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7 de abril de 2025

A vueltas con la IA y sus dilemas morales, legales y medioambientales


En los últimos años hemos visto cómo la inteligencia artificial ha aprendido a crear imágenes con un realismo y una creatividad sorprendentes. Basta con escribir un par de frases en una plataforma como Midjourney, DALL·E o Stable Diffusion, y en segundos aparece ante nosotros una obra que podría pasar por arte digital profesional.

Esto ha llegado a unos niveles delirantes de abuso y vergüenza ajena en las últimas semanas con el trend de ghiblizar imágenes personales para darles ese toque mágico y único del estudio de animación japonés que no ha hecho más que evidenciar que detrás de esta maravilla tecnológica se esconde un entramado de dilemas éticos, legales y medioambientales que vale la pena explorar. Porque no todo lo que brilla (o tiene trazos bonitos) es oro.

El dilema moral: ¿quién crea realmente?

Uno de los grandes debates es si las imágenes generadas por IA pueden considerarse “arte”. ¿Puede una máquina ser creativa? Y si lo es, ¿quién es el verdadero autor: la IA, el desarrollador, o el usuario que escribió el prompt? Hace unos años escribí el cuento "Alicia" para Hijos de Mary Shelley sobre una robot que desarrollaba la capacidad de hacer arte. Cito textualmente de esta historia ideada en 2011: 

Alicia no podía soñar, pero comprendía los sueños. Por eso empezó a leer y a escribir, y a formar parte de círculos esotéricos donde hablaban de la alineación de los planetas y de energías invisibles al ojo humano, de adivinación del futuro, de relecturas del futuro, de cosas tan inasibles que hacían que Alicia se sintiera insegura. Dicha inseguridad comenzó a hacerse patente en sus escritos, nada que ver con los cuentos infantiles que la llevaron al éxito, sino textos terroríficos de personajes solitarios que emprendían viajes a lugares prohibidos, que encontraban viejos amuletos y textos que cambiaban la vida, personajes tan únicos que pronto atrajeron la atención de Roberto, un editor amigo de la familia. Los libros de Alicia se convirtieron en superventas, aunque nadie desveló que en realidad se trataba todo de una farsa, que ella no era humana, que esa literatura no pertenecía a los hombres. 
Pero claro, si ella no era humana, si ella escribía pero había sido hecha de anhelos humanos, de cálculos de los hombres, de intentos por asir lo inasible, si ella había sido fabricada por el hombre, ¿no pertenecía también su obra a los hombres?

Además, muchos modelos se entrenan con millones de imágenes y textos tomados de internet, incluidas obras de artistas que nunca dieron permiso para que su trabajo se usara como "materia prima". Esto ha generado enfado en la comunidad artística, que ve cómo sus estilos son replicados sin reconocimiento, sin pago y sin control. Esto me llevó hace ya dos años a eliminar de mis blogs, donde llevo escribiendo de forma regular salvo esta última década, mucho más caprichosa, numerosos cuentos y relatos en un intento inútil seguramente, porque la huella digital es en 2025 ya indeleble y el daño está hecho.

Y, por si fuera poco, estas herramientas están empezando a sustituir encargos que antes iban a diseñadores e ilustradores reales. ¿Estamos, sin querer, participando en el desplazamiento laboral de los artistas? Yo tengo clarísimo que ni todas las IAs del mundo podría sustituir la congoja que me causó La tumba de las luciérnagas o el sentido de la maravilla que recorre La princesa Monokoke o El viaje de Chihiro. Por no hablar del recuerdo imborrable que me dejó Akira cuando la vi por vez primera con 4 o 5 años en el canal local de tv de mi pueblo (algo que existió y de lo que nadie habla); una IA no puede competir con una impresión tan humana.

Y justo acaba de descubrirse que Jianwei Xun, el filósofo chino que escribió el “libro del año”, Hipnocracia: Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad, es en realidad una IA generada por un italiano (dato anecdótico al tratarse del primer caso que sale a la luz, pero me da que va a ser el patrón a seguir.

 Lo legal: una zona (muy) gris

Está claro que no se ha regulado, y ya vamos tarde, como siempre sucede con el derecho y los gobiernos y leyes, que siempre llegan tarde y mal. Las leyes no están yendo al ritmo de la IA. Por ejemplo:

  • En muchos países, una imagen generada totalmente por una IA no puede tener derechos de autor, porque no hay un "autor humano" detrás.

  • Al mismo tiempo, si una IA genera una imagen muy parecida a la obra de un artista, ¿es plagio? ¿Inspiración? ¿O simplemente coincidencia algorítmica?

  • Además, ya ha habido demandas colectivas de artistas contra empresas que desarrollan estas herramientas, por haber usado sus obras sin permiso en los entrenamientos.

Y ojo con otro tema delicado: los deepfakes. Las IA pueden crear imágenes falsas realistas de personas en situaciones comprometedoras. Esto puede usarse para manipular, difamar o incluso extorsionar. ¿Quién es responsable en esos casos: el usuario, la plataforma, o la propia IA? Mi experiencia trabajando en la revisión de contenidos de Tik Tok me ha hecho descubrir que son curiosamente las propias empresas las que se están regulando al respecto, entiendo que de forma preventiva.

El coste ambiental: el lado invisible

Supongo que habrá gente a la que los conflictos anteriores (morales, éticos, creativos, legales) se la suden directamente, pero tal vez apelar a esta vena medioambiental funcione. Sí, la IA también contamina. Bastante más de lo que creemos.

Entrenar un modelo de generación de imágenes no es algo que se haga con una laptop y buena voluntad. Requiere una cantidad brutal de energía para procesar millones de datos visuales. Y no solo eso: cada vez que alguien genera una imagen nueva con IA, eso también consume electricidad (más de la que usarías haciendo lo mismo con Photoshop, por ejemplo).

A esto sumale el impacto de los centros de datos, el uso de minerales para fabricar GPUs, la refrigeración constante de servidores y el reemplazo continuo de hardware. Todo esto genera una huella de carbono preocupante, sobre todo si pensamos en el uso masivo y creciente de estas herramientas.

¿Entonces por qué carajo se usa sin cortapisas y con esta facilidad?

Me siento en este momento como la pesadísima que no deja de dar la lata sobre las repercusiones de la inteligencia artificial en redes, pero es que la grandísima mayoría de los mortales se queda en la superficie, en el trend, en la foto reconvertida en algo "artesano" y  "único". Asisto estupefacto incluso a creadores que no paran de compartir imágenes creadas por la mente colmena digital de risas.

La IA generativa es una herramienta potente y fascinante, no hay duda. Puede democratizar el acceso a la creación visual, inspirar nuevas formas de arte y acelerar procesos creativos. Yo mismo la empleo y he empleado para facilitarme a veces el trabajo, porque si de algo estoy seguro es de que la tecnología debería estar al servicio de la humanidad y no al contrario, y esto también nos obliga a hacernos preguntas difíciles:

  • ¿Qué valor le damos al arte humano frente al generado por máquina?

  • ¿Estamos respetando los derechos de los creadores?

  • ¿Estamos preparados para lidiar con los efectos legales y ambientales de su uso masivo?

No se trata de frenar el avance tecnológico, sino de hacerlo con conciencia. Porque si la inteligencia artificial va a imaginar el futuro… más nos vale que lo haga con ética.

18 de febrero de 2025

Adília Lopes o el fin del mundo

Ilustração de Marta Nunes / CCA (@martanunesilustra)


31.12.24

Hoy pretendía escribir sobre el fin de año, pero ayer murió Adília
Partamos de un anecdotario de pérdidas: hace 8 años, mientras trabajaba, recuerdo perfectamente que era después de la comida y estaba en la oficina, me enteré de que Harper Lee acababa de morir. Era muy mayor y estaba muy enferma, conocía bastantes detalles de la existencia de la autora de mi novela preferida, y esa certeza la convertía en alguien familiar, más cercano que algunos amigos (sé que es difícil de entender). Sea como sea, recuerdo la garganta apretada y las lágrimas llenándome los ojos, la incomprensión de algún colega, la comprensión de una amiga.
Cuando murió Amy Winehouse, lo recuerdo perfectamente, era verano y estaba de monitor de la escuela de verano de mi pueblo, y ya hacía meses que la cantante de Camden se había convertido en objeto de burla y críticas de muchos medios y gente hambrienta de carnaza. Ese mismo año, durante mis prácticas en un instituto de Granada por el máster de profesorado, recuerdo darle la chapa a mi compañera de prácticas con el vinilo de Back to black que había comprado y hasta de usar "Rehab" para un ejercicio de vocabulario (también que cuando un alumno me preguntó que por qué no había usado algo de Bon Jovi le dije que si acaso era una señora de 60 años, pero esa es otra historia). Volviendo a la tarde de la muerte, estaba en mi dormitorio, sentado en la cama con el portátil sobre el regazo, lo recuerdo vívidamente, era 23 de julio de 2011, y leí la noticia en Jenesaispop o algún medio del estilo, la cuestión es que sentí un trallazo imparable y rompí a llorar. Poco después escribí un cuento a modo de homenaje
La misma congoja sentí hace un par de años cuando me enteré del fallecimiento de Francisco Ibáñez, a quien tanto le debo. Estaba completamente convencido de que entonces en la playa, en nuestro retiro habitual en Foz do Arelho, pero no. Debe ser que en agosto, un mes después de su muerte, mientras me bronceaba al sol, leí algo sobre su libro inconcluso. La cuestión que sentí que se iba alguien muy querido y cercano, a quien tanto le debía.
A veces dejamos de compartir plano con personas que han sido fundamentales en nuestra educación sentimental sin habernos cruzado siquiera con ellas. Su obra reverbera en nuestras vidas y nos moldea, construye lo que y cómo somos. 
Adília Lopes la conocí a través de Francisco, y es uno de los instrumentos que cimentan nuestra vida, como lo fueron A Naifa o Filipa Leal o David Fonseca o Conan Osiris u otras figuras que han dado vida y color a lo nuestro. Pero Adília fue primero, porque era escritora y era huidiza y era algo que compartíamos. Juntos gestionamos su página en Facebook, es decir, llevo una década pendiente de cada movimiento en su vida, cada aparición pública (la única aparición pública que hizo y donde estuvimos en la presentación de uno de sus libros), cada mención en prensa o nueva publicación. Un día incluso me aventuré con Sabina Urraca a su casa para intentar hacerle una visita, conocerla, saber de ella, aunque no abrió la puerta. Por eso su muerte ha supuesto un mazazo en esta casa, donde veneramos sus versos sencillos y divertidos, entre lo naif y lo pop, entre el misterio y la honestidad. Francisco dijo: "Ha muerto Adília" y sentí un temblor, un no puede ser como cuando murió mi amigo Ángel o nos dejó Fernando Marías quizás por lo inesperado. Adília estaba enferma y en el hospital, pero esto sólo había trascendido a sus más íntimos. Su pérdida deja, no obstante, constancia de la altura cultural de su obra, otrora menospreciada y obviada por quienes buscaban hacer burla de una mujer distinta, a veces parecía que sin dobleces. Descansa, querida.
Por eso hoy es mejor no hablar del año que nos deja, sino de Adília que nos deja, de este rosario de pérdidas.

Escrever um poema
é como apanhar um peixe
com as mãos
nunca pesquei assim um peixe
mas posso falar assim
sei que nem tudo o que vem às mãos
é peixe
o peixe debate-se
tenta escapar-se
escapa-se
eu persisto
luto corpo a corpo
com o peixe
ou morremos os dois
ou nos salvamos os dois
tenho de estar atenta
tenho medo de não chegar ao fim
é uma questão de vida ou de morte
quando chego ao fim
descubro que precisei de apanhar o peixe
para me livrar do peixe
livro-me do peixe com o alívio
que não sei dizer


Adília Lopes em 2003 Rui Gaudêncio

21 de enero de 2025

Un año después

 Un año después, despierto a regañadientes, con la intención de otro día de trabajo al que sobrevivir, apresurado. Parece que todos los días de un tiempo a esta parte son apresurados.

Y entonces pasa.

A media mañana, sin comerlo ni beberlo, al reiniciar el portátil, muere. Primero niebla, cuadros raros en la pantalla; después, negro total. Felices aniversarios, sí.

Por suerte tienes reciente el último viaje a Londres, donde has sido tan, tan feliz, donde has comprado tantos, tantos libros. Esta forma de hoarding y vicio capitalista son de las pocas cosas capaces de anestesiar el mal de los días.

Lo del portátil lo cambia todo: ahora debes comprar uno de reemplazo, a poder ser lo antes posible. Y esto te lleva a la siguiente decisión que repercutirá en tu vida, ni más ni menos que, tras un año y medio de sesiones semanales, dejar la terapia. Es la única forma que se te ocurre de poder afrontar el alto cargo económico de vivir. Salud mental, quién la necesita, sonríes, y das gracias a que aún te queda suficiente Escitalopram recetado para sobrevivir unos meses más.

¿Te acuerdas de aquel 21 de enero de 2007? De la llamada de ML, de tu primera novelita acabada con vistas a publicarse, del vuelco total y la consecución de algo. Eras joven, creías que aún era posible, estabas a punto de recibir tu primer portátil (los ciclos que se cierran con una ironía cruel), en fin, precalentcamiento para la carrera de la literatura.

Hace tiempo que me he resignado a vivir así, que sólo aspiro a estar medianamente tranquilo.

Pero siempre la literatura, porque esto es una carrera de fondo. Arranco el año leyendo libros de bibliotecas públicas, centrado en la novela de terror que ocupa mis días, y tengo otros proyectos literarios en mente que no quiero posponer demasiado. 2025 ya marca diez años sin publicar libro propio, que se dice pronto. Por eso estoy retomando el oficio, ordenando la escritura, aspirando a algo que fui hace 18 años.

...entonces me compraría una casa propia para seguir escribiendo y dictando mi vida a mi antojo...


18 de febrero de 2024

La casa de mis abuelos

Cumpleaños familiar en la cocina de mis abuelos

 Hoy he soñado con la casa de mis abuelos, que no piso hará al menos 14 años, calculo. También he soñado con mi tía Carmen, que murió en 2010. Es significativo que haya soñado con ella porque era su casa, pagada por ella para dejar atrás la casa antigua familiar donde habían vivido siempre mis abuelos, donde se crió mi madre, una de esas casas de pueblo donde olía a cal y a antiguo.

He soñado con la casa de mis abuelos, la nueva, la que reformó mi tía, y he soñado con ella de nuevo. A veces sueño con mi tía Carmen, a veces sueño y no está muerta y yo no siento ninguna pena por la pérdida. Cuando murió, recuerdo cargar su ataúd al entrar en la iglesia, ataúd que cargamos todos sus sobrinos, porque ella no tuvo hijos, pero fue madre. Recuerdo también romperme a llorar camino del cementerio, porque yo había hecho ese camino a pie con ella en innumerables paseos vespertinos donde la acompañaba a ella y a sus amigas. También recuerdo entrar en su casa, en la casa de mis abuelos siempre con su olor característico al poco de su muerte y fijarme en un servilletero y pensar que ella era la última persona que había repuesto las servilletas y fijarme en el calendario en la pared y pensar que ella había sido la última en ponerlo al día y ahora todo se había detenido. También recuerdo quedarme mirando las macetas en el patio, las macetas de mi abuela que con tanto esmero cuidaba, sus esparragueras verdes y frondosas, el olor de ese pequeño patio con su pila y azulejos y un techo por el que entraba la luz. Siempre me acuerdo de las macetas de mi abuela con un pellizco en el pecho y me pregunto si aún vivirá alguna de las mismas que ella plantó y regó y cuidó con tanto esmero y tan primorosamente.

Pero las herencias y las escisiones familiares.

Por eso no he vuelto a pisar esa casa en todos estos años, la cochera donde mis abuelos pasaban los veranos a la fresca con la puerta entreabierta, la chimenea en torno a la cual celebramos grandes momentos en familia, la terraza desde la que contemplábamos, privilegiados, los actos de Moros y Cristianos, los fuegos artificiales, desde donde alguna vez nos comimos las uvas, el pequeño cuarto arriba del todo donde mi tía Carmen planchaba o el dormitorio donde guardaba retazos de su vida, varias muñecas, algunos libros, su bandurria, objetos todos que me fascinaban y siempre me pregunto si seguirán ahí, de algún modo preservando quien ella fue.

Hoy he soñado con la casa de mis abuelos, y en las paredes había, en lugar del gotelé blanco, esos pequeños azulejos de cuadritos homogéneos en un tono aguamarina. Luego, un salón completamente nuevo donde antes no había nada, un pasillo si acaso. En el sueño pensaba que el salón estaba hecho con buen gusto, pero a la vez sentía una especie de traición. Esa no era la casa de mis abuelos. Ahí es donde mi tía Carmen justificaba que hubieran hecho con la casa lo que quisieran, que por algo era ahora suya, que había quedado bien. Yo me fijaba entonces en varias macetas de ese salón nuevo y pensaba si serían las mismas que cuidaba mi abuela, las mismas que me han obsesionado todos estos años.

Pero en el fondo sabía que no era así. Y mi tía Carmen, pese a todo, aún vivía.

La casa de mis abuelos en Google Street

31 de diciembre de 2023

Alba

 Palma de Mallorca, otoño de 2023


Vengo a (re)conocerte.

Hablo contigo con la única intención de descifrarte.

Observo tus ojos como si pudiera intuir en ellos el futuro que te aguarda, pero ni todo el intenso azul del mundo (tus ojos un vasto océano, un Neptuno repetido, dermis de las ballenas y los pitufos) puede desenredar los hilos que han de tejer tu vida.

Quisiera saber si, como el mío, tu color preferido será el amarillo.

Qué tipo de pelis te gustarán, si querrás hablar de libros conmigo cuando tengas ocho o nueve años.

Imagino que algún día me acompañarás en la cocina y te mostraré los secretos de las salsas y los caldos, las gachas y los gofres.

Ojalá mirarte para saber si correrás mucho, o darás hostias como panes, o saltarás alto hasta trepar como un mono por los árboles.

¿Se te darán bien los idiomas? Creo que ya te he prometido en alguna carta una escapada a Londres, y si se presta te enseñaré a cantar un fado portugués.

Tal vez pases de todo esto, y está bien. Las expectativas de los demás pueden hacerte más bien que mal.

Me pregunto, Alba, cuántas veces te romperán el corazón.

Si serás torpe como el tito Jose y tras cada tropiezo te levantarás con la dignidad que te quede.

¿Cuál será el primer recuerdo que logres salvaguardar? Dudo mucho que recuerdes este vaivén de visitas, de atenciones, de llamadas tras tu nacimiento. Yo siempre recordaré aquella vez que me chocaste aún en la barriga de tu madre.

Serás feliz, pequeña Alba, y habrá días que te sentirás desdichada. "No estarás sola", prometo cantarte pronto esa canción.

Vas a flipar cuando veas Parque Jurásico, pero vas a flipar más cuando veas Dogville.

Reirás como loca, y tendrás frío y tendrás sueño, dudarás de las intenciones de alguna gente, confiarás con toda fe en otra. Harás amigas, tendrás mascotas (tranquila, llegará), te podrás disfrazar de dinosaurio o de astronauta. Pasarás por las vidas de las personas cambiándolas, conocerás otras culturas, tendrás prejuicios, tendrás dudas, tendrás ilusión por algo que te mueva, dibujarás y resolverás ecuaciones. Te cortarás el pelo y te lo dejarás crecer, te teñirás, te harás rastas o un look pixie total. Creerás en Dios, perderás la fe en Dios. Comerás macarrones y arroz cuando la economía apriete. La vida es el pack completo.

O no.

La vida dirá, y dirá pronto, porque tú vas embalada y quienes te resguardamos lo hacemos desde el vértigo por verte crecer.

Hace algo más de diez años trabajé en una escuela infantil, y lo que más me marcó fue aprender que desde bebés, seguramente desde que nacemos, ya tenemos una personalidad marcada.

Alba, te miro a los ojos, te hablo, te cojo en brazos y es como si te deshicieras cual azucarillo. Ahora mismo eres imposible para mí: un misterio indescifrable.



7 de noviembre de 2023

Por mis diez años en Lisboa

 


Quien me conozca sabrá de la revolución vital que supuso para mí noviembre de 2013: todo un comienzo desde cero que me gusta recordar, para bien o para mal, cada año. Así, en 2016 y en 2022 escribí sendos textos que resumen mi experiencia lisboeta hasta la fecha. Por vez primera los releo este 2023 con la distancia que pone el tiempo y la mirada limpia y me resulta curioso analizarlos lado a lado, con los matices que dan los años que los separan y la propia experiencia vital, más amarga cada día. Mis primeros años en Lisboa lo veía todo con cierta bohemia, hasta un punto de exotismo; lo idealicé un poco porque la vida, hasta cierto punto, se podía idealizar. Luego llegó esa vida, un trabajo, una vida familiar, una rutina que me arrollaron y me convirtieron en otra persona. Más amargo, sí, más político, pero creo que en el fondo, sea por la literatura o la creatividad, mantuve cierto romanticismo. Paso a compartir ambas reflexiones, e insisto: 10 años después, he sobrevivido. 



2016

ANIVERSÁRIOS
Hoy, hace justo hoy 3 años, me planté en Lisboa con una maleta llena de monstruos y la necesidad física de desaparecer en una ciudad nueva, limpia de recuerdos y rostros conocidos. Nada más llegar se quedó muerto el taxi de camino a casa y tuve que luchar con los adoquines, malditos benditos adoquines lusos, para desplazar apenas unos metros la maleta reventada y la bolsa de viaje hasta los topes. Llegué a la casa más extraña donde he vivido con un nudo en el estómago y dos años de Madrid desbordándoseme por los ojos, pero nadie abría. Ya dentro, mi ordenador se negaba a conectarse a Internet y borré whatsapp del móvil y me sumí en una especie de catatonia que me duró un fin de semana. No sabía decir nada, el portugués me sumió en un silencio de siglos que me hizo taciturno y tímido, más frágil de lo que me gustaría admitir. Miro atrás y no reconozco al joven soñador que logró dejarlo todo para lanzarse a la nada, porque es otro.
Aún se me hace raro reconocer que ya he vivido más en Lisboa que en Madrid, como se me hace imposible adivinar el futuro a la vuelta de la esquina. Lisboa no sé qué hizo por mí ni qué he hecho yo por ella, pero si hay algo imposible de imaginar para este triste juntaletras es la vida sin siete colinas, sin un amago de mar que se queda en río, sin los malditos benditos adoquines, las bicas y los pastéis, sin el pérfido Diogo Alves y Belém y Sintra a tiro de piedra, sin Adília y Filipa, sin el fado y las marchas, la vida sin pão de Deus, sin las plazas, los kioscos del café, el Bairro Alto y Alfama, los miradouros, la luz, JODER LA LUZ, sin las decenas de amigos que han venido a visitarme, sin el árbol mágico de Principe Real o el descaro hisptérico de LX Factory, sin toda tu precariedad y la mugre en las calles, sin Gulbenkian y Monsanto de fondo, sin el acueducto y las Amoreiras, Lisboa sin terremotos ni turistas, la vida sin polvo à lagareiro o sardinhas.
Y me vais a permitir que me ponga tonto, pero hay otra Lisboa sobre la que aún no puedo escribir, la que me obligó a traer a Truman en una bolsa, la de tanto, tanto llanto, la de (des)encuentros terminales y gente inesperada, la Lisboa que está bajo la piel, o en las costillas, o en cualquier otro lugar común melodramático, la Lisboa donde he sido (o no) feliz, donde no cabe otro libro en los estantes, donde no-pertenecer, pero ser parte, queda otra Lisboa a la que nada de lo que yo diga haría justicia, porque la vida tiene de maravillosa lo que tiene de injusta, y no sé si soy más de Pessoa o Saramago, pero he aprendido que los portugueses son más de Camões, por eso prefiero no nombrar esa Lisboa y dejarla callar.
O que hable, para el caso, Adília Lopes:
Cidade branca
semeada
de pedras
Cidade azul
semeada
de céu
Cidade negra
como um beco
Cidade desabitada
como um armazém
Cidade lilás
semeada
de jacarandás
Cidade dourada
semeada
de igrejas
Cidade prateada
semeada
de Tejo
Cidade que se degrada
cidade que acaba



2022
Hoy, justo hoy, hace 9 años llegué a Lisboa roto y perdido, lleno de sueños y con un libro revoloteando en la cabeza.
Llegué a mediodía y esa misma tarde ya aproveché para mi primera exploración como residente del centro histórico. Vivía en la parte más baja de una colina e ir al centro suponía siempre una tortura (y un aliciente para mis glúteos). A veces, esos primeros días rondaba el Bairro Alto y tomaba algo aquí y allí. Ahora no salgo de casa, el Bairro Alto me queda lejos y salir parece una quimera.
Me sorprendían los comercios antiguos frente a cuyos escaparates me detenía, soñador, antes de que el turismo y la gentrificación transformaran barrios enteros en parques de atracciones para expats y otras mierdas que pare el capitalismo más salvaje.
Pagaba algo así como 215 euros por una habitación en una semiplanta, suelo de madera, donde vivía con extraños en extrañas circunstancias. Persistí, aún era duro y era valiente. Hoy observo alrededor y contemplo las estanterías llenas de libros, las plantas y regalos de amigos que han ido conformando un hogar en mi barrio, Campolide, otrora local de andanzas del pérfido Diogo Alves.
Me creía bohemio y algo maldito por vivir en la decadente Lisboa; ahora estoy maldito, aún hay días en que me prometo salir y contemplar a la ciudad como se contempla a un desconocido: con intriga, con deseo, con cierta suspicacia, y sigo siendo aquel joven bohemio y maldito al que Lisboa le ofrece una magia antigua.
Creo que la única palabra que chapurreaba aquel 8 de noviembre de 2013 era "obrigado". Ahora sé bromear, sé insultar, sé hacer terapia y desear en esta lengua que me suena preciosa a pesar de las medias palabras que se quedan por salir y los fonemas tramposos que se gastan en Portugal. Amo los sonidos de una lengua como jamás podría amar un país.
Hay mucho que desconozco del día a día de esta ciudad y Portugal; mi despiste me previene de perder el tiempo en las banalidades que comparte la gente que vive en mi calle, en mi barrio, mi ciudad, pero afilo mi conciencia social y política sin medias tintas (fascismo nunca mais SEMPRE).
Llegué a Lisboa solo, si acaso con un puñado de fantasmas que tardaron en desaparecer, al poco traje a Truman, hice familia (la familia elegida, los cuidados cercanos), amigos, no tantos, pocos, apenas, soy un misántropo, maldito sea, me digo a mí mismo, porque llegué solo a Lisboa, me digo. Uno, a pesar de todo, siempre está solo.
He recibido con los brazos abiertos y el corazón expectante a amigos y familia, y más amigos y más visitas, y a conocidos, amigos de amigos, porque siempre hay alguien que viene a Lisboa, y no hay forma más pura de estar agradecido que sentarme en una tasca tras un día de zascandilear por las colinas de Lisboa y compartir una bifana o in pastel de nata.
Nueve años después, escribo una novela, (otra) que me salve la vida, y esa novela es Lisboa y soy yo y la vida que quise y la vida que detesto, todo en un libro que habrá de llegar (espero) a desbordarlo todo, y en esas páginas habitan toda la precariedad, la contradicción de quien decidió dejarlo todo para empezar de cero, la sangre yerma, las mil posibilidades que ofrece Lisboa, su comida plato a plato, su parte conocida (el fado, los azulejos, los miradores) y el revés oculto (las ratas por las calles, las aceras levantadas, los barrios que nos obligamos a no mirar), habitan en ella el sueño europeo devorado por un call center gigantesco, los affairs secretos que ofrecen las capitales, las películas, las despedidas, la no pertenencia, el café, Pessoa, los jardines y parques, los sindicatos, la soledad y el frío en interiores, el bacalao, la Web Summit, el humo del tabaco en todos los locales, la extrañeza del lenguaje, un Jose de veintiséis años, el Gran Terremoto que nunca se detiene.
Felicidades, Lisboa, hemos sobrevivido.

6 de noviembre de 2023

Por qué dejé de beber



Partamos de una aclaración, porque el título da a entender que soy un alcohólico rehabilitado y no. Jamás he bebido de forma habitual, ni siquiera en contextos aceptados como con la comida o de fiesta. Sin embargo, durante unos años sí que fui un bebedor social que tuve momentos de borrachera épica, ocasiones que puedo contar con los dedos de la mano y adelante listaré. Lo cierto es que llevo ya en torno a 6 o 7 años sin beber (hay trampa).
Llegado un día, no recuerdo que fuera especial o viviera una epifanía, decidí dejar de beber por completo. Abandonar para siempre la cerveza o el vino, más aún las copas, y refugiarme en mis refrescos azucarados. Fue, dadas las circunstancias, fácil. No ha habido un solo día desde entonces en que haya añorado beber alcohol. Tampoco se me ha cuestionado o presionado en mi entorno social y familiar (más allá de una cena de Nochebuena o Nochevieja donde se siguen preguntando por qué no acepto una mísera copa de vino).
Creo que no he sido precoz en nada en la vida salvo la lectura. Fui el primero de la clase en terminar la cartilla Micho en párvulos para aprender a leer, y desde niño me he rodeado de libros y cuadernos, lugar seguro al que vuelvo a diario. La vida en un pueblo es una vida tranquila, y al menos en los noventa los menores gozaban de una libertad cada vez más escasa. Fui muy crío hasta muy tarde, mi interés por la lectura me abrió las puertas a otros intereses culturales, a la escritura. Poco a poco, mi tiempo libre fue llevándome por los derroteros de la creación. Recuerdo largas tardes leyendo, leyendo, leyendo, imaginando historias, visitando la biblioteca, fines de semana en casa. A esa edad temprana a la que algunos compañeros comenzaban a explorar la adolescencia (hablo de once, doce años: en los pueblos todo sucede más rápido) los fines de semana, para mí seguían siendo momento de juego. Salía a cenar con mis hermanos, a lo mejor quedábamos con amigos a no hacer nada, o, más tarde, cuando La 2 se convirtió en otro refugio, los sábados me bebía aquellos ciclos de cine independiente y/o europeo o, más adelante, las primeras temporadas de A dos metros bajo tierra (que acaba de llegar a Netflix, dicho sea de paso).
Mis compañeros y compañeras salían, iban a pubs, hacían botellones. Recuerdo que nunca me gustó el sabor del alcohol. Por aquel entonces, cuando salía, recuerdo tomar esos mejunjes dulces, azucarados que mi paladar toleraba: mangaroca con batido de chocolate, lima con vodka, blue tropic, piña con malibú... Pero me tomaba una de esas y ya. Hasta ahí mi experiencia con el alcohol.
Ya de lleno en la adolescencia, cuando llegó el instituto y tomamos caminos divergentes mis hermanos y yo, recuerdo abrazar la soledad, refugiarme en mis obsesiones (fantasmas que aún me acompañan), poner distancia entre mi vida y el acto social. Como en mi casa jamás se normalizó el consumo de alcohol más que en ocasiones celebratorias (o la cerveza/vino con la comida, como en cualquier hogar), tampoco me vi arrojado a estos néctares durante la adolescencia. Para mí, beber seguía siendo algo extremadamente adulto, y yo era un crío. Incluso en verano, en Salobreña, no nos acompañábamos por amigas que bebieran y tratábamos (ahora lo sé) de ser peterpanes que perpetuaran los restos de la infancia. Con todo, ya abrimos la puerta a Sandevid y otros inventos del estilo.
Fueron la vida independiente, los 18, la universidad, el punto de inflexión. Los primeros amigos eran como yo: bebían poco si bebían, cuando salíamos a tapear por Granada era lo normal un tinto de verano o una Coca-cola. Creo que fue por esa altura cuando más Coca-cola consumía: a litros, y no me afectaba al sueño, al estado de ánimo o a la salud. Ahí ya sí empecé a hacer botellón y a beber en contexto de fiesta: Cacique principalmente, si mal no recuerdo, pero también cerveza, tinto de verano, cosas baratas.
Hago aquí un inciso sobre las borracheras de las que hablé antes, contadas y repartidas en el tiempo.
  1. Mi primera borrachera memorable fue un poco tonta. Se acercaba fin de 1º de carrera, quedamos un grupo de la facultad a beber, pero nada más allá de lo normal. Nos despedimos para vernos ese mismo día más tarde. Recuerdo llegar a casa bien, bien perjudicado, digo, porque caí directo en la cama y fue cuando todo empezó a darme vueltas. Incapaz de mantener la cabeza anclada me arrastré al cuarto de baño a vomitar. Me senté primero en el váter, no sabía bien si necesitaba vaciarme por arriba o por abajo, y fue mala idea, porque me dejé resbalar al suelo y ahí, abrazado a la taza y con los calzoncillos por los tobillos me encontró mi hermano al volver a casa, en un estado lamentable, y me cogió en brazos y me acostó. Dormí hasta pasarla, no recuerdo quedar esa noche con mis amigos. En los años sucesivos, mi principal ingesta alcohólica se daba en un pub irlandés, el Hannigan's, donde todos los lunes íbamos a competir y a beber Guinness en mi caso, y cuyo premio eran cócteles gratis (la noche que ganamos sí recuerdo acabar bastante borracho, pero sin perder los papeles).
  2. Mi segunda y épica borrachera fue de Erasmus, en 3º de carrera, donde ya había normalizado perfectamente beber en cada fiesta. Esa noche comenzamos la celebración en nuestra casa de Swansea. Recuerdo que solíamos comprar vodka marca blanca de Tesco, porque no daba resaca. Después de juntarnos a beber en casa, esa noche, de forma excepcional, decidimos ir a una discoteca que había en el campus. Habíamos mezclado el resto del vodka en la botella con el resto de refresco de limón. Ya en la fila para entrar tuvimos que hacer el sacrificio de beberla del tirón, nos recuerdo en concreto a mi amiga María y a mí hasta vaciarla. Nada más entrar, alguien pidió chupitos de tequila. No sé si tomé uno o dos, y empecé a sentirme mal hasta el punto de que mis amigos me tumbaron en un banco de la discoteca. Ya tumbado, de nuevo la sensación de que el mundo giraba y yo no podía echar el ancla. En una de estas, supe que iba a vomitar y vomité. Justo en ese momento, mientras vomitaba (no mucho, un poco) tumbado pasó ante mí una camarera y nuestras miradas se cruzaron. Aunque me sentí mejor enseguida, en unos minutos vino uno de los seguratas de la discoteca a sacarme sin posibilidad de recoger mis cosas o despedirme de mis amigos. Pero esa es otra historia.
  3. Pasaron bastantes años en que, tras mi shock con el tequila, decidí ser más prudente con la bebida. Al poco de mudarme a Madrid hice un par de viajes a Lisboa. En ambos, con amigos queridos, bebí más de lo que mi organismo toleraba. En la primera noche no pasó de ahí; dormí la mona ricamente. La segunda vez, también obnubilado por cuanto bebí y fumé en Bairro Alto, acabé abrazado a un desconocido hasta que nos separamos (mi amigo Javi, mientras tanto, no paraba de señalarme y descojonarse. Entonces me dio el backout, me dejé caer en el suelo (calculo que frente a la Igreja dos Italianos o en el Largo de Camões, aunque bien pudo ser en São Roque o São Pedro de Alcântara) y sólo quería dormir. Me tuvieron que levantar y llevar en brazos al hostel. Más allá del bochornoso espectáculo, fue una de mis peores resacas (estaba quemado por el sol de la playa portuguesa, estreñido y medio moribundo por la noche anterior).
  4. En 2014, aún en Madrid, cuando quedaba con amigos o mi ex bebíamos cerveza, porque era lo más barato. Bebíamos en casa, a veces en bares de Malasaña. Fumábamos. Entonces, una reunión escolar: mi clase del pueblo se reunía, ya con 25 años, en una cena. Tras la cena llegaron las copas en el mío (un gin tonic mío y otro de una amiga que se tenía que ir), y tras el restaurante acabamos en un pub, y luego en otro, y cada vez que tenía la mano libre mi hermano me colocaba otro gin tonic que yo bebía displicentemente. Nos dio el nuevo día, y al volver a casa, bastante perjudicado, pero estable, me dirigí directo a la cama. Vomité en la cama toda la cena de la noche anterior y todo el alcohol ingerido. Me recuerdo malísimo, sin duda mi peor resaca.
  5. Casi un año más tarde, ya instalado en Lisboa, mis primeros meses en la ciudad a veces me gustaba callejear y visitar el Bairro Alto de noche, porque para mí era sinónimo de peligrofiesta y libertad. En la visita de un amigo acabamos ahí, en uno de los bares de Bairro Alto, aunque llegamos tarde y todo cerraba, así que compramos uno de esos litros lleno de un cóctel cualquiera con vodka o veneno para el camino mientras bajábamos a Pink Street con unas españolas que conocimos en la calle. Ya en Cais seguimos bebiendo cerveza en distintos bares, tratando de entrar en un local con aire algo clandestino sin éxito y, por último, entrando en una discoteca (ahora que lo pienso esa es la única vez que he estado en una discoteca en Lisboa). En la discoteca sólo recuerdo flashes: bajar al baño atravesando una sala con billares, tratar de brindar con todo el mundo botellín en mano y buscar a mi amigo entre la muchedumbre. Más tarde, un taxi, el impulso inaguantable de vomitar en el taxi y que nos echaran. Ya en la calle, caer al suelo redondo. Desperté completamente desorientado y sin recuerdo de media noche, algo que nunca me había pasado y jamás me ha vuelto a pasar.
No dejé de beber entonces, ni mucho menos. Durante los siguientes tres, cuatro años consumía alcohol en eventos sociales, alguna vez después de trabajar cuando teníamos visita del cliente porque invitaban (lo normalizado que está el consumo de alcohol en ambientes laborales), en cenas y fiestas en casa. Entonces, y creo recordar que fue bastante súbito, decidí no beber más.
Me puse firme conmigo mismo y me di cuenta de que no disfrutaba el sabor del vino y la cerveza, que era más un rito de paso que algo que hiciera convencido. Por honestidad, porque ya venía dándome cuenta de que no me gustaba cómo me hacía sentir el alcohol, corté el grifo. De pronto no pedía una sidra al salir, no regaba los encuentros con cerveza, no brindaba con los amigos a quienes ofrecía una copa cuando venían a casa, porque en mi casa hay mueble bar. Las botellas de vino traídas por visitas a cenas y estancias permanecían año tras año aguardando a alguien que diera buena cuenta de ellas.
Miento si digo que no he vuelto a probar el alcohol. Alguna vez, si me apetece, bebo una sidra (más por el sabor que por otra cosa) o una amarguinha (típico licor portugués de almendra servido con hielo y limón), pero son las únicas excepciones que me permito. He intentado ser algo gourmet y acompañar alguna comida de una copa de vino, pero el efecto es curioso: me pongo rojo enseguida, como si el alcohol me provocara reacción en el organismo. He llegado a preguntarme si tengo algún tipo de alergia al etilo.
Creo que hay cada vez más gente que toma la misma decisión que yo, que en las nuevas generaciones el consumo de alcohol, como de tabaco, no está tan romantizado. Me consuela ver esta tendencia cambiante, y aunque el alcohol no ha supuesto para mí ninguna condena (pienso en auténticos alcohólicos que han tenido que batallar dicha bestia día a día: mi añorado Fernando Marías lo narró con valentía en Arde este libro), sí que me ha colocado en lugar extraño 
Pero, y a lo que venía al comienzo de este texto, dejé de beber por decisión propia. No me gusta ni me ha gustado nunca el alcohol, aunque lo he consumido con cierta normalidad. Aún hay quien se extraña/sorprende si les  explico que no, no bebo, pero basta que les diga que no me gusta para que entiendan. Y 

5 de enero de 2023

Carta a los Reyes Magos


 A sus Majestades los Reyes Magos de Oriente


Queridos Reyes Magos:

Hace mucho que no os escribo.

De hecho, recuerdo haberos escrito pocas cartas. Sí recuerdo con ilusión (h)ojear los catálogos de juguetes de las cadenas de supermercadod y del Toys R Us, esa sensación tan navideña en alguna visita a la familia en Granada. Pero de escribiros cartas pidiendo regalos no guardo recuerdo.

Supongo, no obstante, que deseé muchas cosas. Cada año anhelaba la llegada de los regalos venidos de Barcelona que enviaban mis tíos y que anticipaban toda la Navidad. Tampoco éramos en casa muy dados a seguiros en la cabalgata del Día de Reyes, si acaso a colocar los zapatos de la familia todos juntos y aguardar más por el misterio que por la promesa de un deseo cumplido.

Este año decido escribiros porque me empuja la vida a un pozo que creía superado, el de la ansiedad. Llevo ya más de diez días en un estado permanente de ansiedad que no logro descifrar.

Pero puestos a pedir, este año os pido:

-Más tiempo (menos trabajo, menos chorradas)

-Más salud (menos ansiedad, menos kilos)

-Viajes, que llevo ya años sin viajar apenas

-Planes, que estoy muy cómodo

-Oportunidades laborales

-Una mudanza a una casa que pueda llamar hogar

De lo material me vendría bien que subieran los sueldos en Portugal y que mi empresa pagara más, no soy tampoco muy materialista, pero aspiro a una vida tranquila. Eso es algo más que he aprendido con los años, algo que seguramente no sospechaba cuando manoseaba aquellos catálogos de juguetes. El dinero no da la felicidad, pero compra la tranquilidad.

Con esto me despido, majestades. Mis afectuosos saludos,


Jose

22 de enero de 2022

Un año después

 Por vez primera, llego tarde a mi cita.

Ha muerto Elza Soares. Despierto de fin de semana, tarde y lento, con la promesa de dos días llenos de actividades y planes, pobres en dinero. Ayer tuvimos cena en casa, perro incluido. Ahora pierdo la mañana con Truman a mi lado, metidos en la cama hasta pasadas las dos de la tarde.

Escribo estas líneas en otra casa, una aún en proceso de conquista, en cambio constante. Un año después, la vida es prácticamente igual, una prolongación de un mundo a medias. Un año después, prácticamente vivo autoconfinado.

Arrancó enero lleno de buenos propósitos, del miedo a los 35 a la vuelta de la esquina, pero propósitos más firmes que los del año pasado. Gracias al medio por empujarme al precipicio del cambio.

Tampoco estoy escribiendo mucho, no saco tiempo, no me organizo, el mal de siempre. Espero, no obstante, darle forma a los proyectos que tengo, buscarles una salida, mejorar la vida en la que me encuentro atrapado.

La idea era ir en un par de semanas a Londres, donde no voy desde justo antes de la pandemia. Ojalá poder volver un fin de semana largo, aunque quizás sea lo mejor tal y como voy de pasta. Estoy considerando varias ofertas de empleo para salir del atolladero. Creo que ha llegado el momento de dejar atrás la comodidad y arriesgar un poco, aunque sea atrevido tal y como están mis días.

No quiero hablar de planes firmes para este año más que cumplir 35 con dignidad, y esto queda absoluta y absurdamente entre mis manos.




18 de agosto de 2020

Desconfinados

Hace dos meses, comencé a escribir este post y nunca lo concluí. Lo retomo ahora, como un favor a mí mismo:
De repente, la vida vuelve a girar sobre sí misma. Es domingo de desescalada, o de nueva normalidad, de posverdad, yo qué sé.
Ya muere junio y sigo prácticamente confinado. Mis salidas se resumen al supermercado y algún paseo con Truman a última hora de la tarde. Me he hecho a esta vida, a la calma chicha de las puertas adentro, a

La realidad es que el desconfinamiento acabó por llegar, pero no la vida como la conocíamos. Algo que, visto lo visto, tal vez nunca llegue.
A mí el confinamiento me ha pillado con un cambio de curro (no por voluntad propia, la verdad sea dicha) y todo lo que esto supone. Dicho cambio me ha facilitado cierta nueva dinámica que ha hecho mi encierro más pasadero. En ese sentido, hasta me alegro, aunque lo pasé mal en el momento del anuncio por la incertidumbre. 
Como comenté en su día, tuve que cancelar un viaje a Madrid -mejor dicho, me cancelaron el vuelo y no había posibilidad de nada parecido a una escapada-, pero a finales de julio estuve en el pueblo. La idea era pasar una semana, ahora que la frontera estaba abierta y el virus más controlado, en casa de mis padres. Al final me tuve que volver por motivos que no vienen al caso. Por eso volveré a finales de septiembre una semana al pueblo, a parar de nuevo y convivir en familia. El turismo en 2020 ha sido raro y local. Es extraño seguir encontrando rincones preferidos de Lisboa libres de hordas de guiris, pero a su vez provoca cierta tristeza por la impresión de no-lugar que han adquirido los centros de las ciudades. No obstante, yo sigo firme en mi egoísmo y celebro una Lisboa para mí, donde puedo cenar cualquier noche en mi local preferido sin miedo a no encontrar sitio. Así me han encontrado las vacaciones, en paseos por los barrios y no-encuentros con amigos.
Me he escapado algún día a la playa. No celebré mi cumpleaños, después de convocar la fiesta y tener algunos preparativos en marcha. No quería arriesgar otro rebrote en mis allegados. Finalmente nos escapamos cinco días a una playa de laguna, a un pueblo costero semidesierto, Foz do Arelho, donde todo ha sido paz, playa y comida tradicional. Unas vacaciones.
He apretado finalmente el ritmo a mis lecturas y a la escritura. En ese sentido me siento en paz conmigo mismo, una especie de tregua creativa en la que intento seguir aprovechando los días de encierro para ampliar horizontes literarios, dar nueva luz a antiguos proyectos (se avecinan novedades), y salida a las lecturas apiladas en mi mesita de noche.
También se aprecian en el futuro nuevas ventanas laborales que podrían materializarse en una auténtica madurez financiera. Pero lo apuesto todo a los libros.
Como digo, son estos meses extraños de cosas que pretenden ser, pero no alcanzan a ser, fantasmas de vidas pasadas, calles calladas, locales vacíos, planes que quedan en un eterno tal vez. Por eso he retomado las cartas a mano, la escritura a mano, los paseos por barrios y rincones de la ciudad a donde no he llegado antes. Por eso creo que es tiempo de reinventar el día a día y apostar por aquello que se cuece a fuego lento.
Los hombres-tortuga agradecemos este nuevo ritmo, estos nuevos proyectos que vienen a salvarnos.... Y ahora que el mundo se congratula por el desconfinamiento, mi plan desde el 1 de septiembre es encerrarme en casa como hicimos en marzo, como si el virus y la alerta y el estado de alarma siguiera ahí fuera, porque sigue, digo. 
No tiene prisa, pero yo tampoco.

21 de enero de 2019

Un año después

Despierto solo.
Despierto temprano, más cansado de la cuenta. La cama está dura, incómoda. Hay movimiento a mi alrededor. Pienso que debo estar equivocado, pero entonces recuerdo: Londres, 2019. Un hostel lleno de coreanos y argentinas. Me cae el peso de mis 31 años como un yunque.
Es entonces cuando la ansiedad se abre hueco entre mi pecho y mi cerebelo; no es, como el del año pasado, un despertar lento.
Hace tiempo que no escribo, pero me han considerado para un pequeño reconocimiento literario que se ha convertido en mi lucha las últimas dos semanas. A falta de escritura, necesito certezas.
He perdido los sueños. "No te reconozco, hombre triste: has aprendido a llorar", escribí hace cinco o seis años. Creo que, anímicamente, he tocado fondo.
Sin embargo, hoy me queda aún un trozo de Londres, pafuera telarañas. Aunque este viaje suponga, ocho años después de mi última vez en la capital inglesa, no reconocerme, acaso extrañarme con el muchacho que fui. ¿Qué te ha pasado, Jose?, me pregunto, ¿por qué ya no escribes?
Pero sé por qué.
Remoloneo en la cama, sólo un rato más. Siempre me ducho de noche para aguantar un poco más entre las sábanas. Extraño a Truman, en Portugal.

Entonces me levanto, con la esperanza puesta en un desayuno inglés, en comprar algún libro de Shirley Jackson -un año después, sigo obsesionado- y en la visita a Camdem donde tal vez reencuentre al muchacho que perdí en estos años de camino.
Y es que sé que, pese a los días raros, los días tontos, aún me quedan ases bajo la manga. Lástima que no sepa jugar al mus.


Te cerraría los ojos, te daría la espalda, apretaría los puños y, 
por primera vez en mi vida, dejaría que tú dijeras algo.

21 de enero de 2018

Un año después

Un año después, despierto acompañado. Tarde, como todos los domingos. Truman remolonea entre mis piernas, como el año pasado.

Me invade una tristeza lenta, espesa y azul.
He soñado con un cambio inminente. Se aproximan cambios inminentes en mi vida. Como en un cuento, el desayuno se materializa en mi cama.
No he ganado ningún premio literario, pero tengo un cuento abierto en Google Docs y planes para hacer de este domingo algo mágico.

Me siguen atormentando las fechas, los malditos aniversarios. 5 años ya, me digo. 5 años ya, cuando más sonrisa y más paz y más vida. Más Jose, en todos los aspectos. No sé qué he perdido entre tanto.


Pero veo luz, por primera vez en años. Veo una fuerza, una capacidad de resolución que me hace seguir, morder fuerte, aferrarme al futuro. Ya no miro atrás, es inútil.
La enfermedad sigue en mí, ahora con otras formas. El miedo es una constante a la que no logro aplacar.
Pero sigue Lisboa y sigue la vida, siguen los pequeños proyectos, victorias a pequeña escala, mi jardín en potencia, la biblioteca creciente, los libros y la decisión de cerrar puertas para abrir ventanas nuevas.


Promesas de futuro: construir, insisto, construir una vida que yo decida, aprender a negarme a lo que no quiero. A veces nos cuesta la infelicidad aprender a echar el freno. Tengo ganas de trabajar en muchas cosas, de convertirme en el mejor en algo. Por eso este año he comenzado con listas de cosas pendientes, lecturas que necesitaba acabar y otras que necesito devorar. Como hace un año, leo a Shirley Jackson con frenesí. Me doy cuenta de un hecho importante: he perdido el miedo.

¿Que qué le pido al año que viene? Despertar en Lisboa, de nuevo, en otras sábanas, cierto, con todo lo conseguido. Que mi vida no se vuelva a quedar en agua de borrajas.


Y entonces no te diría nada, no te haría nada más que reír, como siempre, para que tu risa se convirtiera en la melodía de los días

26 de marzo de 2016

La estrategia del camaleón

Retomo el blog en estado de extrañeza con un tema en mente del que llevo un tiempo queriendo hablar, pero por el que jamás me decido: la impronta literaria. Me consta que hay muchos escritores a los que les sucede que, mientras trabajan en un proyecto, las lecturas a las que se exponen acaban por afectar a su estilo.
Leo Noches sin dormir, de Elvira Lindo, y me digo que siempre me ha gustado ella más que Muñoz Molina, su señor esposo. De él traje también, en la misma maleta que el de Elvira, Como la sombra que se va, en parte porque me interesa todo lo que tenga que ver con la conspiración, en parte porque transcurre en Lisboa. Me gustaría que, abandonada Nueva York, se vinieran ambos escritores a Lisboa, y encontrármelos en el club de lectura del Cervantes, o en cafés paradigmáticos, o en la sección de literatura de la FNAC. Se ven sencillos.
También estoy a punto de terminar Los amigos, una novelita japonesa de Kamuzi Yamuto que aúna dos de mis obsesiones: la infancia y la muerte; no llega al nivel de Mi planta de naranja lima en cuanto al adiós a la inocencia, pero tiene la extraña poesía que desprende todo lo japonés; además, la traducción es llamativa, lo cual, ahora que lo pienso, no sé si es bueno o malo. Menos me duró Instrumental, las duras memorias de James Rhodes que, si bien no están a la altura de Cosas que los nietos deberían saber (por eso de que comparten editorial y una cierta temática de malditismo musical), me ha atrapado por completo y despertado en mí cierto interés por la música clásica de la cual, reitero mi ignorancia, no tengo ni pajolera idea.
Hoy, comienzos de primavera, Día Mundial de la Poesía, ha caído en Lisboa un granizazo como no recuerdo. Apuro la última revisión de los Dinosaurios con la certeza de que será la última y la esperanza de encontrarle hogar, aunque aún queda camino por recorrer. A cada vuelta de la esquina surge una nueva complicación estructural, narrativa o de construcción de personajes.
Pero volvamos a aquello de lo que venía a hablar hoy: la impronta literaria o estilística. Uno no es consciente mientras le ocurre, pero poco a poco se va empapando de lo que lee y lo plasma en lo que escribe. Me ha costado percibirlo, pero relecturas relacionadas con la revisión y corrección de mis últimas publicaciones me han hecho verme reflejado en autores a los que admiro y he leído con auténtica devoción. Esto es muy claro en el caso de Donde mueren los monstruos, libro en el que queda patente que mientras tanto leía a Ricardo Menéndez Salmón en bucle o novelas de estilo tan cuidado como El ladrón de morfina, de la que ya escribí en el blog. Por ello, ahora que preparo una novela de vampiros en un ambiente rural me he hecho un listado de libros que debía leer para meterme de lleno en la temática y mitología del vampiro, pero también para entrar hasta el fondo en un ejercicio de estilo especialmente trabajado, de ahí que mis últimas lecturas hayan sido Dracula y Salem's Lot (ambas leídas en inglés, con lo cual poca impronta salvo a nivel estructural), pero tenga unas cuantas más historias de chupasangres esperando, y me haya propuesto releer toda la obra publicada por Menéndez Salmón (y van...), así como relatos de otros autores contemporáneos a quienes admiro, caso de Juan Gómez Bárcena o Matías Candeira, ambos en Salto de página. También, está claro, porque ambos se atreven con el género, y no les da miedo meterse en terrenos más transitados por la literatura latinoamericana que por la española: fantasía, distopía, ¿terror?
Ah, y ya que me termino Noches sin dormir y me quedo huérfano (qué bonita sensación de saudade incalculable nos deja un buen libro al pasar la última página), me he decidido a retomar un diario semanal en esta santa casa. Curiosamente, el año pasado ya escribí un diario entre agosto y diciembre con una sola regla: escribir una cara al día, sin saltarme ninguno. Aprovechaba trayectos en tren, pausas en el trabajo o momentos de asueto para vomitar mis frustraciones, y es que probablemente se trate del diario más triste y neurótico de los diarios, porque lo escribí con una vocación puramente terapéutica. Me sirvió para analizarme, descubrirme y observar con mayor atención mi entorno. Cuando se acabó, lo regalé. Por eso espero ser capaz de darle cierto compromiso al blog y convertirlo en mi nuevo almacén de filias y fobias, como siempre fue y nunca debió dejar de haber sido.
Mi próxima lectura

12 de febrero de 2016

Insensatos


Cuando empecé a escribir, lo hacía con esa concepción egocentrista según la cual todo giraba en torno a mí, los personajes pensaban como yo y cada historia debía suponer una declaración de principios. Con el paso de los años he aprendido que no por escribir sobre un tipo repugnante me voy a convertir en uno, que no por poner a los rojos de malos y los fachas de buenos estaría defendiendo ciertos ideales; aprendí que, si el protagonista de una novela en la que trabajo es un pederasta totalmente convencido de su amor por los niños, no implica que considere la pederastia como algo bueno. Aprendí, pues, a crear sin juzgar.

A veces, cuando me llaman a hablar a algún sitio público, todavía sale el chico tímido que se enciende como una brasa si tiene que leer algo íntimo o sexual o algo que no le contaría a mi madre a la cara. Antes de hablar, de contar lo que sea que haya preparado, miro alrededor y pienso si podría ofender a alguien. Es la delgada línea entre la autocensura derivada de la corrección política (uno de los males de nuestro tiempo) y el respeto por el prójimo.


Pero los marionetistas.


Todo, y digo TODO el mundo ha pecado aquí de idiota e insensato.
El primero, el organizador del Carnaval cuando aprueba la contratación de una obra de marionetas y la incluye en la programación. Se supone que el programador de cualquier agenda cultural-lúdica conoce los espectáculos/servicios que contrata, y si estos se adecuan al público al que van en principio dirigidos. A todas luces queda en evidencia que la obra en cuestión, La bruja y Don Cristóbal, con el subtítulo "A cada cerdo le llega su San Martín", no era la representación para Carnaval de Madrid. Sólo cabe preguntarse si el que dio el visto bueno al espectáculo de marionetas fue uno de esos padres que aún consideran Los Simpson dibujitos infantiloides; eso, o era rematadamente estúpido. Insensato.
Leo que media hora antes de la representación se anunció en FB: "A las 17 horas y a las 19 horas en la plaza del Canal de Isabel II (metro Tetuán), 'La bruja y don Cristóbal', con la Compañía Títeres desde Abajo. Y no, no es para público infantil, es para adultos".
Sin embargo, en el pdf con la programación del Carnaval se indicaba que era para todos los públicos, de modo que rectificar tarde y mal no justifica la insensatez.

Los actores. Hemos leído muchas cosas estos días, entre ellas que los artistas avisaron antes de la representación, ante la presencia de niños, que aquella no era una obra para niños. Los padres, no obstante, en vez de coger a sus niños y llevarles a comprar un algodón de azúcar, transigieron. Pero yo, como autor, sentiría pudor de mostrar ante niños, aunque sea con marionetas, aunque sea ficción, un ahorcamiento, una violación, un asesinato. Creo que es una cuestión de pudor, y volvemos a la delgada línea que separa la libertad de expresión de la corrección política. Los responsables de la representación se limitaron a cumplir con su cometido, que era representar la obra con la que les habían contratado, aprobada e incluida en la programación oficial. Sin embargo, alego al sentido común de los mismos para saber decir "hasta aquí hemos llegado" y discernir lo que es moral de lo que es deleznable. Y mostrar ciertas cosas, por mucho que sea en clave de farsa o comedia, ante un público infantil no está justificado. Por tanto, pecaron los autores de falta de prudencia. Los muy insensatos.

No he entrado a valorar la calidad (o falta de) de la obra, en primer lugar porque no la he visto; en segundo, porque no es lo que estamos valorando aquí. Lo que está en juicio es si el contenido de la obra era apto para representarse en el contexto en que lo hizo, y, aunque los juicios morales son como los culos, cada uno tiene el suyo, considero que aquí se procedió sin mesura, sin cabeza, sin dos dedos de frente.

Los padres. Me encantan las dobles varas de medir. Esos padres que asisten atónitos a un ahorcamiento, a un apuñalamiento, a una violación, y sienten crecer en ellos una rabia fruto de la indignación. Pero que no estallan hasta que un personaje, (OJO, tratando de incriminar a otro) saca una pancarta que reza "Gora Alka-ETA". Más allá de la lamentable falta de ingenio del juego de palabras, supongo que estos son los mismos padres que alzaban el grito al cielo ante el beso de dos maricones, pero no con los asesinatos de niños o evisceraciones de hombres y mujeres. Tratar de encontrar en un contexto TAN CLARO una apología de la violencia o enaltecimiento del terrorismo, deducir de ahí que los actores están lanzando consignas pro-etarras es de una estupidez supina por encima de la cual debería encontrarse cualquier juez.

Pero no, aquí se llama a la policía, detención inmediata y encarcelación por orden judicial. Que ésa es otra, el juez será de esos tipos que piensan que Los Simpson son para niños, o que es peor un cartel ficticio que una violación ficticia. La falta de sentido común y juicio (valga la redundancia) del juez, su complicidad a la hora de convertir la polémica en una causa política deberían ser suficientes para invalidar cualquier decisión tomada por éste. De hecho, poco han tardado en emprenderla con él y la fiscal responsables de encarcelar a los titiriteros, y se ha impuesto una querella contra ellos por prevaricación en el auto de prisión. Otros insensatos. Estúpidos, facciosos insensatos.


La falta de actuación del Ayuntamiento de Madrid. Recordemos: ocurrió con los tweets de Zapata, con el desfile de Reyes Magos y ahora con una puta obra de marionetas. La caverna está a la que salta, y el ayuntamiento comandado por Manuela Carmena peca de blando. La respuesta ante cada nueva polémica dirigida por la derecha es torpe, poco asertiva. Gobierna la izquierda desde el complejo, con una falta de autoridad alarmante. Mientras el PP está siendo investigado sede por sede, imputado como partido, el consistorio de Madrid se ve constantemente en el punto de mira, y no sabe responder con la decisión que se le debe exigir. Manuela Carmena, que está demostrando una sensatez y juicio, un aplomo y respeto por su ciudad y conciudadanos, no ha sabido resolver estas polémicas con una voz firme y exenta de dudas. Responden rápido, pero suelen hacerlo a medias. En este caso, cesaron al responsable de la programación de la obra dentro del Carnaval, pero al día siguiente comparecía la misma alcaldesa tildando la obra de "espectáculo deleznable". Quiero decir: está bien que asumas tu error, que comparezcas, pero no sigas haciendo leña del árbol caído, que están los titiriteros presos y el responsable, cesado. Porque van a pedir más: y así fue, pronto comenzaron a pedir la cabeza de la Concejal de Cultura del ayuntamiento. Por eso hay que exigirle al Ayuntamiento de Madrid una mayor firmeza en sus decisiones, una mayor efectividad en sus comunicaciones y seguir trabajando en su proyecto más allá de las polémicas que suscite cada paso en falso. Por algo les votaron.

La derecha. El fantasma de ETA sobrevuela España cada vez que el PP se encuentra al borde del colapso. Que en este caso el debate se haya desplazado de la (no) idoneidad de una obra de títeres para una celebración familiar a la enésima resurrección de ETA y los filoetarras nos debería dar una idea del grado de desesperación de un partido que se encuentra en el momento más crítico de su historia, con un Gobierno que se le va de las manos, por lo que decide aferrarse al clavo ardiendo que es ETA, siempre con el argumento de que las víctimas son intocables y cualquier argumento en contra de sus trasnochadas teorías conspiranoicas puede entenderse como una afrenta directa a las víctimas. Parece haber olvidado la derecha que en terrorismo, que en verdugos y víctimas no hay derecha e izquierda, que no pueden apuntarse el tanto de la lucha contra el terrorismo y resucitar al que en su día fue el mal mayor del país a voluntad para desviar la atención o arengar a la población en pos a la formación de un Gobierno conservador y el hallazgo de una polémica en la izquierda a la altura de la corrupción que asola a todos los populares. Son quienes deberían andarse con más pies de plomo que nadie, pero deciden arramplar a la mínima para hacerse oír. Los ignorantes, malignos insensatos.

En conclusión, lo de programar una obra para adultos en plena programación familiar y representarla delante de niños a pesar de los contenidos de mal gusto fue una cagada en toda regla. En eso estamos de acuerdo. Incriminar a los titiriteros por cumplir con su trabajo, más allá de la calidad artística (o ausencia de ésta) de la obra fue una cagada mayor, sobre todo por los cargos que se adujeron. Convertir esto en el despertar de la fuerza etarra y volver a promover la ruptura social y política de un país lo suficientemente roto es una tremenda falta de consideración. Hacer de una anécdota un asunto de estado, jugar con los derechos humanos, con todo el sistema legal de un país, para servir una agenda política, debería ser punible, Confundir ficción y realidad es algo infantil, creer que los títeres son sólo para niños es, cuanto menos, un razonamiento irreflexivo. España está llena de insensatos de todos los colores, de todas las formas.

Al resto, os recomiendo los títeres de la cachiporra: http://www.alternativateatral.com/obra27177-los-titeres-de-cachiporra