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7 de noviembre de 2023

Por mis diez años en Lisboa

 


Quien me conozca sabrá de la revolución vital que supuso para mí noviembre de 2013: todo un comienzo desde cero que me gusta recordar, para bien o para mal, cada año. Así, en 2016 y en 2022 escribí sendos textos que resumen mi experiencia lisboeta hasta la fecha. Por vez primera los releo este 2023 con la distancia que pone el tiempo y la mirada limpia y me resulta curioso analizarlos lado a lado, con los matices que dan los años que los separan y la propia experiencia vital, más amarga cada día. Mis primeros años en Lisboa lo veía todo con cierta bohemia, hasta un punto de exotismo; lo idealicé un poco porque la vida, hasta cierto punto, se podía idealizar. Luego llegó esa vida, un trabajo, una vida familiar, una rutina que me arrollaron y me convirtieron en otra persona. Más amargo, sí, más político, pero creo que en el fondo, sea por la literatura o la creatividad, mantuve cierto romanticismo. Paso a compartir ambas reflexiones, e insisto: 10 años después, he sobrevivido. 



2016

ANIVERSÁRIOS
Hoy, hace justo hoy 3 años, me planté en Lisboa con una maleta llena de monstruos y la necesidad física de desaparecer en una ciudad nueva, limpia de recuerdos y rostros conocidos. Nada más llegar se quedó muerto el taxi de camino a casa y tuve que luchar con los adoquines, malditos benditos adoquines lusos, para desplazar apenas unos metros la maleta reventada y la bolsa de viaje hasta los topes. Llegué a la casa más extraña donde he vivido con un nudo en el estómago y dos años de Madrid desbordándoseme por los ojos, pero nadie abría. Ya dentro, mi ordenador se negaba a conectarse a Internet y borré whatsapp del móvil y me sumí en una especie de catatonia que me duró un fin de semana. No sabía decir nada, el portugués me sumió en un silencio de siglos que me hizo taciturno y tímido, más frágil de lo que me gustaría admitir. Miro atrás y no reconozco al joven soñador que logró dejarlo todo para lanzarse a la nada, porque es otro.
Aún se me hace raro reconocer que ya he vivido más en Lisboa que en Madrid, como se me hace imposible adivinar el futuro a la vuelta de la esquina. Lisboa no sé qué hizo por mí ni qué he hecho yo por ella, pero si hay algo imposible de imaginar para este triste juntaletras es la vida sin siete colinas, sin un amago de mar que se queda en río, sin los malditos benditos adoquines, las bicas y los pastéis, sin el pérfido Diogo Alves y Belém y Sintra a tiro de piedra, sin Adília y Filipa, sin el fado y las marchas, la vida sin pão de Deus, sin las plazas, los kioscos del café, el Bairro Alto y Alfama, los miradouros, la luz, JODER LA LUZ, sin las decenas de amigos que han venido a visitarme, sin el árbol mágico de Principe Real o el descaro hisptérico de LX Factory, sin toda tu precariedad y la mugre en las calles, sin Gulbenkian y Monsanto de fondo, sin el acueducto y las Amoreiras, Lisboa sin terremotos ni turistas, la vida sin polvo à lagareiro o sardinhas.
Y me vais a permitir que me ponga tonto, pero hay otra Lisboa sobre la que aún no puedo escribir, la que me obligó a traer a Truman en una bolsa, la de tanto, tanto llanto, la de (des)encuentros terminales y gente inesperada, la Lisboa que está bajo la piel, o en las costillas, o en cualquier otro lugar común melodramático, la Lisboa donde he sido (o no) feliz, donde no cabe otro libro en los estantes, donde no-pertenecer, pero ser parte, queda otra Lisboa a la que nada de lo que yo diga haría justicia, porque la vida tiene de maravillosa lo que tiene de injusta, y no sé si soy más de Pessoa o Saramago, pero he aprendido que los portugueses son más de Camões, por eso prefiero no nombrar esa Lisboa y dejarla callar.
O que hable, para el caso, Adília Lopes:
Cidade branca
semeada
de pedras
Cidade azul
semeada
de céu
Cidade negra
como um beco
Cidade desabitada
como um armazém
Cidade lilás
semeada
de jacarandás
Cidade dourada
semeada
de igrejas
Cidade prateada
semeada
de Tejo
Cidade que se degrada
cidade que acaba



2022
Hoy, justo hoy, hace 9 años llegué a Lisboa roto y perdido, lleno de sueños y con un libro revoloteando en la cabeza.
Llegué a mediodía y esa misma tarde ya aproveché para mi primera exploración como residente del centro histórico. Vivía en la parte más baja de una colina e ir al centro suponía siempre una tortura (y un aliciente para mis glúteos). A veces, esos primeros días rondaba el Bairro Alto y tomaba algo aquí y allí. Ahora no salgo de casa, el Bairro Alto me queda lejos y salir parece una quimera.
Me sorprendían los comercios antiguos frente a cuyos escaparates me detenía, soñador, antes de que el turismo y la gentrificación transformaran barrios enteros en parques de atracciones para expats y otras mierdas que pare el capitalismo más salvaje.
Pagaba algo así como 215 euros por una habitación en una semiplanta, suelo de madera, donde vivía con extraños en extrañas circunstancias. Persistí, aún era duro y era valiente. Hoy observo alrededor y contemplo las estanterías llenas de libros, las plantas y regalos de amigos que han ido conformando un hogar en mi barrio, Campolide, otrora local de andanzas del pérfido Diogo Alves.
Me creía bohemio y algo maldito por vivir en la decadente Lisboa; ahora estoy maldito, aún hay días en que me prometo salir y contemplar a la ciudad como se contempla a un desconocido: con intriga, con deseo, con cierta suspicacia, y sigo siendo aquel joven bohemio y maldito al que Lisboa le ofrece una magia antigua.
Creo que la única palabra que chapurreaba aquel 8 de noviembre de 2013 era "obrigado". Ahora sé bromear, sé insultar, sé hacer terapia y desear en esta lengua que me suena preciosa a pesar de las medias palabras que se quedan por salir y los fonemas tramposos que se gastan en Portugal. Amo los sonidos de una lengua como jamás podría amar un país.
Hay mucho que desconozco del día a día de esta ciudad y Portugal; mi despiste me previene de perder el tiempo en las banalidades que comparte la gente que vive en mi calle, en mi barrio, mi ciudad, pero afilo mi conciencia social y política sin medias tintas (fascismo nunca mais SEMPRE).
Llegué a Lisboa solo, si acaso con un puñado de fantasmas que tardaron en desaparecer, al poco traje a Truman, hice familia (la familia elegida, los cuidados cercanos), amigos, no tantos, pocos, apenas, soy un misántropo, maldito sea, me digo a mí mismo, porque llegué solo a Lisboa, me digo. Uno, a pesar de todo, siempre está solo.
He recibido con los brazos abiertos y el corazón expectante a amigos y familia, y más amigos y más visitas, y a conocidos, amigos de amigos, porque siempre hay alguien que viene a Lisboa, y no hay forma más pura de estar agradecido que sentarme en una tasca tras un día de zascandilear por las colinas de Lisboa y compartir una bifana o in pastel de nata.
Nueve años después, escribo una novela, (otra) que me salve la vida, y esa novela es Lisboa y soy yo y la vida que quise y la vida que detesto, todo en un libro que habrá de llegar (espero) a desbordarlo todo, y en esas páginas habitan toda la precariedad, la contradicción de quien decidió dejarlo todo para empezar de cero, la sangre yerma, las mil posibilidades que ofrece Lisboa, su comida plato a plato, su parte conocida (el fado, los azulejos, los miradores) y el revés oculto (las ratas por las calles, las aceras levantadas, los barrios que nos obligamos a no mirar), habitan en ella el sueño europeo devorado por un call center gigantesco, los affairs secretos que ofrecen las capitales, las películas, las despedidas, la no pertenencia, el café, Pessoa, los jardines y parques, los sindicatos, la soledad y el frío en interiores, el bacalao, la Web Summit, el humo del tabaco en todos los locales, la extrañeza del lenguaje, un Jose de veintiséis años, el Gran Terremoto que nunca se detiene.
Felicidades, Lisboa, hemos sobrevivido.

21 de enero de 2021

Un año después

Uno casi deja de contar los días.

Despierto aún de noche, antes de las 7 de la mañana, me he dormido tras cortar el despertador. Duermo solo, me digo y despierto con prisas para arrancar la sexta jornada laboral consecutiva con esa promesa de falso viernes.

Un año después, la vida es tan surealista que me tiene en una especie de calma chicha. Un trabajo absurdo, malas noticias, la incertidumbre en el horizonte, un Apocalipsis fuera de mi ventana. Es como un sueño hecho realidad, la verdad sea dicha. Todo se ha detenido desde hace un año, salvo yo, que me he dejado llevar por la corriente. Vivir en una pandemia sin fecha de caducidad me ha reconciliado con los días, aunque me ha traído una piedra más, otro lazo al cuello de la precariedad.

Recordemos cómo y dónde comenzó esto. 2007, Granada, una llamada de teléfono, una clase de alemán a la vuelta de la esquina. Ese Jose que vivía el despertar de la vida y al que le pudo enseguida la nostalgia, aquel Jose para quien toda la vida giraba en torno a la literatura. Libros que llegarían, libros que llegaban, una erasmus, la juventud, el primer amor equivocado. Este año he intercambiado cartas con María Luisa, a quien debería escribir en mis próximos días de descanso de nuevo. Su voz fue la que dio la señal de salida a todo esto.

Hoy despierto de noche, insisto, lleno de propósitos literarios. Estoy en un marasmo de cuentos nuevos para distintas convocatorias, y me he dicho que este año trataré de encontrarle casa a los Dinos de nuevo. Los he abandonado y me he abandonado en el proceso. No ha habido este enero escapada a Londres que pudiera acallar la densidad de los días. Ni siquiera una escapada a otro barrio de Lisboa, vivo confinado desde la semana pasada como el resto del país, pero parece que soy el único que lo lleva a rajatabla...

Mis planes para este año son: ponerme con la novela en serio para poder participar en convocatorias de premios para jóvenes escritores (me quedan dos años), y conseguir una publicación seria. Del mismo modo, tentar a editoriales, tal vez montar un buen libro de relatos ya que últimamente he compuesto varios a la altura. De aquí a un año me gustaría amanecer tranquilo, con mejores perspectivas laborales, con un finde en Londres u Oporto, no le pido tanto a la vida. Aprender a ser feliz con menos.

Seguir vivo.

Como hace unos años os dejé un disco de Tulsa, hoy os traigo esto que me tiene obsesionado. Z. me trae recuerdos de aquel 2007, del año del descubrimiento: 

https://open.spotify.com/track/5Wo5vynGiUDG4nWJYJsZ5y


...

18 de agosto de 2020

Desconfinados

Hace dos meses, comencé a escribir este post y nunca lo concluí. Lo retomo ahora, como un favor a mí mismo:
De repente, la vida vuelve a girar sobre sí misma. Es domingo de desescalada, o de nueva normalidad, de posverdad, yo qué sé.
Ya muere junio y sigo prácticamente confinado. Mis salidas se resumen al supermercado y algún paseo con Truman a última hora de la tarde. Me he hecho a esta vida, a la calma chicha de las puertas adentro, a

La realidad es que el desconfinamiento acabó por llegar, pero no la vida como la conocíamos. Algo que, visto lo visto, tal vez nunca llegue.
A mí el confinamiento me ha pillado con un cambio de curro (no por voluntad propia, la verdad sea dicha) y todo lo que esto supone. Dicho cambio me ha facilitado cierta nueva dinámica que ha hecho mi encierro más pasadero. En ese sentido, hasta me alegro, aunque lo pasé mal en el momento del anuncio por la incertidumbre. 
Como comenté en su día, tuve que cancelar un viaje a Madrid -mejor dicho, me cancelaron el vuelo y no había posibilidad de nada parecido a una escapada-, pero a finales de julio estuve en el pueblo. La idea era pasar una semana, ahora que la frontera estaba abierta y el virus más controlado, en casa de mis padres. Al final me tuve que volver por motivos que no vienen al caso. Por eso volveré a finales de septiembre una semana al pueblo, a parar de nuevo y convivir en familia. El turismo en 2020 ha sido raro y local. Es extraño seguir encontrando rincones preferidos de Lisboa libres de hordas de guiris, pero a su vez provoca cierta tristeza por la impresión de no-lugar que han adquirido los centros de las ciudades. No obstante, yo sigo firme en mi egoísmo y celebro una Lisboa para mí, donde puedo cenar cualquier noche en mi local preferido sin miedo a no encontrar sitio. Así me han encontrado las vacaciones, en paseos por los barrios y no-encuentros con amigos.
Me he escapado algún día a la playa. No celebré mi cumpleaños, después de convocar la fiesta y tener algunos preparativos en marcha. No quería arriesgar otro rebrote en mis allegados. Finalmente nos escapamos cinco días a una playa de laguna, a un pueblo costero semidesierto, Foz do Arelho, donde todo ha sido paz, playa y comida tradicional. Unas vacaciones.
He apretado finalmente el ritmo a mis lecturas y a la escritura. En ese sentido me siento en paz conmigo mismo, una especie de tregua creativa en la que intento seguir aprovechando los días de encierro para ampliar horizontes literarios, dar nueva luz a antiguos proyectos (se avecinan novedades), y salida a las lecturas apiladas en mi mesita de noche.
También se aprecian en el futuro nuevas ventanas laborales que podrían materializarse en una auténtica madurez financiera. Pero lo apuesto todo a los libros.
Como digo, son estos meses extraños de cosas que pretenden ser, pero no alcanzan a ser, fantasmas de vidas pasadas, calles calladas, locales vacíos, planes que quedan en un eterno tal vez. Por eso he retomado las cartas a mano, la escritura a mano, los paseos por barrios y rincones de la ciudad a donde no he llegado antes. Por eso creo que es tiempo de reinventar el día a día y apostar por aquello que se cuece a fuego lento.
Los hombres-tortuga agradecemos este nuevo ritmo, estos nuevos proyectos que vienen a salvarnos.... Y ahora que el mundo se congratula por el desconfinamiento, mi plan desde el 1 de septiembre es encerrarme en casa como hicimos en marzo, como si el virus y la alerta y el estado de alarma siguiera ahí fuera, porque sigue, digo. 
No tiene prisa, pero yo tampoco.

31 de diciembre de 2013

12 de agosto de 2013

Felices veintiséis

Texto escrito el viernes 9 de agosto
Hoy cumplo 26 años.
Hace mucho que no me siento así. De hecho, creo que nunca me he sentido así. Sólo se cumplen 26 años una vez en la vida. El tema es descubrir el motivo por el que me siento así, y en teoría debería resultar fácil, ¿no?
                Me siento así, maduro, con 26 años, porque por primera vez estoy viviendo fuera de la burbuja, he asumido la independencia como una forma de existir y he puesto distancia con respecto a la nave nodriza. Me gusta vivir de lo que hago o he logrado hacer por mi cuenta, en las condiciones miserables en las que vivo por mucho que trate de salir de esta situación que a algunas mentes ¿pensantes? se les fue de las manos. Siento que ya nadie puede torearme y que cada experiencia supone aprendizaje.
                Hoy me he pintado las uñas. Escribo estas palabras con las uñas pintadas, y es como si alguien que no soy yo escribiera, aunque mis errores me delatan. La torpeza de mi mano izquierda sigue siendo evidente, diría que cada día más. Al menos, cinco años más tarde puedo decir que recuperé la sonrisa. Creo que nunca pretendí que una circunstancia vital determinara toda mi existencia, y por eso no siempre confieso que en verano de 2008 estuve a punto de no contarlo.
                Soy un hombre. Tengo cuerpo de hombre, me miro en los escaparates (no escapo a mi naturaleza narcisista) y descubro a un desconocido que me mira con barba y con ojeras. Soy un hombre con las manos llenas, con el cuello lleno, con el pecho lleno de algo, y sé ponerle nombre. Me he enamorado, creo. Otra vez. Qué cojones creo, estoy segurísimo de ello.
                Me he cansado de buscar a la manic pixie dream girl perfecta, loca y atávica; he descubierto que el amor tiene formas extrañas. Ya lo dijo Federico, joder, cada día amo más a Federico: Puede el
hombre, si quiere, conducir su deseo por vena de coral o celeste desnudo. Me gusta desnudo, me gusta vestido, me gusta mientras duerme, cuando se pone cínico o se enfada porque es más cabezón que yo. Me gusta lo que no me gusta de él, porque lo hace más humano, lo hace más. Me gusta, sí. Más que todo.
Puedo, si creo, hacer que se separe el mar en dos poemas. Puedo, si creo, sobrevivir a los veintiséis preludio de los fatales 27. Puedo celebrarlo con mis amigos, hacer cosas prohibidas, sentirme un adolescente sin hora tope y con el poder de la música. Nunca, que yo recuerde, he hecho una fiesta de cumpleaños. Por eso la significancia y significado de esta fiesta, por lo que tiene de libertario y determinante. De ser Jose, declamar el nombre, restituir la emoción del niño que esperaba un agosto de lluvia y caramelos.

Celebremos la edad con cerveza y guacamole, con disfraces y música rock de la vieja escuela. Proyectemos obsesiones en la noche, deshagámonos en salivas y brindis y salivas.

25 de enero de 2013

Algo viejo


a) Mi falta de referentes me ha abierto un amplio abanico de posibilidades. El hecho de que jamás se me haya estimulado a nivel cultural ahora provee una cantidad ingente de música, cine, libros de los que jamás he oído hablar. Por tanto, todo lo clásico me es nuevo. Para mí, descubrir una canción de Aaron Neville ahora mismo es como si fuera un adolescente en la Nueva Orleans de los años sesenta con la opción de descubrir el nuevo disco de mi cantante favorito. No hemos sido tampoco en mi casa muy dados a la euforia que despierta la nostalgia en algunas personas, esa necesidad de recordar constantemente otro tiempo y otros sonidos, otros olores, otra luz. Para alguien extremadamente melancólico como yo, esto supone ahora un problema. No se puede echar de menos lo que no se conoce, lo que no se ha vivido.

b) Sin embargo, está el Stendhal. Sí, ya lo sabéis. Como decían en American beauty, eso de que en el mundo haya tanta belleza que pienses que tu cabeza va a estallar. Esto lo decía Ricky, el adolescente adolecido de melancolía, con su cámara siempre en mano, dispuesto a captar momentos de inusual belleza como aquel de la bolsa de plástico bailando entre las notas de Thomas Newman. De morir, en serio. Resulta que a Ricky lo interpretó Wes Bentley, un actor guapete que, gracias al aura misteriosa de dicho personaje, empezó a recibir ofertas de trabajo y a sonar como una futurible estrella de Hollywood. Sin embargo, la realidad fue muy distinta y el actor desapareció del mapa durante al menos una década. Sólo los fans irredentos de la película de Sam Mendes nos preguntábamos de vez en cuando qué habría sido del chaval. Hará un par de años o tres, el New York Times publicó un artículo sobre él con su testimonio, donde confesaba que la presión de la fama lo había llevado a caer en la droga. Como si toda la belleza del mundo cupiera en una jeringuilla donada por los servicios sociales.

c) Cada vez que descubro una de esas películas, que en la radio suena una de esas canciones que debería haber escuchado con diez u once años, mi pecho se detiene. Digo Alto. Espera, grábalo a fuego. Me enamoro. Me da el síndrome de Stendhal, la melancolía, las ganas de volver a una época que no conozco. Vivir en Woodstock o algo antes, con los beatniks y los hippies. Su música, el primer Antonioni, lo descorazonador de lo que está por conocer.

d) El Desencantador, esa novela en busca de editor, bebe profundamente de esta melancolía. El protagonista, un chaval de 14 años en nuestra era post todo, añora el cine en blanco y negro, el rock acústico, el viejo rock and roll, la ropa comprada o robada en rastros y tiendas de segunda mano. No es una novela que aspire a capturar la esencia del siglo XXI con su narración fragmentada, la inclusión de los nuevos medios, de la red de redes, de un lenguaje 2.0. No. No me interesa eso. No quería una novela donde los personajes se envían mensajes por whatsapp y cotillean sus facebooks, porque iría en contra de lo que yo pretendo. La novela transcurre en viejos cines de barrio, en calles estrechas y antiguas de una Barcelona de otro siglo, en un barrio granadino, el Albaycín, anclado en el Tiempo. Eso quería.

e) Sin embargo, sí hay algo que conozco. Deberían haberme llegado los ejemplares que me corresponden de mi primer libro de relatos, Nosotros, que poseemos la tierra. Debería estar revolcándome entre ellos, con sus historias de fantasmas y de otra época. Aquí no pretendía tanto lo de escudarme en tiempos pasados. Sencillamente, sucedió. Está el periodo de entreguerras, con la terrible Guerra Civil, están los republicanos y los nacionales, pero también aparecen Twitter y Sillicon Valley. Uno de estos días volveré a hablar del libro, del que a ratos estoy orgulloso y a ratos avergonzado. Digamos que, al menos, parte de algo que conozco, y es un ambiente rural de la Andalucía de interior como es Jaén. Que los latifundios de olivos, que la tierra de secano y los pequeños pueblos humildes son los protagonistas. Y salen las Caras.

  
f) Esto es lo primero que escribo en días, puede que en semanas. Hace más de una semana murió mi portátil, en concreto su disco duro. He perdido el contenido de mi ordenador, entre todo fotos y escritos inéditos. He perdido un trozo de mi vida, cierto, pero con suerte, lo recuperaré con creces. Necesitaba este vómito. Gracias.

8 de noviembre de 2012

Días de una normalidad aplastante

1. Bebo vino tinto en mi cuarto. En el suelo se ha derramado una taza de té rojo. Ahora las baldosas son rosas. Me encanta el té rojo. Odio el sabor del vino. Estoy borracho.

2. Antonio Carvajal me entregó un sobre mágico. Una vez fui alumno suyo. Hace dos días le concedieron el Premio Nacional de Poesía. El sobre es un cúmulo de nombres de autores y obras que todo escritor o aspirante a debería leer. Por mucho que odiemos las listas. Que las odiamos.

3. Estoy enamorado. Loca y profundamenre enamorado. Y borracho. Conocí a Silvia Pérez Cruz a través de una tocaya. Escucha esto, me decía, y yo escuchaba, y escuchaba y escuchaba. Ayer estuve en un concierto de Silvia, y quiero ser así. Quiero enamorarme de alguien así. Compré el vinilo. Pegaré la portada en la pared, donde me observe con ese gesto de pequeña Gioconda.

4. Soy maestro de inglés de guardería. No sé qué hace el lobo en la casa de los cabritillos. No sé por qué algún día, cuando crezca (de verdad), podré decir aquello de mi año en una guardería fue el catalizador para que Queridos niños funcionara. Más le vale. Que funcione, digo.

5. Residuo. Émbolo del mundo. Tragafuegos. Desagüe de inodoros. Huracán Katrina en mi garganta, lo descoloca todo. Es viernes. Repite conmigo, es viernes, es viernes. Aún.

27 de septiembre de 2012

Madrid: una guía de supervivencia 2/2

Si hace dos días hablaba de lo que había aprendido de Madrid en este año como si nunca fuera a volver, ayer mismo me confirmaron que vuelvo a la capital, que tengo un trabajillo de media jornada que me permite pasar otro año ahí, de modo que en mejor momento no he podido empezar este listado ilógico y desordenado. Más aspectos que cubrir en mi vida madrileña:

COMPRAS
Ropa no vas a necesitar mucha, y lo sabes, sobre todo ahora que vas a llevar uniforme en el trabajo. Cuando quieras ropa, la opción barata es el Primark, el mismo que te salvó el pellejo durante la Erasmus, que está a un paseo pero se puede llegar en bus o metro. Si quieres algo más interesante, vete a lo genérico rollo H&M, Pull&Bear, Springfield... donde siempre puedes dar con algo bonico a buen precio. Si quieres algo distinto, bichea en las tiendas que rodean Tribunal. Entre Chueca y Malasaña estás servido de ropa guay, aunque igual el presupuesto es más ajustado.
Y Blanco también.
   Pero no pretendas engañar a nadie, porque a ti la ropa te la suda. Lo que te gustan son las tiendas de tontás, y Madrid está llena de ellas, aunque te gusta llamarlas tiendas de ideas, ese lugar donde encontrar los regalos idóneos, donde pasar horas y horas de admirar ideas y esperar a que llegue el día en que tengas dinero para adquirir artículos tan inútiles como un puzzle en blanco o un cuaderno japonés. Hablo de cadenas como Muji o Tiger, incluso Vips. La particularidad de ellas es que están llenas de objetos de uso doméstico con grandes ideas de diseño, pequeñas tonterías que lo hacen todo más bonito. Esas tiendas te encantan, ¿sabes? Si eso, también tienes las tiendas que hay en la calle del Penta o todas las de segunda mano y vintage de Malasaña, aunque el precio sube en según qué sitios.


LIBROS
Gastas más dinero en libros que en ropa o en comida. Por eso es conveniente que conozcas unas cuantas librerías de Madrid. Podemos empezar, no sé, por la última en abrir, ni más ni menos que la Central en Callao, con una tienda nueva y bonita, buen catálogo en otros idiomas, cafetería, varias plantas, un lugar agradable, aunque la sala que tienen reservada a los lectores tiene unas sillas con pinta de cualquier cosa salvo cómodas. Con todo, te gusta. Le daremos el aprobado.
Tu preferida, como la de tanta gente, es Tipos infames. Una librería cuyo lema es libros y vinos te tiene que gustar por huevos. Está en una de tus calles preferidas de Madrid, junto a San Ildefonso, donde el Burger Lab. ¿Qué tiene de especial? Los dependientes son majos, el catálogo es IMPRESIONANTE en el sentido de que es una selección finísima. Se nota que la gente que lleva la librería sabe de literatura. Lo mejor de Acantilado, Seix Barral, Anagrama, Vaso Roto, Alpha Decay, Blackie Books... de verdad, eso es lo que más te enloquece. En cuanto al espacio, cuenta con dos plantas, la de la calle, donde están el bar-librería, y la subterránea, que emplean para exposiciones y presentaciones de libros y tal. En definitiva, mola. Yo soy un ignorante en cuanto a vinos, pero para eso están, para asesorarte un poco, recomendarte y venderte la botella que tienes que regalar a ese compromiso ineludible. Tomas tu café, ojeas los libros en un sillón, charlas, eres feliz...
Un lugar de culto al libro como objeto: Panta Rhei, frente al mercado de Fuencarral, en una perpendicular con Fuencarral. En esta librería todos los libros son preciosos, físicamente preciosos, quiero decir, maravillas de edición. Libros de arte, cuadernos de viaje, plantillas de stencils, arte urbano, ilustraciones de aúpa... Evidentemente, aquí no es todo tan asequible, de modo que hay que reservarse para sorprender a visitas y hacer regalos muy especiales.
Más librerías en Madrid, por ejemplo la mítica Arrebato, en una paralela a San Vicente Ferrer, y una en Sol de las de toda la vida, que además está en la calle de una pastelería donde ponen pasteis de Belem, para que te acuerdes de Lisboa de vez en cuando. En Embajadores tienes Traficantes de Sueños, una librería con muchas iniciativas culturales, presentaciones, talleres y demás.
Tienes también, cómo no, las cadenas que tantas veces te han alegrado, sobre todo FNAC, donde lo encuentras todo. Y cómo no, Jose, las compras online con su riesgo de sablarte cuando menos te lo esperas.

24 de septiembre de 2012

Madrid: una guía de supervivencia 1/2




Soy de Jaén, en concreto de Bélmez de la Moraleda. Acabo de pasar mi primer año en Madrid, tras la catastrófica llegada a lo Paco Martínez Soria, y es que un pueblerino nunca está lo suficientemente preparado para la capital. Con lo que me gusta a mí hacer recuento y esas cosas, creo que, en vistas a un posible segundo año en Madrizzz, ha llegado el momento de hacer recuento de lo aprendido y escribir una pequeña guía para el Jose del año pasado, aquel muchacho comedido e idealista que desembarcó en la Residencia de Estudiante a golpe de corazón.
Jose, vas a pasarlo bien. Tenlo en cuenta desde este momento, amigo, y pasarlo bien en Madrid no es difícil. Sólo hay que tener ciertas nociones de:

TRANSPORTE
Hazte con una bici de segunda mano. Busca en Internet: hay gangas. Luego, para cuando tengas problemas (porque eres un inútil y un manazas y lo sabes), puedes visitar algún taller o sitios especializados. En Embajadores, por ejemplo, un poco más arriba de Tabacalera, en esa misma acera, hay un pequeño taller donde tiene pinta de hacer las cosas bien por un precio razonable. Si no, cuando pinches (que pincharás, y a  menudo), hay otro taller en Canal, en una de las placitas que hay justo debajo, entre el mismo Canal y la Castellana. El dueño es un viejo con malas pulgas, pero te venderán una cámara y una bomba.
De todos modos, si te vas a desplazar poco, anda, camina, pasea, que es bueno para la circulación. Dos paradas de metro son un paseo agradable. Tres, también; cuatro, ya va cambiando la cosa. Cuando tengas que desplazarte algo más o no sepas muy bien cómo llegar a alguna parte, pilla el metro. Es eficiente y rápido. Cuidado, cada semana sube el precio del billete sencillo. Si vives en Madrid durante un año, igual te conviene empadronarte para tener una de esas tarjetas de residentes con las que los viajes en transporte público son más económicos. Siempre que puedas, haz un simpa. Si te pillan por casualidad, pronuncia tu acento andalú y hazte el despistao, das una dirección falsa, a saber, Calle Pez 14, 3ºA derecha, y sigues como si nada.
El taxi resérvalo para altas horas de la madrugada y situaciones críticas. No es tan caro como, digamos, en Sevilla, pero tampoco es un regalo. Si puedes, comparte la carrera con alguien y partes gastos. Como ves, esto de desplazarse por los madriles es pan comido. ¿Para qué te quieres desplazar? Para tres tareas fundamentales.

COMER
Te gusta comer, pero eres pobre. Madrid está llena de posibilidades. Sin embargo, olvídate de las tapitas de Granada, eso de que te pongan un montadito con una caña. En Madrid, eso lo pagas. En Granada también, pero de forma encubierta. Las posibilidades de Madrid, a lo que íbamos.
Si te va lo castizo, barato y cutre tienes el Museo del Jamón, muy económico para ti, pobre pardillo sin nómina. Si aspiras a algo castizo y menos ideado para guiris, cualquier bar de la Latina o del centro te servirá para comer croquetas y calamares o montaditos deciliosos por un precio sensato. Pero para croquetas de quitar el sentío, vete a Casa Julio, por Malasaña, busca y encontrarás, y prueba todas las variedades y unas bravas, por dios. Y si algún día estás holgado de presupuesto, vete a Chueca al Mercado de San Antón, donde tienen unas tapas y montaditos cojonudos. Y croquetas, y comida de todas partes.
Porque para qué engañarnos, a ti lo que te gusta es la comida del mundo, y Madrid está llena. Por ejemplo, a ti la comida china nunca te volvió loco, pero los chinos verdaderos de Madrid son imposibles de rechazar, en concreto dos: el que hay en la calle Silva, por Gran Vía, Ni Hao. Chino, chino de verdad; el otro, el Rey de los Tallarines, donde tienes que probar la pasta que ellos mismos preparan y la ternera, con la mejor salsa del mundo entero.
Sí, el chino está cojonudo, pero la comida japonesa ya son palabras mayores. En el mismo mercado de San Antón hay un puestecito donde el sushi no sale muy caro, está riquísimo, el lugar estupendo y te molará. La otra opción es, en la placita malasañera de San Ildefonso, el japo que hay, con menuses por diez euros y comida muy rica y un lugar también muy molón. Además, las calles colindantes te gustan todas, de modo que pasarás ahí tiempo y tiempo y tiempo de tu vida.
Porque, por ejemplo, sin salir de este barrio, en la calle Espíritu Santo hay un italiano take away que está genial, hacen una pasta y una pizza espectaculares, aunque progresivamente irás olvidando la comida italiana en pos del resto de comidas internacionales.
Vete a Lavapiés. Cualquier indio vale la pena. Prueba en un africano, a ver qué te dice la comida típica. Prueba todo Lavapiés. Te harás un favor.

Salir, beber
Malasaña es tu templo.
Para ir de bares, es tu zona. Hay mucho y muy variado, desde garitos rockeros como El Rey Lagarto (para algo eres de Jaén), o tu preferido, el Nueva Visión, aunque todo el mundo lo conoce como el Club de Fans de Los Ramones. Prepárate: es tremendo. Y eso te encanta. Hay humedad, huele mal, no está precisamente limpio, sólo hay personajes, lo amas, lo amas, lo amas. Cerveza a dos euros entre semana. Y la mejor música, eso es indiscutible. Viejos rockeros que pinchan a Aretha Franklin. AMOR.
Pero empecemos la noche. Beber barato y mucho: el Palentino, también en Malasaña. Copas a 3 euros; será veneno, pero son 3 euros. Se llena mucho, ve temprano. Abre hasta las 2. En la calle del Teatro Alfil, justo frente a la tienda de cómics más friki del mundo (te encanta). Luego, entrada la noche, casi siempre te dividirás entre cualquier bareto que investigar (el Bukowski tiene recitales todos los miércoles) y el Vía Láctea, en la calle del de los Ramones. Te encanta. Muy mucho. Te recuerda a bares de Granada. Hay pegatinas de bares de Granada, el Patapalo y el Tornado. Cuando estés listo para una sesión de moderneo, vete al Tupperware, aunque petadísimo siempre, colas en la puerta.
Fuera de Malasaña también hay vida, joder. Fotomatón cerca de Plaza España, Contraclub por la Latina, Costello en Montera. Hay, Jose, hay. Muévete.
Acabar la noche. Si quieres pagar, opta por el Barco o la Nasti. Malasaña a tope. Aguanta como un campeón, la noche puede traer descubrimientos. Aguanta, va. No hace falta que gastes demasiado, siempre te quedará la opción de comprar una cerveza en los chinos de la calle. Si no quieres pagar, vete a la Burly, que está en una paralela a Montera, aunque muy temprano o muy lleno de paciencia. Mola, abren como hasta las seis y pico, y luego tienes la opción de unos churros con chocolate en San Ginés o Valor, ambas chocolaterías bien cerquita. La Burly: buena música, buen ambiente, bien de precio. Ideal para poner colofón a la noche madrileña... y lo más importante, IT'S FREE!
Pero no todo va a ser bares y moderneo de noche, ya que durante el día hay mucho que hacer. De nuevo te mando a la Latina o a Malasaña a descubrir cafés y bares más relajados, irlandeses y cosas así... no sé, sitios como Tipos Infames o el Freeway.

30 de agosto de 2012

Chavela: el último trago

Cuando se fue, yo estaba en Lisboa. Escribí en mi cuaderno: Chavela, te vas con el último trago.



Afortunadamente, unos días antes ella había estado en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde era habitual verla tomando el fresco en el jardín o recibir a medios y amigos. Después de su último concierto, también en la Residencia, se puso mal, se agotó. La ingresaron. Tuve la oportunidad de dedicarle unas palabras con la esperanza de que fuera a mejor. Al poco de llegar a México, no pudo más. Falleció un 5 de agosto. Tengo en un cuaderno las palabras que le dediqué unas semanas antes.

GRACIAS... por la música

           por los versos
           por las noches            

           por Federico            

          por Frida
Gracias, Chavela, por la vida que nos diste cualquier día, cualquier noche, porque nos haces saber cuáles son las prioridades, a saber, el amor más hiriente, las horas más largas. Gracias por estos días y por la esperanza que devuelves al mundo con cada palabra. Mejórate pronto.


Recordar a Chavela Vargas es algo que deberíamos hacer de vez en cuando, sobre todo tener en cuenta que esta mujer fue una vez joven y nunca dejó de ser lúcida y valiente. Que cantaba cosas como ésta.

8 de agosto de 2012

sum



Durante muchos años, estuve convencido de que no llegaría a los 25. Los 23 era la edad que había marcado como máximo para sobrevivir a la enfermedad llamada vida (la enfermedad del tiempo, que nos mata poco a poco, como los Ángeles Llorones) no sé muy bien cuándo ni por qué. También me marqué otras estupideces, como que tendría un hijo, que estaría casado, que qué sé yo.
     Tengo 25 años y un montón de insensateces en la sangre y los bolsillos. De hecho, no tengo nada más en los bolsillos. Voy camino de convertirme en un viejo maniático y cascarrabias, pero está bien. Yo me lo he buscado. Hace cinco años, cuando pensaba que cumplir veinte era tan importante, escribí un texto bastante largo en el blog. Trataba de definirme y analizarme en varios párrafos. Entonces encontré varios puntos a tratar. Ahora, como digo, cinco años después, he parado a pensar largo y tendido sobre qué vale la pena hablar, si hay algo tan importante sobre lo que disertar largo y tendido. O mi vida se ha vuelto mucho más aburrida, o tengo más claras mis prioridades. Lo cierto es que, tras mucho pensarlo, hay una palabra que quema con una intensidad inusual: literatura.
            Es divertido: creo que a los 20 la contemplaba, pero más como un hobby que como una ocupación real. Ahora llega lo jodido, cuando sé que la literatura no puede ser una ocupación, cuando tendría que conformarme con un hobby, pero no puedo decir no. Ahora que he empezado a correr sin frenos, con una venda en los ojos, no puedo detenerme. Supongo que antes lo describía como una voz en la cabeza que no se callaba hasta que le daba forma. Ahora diría que es más bien una sensación incómoda de cosas pendientes.
            Sea como sea, lo importante es que si hace 5 años escribía desde casa, Bélmez, ahora lo hago desde Madrid, que entonces tenía el pelo relativamente largo y ahora vuelvo a tenerlo en menos cantidad, pero con greñas horribles. Todo vuelve. Todo es un ciclo. Veamos qué conceptos quiero tratar con la llegada del cuarto de siglo.



Amistad
Me he vuelto un cínico con los años. Recordemos cuánto quería a mis amigos, cómo eran los mejores y no podía vivir sin ellos. No mentía. Seguimos siendo amigos, buenos amigos, grandes amigos, pero prefiero hablar del camino. De los que he conocido entre tanto. Tengo suerte. Lo de convertirme en un cínico comenzó precisamente a los 20, con los primeros (o más claros) prejuicios. Me gustan los prejuicios y los disfruto, porque las primeras impresiones me han enseñado que en la mayoría de las veces no me equivoco. Sea como sea, he descubierto el perfil de gente que necesito a mi lado. Gente sin prejuicios (sí), aventurera, que comprenda que el mundo puede ser de otra forma. Gente inconformista, joder, gente no acomodada, que no se deje absorber por un sistema cómodo de seguir, un régimen antiguo que nosotros no hemos escribo. Necesito gente que necesite viajar y conocer otra gente, pero viajar de verdad, de perderse un tiempo lejos y pasar temporadas en otros países y otras culturas, de cortar con todo y reemprender la marcha. Gente dispuesta a vivir hacia rutas salvajes, vaya.
He aprendido también que conceptos como mejor amigo eran espejos de la infancia. Ahora sólo hay gente necesaria, gente que hace girar el mundo, como yo los llamo, y todos vienen de lugares distintos y probablemente nunca coincidiremos, pero es maravilloso vivir en esa especie de crisol sin orden ni expectativas.
            Aún es cierto: necesito a mis amigos más que nada, por encima de todo, aunque sea una persona solitaria. Sí, soy una persona solitaria. Insisto, no me gusta demasiado la gente, mucho menos la gente al uso. La mayoría de la gente es al uso, mal vamos.
            Y más aún, me obligo a conocer gente todos los años y coleccionar amigos, y he de tener una suerte de la hostia, porque con tanto prejuicio y tantos requisitos poca gente me llega dentro. Antes, supongo, era más fácil hacer amigos.

CINE
Muchas veces, cuando me preguntan, llego a afirmar que me gusta más el cine que la literatura. Entonces me pregunto qué hago escribiendo libros y no aprendiendo a mover la cámara, a hacer un casting, a escribir un guión en condiciones. Supongo que, llegado el momento, me centraré en algo relacionado con ese mundo maravilloso: un Máster en Guión (algún curso he hecho, pero poca cosa de momento), conocer gente, tal vez tratar de trabajar en una productora... Todo llegará, me digo.
            Porque quiero volver a emocionarme como cada vez que veo Where the Wild Things Are, que el corazón se me acelere con los encuentros de Celine y Jesse, se me haga un nudo en la garganta cada vez que escuche "Angela Undress", reír a carcajadas con cualquier invento de la factoría Apatow, arruinarme porque soy de los románticos que aún frecuentan las salas de cine. Creer que soy un niño con cualquier maravilla de animación, qué diantres, temblar de pánico con el terror de La profecía (recuerdos que envilencen a la edad), quiero enamorarme de Scarlett Johansson y Kate Winslet, de Joseph Gordon-Lewitt y Anne Hathaway, seguir colaborando en Cinempatía, darle las gracias a todos los que han hecho posible la existencia de este arte cinematográfico.
            No dejaré de escribir mis reseñas, impresiones, descubrimientos, de rendirle homenajes como hice con El Desencantador (atentos, una novelita que pronto verá la luz, estoy seguro), recorrido por el cine de mil época y cien mil escuelas para todos los curiosos. A veces sólo encuentro las respuestas en el cine: Into the Wild, Before Sunset, Away We Go, Caótica Ana, En la cama... Porque los lugares donde yo estoy ya han sido transitados por personas mejor preparadas, y no está de más abrir los ojos y aprender. Aprender del cine a vivir.

La muerte
A dos metros bajo tierra y Buffy, Cazavampiros son mis dos biblias audiovisuales para entender la vida. Para aceptar la muerte. Porque por nosotros mismos no somos capaces. Ambas series tienen, ya sea por un motivo u otro, a la muerte como protagonista. Supongo que me fascina y no me aterra. Nunca le he tenido especial miedo a la muerte, y es curioso. A la gente la muerte le provoca auténtico pavor.
Hace dos años murió mi tía Carmen, probablemente una de las personas a las que más quería. La muerte me acarició la nuca como una sábana fría y empapada. Hace ya cuatro años, sin ir más lejos, estuve entre dos tierras cuando el sonado ictus. Un poco más, más fuerza, más tiempo, menos sangre y estaría muerto. No me asusté en su momento ni más adelante; todo lo contrario, me ha hecho darme cuenta de lo bien que está esto de vivir si uno sabe como. Quiero decir con esto que en definitiva se trata de una filosofía de vida producto de mi inmadurez y aspiraciones de bohemio.
            Sea como sea, la muerte es un tema que me obsesiona. Como elemento narrativo, me parece uno de los grandes pilares sobre los que descansan mis  ficciones: una muerte siempre puede convertir un capítulo normal en algo memorable. No obstante, no he matado a nadie, pero lo he deseado. No sé si desear la muerte a alguien es algo demasiado horrible, pero juro que habría matado con mis propias manos a varias personas con las que me he cruzado, y es que el planeta y todos esos seres que lo habitan serían mucho más felices según sin quién.
            Creo que, llegado el momento, yo elegiré cómo morir, cuándo hacerlo. Creo que, dado el vacío existencial y el terror cósmico que me provoca pensar en que los seres humanos somos piezas inútiles e insignificantes en un plan superior, complicarse con nimiedades, caprichos de seres que se sienten el centro del universo, es absurdo. Así, cuando llegue el día, saltaré lejos.


amor, amor

Creo que no estoy enamorado. No, no lo estoy, no ahora. Hace cinco años lo estaba perdidamente, pero no sabía lo que era el amor y las aristas que contenía. Creía que el amor y el sexo eran cosas inseparables, ja, ja, ja. Creía que el amor de película existía, que podíamos ser tan especiales. Tan espaciales. Quería a María, no estoy seguro de habérselo dicho (digamos que sí).
            Ahora, digo, no estoy enamorado. No sé si creo en el amor, porque han pasado unos años de escepticismo indomable. ¿El amor de Aleixandre? ¿El amor de los poetas, de las películas indies? ¿El amor de Cortázar? Qué estupideces, cuándo nos vendieron la moto. No estoy enamorado, pero quiero estarlo. Tengo las cosas más claras, sé que el sexo es una cosa distinta, que a veces no basta con sentir y la cabeza tira más que los huevos, pero se pone en medio el corazón y te quedas sin aire. Sé que no hay respuestas, y es bueno haberlo descubierto como se descubren las cosas para siempre, mediante ensayo y error.
            Supongo que no he dejado en ningún momento de estar enamorado de alguien, a veces por esto o por aquello. Ya sabéis, romántico sin esperanza busca puta sucia, y aquí seguimos, a la deriva...
            He llegado a pensar que no habrá nadie, ¿sabes?, que seguiré en esta senda solitaria de penumbras y desengaños. También he descubierto cosas importantes, y al parecer tengo las cosas más claras que antes. Seremos grandes, seremos únicos, nos querremos con más ganas que nadie, nos morderemos con más fuerza, sudaremos tanto, lloraremos tanto, dejaremos tantos pechos rotos. Supongo que, llegado el momento, lograré recuperar esa inocencia.
            Hay que ser inocente para creer en el amor, pero sin confundir conceptos, sin términos absolutos. Entre tanto, al amor seguirán poniéndole banda sonora Tulsa y Zahara.

Jose en las ciudades

Con 20 recién cumplidos y mucho miedo me fui a Swansea, Gales, de viaje Erasmus. Allí fui feliz como nunca, me divertí como nunca, hice amigos como nunca. Creía que la vuelta no me permitiría ser feliz después de tanta experiencia intensa. Granada me recibió gris y sola, como si no supiera muy bien qué hacía yo de vuelta. Sin embargo, Granada acaba tratándome bien en última instancia, pero estaba escrito que debía seguir volando y visitando otros lugares donde vivir y aprender y divertirme como nunca y hacer amigos como nunca. Ese verano me fui a Francia, Bain-de-Bretagne, y pasé diez días con la familia de acogida hasta que me dio el infarto cerebral. El resto de mi tiempo en Francia no tiene mucho que destacar salvo horas de hospital y rehabilitación. Se sale adelante, lecciones vitales. No he vuelto a pisar Francia.
            Pasaron dos años hasta que volví a volar, en esta ocasión a Bristol, Inglaterra, la ciudad de Skins. Volví a conocer gente como nunca y a hacer amigos, y a beber cerveza como un descosido. Volví a Swansea; fui feliz. Volví a España el 8 de agosto casi de madrugada del 9, mi cumpleaños. Pasé la noche en un autobús a Granada. Bristol me salvó la vida y demostró que no todo estaba perdido.
            Cuando pude venir a Madrid se volvió a abrir el mundo por la gente, las calles, las tiendas, los libros, las croquetas, esa gente de paso con la que te encuentras porque siempre hay tiempo para una última cerveza... Y Madrid estaba tan lejos de Lisboa... Lisboa era una desconocida para mí como el país luso en general, y en 2012 ya he estado ahí dos veces. Me he enamorado de esa ciudad, sus miradouros y su Bairro Alto. Volveré y viviré ahí alguna vez, estoy seguro. Cada vez que vuelvo de un viaje lo hago más feliz, más inteligente y más dispuesto al mundo. Supongo que mi vida será un deambular de calles y ciudades, fotografías de rostros desconocidos y calles anónimas. Acabaré en Oceanía, junto a la playa. Desnudo y solo.

Libros
Libres. Libertad encontramos aquel día en la biblioteca, ese templo de libros a otro espacio y otro tiempo. Al fin el hombre era capaz de jugar a los demiurgos sin que nadie pudiera aplastarlo. Joder, qué feliz era con mis libros esas tardes de leer y leer y dibujar y leer. Leer de pasar horas y descubrirte en medio de una habitación extraña, de querer más a los personajes de las novelas que a tu entorno.
            Y escribir. ¿Por qué escribir? ¿Por qué no? Porque las voces, esa sensación era imposible de aniquilar. Con 20 años sólo tenía sueños y ganas de escribir, y buenas historias que aún me aportan premios y dinero y reconocimiento, pero sobre todo sueños. La traición de Wendy nació como una promesa de amor y acabó como una cruenta venganza, pero acabó. Y me pilló por sorpresa: ni siquiera era una buena novela, pero estaba llena de agallas, y a veces basta eso: agallas. Era al menos una novela honesta. Eso fue el principio del declive, porque nadie me había dicho lo difícil que es esto. Cierto, cuando has empezado a publicar da la sensación de que seguir es fácil con dejarse llevar por el impulso, pero nada más lejos. Hay que seguir supurando a todas horas y evitar volverse loco, porque los personajes e infiernos que creas te acompañan en TODO momento. Supongo que, a los 25, podría afirmar que como poeta no tengo nada que hacer, que la narrativa es mi camino. Supongo que, como siempre, volveré a los versos a veces, cuando no me quede más remedio.
            Mientras tanto, terminé El Desencantador, una novela que comenzó casi al par que La traición, aunque sin un plan establecido. Junto a ellas nacieron casi todos los días personajes y escenarios que dieron de bruces con relatos y cuentos donde tenía cabida todo. He jugado mucho, lo sé. Llegó tambié Nocte, y el panorama literario español con una guadaña y los perros sueltos, y veinte mil oportunidades malgastadas y de vez en cuando algún acierto. Y llegó el proyecto gordo, Queridos niños, a quitarme el sueño y devolverme la fe. Confío plenamente en esta novela excesiva, alambicada, oscura y 100% yo. Parece que voy dando con un estilo o voz propia como si fuera un escritor de verdad.
            Queridos niños y la Residencia de Estudiantes: los amigos, la comida, el tiempo, los viajes, las noches, la cama, la música, los libros, la ciudad, los amigos, la gente, las leyendas, los amigos, el camino, el futuro, los prejuicios, los amigos, los proyectos, las visitas, los amigos. Y en esto estamos, cerrando libros y muerto de miedo. La literatura me ha dicho sí, éste es el camino, y he decidido creérmelo todo. Escribe, Jose, escribe.


Cumplo 25 años, ¿sí? 25 años que podrían suponer mucho o poco, probablemente menos de lo deseable, más de lo esperado. No soy ningún modelo de nada, sólo un hombre con cabeza de niño y decisiones por tomar. No sé nada en el mundo salvo que, de un modo u otro, escribiré.
            No sé dónde, ni con quién, si habré follado antes de abrir el procesador de textos, si estaré borracho o fumado, si será por la tarde o de madrugada, sólo que escribiré. Y que siempre va a estar ahí la melancolía, ese trapo pegajoso de tristeza dulce y contagiosa.
            Quiero a mis padres y a mis hermanos, a mi perrilla, a mis amigos, quiero tanto a mis amigos, quiero a los escritores y a los libros, a los actores, quiero a los pilotos de avión, quiero a los músicos, a los periodistas, a los inventores, a los soñadores, a todos los creadores que han sido tomados por locos, quiero absolutamente esta vida que tengo, lo que nos queda por hacer.
            Y es que no sé por qué, pero a los veinticinco me queda sólo la incertidumbre y esta tristeza en el pecho.