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18 de septiembre de 2018

What Remains of Edith Finch


No suelo jugar a demasiados videojuegos. He tenido mi época de Play Station (fue toda una sorpresa que mi madre decidiera regalárnosla aquel verano), donde mis juegos preferidos eran Silent Hill y Resident Evil, aunque reconozco que en el que más avancé fue en Crash Bandicoot. También en el ordenador tuve a bien disfrutar de ciertas aventuras gráficas memorables como la primera y segunda parte de Broken Sword. Hace unos años encontré un simulador en alguna parte y el primer juego al menos ha envejecido de lujo. Entretenido, inteligente y muy divertido. Me lo jugué casi del tirón entero (con los años he descubierto las guías online que te sacan de intentos infinitos e infructuosos).
Total, sin ser un experto, también tengo un pasado. Por eso cuando leí la atípica recomendación de mi amiga Cristina en su blog sobre literatura Si Dumbledore fuera librero, me pudo la curiosidad. ¿Qué hacía un videojuego en un blog de libros?
What remains of Edith Finch lo tenía todo para enamorarme: un protagonista adolescente, montones de misterios y una historia bien escrita. Una historia familiar, ni más ni menos. Un espectacular caserón abandonado a los pies de un lago. Caminos de madera, un barco hundido, fotos, cuadernos, secretos, pasadizos y puertas ocultas tras cuadros y muebles.
Suena bien, ¿verdad? Me gustó de este juego, aparte de la excelente ambientación y recreación, su falta de pretensiones. Como decía, la historia es, a fin de cuentas, una historia familiar compuesta de muchas cajas chinas de las que sale música. Juntas, conforman una melodía perfectamente afinada.
No son pocos quienes proclaman que el futuro de la literatura está en el videojuego. Hace un par de años me propusieron coescribir un videojuego, A Place for the Unwilling. Mi labor ha consistido, de momento, en insuflar de vida a uno de los personajes protagonistas. Es literatura. Eso es lo que he aprendido, que en otro medio, es literatura y puede ser -y debe ser- literatura de primerísima calidad.
Hace unos años hice una tesina de máster sobre adolescencia y literatura, y cómo emplear la literatura en la enseñanza de idiomas. Si la reescribiera ahora, los videojuegos ocuparían un lugar destacado. Ya de por sí tiene la literatura una función terapéutica que la lleva a emplearse con niños y jóvenes enfermos, pues qué no se lograría con videojuegos.
A este respecto no puedo más que recordar otra aventura del medio como es That Dragon, Cancer, un videojuego durísimo desarrollado por los padres de un niño muerto de cáncer. Como ya hicieran Francisco Umbral o Sergio del Molino al tratar un tema tan sensible en su obra literaria, esta familia se propuso trasladar la experiencia que acababan de vivir a este medio de comunicación. Aquí no hay una misión, no hay un héroe o una narración lineal tradicional. Este videojuego ofrece una experiencia autobiográfica, refleja el hastío y la impotencia de las horas de hospital y el avance de la enfermedad ante el cual, como en la vida real, sólo podemos ser testigos.
En cierto sentido, sobre todo en su vertiente más sensorial, What Reminds of Edith Finch me ha recordado a dicho videojuego. Tampoco existe una narrativa que avance hacia una meta concreta más allá de conocer el árbol familiar de la protagonista, con ese sistema de cajas y muñecas rusas del que hablaba antes. Aparte de meternos en la piel de ella, el simulador nos ofrece experiencias tan estimulantes como entrar en un cómic clásico pulp o convertirnos en un tiburón, giros todos que sorprenden y expanden la experiencia más allá de los límites "físicos" de la mansión protagonista.
En definitiva, una buena historia de misterio para fans y neófitos en las lindes del videojuego, What Remains of Edith Finch, y lo demuestra su galería de premios y honores varios, saciará vuestras ganas de una buena historia.

26 de abril de 2014

3 de marzo de 2013

Weekend



El amor. Y ya. Parece fácil hacerlo cine. Nora Ephron lo hacía. Incluso un tipo duro como Clint Eastwood nos entregó la más imperecedera historia de amor en Los puentes de Madison. Pero hay otro amor, y es difícil. El amor que queda de puertas para adentro (En la cama, Habitación en Roma, 9 Songs), donde todo cobra forma de cuerpos y confesiones.

Anteponer ese amor al duro Londres Nottingham contemporáneo, esa ciudad donde los barrios están hechos de monstruos de apartamentos grises, donde las personas no coinciden, no paran, huyen de un destino de la ciudad a otro. En la urbe no cabe el amor. Y sin embargo...


Andrew Haigh nos regala esta historia de amor, su segunda película. Ya en la primera, Greek Pete, se entreveía la sensibilidad con la que trata las relaciones y a sus personajes, pero es ésta, Weekend, la verdadera revelación a la hora de plasmar en pantalla grande el amor. Se trata del amor de Russell y Glen, dos chicos londinenses que se conocen una noche de borrachera cuando la esperanza en la discoteca ya estaba perdida. Y se acuestan. Y despiertan juntos. Y hablan, hablan, y se dan los teléfonos. Y ahí comienza un fin de semana de confesiones, sexo y amor en el que ambos irán conformándose como una entidad transparente y llena de verdad.

Parece poco, ¿cierto? Dos desconocidos que se conocen y en muy poco tiempo intiman de forma enloquecedora, febrilmente romántica. El referente más claro es la trilogía de Linklater, en especial la primera parte, Before Sunrise. Luego, por la parte más sexual, las ya citadas En la cama o 9 songs. Sin embargo, aquí hay algo. Algo. Algo. Me lo creo. Te lo crees. Se lo creen. Es amor, por una vez es amor, no sólo un reflejo del amor en el celuloide. Esto, claro está, sería imposible sin el excepcional trabajo de los protagonistas. Tom Cullen y Chris New, dos actores formados en el teatro, prácticamente debutan en el cine con esta cinta arriesgada. Brilla en especial Cullen, con esa infinita capacidad de provocar vulnerabilidad y ternura, pero insisto, verdad. La falta de pudor, la total entrega de ambos actores supone un compromiso tan firme que sostienen ambos la carga de la propuesta. ¡Joder, tenían que ser británicos!

El director opta por entrar en sus vidas, en sus casas, su cama, cámara en mano, cercana, como ya es habitual en el cine de corte independiente. No obstante, donde muchas cintas resultan falsas, aquí todo el aspecto documental funciona. Sólo salimos de la intimidad de la pareja para escapar de ese microuniverso y contextualizar la frialdad de la ciudad, el mal de vivir a diario fuera del amor, sobre todo cuando se es homosexual. Ojo: no digo que sea esto un panfleto, ni mucho más, pero es inevitable que se cuele la sombra de la homofobia de una sociedad aún en proceso de depurar su tolerancia. Con esto, no es como Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) cuyo conflicto principal partía de tratarse de una relación entre dos hombres.

Weekend es una historia de amor. De cómo aparece cuando nadie lo espera, se planta entre dos cuerpos y se extiende como petróleo en el mar. Y de cómo el mar ansía que nunca se disuelva. Una lástima que hayamos tenido que esperar dos años para ver esta maravilla en España. El amor, digo. El cine.

18 de noviembre de 2012

Ruby Sparks



Hace unos años, la sensación del cine independiente fue esa pequeña joya que aún brilla como algo más que la película amable que aparentaba ser, Little Miss Sunshine. Seis años más tarde, que se dice pronto, vienen sus responsables con una nueva muestra de que aquel talento no era pasajero.  Ruby Sparks es una rara avis. De definirla, no queda más que acogerse a una de esas absurdas fórmulas: [500] days of Summer + Stranger than Fiction + Frankenstein, y corremos el riesgo de dar con una definición incompleta e injusta.

De entrada, la sequía creativa del dúo responsable queda reflejada aquí en su protagonista, Calvin, un joven escritor en crisis. Tras el éxito de su primera obra, se enfrenta al síndrome de la hoja en blanco o, peor aún, el síndrome de la segunda novela, tema que le obsesiona y angustia. La única salida a este drama la encuentra Calvin en sus sueños, donde encuentra a una joven desconocida que parece coincidir con su prototipo de chica ideal. Todo tiene sentido; por algo es el sueño producto de subconsciente. Así, decide empezar a escribir sobre ella: lo que le sucede cuando la ve en sus sueños, sus conversaciones, etc... hasta que crea un personaje complejo. Llegado este punto, la chica se hace real y aparece en su casa una mañana. Y ahí nace el conflicto de la película: chico busca chica, chico crea chica que no es consciente de haber nacido de una ficción.

Lo que pudiera ser una comedieta romántica con algún tinte oscuro se lleva a las últimas consecuencias en un guión valiente y complejo, cuya autoría recae ni más ni menos que en la actriz protagonista, Zoe Kazan, en la ficción Ruby. De la comedia romántica actual heredera de la ya citada 500 días juntos (Ruby podría estar interpretada por la pizpireta Zooey Deschanel), la cinta gira al drama oscuro de tintes metafísicos que ponen al creador y su creación en la tesitura de tomar decisiones para llevar la relación a buen puerto. Para ello, se servirán de familiares y amigos, espejos donde mirarse y única ancla en el temporal emocional y mental. ¿Hasta qué punto es lícito que un creador trate de controlar a su criatura, sobre todo cuando ésta se trata además del amor correspondido? ¿Cuál es la línea que separa el amor de la incapacidad de aceptar la negación? ¿Quién es responsable de qué en esta historia? Entre tanto, cómo no, visitas familiares, sesiones de terapia y un vistazo al arrasador mundillo editorial.


El reparto es una pieza fundamental para dar veracidad a una historia que se aleja de lo fantástico para adentrarse en aspectos metafísicos e introspectivos, labor que cumple de sobra Paul Dano, quien vuelve aquí a repetir experiencia con los directores, y carga con el peso de la función de sobras; sorprende del mismo modo la propia Kazan, a su vez nieta del enorme Elia Kazan, principalmente hacia el último tramo de la cinta, donde ambos protagonistas se entregan en cuerpo y alma en alguna que otra escena desgarradora. Por no hablar de un curioso plantel de secundarios que arrojan luz sobre otros aspectos de la trama que merecen ser tenidos en cuenta, actores de la talla de Annette Bening (American beauty) o Antonio Banderas (La piel que habito).

Así pues, nos encontramos con una película que en Sundance obtuvo muy buena recepción, que parece sencilla pero esconde una complejidad de fondo inusual para el tipo de cine del que hablamos. Sin duda, Ruby Sparks es un acierto en la ya interesante filmografía de Jonathan Dayton y Valerie Faris.

27 de septiembre de 2012

Madrid: una guía de supervivencia 2/2

Si hace dos días hablaba de lo que había aprendido de Madrid en este año como si nunca fuera a volver, ayer mismo me confirmaron que vuelvo a la capital, que tengo un trabajillo de media jornada que me permite pasar otro año ahí, de modo que en mejor momento no he podido empezar este listado ilógico y desordenado. Más aspectos que cubrir en mi vida madrileña:

COMPRAS
Ropa no vas a necesitar mucha, y lo sabes, sobre todo ahora que vas a llevar uniforme en el trabajo. Cuando quieras ropa, la opción barata es el Primark, el mismo que te salvó el pellejo durante la Erasmus, que está a un paseo pero se puede llegar en bus o metro. Si quieres algo más interesante, vete a lo genérico rollo H&M, Pull&Bear, Springfield... donde siempre puedes dar con algo bonico a buen precio. Si quieres algo distinto, bichea en las tiendas que rodean Tribunal. Entre Chueca y Malasaña estás servido de ropa guay, aunque igual el presupuesto es más ajustado.
Y Blanco también.
   Pero no pretendas engañar a nadie, porque a ti la ropa te la suda. Lo que te gustan son las tiendas de tontás, y Madrid está llena de ellas, aunque te gusta llamarlas tiendas de ideas, ese lugar donde encontrar los regalos idóneos, donde pasar horas y horas de admirar ideas y esperar a que llegue el día en que tengas dinero para adquirir artículos tan inútiles como un puzzle en blanco o un cuaderno japonés. Hablo de cadenas como Muji o Tiger, incluso Vips. La particularidad de ellas es que están llenas de objetos de uso doméstico con grandes ideas de diseño, pequeñas tonterías que lo hacen todo más bonito. Esas tiendas te encantan, ¿sabes? Si eso, también tienes las tiendas que hay en la calle del Penta o todas las de segunda mano y vintage de Malasaña, aunque el precio sube en según qué sitios.


LIBROS
Gastas más dinero en libros que en ropa o en comida. Por eso es conveniente que conozcas unas cuantas librerías de Madrid. Podemos empezar, no sé, por la última en abrir, ni más ni menos que la Central en Callao, con una tienda nueva y bonita, buen catálogo en otros idiomas, cafetería, varias plantas, un lugar agradable, aunque la sala que tienen reservada a los lectores tiene unas sillas con pinta de cualquier cosa salvo cómodas. Con todo, te gusta. Le daremos el aprobado.
Tu preferida, como la de tanta gente, es Tipos infames. Una librería cuyo lema es libros y vinos te tiene que gustar por huevos. Está en una de tus calles preferidas de Madrid, junto a San Ildefonso, donde el Burger Lab. ¿Qué tiene de especial? Los dependientes son majos, el catálogo es IMPRESIONANTE en el sentido de que es una selección finísima. Se nota que la gente que lleva la librería sabe de literatura. Lo mejor de Acantilado, Seix Barral, Anagrama, Vaso Roto, Alpha Decay, Blackie Books... de verdad, eso es lo que más te enloquece. En cuanto al espacio, cuenta con dos plantas, la de la calle, donde están el bar-librería, y la subterránea, que emplean para exposiciones y presentaciones de libros y tal. En definitiva, mola. Yo soy un ignorante en cuanto a vinos, pero para eso están, para asesorarte un poco, recomendarte y venderte la botella que tienes que regalar a ese compromiso ineludible. Tomas tu café, ojeas los libros en un sillón, charlas, eres feliz...
Un lugar de culto al libro como objeto: Panta Rhei, frente al mercado de Fuencarral, en una perpendicular con Fuencarral. En esta librería todos los libros son preciosos, físicamente preciosos, quiero decir, maravillas de edición. Libros de arte, cuadernos de viaje, plantillas de stencils, arte urbano, ilustraciones de aúpa... Evidentemente, aquí no es todo tan asequible, de modo que hay que reservarse para sorprender a visitas y hacer regalos muy especiales.
Más librerías en Madrid, por ejemplo la mítica Arrebato, en una paralela a San Vicente Ferrer, y una en Sol de las de toda la vida, que además está en la calle de una pastelería donde ponen pasteis de Belem, para que te acuerdes de Lisboa de vez en cuando. En Embajadores tienes Traficantes de Sueños, una librería con muchas iniciativas culturales, presentaciones, talleres y demás.
Tienes también, cómo no, las cadenas que tantas veces te han alegrado, sobre todo FNAC, donde lo encuentras todo. Y cómo no, Jose, las compras online con su riesgo de sablarte cuando menos te lo esperas.

24 de septiembre de 2012

Madrid: una guía de supervivencia 1/2




Soy de Jaén, en concreto de Bélmez de la Moraleda. Acabo de pasar mi primer año en Madrid, tras la catastrófica llegada a lo Paco Martínez Soria, y es que un pueblerino nunca está lo suficientemente preparado para la capital. Con lo que me gusta a mí hacer recuento y esas cosas, creo que, en vistas a un posible segundo año en Madrizzz, ha llegado el momento de hacer recuento de lo aprendido y escribir una pequeña guía para el Jose del año pasado, aquel muchacho comedido e idealista que desembarcó en la Residencia de Estudiante a golpe de corazón.
Jose, vas a pasarlo bien. Tenlo en cuenta desde este momento, amigo, y pasarlo bien en Madrid no es difícil. Sólo hay que tener ciertas nociones de:

TRANSPORTE
Hazte con una bici de segunda mano. Busca en Internet: hay gangas. Luego, para cuando tengas problemas (porque eres un inútil y un manazas y lo sabes), puedes visitar algún taller o sitios especializados. En Embajadores, por ejemplo, un poco más arriba de Tabacalera, en esa misma acera, hay un pequeño taller donde tiene pinta de hacer las cosas bien por un precio razonable. Si no, cuando pinches (que pincharás, y a  menudo), hay otro taller en Canal, en una de las placitas que hay justo debajo, entre el mismo Canal y la Castellana. El dueño es un viejo con malas pulgas, pero te venderán una cámara y una bomba.
De todos modos, si te vas a desplazar poco, anda, camina, pasea, que es bueno para la circulación. Dos paradas de metro son un paseo agradable. Tres, también; cuatro, ya va cambiando la cosa. Cuando tengas que desplazarte algo más o no sepas muy bien cómo llegar a alguna parte, pilla el metro. Es eficiente y rápido. Cuidado, cada semana sube el precio del billete sencillo. Si vives en Madrid durante un año, igual te conviene empadronarte para tener una de esas tarjetas de residentes con las que los viajes en transporte público son más económicos. Siempre que puedas, haz un simpa. Si te pillan por casualidad, pronuncia tu acento andalú y hazte el despistao, das una dirección falsa, a saber, Calle Pez 14, 3ºA derecha, y sigues como si nada.
El taxi resérvalo para altas horas de la madrugada y situaciones críticas. No es tan caro como, digamos, en Sevilla, pero tampoco es un regalo. Si puedes, comparte la carrera con alguien y partes gastos. Como ves, esto de desplazarse por los madriles es pan comido. ¿Para qué te quieres desplazar? Para tres tareas fundamentales.

COMER
Te gusta comer, pero eres pobre. Madrid está llena de posibilidades. Sin embargo, olvídate de las tapitas de Granada, eso de que te pongan un montadito con una caña. En Madrid, eso lo pagas. En Granada también, pero de forma encubierta. Las posibilidades de Madrid, a lo que íbamos.
Si te va lo castizo, barato y cutre tienes el Museo del Jamón, muy económico para ti, pobre pardillo sin nómina. Si aspiras a algo castizo y menos ideado para guiris, cualquier bar de la Latina o del centro te servirá para comer croquetas y calamares o montaditos deciliosos por un precio sensato. Pero para croquetas de quitar el sentío, vete a Casa Julio, por Malasaña, busca y encontrarás, y prueba todas las variedades y unas bravas, por dios. Y si algún día estás holgado de presupuesto, vete a Chueca al Mercado de San Antón, donde tienen unas tapas y montaditos cojonudos. Y croquetas, y comida de todas partes.
Porque para qué engañarnos, a ti lo que te gusta es la comida del mundo, y Madrid está llena. Por ejemplo, a ti la comida china nunca te volvió loco, pero los chinos verdaderos de Madrid son imposibles de rechazar, en concreto dos: el que hay en la calle Silva, por Gran Vía, Ni Hao. Chino, chino de verdad; el otro, el Rey de los Tallarines, donde tienes que probar la pasta que ellos mismos preparan y la ternera, con la mejor salsa del mundo entero.
Sí, el chino está cojonudo, pero la comida japonesa ya son palabras mayores. En el mismo mercado de San Antón hay un puestecito donde el sushi no sale muy caro, está riquísimo, el lugar estupendo y te molará. La otra opción es, en la placita malasañera de San Ildefonso, el japo que hay, con menuses por diez euros y comida muy rica y un lugar también muy molón. Además, las calles colindantes te gustan todas, de modo que pasarás ahí tiempo y tiempo y tiempo de tu vida.
Porque, por ejemplo, sin salir de este barrio, en la calle Espíritu Santo hay un italiano take away que está genial, hacen una pasta y una pizza espectaculares, aunque progresivamente irás olvidando la comida italiana en pos del resto de comidas internacionales.
Vete a Lavapiés. Cualquier indio vale la pena. Prueba en un africano, a ver qué te dice la comida típica. Prueba todo Lavapiés. Te harás un favor.

Salir, beber
Malasaña es tu templo.
Para ir de bares, es tu zona. Hay mucho y muy variado, desde garitos rockeros como El Rey Lagarto (para algo eres de Jaén), o tu preferido, el Nueva Visión, aunque todo el mundo lo conoce como el Club de Fans de Los Ramones. Prepárate: es tremendo. Y eso te encanta. Hay humedad, huele mal, no está precisamente limpio, sólo hay personajes, lo amas, lo amas, lo amas. Cerveza a dos euros entre semana. Y la mejor música, eso es indiscutible. Viejos rockeros que pinchan a Aretha Franklin. AMOR.
Pero empecemos la noche. Beber barato y mucho: el Palentino, también en Malasaña. Copas a 3 euros; será veneno, pero son 3 euros. Se llena mucho, ve temprano. Abre hasta las 2. En la calle del Teatro Alfil, justo frente a la tienda de cómics más friki del mundo (te encanta). Luego, entrada la noche, casi siempre te dividirás entre cualquier bareto que investigar (el Bukowski tiene recitales todos los miércoles) y el Vía Láctea, en la calle del de los Ramones. Te encanta. Muy mucho. Te recuerda a bares de Granada. Hay pegatinas de bares de Granada, el Patapalo y el Tornado. Cuando estés listo para una sesión de moderneo, vete al Tupperware, aunque petadísimo siempre, colas en la puerta.
Fuera de Malasaña también hay vida, joder. Fotomatón cerca de Plaza España, Contraclub por la Latina, Costello en Montera. Hay, Jose, hay. Muévete.
Acabar la noche. Si quieres pagar, opta por el Barco o la Nasti. Malasaña a tope. Aguanta como un campeón, la noche puede traer descubrimientos. Aguanta, va. No hace falta que gastes demasiado, siempre te quedará la opción de comprar una cerveza en los chinos de la calle. Si no quieres pagar, vete a la Burly, que está en una paralela a Montera, aunque muy temprano o muy lleno de paciencia. Mola, abren como hasta las seis y pico, y luego tienes la opción de unos churros con chocolate en San Ginés o Valor, ambas chocolaterías bien cerquita. La Burly: buena música, buen ambiente, bien de precio. Ideal para poner colofón a la noche madrileña... y lo más importante, IT'S FREE!
Pero no todo va a ser bares y moderneo de noche, ya que durante el día hay mucho que hacer. De nuevo te mando a la Latina o a Malasaña a descubrir cafés y bares más relajados, irlandeses y cosas así... no sé, sitios como Tipos Infames o el Freeway.

21 de agosto de 2012

Malditos dieciséis



Ese frente abierto. 
Ese agujero de cola de gusano. 
Esa crisis existencial con todas sus aristas. 
Joder, amo la adolescencia con sus granos y sus dudas, sus hormonas y sus experiencias frustradas, con sus cuerpos feos, sus malos olores, su irrefrenable ansia de vivir, su constante regresión a la intimidad más turbia. 
My so-called life, Freaks and Geeks, Skins. Series de inadaptados, ¿no? NO. Series de televisión sobre adolescentes reales, no guapísimos, no inteligentes, no con las cosas claras. Porque si algo es la adolescencia es la incertidumbre que provoca el mundo. ¿Encontraré el amor? ¿Follaré? ¿Fallaré? ¿Aprobaré Selectividad? ¿Me convertiré en lo que me quiero convertir? 
Cuando ahora, en plena búsqueda de trabajo, me preguntan por qué soy idóneo para trabajar con jóvenes, en un instituto, en un ambiente tan agraz, respondo que los entiendo, que me siento identificado, que siento la responsabilidad de poder cambiar las vidas de esas personas en formación a mejor. Ser un guía, a fin de cuentas, porque tengo la sensación de haberlo necesitado en su momento y no haberlo encontrado. Ya he contado aquí mil veces cómo mi adolescencia pasó con más pena que gloria, con demasiado silencio, demasiada tranquilidad, demasiada paz. También he contado que, en mi investigación durante la formación del Máster de Profesorado, descubrí que los límites de la adolescencia se están estirando cada vez más, superando la veintena y entrando de lleno en ella. A ello se debe el estado de bienestar, la sobreprotección y las circunstancias sociales. El hecho de que la esperanza de vida se haya postergado permite que las personas pospongan las responsabilidades que antes debían asumir con la mayoría de edad, de modo que dicho proceso de maduración tiene lugar más adelante. Por eso, creo que no me equivoco si afirmo que, en cierto modo, a los 25 aún me encuentro atrapado en ese vórtice adolescente, no ya por las circunstancias, sino por la negación a dejar atrás ese momento vital que nos perfila y determina lo que llegaremos a ser.
Putos 16.

6 de julio de 2012

Girls (just wanna have fun)


Cuando HBO empezó a apostar por grandes series, acertó prácticamente con todas sus propuestas. De un modo u otro, siempre lograba innovar o aportar algo que aún no se había hecho en televisión, o al menos no se había hecho así de bien. Más allá de Sopranos, Fishers y demás, una de las series que mayor prestigio aportó a la cadena fue Sex and the City, las aventuras y desventuras de cuatro pijas neoyorquinas que, encabezadas por Sarah Jessica Parker, se convirtieron en modelo a seguir para millones de mujeres alrededor del planeta.
         Sin embargo, y a pesar del progreso al tratar el sexo y el rol de la mujer en la sociedad moderna sin prejuicios, hay que reconocer que ha envejecido mal y ha perdido crédito con el paso de los años. La nueva comedia se aleja de la idealización y basa su efecto en el patetismo de la realidad (The office, Modern Family, Extras, Louie...), nada que ver con las cuatro treintañeras que se siguen creyendo princesas de quince años en el reino neoyorquino dominado por la apariencia. Así, Carri Bradshaw and company han dejado de ser modelo a seguir precisamente por lo que las encumbró: su mensaje nihilista y anclado en el pasado (a pesar de lo que tratan de aparentar, el mensaje que venden sigue siendo insultantemente machista,ya que el fin último de las protagonistas es encontrar al príncipe azul).
         Las mujeres, pues, necesitan nuevos referentes televisivos alejadas de la podredumbre intelectual y condicional de la comedia de HBO, y es precisamente la cadena la que ha dado con la clave con un nuevo producto capaz de dilapidar Sexo en Nueva York. Hablo de Girls, la nueva comedia de la cadena, más próxima a series como My so-called life o Freaks and Geeks que  al glamour de la Gran Manzana, y eso que las chicas de Girls también viven en NY, también son cuatro amigas y, esta vez sí, son de verdad. Lo primero que choca nada más comenzar el piloto es el realismo que invade al reparto, compuesto por actores que podrían vivir en la casa de al lado, nada que ver con los cánones de belleza impuestos por la industria. Y es que para ser gracioso no hace falta ser guapo.
         Lena Dunham es la veinteañera detrás de Girls. Ella escribe, protagoniza y dirige la serie con auténtico ingenio. No es guapa, pero es divertida: probablemente su cabeza bulla con los problemas con los que bullen las cabezas de los veinteañeros a los que nos ha tocado vivir este duro momento. Su personaje, Hannah, es una escritora de 25 años a quien sus padres le dicen en la primera escena de la serie que le cortan el grifo, que es hora de que se busque la vida, que adiós al dinero fácil. Hannah vive entonces con su mejor amiga, Marnie, que trata de lograr que su relación con su novio no se enfríe. Las otras dos grandes amigas que componen el cuarteto son Jessa, rubia, bohemia, impredecible y tremendamente sexy, y Shoshanna, inocente, romántica y declarada seguidora de Sex and the city (podría decirse incluso que su personaje es casi una parodia de Carrie and Co). ¿Qué hacen? Sobreviven, trabajan en empleos deplorables, follan -las escenas de sexo son entre patéticas e hilarantes por lo real que tienen-, se pelean, van a fiestas... hacen una vida NORMAL, no el paripé que vendía la serie madre. Son veinteañeras y, si bien no tienen claro qué van a hacer con sus vidas, procuran dictar sus futuros por sí mismas en un mundo y una ciudad que las devora. Es divertida porque cualquiera podría reconocerse en ellas, porque los tíos que aparecen en la serie no son el mero objeto de diversión y/o deseo de ellas, porque los diálogos dan más veces en el clavo de las que pretenden y porque es probablemente la mejor representación que se ha hecho de una generación maltratada como la nuestra.
         Por si fuera poco, una temporada, diez episodios de media hora cada uno. Se mueve con soltura entre la comedia y la ternura. Detrás, la producción de Judd Apatow (Freaks and Geeks, Supersalidos) y una cadena que vuelve a acertar de lleno. ¡Larga vida a Girls!

2 de julio de 2012

Moonrise Kingdom


Quedan pocos autores tan identificables como Wes Anderson en el panorama cinematográfico contemporáneo. Además, es coherente con la trayectoria que ha seguido hasta la fecha y Moonrise Kingdom, su última aportación, es buena muestra de ello.

En esta película, la estética se pone al servicio de la historia. Todo es vintage, de otra época, de otro mundo atrapado en la Nueva Inglaterra de los años sesenta. En concreto, en una isla, porque el carácter utópico del escenario se desprende en parte del carácter insular de éste. Los personajes que habitan la isla y sus normas internas sólo pueden sobrevivir dentro de los márgenes de la isla, con su escarpado paisaje y extraña galería de seres que, de otro modo, no darían lugar a las situaciones absurdas que tienen lugar.

Todo comienza cuando un pequeño scout desaparece de su campamento por la noche. Al mismo tiempo, una niña desaparece de casa y sus padres temen lo peor: un secuestro, un accidente, una muerte. Sólo tienen doce años, por Dios.

Los hombres somos egoístas y pretendemos privar a los niños del derecho a amar. Sam y Suzy se conocieron un día casi por casualidad, y se prometieron escribirse. Los niños cumplen sus promesas. Tras meses de correspondencia, confidencias y secretos, deciden huir juntos de casa y embarcarse en la aventura de sus vidas. Es probablemente esta parte de la película, la huida de los niños y su autodescubrimiento y exploración de la vida la parte fuerte de la película. Por la ternura que destila, por ellos, por lo que aprenden, porque como espectadores responsables desearíamos más que nada que se salieran con la suya y nadie diera con ellos en el corazón de la isla. Pero claro, eso sería lo fácil, y toda la isla se encuentra tras ellos: familiares, autoridades y compañeros se despliegan por toda la isla. Después, los separan. Esto no puede acabar bien.

Como es habitual en Anderson, los personajes no responden a los cánones habituales, y se mueven entre lo patético y lo excéntrico. Para componer el reparto coral, el director tira de nómina de amigos y trabaja con Bruce Willis, Edward Norton, Frances McDormand, Bill Murray, Tilda Swinton, Jason Schwartman y Harvey Keitel, además de los dos niños y descubrimientos Jared Gilman y Kara Hayward. Como es natural, destacan aquellos con un papel más pasado de rosca, como es el caso de Norton, o Schwartman, si bien el conjunto de la isla posee carisma de sobra.

El extrañamiento está presente también en las situaciones que viven los personajes, en una espiral de menos a más que deriva en un clímax desatado. El equilibrio entre la ternura de la pareja infantil y lo surrealista del entorno otorgan a la película esa categoría de rara avis que tanto gusta a los seguidores de Wes Anderson, todo esto reforzado por la música y fuerza visual de las imágenes.

Todo esto podría dar pie a una buena película, divertida a ratos, exagerada a otros, tierna en su fondo, y es en el último plano que Moonrise Kingdom alcanza la categoría de excelente película. Y eso no es decir poco, que a veces no está de más comprobar que los autores siguen en la mejor forma. Y ojito a Kara Hayward: esa mirada dará mucho que hablar.

9 de mayo de 2012

quince eme


Esperas.

Desde tu trono capital

esperas.
Vives alejado de la luz,
en otro plano.
Hombre gato,
dicen los licántropos.
Luchas en silencio
como luchan los valientes,
apuntas en tu rostro
las certeras rendiciones
a una noche
que se alarga cinco siglos.
Quieres cambiar el mundo,
sabes.
Puedes cambiar el mundo
en tu trono, solo.
Ya no somos sólo cuatro gatos:
tienes un ejército de
manos levantadas.
Quieres cambiar el mundo,
puedes cambiar mi mundo,
pero esperas.
Desde tu rostro capital,

espera.

Supongo que todo comenzó en Twitter. La llamada a la movilización como un ente extraño y silencioso, ese cáncer, ese petróleo que lo envolvía todo. El 15 de mayo, a la calle todos a gritar que estamos hartos. De derechas, de izquierdas, en el sistema, contra el sistema, sólo un grito para decir que esto no funciona. Yo, como tantos, supe que tenía que salir sin tener ni idea de si la llamada popular, ese ente extraño, misterioso, encontraría el respaldo verdadero en las calles. Quedé con varios amigos y salí. Era Granada, y éramos jóvenes. Queríamos cambiar el mundo. Encontramos más y más gente, más y más amigos que también habían respondido a la llamada silenciosa. Me llegaban mensajes de amigos en Jaén, en Málaga, en Madrid. Era algo grande, y ocurría y éramos nosotros. El amarillo vistió las calles por un día.
      Y empezó la acampada, las reuniones, los grupos de trabajo, la democracia asamblearia, la lucha del barrio. Todos nos volvimos más políticos aquel bendito 15M. Todos más conscientes y más solidarios, y pronto empezó a llover frente a esos soñadores. La derecha más rancia, es curioso, no sabía cómo actuar los primeros días. El sistema no estaba preparado para algo que para nosotros era tan evidente. Y era el 15M y era mayo del 68, y la Revolución de los Claveles y la Primavera Árabe, y España extendió su enfermedad al resto del mundo. Vivimos días intensos, de emociones fuertes, de grandes mentiras, de manipulación y revuelta, de sublevación y represión. No importaban nuestras obligaciones académicas o laborales tanto como alzar el grito o hacer el silencio, y hubo risas, hubo sueños, hubo lágrimas de emoción. La puta juventud española parecía salir de su letargo. Y mis alumnos del IES Generalife también iban a la acampada, y amigos erasmus, vecinos del pueblo, antiguos compañeros de piso. No teníamos nada en común salvo las ganas de provocar el cambio.
     Y bueno, no sé si Mayo del 68 sirvió de algo, ni mucho menos si ese quince de mayo nació el cambio, pero desde entonces se atisba que otro mundo es posible, que juntos podemos, que si no hoy, tal vez mañana, si no en Madrid, tal vez en Nueva York o en Irún, qué sé yo. Habrá un día en que los soñadores hagamos tanto ruido que los dirigentes, que el sistema zombie que nos ampara no pueda seguir negándolo.
     Un año. Ha pasado un año del vello de punta, de las propuestas de cambio, de manifestaciones y acciones. El sábado vuelve a brillar el Sol, y no estaré en Granada, pero ahí estarán mis antiguos alumnos, soñadores dispuestos a correr delante de la policía, a gritar a fuerza de romperse la garganta, y mis amigos, mis compañeros de facultad, de ciudad, de tapas, y volverá el estruendo y entonces añoraré estar ahí, pero estaré en Madrid, motor que mueve el mundo, símbolo de este movimiento, y el mundo no podrá volver a obviarlo, porque desde Sol gritaré, me manifestaré, correré, recibiré palos, lloraré si hace falta. Lo que es absurdo es permitir abusos, que nos tapen la boca con cinta americana, y es que no hay suficiente cinta americana en el mundo para tantas bocas.
     Proyectarán nuestras caras en Times Square y en Tokyo, nuestras voces se perderán a través del universo, de las estrellas, los planetas, el Tiempo. Puede que esas voces que griten este fin de semana regresen a nosotros dentro de unos años y, desde un mundo distinto, podamos ser testigos mudos de ese cambio. Claro que, para que suceda, tenemos que hacer que suceda. Este sábado, insisto, iré a Sol. Me uniré con miles de voces, con miles de cuerpos, arrastraré a amigos, permaneceré si pretenden echarnos. Espero que tú, amable desconocido, salgas a la calle donde quiera que estés, cojas una pancarta, una camiseta amarilla, unas ganas de luchar, de ser inconformista, de exigir cambio. Espero que tú, como yo, como tantos, salgas a la calle sin miedo. Juntos somos legión, no lo olvides nunca, y no hay armas en el mundo para doblegar tantos cuerpos.
     Doce eme es el nuevo quince eme. No hay excusas, sábado sabadete, la calle vacía, la escoria en sus despachos, la juventud hastiada, en paro, juventud sin apoyo, juventud sin futuro, lucha necesaria, grito infinito, uñas y dientes, calma o tempestad. Empecemos tranquilos, liémosla si nos lo ponen crudo. Que este quince eme, este doce eme, esta primavera infame sea el principio de la solución, el fin de esta mentira, la cruz de su Cristo. Que se acuerden de nosotros, por tenernos olvidados.


4 de abril de 2012

Echar de menos

A Katie, a Clark, a Lorenzo, a Joni, a Pau, a Po, a Kiki, a Julie, y a todos los que han venido para quedarse...
Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Puto Sabina, qué sabrá él. Ya lo dije en su día con Swansea, que no volvería, que dolería demasiado, que tal, que cual, y una mierda. Y un mojón. Volví pasados tres años y fue la mejor decisión de mi vida. Reconciliarme con los fantasmas, decir adiós a lugares de los que no me había despedido, saldar deudas... No encontré una taza amarilla como la que compré en su día en el Tesco, pero compré ropa en el Primark, me despisté un poco por el centro alrededor del Quadrant, regresé a Mumbles ¡en bici! ¡con Eleanor!
Pero vamos a lo importante. Cuando estaba de Erasmus, llegué a afirmar que no echaba de menos Granada, algo impensable para mí hasta ese momento, pero era verdad. Lo tenía todo ahí, todas mis necesidades cubiertas, era FELIZ. Este año, en Madrid, tampoco echo mucho de menos Granada. Es curioso, sólo echo de menos a algunas personas. Hace dos días volví a Granada de papeleos y tal. Vuelvo en dos semanas con amigos de la Residencia a pasar un finde y enseñarles la ciudad.
Esta visita ha sido triste. No triste de devastadora, pero sí de esas con un poso desolador, y no entiendo por qué. Por una parte, lo conocía todo, me sentía por primera vez en mucho tiempo por encima de la situación, dueño y señor de mis planes. Sin embargo, me iba dando cuenta de pequeños detalles que venían a significar que esa Granada ya no es mía: graffitis que ya no están, calles llenas de recuerdos, que no de mi gente, que no de mis amigos, bares y locales que ya no están, que han cerrado. Ha cerrado el Lobos, joder, que ahora se llama Hendrix y ya no está lleno de pósteres y vinilos y entradas de conciertos y citas de canciones, y ya no es oscuro sino con paredes claras y ya no es el rincón especial al que llevaba siempre a la gente a la que quería sorprender. Y es que no quedan garitos rockeros donde te pinchen algo de Nina Simone a petición, con ese fenómeno de Dj que es José Lobos, aunque el local no sea el más amplio... La música vive, eso no nos lo quita nadie.

28 de marzo de 2012

El arte de los locos

El arte de los locos no responde a la lógica ni a patrones oficiales, porque no tiene escuela. El arte de los locos nace de algo más profundo que la visión del mundo o el amor a una práctica artística, porque nace de las entrañas como necesidad. El arte de los locos se conoce como "art brut", y no es más que la expresión más sincera, al margen del establishment artístico, de disciplinas creativas: pintura, escultura, música, costura, literatura...
     A veces, tomo decisiones movido por impulsos. Supongo que es lo más cercano que me encuentro al auténtico art brut: vestir con ropa hecha trizas, ponerme una zapatilla de cada color, escribirme en el cuerpo, sentarme en medio de la calle si me canso, coleccionar cosas, recopilar cosas, crear cosas a partir de cosas. Llevo desde 2008-9 una rutina aburrida de medicación. Todos los días tomo cuatro o cinco pastillas, que, bien pensado, son 1460 pastillas al año, redondeando a la baja, que en tres años son 4380. Vamos, que me he tomado entre 4000 y 5000 pastillas desde el infarto cerebral.
     Me gustan los envoltorios de los medicamentos, con su papel y plástico plateados, hacer click en cada cápsula hasta que cae la pastilla, ir vaciando envoltorio tras envoltorio, caja tras caja, acumulándolas en los cajones y la mesa de estudio. Al principio, los tiraba enseguida, aunque a medida que transcurría el tiempo algo dentro de mí me decía que siguiera adelante con los envoltorios, que no tirara las tabletas vacías, que las guardara. Comencé a guardar algunas hasta que alguien me las tiraba. Un día, el año pasado, tuve una idea sencilla: forrar la puerta de mi habitación con las tiras plateadas vacías de pastillas, pegarlas sobre la madera con blu-tac o celo, y empecé a hacerlo. Comenzar fue fácil, pero mantener la rutina se me hizo cuesta arriba cuando se despegaban sin más y, al pegar una, tiraba tres. Me ponía de los nervios. No decidí dejarlo ningún día. Rebajé el ritmo. Al acabar el año, no llevaría ni media puerta, menuda decepción. Este año, en la Residencia, me he propuesto lo mismo: llenar la puerta por dentro de tabletas vacías de las pastillas que tomo a diario. Y eso hice, comencé a pegarlas.
     Resulta que está mi madre de visita, y en la limpieza y orden inevitables llegó a los envoltorios plateados y los cogí para empezar a pegar. Cortaba celo, lo pegaba al envoltorio y lo colocaba en la puerta, y así otro, y otro. En estas estaba cuando me da mi madre otro, preparado por ella, con el celo cortado, sólo para adherirlo a la madera. Ha sido un gesto, nada, y ella no se habrá dado cuenta, pero para mí quería decir: "Jose, eres raro, lo sabes, lo sé, pero te quiero así. Si quieres forrar la puerta con envoltorios de medicamentos, cuenta conmigo para ayudarte". Esta vez sí, espero que al final del año esté la puerta completamente plateada. Cuando lo esté, haré fotos y la obra estará completa.




16 de marzo de 2012

Chronicle: un análisis


DC no se ha atrevido a hablar nunca de los hematomas de Jonathan Kent; ni siquiera los dibujaban. Vamos a detenernos un momento en ese día en que un joven Clark Kent de trece, catorce años es pillado fumando en la granja, con el riesgo de un incendio imparable, y la murga de un padre MUY cabreado. En dos o tres líneas la cosa se puede ir de manos: "¡Déjame! ¡Tú no eres mi padre!" "Mocoso, no eres más que un desagradecido". Un bofetón de Jonathan y un empujón de Clark que lanza por los aires al hombre hasta que cae sobre un rastrillo afilado. Entonces, el joven Superman corre en dirección a su padre con el arrepentimiento y miedo o no, puede que se quede al otro lado del granero, con el odio, la impotencia, el rencor adolescente. Puede que, cuando entre en razón, sea tarde para la ambulancia. 
     Adolescentes y superpoderes. Nos han engañado tradicionalmente al ofrecernos el modelo utópico de héroe. La idea del superhombre que predican los eugenistas, el mens sana in corpore sana, la perfecta comunión entre cuerpo y alma, de modo que cualidades físicas extraordinarias se verán traducidas en valores morales irrefutables. El hombre que usa su fuerza para hacer el bien, sea víctima o verdugo, acaso para repartir justicia, acaso para redimirse. Afortunadamente, todos estos superhombres hallan su némesis, frecuentemente un ser con origen similar y actitud diametralmente opuesta en cuanto a la percepción de su extraña condición, esto es, dos caras de un mismo prisma. 
     Adolescentes y superpoderes, digo. Misfits, digo. Kick-Ass, digo. ¿Es el ejercicio pedagógico y moral de los Kent más loable que el de los progenitores de, digamos, Nathan y Kelly? Permitidme dudar. Y, al igual que la lotería no siempre toca a los pobres, los superpoderes no siempre iban a tocar a los buenos, a los correctos, a los que tienen un sentido del bien y de la justicia por encima de la media, porque el ser humano, por norma general, es bastante hijo de puta. Un poco de Hobbes, va: "El hombre es un lobo para el hombre" y toda la pesca. Volvamos a la peli. Tres adolescentes encuentran una extraña fuente de energía y deciden investigar. A esto, se tratan del marginado social, loser por excelencia, su primo, que mola un poco y que trata de hacerlo entrar en la vorágine social de la POPULARIDAD (American way of life, ese rollo) con el tercero en discordia, el negrogracioso (es indivisible) y popular. Algo muy malrollero sucede bajo tierra, con esa radiación extraña, y a poco están de convertir el largo en un corto vacío. Pero no. De entrada, siguen vivos los tres, han salido de esa gruta subterránea y están mejor que nunca. Se dedican a hacer el gamba porque desde que salieron de ese lugar tienen cualidades extraordinarias: telequinesis, antigravidez, hiperfuerza.
     Ya es habitual que los superpoderes se amolden a sus dueños en función de las carencias emocionales de estos. De este modo, Andrew, el loser, es quien mejor controla la mente, quien más poder ejerce con ella. Su primo, el guay, es a quien más le cuesta controlar sus recién adquiridas habilidades, de modo que esto hace que su cómoda situación personal, su autodefinición se tambalee un poco. Un pequeño bálsamo de agua fría. Al negrogracioso, por su parte, es a quien en principio mejor se le da volar. No necesita tener los pies en la tierra, su ascenso en la escalafón social no tiene meta. Ésta es la parte evidente y divertida. La no tan divertida surge casi por accidente. A medida que los tres nuevos amigos ponen a prueba sus poderes en una constante lucha entre control y precisión, sucede la primera mella en el caparazón. Andrew, el mosquito muerto, está a punto de cargarse a un paleto al estampar su coche contra un lado de la carretera. Aquí, la cosa se pone seria. No es lo mismo asustar a una niña con muñecos que se mueven y hablan a voluntad que enviar a un inocente al hospital por un capricho consciente o no. Es Matt, el primo guay, el primero en establecer una pauta de actuación. Es el modelo de joven sano americano, lo que desearían Obama y McCain en sus filas. Es un Clark Kent en potencia llamado a dirigir las filas de la Patrulla de Salvación de la Humanidad.
     Y sin embargo, quien nos preocupa es Andrew, porque en él está el germen del villano, y pocas veces se centra la ficción en la figura del villano en primer lugar, no sólo como un spin off o un desecho/ampliación del universo del héroe. Para lograr esto, es preciso generar un vínculo fuerte entre el villano y el espectador. Por eso la cámara a mano, no como un recurso à la Cloverfield, y por eso inciden con tanta insistencia en la importancia de la cámara para Andrew: se trata de un animal tan herido que se escuda tras el objetivo para adivinar el mundo, para entrever lo que otros viven. Nosotros, desde la butaca, tememos tanto al mundo como Andrew; desde la butaca, somos Andrew. Y Andrew es ese monstruo llamado Dane DeHaan, a quien ya descubrimos frágil y complejo en la maravillosa In treatment. Andrew no es un freak, no es un tarado, sino una criatura frágil que sufre ante nuestros ojos. Nos regala momentos de intimidad que demuestran mil recovecos, unos sensatos, otros peliagudos. No es malo, pero no puede evitar el mal, porque el mal, descubre, descubrimos, es el único escudo infranqueable. Lo que comienza como un juego se convierte en motivación de un personaje, en cómo y por qué. Y ahí es donde Andrew se vuelve fascinante, cuando se convierte en psicópata -insuperable su capacidad de autojustificarse con la teoría del superdepredador- y monstruo imparable.
     El punto de inflexión no es el accidente que provoca, su cénit en el concurso de talentos en el instituto y la fallida fiesta posterior -nada podrá cambiar quien realmente eres, parece decirnos esa escena de sexo humillante, gloriosa elipsis- o la paliza al padre; el punto de inflexión es la muerte de Steve, el negrogracioso. Andrew no es sólo un asesino, sino una auténtica amenaza a sus iguales y, por tanto, a la humanidad. Es aquí donde Matt trata de interceder, cuando Andrew lucha con una idea muy loable por la supervivencia de su madre. Andrew, el pobre y desvalido, vejado, maltratado Andrew, se va a quedar huérfano. Se nos pide una concesión en este punto: hay que creer que esta inflexión en la vida del muchacho es determinante para que ya no esté sólo loco, sino como TOTAL BITCH CRAZY, es decir, una vez empiece, será imposible pararle los pies. Bueno, o casi. Sólo es posible que muera, y así el mundo descanse tranquilo, porque el mundo no está listo para retenerlo.
     La batalla final es épica. Bien contra Mal. Dios y el ángel caído. Hay mucha destrucción y la narración también se rompe, se fragmenta en mil cámaras en todas partes, porque en 2011 todo el mundo lleva encima una o dos, cuando tres cámaras. Porque todos los puntos del planeta están a ojo de cámara. Cámaras de prensa y cámaras policiales, cámaras de los curiosos, todas son testigo de la lucha entre dos primos que no, no quieren matarse. Cada uno trata de hacer lo que considera correcto. Andrew, huir de quienes quieren detenerlo, de quienes lo juzgarán y diseccionarán, de quienes han matado a su madre, porque ellos (aunque no sea así) tienen la culpa, todo el sistema ha construido el drama sobre el que se instaura su existencia; Matt sólo trata de frenar a Andrew de la autodestrucción o la destrucción del mundo, y lo hace con argumentos y no violencia hasta que las cosas pasan de castaño oscuro. Entonces, lo atraviesa con una lanza como en esa imagen de La profecía (The omen, 1976) o como un ángel caído. 
     Hasta ahí, el análisis fundamental. Las motivaciones de los personajes, el punto de vista, algún referente. ¿Por qué es TAN buena Chronicle? Porque acierta donde todas las películas de superhéroes fallan: la honestidad y la humanidad. Porque no puedo creerme a Peter Parker si no es sediento de venganza por la muerte del tío Ben, o tratando de violar jóvenes cachondas en callejones de Nueva York. O robando perritos calientes en un puesto en Rockefeller, qué se yo. Lo que no es lógico es que maten a su abuelo (segundo padre, después de todo) y él se convierta en adalid de la justicia nocturna. Son más creíbles las historias de sus némesis el Buitre, Octopus, el Duende Verde... y el drama personal de ellos no le va a la zaga al del héroe. Visto esto, presentar en una misma cinta la divergencia entre héroe y el malo de la función desde la nada en una construcción tan sobria y perfilada es un atrevimiento. Y el cómo no le queda atrás.
¿Puede tratarse Chronicle de la primera muestra de realismo científico-fantástico de una corriente venidera? Porque la ausencia de música no diegética no es casual; aporta realismo, verosimilitud, aire documental. También es verdad que es una norma básica al articular la narración a través de una cámara de vídeo no profesional (Cannibal Holocaust, The Blair Witch Project), pero no caigamos en la errónea deducción de que Chronicle es un falso documental, porque se trata del proceso en sí, sin pulir, sin intermediarios entre la acción y la butaca. Tiene más de Redacted, esa visionaria y cruda cinta de Brian de Palma, que de REC (Balagueró y Plaza, 2007). Otro acierto es que la fuente de los poderes quede sin explicar, aunque huele a Lovecraft, y centra la atención en el proceso de descubrimiento de los chavales, en los cambios y evolución que sufren, no en el porqué de todo. El porqué se obvia desde el segundo en que ellos experimentan los poderes en pantalla por primera vez y se vuelve a desligar de la historia cuando vuelven al lugar de origen y todo ha implosionado.
     A pesar de la introversión del narrador principal (es Andrew quien se oculta tras la cámara la mayoría del tiempo), la película es espectacular. Las secuencias de vuelo, incluso las pequeñas travesuras iniciales, más aún el explosivo desenlace, están a la altura del mejor sci-fi o cine de acción. Los actores están perfectos en sus roles medianamente clichés, y el director no se intuye en absoluto. Si hay algo que reprocharle a Chronicle es, más allá de su aparente candidez, que no haya explorado la fragmentación narrativa más allá de algún momento puntual. Si obviara la inútil trama romántica de Matt y cimentara su discurso en el multiperspectivismo y diversidad de dispositivos y formatos, sería perfecta. En cualquier caso, ya está anunciada segunda parte, de modo que el brillante plano final casi blanco se queda en un to be continued...

14 de marzo de 2012

Saudade













que no os engañen, los pasteles más ricos del mundo están en Lisboa
Atardece en el Mirador de Graça.
     Hay una chica con gafas de pasta, habla en inglés con una pareja. Dice que su compañera de piso también es americana, se dan el número de teléfono. Bebe una Cocacola light y escribe en su Moleskine. Me dijo una amiga que fuera a Graça, que ahí es donde se reúnen los gafapasta de Lisboa a pasar el rato; me dijo que me pidiera algo, y observara. Me pedí algo (un Sprite, ¿te da igual Seven Up?) y observé. La luz naranja, la cara más desconocida del castillo de San Jorge, las últimas horas del día en el Alfama. Por un momento, era como estar en Granada, en el Mirador de San Nicolás, la Alhambra de fondo, nosotros tan naranjas, la ciudad tan abajo, todo tan igual. Porque el Alfama es como coger el Albaycín y Lavapiés y pasarlos por la batidora y dejar hacer a fuego lento. Porque el Alfama es el barrio que toda ciudad debería tener. Yo también escribo. Escribo poemas de desamor (¿de qué si no? ¿de quién si no?) y leo. Leo "Fabulosas narraciones por historias" de Antonio Orejudo. Es extraño leer un libro que transcurre en el lugar donde vives: el comedor donde comes, el salón donde asistes a conferencias, las habitaciones donde exprimes la experiencia. Es más extraño leerlo en Lisboa con la última luz naranja-rojiza. En Lisboa descubrí que mi voz es rojiza. Yo quería que mi voz fuera amarilla, pero no podemos escoger el color de nuestras voces. Sólo las personas especiales pueden ver el color de las voces. (Re)descubres una persona así en Lisboa, y todo adquiere color.
     Cada ciudad tiene una música, y Lisboa tiene la suya, pero no es el fado. Eso sería lo fácil. Para mí, Lisboa sonará a David Fonseca, alias el portugués, y a Nina Simone y a Ellos. A muchas más canciones que saltaban de manera aleatoria, pero ver el río con el Fonseca y su Kiss me, oh, Kiss me, y Nina Simone haciendo discursitos sobre lo mal que está el racismo, y, y, y. Lisboa en las puertas. Los lisboetas son buenos. Eso me quedo. Todos se prestan a ayudarte. Son amables, te entienden aunque sólo sepas decir obrigado en portugués.
     Y las cuestas, las escaleras sin fin, las laderas que suben y bajan, porque en Lisboa no hay líneas rectas entre dos puntos. Sí hay puntos sin parangón, sobre todo los miradouros, pero también calles perdidas con graffitis y frases y stencils, esos pequeños detalles que le dan vida a las ciudades. Yo, que tengo una enfermedad a la que no se le ha dado nombre aún, la obsesión con mirar las paredes, encuentro de repente todos los síntomas. Otros puntos son los obligatorios, la iglesia más bonita del mundo, con el cielo abierto al Cielo, la Historia condensada en un café, la falsa orilla del falso mar, el atardecer que sube como la marea inexistente.
     Porque Lisboa tiene cadencia y decadencia, no hay más que salir de noche por el Barrio alto, no hay más que ir a su rastro de la ladrona, no hay más que dejarse embobar por los ritmos de fado, por el olor a sardinas asadas, por su ingente festín de sabores. Hay en Granada un bar donde la cocinera es portuguesa. Es, con toda probabilidad, uno de los mejores de la ciudad: bacalao de mil maneras, salsas múltiples para el pollo y, cómo no, la indiscutible presencia del picante. La brasa, la salsa, el arroz. Comida que sabe a mamá. Una ciudad que me sabe a Granada, y eso, estarás conmigo, eso es MUCHO decir. Debo volver.
     Y volveremos juntos, y seremos más y seremos más grandes.

6 de marzo de 2012

30 de enero de 2012

Video: Lori Meyers -Mi realidad

No es un videoclip, de acuerdo, pero este vídeo es muy grande. Dan ganas de pasar por toda la farsa sólo por un momento así. TEMAZO de los granaínos Lori Meyers, que tienen un señor directo. A disfrutar como los protas del vídeo.

29 de diciembre de 2011

2011 (V): Cultura

Bien. Hagamos un repaso rápido de lo que ha dejado el año en materia cultural. Empecé leyendo a Hemingway con el firme propósito de leer tan sólo libros ejemplares, obras maestras, la excelencia literaria. Luego, claro está, la cosa derivó en otra historia. No obstante, puedo afirmar con toda seguridad que he leído también libros maravillosos este año.
     Para empezar, la cuarta novela de Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor, que tiene la capacidad de atar los cabos sueltos que fue arrojando el autor de Gijón en sus novelas anteriores. La historia de varios creadores abocados a ser leyendas o a la destrucción más inmunda, el mal en todas sus formas, una suerte de locura, distintas corrientes ideológicas. Metaliteratura, riesgo, intensidad y altura. permítanme afirmar que no existe en este momento en España autor más completo y complejo que Menéndez Salmón. Además, una estupenda noticia nos alegraba aún más el año a sus agradecidos lectores: Seix Barral iba a publicar también las primeras obras del autor, que pertenecían a otra editorial, para que formaran parte de  esta exclusiva colección. Se tratará probablemente La noche feroz de mi primera compra de 2012, y con toda seguridad no me acabará defraudando. Es mucha la fe que tengo puesta en este hombre.
     La otra gran novela que leí este año es obra de un autor con similitudes estilísticas bastante claras con el gijonés. Se trata de El ladrón de morfina de Mario Cuenca Sandoval. He de decir que me apasionó su prosa cuidada y delicada, casi poética en un lugar tan oscuro como una guerra. Y sus personajes, outsiders entrañables a los que queremos salvar, a quienes queremos acompañar al final, porque eso querrá decir que han llegado al final. Me ha entusiasmado, lo digo de veras.
     Otro libro con el que estaba desde principios de año sin demasiada pasión, leyendo como por inercia, era el loado en todas partes Cosas que los nietos deberían saber de Mark Everett, cantante de Eels. Además de una maravillosa música, recuerdo una suerte de memorias entrañables y divertidas, una galería de novias locas e intentos fracasados de cumplir sueños, reveses de la vida ante los cuales Everett decide agachar la cabeza y embestir. Un libro que, con el tiempo, va creciendo en el lector con su sencilla lección vital.
     También me ha fascinado el descubrimiento de otro autor, en este caso casi desconocido para el gran público, y sin embargo con un estilo tan definido, también entre la crónica, las memorias y la fábula, y es que leer la vida de Mauricio Wiesenthal supone la aventura de no saber dónde empieza la ficción y termina la biografía, porque por sus libros pasean las grandes leyendas de todas las artes, los mejores escritores, las estrellas de Hollywood, científicos, cantantes, pero también gitanos nómadas, soldados comunistas y lo menos granado de la Europa más pobre. Un autor muy a tener en cuenta.
     Eso en cuanto a literatura, porque el arte que más he disfrutado ha sido sin lugar a dudas la televisión. He recuperado "clásicos" como Las chicas Gilmore en pequeñas maratones divertidísimas o The office, y aún voy por la quinta temporada. Sin embargo, los mayores placeres viene de Reino Unido, como viene siendo costumbre: Black Mirror, emitida hace unas semanas con sólo tres episodios de los cuales dos son prácticamente perfectos; Skins con su quinta temporada y tercera generación, que nos trajo a la deliciosa Frankie y una pandilla algo desvirtuada que, sin embargo, nos ha brindado grandes momentos; Doctor Who siempre es un acierto, y este año entre el Silencio y River Phoenix la temporada ha sido de aúpa, desde un comienzo de infarto a una finale donde se cerraba una trama tan bien hilada; no me olvido, cómo hacerlo, de la serie hija, Torchwood, que en su periplo americano nos ha regalado una cuarta temporada excelente. Sólo por el hecho de devolver a Lauren Ambrose a la televisión, me tenían ganado, y si bien lo tenían crudo para superar esa genialidad que fue Children of Earth, Miracle Day ha explorado un amplio abanico de posibilidades ante un punto de partida muy, pero que muy potente. Claro que no podemos obviar ficción americana (la producción es mejor, es inevitable) como The Good Wife, cuya segunda temporada he saboreado poco a poco, o American Horror Story, el descubrimiento de este año, la serie con más ritmo que hemos visto en muchísimo tiempo. Una locura que nos ha recuperado a otro de los Fisher, la enorme Frances Conroy, o a la mejor Jessica Lange.
     No obstante, lo que me apetecía este año eran comedias, y he seguido con ellas a muerte. He descubierto la más hilarante, como no podía ser de otro modo, inglesa: Miranda. Las vidas y obras de esta cómica no muy agraciada son de lo mejor que ha parido la comedia así, en general. Luego están los estrenos americanos como 2 broke girls, para mí la revelación del año en comedia, la extraña New Girl con Zooey Deschanel en su máximo exponente y el perro verde hecho por y para Laura Dern nada más y nada menos que en HBO, Enlightened, que aunque me costó al principio, ha ido escalando. Estas son mis series de este año, así como las que veía antes. HIMYM, que se encuentra en un momento excepcional en el que explotan el drama y la narración con mayor acierto que nunca; Misfits, que va a menos en picado con un por decisión tanto de los actores como de su responsable. Un final a tiempo es una victoria. Seguro que sigo más, pero ahora no me acuerdo.
     Pero en cine hay más donde rascar. Cuando lanzo la vista atrás me acuerdo de las películas que más me han convencido este año. Sorprendentemente, hay una comedia entre ellas, La boda de mi mejor amiga, con una robaescenas de primera como es Melissa McCarthy, por quien estoy desarrollando una admiración sin parangón. Muy divertida la comedia Apatow menos Apatow (la parte de los vestidos de novia es desde ya uno de los momentos cómicos de la década). Si nos ponemos serios, habría que afirmar que la mejor película del año es El árbol de la vida por su atrevimiento formal, conceptual y narrativo. Porque no es cine ni es poesía: es vida, joder. Y eso no se había hecho, y es el puto 2011. Bien por Malick. Y la nueva de Woody Allen, tal vez demasiado evidente, demasiado fácil, pero muy, muy entrañable que hace soñar al espectador. Otro clásico que demuestra que está mejor que nunca es Polanski, que en 2011 nos trae la divertidísima y tensa Un dios salvaje. Menudo reparto, menuda dirección de actores. Luego está Melancolía, un paso atrás en la filmografía de Von Trier después del atrevimiento que supuso la fallida pero ambiciosa Anticristo. Es como si el director diera dos pasos hacia delante y uno atrás, por muy bien que estén sus actrices. Si de nombres va la cosa, el cine español tiene los suyos. Tiene por encima de todos al manchego más universal, que en esta ocasión nos trae la controvertida La piel que habito, una historia de venganza que se atreve a desglosar la narración y moldearla a su antojo para dejar atónito al espectador. El poderío visual de Almodóvar sigue siendo deslumbrante, y el compromiso de sus actores, envidiable. Una película para reivindicar. Otro director español que vuelve con acierto es Sánchez Arévalo, que se lanza por primera vez de lleno en la comedia con Primos, la película más fresca y positiva del año. Disfruté mucho, a pesar de su evidente moñez, One day, con Jim Sturges y Anne Hathaway convertidos en la química hecha carne, la pareja y el amor o el sexo; ellos salvan toda la película. Otra disfrutable, el blockbuster del año Super 8 como homenaje al cine de los ochenta que todos hemos visto y ha fundado a una generación. Para cerrar con buen sabor de boca mientras nos llega Extraterrestre, el nuevo proyecto del siempre sorprendente Vigalondo, podemos irnos con la última de Balaqueró en si cinta menos personal, Mientras duermes, con la maravillosa interpretación del talentoso Luis Tosar. Y ahora sí, para acabar, me gustaría hablar de otra joya británica que nos llegó hace unos meses con su mezcla de distopía y acronía, Never Let me Go, la historia de amor y ¿ciencia-ficción? más bonita en años gracias a unos Andrew Garfield, Keira Knightley y, sobre todo, Carey Mulligan.


TOP TEN ESCUCHAS 2011
Amy Winehouse
Nina Simone
Enrique Morente
Zahara
Damien Rice
Micah P. Hinson
Adele
Janis Joplin
Bebe
Florence + the Machine

Jota de los Planetas
     Y música. ¡Música, música, música! Al poco de empezar el año fui al concierto de L.A. , compré la entrada para Zahara en Granada y juro que se me pasó la fecha por el estrés del máster, también compré la de Adele en su único concierto en Madrid y, una vez más, no pude ir porque era imposible perder una clase del Máster, así que me quedé sin la que ha sido la revelación internacional del año, si bien ya formó parte de mi BSO erasmus con su primer disco allá en 2007. Y es que, tras la muerte de Amy Winehouse, era preciso que otra voz potente y ligeramente cascada, naturalmente British, cautivara al mundo. Por lo demás, sigo con mis obsesiones anuales como Nina Simone en el año en que me he comprado el tocadiscos con vinilos de Nina en directo, Vetusta Morla, Chet Baker, Radiohead, Amy Winehouse... vamos, un poco de todo. Hablando de Vetusta, su segundo disco, Mapas, también ha supuesto uno de los discos del año. No entraba tan fácil como el primero, la estructura de sus canciones era incluso más loca, pero con el tiempo hemos aprendido todas las enrevesadas letras como si las lleváramos tatuadas a fuego, quién sabe cuántas veces lo habremos escuchado. En mayo, en plena revuelta indignada, los vi en concierto en Granada, en la sala Copera, y corrimos como locos, gritamos como locos, saltamos como locos... recuerdo que me fui directamente del concierto a la plaza del Ayuntamiento al campamento del 15M a pasar la noche en vela. Fue una noche mágica, de modo que cuando fui a Madrid y salieron nuevas fechas de su gira no pude evitar comprar, y hace un mes aproximadamente los volví a ver y a saltar y a gritar y a cantar. Qué buenos son en directo, joder. En serio, son demasiado buenos. Por lo demás, este año ha sido algo pobre en cuanto a conciertos, pero no en cuanto a descubrimientos musicales. La pareja tóxica, el segundo disco de Zahara, por ejemplo, con nueva discográfica, es una maravilla oscura y triste, nada que ver con el tono optimista e infantil del primer disco. De entrada, en unos meses volveré a verla en Madrid. Otros discos que me han absorbido este año han sido dos de Kanye West (My Beautiful Darl Twisted Fantasy y Watch the Throne junto a Jay Z) y me he reconciliado con el flamenco, con la familia Morente y otros pequeños pasos a esa verdad que es la música de raíces. Además, he estado en muchos conciertos en la Tertulia, cómo no, para volver a ver a Elena y a Fede y a Bruno, que ahora trabaja en Madrid, en Libertad 8. La BBC se separa y los chicos emprenden carreras en solitario. Todos me encantan y les auguro mucho futuro aunque esto de la música esté cada día más difícil.
Con Noni, de Lori Meyers




     Que se lo digan si no a los músicos de Granada, que tuvieron que sacar adelante la iniciativa Granada en Off porque el ayuntamiento está haciendo la situación insostenible, y en lugar de apoyar la música en directo, con la interminable cantera musical que ha parido la ciudad de la Alhambra, se dedican a cerrar salas de conciertos y baretos donde pinchan música de ahí. Granada en off comenzó con un Festival gratuito para todo el que quisiera con un cartel de lujo (Lori Meyers, Los Planetas, Lagartija Nick, Napoleon Solo, El Puchero del Hortelano...) tras el cual leyeron un manifiesto que se puede resumir en el lema "La música es cultura, no delito", y es que recordemos que el consistorio municipal ha prohibido la música en la calle. Durante este curso han estado presentes, ya como asociación cultural en el Festival Internacional de Jóvenes Realizadores y ahora vuelven a las andadas con "Granada en on", una iniciativa para acercar la música a los colegios. Bandas granaínas dan conciertos en colegios para los chavales, todo esto gratis, claro. Lo importante es reivindicar la importancia de la música en una ciudad tan musical, y lo importante es también la magnífica experiencia de poder entrevistar a todos estos artistas y fotografiar la magia del momento con pase de prensa. Granada es mucha Granada.
     Este año, no obstante, me comprometo a asistir a más conciertos en Madrid. De momento tengo fecha para los de Zahara y Elena Bugedo. Veremos qué más.