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26 de septiembre de 2026

A qué huele Google Maps

 A los hombres grises a veces sólo nos salva soñar con otros mundos: un futuro mejor, el fin de semana a la vuelta de la esquina, las vacaciones anuales, una visita ansiada… a veces sólo nos logra salvar la nostalgia.

Llevo años (muchos, de hecho) en los que en sueños regreso a Salobreña, a aquel apartamento (4ºL) de aquella urbanización (Salobreña Beach III) donde viví casi todos los veranos de mi infancia de junio a septiembre. No vuelvo desde agosto de 2014
Y el último año, tal vez porque en la oficina están capados los accesos a todo salvo a recursos online como Google Maps, de vez en cuando recorro las calles de mi pueblo, de Londres, de Reikiavik, pero hay un hecho que sólo se produce cuando busco Salobreña y en modo Street View recorro de cabo a rabo el paseo marítimo, las urbanizaciones ancladas a la memoria de mi infancia, veo los chiringuitos, las heladerías, los kioscos de pollos asados… llego a Salobreña Beach III y la rodeo, no puedo entrar, descubro que han tapiado todas las entradas (aquel 2014 tuve que saltar un murete para entrar y hacer el recorrido habitual hasta el portal de mis amigas, llamar al portero y formular esa pregunta que siempre hacía nada más llegar: “¿Están Alicia y Lucía?”)

La cuestión es que en mi ceniza, triste oficina de Lisboa, en momentos de desesperación emocional, cuando parece que nada tiene sentido ni mi vida salida, entro en Google Maps> Salobreña (Street View) y con recorrer sus calles a través de la pantalla huelo el mar, huelo la humedad en ocasiones abrumadora, siento con nitidez el olor de esa vegetación de urbanización, el aroma a carbón y sardinas asadas de los chiringuitos, hasta el hediondo dulzor de los contenedores de basura calentados por el sol estival.

Lo huelo todo, y podría llorar, juro, y Google Maps me salva.

21 de enero de 2025

Un año después

 Un año después, despierto a regañadientes, con la intención de otro día de trabajo al que sobrevivir, apresurado. Parece que todos los días de un tiempo a esta parte son apresurados.

Y entonces pasa.

A media mañana, sin comerlo ni beberlo, al reiniciar el portátil, muere. Primero niebla, cuadros raros en la pantalla; después, negro total. Felices aniversarios, sí.

Por suerte tienes reciente el último viaje a Londres, donde has sido tan, tan feliz, donde has comprado tantos, tantos libros. Esta forma de hoarding y vicio capitalista son de las pocas cosas capaces de anestesiar el mal de los días.

Lo del portátil lo cambia todo: ahora debes comprar uno de reemplazo, a poder ser lo antes posible. Y esto te lleva a la siguiente decisión que repercutirá en tu vida, ni más ni menos que, tras un año y medio de sesiones semanales, dejar la terapia. Es la única forma que se te ocurre de poder afrontar el alto cargo económico de vivir. Salud mental, quién la necesita, sonríes, y das gracias a que aún te queda suficiente Escitalopram recetado para sobrevivir unos meses más.

¿Te acuerdas de aquel 21 de enero de 2007? De la llamada de ML, de tu primera novelita acabada con vistas a publicarse, del vuelco total y la consecución de algo. Eras joven, creías que aún era posible, estabas a punto de recibir tu primer portátil (los ciclos que se cierran con una ironía cruel), en fin, precalentcamiento para la carrera de la literatura.

Hace tiempo que me he resignado a vivir así, que sólo aspiro a estar medianamente tranquilo.

Pero siempre la literatura, porque esto es una carrera de fondo. Arranco el año leyendo libros de bibliotecas públicas, centrado en la novela de terror que ocupa mis días, y tengo otros proyectos literarios en mente que no quiero posponer demasiado. 2025 ya marca diez años sin publicar libro propio, que se dice pronto. Por eso estoy retomando el oficio, ordenando la escritura, aspirando a algo que fui hace 18 años.

...entonces me compraría una casa propia para seguir escribiendo y dictando mi vida a mi antojo...


31 de diciembre de 2023

Alba

 Palma de Mallorca, otoño de 2023


Vengo a (re)conocerte.

Hablo contigo con la única intención de descifrarte.

Observo tus ojos como si pudiera intuir en ellos el futuro que te aguarda, pero ni todo el intenso azul del mundo (tus ojos un vasto océano, un Neptuno repetido, dermis de las ballenas y los pitufos) puede desenredar los hilos que han de tejer tu vida.

Quisiera saber si, como el mío, tu color preferido será el amarillo.

Qué tipo de pelis te gustarán, si querrás hablar de libros conmigo cuando tengas ocho o nueve años.

Imagino que algún día me acompañarás en la cocina y te mostraré los secretos de las salsas y los caldos, las gachas y los gofres.

Ojalá mirarte para saber si correrás mucho, o darás hostias como panes, o saltarás alto hasta trepar como un mono por los árboles.

¿Se te darán bien los idiomas? Creo que ya te he prometido en alguna carta una escapada a Londres, y si se presta te enseñaré a cantar un fado portugués.

Tal vez pases de todo esto, y está bien. Las expectativas de los demás pueden hacerte más bien que mal.

Me pregunto, Alba, cuántas veces te romperán el corazón.

Si serás torpe como el tito Jose y tras cada tropiezo te levantarás con la dignidad que te quede.

¿Cuál será el primer recuerdo que logres salvaguardar? Dudo mucho que recuerdes este vaivén de visitas, de atenciones, de llamadas tras tu nacimiento. Yo siempre recordaré aquella vez que me chocaste aún en la barriga de tu madre.

Serás feliz, pequeña Alba, y habrá días que te sentirás desdichada. "No estarás sola", prometo cantarte pronto esa canción.

Vas a flipar cuando veas Parque Jurásico, pero vas a flipar más cuando veas Dogville.

Reirás como loca, y tendrás frío y tendrás sueño, dudarás de las intenciones de alguna gente, confiarás con toda fe en otra. Harás amigas, tendrás mascotas (tranquila, llegará), te podrás disfrazar de dinosaurio o de astronauta. Pasarás por las vidas de las personas cambiándolas, conocerás otras culturas, tendrás prejuicios, tendrás dudas, tendrás ilusión por algo que te mueva, dibujarás y resolverás ecuaciones. Te cortarás el pelo y te lo dejarás crecer, te teñirás, te harás rastas o un look pixie total. Creerás en Dios, perderás la fe en Dios. Comerás macarrones y arroz cuando la economía apriete. La vida es el pack completo.

O no.

La vida dirá, y dirá pronto, porque tú vas embalada y quienes te resguardamos lo hacemos desde el vértigo por verte crecer.

Hace algo más de diez años trabajé en una escuela infantil, y lo que más me marcó fue aprender que desde bebés, seguramente desde que nacemos, ya tenemos una personalidad marcada.

Alba, te miro a los ojos, te hablo, te cojo en brazos y es como si te deshicieras cual azucarillo. Ahora mismo eres imposible para mí: un misterio indescifrable.



7 de noviembre de 2023

Por mis diez años en Lisboa

 


Quien me conozca sabrá de la revolución vital que supuso para mí noviembre de 2013: todo un comienzo desde cero que me gusta recordar, para bien o para mal, cada año. Así, en 2016 y en 2022 escribí sendos textos que resumen mi experiencia lisboeta hasta la fecha. Por vez primera los releo este 2023 con la distancia que pone el tiempo y la mirada limpia y me resulta curioso analizarlos lado a lado, con los matices que dan los años que los separan y la propia experiencia vital, más amarga cada día. Mis primeros años en Lisboa lo veía todo con cierta bohemia, hasta un punto de exotismo; lo idealicé un poco porque la vida, hasta cierto punto, se podía idealizar. Luego llegó esa vida, un trabajo, una vida familiar, una rutina que me arrollaron y me convirtieron en otra persona. Más amargo, sí, más político, pero creo que en el fondo, sea por la literatura o la creatividad, mantuve cierto romanticismo. Paso a compartir ambas reflexiones, e insisto: 10 años después, he sobrevivido. 



2016

ANIVERSÁRIOS
Hoy, hace justo hoy 3 años, me planté en Lisboa con una maleta llena de monstruos y la necesidad física de desaparecer en una ciudad nueva, limpia de recuerdos y rostros conocidos. Nada más llegar se quedó muerto el taxi de camino a casa y tuve que luchar con los adoquines, malditos benditos adoquines lusos, para desplazar apenas unos metros la maleta reventada y la bolsa de viaje hasta los topes. Llegué a la casa más extraña donde he vivido con un nudo en el estómago y dos años de Madrid desbordándoseme por los ojos, pero nadie abría. Ya dentro, mi ordenador se negaba a conectarse a Internet y borré whatsapp del móvil y me sumí en una especie de catatonia que me duró un fin de semana. No sabía decir nada, el portugués me sumió en un silencio de siglos que me hizo taciturno y tímido, más frágil de lo que me gustaría admitir. Miro atrás y no reconozco al joven soñador que logró dejarlo todo para lanzarse a la nada, porque es otro.
Aún se me hace raro reconocer que ya he vivido más en Lisboa que en Madrid, como se me hace imposible adivinar el futuro a la vuelta de la esquina. Lisboa no sé qué hizo por mí ni qué he hecho yo por ella, pero si hay algo imposible de imaginar para este triste juntaletras es la vida sin siete colinas, sin un amago de mar que se queda en río, sin los malditos benditos adoquines, las bicas y los pastéis, sin el pérfido Diogo Alves y Belém y Sintra a tiro de piedra, sin Adília y Filipa, sin el fado y las marchas, la vida sin pão de Deus, sin las plazas, los kioscos del café, el Bairro Alto y Alfama, los miradouros, la luz, JODER LA LUZ, sin las decenas de amigos que han venido a visitarme, sin el árbol mágico de Principe Real o el descaro hisptérico de LX Factory, sin toda tu precariedad y la mugre en las calles, sin Gulbenkian y Monsanto de fondo, sin el acueducto y las Amoreiras, Lisboa sin terremotos ni turistas, la vida sin polvo à lagareiro o sardinhas.
Y me vais a permitir que me ponga tonto, pero hay otra Lisboa sobre la que aún no puedo escribir, la que me obligó a traer a Truman en una bolsa, la de tanto, tanto llanto, la de (des)encuentros terminales y gente inesperada, la Lisboa que está bajo la piel, o en las costillas, o en cualquier otro lugar común melodramático, la Lisboa donde he sido (o no) feliz, donde no cabe otro libro en los estantes, donde no-pertenecer, pero ser parte, queda otra Lisboa a la que nada de lo que yo diga haría justicia, porque la vida tiene de maravillosa lo que tiene de injusta, y no sé si soy más de Pessoa o Saramago, pero he aprendido que los portugueses son más de Camões, por eso prefiero no nombrar esa Lisboa y dejarla callar.
O que hable, para el caso, Adília Lopes:
Cidade branca
semeada
de pedras
Cidade azul
semeada
de céu
Cidade negra
como um beco
Cidade desabitada
como um armazém
Cidade lilás
semeada
de jacarandás
Cidade dourada
semeada
de igrejas
Cidade prateada
semeada
de Tejo
Cidade que se degrada
cidade que acaba



2022
Hoy, justo hoy, hace 9 años llegué a Lisboa roto y perdido, lleno de sueños y con un libro revoloteando en la cabeza.
Llegué a mediodía y esa misma tarde ya aproveché para mi primera exploración como residente del centro histórico. Vivía en la parte más baja de una colina e ir al centro suponía siempre una tortura (y un aliciente para mis glúteos). A veces, esos primeros días rondaba el Bairro Alto y tomaba algo aquí y allí. Ahora no salgo de casa, el Bairro Alto me queda lejos y salir parece una quimera.
Me sorprendían los comercios antiguos frente a cuyos escaparates me detenía, soñador, antes de que el turismo y la gentrificación transformaran barrios enteros en parques de atracciones para expats y otras mierdas que pare el capitalismo más salvaje.
Pagaba algo así como 215 euros por una habitación en una semiplanta, suelo de madera, donde vivía con extraños en extrañas circunstancias. Persistí, aún era duro y era valiente. Hoy observo alrededor y contemplo las estanterías llenas de libros, las plantas y regalos de amigos que han ido conformando un hogar en mi barrio, Campolide, otrora local de andanzas del pérfido Diogo Alves.
Me creía bohemio y algo maldito por vivir en la decadente Lisboa; ahora estoy maldito, aún hay días en que me prometo salir y contemplar a la ciudad como se contempla a un desconocido: con intriga, con deseo, con cierta suspicacia, y sigo siendo aquel joven bohemio y maldito al que Lisboa le ofrece una magia antigua.
Creo que la única palabra que chapurreaba aquel 8 de noviembre de 2013 era "obrigado". Ahora sé bromear, sé insultar, sé hacer terapia y desear en esta lengua que me suena preciosa a pesar de las medias palabras que se quedan por salir y los fonemas tramposos que se gastan en Portugal. Amo los sonidos de una lengua como jamás podría amar un país.
Hay mucho que desconozco del día a día de esta ciudad y Portugal; mi despiste me previene de perder el tiempo en las banalidades que comparte la gente que vive en mi calle, en mi barrio, mi ciudad, pero afilo mi conciencia social y política sin medias tintas (fascismo nunca mais SEMPRE).
Llegué a Lisboa solo, si acaso con un puñado de fantasmas que tardaron en desaparecer, al poco traje a Truman, hice familia (la familia elegida, los cuidados cercanos), amigos, no tantos, pocos, apenas, soy un misántropo, maldito sea, me digo a mí mismo, porque llegué solo a Lisboa, me digo. Uno, a pesar de todo, siempre está solo.
He recibido con los brazos abiertos y el corazón expectante a amigos y familia, y más amigos y más visitas, y a conocidos, amigos de amigos, porque siempre hay alguien que viene a Lisboa, y no hay forma más pura de estar agradecido que sentarme en una tasca tras un día de zascandilear por las colinas de Lisboa y compartir una bifana o in pastel de nata.
Nueve años después, escribo una novela, (otra) que me salve la vida, y esa novela es Lisboa y soy yo y la vida que quise y la vida que detesto, todo en un libro que habrá de llegar (espero) a desbordarlo todo, y en esas páginas habitan toda la precariedad, la contradicción de quien decidió dejarlo todo para empezar de cero, la sangre yerma, las mil posibilidades que ofrece Lisboa, su comida plato a plato, su parte conocida (el fado, los azulejos, los miradores) y el revés oculto (las ratas por las calles, las aceras levantadas, los barrios que nos obligamos a no mirar), habitan en ella el sueño europeo devorado por un call center gigantesco, los affairs secretos que ofrecen las capitales, las películas, las despedidas, la no pertenencia, el café, Pessoa, los jardines y parques, los sindicatos, la soledad y el frío en interiores, el bacalao, la Web Summit, el humo del tabaco en todos los locales, la extrañeza del lenguaje, un Jose de veintiséis años, el Gran Terremoto que nunca se detiene.
Felicidades, Lisboa, hemos sobrevivido.

5 de enero de 2023

Carta a los Reyes Magos


 A sus Majestades los Reyes Magos de Oriente


Queridos Reyes Magos:

Hace mucho que no os escribo.

De hecho, recuerdo haberos escrito pocas cartas. Sí recuerdo con ilusión (h)ojear los catálogos de juguetes de las cadenas de supermercadod y del Toys R Us, esa sensación tan navideña en alguna visita a la familia en Granada. Pero de escribiros cartas pidiendo regalos no guardo recuerdo.

Supongo, no obstante, que deseé muchas cosas. Cada año anhelaba la llegada de los regalos venidos de Barcelona que enviaban mis tíos y que anticipaban toda la Navidad. Tampoco éramos en casa muy dados a seguiros en la cabalgata del Día de Reyes, si acaso a colocar los zapatos de la familia todos juntos y aguardar más por el misterio que por la promesa de un deseo cumplido.

Este año decido escribiros porque me empuja la vida a un pozo que creía superado, el de la ansiedad. Llevo ya más de diez días en un estado permanente de ansiedad que no logro descifrar.

Pero puestos a pedir, este año os pido:

-Más tiempo (menos trabajo, menos chorradas)

-Más salud (menos ansiedad, menos kilos)

-Viajes, que llevo ya años sin viajar apenas

-Planes, que estoy muy cómodo

-Oportunidades laborales

-Una mudanza a una casa que pueda llamar hogar

De lo material me vendría bien que subieran los sueldos en Portugal y que mi empresa pagara más, no soy tampoco muy materialista, pero aspiro a una vida tranquila. Eso es algo más que he aprendido con los años, algo que seguramente no sospechaba cuando manoseaba aquellos catálogos de juguetes. El dinero no da la felicidad, pero compra la tranquilidad.

Con esto me despido, majestades. Mis afectuosos saludos,


Jose

22 de enero de 2022

Un año después

 Por vez primera, llego tarde a mi cita.

Ha muerto Elza Soares. Despierto de fin de semana, tarde y lento, con la promesa de dos días llenos de actividades y planes, pobres en dinero. Ayer tuvimos cena en casa, perro incluido. Ahora pierdo la mañana con Truman a mi lado, metidos en la cama hasta pasadas las dos de la tarde.

Escribo estas líneas en otra casa, una aún en proceso de conquista, en cambio constante. Un año después, la vida es prácticamente igual, una prolongación de un mundo a medias. Un año después, prácticamente vivo autoconfinado.

Arrancó enero lleno de buenos propósitos, del miedo a los 35 a la vuelta de la esquina, pero propósitos más firmes que los del año pasado. Gracias al medio por empujarme al precipicio del cambio.

Tampoco estoy escribiendo mucho, no saco tiempo, no me organizo, el mal de siempre. Espero, no obstante, darle forma a los proyectos que tengo, buscarles una salida, mejorar la vida en la que me encuentro atrapado.

La idea era ir en un par de semanas a Londres, donde no voy desde justo antes de la pandemia. Ojalá poder volver un fin de semana largo, aunque quizás sea lo mejor tal y como voy de pasta. Estoy considerando varias ofertas de empleo para salir del atolladero. Creo que ha llegado el momento de dejar atrás la comodidad y arriesgar un poco, aunque sea atrevido tal y como están mis días.

No quiero hablar de planes firmes para este año más que cumplir 35 con dignidad, y esto queda absoluta y absurdamente entre mis manos.




3 de marzo de 2013

Weekend



El amor. Y ya. Parece fácil hacerlo cine. Nora Ephron lo hacía. Incluso un tipo duro como Clint Eastwood nos entregó la más imperecedera historia de amor en Los puentes de Madison. Pero hay otro amor, y es difícil. El amor que queda de puertas para adentro (En la cama, Habitación en Roma, 9 Songs), donde todo cobra forma de cuerpos y confesiones.

Anteponer ese amor al duro Londres Nottingham contemporáneo, esa ciudad donde los barrios están hechos de monstruos de apartamentos grises, donde las personas no coinciden, no paran, huyen de un destino de la ciudad a otro. En la urbe no cabe el amor. Y sin embargo...


Andrew Haigh nos regala esta historia de amor, su segunda película. Ya en la primera, Greek Pete, se entreveía la sensibilidad con la que trata las relaciones y a sus personajes, pero es ésta, Weekend, la verdadera revelación a la hora de plasmar en pantalla grande el amor. Se trata del amor de Russell y Glen, dos chicos londinenses que se conocen una noche de borrachera cuando la esperanza en la discoteca ya estaba perdida. Y se acuestan. Y despiertan juntos. Y hablan, hablan, y se dan los teléfonos. Y ahí comienza un fin de semana de confesiones, sexo y amor en el que ambos irán conformándose como una entidad transparente y llena de verdad.

Parece poco, ¿cierto? Dos desconocidos que se conocen y en muy poco tiempo intiman de forma enloquecedora, febrilmente romántica. El referente más claro es la trilogía de Linklater, en especial la primera parte, Before Sunrise. Luego, por la parte más sexual, las ya citadas En la cama o 9 songs. Sin embargo, aquí hay algo. Algo. Algo. Me lo creo. Te lo crees. Se lo creen. Es amor, por una vez es amor, no sólo un reflejo del amor en el celuloide. Esto, claro está, sería imposible sin el excepcional trabajo de los protagonistas. Tom Cullen y Chris New, dos actores formados en el teatro, prácticamente debutan en el cine con esta cinta arriesgada. Brilla en especial Cullen, con esa infinita capacidad de provocar vulnerabilidad y ternura, pero insisto, verdad. La falta de pudor, la total entrega de ambos actores supone un compromiso tan firme que sostienen ambos la carga de la propuesta. ¡Joder, tenían que ser británicos!

El director opta por entrar en sus vidas, en sus casas, su cama, cámara en mano, cercana, como ya es habitual en el cine de corte independiente. No obstante, donde muchas cintas resultan falsas, aquí todo el aspecto documental funciona. Sólo salimos de la intimidad de la pareja para escapar de ese microuniverso y contextualizar la frialdad de la ciudad, el mal de vivir a diario fuera del amor, sobre todo cuando se es homosexual. Ojo: no digo que sea esto un panfleto, ni mucho más, pero es inevitable que se cuele la sombra de la homofobia de una sociedad aún en proceso de depurar su tolerancia. Con esto, no es como Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) cuyo conflicto principal partía de tratarse de una relación entre dos hombres.

Weekend es una historia de amor. De cómo aparece cuando nadie lo espera, se planta entre dos cuerpos y se extiende como petróleo en el mar. Y de cómo el mar ansía que nunca se disuelva. Una lástima que hayamos tenido que esperar dos años para ver esta maravilla en España. El amor, digo. El cine.

19 de octubre de 2012

¿Crisis? ¿Qué crisis?


No sé si los lectores del blog seréis personas optimistas o pesimistas, supongo que habrá un poco de todo. El caso es que yo soy bastante negativo, todo me afecta demasiado, desde los pequeños cambios en mi día a día hasta la última alineación planetaria. En estos momentos, embarcado en una nueva vida en Madrid que poco tiene que ver con mi vida en la capital hará un par de meses, me cuesta. Me cuesta acostumbrarme a un horario real, a la responsabilidad, ese titilar constante de algo ahí dentro que te recuerda que tienes algo pendiente. La responsabilidad de volver a compartir piso, de vivir en un barrio desconocido, la responsabilidad del ajuste presupuestario. En definitiva, la carencia de libertad. Compaginar dos, tres, cuatro cosas para vivir en Madrid valiéndote por ti mismo. Llegar a casa baldado, cierto, y darte cuenta de que no te salen las palabras.
En estas me encontraba hace dos días, a esto de arrojar la toalla sobre la arena sucia, cuando, camino del curro a casa, se me empezó a ocurrir una idea literaria, una de esas pequeñas luciérnagas que llevan varias noches, varias semanas, a saber, varios meses alumbrando tus noches, una nueva novela. Fue llegar a casa y tener que ponerme a escribir. Creo que escribí poco más de media página y lo dejé; así de cansado estaba. Es de locos este ritmo, lo sé. Tengo por ahí pendiente Queridos niños, Los siete eternos, A road nouvelle y algún proyecto de libro de relatos. Ahora, por si fuera poco, me nace esta novelita de la nada. Una novelita muy sencilla, por no decir, simple, infantil o juvenil,con aspiraciones de saga, que puede ser el remedio a la locura en este momento de incertidumbre.
Mientras, como si la novelita viniera acompañada de buenas vibraciones, me llaman para una entrevista de trabajo en una academia el martes que viene. Tocaré madera. Y escribiré sin pensar mucho, por pura diversión, hasta que se agote la maldita crisis.

27 de septiembre de 2012

Madrid: una guía de supervivencia 2/2

Si hace dos días hablaba de lo que había aprendido de Madrid en este año como si nunca fuera a volver, ayer mismo me confirmaron que vuelvo a la capital, que tengo un trabajillo de media jornada que me permite pasar otro año ahí, de modo que en mejor momento no he podido empezar este listado ilógico y desordenado. Más aspectos que cubrir en mi vida madrileña:

COMPRAS
Ropa no vas a necesitar mucha, y lo sabes, sobre todo ahora que vas a llevar uniforme en el trabajo. Cuando quieras ropa, la opción barata es el Primark, el mismo que te salvó el pellejo durante la Erasmus, que está a un paseo pero se puede llegar en bus o metro. Si quieres algo más interesante, vete a lo genérico rollo H&M, Pull&Bear, Springfield... donde siempre puedes dar con algo bonico a buen precio. Si quieres algo distinto, bichea en las tiendas que rodean Tribunal. Entre Chueca y Malasaña estás servido de ropa guay, aunque igual el presupuesto es más ajustado.
Y Blanco también.
   Pero no pretendas engañar a nadie, porque a ti la ropa te la suda. Lo que te gustan son las tiendas de tontás, y Madrid está llena de ellas, aunque te gusta llamarlas tiendas de ideas, ese lugar donde encontrar los regalos idóneos, donde pasar horas y horas de admirar ideas y esperar a que llegue el día en que tengas dinero para adquirir artículos tan inútiles como un puzzle en blanco o un cuaderno japonés. Hablo de cadenas como Muji o Tiger, incluso Vips. La particularidad de ellas es que están llenas de objetos de uso doméstico con grandes ideas de diseño, pequeñas tonterías que lo hacen todo más bonito. Esas tiendas te encantan, ¿sabes? Si eso, también tienes las tiendas que hay en la calle del Penta o todas las de segunda mano y vintage de Malasaña, aunque el precio sube en según qué sitios.


LIBROS
Gastas más dinero en libros que en ropa o en comida. Por eso es conveniente que conozcas unas cuantas librerías de Madrid. Podemos empezar, no sé, por la última en abrir, ni más ni menos que la Central en Callao, con una tienda nueva y bonita, buen catálogo en otros idiomas, cafetería, varias plantas, un lugar agradable, aunque la sala que tienen reservada a los lectores tiene unas sillas con pinta de cualquier cosa salvo cómodas. Con todo, te gusta. Le daremos el aprobado.
Tu preferida, como la de tanta gente, es Tipos infames. Una librería cuyo lema es libros y vinos te tiene que gustar por huevos. Está en una de tus calles preferidas de Madrid, junto a San Ildefonso, donde el Burger Lab. ¿Qué tiene de especial? Los dependientes son majos, el catálogo es IMPRESIONANTE en el sentido de que es una selección finísima. Se nota que la gente que lleva la librería sabe de literatura. Lo mejor de Acantilado, Seix Barral, Anagrama, Vaso Roto, Alpha Decay, Blackie Books... de verdad, eso es lo que más te enloquece. En cuanto al espacio, cuenta con dos plantas, la de la calle, donde están el bar-librería, y la subterránea, que emplean para exposiciones y presentaciones de libros y tal. En definitiva, mola. Yo soy un ignorante en cuanto a vinos, pero para eso están, para asesorarte un poco, recomendarte y venderte la botella que tienes que regalar a ese compromiso ineludible. Tomas tu café, ojeas los libros en un sillón, charlas, eres feliz...
Un lugar de culto al libro como objeto: Panta Rhei, frente al mercado de Fuencarral, en una perpendicular con Fuencarral. En esta librería todos los libros son preciosos, físicamente preciosos, quiero decir, maravillas de edición. Libros de arte, cuadernos de viaje, plantillas de stencils, arte urbano, ilustraciones de aúpa... Evidentemente, aquí no es todo tan asequible, de modo que hay que reservarse para sorprender a visitas y hacer regalos muy especiales.
Más librerías en Madrid, por ejemplo la mítica Arrebato, en una paralela a San Vicente Ferrer, y una en Sol de las de toda la vida, que además está en la calle de una pastelería donde ponen pasteis de Belem, para que te acuerdes de Lisboa de vez en cuando. En Embajadores tienes Traficantes de Sueños, una librería con muchas iniciativas culturales, presentaciones, talleres y demás.
Tienes también, cómo no, las cadenas que tantas veces te han alegrado, sobre todo FNAC, donde lo encuentras todo. Y cómo no, Jose, las compras online con su riesgo de sablarte cuando menos te lo esperas.

24 de septiembre de 2012

Madrid: una guía de supervivencia 1/2




Soy de Jaén, en concreto de Bélmez de la Moraleda. Acabo de pasar mi primer año en Madrid, tras la catastrófica llegada a lo Paco Martínez Soria, y es que un pueblerino nunca está lo suficientemente preparado para la capital. Con lo que me gusta a mí hacer recuento y esas cosas, creo que, en vistas a un posible segundo año en Madrizzz, ha llegado el momento de hacer recuento de lo aprendido y escribir una pequeña guía para el Jose del año pasado, aquel muchacho comedido e idealista que desembarcó en la Residencia de Estudiante a golpe de corazón.
Jose, vas a pasarlo bien. Tenlo en cuenta desde este momento, amigo, y pasarlo bien en Madrid no es difícil. Sólo hay que tener ciertas nociones de:

TRANSPORTE
Hazte con una bici de segunda mano. Busca en Internet: hay gangas. Luego, para cuando tengas problemas (porque eres un inútil y un manazas y lo sabes), puedes visitar algún taller o sitios especializados. En Embajadores, por ejemplo, un poco más arriba de Tabacalera, en esa misma acera, hay un pequeño taller donde tiene pinta de hacer las cosas bien por un precio razonable. Si no, cuando pinches (que pincharás, y a  menudo), hay otro taller en Canal, en una de las placitas que hay justo debajo, entre el mismo Canal y la Castellana. El dueño es un viejo con malas pulgas, pero te venderán una cámara y una bomba.
De todos modos, si te vas a desplazar poco, anda, camina, pasea, que es bueno para la circulación. Dos paradas de metro son un paseo agradable. Tres, también; cuatro, ya va cambiando la cosa. Cuando tengas que desplazarte algo más o no sepas muy bien cómo llegar a alguna parte, pilla el metro. Es eficiente y rápido. Cuidado, cada semana sube el precio del billete sencillo. Si vives en Madrid durante un año, igual te conviene empadronarte para tener una de esas tarjetas de residentes con las que los viajes en transporte público son más económicos. Siempre que puedas, haz un simpa. Si te pillan por casualidad, pronuncia tu acento andalú y hazte el despistao, das una dirección falsa, a saber, Calle Pez 14, 3ºA derecha, y sigues como si nada.
El taxi resérvalo para altas horas de la madrugada y situaciones críticas. No es tan caro como, digamos, en Sevilla, pero tampoco es un regalo. Si puedes, comparte la carrera con alguien y partes gastos. Como ves, esto de desplazarse por los madriles es pan comido. ¿Para qué te quieres desplazar? Para tres tareas fundamentales.

COMER
Te gusta comer, pero eres pobre. Madrid está llena de posibilidades. Sin embargo, olvídate de las tapitas de Granada, eso de que te pongan un montadito con una caña. En Madrid, eso lo pagas. En Granada también, pero de forma encubierta. Las posibilidades de Madrid, a lo que íbamos.
Si te va lo castizo, barato y cutre tienes el Museo del Jamón, muy económico para ti, pobre pardillo sin nómina. Si aspiras a algo castizo y menos ideado para guiris, cualquier bar de la Latina o del centro te servirá para comer croquetas y calamares o montaditos deciliosos por un precio sensato. Pero para croquetas de quitar el sentío, vete a Casa Julio, por Malasaña, busca y encontrarás, y prueba todas las variedades y unas bravas, por dios. Y si algún día estás holgado de presupuesto, vete a Chueca al Mercado de San Antón, donde tienen unas tapas y montaditos cojonudos. Y croquetas, y comida de todas partes.
Porque para qué engañarnos, a ti lo que te gusta es la comida del mundo, y Madrid está llena. Por ejemplo, a ti la comida china nunca te volvió loco, pero los chinos verdaderos de Madrid son imposibles de rechazar, en concreto dos: el que hay en la calle Silva, por Gran Vía, Ni Hao. Chino, chino de verdad; el otro, el Rey de los Tallarines, donde tienes que probar la pasta que ellos mismos preparan y la ternera, con la mejor salsa del mundo entero.
Sí, el chino está cojonudo, pero la comida japonesa ya son palabras mayores. En el mismo mercado de San Antón hay un puestecito donde el sushi no sale muy caro, está riquísimo, el lugar estupendo y te molará. La otra opción es, en la placita malasañera de San Ildefonso, el japo que hay, con menuses por diez euros y comida muy rica y un lugar también muy molón. Además, las calles colindantes te gustan todas, de modo que pasarás ahí tiempo y tiempo y tiempo de tu vida.
Porque, por ejemplo, sin salir de este barrio, en la calle Espíritu Santo hay un italiano take away que está genial, hacen una pasta y una pizza espectaculares, aunque progresivamente irás olvidando la comida italiana en pos del resto de comidas internacionales.
Vete a Lavapiés. Cualquier indio vale la pena. Prueba en un africano, a ver qué te dice la comida típica. Prueba todo Lavapiés. Te harás un favor.

Salir, beber
Malasaña es tu templo.
Para ir de bares, es tu zona. Hay mucho y muy variado, desde garitos rockeros como El Rey Lagarto (para algo eres de Jaén), o tu preferido, el Nueva Visión, aunque todo el mundo lo conoce como el Club de Fans de Los Ramones. Prepárate: es tremendo. Y eso te encanta. Hay humedad, huele mal, no está precisamente limpio, sólo hay personajes, lo amas, lo amas, lo amas. Cerveza a dos euros entre semana. Y la mejor música, eso es indiscutible. Viejos rockeros que pinchan a Aretha Franklin. AMOR.
Pero empecemos la noche. Beber barato y mucho: el Palentino, también en Malasaña. Copas a 3 euros; será veneno, pero son 3 euros. Se llena mucho, ve temprano. Abre hasta las 2. En la calle del Teatro Alfil, justo frente a la tienda de cómics más friki del mundo (te encanta). Luego, entrada la noche, casi siempre te dividirás entre cualquier bareto que investigar (el Bukowski tiene recitales todos los miércoles) y el Vía Láctea, en la calle del de los Ramones. Te encanta. Muy mucho. Te recuerda a bares de Granada. Hay pegatinas de bares de Granada, el Patapalo y el Tornado. Cuando estés listo para una sesión de moderneo, vete al Tupperware, aunque petadísimo siempre, colas en la puerta.
Fuera de Malasaña también hay vida, joder. Fotomatón cerca de Plaza España, Contraclub por la Latina, Costello en Montera. Hay, Jose, hay. Muévete.
Acabar la noche. Si quieres pagar, opta por el Barco o la Nasti. Malasaña a tope. Aguanta como un campeón, la noche puede traer descubrimientos. Aguanta, va. No hace falta que gastes demasiado, siempre te quedará la opción de comprar una cerveza en los chinos de la calle. Si no quieres pagar, vete a la Burly, que está en una paralela a Montera, aunque muy temprano o muy lleno de paciencia. Mola, abren como hasta las seis y pico, y luego tienes la opción de unos churros con chocolate en San Ginés o Valor, ambas chocolaterías bien cerquita. La Burly: buena música, buen ambiente, bien de precio. Ideal para poner colofón a la noche madrileña... y lo más importante, IT'S FREE!
Pero no todo va a ser bares y moderneo de noche, ya que durante el día hay mucho que hacer. De nuevo te mando a la Latina o a Malasaña a descubrir cafés y bares más relajados, irlandeses y cosas así... no sé, sitios como Tipos Infames o el Freeway.

30 de agosto de 2012

Chavela: el último trago

Cuando se fue, yo estaba en Lisboa. Escribí en mi cuaderno: Chavela, te vas con el último trago.



Afortunadamente, unos días antes ella había estado en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde era habitual verla tomando el fresco en el jardín o recibir a medios y amigos. Después de su último concierto, también en la Residencia, se puso mal, se agotó. La ingresaron. Tuve la oportunidad de dedicarle unas palabras con la esperanza de que fuera a mejor. Al poco de llegar a México, no pudo más. Falleció un 5 de agosto. Tengo en un cuaderno las palabras que le dediqué unas semanas antes.

GRACIAS... por la música

           por los versos
           por las noches            

           por Federico            

          por Frida
Gracias, Chavela, por la vida que nos diste cualquier día, cualquier noche, porque nos haces saber cuáles son las prioridades, a saber, el amor más hiriente, las horas más largas. Gracias por estos días y por la esperanza que devuelves al mundo con cada palabra. Mejórate pronto.


Recordar a Chavela Vargas es algo que deberíamos hacer de vez en cuando, sobre todo tener en cuenta que esta mujer fue una vez joven y nunca dejó de ser lúcida y valiente. Que cantaba cosas como ésta.

28 de junio de 2012

Carta abierta a Tomás Roncero



Estimado señor Roncero:

Hasta ayer, no sabía de su existencia. No, no vi el partido de la selección (mientras tanto, veía la sensacional Treme). No, no me gusta el fútbol: prefiero el cine o la literatura. Sea como sea, en mi casa sí lo ven (el fútbol, digo) y tuve la oportunidad de ver su momento de exaltamiento tras la victoria de España en la semifinal. En un principio, incluso sentí simpatía por usted.
     Verá, creo que el mundo sería mejor lugar si la gente se moviera por la pasión. Que alguien sea capaz de llorar por un partido de fútbol me reconcilia con el mundo. Yo mismo he llorado al leer un libro (Matar un ruiseñor, Harper Lee) o ver una buena película (Revolutionary Road, de Sam Mendes, para más señas). Sin embargo, no comparto su oportunismo al convertir una situación de ocio sin mayor importancia que la que tiene, esto es, mero entretenimiento, en discurso patriótico.
     Puede usted pensar que a todos los españoles les llena tanto como a usted que la selección nacional de fútbol gane un partido. A muchos les llenará, les hará más felices, y están en todo su derecho, pero no pretenda convertir a los jugadores (ojo: jugadores, de jugar (Del lat. iocāri), hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse), no pretenda convertirlos, digo, en el baremo a partir del cual medir a los ciudadanos de este santo país. Mejor medirnos a partir de ellos que, qué sé yo, de sus políticos. Admiro el excelente gusto musical de Xavi Xabi Alonso, pero no tengo ni idea de cómo juega; por ende, no puedo compararme con él. Tampoco puede pretender que Casillas, Arbeloa, Piqué o Llorente compartan el mismo orgullo patriótico que sienten usted, y su hijo y su señora esposa. De hecho, puede que más de uno y de dos se sientan más orgullosos de hacer bien su trabajo que de representar a España, ese país dividido, esa vieja gloria, ésa que dio la espalda a tantos hijos, ésa que todavía hoy se ríe de nuestros sueños. "Soy español sin ganas", escribió Cernuda en los momentos más duros de su exilio, perdida ya la esperanza.
     Tampoco es que tengamos tanto de qué alegrarnos para convertir su discurso deportivo en Biblia de nuestro tiempo. Porque yo, español medio, no quiero ser un Piqué o un Ramos o un Torres. Me basta con ser lo que soy. Hasta ahí, eso. Un juego, un deporte no me puede hacer sentir orgulloso de mi país, de mi bandera, porque hay que exigir la excelencia.
     Ahora, la segunda parte: dice, y cito palabras textuales, "no somos científicos, no somos gente que gana premios Nobel, no valemos para eso". A ver cómo digo esto sin exaltarme, sin insultar, sin sentirme indignado. Vivo rodeado de científicos e investigadores, de gente que trabaja en equipos de investigación de la HOSTIA, de primer nivel, gente que lucha para erradicar el cáncer o acabar con la desigualdad de este mundo, gente que se tiene que ir del país porque no valemos para eso, porque mejor mandamos a nuestros cerebros fuera y que se lleven los premios Nobel y las becas más prestigiosas y todas las publicaciones. Y vivo rodeado de creadores, de gente que escribe, que diseña, que hace cine, música, que hace del mundo un lugar más vivo, tanto como lo hicieron anoche todos los componentes de la selección nacional de fútbol. Somos científicos, Roncero. Somos gente que gana premios Nobel, aunque tenga que ser fuera de España. Valemos para eso y mucho más, Roncero. Pero son las personas como usted las que seguirán haciendo del país un reducto de pandereta y fiesta. Ojalá esa selección estuviera compuesta por científicos y creadores, porque tendría a bien emocionarme y sentirme orgulloso y tal vez decir "no somos deportistas, no somos gente que gana Mundiales, no valemos para eso". Entonces podría usted comprender mi malestar, mi enfado y mi vergüenza ajena.
     Sólo le digo una cosa: no pierda la pasión. Logre emocionarse con los pequeños detalles diarios. Lea muchos libros, vaya al cine, juegue con su hijo, hágale creer que puede ganar el Nobel de Física. Crea en los españoles, si tanto ama a su país, en los cientos de jóvenes capaces de cambiar el mundo y de ser punteros en cada ámbito, crea en nosotros y tal vez logremos que la fiebre por la Roja esté verdaderamente justificada. Crea como cuando era un niño, nunca olvide al hombre en que se quería convertir antes de que le vetaran la entrada a Nunca Jamás.
     Atentamente,

        Jose A. Arias

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EDITO: 30 junio 2012
Una chica llamada Susana ha subido este post, el único en 6 años, a Menéame y llega a portada. Lo que tenga que hablar, lo he hablado con ella (de hecho, ha decidido eliminar su cuenta en Menéame). Si alguien tiene algo que decirme, que lo haga a josealbertoarias@gmail.com
pd: corrijo el "Xavi" por "Xabi". Gracias por el feedback

9 de mayo de 2012

quince eme


Esperas.

Desde tu trono capital

esperas.
Vives alejado de la luz,
en otro plano.
Hombre gato,
dicen los licántropos.
Luchas en silencio
como luchan los valientes,
apuntas en tu rostro
las certeras rendiciones
a una noche
que se alarga cinco siglos.
Quieres cambiar el mundo,
sabes.
Puedes cambiar el mundo
en tu trono, solo.
Ya no somos sólo cuatro gatos:
tienes un ejército de
manos levantadas.
Quieres cambiar el mundo,
puedes cambiar mi mundo,
pero esperas.
Desde tu rostro capital,

espera.

Supongo que todo comenzó en Twitter. La llamada a la movilización como un ente extraño y silencioso, ese cáncer, ese petróleo que lo envolvía todo. El 15 de mayo, a la calle todos a gritar que estamos hartos. De derechas, de izquierdas, en el sistema, contra el sistema, sólo un grito para decir que esto no funciona. Yo, como tantos, supe que tenía que salir sin tener ni idea de si la llamada popular, ese ente extraño, misterioso, encontraría el respaldo verdadero en las calles. Quedé con varios amigos y salí. Era Granada, y éramos jóvenes. Queríamos cambiar el mundo. Encontramos más y más gente, más y más amigos que también habían respondido a la llamada silenciosa. Me llegaban mensajes de amigos en Jaén, en Málaga, en Madrid. Era algo grande, y ocurría y éramos nosotros. El amarillo vistió las calles por un día.
      Y empezó la acampada, las reuniones, los grupos de trabajo, la democracia asamblearia, la lucha del barrio. Todos nos volvimos más políticos aquel bendito 15M. Todos más conscientes y más solidarios, y pronto empezó a llover frente a esos soñadores. La derecha más rancia, es curioso, no sabía cómo actuar los primeros días. El sistema no estaba preparado para algo que para nosotros era tan evidente. Y era el 15M y era mayo del 68, y la Revolución de los Claveles y la Primavera Árabe, y España extendió su enfermedad al resto del mundo. Vivimos días intensos, de emociones fuertes, de grandes mentiras, de manipulación y revuelta, de sublevación y represión. No importaban nuestras obligaciones académicas o laborales tanto como alzar el grito o hacer el silencio, y hubo risas, hubo sueños, hubo lágrimas de emoción. La puta juventud española parecía salir de su letargo. Y mis alumnos del IES Generalife también iban a la acampada, y amigos erasmus, vecinos del pueblo, antiguos compañeros de piso. No teníamos nada en común salvo las ganas de provocar el cambio.
     Y bueno, no sé si Mayo del 68 sirvió de algo, ni mucho menos si ese quince de mayo nació el cambio, pero desde entonces se atisba que otro mundo es posible, que juntos podemos, que si no hoy, tal vez mañana, si no en Madrid, tal vez en Nueva York o en Irún, qué sé yo. Habrá un día en que los soñadores hagamos tanto ruido que los dirigentes, que el sistema zombie que nos ampara no pueda seguir negándolo.
     Un año. Ha pasado un año del vello de punta, de las propuestas de cambio, de manifestaciones y acciones. El sábado vuelve a brillar el Sol, y no estaré en Granada, pero ahí estarán mis antiguos alumnos, soñadores dispuestos a correr delante de la policía, a gritar a fuerza de romperse la garganta, y mis amigos, mis compañeros de facultad, de ciudad, de tapas, y volverá el estruendo y entonces añoraré estar ahí, pero estaré en Madrid, motor que mueve el mundo, símbolo de este movimiento, y el mundo no podrá volver a obviarlo, porque desde Sol gritaré, me manifestaré, correré, recibiré palos, lloraré si hace falta. Lo que es absurdo es permitir abusos, que nos tapen la boca con cinta americana, y es que no hay suficiente cinta americana en el mundo para tantas bocas.
     Proyectarán nuestras caras en Times Square y en Tokyo, nuestras voces se perderán a través del universo, de las estrellas, los planetas, el Tiempo. Puede que esas voces que griten este fin de semana regresen a nosotros dentro de unos años y, desde un mundo distinto, podamos ser testigos mudos de ese cambio. Claro que, para que suceda, tenemos que hacer que suceda. Este sábado, insisto, iré a Sol. Me uniré con miles de voces, con miles de cuerpos, arrastraré a amigos, permaneceré si pretenden echarnos. Espero que tú, amable desconocido, salgas a la calle donde quiera que estés, cojas una pancarta, una camiseta amarilla, unas ganas de luchar, de ser inconformista, de exigir cambio. Espero que tú, como yo, como tantos, salgas a la calle sin miedo. Juntos somos legión, no lo olvides nunca, y no hay armas en el mundo para doblegar tantos cuerpos.
     Doce eme es el nuevo quince eme. No hay excusas, sábado sabadete, la calle vacía, la escoria en sus despachos, la juventud hastiada, en paro, juventud sin apoyo, juventud sin futuro, lucha necesaria, grito infinito, uñas y dientes, calma o tempestad. Empecemos tranquilos, liémosla si nos lo ponen crudo. Que este quince eme, este doce eme, esta primavera infame sea el principio de la solución, el fin de esta mentira, la cruz de su Cristo. Que se acuerden de nosotros, por tenernos olvidados.


14 de marzo de 2012

Saudade













que no os engañen, los pasteles más ricos del mundo están en Lisboa
Atardece en el Mirador de Graça.
     Hay una chica con gafas de pasta, habla en inglés con una pareja. Dice que su compañera de piso también es americana, se dan el número de teléfono. Bebe una Cocacola light y escribe en su Moleskine. Me dijo una amiga que fuera a Graça, que ahí es donde se reúnen los gafapasta de Lisboa a pasar el rato; me dijo que me pidiera algo, y observara. Me pedí algo (un Sprite, ¿te da igual Seven Up?) y observé. La luz naranja, la cara más desconocida del castillo de San Jorge, las últimas horas del día en el Alfama. Por un momento, era como estar en Granada, en el Mirador de San Nicolás, la Alhambra de fondo, nosotros tan naranjas, la ciudad tan abajo, todo tan igual. Porque el Alfama es como coger el Albaycín y Lavapiés y pasarlos por la batidora y dejar hacer a fuego lento. Porque el Alfama es el barrio que toda ciudad debería tener. Yo también escribo. Escribo poemas de desamor (¿de qué si no? ¿de quién si no?) y leo. Leo "Fabulosas narraciones por historias" de Antonio Orejudo. Es extraño leer un libro que transcurre en el lugar donde vives: el comedor donde comes, el salón donde asistes a conferencias, las habitaciones donde exprimes la experiencia. Es más extraño leerlo en Lisboa con la última luz naranja-rojiza. En Lisboa descubrí que mi voz es rojiza. Yo quería que mi voz fuera amarilla, pero no podemos escoger el color de nuestras voces. Sólo las personas especiales pueden ver el color de las voces. (Re)descubres una persona así en Lisboa, y todo adquiere color.
     Cada ciudad tiene una música, y Lisboa tiene la suya, pero no es el fado. Eso sería lo fácil. Para mí, Lisboa sonará a David Fonseca, alias el portugués, y a Nina Simone y a Ellos. A muchas más canciones que saltaban de manera aleatoria, pero ver el río con el Fonseca y su Kiss me, oh, Kiss me, y Nina Simone haciendo discursitos sobre lo mal que está el racismo, y, y, y. Lisboa en las puertas. Los lisboetas son buenos. Eso me quedo. Todos se prestan a ayudarte. Son amables, te entienden aunque sólo sepas decir obrigado en portugués.
     Y las cuestas, las escaleras sin fin, las laderas que suben y bajan, porque en Lisboa no hay líneas rectas entre dos puntos. Sí hay puntos sin parangón, sobre todo los miradouros, pero también calles perdidas con graffitis y frases y stencils, esos pequeños detalles que le dan vida a las ciudades. Yo, que tengo una enfermedad a la que no se le ha dado nombre aún, la obsesión con mirar las paredes, encuentro de repente todos los síntomas. Otros puntos son los obligatorios, la iglesia más bonita del mundo, con el cielo abierto al Cielo, la Historia condensada en un café, la falsa orilla del falso mar, el atardecer que sube como la marea inexistente.
     Porque Lisboa tiene cadencia y decadencia, no hay más que salir de noche por el Barrio alto, no hay más que ir a su rastro de la ladrona, no hay más que dejarse embobar por los ritmos de fado, por el olor a sardinas asadas, por su ingente festín de sabores. Hay en Granada un bar donde la cocinera es portuguesa. Es, con toda probabilidad, uno de los mejores de la ciudad: bacalao de mil maneras, salsas múltiples para el pollo y, cómo no, la indiscutible presencia del picante. La brasa, la salsa, el arroz. Comida que sabe a mamá. Una ciudad que me sabe a Granada, y eso, estarás conmigo, eso es MUCHO decir. Debo volver.
     Y volveremos juntos, y seremos más y seremos más grandes.

31 de diciembre de 2011

2011: una coda

Ya estoy hasta los cojones de que todo el mundo diga que 2011 ha sido un mal año. Ha sido un año maravilloso, el año en que pasaron tantas cosas.
     Si algo tengo que reprocharle es que ha sido el año en que no he viajado, no he montado en avión, sólo tren arriba, autobús abajo Madrid-Granada-Bélmez, pero quiero ir a Alemania, a Inglaterra, a Italia, al este de Europa. Pero Madrid no está mal, la verdad, la vida en Madrid es como viajar un poquito cada día.
     Ha sido el año en el que el mundo, en cualquier caso, ha estado más unido que nunca gracias a las revoluciones sociales y al empeño de millones de soñadores en todo el planeta. Que si Islandia, todos saben de golpe de Islandia, ese lugar utópico, la Primavera Árabe, nuestro 15M, maravilloso 15M, las acampadas en toda España, en todo el mundo, Londres tan fuego, NY tan concienciada, Grecia, Italia, Egipto, el mundo que grita libertad y justicia. Qué divertido ha sido callarles la boca a los peces gordos, los interesados, los hijos de puta que pretenden dictar el ritmo del mundo, que pretenden escribir mi vida. Y les digo algo bien alto: soy el mejor escritor del mundo y me basto para escribir todo el año y los amores y los parabienes que me deba la vida. Por eso salí a la calle con la mejor gente el 15 de mayo y recorrí Granada y abucheé al paso de procesión, y días más tarde estuve en la acampada, y pasé ahí días y noches, y qué Twitter. ¿Y no ha servido de nada? ¿Que no ha servido de nada? ¿A qué, pues, las rabietas de los poderosos?
     Este año he aprendido mucho en cuanto al amor y en cuanto a la libertad. Tengo la vida más clara y todo más claro, la verdad.  Soy más feliz que nunca. Tengo otro título universitario y ninguna responsabilidad, soy más dado a cometer impulsos, a acometer lo que me dice el pecho. Por eso será tan grande 2012.
     Igual me dejo barba, igual dejo para siempre la poesía, igual leo treinta o cuarenta libros, y bebo en la calle y fumo porros, y veo películas, decenas y decenas de películas, y conozco gente en la calle y en viajes, porque se acerca el año de viajar. Y podrá sonar todo utópico i idóneo, pero ésta es la vida que yo quiero escribir junto a las vidas de Damián y Cali, la pequeña Cali siempre.
     Y aunque no haya viajado, aunque apenas haya aprendido a cocinar, estoy convencido de que me he llevado más cosas buenas que malas del año que se escapa, cosas con nombre y apellidos, cosas que ocupan espacio y hacen ruido, y ya se viene enero y se viene con garra, con planes y planes de felicidad suprema y cero complejos.
¡Feliz 2012! Nunca fuimos tan grandes.