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21 de enero de 2026

Un año después

 Un año después, me muero de sueño. Publico esto el 22 en lugar del 21 porque se me ha hecho tarde.

Despierto agotado, anoche volvimos de Londres y acabamos en urgencias pasada la medianoche, con lo cual he dormido poco y mal.

También ansioso, como llevo desde que arrancó el año. Para más inri, no tengo ni la suerte de quedarme en casa; el regreso a la oficina se ha materializado y no hay vuelta atrás.

Traigo de Londres la alegría del viaje, las librerías, el teatro. También el agotamiento físico de deambular durante cinco días en torno a veinte mil pasos. Me hago mayor, lo siento en mi cuerpo, en mi falta de energía, en el toque de atención de mi médico de familia por los triglicéridos.

No he terminado el libro en el que trabajaba hace un año, pero desde la última recapitulación he descubierto un nuevo modo de expresión que me ha hecho tremendamente feliz: el collage. Mi casa es ahora un vertedero de revistas y libros ilustrados, de material de papelería y artilugios varios que me permiten jugar con el papel.

Con todo, soy resiliente, tozudo, supongo. Su algo me enorgullece es mi constancia: confío en centrar mi atención y volver a escribir, terminar el libro que tanto tiempo me acompaña, escribir el punto final este año, explorar nuevos proyectos.

Ojalá la vida, el tiempo fueran más amables, ojalá llegar a tiempo para todo. Ojalá esta ansiedad que ha vuelto tras un año de tregua se olvide de mí. Ojalá ser el mismo despreocupado de 2007 cuando todo era posible.




7 de abril de 2025

A vueltas con la IA y sus dilemas morales, legales y medioambientales


En los últimos años hemos visto cómo la inteligencia artificial ha aprendido a crear imágenes con un realismo y una creatividad sorprendentes. Basta con escribir un par de frases en una plataforma como Midjourney, DALL·E o Stable Diffusion, y en segundos aparece ante nosotros una obra que podría pasar por arte digital profesional.

Esto ha llegado a unos niveles delirantes de abuso y vergüenza ajena en las últimas semanas con el trend de ghiblizar imágenes personales para darles ese toque mágico y único del estudio de animación japonés que no ha hecho más que evidenciar que detrás de esta maravilla tecnológica se esconde un entramado de dilemas éticos, legales y medioambientales que vale la pena explorar. Porque no todo lo que brilla (o tiene trazos bonitos) es oro.

El dilema moral: ¿quién crea realmente?

Uno de los grandes debates es si las imágenes generadas por IA pueden considerarse “arte”. ¿Puede una máquina ser creativa? Y si lo es, ¿quién es el verdadero autor: la IA, el desarrollador, o el usuario que escribió el prompt? Hace unos años escribí el cuento "Alicia" para Hijos de Mary Shelley sobre una robot que desarrollaba la capacidad de hacer arte. Cito textualmente de esta historia ideada en 2011: 

Alicia no podía soñar, pero comprendía los sueños. Por eso empezó a leer y a escribir, y a formar parte de círculos esotéricos donde hablaban de la alineación de los planetas y de energías invisibles al ojo humano, de adivinación del futuro, de relecturas del futuro, de cosas tan inasibles que hacían que Alicia se sintiera insegura. Dicha inseguridad comenzó a hacerse patente en sus escritos, nada que ver con los cuentos infantiles que la llevaron al éxito, sino textos terroríficos de personajes solitarios que emprendían viajes a lugares prohibidos, que encontraban viejos amuletos y textos que cambiaban la vida, personajes tan únicos que pronto atrajeron la atención de Roberto, un editor amigo de la familia. Los libros de Alicia se convirtieron en superventas, aunque nadie desveló que en realidad se trataba todo de una farsa, que ella no era humana, que esa literatura no pertenecía a los hombres. 
Pero claro, si ella no era humana, si ella escribía pero había sido hecha de anhelos humanos, de cálculos de los hombres, de intentos por asir lo inasible, si ella había sido fabricada por el hombre, ¿no pertenecía también su obra a los hombres?

Además, muchos modelos se entrenan con millones de imágenes y textos tomados de internet, incluidas obras de artistas que nunca dieron permiso para que su trabajo se usara como "materia prima". Esto ha generado enfado en la comunidad artística, que ve cómo sus estilos son replicados sin reconocimiento, sin pago y sin control. Esto me llevó hace ya dos años a eliminar de mis blogs, donde llevo escribiendo de forma regular salvo esta última década, mucho más caprichosa, numerosos cuentos y relatos en un intento inútil seguramente, porque la huella digital es en 2025 ya indeleble y el daño está hecho.

Y, por si fuera poco, estas herramientas están empezando a sustituir encargos que antes iban a diseñadores e ilustradores reales. ¿Estamos, sin querer, participando en el desplazamiento laboral de los artistas? Yo tengo clarísimo que ni todas las IAs del mundo podría sustituir la congoja que me causó La tumba de las luciérnagas o el sentido de la maravilla que recorre La princesa Monokoke o El viaje de Chihiro. Por no hablar del recuerdo imborrable que me dejó Akira cuando la vi por vez primera con 4 o 5 años en el canal local de tv de mi pueblo (algo que existió y de lo que nadie habla); una IA no puede competir con una impresión tan humana.

Y justo acaba de descubrirse que Jianwei Xun, el filósofo chino que escribió el “libro del año”, Hipnocracia: Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad, es en realidad una IA generada por un italiano (dato anecdótico al tratarse del primer caso que sale a la luz, pero me da que va a ser el patrón a seguir.

 Lo legal: una zona (muy) gris

Está claro que no se ha regulado, y ya vamos tarde, como siempre sucede con el derecho y los gobiernos y leyes, que siempre llegan tarde y mal. Las leyes no están yendo al ritmo de la IA. Por ejemplo:

  • En muchos países, una imagen generada totalmente por una IA no puede tener derechos de autor, porque no hay un "autor humano" detrás.

  • Al mismo tiempo, si una IA genera una imagen muy parecida a la obra de un artista, ¿es plagio? ¿Inspiración? ¿O simplemente coincidencia algorítmica?

  • Además, ya ha habido demandas colectivas de artistas contra empresas que desarrollan estas herramientas, por haber usado sus obras sin permiso en los entrenamientos.

Y ojo con otro tema delicado: los deepfakes. Las IA pueden crear imágenes falsas realistas de personas en situaciones comprometedoras. Esto puede usarse para manipular, difamar o incluso extorsionar. ¿Quién es responsable en esos casos: el usuario, la plataforma, o la propia IA? Mi experiencia trabajando en la revisión de contenidos de Tik Tok me ha hecho descubrir que son curiosamente las propias empresas las que se están regulando al respecto, entiendo que de forma preventiva.

El coste ambiental: el lado invisible

Supongo que habrá gente a la que los conflictos anteriores (morales, éticos, creativos, legales) se la suden directamente, pero tal vez apelar a esta vena medioambiental funcione. Sí, la IA también contamina. Bastante más de lo que creemos.

Entrenar un modelo de generación de imágenes no es algo que se haga con una laptop y buena voluntad. Requiere una cantidad brutal de energía para procesar millones de datos visuales. Y no solo eso: cada vez que alguien genera una imagen nueva con IA, eso también consume electricidad (más de la que usarías haciendo lo mismo con Photoshop, por ejemplo).

A esto sumale el impacto de los centros de datos, el uso de minerales para fabricar GPUs, la refrigeración constante de servidores y el reemplazo continuo de hardware. Todo esto genera una huella de carbono preocupante, sobre todo si pensamos en el uso masivo y creciente de estas herramientas.

¿Entonces por qué carajo se usa sin cortapisas y con esta facilidad?

Me siento en este momento como la pesadísima que no deja de dar la lata sobre las repercusiones de la inteligencia artificial en redes, pero es que la grandísima mayoría de los mortales se queda en la superficie, en el trend, en la foto reconvertida en algo "artesano" y  "único". Asisto estupefacto incluso a creadores que no paran de compartir imágenes creadas por la mente colmena digital de risas.

La IA generativa es una herramienta potente y fascinante, no hay duda. Puede democratizar el acceso a la creación visual, inspirar nuevas formas de arte y acelerar procesos creativos. Yo mismo la empleo y he empleado para facilitarme a veces el trabajo, porque si de algo estoy seguro es de que la tecnología debería estar al servicio de la humanidad y no al contrario, y esto también nos obliga a hacernos preguntas difíciles:

  • ¿Qué valor le damos al arte humano frente al generado por máquina?

  • ¿Estamos respetando los derechos de los creadores?

  • ¿Estamos preparados para lidiar con los efectos legales y ambientales de su uso masivo?

No se trata de frenar el avance tecnológico, sino de hacerlo con conciencia. Porque si la inteligencia artificial va a imaginar el futuro… más nos vale que lo haga con ética.

18 de febrero de 2025

Adília Lopes o el fin del mundo

Ilustração de Marta Nunes / CCA (@martanunesilustra)


31.12.24

Hoy pretendía escribir sobre el fin de año, pero ayer murió Adília
Partamos de un anecdotario de pérdidas: hace 8 años, mientras trabajaba, recuerdo perfectamente que era después de la comida y estaba en la oficina, me enteré de que Harper Lee acababa de morir. Era muy mayor y estaba muy enferma, conocía bastantes detalles de la existencia de la autora de mi novela preferida, y esa certeza la convertía en alguien familiar, más cercano que algunos amigos (sé que es difícil de entender). Sea como sea, recuerdo la garganta apretada y las lágrimas llenándome los ojos, la incomprensión de algún colega, la comprensión de una amiga.
Cuando murió Amy Winehouse, lo recuerdo perfectamente, era verano y estaba de monitor de la escuela de verano de mi pueblo, y ya hacía meses que la cantante de Camden se había convertido en objeto de burla y críticas de muchos medios y gente hambrienta de carnaza. Ese mismo año, durante mis prácticas en un instituto de Granada por el máster de profesorado, recuerdo darle la chapa a mi compañera de prácticas con el vinilo de Back to black que había comprado y hasta de usar "Rehab" para un ejercicio de vocabulario (también que cuando un alumno me preguntó que por qué no había usado algo de Bon Jovi le dije que si acaso era una señora de 60 años, pero esa es otra historia). Volviendo a la tarde de la muerte, estaba en mi dormitorio, sentado en la cama con el portátil sobre el regazo, lo recuerdo vívidamente, era 23 de julio de 2011, y leí la noticia en Jenesaispop o algún medio del estilo, la cuestión es que sentí un trallazo imparable y rompí a llorar. Poco después escribí un cuento a modo de homenaje
La misma congoja sentí hace un par de años cuando me enteré del fallecimiento de Francisco Ibáñez, a quien tanto le debo. Estaba completamente convencido de que entonces en la playa, en nuestro retiro habitual en Foz do Arelho, pero no. Debe ser que en agosto, un mes después de su muerte, mientras me bronceaba al sol, leí algo sobre su libro inconcluso. La cuestión que sentí que se iba alguien muy querido y cercano, a quien tanto le debía.
A veces dejamos de compartir plano con personas que han sido fundamentales en nuestra educación sentimental sin habernos cruzado siquiera con ellas. Su obra reverbera en nuestras vidas y nos moldea, construye lo que y cómo somos. 
Adília Lopes la conocí a través de Francisco, y es uno de los instrumentos que cimentan nuestra vida, como lo fueron A Naifa o Filipa Leal o David Fonseca o Conan Osiris u otras figuras que han dado vida y color a lo nuestro. Pero Adília fue primero, porque era escritora y era huidiza y era algo que compartíamos. Juntos gestionamos su página en Facebook, es decir, llevo una década pendiente de cada movimiento en su vida, cada aparición pública (la única aparición pública que hizo y donde estuvimos en la presentación de uno de sus libros), cada mención en prensa o nueva publicación. Un día incluso me aventuré con Sabina Urraca a su casa para intentar hacerle una visita, conocerla, saber de ella, aunque no abrió la puerta. Por eso su muerte ha supuesto un mazazo en esta casa, donde veneramos sus versos sencillos y divertidos, entre lo naif y lo pop, entre el misterio y la honestidad. Francisco dijo: "Ha muerto Adília" y sentí un temblor, un no puede ser como cuando murió mi amigo Ángel o nos dejó Fernando Marías quizás por lo inesperado. Adília estaba enferma y en el hospital, pero esto sólo había trascendido a sus más íntimos. Su pérdida deja, no obstante, constancia de la altura cultural de su obra, otrora menospreciada y obviada por quienes buscaban hacer burla de una mujer distinta, a veces parecía que sin dobleces. Descansa, querida.
Por eso hoy es mejor no hablar del año que nos deja, sino de Adília que nos deja, de este rosario de pérdidas.

Escrever um poema
é como apanhar um peixe
com as mãos
nunca pesquei assim um peixe
mas posso falar assim
sei que nem tudo o que vem às mãos
é peixe
o peixe debate-se
tenta escapar-se
escapa-se
eu persisto
luto corpo a corpo
com o peixe
ou morremos os dois
ou nos salvamos os dois
tenho de estar atenta
tenho medo de não chegar ao fim
é uma questão de vida ou de morte
quando chego ao fim
descubro que precisei de apanhar o peixe
para me livrar do peixe
livro-me do peixe com o alívio
que não sei dizer


Adília Lopes em 2003 Rui Gaudêncio

21 de enero de 2025

Un año después

 Un año después, despierto a regañadientes, con la intención de otro día de trabajo al que sobrevivir, apresurado. Parece que todos los días de un tiempo a esta parte son apresurados.

Y entonces pasa.

A media mañana, sin comerlo ni beberlo, al reiniciar el portátil, muere. Primero niebla, cuadros raros en la pantalla; después, negro total. Felices aniversarios, sí.

Por suerte tienes reciente el último viaje a Londres, donde has sido tan, tan feliz, donde has comprado tantos, tantos libros. Esta forma de hoarding y vicio capitalista son de las pocas cosas capaces de anestesiar el mal de los días.

Lo del portátil lo cambia todo: ahora debes comprar uno de reemplazo, a poder ser lo antes posible. Y esto te lleva a la siguiente decisión que repercutirá en tu vida, ni más ni menos que, tras un año y medio de sesiones semanales, dejar la terapia. Es la única forma que se te ocurre de poder afrontar el alto cargo económico de vivir. Salud mental, quién la necesita, sonríes, y das gracias a que aún te queda suficiente Escitalopram recetado para sobrevivir unos meses más.

¿Te acuerdas de aquel 21 de enero de 2007? De la llamada de ML, de tu primera novelita acabada con vistas a publicarse, del vuelco total y la consecución de algo. Eras joven, creías que aún era posible, estabas a punto de recibir tu primer portátil (los ciclos que se cierran con una ironía cruel), en fin, precalentcamiento para la carrera de la literatura.

Hace tiempo que me he resignado a vivir así, que sólo aspiro a estar medianamente tranquilo.

Pero siempre la literatura, porque esto es una carrera de fondo. Arranco el año leyendo libros de bibliotecas públicas, centrado en la novela de terror que ocupa mis días, y tengo otros proyectos literarios en mente que no quiero posponer demasiado. 2025 ya marca diez años sin publicar libro propio, que se dice pronto. Por eso estoy retomando el oficio, ordenando la escritura, aspirando a algo que fui hace 18 años.

...entonces me compraría una casa propia para seguir escribiendo y dictando mi vida a mi antojo...


7 de noviembre de 2023

Por mis diez años en Lisboa

 


Quien me conozca sabrá de la revolución vital que supuso para mí noviembre de 2013: todo un comienzo desde cero que me gusta recordar, para bien o para mal, cada año. Así, en 2016 y en 2022 escribí sendos textos que resumen mi experiencia lisboeta hasta la fecha. Por vez primera los releo este 2023 con la distancia que pone el tiempo y la mirada limpia y me resulta curioso analizarlos lado a lado, con los matices que dan los años que los separan y la propia experiencia vital, más amarga cada día. Mis primeros años en Lisboa lo veía todo con cierta bohemia, hasta un punto de exotismo; lo idealicé un poco porque la vida, hasta cierto punto, se podía idealizar. Luego llegó esa vida, un trabajo, una vida familiar, una rutina que me arrollaron y me convirtieron en otra persona. Más amargo, sí, más político, pero creo que en el fondo, sea por la literatura o la creatividad, mantuve cierto romanticismo. Paso a compartir ambas reflexiones, e insisto: 10 años después, he sobrevivido. 



2016

ANIVERSÁRIOS
Hoy, hace justo hoy 3 años, me planté en Lisboa con una maleta llena de monstruos y la necesidad física de desaparecer en una ciudad nueva, limpia de recuerdos y rostros conocidos. Nada más llegar se quedó muerto el taxi de camino a casa y tuve que luchar con los adoquines, malditos benditos adoquines lusos, para desplazar apenas unos metros la maleta reventada y la bolsa de viaje hasta los topes. Llegué a la casa más extraña donde he vivido con un nudo en el estómago y dos años de Madrid desbordándoseme por los ojos, pero nadie abría. Ya dentro, mi ordenador se negaba a conectarse a Internet y borré whatsapp del móvil y me sumí en una especie de catatonia que me duró un fin de semana. No sabía decir nada, el portugués me sumió en un silencio de siglos que me hizo taciturno y tímido, más frágil de lo que me gustaría admitir. Miro atrás y no reconozco al joven soñador que logró dejarlo todo para lanzarse a la nada, porque es otro.
Aún se me hace raro reconocer que ya he vivido más en Lisboa que en Madrid, como se me hace imposible adivinar el futuro a la vuelta de la esquina. Lisboa no sé qué hizo por mí ni qué he hecho yo por ella, pero si hay algo imposible de imaginar para este triste juntaletras es la vida sin siete colinas, sin un amago de mar que se queda en río, sin los malditos benditos adoquines, las bicas y los pastéis, sin el pérfido Diogo Alves y Belém y Sintra a tiro de piedra, sin Adília y Filipa, sin el fado y las marchas, la vida sin pão de Deus, sin las plazas, los kioscos del café, el Bairro Alto y Alfama, los miradouros, la luz, JODER LA LUZ, sin las decenas de amigos que han venido a visitarme, sin el árbol mágico de Principe Real o el descaro hisptérico de LX Factory, sin toda tu precariedad y la mugre en las calles, sin Gulbenkian y Monsanto de fondo, sin el acueducto y las Amoreiras, Lisboa sin terremotos ni turistas, la vida sin polvo à lagareiro o sardinhas.
Y me vais a permitir que me ponga tonto, pero hay otra Lisboa sobre la que aún no puedo escribir, la que me obligó a traer a Truman en una bolsa, la de tanto, tanto llanto, la de (des)encuentros terminales y gente inesperada, la Lisboa que está bajo la piel, o en las costillas, o en cualquier otro lugar común melodramático, la Lisboa donde he sido (o no) feliz, donde no cabe otro libro en los estantes, donde no-pertenecer, pero ser parte, queda otra Lisboa a la que nada de lo que yo diga haría justicia, porque la vida tiene de maravillosa lo que tiene de injusta, y no sé si soy más de Pessoa o Saramago, pero he aprendido que los portugueses son más de Camões, por eso prefiero no nombrar esa Lisboa y dejarla callar.
O que hable, para el caso, Adília Lopes:
Cidade branca
semeada
de pedras
Cidade azul
semeada
de céu
Cidade negra
como um beco
Cidade desabitada
como um armazém
Cidade lilás
semeada
de jacarandás
Cidade dourada
semeada
de igrejas
Cidade prateada
semeada
de Tejo
Cidade que se degrada
cidade que acaba



2022
Hoy, justo hoy, hace 9 años llegué a Lisboa roto y perdido, lleno de sueños y con un libro revoloteando en la cabeza.
Llegué a mediodía y esa misma tarde ya aproveché para mi primera exploración como residente del centro histórico. Vivía en la parte más baja de una colina e ir al centro suponía siempre una tortura (y un aliciente para mis glúteos). A veces, esos primeros días rondaba el Bairro Alto y tomaba algo aquí y allí. Ahora no salgo de casa, el Bairro Alto me queda lejos y salir parece una quimera.
Me sorprendían los comercios antiguos frente a cuyos escaparates me detenía, soñador, antes de que el turismo y la gentrificación transformaran barrios enteros en parques de atracciones para expats y otras mierdas que pare el capitalismo más salvaje.
Pagaba algo así como 215 euros por una habitación en una semiplanta, suelo de madera, donde vivía con extraños en extrañas circunstancias. Persistí, aún era duro y era valiente. Hoy observo alrededor y contemplo las estanterías llenas de libros, las plantas y regalos de amigos que han ido conformando un hogar en mi barrio, Campolide, otrora local de andanzas del pérfido Diogo Alves.
Me creía bohemio y algo maldito por vivir en la decadente Lisboa; ahora estoy maldito, aún hay días en que me prometo salir y contemplar a la ciudad como se contempla a un desconocido: con intriga, con deseo, con cierta suspicacia, y sigo siendo aquel joven bohemio y maldito al que Lisboa le ofrece una magia antigua.
Creo que la única palabra que chapurreaba aquel 8 de noviembre de 2013 era "obrigado". Ahora sé bromear, sé insultar, sé hacer terapia y desear en esta lengua que me suena preciosa a pesar de las medias palabras que se quedan por salir y los fonemas tramposos que se gastan en Portugal. Amo los sonidos de una lengua como jamás podría amar un país.
Hay mucho que desconozco del día a día de esta ciudad y Portugal; mi despiste me previene de perder el tiempo en las banalidades que comparte la gente que vive en mi calle, en mi barrio, mi ciudad, pero afilo mi conciencia social y política sin medias tintas (fascismo nunca mais SEMPRE).
Llegué a Lisboa solo, si acaso con un puñado de fantasmas que tardaron en desaparecer, al poco traje a Truman, hice familia (la familia elegida, los cuidados cercanos), amigos, no tantos, pocos, apenas, soy un misántropo, maldito sea, me digo a mí mismo, porque llegué solo a Lisboa, me digo. Uno, a pesar de todo, siempre está solo.
He recibido con los brazos abiertos y el corazón expectante a amigos y familia, y más amigos y más visitas, y a conocidos, amigos de amigos, porque siempre hay alguien que viene a Lisboa, y no hay forma más pura de estar agradecido que sentarme en una tasca tras un día de zascandilear por las colinas de Lisboa y compartir una bifana o in pastel de nata.
Nueve años después, escribo una novela, (otra) que me salve la vida, y esa novela es Lisboa y soy yo y la vida que quise y la vida que detesto, todo en un libro que habrá de llegar (espero) a desbordarlo todo, y en esas páginas habitan toda la precariedad, la contradicción de quien decidió dejarlo todo para empezar de cero, la sangre yerma, las mil posibilidades que ofrece Lisboa, su comida plato a plato, su parte conocida (el fado, los azulejos, los miradores) y el revés oculto (las ratas por las calles, las aceras levantadas, los barrios que nos obligamos a no mirar), habitan en ella el sueño europeo devorado por un call center gigantesco, los affairs secretos que ofrecen las capitales, las películas, las despedidas, la no pertenencia, el café, Pessoa, los jardines y parques, los sindicatos, la soledad y el frío en interiores, el bacalao, la Web Summit, el humo del tabaco en todos los locales, la extrañeza del lenguaje, un Jose de veintiséis años, el Gran Terremoto que nunca se detiene.
Felicidades, Lisboa, hemos sobrevivido.

5 de enero de 2023

Carta a los Reyes Magos


 A sus Majestades los Reyes Magos de Oriente


Queridos Reyes Magos:

Hace mucho que no os escribo.

De hecho, recuerdo haberos escrito pocas cartas. Sí recuerdo con ilusión (h)ojear los catálogos de juguetes de las cadenas de supermercadod y del Toys R Us, esa sensación tan navideña en alguna visita a la familia en Granada. Pero de escribiros cartas pidiendo regalos no guardo recuerdo.

Supongo, no obstante, que deseé muchas cosas. Cada año anhelaba la llegada de los regalos venidos de Barcelona que enviaban mis tíos y que anticipaban toda la Navidad. Tampoco éramos en casa muy dados a seguiros en la cabalgata del Día de Reyes, si acaso a colocar los zapatos de la familia todos juntos y aguardar más por el misterio que por la promesa de un deseo cumplido.

Este año decido escribiros porque me empuja la vida a un pozo que creía superado, el de la ansiedad. Llevo ya más de diez días en un estado permanente de ansiedad que no logro descifrar.

Pero puestos a pedir, este año os pido:

-Más tiempo (menos trabajo, menos chorradas)

-Más salud (menos ansiedad, menos kilos)

-Viajes, que llevo ya años sin viajar apenas

-Planes, que estoy muy cómodo

-Oportunidades laborales

-Una mudanza a una casa que pueda llamar hogar

De lo material me vendría bien que subieran los sueldos en Portugal y que mi empresa pagara más, no soy tampoco muy materialista, pero aspiro a una vida tranquila. Eso es algo más que he aprendido con los años, algo que seguramente no sospechaba cuando manoseaba aquellos catálogos de juguetes. El dinero no da la felicidad, pero compra la tranquilidad.

Con esto me despido, majestades. Mis afectuosos saludos,


Jose

22 de enero de 2022

Un año después

 Por vez primera, llego tarde a mi cita.

Ha muerto Elza Soares. Despierto de fin de semana, tarde y lento, con la promesa de dos días llenos de actividades y planes, pobres en dinero. Ayer tuvimos cena en casa, perro incluido. Ahora pierdo la mañana con Truman a mi lado, metidos en la cama hasta pasadas las dos de la tarde.

Escribo estas líneas en otra casa, una aún en proceso de conquista, en cambio constante. Un año después, la vida es prácticamente igual, una prolongación de un mundo a medias. Un año después, prácticamente vivo autoconfinado.

Arrancó enero lleno de buenos propósitos, del miedo a los 35 a la vuelta de la esquina, pero propósitos más firmes que los del año pasado. Gracias al medio por empujarme al precipicio del cambio.

Tampoco estoy escribiendo mucho, no saco tiempo, no me organizo, el mal de siempre. Espero, no obstante, darle forma a los proyectos que tengo, buscarles una salida, mejorar la vida en la que me encuentro atrapado.

La idea era ir en un par de semanas a Londres, donde no voy desde justo antes de la pandemia. Ojalá poder volver un fin de semana largo, aunque quizás sea lo mejor tal y como voy de pasta. Estoy considerando varias ofertas de empleo para salir del atolladero. Creo que ha llegado el momento de dejar atrás la comodidad y arriesgar un poco, aunque sea atrevido tal y como están mis días.

No quiero hablar de planes firmes para este año más que cumplir 35 con dignidad, y esto queda absoluta y absurdamente entre mis manos.




21 de enero de 2021

Un año después

Uno casi deja de contar los días.

Despierto aún de noche, antes de las 7 de la mañana, me he dormido tras cortar el despertador. Duermo solo, me digo y despierto con prisas para arrancar la sexta jornada laboral consecutiva con esa promesa de falso viernes.

Un año después, la vida es tan surealista que me tiene en una especie de calma chicha. Un trabajo absurdo, malas noticias, la incertidumbre en el horizonte, un Apocalipsis fuera de mi ventana. Es como un sueño hecho realidad, la verdad sea dicha. Todo se ha detenido desde hace un año, salvo yo, que me he dejado llevar por la corriente. Vivir en una pandemia sin fecha de caducidad me ha reconciliado con los días, aunque me ha traído una piedra más, otro lazo al cuello de la precariedad.

Recordemos cómo y dónde comenzó esto. 2007, Granada, una llamada de teléfono, una clase de alemán a la vuelta de la esquina. Ese Jose que vivía el despertar de la vida y al que le pudo enseguida la nostalgia, aquel Jose para quien toda la vida giraba en torno a la literatura. Libros que llegarían, libros que llegaban, una erasmus, la juventud, el primer amor equivocado. Este año he intercambiado cartas con María Luisa, a quien debería escribir en mis próximos días de descanso de nuevo. Su voz fue la que dio la señal de salida a todo esto.

Hoy despierto de noche, insisto, lleno de propósitos literarios. Estoy en un marasmo de cuentos nuevos para distintas convocatorias, y me he dicho que este año trataré de encontrarle casa a los Dinos de nuevo. Los he abandonado y me he abandonado en el proceso. No ha habido este enero escapada a Londres que pudiera acallar la densidad de los días. Ni siquiera una escapada a otro barrio de Lisboa, vivo confinado desde la semana pasada como el resto del país, pero parece que soy el único que lo lleva a rajatabla...

Mis planes para este año son: ponerme con la novela en serio para poder participar en convocatorias de premios para jóvenes escritores (me quedan dos años), y conseguir una publicación seria. Del mismo modo, tentar a editoriales, tal vez montar un buen libro de relatos ya que últimamente he compuesto varios a la altura. De aquí a un año me gustaría amanecer tranquilo, con mejores perspectivas laborales, con un finde en Londres u Oporto, no le pido tanto a la vida. Aprender a ser feliz con menos.

Seguir vivo.

Como hace unos años os dejé un disco de Tulsa, hoy os traigo esto que me tiene obsesionado. Z. me trae recuerdos de aquel 2007, del año del descubrimiento: 

https://open.spotify.com/track/5Wo5vynGiUDG4nWJYJsZ5y


...

18 de agosto de 2020

Desconfinados

Hace dos meses, comencé a escribir este post y nunca lo concluí. Lo retomo ahora, como un favor a mí mismo:
De repente, la vida vuelve a girar sobre sí misma. Es domingo de desescalada, o de nueva normalidad, de posverdad, yo qué sé.
Ya muere junio y sigo prácticamente confinado. Mis salidas se resumen al supermercado y algún paseo con Truman a última hora de la tarde. Me he hecho a esta vida, a la calma chicha de las puertas adentro, a

La realidad es que el desconfinamiento acabó por llegar, pero no la vida como la conocíamos. Algo que, visto lo visto, tal vez nunca llegue.
A mí el confinamiento me ha pillado con un cambio de curro (no por voluntad propia, la verdad sea dicha) y todo lo que esto supone. Dicho cambio me ha facilitado cierta nueva dinámica que ha hecho mi encierro más pasadero. En ese sentido, hasta me alegro, aunque lo pasé mal en el momento del anuncio por la incertidumbre. 
Como comenté en su día, tuve que cancelar un viaje a Madrid -mejor dicho, me cancelaron el vuelo y no había posibilidad de nada parecido a una escapada-, pero a finales de julio estuve en el pueblo. La idea era pasar una semana, ahora que la frontera estaba abierta y el virus más controlado, en casa de mis padres. Al final me tuve que volver por motivos que no vienen al caso. Por eso volveré a finales de septiembre una semana al pueblo, a parar de nuevo y convivir en familia. El turismo en 2020 ha sido raro y local. Es extraño seguir encontrando rincones preferidos de Lisboa libres de hordas de guiris, pero a su vez provoca cierta tristeza por la impresión de no-lugar que han adquirido los centros de las ciudades. No obstante, yo sigo firme en mi egoísmo y celebro una Lisboa para mí, donde puedo cenar cualquier noche en mi local preferido sin miedo a no encontrar sitio. Así me han encontrado las vacaciones, en paseos por los barrios y no-encuentros con amigos.
Me he escapado algún día a la playa. No celebré mi cumpleaños, después de convocar la fiesta y tener algunos preparativos en marcha. No quería arriesgar otro rebrote en mis allegados. Finalmente nos escapamos cinco días a una playa de laguna, a un pueblo costero semidesierto, Foz do Arelho, donde todo ha sido paz, playa y comida tradicional. Unas vacaciones.
He apretado finalmente el ritmo a mis lecturas y a la escritura. En ese sentido me siento en paz conmigo mismo, una especie de tregua creativa en la que intento seguir aprovechando los días de encierro para ampliar horizontes literarios, dar nueva luz a antiguos proyectos (se avecinan novedades), y salida a las lecturas apiladas en mi mesita de noche.
También se aprecian en el futuro nuevas ventanas laborales que podrían materializarse en una auténtica madurez financiera. Pero lo apuesto todo a los libros.
Como digo, son estos meses extraños de cosas que pretenden ser, pero no alcanzan a ser, fantasmas de vidas pasadas, calles calladas, locales vacíos, planes que quedan en un eterno tal vez. Por eso he retomado las cartas a mano, la escritura a mano, los paseos por barrios y rincones de la ciudad a donde no he llegado antes. Por eso creo que es tiempo de reinventar el día a día y apostar por aquello que se cuece a fuego lento.
Los hombres-tortuga agradecemos este nuevo ritmo, estos nuevos proyectos que vienen a salvarnos.... Y ahora que el mundo se congratula por el desconfinamiento, mi plan desde el 1 de septiembre es encerrarme en casa como hicimos en marzo, como si el virus y la alerta y el estado de alarma siguiera ahí fuera, porque sigue, digo. 
No tiene prisa, pero yo tampoco.

21 de enero de 2019

Un año después

Despierto solo.
Despierto temprano, más cansado de la cuenta. La cama está dura, incómoda. Hay movimiento a mi alrededor. Pienso que debo estar equivocado, pero entonces recuerdo: Londres, 2019. Un hostel lleno de coreanos y argentinas. Me cae el peso de mis 31 años como un yunque.
Es entonces cuando la ansiedad se abre hueco entre mi pecho y mi cerebelo; no es, como el del año pasado, un despertar lento.
Hace tiempo que no escribo, pero me han considerado para un pequeño reconocimiento literario que se ha convertido en mi lucha las últimas dos semanas. A falta de escritura, necesito certezas.
He perdido los sueños. "No te reconozco, hombre triste: has aprendido a llorar", escribí hace cinco o seis años. Creo que, anímicamente, he tocado fondo.
Sin embargo, hoy me queda aún un trozo de Londres, pafuera telarañas. Aunque este viaje suponga, ocho años después de mi última vez en la capital inglesa, no reconocerme, acaso extrañarme con el muchacho que fui. ¿Qué te ha pasado, Jose?, me pregunto, ¿por qué ya no escribes?
Pero sé por qué.
Remoloneo en la cama, sólo un rato más. Siempre me ducho de noche para aguantar un poco más entre las sábanas. Extraño a Truman, en Portugal.

Entonces me levanto, con la esperanza puesta en un desayuno inglés, en comprar algún libro de Shirley Jackson -un año después, sigo obsesionado- y en la visita a Camdem donde tal vez reencuentre al muchacho que perdí en estos años de camino.
Y es que sé que, pese a los días raros, los días tontos, aún me quedan ases bajo la manga. Lástima que no sepa jugar al mus.


Te cerraría los ojos, te daría la espalda, apretaría los puños y, 
por primera vez en mi vida, dejaría que tú dijeras algo.

22 de agosto de 2018

Nos gusta la lluvia

A algunos nos gusta la lluvia.
Somos así, detestamos el sol, la marabunta de gente. Nos flipa correr bajo mantos de agua, empaparnos.
Epatarnos con las calles vacías de vida y llenas de posibilidades.
Vengo de una tierra donde la lluvia gusta en su justa medida (la medida que soporta la tierra), esto es, hasta donde es necesaria y no es nociva para la cosecha. Ritos antiguos, varas de medir. De una tierra donde el buen tiempo es una constante, donde recuerdo que a uno de mis compañeros de clase su madre no lo dejaba ir a la escuela en los días de tormenta.

Somos hijos del silencio y la calma. De las mantas y el chocolate caliente a este lado de la ventana.
Los hay que no bebemos, que preferimos el azúcar al etilo.
El plan de farra hasta el amanecer nos provoca un pánico anquilosado en el pecho. Estar solo rodeado de gente, esa sensación. A veces, nos encontramos y nos reconocemos con una mirada, puro instinto animal.

Tengo bastantes amigos, puedo decir. Igual es que, recién cumplidos los treinta y uno, también es más difícil conocer gente, crear lazos. La mayoría de amigos se hacen antes de la treintena, principalmente en el instituto y universidad. Más adelante, la forma más extendida de socializar es en el ambiente laboral. Puedo decir que he hecho grandes amigos (amigas) en el curro que me acompañarán siempre.
Con respecto a los amigos que ya tengo, los retengo lo más cerca que puedo con correspondencia. La escritura, otra vez. Largos mails, cartas manuscritas donde nos vaciamos de lo que nos quema. Y me gusta rodearme de ellos, claro, pero en un contexto que yo pueda gestionar.

Hablemos de fobia social. Una forma de ansiedad. OTRA forma de ansiedad. Miedo al ridículo, a tener que interactuar con extraños, a los lugares concurridos. Supongo que por eso cada vez intento con más ahínco encontrar lugares desocupados en Lisboa, fuera del centro masificado, puntos secretos en la geografía de la urbe.

La edad me ha hecho tímido, huraño, misántropo. También la vida, la experiencia y la exposición. Tal vez siempre me gustó la lluvia; me recuerdo niño, pequeño, en una de esas tormentas que provocaban la oscuridad cuando fallaba el suministro eléctrico ("Qué hijos de su madre los de la Sevillana", decía mi madre), al otro lado del cristal, contemplando el agua corriendo ante mis ojos chicos, el fulgor de los relámpagos. Y no recuerdo miedo, recuerdo paz.

Ayer me llegó otro regalo de cumpleaños, un libro precioso que, casualidad, le viene al pelo a esta reflexión. Se trata de Quiet girl in a noisy world, de la británica Debbie Tung. Cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme con esta página:

19 de octubre de 2014

La biblioteca de Bélmez

¿Antigua biblioteca de Bélmez?
Hace unas noches tuve un sueño extrañísimo y de profusa melancolía. Supongo que cualquier sueño que tenga lugar en una biblioteca se encuentra tamizado por la bruma de la melancolía. El caso es que la biblioteca era enorme, y escondía pasillos en los que yo nunca me había adentrado. En los últimos, los del fondo, se encontraban libros casi ocultos, especies de grimorios cuyos vecinos siquiera conocían tal acepción. Allí, al fondo, encontré comida. Mucha comida caducada, como si la biblioteca de Bélmez hubiera sido un lugar donde vivía gente. El señor miope encerrado en una biblioteca al final del Tiempo a quien se le rompen las gafas. Los lectores despistados a quienes la bibliotecaria (la Juani) dejaba encerrados en un descuido. Muchas veces fantaseé con esto, con lo de quedarme un fin de semana entero encerrado en la enorme biblioteca de Bélmez. Sólo que ahí no había comida. Había muchos libros, y mucho polvo, y hasta un barco de madera de alguna olvidada feria cultural. Un vestigio de una maravilla.
Antiguamente la biblioteca de Bélmez se encontraba junto al Parque del Nacimiento, lugar que quedó reservado al ambulatorio. El cambio le vino bien; los libros pudieron así gozar de espacio de sobra sobre el tranquilo hogar del jubilado. Los niños de los ochenta y noventa pudimos así descubrir este espacio mágico (siempre me ha provocado curiosidad saber cómo y cuándo descubrió cada cual su primera biblioteca), en mi caso acompañado de un amigo que ya la conocía a través de una hermana mayor. Recuerdo la impresión, la sensación de templo que me invadió al ver todas aquellas estanterías y libros viejos (porque los libros siempre fueron viejos ahí). El silencio. Ese silencio exagerado en cine y televisión, porque la biblioteca de Bélmez jamás fue demasiado silenciosa. Hace un par de días, mientras paseaba por la librería más vieja del mundo, me percaté del silencio abismal existente a pesar de que todas las salas estaban llenas de gente. Como una iglesia, pensé. Sólo una iglesia o un museo es tan silencioso. Por eso recuerdo los libros viejos y recuerdo el silencio, y los sillones bajos que nadie usaba junto al revistero al que jamás llegaron revistas nuevas. Más tarde llegaron ordenadores, y ruido de niños que no disponían de esta tecnología en casa, y mis primeros flirteos con Internet cuando aún lo estábamos inventando. Todo esto en aquella biblioteca.
Era de comunión diaria; cada día iba a la biblioteca y acariciaba los tomos, los olía, ojeaba los nombres de quienes habían sostenido ese libro en sus manos antes que yo, la caligrafía espigada de Pura, la anterior bibliotecaria, los libros que nadie había leído desde 1970 y tantos... Cada libro, a su modo, contaba una historia que había que aprender a leer. Lenguaje corporal, un símil. Llegado un punto, conocía todos los libros de la biblioteca como las palmas de mis manos (al menos los de la sección infantil y juvenil), y comencé el abordaje del siguiente pasillo: novela adulta. No había demasiado donde escoger, pero ocultaba ciertos tesoros. Los demás pasillos, reservados a libros de consulta, colecciones y enciclopedias, siempre me resultaron terreno desconocido.
Nunca perdí ningún libro. En la biblioteca de Bélmez no había multas por devolver los libros tarde, y probablemente la mitad de los fondos se encuentren dispersos por medio Bélmez de la Moraleda. En mi casa, sin ir más lejos, guardo con celo Insolación de Pardo Bazán, El gran Gatsby o El médico de Noah Gordon, entre otros. Para cuando abra sus puertas de nuevo.
La biblioteca cerró tras un verano de dudas. Recuerdo que pasé como era habitual y tras recepción había otra muchacha del pueblo haciéndose cargo. Yo traía una lista de lecturas que pretendía finiquitar durante el estío, y me las llevé todas sin ficha, con la deuda en un papel de dudoso futuro. Luego cerró. Para siempre. En su lugar se construyó un Centro de Día. Que permanece cerrado. En un plan a priori encantador, se demolió el antiguo colegio del Bélmez y encima se construyó un pequeño parque, el polémico Centro de Interpretación de las Caras y, aprovechando un edificio original, la Biblioteca de Bélmez. El Centro de Interpretación abrió hace 2 o 3 años, con su aparcamiento subterráneo, y el parque se inauguró de igual modo. La biblioteca de Bélmez está terminada, los libros en sus baldas, el edificio perfectamente restaurado, con los enormes ventanales que alumbraron a generaciones de párvulos, hay incluso conexión Wi-Fi gratuita para quienes pretendan hacer uso del Parque de la Cultura (como se ha tenido a bien llamarlo).

una parte de mi biblioteca
Quien me conoce sabe que puedo pasar horas en una biblioteca o en una librería, ya sea la más grande o la más pequeña del mundo (que se encuentra en Lisboa, por cierto). Que esos templos son tan lugares de fe como cualquier iglesia o mezquita o sinagoga. Que quien entra en una biblioteca lo hace en un acto de fe, porque espera encontrar paz, y respuestas, y aquello de lo que la vida lo privó. Por eso estos tres meses han resultado decepcionantes y frustrantes, porque la Biblioteca de Bélmez está lista para alzar el vuelo, pero no vuela. Y hablo de un pueblo que lleva ya la friolera de 3 años sin biblioteca, y un pueblo sin libros es menos libre, y menos bonito, y menos culto, y menos pueblo. También dediqué mi tiempo libre este verano a ordenar mis libros. En convertir mi biblioteca en una biblioteca de escritor. O al menos en una biblioteca de aquello en lo que me quiero convertir. Coloqué todos los libros que ya no necesito en una caja enorme. Sumarán al menos 30 libros. Algunos ya los regalé a mis primos pequeños, pero la intención última era donar esa caja (y devolver mi deuda) a la biblioteca de Bélmez.
Pero aún se trata de algo utópico.

27 de noviembre de 2013

Entrevista diario JAÉN

Entrevista de Elios Mendieta

1. Cómo le va la vida en su actual ciudad, Lisboa?
Lisboa es sucia y decadente, y las calles de adoquines están llenas de adoquines sueltos por todas partes. Lisboa es, a fin de cuentas, preciosa. Por otro lado es una ciudad en relieve, construida sobre dos colinas y a pies de la desembocadura del río Tajo (aquí Tejo), un pseudomar hermoso y nostálgico. Lisboa está llena de Historia y de historias, sus estaciones de metro son enormes y hermosas, la gente es agradable y tranquila (en clara oposición a Madrid). Lisboa es una capital de Estado que ha olvidado su título nobiliario. Lisboa tiene una de las gastronomías más ricas y suculentas no ya de Europa, sino de todo el mundo. Traduzco, escribo, conozco gente, vivo.

2. Echa de menos Jaén?
Sinceramente, no. Ni Jaén, ni Granada, donde pasé 6 años, ni Madrid, mi último destino patrio. Echo de menos puntualmente a ciertas personas o momentos o estados, pero la vida es movimiento.

3. Cómo le va en el mundo de la literatura, qué proyectos tiene?
El otro día hice recuento y tengo siete, ¡siete!, proyectos a medias. Mi objetivo es volver de Lisboa con dos novelas bajo el brazo. Además, me he comprometido a montar mi propio librojuego (rollo "elige tu aventura") para una nueva editorial. No paro de escribir, eso nunca.

4. Qué está leyendo estos días?
Leo a Rilke, compré nada más llegar a Lisboa El libro del desasosiego para releerlo, y pretendo leer El año de la muerte de Ricardo Breis en portugués en breve. También me intereso por la poesía portuguesa contemporánea.

5. José Saramago o Juan Eslava Galán?
José Saramago, no ya por su valor literario, que no se puede medir, sino por la figura. Hace unas noches me vi el documental José y Pilar, sobre él y su santa esposa, española. Saramago es el abuelo que todos hubiéramos querido tener. En cualquier caso, me tira más Muñoz Molina que Eslava Galán.

6. Su Bélmez natal es un municipio que podría engendrar diversas novelas, ¿no se atreve usted a contextualizar una novela en su pueblo?
Cuando era un niño fantaseaba con ello, con escribir una enorme historia de fantasía o ciencia-ficción con las Caras como punto de partida. Hace unos meses Diputación publicó mi primer libro de relatos. En "El infierno empieza aquí", un cuento sobre la parte más mística de las Caras, materializo un poco esa perversa fantasía infantil.

7. Con qué música se relaja?
Soy un triste. Me encanta la música dolorosa y lenta como melaza. Además, soy muy ecléctico. Lo mismo escucho a las maravillosas Estrella Morente o Silvia Pérez Cruz que a Damien Rice, Nina Simone, Radiohead... Y Zahara, Maez, Thomas Newman, Tulsa, L.A., Bebe, Amy Winehouse, Eels,.. Ahora ando enamorado de Mayte Martín.

8. Usted que ha vivido en varios sitios, ¿cuál sería la próxima ciudad en la que le gustaría vivir?
Me encantaría vivir en Londres, en Nueva Orleans o en cualquier rincón de Australia. Supongo que esto tiene mucho de emigración progresiva.

9. ¿Cuál es su película favorita?
Joder, esta pregunta es, de lejos, la más difícil. Solía responder de manera automática que American beauty (Sam Mendes, 1999), pero les tengo un profundo amor a cintas como Cría cuervos (Carlos Saura, 1975), La leyenda del tiempo (Isaki Lacuesta, 2006) o Donde viven los monstruos (Spike Jonze, 2009). El cine es algo que me gustaría explorar en profundidad.

¡Muchas gracias por la entrevista! Beijinhos.

12 de febrero de 2013

Mayoría de edad


¿Está la juventud sobrevalorada? A veces, sobre todo en ámbitos artísticos, parece que la juventud es sinónimo de novedad, descaro, un soplo de aire fresco y, aunque a veces pueda ser así, se sobredimensiona. De este modo, surgen editoriales y premios o estudios sólo para jóvenes por el simple y estúpido hecho de ser jóvenes. Oh, pobres, estas promesas merecen mi atención, y así me hago con ellos antes de que peguen el pelotazo (y algunos, por estadística, lo pegarán).
Como creador y persona que quiere dedicarse a la literatura, me inquieta esto. Me frustra pensar, sobre todo compararme con otros, decir: a los 25 Tal tenía ya cuatro libros publicados o Cual había ganado el Premio X. Éste escribió toda su obra antes de los 23, y mírate tú, me digo, con dos libros y 25 años, pero tampoco son grandes libros, tampoco van a cambiar la vida de nadie. De hecho, el segundo aún no ha salido. Supongo que el problema es el miedo a no trascender aunque sea un poco. Mucha gente, cuando se encuentra en la situación de escribir un  libro con diecisiete, dieciocho años -y todos lo hemos hecho- se plantea la autopublicación o llega a aceptar cualquier contrato editorial sólo para ver su libro en formato físico entre las manos.
A estas alturas, habidos dos libros resultado de dos premios literarios, con más libros en la recámara, ya no pretendo correr. Mientras tanto, no me importa emplear mi tiempo en formar parte de antologías o proyectos paralelos, aun cuando la barrera de los 25 pesa cada vez con más fuerza y cada vez tengo más claro que la etiqueta de joven promesa literaria me queda más y más lejos. Tengo a punto de publicación El Desencantador, una novela que amo y en la que creo de verdad. No creo que le cambie la vida a nadie, pero estoy convencido de que podría aportar, sí, algo. Por eso he tomado la decisión de no obsesionarme con los genios que pisan el mundo con pies de plomo y toman decisiones brillantes desde antes de cumplir dieciocho, porque yo nunca fui brillante, joder, sólo soy Jose, y por eso no voy a correr, no quiero publicar a costa de qué, no, prefiero hacerlo bien, imprimir ejemplares, enviarlo a las editoriales previamente seleccionadas y llegar a un acuerdo con aquella que crea en mi proyecto. Aunque la publique a los treinta, carajo.
Siempre habrá alguien que lo haga más,
antes y mejor que tú