruntaba dónde estaría la maleta, si esa búsqueda estaba abocada al fracaso y qué cojones hacía un 28 de diciembre en un canal holandés con el frío en los huesos y los primeros copos de nieve adheridos a la cara cuando oí el chapoteo en el agua. Ahí estaba. La puta funda de la guitarra, amarillo mostaza, flotando por el canal. Una rata nadaba aferrada al mástil. Bajé corriendo y me lancé al agua, no había otra manera de alcanzarla. La rata no se inmutó ante mi presencia, pero me dio igual. Me abracé a la guitarra y la arrastré hasta el margen, donde me tiré aterido de frío y empapado. El agua manaba por mi cuerpo como una catarata.
      Una vez tranquilo, hice algo prohibido: abrí la funda. En mi defensa, tenía que asegurarme de que la guitarra estaba dentro. Efectivamente, ahí, estaba, aunque sucia, llena de arena y mugre. Luego dejé la funda abierta y, a los rayos de luna, varios cangrejos minúsculos salieron de la arena. Había además conchas del mar, caracolas, restos de algas entre la arena, como si el mar estuviera realmente atrapado dentro.
      Volví solo por las calles oscuras. La gente sin rostro observaba con curiosidad al tipo empapado y muerto de frío. Supongo que no estaba preparado para el acontecimiento que volvería a revolver mi vida sobre sí misma.
      Subí sin prisa hasta el cuarto sin ascensor donde vivían Paulo y Anna, llamé a la puerta y ésta se abrió. Un olor extraño me golpeó la cara.
      Vi al elefante nada más hacer la puerta a un lado. Un elefante enorme, africano y del color del acero permanecía plantado en medio de la habitación. Detrás, en el sofá, Anna lloraba con desconsuelo:
      -No estoy embarazada, Alvy. No voy a tener un hijo tuyo.

      No hice preguntas. Bajé a un local a dos calles de nuestro edificio y me tatué un elefante en el omóplato derecho. 

5 de diciembre de 2013

Navidad

Anteriormente, en A Road Novella...

Navidad en Amsterdam. Frío infrahumano. Bebíamos té y chocolate, fumábamos, follábamos para mantenernos en calor.
   

         Mientras, los turistas iban y venían entre el alumbrado nocturno. Amsterdam era una ciudad ficticia, no debía existir como nos decían sus canales, los pasajes artifiales para comunicarlo todo, a donde iban a parar otros desgraciados como nosotros. En cierto modo, era como si todo lo que veíamos lo viéramos reflejado en el agua, como aquel documentalista que exponía sus vídeos en un centro de arte moderno de la capital. Había retomado la costumbre de dibujar, de bosquejar ciertas personas y rincones de la ciudad. Anna. Lo último que había dibujado en meses había sido a Anna, y entonces, cuando repasaba el primer dibujo que había hecho de ella, me di cuenta de cómo engañan las apariencias, verdad, y de qué poco me habían engañado con respecto a ella. Se había empeñado en escribir una carta a Papá Noel, y me había hecho escribir una a mí también. Yo había pedido un gato; ella, unos zapatitos para el bebé. Ambos sabíamos que aquella Navidad no habría regalos y que nos bastaba con sobrevivir al frío y al hambre.
            Paulo le había ofrecido cantar en la calle, él con la guitarra y ella con su extraña voz de sirena fantasmal. Entonces, resguardados de la nieve bajo un paraguas enorme, cantaban “Garota de Ipanema”, “Ne me quitte pas”, “La vie en rose”, “Nostalgias”, cantaban a Sinatra, a Chavela, a Piaf, Gardel… pero también The Smiths, David Bowie, Radiohead, Carminho, Camarón, Muddy Waters… cualquier cosa que no sonara a Navidad, y esa excepción los hacía únicos en las calles heladas, y se formaban corros en torno a ellos, la bella Anna con la voz desgarrada, el bello Paulo siempre al borde de la lágrima.
            En Nochebuena nos reunimos los cuatro, Stella, Paulo, Anna y yo con algún agregado. Cenamos pollo en salsa de manzana y vino, mucho vino, muchísimo vino. Todo tenía una apariencia de duermevela, de irrealidad tan lejos de nuestras vidas, con el recuerdo de Ennis, de César y Svetl. No habíamos vuelto a saber de ella. La imaginé encerrada en la habitación a la espera de un hombre demasiado solo en la noche más triste del año. Brindamos mucho, por nosotros, por el año que se iba, por el hambre que pasábamos, por la risa, por los libros, por el amor, por el pollo en salsa de manzana. Pronto decidimos irnos a dormir.
            Anna dijo que aquella noche prefería dormir conmigo. Paulo comprendió y se ofreció a dormir en el sofá de Stella. Era la primera vez en mucho tiempo que volvíamos a dormir juntos. Temblábamos, no sé si de frío o de miedo o de amor tan puro, sólo que parecíamos dos adolescentes entregados al sueño de los niños que no duermen la noche antes de Navidad. Recuerdo su lengua como una brasa en mi cuello, su mano ágil por mi cuerpo, un gemido que surgía de sus entrañas. Recuerdo a Anna tan metida en el rol del amor como único regalo posible cuando la ventana de la cocina se estrelló con violencia. Salí desnudo de la habitación, y en cuanto vi al tipo vestido de rojo, deseé que fuera Ennis, aunque no supe bien. Sólo sé que nos quedamos helados el uno frente al otro, a menos de siete pasos, observándonos en silencio, incapaces de movernos. Entonces él abrió la ventana y, con sumo cuidado, salió sin hacer ruido. Anna salió del dormitorio, me besó en la mejilla y nos tumbamos abrazados.
            Al despertar con el ruido de los vecinos, a la mañana siguiente, encontramos los regalos envueltos para nosotros sobre la mesa de la cocina. Anna juró no saber nada de ello por toda su vida, lo juró por Helena. Así, supe que no mentía. Abrimos los regalos, da igual los regalos, los abrimos. Nos gustaron, nos hicieron felices. Luego, cuando Paulo y Stella vinieron con sus regalos, él un paquete de púas para la guitarra y ella un jersey de angora, tampoco sabían de dónde habían salido. Aunque a todos nos pareció sospechoso, tampoco le dimos más vueltas. Era Navidad y teníamos nuestros regalos. Supongo que los hombres a menudo se guardan preguntas que no quieren responder.
            Paulo nos dijo que, como vivía con españoles, nos había preparado una sorpresa, y se arrancó guitarra en mano con una pieza flamenca que, para nuestra sorpresa, sonaba en portugués:
Llora una joven en Kansas
¿Dónde está mi Granada?
Mi Granada.
Camino del Sacromonte
El barrio de los gitanos
¿dónde está mi Granada?
Se la llevan tan lejos,
Se desprende en pavesas por mi ventana.
            Creo que comimos algo, aunque tampoco puedo jurarlo, y fue entonces cuando Stella dijo algo que nos dejó a todos entre atónitos, divertidos y aterrados.
            -Anoche lo vi. Entró por la ventana y dejó las cosas y se fue.
            -¿Que viste a quién?
            -¡Pues a quién va a ser! ¡A Papá Noel! Lo juro vamos, que me caiga aquí muerta, por mis hijosy por mi Cristo de la Santa Muerte –dijo, y se besó las manos.
            Claro, dijimos, claro que lo has visto.

31 de octubre de 2013

Rompeolas

Anteriormente, en A Road Novella...

Supongo que a Anna no le costó demasiado enamorarse de Paulo. Después de todo, era uno de esos tipos que encandila a todo el mundo. Nunca se me pasó por la cabeza que tuviera enemigos, y ése fue mi primer error.
            El segundo fue no creerle cuando nos dijo que encerraba en su funda de guitarra algo tan importante que no se podía contener:
            -Le cortaré las manos a quien la toque –advirtió.
            -Pues si me voy a vivir contigo, al menos tendré que saber qué guardas ahí.
            -Es un secreto.
            -¿Sabes qué? Los secretos están para contárselos a alguien, o  si no desaparecían –explicó Anna. –En la naturaleza del secreto está su propia destrucción. Es un secreto porque se debe mantener al margen de los demás, pero por lo general los secretos se comparten entre dos personas. ¿Qué guardas en esa vieja funda de guitarra?
            Paulo se acercó a Anna y le susurro al oído algo. Ella rió con descaro, se abrazó a sus propias piernas y, por un momento, fue como si en lugar de la mujer estuviera la niña que había sido un día. Fue como si esa gastada funda de guitarra llena de pintadas, versos y pegatinas, guardara la magia que sólo un mago como Paulo supiera utilizar.
            En cuanto Stella me propuso irme a vivir con ella a los dos días de llegar, a su nido de droga, antes incluso de conocer a Ennis, Paulo se ofreció a darle cobijo a Anna. Ella aceptó con un beso casto en la mejilla, y ambos se fueron a aquel quinto sin ascensor. Yo no pude evitar morirme de celos porque aquel portugués atractivo y moreno que tocaba la guitarra fuera a tener más cerca que yo al que sería mi futuro hijo.
            Resultó ser una relación honesta. Cierto, dormían juntos y pasaban las noches cantando, su pared contra mi pared. También que él no le pidió nada a cambio, que siempre le guardaba los mejores filetes y los yogures con trocitos de fruta (para el bebé, decía, estos son para un bebé sano y fuerte) y le tocaba la guitarra antes de dormir. Creo que nunca le oímos cantar en portugués. Siempre lo hacía en inglés o, por increíble que parezca, en español. Una noche, no obstante, cantó en francés y sólo Anna fue testigo. Comenzó a cantar una vieja canción que sólo a los mitos se les está permitido entonar: Jacques Brel, Edith Piaf…
            -La mer, on voit danser…
            Anna me contó que cantaron juntos y luego hicieron el amor. Anna entendía el amor como un ente vivo que se podía compartir sin implicaciones, como un bocadillo o una bufanda. También que luego, después de cantar en francés, empapados por la marea de fluidos, por el salitre de sus pieles, Paulo abrió al fin la funda de la guitarra y le mostró su interior.
            Fue entonces cuando Anna decidió que cantaría en la calle con Paulo, que de aquello vivirían. Decía que a una embarazada le pagarían el doble o el triple que a cualquier chica guapa que supiera entonar un tango. Pronto la conocieron en toda la calle y venían turistas de toda la ciudad atraídos por el boca oreja, movidos por el extraño e inagotable magnetismo de la hermosa Anna y los acordes del bienhallado Paulo.
            Tal y como sospechábamos, nos llegaban noticias de Svetl, que entonces se prostituía en un club del barrio turístico en ese escaparate en el que era posible follarse a Grecia, a Lituania, a Noruega, Alemania o incluso a la minúscula Andorra, una joven poco agraciaba que miraba a los viandantes con gesto aburrido. Un día reuní el valor para ir a visitar a Svetl y la encontré en uno de aquellos escaparates, demasiado rubia, demasiado, pequeña, demasiado joven. Al rato entró un tipo fornido, negro, y se fueron al reservado. Sólo recuerdo que volví a casa muerto de frío y con el estómago encogido, pero no le conté nada a Anna.
            Al volver aquella noche, encontré a Stella llorando. Supuse que se había pinchado; solía llorar cuando se pinchaba, pero no esta vez.
            -Se ha ido –me dijo. –Ennis se ha ido.
            No había rastro del muchacho lánguido, ni mucho menos de sus libros. Como si los hubiera arrastrado la marea como al mascarón de un barco hundido por la tempestad.

29 de junio de 2013

Flashforward



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Esta mañana me presentaron a Luis Medeiros. Le pregunté si era portugués y me dijo que no, que en realidad ése no es su apellido, que se lo cambió porque se enamoró de María de Medeiros y de su barriguita en Pulp Fiction, y yo le dije que me parecía una soberana estupidez cambiarse de apellido por eso. Se puso a reír como un loco, creía que era una broma. No lo era. Ese Luis Medeiros llegó a Granada hace dos años porque alguien le contó que no se vivía mal en la ciudad. Por lo visto no hace nada, no trabaja, no estudia, nada. Le pregunté cómo vivía, entonces, y me dijo que mendigaba o que practicaba sexo por dinero. ¿Eres un puto?, le pregunté, y él me miró y volvió a echarse a reír como antes. No bromeaba. Creo que me ha caído mal, pero aún no lo sé. Mañana lo sabré. Yo creo que nunca sería capaz de vivir a cambio de sexo, aunque ahora que lo pienso es lo que he estado haciendo estos últimos meses en casa de Olivia. Pero a Olivia le gusta follar conmigo, y creo que le gusto. Hace dos días, después del segundo polvo, después de que se corriera, después de que me clavara las uñas y me dejara marcas de medias lunas en la piel, se me quedó mirando muy fijo, justo a los ojos, y se lo vi escrito en las retinas. Vi las dos palabras como si se las hubieran mecanografiado con una máquina minúscula, y entonces sonrió y colocó la lengua bajo las paletas en posición interdental para pronunciar la t, y entonces la besé como si fuera francés, y le metí la lengua hasta el fondo y noté el calor de la suya, que me evitaba en una especie de juego. Así se le olvidó. Tengo miedo de que se acuerde un día de estos.





Después de conocer a Luis Medeiros fuimos con él al Triunfo y nos sentamos en corro cerca de unos perroflautas. Los perroflautas son lo peor, al principio hasta parecen interesantes, pero al cabo de unos minutos, si no están borrachos te das cuenta de que tienen piojos del tamaño de uvas pasas. Marion sacó un libro de poemas de Bukowski y empezó a recitarlo con voz muy suave, como ella sabe, pero decía palabras sucias y guarradas y tacos, insultos y palabrotas que me pusieron palote. Creo que se dio cuenta, porque dejó de leer y se sentó encima de mí. Lo hace continuamente, se sienta encima de cualquier tío como si fuéramos sillones, y no le importa que tengan novia o que sea con el que folla su mejor amiga. Olivia nos miraba y no decía nada, ella no es celosa y menos con Marion, pero lo que no sabe es cómo apretaba el culo su mejor amiga. Creo que tardé dos minutos en venirme. Luego me puse triste. Pensé en Olivia, en cómo nos miraba y sonreía, pensé en Luis Medeiros, que tenía que hacer de tripas corazón y poner la polla o el culo o lo que se presentara para poder comer, pero lo que más triste me puso fue recordar a Marion leyendo a Bukowski. No hay cosa más triste en el mundo entero.

15 de mayo de 2013

All that jazz


Anteriormente, en A Road Novella...


-Nada de jazz.
                Stella me recibió así en su casa, aunque no enseguida, qué va, sino a los cinco días de llegar a Amsterdam, cuando llevábamos tres sin saber de Svetl y Anna y yo nos moríamos de hambre. Sin lugar a dudas, la decisión de mudarnos con ellos respondía a la necesidad de supervivencia más que a cualquier otro asunto.
     Sin embargo, cuando llegué con los vinilos de Miles Davies y Chet Baker que había encontrado en la basura dos días antes, me dijo que en su casa no entraba el jazz. “Bastante tuvimos con mi padre, qué dolor de hombre”. Stella ni se llamaba Stella, ni era guiri. Era ni más ni menos que del Palo, Málaga Capital, y se llamaba Trini. Cómo había dado a parar a Amsterdam a sus cincuenta y se me antojó un misterio. Apilé los vinilos de jazz tras el colchón que compartiríamos en aquel piso infecto, donde no estábamos solos. El compañero de piso de Stella era un joven misterioso y delgado como el papel que se llamaba Ennis.
     Ennis parecía tener sólo pelo, rizado y revuelto como el de Bunbury o Dylan. Vestía una camiseta blanca que le quedaba ancha como a un espantapájaros azotado por el viento, su esternón, sus costillas bajo la tela. Según Stella, apenas comía; tampoco hablaba mucho, y cuando lo hacía era a través de monosílabos. Cierto es que, mientras nosotros comíamos, devorábamos nuestros platos, él se limitaba a mirar o a leer. Leía todo el tiempo, y leía libros difíciles. Los tenía en los rincones del salón, amontonados, libros de Proust unos sobre otros, libros de Joyce, el Quijote…
     -Tú ni caso –me había dicho Stella. –Está con una Biblia de uno americano, un tostón que no hay manera de leérselo.
     Ahí estaba el libro, sobre el brazo del sofá, tumbado sobre el lomo, The Infinite Quest, David Foster Wallace. Ennis lo miraba siempre de refilón, como si sospechara de él o se reprocharan algo el uno al otro, y creo que nunca lo vi leerlo, abrirlo siquiera.
     -Necesito tiempo –se excusaba siempre, y yo pensaba que el pobre sólo necesitaba una dieta rica en proteínas y grasas.


Ennis dormía en el sofá, aunque sospeché que antes de mi llegada compartía cama con Stella, lugar que ahora ocupaba yo. No es que hiciéramos nada raro, ni dormíamos abrazados ni follábamos, no, ella siempre me respetaba, y a veces, cuando se metía, me pinchaba en el muslo a mí y juro que en esos momentos sólo podía sentir agradecimiento y alivio. Me alegraba que Anna estuviera en el piso de al lado, ya que Paulo la cuidaba en mi lugar, aunque ella fuera a ser la madre de mi hijo. Me alegraba sobre todo que no me viera drogado, con la mirada perdida durante horas en la pared amarillenta.
     Aquella noche, mientras Anna y Paulo yacían juntos en su colchón de noventa y Stella experimentaba un viaje intensísimo, me despertaron los gritos y golpes. El Casio marcaba las cuatro y media, y me sentí más despierto de lo habitual, sobre todo si tenía en cuenta la hora. Primero pensé en Anna y su vientre, aunque pronto advertí que los gritos de mujer llegaban del techo. En el piso de arriba vivían varias familias brasileñas y dominicanas, aunque en realidad no se podía decir que nadie viviera ahí, ya que en aquel piso patera todos estaban de paso. Presté atención y me mareé un poco al oír los chillidos de pavor de la mujer. Imaginé al tipo, un bruto alto y moreno, golpeando la puerta en calzoncillos, tal vez con cualquier objeto doméstico a mano para los azotes: una cuchara de palo, un zapato, un colador, un jarrón de plástico.
     Me levanté con cuidado de no despertar a Stella, como si algo hubiese podido despertarla, y por pocas perdí el equilibrio. Me di cuenta del ritmo constante de los golpes, como el compás de una partitura que completaban los gritos de ella. Los insultos de ambos. Tenían una cadencia suave, ese horror parecía el jazz de los primeros beatniks, ésa fue la imagen que me vino a la cabeza, la de un círculo de hombres y mujeres medio desnudos, drogados, con timbales, con alaridos y verborrea incomprensible. Salí al salón, donde una luz blanca lo iluminaba todo. Ahí inclinado, con medio cuerpo dentro del frigorífico, Ennis rebuscaba entre la escasa comida. Sacó una botella de yogur líquido y bebió. Entonces me vio y descubrí que en la otra mano asía el libro gordo del sofá, cerrado, como un  ladrillo. Sonrió como un cadáver, me tendió la botella. Bebí como un ternero recién nacido.
     Ennis eructó.
     Me fui a dormir.

19 de febrero de 2013

At every occasion


Anteriormente, en A Road Novella...

Supongo que me costó tiempo reaccionar, que me quedé con la bicicleta entre las manos, en medio de ese cementerio de ruedas y manillares y cadenas. Supongo que las lágrimas de Anna tuvieron en mí un efecto excitante, y al notar el tacto húmedo de sus mejillas contra mi hombro desperté y asumí lo que acababa de decir: César, el pequeño gato huido en un descapotable por media Europa, estaba muerto. Me sentí fatal por haberlo embarcado con nosotros en esa aventura. Sin embargo, si tal y como habíamos creído desde el principio, cuando en Granada  César había subido al coche él solo, se trataba de la reencarnación de un hombre, sin lugar a dudas le habíamos procurado la aventura de su vida.

En cualquier caso, la revelación sirvió para que olvidáramos el miedo a ser detenidos, para que bajáramos la guardia como si nada pudiera ocurrirnos.

-Oh, Dios mío. No podemos dejarlo aquí. Odia esta ciudad -dijo Svetl, y tenía razón.
Veinte minutos después, estábamos de nuevo en la carretera, en esta ocasión en un autobús de segunda, viejo y ruidoso, con destino Amsterdam. Anna era mi compañera de asiento; nuestra amiga eslovaca, por su parte, iba junto a una señora rellena con patas de gallo y hoyuelos marcados. Probablemente era de la ciudad y había ido a la peluquería por la visita a la Gran Capital. De todos modos, tampoco me fijé demasiado en ella. Iba pendiente del pobre César, aún con los ojos abiertos dentro de la mochila que habíamos comprado en la estación antes de partir. Anna le acariciaba la nariz y las orejas, pero era profundamente triste verlo ahí, cada vez más tieso en ese magma de plástico.
En poco más de una hora llegábamos a Amsterdam, en concreto a una estación mastodóntica, como una mole de metal y cristal que nos dejó encogidos en los asientos. De vez en cuando miraba a la tripa de Anna y me preguntaba cómo sería el fruto de nuestra unión, su llegaríamos a verlo. Me rugía el estómago y sudaba mucho, pero no me di cuenta de esto hasta que me lo comentó ella.
-¿Tienes calor? Estás empapado.
Me llevé las manos a la frente y me sequé el sudor, me remangué y descubrí que tenía la piel de gallina.
-No, mira, tengo la piel de gallina.
-A ver si vas a tener fiebre.
-No, no es nada.
De repente, como sugestionado por los síntomas, comencé a sentirme mal y a agobiarme por la misma idea. Tragaba, pero tenía la boca seca y el corazón me latía con fuerza. Me sentí débil, mareado. Una oleada de vómito me subió por el esófago y tuve que tragar. El sudor me helaba.
-Estamos llegando -me dijo Anna -, no será nada, ya verás.
Ambos sabíamos que no era cierto. Desde que dejamos la furgoneta, no había consumido. Tenía los primeros síntomas del mono, que se habían hecho esperar poco menos de tres días. En ese momento no lo dije, pero lo sabía; en cierto modo, guardaba la esperanza de encontrar algo que meterme o pincharme en la zona nocturna de Amsterdam. Claro que para eso debía de engañar a Anna y Svetl hasta llevarlas a la zona marginal de la ciudad con el pretexto de la vida alocada, la supervivencia por la supervivencia, lo que fuera. Traté de recobrar la compostura. Unos minutos después, entrábamos en la estación de Amsterdam, una mole de metal y vidrio que nos devoró como una ballena sin barbas.
En cuanto dejamos el autobús, nos volvimos a sentir perdidos. Todo el mundo parecía saber a dónde dirigirse, a saber, al centro turístico donde droga y prostitución se daban de la mano ante el visto bueno de las autoridades y de toda Europa, por no decir todo el mundo, que envolvía a la ciudad en ese halo de adquirido exotismo. Eso, si no preferían irse a Camboya a follar niños.
Llovía. Amsterdam nos recibía gris y fría, y nosotros no teníamos casa ni destino. César seguía muerto en la mochila de Anna, habría que hacer algo con su cuerpo. Nosotros, en cambio, debíamos hacer algo, dar con un sitio donde pasar la noche al menos una vez, y la ciudad y el país nos parecían demasiado extraños. Propuse lo que a todas luces parecía la solución: pasar la noche en el metro.
A Anna le pareció toda una revelación, aunque pude sentir la decepción de Svetl. La jovencísima rubia parecía reservar otros planes para Amsterdam, aunque disimuló y aceptó lo que nos tenía preparado el destino. Compramos unas bolsas con comida enlatada en la primera tiendecilla regentada por indios que encontramos a las afueras de la estación, y entonces nos colamos por los tornos del metro y bajamos hasta que no había más escaleras. Ante la mirada estupefacta de los demás viajeros, saltamos a las vías y echamos andar hacia la oscuridad del túnel, hacia el calor y la humedad de los sistemas de ventilación. Ahí abajo nadie diría que afuera estaba lloviendo. Yo sudaba de manera profusa, me costaba respirar en aquel asfixiadero, pero sabía que en las entrañas del metro encontraría mi medicina.
No tardaron en aparecer los primeros yonkis, todos salidos de una película española de los setenta, sin dientes, consumidos, con los brazos y las piernas entre finos y fláccidos por los pinchazos, pellejos colgantes en la sombra, alumbrados de manera fugaz cuando algún tren hacía su ronda, ajeno al destino de esos seres. La mayoría parecían viejos; sus rostros no tenían nacionalidad, sería imposible distinguir a un irlandés de un romano, y nosotros nos apretamos los unos contra los otros hasta hacernos un cuerpo tembloroso y sano, sucio de verdad y aire.
Como en una ficción terrible, tenían bidones donde refulgían llamas a ratos naranjas, a ratos verdes o rosas. ¿Qué quemaban en ellos? Todo. Quemaban todo lo que se pudiera quemar. Supongo que lo pensamos los tres a la vez, y cuando Anna alzó el cuerpo sin vida de César ante las llamas, su silueta iluminada como la de una sacerdotisa lista para el sacrificio, Svetl y yo nos abrazamos y volvimos a llorar en silencio. Cuando César estaba ardiendo, nos volvimos a convertir en un cuerpo tembloroso y doliente. Las pavesas de César danzaban a nuestro alrededor, como si nos abrazara para decir adiós a sus amigos humanos.
Me alejé del calor y del fuego, me sumergí en las sombras, donde una mujer rubia y hermosa me ofrecía una jeringuilla. Ahí, en alguna parte, alguien tocaba una guitarra y cantaba “The Funeral” para nosotros. Sin saberlo, acabábamos de conocer a Stella y Paulo, las almas más puras que conocimos en todo nuestro viaje por la Vieja y Cruel Europa.


27 de enero de 2013

Karma


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Llegamos a Eindhoven, una ciudad moderna al sur de Holanda.Tardamos en bajar del tren. Nos escondimos tras las cajas y esperamos a que bajaran los pasajeros y los revisores. Dábamos por sentado que tardarían en llegar los responsables de la carga del vehículo. Nos encontrábamos en silencio; desde la revelación de Anna, ninguno nos atrevíamos a hablar. César rompió una de las cajas de cartón y descubrimos que estaban llenas de yogures alemanes, unos de esos yogures que traen galletitas y cereales para mezclar. Comimos como si no hubiera mañana, con las manos y las lenguas, por turnos. De forma casi inconsciente, buscaba los yogures más sanos y se los pasaba a Anna mientras Svetl hacía guardia. Pasada media hora, llegaron varios hombres con palés y un pequeño vehículo a motor para cargar. Tapamos con una tela el agujero en la caja y tratamos de bajar, pero pronto nos avisaron con gestos para que no nos moviéramos. Les hablé en inglés:
-¿Hablan inglés? -Asintió el primero de ellos. -No tenemos billete, necesitamos llegar a Amsterdam.
-Esto está prohibido -dijo. -Tienen que comprar el billete.
-Pero está todo vendido. Además, tenemos que llegar hoy. Tenemos cita con el médico, mi mujer está embarazada. -En ese punto me tembló la voz, aunque esperé que ellos no se percataran. Señalé a Anna con la mano, y ella se llevó las manos al vientre.
-Tengo que llamar a seguridad, no se permiten... -no entendí lo que dijo ahí, supongo que polizones, pero a saber: vagabundos, pordioseros, ladrones. ¿Delincuentes?
-Por favor, piense que es su hija.
El hombre, que rondaría los cincuenta, echó una mirada a sus compañeros, como buscando respuestas o su apoyo. Estos evitaron responder con disimulo, y al fin resolvió:
-Que sea la última vez. Entiendo que los españoles estáis pasando por un mal momento, pero eso no os da inmunidad. No todo el mundo lo dejará pasar.
Dicho esto, incluso ayudó a bajar a Anna. Svetl saltó con César en brazos  y nos dirigimos al interior de la estación. Di las gracias una última vez y, ya en el vestíbulo echamos a correr antes de que descubrieran que habíamos abierto una caja y les habíamos mentido. Nuestro periplo por Europa sólo sería posible gracias a la buena fe del sentimiento europeísta vendido a fuerza de insistencia por políticos y autoridades gubernamentales, aunque aún estaba por llegar la Europa que no aparecía en los panfletos turísticos.
Eindhoven nos pareció una ciudad moderna, con edificios de aspiración futurista, no demasiado grande, sin tráfico, llena de bicicletas. Era mi primera vez en Holanda, no podía dejar de pensarlo. Tampoco la conocían Anna ni Svetlana, de modo que a los tres nos embargó una alegría contagiosa.
-¡Eindhoven! -gritaban ellas, no muy seguras de cómo pronunciar el nombre de la ciudad.
-Amsterdam -me dije yo. Ésa debía ser nuestra próxima parada, no cabía duda.
Sin embargo, para llegar sólo nos quedaba coger un tren o un autobús, y en esta ocasión no debíamos volver a tentar nuestra suerte. El karma nos había dado a César y a Svetl, pero nos había quitado la droga y la furgoneta con nuestras escasas pertenencias. El karma nos había permitido recorrer media Europa sin que nadie nos detuviera a pesar de nuestros robos e intentos de supervivencia, y nosotros no le habíamos entregado nada a cambio. Lo fácil habría sido, claro estaba, volver a colarnos en cualquier bus o tren, Amsterdam no debía quedar ni tan lejos. Sin embargo, no queríamos arriesgarnos, de modo que debíamos lograr pagarlo como fuera. Cuando me disponía a escoger las tres bicicletas a las cuales quitar el candado o forzar para desplazarnos, descubrí que había muchísimas libres, sin cepos o cadenas que las separaran de nosotros. Sólo teníamos que actuar con naturalidad, como si en realidad fueran nuestras. Yo escogí una negra, alta, con ruedas finas y detalles cromados; Anna, una con una cesta blanca de mimbre, ligera y de chico; por su parte, Svetl se decidió por una roja de montaña, a todas luces la más extraña del lugar. César maullaba con alegría, daban ganas de darle otra bicicleta a él o atar un carrito a una bici. Resolvimos el problema dejándolo en la cesta de la bici de Anna, donde se hizo un ovillo y nos observaba con sus ojos verde azulados, el cielo en la mirada, nosotros en la mirada, como diciendo, más os vale llevarme a Amsterdam, cabrones, y que no salga volando por los aires con la puta cestita, ¿eh? Más os vale.
Emprendimos la marcha por el centro, todo carril bici, y todo era de color. Después de la Francia azul y los bosques verdes del centro, del gris de la Europa pobre, Holanda estaba llena de colores, la ciudad era insultantemente colorista, sus edificios y parques, sus bicicletas, sus columpios en las zonas verdes. Cuando llegamos a un parquecito lleno de parejas jóvenes y niños, decidimos separarnos para probar suerte por la ciudad. Dos horas después, nos reuniríamos de nuevo en ese parque.
Nunca supe qué hicieron Anna y Svetl durante esas dos horas. Yo, por mi parte, busqué un parque más grande cerca de la zona turística y comercial de la ciudad, y me senté a mendigar. Me maldije por no haber llevado al gato. Un animal de compañía siempre enternece a los viandantes. Me rasgué un poco las mangas y los pantalones con una llave para envejecerlos, para mostrar que necesitaba esa ayuda. Una niña me dio una piruleta, una mujer un sándwich de atún y ensalada, y de vez en cuando una moneda tintineaba en el suelo ante mí. En total, conseguí veintidós euros y algunos céntimos. Para tan poco tiempo, no estaba mal. La gente en Holanda era definitivamente más solidaria que en el resto de países que habíamos conocido.
Cuando llegué al parquecillo, Svetl ya me esperaba. Al cabo de cinco minutos, nos alcanzó Anna con César maullando en la cesta con el pelo encrespado.
-¡Ay, el pobre! Vaya ratito -dijo. -¿Qué? ¿Cómo ha ido? -preguntó, y nos mostró cinco euros y pico en monedas.
-Yo tengo veinte -anuncié.
Svetl sonrió, abrió el bolsillo y sacó un pequeño fajo de billetes. Llevaba ciento setenta euros ganados en esas dos horas.
-¿Qué? ¿Nos vamos a Amsterdam? -preguntó, y nos dio un abrazo.
Sólo teníamos que volver a la estación de tren con cautela, a poder ser a pie, por si acaso habían denunciado el robo de las bicicletas. También podíamos devolverlas justo a donde las habíamos encontrado, y eso decidimos. Emprendimos la marcha en fila india, primero yo, luego Svetl y al fondo Anna con César en su cajita blanca.
-¡Vamos, vamos! ¡Más rápido! ¡Más rápido! -me jaleaba Svetl. Parecíamos rayos. Éramos rayos, joder.
Llegamos al parking de la estación de tren y aparcamos. Buscaba el lugar exacto de origen de mi bicicleta cuando oí la voz solemne de Anna, como surgida de un pozo, como si de pronto estuviera muy lejos, llegada a través de un teléfono funesto.
-César ha muerto -dijo, y rompió a llorar. Puto karma.

11 de enero de 2013

Cliffhangers suck


Anteriormente, en A road novella...

Cuando supimos lo de la muerte de Joni y Margritte, nos quedamos un rato en silencio. Svetl, que nos había traducido la noticia como bien había podido, también respetaba nuestro duelo. Jugueteaba con César en silencio. No sé qué pensaba Anna, supongo que nunca llegué a saberlo, pero yo no podía dejar de pensar que los cuerpos estampados en ese arcén de la carretera podían ser los nuestros, no los de nuestros amigos y traidores finlandeses. Al parecer, la policía los seguía por exceso de velocidad, y era fácil comprender los motivos. Para que no les diéramos alcance, habían optado por correr más de la cuenta, y al primer control los pillaron y emprendieron una huída de película, pero la furgoneta no estaba para ningún espectáculo. Sentí a la vez alivio y tristeza; al fin y al cabo, ellos nos habían dejado tirados y el universo se la había devuelto con creces. Anna creía en el Universo así, con mayúsculas. Yo creía en ella.
            La cuestión es que aquella noche en el tren dormimos como benditos los tres hechos un ovillo mientras César maullaba de aquí para allá contra los espíritus imposibles de los hobbos que habían ensuciado el vagón antes que nosotros. Nos despertó, con la primera luz del día, una sirena aguda que parecía proceder de dentro de nuestras cabezas.
            -Tenemos que hablar, mi amor –me dijo Anna, y el corazón en el pecho, en los ojos, el corazón en la cabeza terminaron por espabilarme.
            -¿Qué pasa?
            -Debemos estar preparados, ¿sabes?
            -Estamos preparados. Yo te tengo a ti, tú a mí, tenemos a un tipo reencarnado en un gato y a esta belleza eslovena –dije, y di una palmada en el muslo de Svetl, que aún dormía con gesto plácido.
            -Bien. Está bien –aseguró ella, y sonrió con gesto maternal. Parecía una de esas vírgenes inmaculadas que tienen las abuelas encima del televisor.         Sin embargo, alguna alerta en mí empezó a bombear con oleadas de metralla que bajaban del cuello, de la garganta al pecho. Esas palabras inofensivas de Anna me habían puesto en alerta.
            -¿Cuántas horas hemos dormido? –pregunté. -¿Dónde estamos?
            -Habremos dormido lo menos ocho horas, toda la noche. Creo que hemos llegado a Holanda, pequeño refunfuñón –explicó mientras tiraba de los bigotes de un César resignado.
            Cerré los ojos y saboreé el momento. Supongo que todo veinteañero europeo ha fantaseado alguna vez con visitar Holanda por todo lo que ello implica. De repente, tras varios meses perdido junto a esa desconocida a quien había aprendido a amar, ahí estaba, lejos de Granada, de su biblioteca y su nostalgia nazarí. Si la libertad sonaba a algo, se debía parecer mucho a aquella sirena maldita que amenazaba con volverme loco, y si olía a algo, debía ser a la madera pasada del vagón y al aire puro, natural que se colaba desde los inmensos campos de tulipanes rojos y amarillos. Recordé un sueño frecuente. En mi vida sólo he tenido tres sueños frecuentes; por aquel entonces, sólo había tenido dos de ellos, y uno consistía en un largo y placentero acto sexual en un campo de tulipanes amarillos. Me imaginé ahí y me empalmé enseguida. Anna murmuró algo, pero con el traqueteo del tren y la sirena me fue imposible entenderla.
            -¿Has leído La vida es sueño? –le dije a Anna, y negó con la cabeza. –Mejor, porque yo te puedo resumir el libro, que es un pestiño, en diez segundos. Se trata de la historia de un tipo encerrado en una torre que siempre ha pensado que la vida consistía en eso, algo así como Matrix, ¿sabes?, hasta que lo liberan y puede ver más allá del sueño que ha vivido en su encierro. Por eso creo que lo importante es hacer nuestros sueños realidad antes de despertarnos. Total, de perdidos al río…
            -Estás loquísimo. Ay, los sueños… Siempre quise aprender portugués, desde que una vecina de mi abuela, la señora Pereira la llamábamos, me enseñó una canción. Un fado…
            Así era todo con Anna. Cuando creías que no podía volver a sorprenderte con nada más, te hacía tragarte tus palabras y tu incredulidad. Empezó a cantar un fado en esa mañana holandesa, fría y colorida, y casi me llegó el olor a sardinas y la nostalgia sucia del Alfama lisboeta. Pero esa nostalgia no era sana, estaba clara, porque Anna era una bomba explosiva que nunca se dejaba llevar por la pena y el recuerdo. Cuando terminó su canto triste, tomó mi mano entre las suyas y la apoyó sobre su vientre.
            -Llevo un retraso de dos semanas –me dijo.
            César maulló.

28 de diciembre de 2012

Los Tres Reyes Magos


Anteriormente, en A Road novella...
Hicimos autostop. En un país tan pequeño como Eslovenia, la mayoría de camiones, furgones y caravanas se dirigían a la capital, justo lo que nosotros queríamos. A la mañana siguiente llegábamos as Lubliana con sueño y sudor y hambre, le dimos las gracias al camionero que había aceptado llevarnos, un italiano de Florencia que recogía a sus hijos en la capital, de modo que pudimos ir cómodos en el camión vacío para nosotros. Svetl prefirió ir sentada en el asiento del copiloto. La oímos reír y hablar con él a voces en una mezcla imposible de idiomas. Al rato, le oímos gemir; no se oía a Svetl. Anna y yo hicimos el amor. César nos arañaba. La vida no podía ser mejor que la vida de noche en un camión.
            -No sois austriacos -nos dijo Svetl cuando volvió con nosotros. Tenía el pelo revuelto y cierto rubor en las mejillas.
            -No, no lo somos. Somos del sur de España.
            -Yo soy de Chile -me corrigió enseguida Anna. -Da igual. Ahora somos eslovenos.
            Esa noche, claro, fuimos eslovenos, e incluso el gato parecía maullar en otra lengua. Le habíamos entablillado la pata con un bolígrado y un trozo de tela de mi camisa. Lubliana nos pareció hermosa y llena de posibilidades, pero eran ya demasiados días soñando con Amsterdam, escribiendo sobre Amsterdam, dibujando Amsterdam en cada papel que encontrábamos como para cambiar de planes incluso en esa huida improvisada con el único fin de salvar la vida y llegar a un lugar que poder llamar casa, aunque casa era a veces César y a veces Anna. Sin embargo, nada más llegar a la capital eslovena sentimos un flechazo y decidimos despedirnos de Lolo, el camionero, y pasar el día en la ciudad para aprovechar el buen tiempo y conocer gente y pisar las calles y saber cómo olía Lubliana. Había canales preciosos, y plazas. Desde una placita saltamos del camión y dijimos adiós a Lolo con la mano. Al rato lo vimos en la distancia besar y abrazas a sus hijos, dos adolescentes rubios y pecosos cargados con macutos y maletas. Me dio pena cuando vimos su camión desaparecer por la calle.  En otra plazoleta contigua había un Dunkin Donuts, y entramos y hablamos con la encargada, una chica alemana a la que contamos nuestra historia de robo y abandono. Le hablamos del frío. Le hablamos del hambre. Nos dio tres vasos con café caliente y una caja con doce donuts. Prometimos escribirle. Los cuatro sabíamos que nunca le escribiríamos, pero comimos bien esa mañana. Luego paseamos por la ciudad, visitamos las tiendas de ropa y rebuscamos en las papeleras del centro. Mendigamos un rato hasta que un agente nos dijo que estaba prohibido mendigar en el centro. Le sacamos dos euros.
            -¡Lubliana no era para tanto! -exclamó Svetl.
            -¿Nunca habías venido? -le pregunté.
            -Qué va. Somos pobres, recuerda.
            -Somos los tres reyes pobres -dijo Anna.
            -Los reyes no hacen autostop, ¡los reyes viajan en tren! ¡Los reyes viajan en avión! ¡Cojamos el tren! -propuse, llevado seguramente por el chute de azúcar del desayuno, un excitante tan válido como cualquier otro.
            Sin pensarlo, nos encaminamos a la estación de tren, nos colamos ayudando a una pareja de ancianos con sus maletas y, llegados a la vía, buscamos un tren de carga y nos lanzamos en un vagón polvoriento, lleno de cajas y paquetes envueltos en tela.
            Nos cubrimos con una sábana grisácea y esperamos a que el tren arrancara. El destino era para nosotros un absoluto misterio, y eso nos provocaba más ganas de emprender la aventura, de traspasar fronteras, de averiguar a dónde nos dirigíamos aquella tarde de final de verano, de principio de primavera.
            Llegábamos a una estación y nos volvíamos a esconder bajo un trapo y jugábamos a adivinar la ciudad, el país, nuestro lugar en el mundo por el ruido. Nunca sabíamos nada. Llegada una parada, la quinta o sexta, a saber, subieron varios hombres al vagón y arrastraban cajas y pasaban a nuestro lado. Seguíamos en Eslovenia, nos dijo Svetl, que no podía contener la risa. Con todo, nadie nos paró, nadie dijo nada, estarían acostumbrados a los polizones, tendrían un buen día, o quizás en los malos tiempos el mundo se mostraba más solidario. Sea como fuere, el tren volvió a arrancar con nosotros a bordo, y cuando salimos de nuestro escondite encontramos un ejemplar de periódico junto a la puerta del vagón. En la portada, ni más ni menos que la furgoneta de Joni, la misma en la que viajábamos Anna y yo dos días antes.

23 de diciembre de 2012

I was young when I left home


Anteriormente, en A road nouvelle...

Total, entramos.
            Nada más dar una vuelta por la habitación principal, un saloncito claustrofóbico lleno de objetos horteras y figuritas de porcelana, tuve el presentimiento de que algo andaba mal. Frente al televisor, en un sofá anticuado, con las piernas cubiertas por una manta de lana roída, la abuela de la casa miraba al vacío.
            Anna y yo no dijimos nada, nos quedamos junto a la pared hasta que la mujer reparó en nosotros y sonrió con un gesto de familiaridad doloroso. Entonces trató de levantarse y cayó de lado sobre el sofá. Avancé hasta ella para sentarla bien, y cuando la abracé me besó en los labios y comenzó a hablarme en su lengua. Como pude, me deshice de ella. La nieta llegó enseguida y empezó a reír con disimulo; Anna no se esforzaba en disimular lo ridícula que le parecía la situación.
            -¡Disculpa, qué vergüenza! Cree que eres su marido, tiene Alzheimer.
            Me senté en el sofá, a su lado, y la cogí de la mano. Arriba se oían voces infantiles, y el padre de Svetlana tenía un trajín en la cocina, platos y vasos y agua y cacharros golpeando contra cacharros.
            -No queremos molestar -dijo Anna, de súbito.
            -No es molestia. Siento que os llevéis una mala impresión de mi país. Aquí también hay gente buena.
            Me sentí como el culo con aquella muchacha excusándose por nuestro invento y la actuación descerebrada de Joni y sus colegas. Estuve a punto de arrodillarme ante ella y decirle que el gilipollas era yo por haberme pirado con Anna en esa aventura casi suicida, por recorrer caminos desconocidos en países donde ninguna seguridad estaba garantizada para nosotros.
            -Mira, será mejor que nos larguemos -dije, y me levanté.
            Anna trató de detenerme con su mano en mi hombro y murmurándome algo al oído de que no teníamos dinero ni posibilidades de vivir en medio de la nada. De todos modos, Svetl esperaba con los brazos cruzados frente a la puerta.
            -No os vayáis -dijo, y aprovechando que nadie más parecía entender el inglés en aquella casa, añadió: -no me vais a dejar aquí.
            Al parecer, quería escapar de casa mientras su marido siguiera fuera, haciendo burocracia en otra ciudad. Por mí no había problema; a Anna le pareció que todos los problemas de nuestra vida se resolverían con la presencia de la chica. Es una señal, decía, es una puta señal.


Salimos a mitad de la noche. Lo de la policía no había sido más que una mentira para tranquilizar a su padre, pero de todos modos les había tocado dormir en el porche ante la desconfianza de éste. Por eso, cuando Svetl hizo aparición en mitad de la noche para ponernos en pie, ya estábamos despiertos. Apenas pegamos ojo aquella noche. La chica nos dio una manzana a cada uno y echó a andar. César empezó a maullar en el pecho de Anna; le habíamos hecho una especie de bolsillo con una tela, y Anna lo cargaba como una madre canguro. A medida que caminábamos por el sendero, Svetl lanzaba a veces una mirada a nuestras espaldas, como si temiera que su padre nos siguiera, como si el pasado fuera a arrojar sus garras negras y afiladas hacia nosotros.
            -Tranquila, Svetl -le decía yo, y sonreía y chasqueaba la lengua.
            -No quiero arrepentirme, ¿sabéis? No quiero arrepentirme. Soy una madre horrible.
            -Siempre puedes volver -dijo Anna. -Eres demasiado joven. ¿Cuántos años tienes?
            -Diecisiete.
            Tragué saliva. Traté de pensar cualquier otra cosa. Los hijos de Svetlana tendrían al menos tres y cuatro años; parecían más sus hermanos que sus hijos.
            -Hablemos de otra cosa -propuse, harto de las historias enfermizas que empezaba a gestar en mi mente.
            Anna empezó a cantar Summertime, la versión desgarrada de Joplin, y yo la acompañé enseguida. Svetl silbaba, pero llegado un punto de la canción dijo con voz serena:
            -Yo conocí a Janis Joplin.
            -Svetl, eso es imposible. Eres demasiado joven.
            -No a la joven con cara de niña y el pelo largo.
            De repente, tuve la sensación de que Svetlana, la muchacha joven con melena casi por la cintura, era la mismísima Janis Joplin. La nariz era la misma, un hoyuelo en la mejilla al sonreír. Cogí de la mano a Anna, que parecía tan absorta como yo con la joven.
            -Era un hombre de treinta y tantos años, con barba, algo sucio, un lío de hombre. Nació el día en que murió Janis Joplin, el cuatro de octubre de mil novecientos setenta, me acuerdo perfectamente porque luego lo tuve que buscar en la enciclopedia. Lo miré en Internet, en la Wikipedia. Y me dijo también que él no sabía cantar, que jamás había escuchado a Janis, que ni siquiera le gustaba el rock. Le gustaba Vivaldi. Era turco, sí.
            La cantidad de detalles no dejaban lugar a dudas.
            -¿Cómo dices entonces que era Janis Joplin?
            -Porque él lo sabía. Sabía que en otra vida había sido Janis Joplin. Lo agregué a Facebook, pero entonces hizo lo que hacen todos los tíos cuando los agregas a Facebook.
            -¿Intentar ligar contigo? -pregunté.
            -Mandarme fotos de su polla.