En los últimos años hemos visto cómo la inteligencia artificial ha aprendido a crear imágenes con un realismo y una creatividad sorprendentes. Basta con escribir un par de frases en una plataforma como Midjourney, DALL·E o Stable Diffusion, y en segundos aparece ante nosotros una obra que podría pasar por arte digital profesional.
Esto ha llegado a unos niveles delirantes de abuso y vergüenza ajena en las últimas semanas con el trend de ghiblizar imágenes personales para darles ese toque mágico y único del estudio de animación japonés que no ha hecho más que evidenciar que detrás de esta maravilla tecnológica se esconde un entramado de dilemas éticos, legales y medioambientales que vale la pena explorar. Porque no todo lo que brilla (o tiene trazos bonitos) es oro.
El dilema moral: ¿quién crea realmente?
Uno de los grandes debates es si las imágenes generadas por IA pueden considerarse “arte”. ¿Puede una máquina ser creativa? Y si lo es, ¿quién es el verdadero autor: la IA, el desarrollador, o el usuario que escribió el prompt? Hace unos años escribí el cuento "Alicia" para Hijos de Mary Shelley sobre una robot que desarrollaba la capacidad de hacer arte. Cito textualmente de esta historia ideada en 2011:
Alicia no podía soñar, pero comprendía los sueños. Por eso empezó a leer y a escribir, y a formar parte de círculos esotéricos donde hablaban de la alineación de los planetas y de energías invisibles al ojo humano, de adivinación del futuro, de relecturas del futuro, de cosas tan inasibles que hacían que Alicia se sintiera insegura. Dicha inseguridad comenzó a hacerse patente en sus escritos, nada que ver con los cuentos infantiles que la llevaron al éxito, sino textos terroríficos de personajes solitarios que emprendían viajes a lugares prohibidos, que encontraban viejos amuletos y textos que cambiaban la vida, personajes tan únicos que pronto atrajeron la atención de Roberto, un editor amigo de la familia. Los libros de Alicia se convirtieron en superventas, aunque nadie desveló que en realidad se trataba todo de una farsa, que ella no era humana, que esa literatura no pertenecía a los hombres.
Pero claro, si ella no era humana, si ella escribía pero había sido hecha de anhelos humanos, de cálculos de los hombres, de intentos por asir lo inasible, si ella había sido fabricada por el hombre, ¿no pertenecía también su obra a los hombres?
Además, muchos modelos se entrenan con millones de imágenes y textos tomados de internet, incluidas obras de artistas que nunca dieron permiso para que su trabajo se usara como "materia prima". Esto ha generado enfado en la comunidad artística, que ve cómo sus estilos son replicados sin reconocimiento, sin pago y sin control. Esto me llevó hace ya dos años a eliminar de mis blogs, donde llevo escribiendo de forma regular salvo esta última década, mucho más caprichosa, numerosos cuentos y relatos en un intento inútil seguramente, porque la huella digital es en 2025 ya indeleble y el daño está hecho.
Y, por si fuera poco, estas herramientas están empezando a sustituir encargos que antes iban a diseñadores e ilustradores reales. ¿Estamos, sin querer, participando en el desplazamiento laboral de los artistas? Yo tengo clarísimo que ni todas las IAs del mundo podría sustituir la congoja que me causó La tumba de las luciérnagas o el sentido de la maravilla que recorre La princesa Monokoke o El viaje de Chihiro. Por no hablar del recuerdo imborrable que me dejó Akira cuando la vi por vez primera con 4 o 5 años en el canal local de tv de mi pueblo (algo que existió y de lo que nadie habla); una IA no puede competir con una impresión tan humana.
Y justo acaba de descubrirse que Jianwei Xun, el filósofo chino que escribió el “libro del año”, Hipnocracia: Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad, es en realidad una IA generada por un italiano (dato anecdótico al tratarse del primer caso que sale a la luz, pero me da que va a ser el patrón a seguir.
Lo legal: una zona (muy) gris
Está claro que no se ha regulado, y ya vamos tarde, como siempre sucede con el derecho y los gobiernos y leyes, que siempre llegan tarde y mal. Las leyes no están yendo al ritmo de la IA. Por ejemplo:
En muchos países, una imagen generada totalmente por una IA no puede tener derechos de autor, porque no hay un "autor humano" detrás.
Al mismo tiempo, si una IA genera una imagen muy parecida a la obra de un artista, ¿es plagio? ¿Inspiración? ¿O simplemente coincidencia algorítmica?
Además, ya ha habido demandas colectivas de artistas contra empresas que desarrollan estas herramientas, por haber usado sus obras sin permiso en los entrenamientos.
Y ojo con otro tema delicado: los deepfakes. Las IA pueden crear imágenes falsas realistas de personas en situaciones comprometedoras. Esto puede usarse para manipular, difamar o incluso extorsionar. ¿Quién es responsable en esos casos: el usuario, la plataforma, o la propia IA? Mi experiencia trabajando en la revisión de contenidos de Tik Tok me ha hecho descubrir que son curiosamente las propias empresas las que se están regulando al respecto, entiendo que de forma preventiva.
El coste ambiental: el lado invisible
Supongo que habrá gente a la que los conflictos anteriores (morales, éticos, creativos, legales) se la suden directamente, pero tal vez apelar a esta vena medioambiental funcione. Sí, la IA también contamina. Bastante más de lo que creemos.
Entrenar un modelo de generación de imágenes no es algo que se haga con una laptop y buena voluntad. Requiere una cantidad brutal de energía para procesar millones de datos visuales. Y no solo eso: cada vez que alguien genera una imagen nueva con IA, eso también consume electricidad (más de la que usarías haciendo lo mismo con Photoshop, por ejemplo).
A esto sumale el impacto de los centros de datos, el uso de minerales para fabricar GPUs, la refrigeración constante de servidores y el reemplazo continuo de hardware. Todo esto genera una huella de carbono preocupante, sobre todo si pensamos en el uso masivo y creciente de estas herramientas.
¿Entonces por qué carajo se usa sin cortapisas y con esta facilidad?
Me siento en este momento como la pesadísima que no deja de dar la lata sobre las repercusiones de la inteligencia artificial en redes, pero es que la grandísima mayoría de los mortales se queda en la superficie, en el trend, en la foto reconvertida en algo "artesano" y "único". Asisto estupefacto incluso a creadores que no paran de compartir imágenes creadas por la mente colmena digital de risas.
La IA generativa es una herramienta potente y fascinante, no hay duda. Puede democratizar el acceso a la creación visual, inspirar nuevas formas de arte y acelerar procesos creativos. Yo mismo la empleo y he empleado para facilitarme a veces el trabajo, porque si de algo estoy seguro es de que la tecnología debería estar al servicio de la humanidad y no al contrario, y esto también nos obliga a hacernos preguntas difíciles:
¿Qué valor le damos al arte humano frente al generado por máquina?
¿Estamos respetando los derechos de los creadores?
¿Estamos preparados para lidiar con los efectos legales y ambientales de su uso masivo?
No se trata de frenar el avance tecnológico, sino de hacerlo con conciencia. Porque si la inteligencia artificial va a imaginar el futuro… más nos vale que lo haga con ética.
2019 está siendo un buen año para los amantes del buffyverso (sí, es una cosa; sí, así se llama). Tras el decepcionante cierre a las desventuras de la heroína en la décimo segunda temporada en cómic, ha llegado un año de renovación.
Recordemos que Buffy, Cazavampiros concluyó su andadura catódica tras la séptima temporada en su segunda cadena, pero Whedon y afines, que habían desarrollado un universo tan rico con una mitología tan desbordante, entendieron que la historia de Buffy Summers y su Scoobie gang no podía acabar ahí. Entonces llegó la continuación canónica con la llegada de la octava temporada en la editorial Dark Horse Comics, que retomaba la historia poco después del final televisivo, cuando la protagonista había decidido cambiar las reglas del juego: Buffy decidía compartir su poder con todas las potenciales, esto es, todas las chicas en el mundo con el potencial de convertirse en cazadoras de vampiros. Un mensaje feminista que aún resuena y un final de aúpa para el viaje de la heroína rubia.
Por eso cuando se anunciaron nuevas novelas ambientadas en el universo creado por Joss Whedon, pero que no estarían escritas por éste ni centradas en la propia Buffy, muchos seguidores de la serie pusimos nuestras expectativas en dicha expansión. Historias nuevas, personajes nuevos.
Así es. En ese sentido, Slayer cumple. Porque parte de un punto poco explorado, que es la extinción de la magia en todo el mundo. Nina, una Cazadora en un mundo sin magia, una serie de apariciones demoníacas y una comunidad cerrada. Esta situación, por inédita, resulta interesante y la autora ha sabido escoger el momento clave del universo canónico para dar a conocer su historia y a sus personajes. En este sentido se nota que White es una fiel seguidora del universo sobre el cual escribe: conoce a sus personajes, sus reglas y su tono. Conoce la gravedad que subyace bajo la apariencia de humor leve e intenta imprimir a su novela de los elementos que funcionaban, por ejemplo, en la serie.
Sin embargo, lo consigue a medias. A este arranque hasta cierto punto sorprendente le sigue una galería de personajes que en su mayoría pasan sin pena ni gloria, sin una personalidad definida que es precisamente lo que hacía funcionar tan bien la obra de Whedon. Tiene algún momento álgido de acción a medias del libro, aunque el ritmo es extraño, y la construcción de la trama, lenta y un poco sin rumbo. Hay giros, muchas referencias a situaciones y personajes adorados por todo fan del Buffyverso -el libro brilla en especial en estos momentos, ya que su autora sabe hacerlos sin que resten protagonismo a sus personajes originales, más bien como guiños que enriquecen la experiencia de los seguidores de la obra original-; sin embargo, el libro se torna previsible -los giros no acaban de funcionar- y la historia no parece acabar de despegar. Sin embargo, sienta unas bases sólidas a partir de las cuales construir los siguientes libros, ahora sí, sin necesidad de carta de presentación como excusa.
En pocas palabras, Slayer se trata de un trabajo irregular, con sus luces y sus sombras, que esperamos sirva para abrir el camino a futuras alegrías.
No suelo jugar a demasiados videojuegos. He tenido mi época de Play Station (fue toda una sorpresa que mi madre decidiera regalárnosla aquel verano), donde mis juegos preferidos eran Silent Hill y Resident Evil, aunque reconozco que en el que más avancé fue en Crash Bandicoot. También en el ordenador tuve a bien disfrutar de ciertas aventuras gráficas memorables como la primera y segunda parte de Broken Sword. Hace unos años encontré un simulador en alguna parte y el primer juego al menos ha envejecido de lujo. Entretenido, inteligente y muy divertido. Me lo jugué casi del tirón entero (con los años he descubierto las guías online que te sacan de intentos infinitos e infructuosos).
Total, sin ser un experto, también tengo un pasado. Por eso cuando leí la atípica recomendación de mi amiga Cristina en su blog sobre literatura Si Dumbledore fuera librero, me pudo la curiosidad. ¿Qué hacía un videojuego en un blog de libros?
What remains of Edith Finch lo tenía todo para enamorarme: un protagonista adolescente, montones de misterios y una historia bien escrita. Una historia familiar, ni más ni menos. Un espectacular caserón abandonado a los pies de un lago. Caminos de madera, un barco hundido, fotos, cuadernos, secretos, pasadizos y puertas ocultas tras cuadros y muebles.
Suena bien, ¿verdad? Me gustó de este juego, aparte de la excelente ambientación y recreación, su falta de pretensiones. Como decía, la historia es, a fin de cuentas, una historia familiar compuesta de muchas cajas chinas de las que sale música. Juntas, conforman una melodía perfectamente afinada.
No son pocos quienes proclaman que el futuro de la literatura está en el videojuego. Hace un par de años me propusieron coescribir un videojuego, A Place for the Unwilling. Mi labor ha consistido, de momento, en insuflar de vida a uno de los personajes protagonistas. Es literatura. Eso es lo que he aprendido, que en otro medio, es literatura y puede ser -y debe ser- literatura de primerísima calidad.
Hace unos años hice una tesina de máster sobre adolescencia y literatura, y cómo emplear la literatura en la enseñanza de idiomas. Si la reescribiera ahora, los videojuegos ocuparían un lugar destacado. Ya de por sí tiene la literatura una función terapéutica que la lleva a emplearse con niños y jóvenes enfermos, pues qué no se lograría con videojuegos.
A este respecto no puedo más que recordar otra aventura del medio como es That Dragon, Cancer, un videojuego durísimo desarrollado por los padres de un niño muerto de cáncer. Como ya hicieran Francisco Umbral o Sergio del Molino al tratar un tema tan sensible en su obra literaria, esta familia se propuso trasladar la experiencia que acababan de vivir a este medio de comunicación. Aquí no hay una misión, no hay un héroe o una narración lineal tradicional. Este videojuego ofrece una experiencia autobiográfica, refleja el hastío y la impotencia de las horas de hospital y el avance de la enfermedad ante el cual, como en la vida real, sólo podemos ser testigos.
En cierto sentido, sobre todo en su vertiente más sensorial, What Reminds of Edith Finch me ha recordado a dicho videojuego. Tampoco existe una narrativa que avance hacia una meta concreta más allá de conocer el árbol familiar de la protagonista, con ese sistema de cajas y muñecas rusas del que hablaba antes. Aparte de meternos en la piel de ella, el simulador nos ofrece experiencias tan estimulantes como entrar en un cómic clásico pulp o convertirnos en un tiburón, giros todos que sorprenden y expanden la experiencia más allá de los límites "físicos" de la mansión protagonista.
En definitiva, una buena historia de misterio para fans y neófitos en las lindes del videojuego, What Remains of Edith Finch, y lo demuestra su galería de premios y honores varios, saciará vuestras ganas de una buena historia.
Parece una obviedad, pero no lo es. Cuando se anunció hace un año el regreso del formato a TVE parecía otro intento a la desesperada del ente público para recuperar antiguas glorias. Lo que nadie podría haber previsto era que Operación Triunfo regresara como un espejo idóneo que refleja cómo hemos cambiado como país en estos 16 años.
Aquí unos apuntes sobre el talent show y cómo ha evolucionado. Y, citando a Presuntos Implicados, "cómo hemos cambiado".
Cásting
Lejos quedan aquellos triunfitos bonachones, ilusos y naturales de la primera edición, o aquellos resabiados de ediciones posteriores (en especial en Telecinco). Rosa, Bisbal, Chenoa y compañía eran la imagen de un país producto de una democracia tardía, de décadas de complejos, carne de cañón para aquella bomba emocional, pornografía televisiva que se atrevía a dar sus primeros pasos en el medio español. La historia de superación era bigger than life, y los chicos se prestaban a convertirse en ídolos de masas, cada uno con una historia personal y una meta marcada a fuego, cada uno tan real que resultaba imposible empatizar con ellos, con su campechanía y una falta de tablas que daban sentido al formato gala tras gala.
Dieciséis años después, vuelve a ser el cásting el mayor acierto de la edición: España ha cambiado, también su audiencia, y el público no necesita otra Susan Boyle, otro Paul Potts, otra Rosa de España. Las historias de superación están trilladas, la cultura musical del país ha evolucionado y hace falta reflejarlo en la selección de concursantes. Sin grandes alardes, ya en la gala 0 se entreveía el cambio: concursantes jovencísimos -tan jóvenes o más que los de aquella primera edición- , ilusionados, inexpertos, atrevidos. Capaces de subirse al escenario con un instrumento musical, de cantar en inglés, de dejar atrás los ritmos latinos y el flamenco, o reducirlos a algo testimonial.
Los jóvenes han sido auténticos, impulsivos, divertidos, honestos. Hacer televisión es una forma de hacer política, y España había devuelto una imagen deformada de la sociedad a través del medio televisivo, especie de Nuevo Prometeo de ninis, hermanos mayores, mujeres y shores y viceversa. OT nos ha regalado esperanza en el futuro dando voz a otros jóvenes con aspiraciones nobles.
Palabra aparte merece la remozada academia, con un claustro que reúne al alma de OT, Manu Guix y Noemí Galera, con nuevas y enriquecedoras aportaciones que han servido para traer aires de cambio al formato, ponerle corazón y quitarle solemnidad al conjunto. También el nuevo presentador, Roberto Leal, que ha sacado Matrícula de Honor en uno de los retos más difíciles a los que puede enfrentarse un presentador: coger por los cuernos las tres horas de directo con sus imprevistos, un escenario enorme y un plató a rebosar de gente, y hacer esto sin que se note lo difícil que es. La experiencia como reportero del sevillano le ha aportado tablas, y su naturalidad e implicación, las bases sobre las que ha conducido todas las galas.
Canales de consumo
Atrás queda también la costumbre de ver la gala en familia el lunes por la noche y vivir de las migas de los resúmenes diarios. OT ha ganado terrenos con una decisión inédita en un reality en España: el 24 horas abierto, gratuito, sin cortes.
OT 2017 se ha follado la linealidad narrativa. Esa inyección en vena de realidad ha generado a su vez una nueva forma de consumir el formato: la ineludible gala de los lunes (Twitter mediante, para analizar, diseccionar y vomitar bien de mala leche), el bendito 24 horas, con sus picos de audiencia como los pases de micros, repaso de gala y reparto de canciones, los contenidos creados por los consumidores, que sirven como muestra del éxito transmedia de esta edición. Somos muchos quienes, cuando no podemos estar todo el día en el 24 horas, acudimos a un hashtag para ver los puntos destacados y enterarnos de lo importante. Así, se han trazado dos narrativas: la oficial, que genera la productora con sus galas y resúmenes diarios, y la que han creado los propios seguidores del programa, hasta el punto de que el hashtag diario ha logrado ser TT durante 3 meses seguidos de emisión del programa. Incluso hoy, un día después de que haya terminado el concurso, es TT #OTDirecto6F.
Por supuesto, la difusión en redes sociales ha tenido otra lectura tan contemporánea y posmoderna como la de los juicios en Twitter y la poscensura: decenas, centenas de twitteros dispuestos a tumbar a un concursante, un profesor o a la mismísima directora de la academia por una mala respuesta, un mal gesto o cualquier comportamiento malinterpretado.
El programa ha sabido recoger esto y apropiarse del fenómeno para generar giros de guión: inolvidable ese momento en el que Noemí Galera, atacada por una jauría de twitteros por un comentario sobre Alfred, rompe a llorar y pide perdón al concursante durante un reparto de temas ante el gesto perplejo, atónito de los concursantes; la presión de las redes ha aupado favoritos, salvado a concursantes y dictado el devenir del concurso.
La reinvención del reality
Cuando los realities y talent shows ya estaban implantados en medio mundo, la productora Gestmusic Endemol vino con un concepto novedoso: unir ambos formatos en uno solo, de modo que los aspirantes a cantantes convivieran en una academia de formación intensiva. A pesar del éxito aplastante de la primera edición, el formato comenzó a desinflarse y desvirtuarse en sucesivas ediciones.
Frente a los realities de toda naturaleza que buscan la confrontación y la fama pasajera, TVE ha apostado por un concurso blanco, por una motivación clara. El trato respetuoso de la cadena y el carácter familiar de las galas -más allá de los horarios imposibles de emisión- han centrado la atención en aspectos musicales o simpáticos de la convivencia, no en la confrontación y competencia, como suele ser habitual en estos formatos. El hecho de estar en la cadena pública tal vez sea el verdadero motivo de esta proyección. Y es que si algo nos ha enseñado este OT es que los realities, por mucho que pretendan impactar con su vida en directo, también tienen una narrativa, dictada en ocasiones por la productora, en otra por los seguidores o, en última instancia, por los propios concursantes.
Y en Operación Triunfo suceden cosas. Han logrado algo, y es que no haya momentos vacíos, que no sea preciso un montaje frenético para que el 24 horas sea entretenido. Como si de un canal de televisión fuera, todos los días han publicado la "programación": Clase de canto, Ensayo con Bailarines, Clase de inglés, Merienda, Cena, Película, Visita de..., no hay tiempos muertos, y los tiempos muertos los han llenado los concursantes con su carisma, sus conciertos improvisados, sus juegos, bromas, momentos de intimidad... Gracias a la estupenda realización de un 24 horas que nos ha regalado momentos inenarrables en los cierres del directo, el progresivo enamoramiento de los pupilos y los pases de micros. Es increíble pensar que esto ocurra en directo y vaya tan bien engrasado sin necesidad de edición. Xavi, el realizador jefe, se ha ganado el cariño de los espectadores del directo gracias al nervio y la inteligencia para captar lo que ocurría entre los muros de la academia.
La narrativa Como apunto arriba, la realización magistral del 24 horas y la intervención de los seguidores en redes sociales se ha creado una narrativa fascinante que ha durado 3 meses. Más allá de las historias de aprendizaje, de formación de alianzas entre concursantes, de chispas de romance, se han construido varias grandes historias como si hubieran estado diseñadas por un guionista. La más potente, sin duda, el romance Amaia-Alfred, desde los pequeños gestos que delataban el nacimiento de este amor (captados con maestría por Xavi y su equipo, que no dudaron en servirse de juegos de espejos, rodeados de cámaras cámaras robotizadas y audios entre la pareja) hasta el amor consumado, con varios giros de guión ("City of Stars", la separación y vuelta por Navidad, el objetivo eurovisivo) y la coronación de ella como ganadora. Pero también Aiteda, sea real o no, pues se ha alimentado tanto la relación imposible entre Cepeda y Aitana, separación y devastación emocional mediante, como las consecuencias que esto haya podido tener en sus vidas fuera del concurso. Eurovisión fue otro de los grandes temas que revolucionaron la dinámica del concurso, en vista del éxito del formato, y que la historia de Almaia se solape con el Festival de Eurovisión sólo puede tratarse, desde el punto de vista del relato, como hilar muy fino. La aparición de dos supuestos grupos enfrentados por afinidad, con buenos y malos que ellos mismos se han empeñado en derribar a fuerza de respeto y admiración, con una nueva heroína con todo en su contra, Míriam, ni más ni menos que tercera finalista. El elemento Cepeda, barriendo sistemáticamente a sus compañeros nominados, pero también los elementos de alivio cómico, principalmente Roi y Amaia, por su buen humor y desparpajo, nos han ofrecido una trama global que contaba con todos los elementos para triunfar.
La música
Se ha hablado mucho del concurso, de los triunfitos, de los Javis, del jurado... ¿pero y la música? Seamos claro, Operación Triunfo es un programa de televisión, un reality cuyo pretexto es la música. Pero seamos justos: OT 2017 es probablemente la edición en la que más música hemos tenido, no ya en las galas, donde se ha abierto tímidamente el espectro musical, sino en el día a día. La mayoría de concursantes son músicos que tocan instrumentos, componen e improvisan. Al regalo que han supuesto los recitales de Amaia o las canciones que componía poco a poco Alfred y compartía con su audiencia debemos sumarle las visitas de músicos de distinto pelaje (leyendas de nuestra música como Sole Giménez o Pastora Soler, cantantes más alternativos como Zahara o el Kanka, o antiguos triunfitos como Beth o Bisbal), los artistas invitados en las galas y un repertorio que ha abarcado clásicos imperecederos como Gardel o los últimos hits de Dua Lipa, del mainstream del reggaeton lento al bolero de Zenet... Ha sido este Operación Triunfo, a este respecto, una escuela de música. Música en directo, como Roi y Míriam a la guitarra, Amaia y Alfred al piano y trombón, incluso con las casi siempre lamentables intervenciones del chat. Voces prodigiosas como la de Agoney y Nerea, con una textura personalísima como las de Amaia y Aitana y una progresión vocal constante, con nuevos retos, canciones mejores y peores, pero siempre con la música por bandera.
También se ha dado visibilidad a los compositores, no sólo desde la introducción de la dinámica eurovisiva, sino desde la creación de los propios concursantes ("Camina" es el nuevo himno de OT) y las visitas de cantautores y compositores a la academia.
Hay vida fuera de la Academia
Pero lo que ha convertido a OT en un fenómeno, insisto, ha sido la retroalimentación constante en redes sociales, con el canal oficial del programa generando contenidos constantes que los fans han sabido desarrollar desde sus anhelos y frustraciones, así como los concursante expulsados transmitiendo sus encuentros y actividades al margen de la academia. Incluso el presentador, implicadísimo con el formato, ha generado conversación y contenidos.
Así, por primera vez en la historia del concurso, el día a día de los concursantes se podía seguir fuera de la Academia a través del hashtag diario. Uno podía seguir la evolución diaria de Míriam en sus clases o a Roi y Cepeda de fiesta en casa de los Javis. De este modo, los expulsados han podido explotar ese nicho de fans que les otorgó el programa e interactuar con ellos a medida que el formato avanzaba, al margen de su participación en galas, firmas de discos y demás actividades promovidas por la directora. Caso especial son Mimi, primera expulsada, que no ha dejado de hacer bolos durante este tiempo, o Ricky, a quien hemos visto retransmitiendo los Goyas Golfos en la misma web de RTVE. Esto es, para ellos el concurso seguía fuera del marco del programa, así como su carrera y evolución.
Fenómeno OT
Esta edición comenzó discreta, con una gala 0 que tiraba de nostalgia y técnica y musicalmente dejaba mucho que desear. El presentador estaba nervioso, los concursantes estaban nerviosos y hasta los profesores estaban nerviosos.
Con la llegada del 24 horas, la situación se invirtió. Tener la opción de seguir el día a día de los concursantes generaba un nuevo interés que se tradujo en la omnipresencia de OT en Twitter, toda la red y, paulatinamente, en la calle. Esta nueva ventana de consumo ha provocado que el público empatice más si cabe que en anteriores ediciones del programa, hasta el punto de que como espectadores tenemos la sensación de conocer a los concursantes en profundidad
Lunes a lunes se ha demostrado con la audiencia de las galas que Operación Triunfo había vuelto para reclamar su lugar en el Olimpo televisivo, hasta un sorprendente, admirable 30% en la final, algo impensable para cualquier otro reality o producto de ficción tal y como se reparte el pastel televisivo en la actualidad.
También da una idea del alcance del fenómeno la locura fan desatada en aeropuertos, centros comerciales y estaciones de tren con cada visita de los triunfitos, así como el interés suscitado por algunos de ellos en prensa rosa, tal vez el paralelismo más claro con aquella primera edición.
El sábado pasado, durante el reencuentro de los expulsados con los finalistas restantes en la Academia, 100.000 personas seguíamos el directo en Youtube. Otros picos de audiencia ya se dieron en el regreso por Navidad y en momentos clave del concurso.
Baby steps
Si por algo ha dado que hablar OT 2017 ha sido, además, por su contenido social, donde en efecto se ha hecho patente el salto generacional con respecto al OT de hace 16 años y al país que éramos entonces. Feminismo, nuevas masculinidades, visibilidad LGTB, derechos humanos... puede parecer la nueva agenda de corrección política que ha querido vender la Academia para subirse al carro del cambio (tampoco es de extrañar que distintos políticos de diverso pelaje se hayan querido anotar el tanto de dichos pequeños progresos). Por una parte, el programa ha llevado una labor encomiable de visibilidad de causas sociales como la donación de sangre, los trastornos mentales o el tratamiento del sida con las visitas de profesionales de distintos ámbitos.
Por su parte, los profesores y alumnos han demostrado que se puede actuar sin prejuicios, que ha llegado un verdadero cambio a nuestra sociedad. El tan cacareado beso entre Marina y Bast, o la homosexualidad sin tapujos de Ricky y Agoney, la presencia de los Javis, pareja real que ha luchado por hacer una lectura lejos de lo heteronormativo y han denunciado gestos y actitudes homófobas dentro y fuera de la academia. La sensibilidad de Alfred y Roi (recordemos las risas con el llorón de Bustamante en su día), la amistad entre chicas que han hecho prevalecer la sororidad por encima de cualquier rivalidad, las opiniones feministas de Amaia y Aitana sobre sus cuerpos y la concepción de las relaciones. Esta generación viene fuerte, y viene firme.
Han sido conscientes de la plataforma que tenían, y Alfred no ha dudado en denunciar la situación de los refugiados o hablar sobre depresión y ansiedad demostrando valor, honestidad y sentido común.
Muchos recordarán la vergonzante situación que se vivió en la segunda edición del reality, cuando a Beth le prohibieron hablar en catalán con su familia al encontrarse en TVE, cuando debería favorecerse justo lo contrario. No han sido pocas veces las que hemos oído cantar y hablar en catalán (el programa, recordemos, se produce en Barcelona) a concursantes como Alfred y Nerea, profesores y equipo técnico con total naturalidad, o en gallego, dado el caso. OT 2017 ha servido también para evidenciar lo que es normal en un país con la riqueza lingüística de España, aunque sigue siendo la asignatura pendiente del programa: seleccionar canciones en gallego, catalán o euskera para una gala en prime time. En tiempos revueltos, sería toda una llamada conciliadora.
Con cada decisión, con su premisa de permanecer unidos como una piña han demostrado los 16 concursantes, más allá de las bases del concurso, que el factor humano está por encima de cualquier espectáculo. Todos ganan, y nosotros con ellos.
Amaia, esa bestia parda
Era de justicia divina que Amaia ganara la edición. No sé si, como anuncian los conspiranoicos, se trata de una estrategia de la productora o discográficas para convertirla en el producto perfecto, porque no podían contar con todo lo que nos ha dado. Un criterio musical formadísimo a pesar de su juventud y también una profunda formación que ha sacado a relucir en todo momento. Sus momentos en el piano se han convertido por méritos propios en algunos de los mejores de la edición. Las canciones que ha versionado y artistas a quienes ha interpretado se han rendido ante su talento y gusto artístico, y muchos de ellos se han visto de la noche a la mañana expuestos al mainstream de forma indirecta.
Tampoco podría haber previsto nadie que aquella aparente inocencia (una de las claves del casting de OT1) fuera real, y por ello ha dotado de frescura al concurso y a la interacción con sus compañeros prestándose a bromas y a hablar en plata. Su desparpajo, naturalidad y bonhomía la han convertido en la estrella de la edición, junto a su falta de filtro en muchas ocasiones y una constancia semana tras semana que ha llevado a los profesores a explorar sus límites con retos como "So what" o "Shake it out". Qué decir de esa materia de estrella que se crece en el escenario: la hemos visto inocente, pero también sexy, divertida y sufriendo la canción de esa semana, la hemos visto crecer como artista, y eso que ella venía de fábrica con muchas tablas.
Y el amor. Ay, el amor. Amaia nos ha regalado esta pequeña gran historia de película. Hemos visto nacer, gesto a gesto robado, este romance entre dos músicos que se admiran y se respetan como son, que han sido apoyo mutuo en todo momento y a quienes hemos alzado como representantes de España en Eurovisión. Cuántos momentos mágicos encima del escenario, junto a un piano, en el sofá, a la mesa... nos han regalado una y otra vez, siendo además ejemplo de una relación de igualdad, y reitero la clave de esto, ya que se han convertido en referentes de la juventud española y en reflejo del país.
Amaia de la Música, Amaia de España, Amaia Romero... Llamadla como queráis, ella bien lo merece. Cómo un alma tan pura, un talento tan precoz, una música de verdad no se iba a alzar como justa ganadora de un concurso que, esta vez sí, ha valido toda la carga nostálgica. Con creces.
No me preocupa su futuro. Tiene criterio y gente que sabrá aconsejarle bien, difícilmente la veo como un juguete roto. Tiene carrera por delante, y sólo nos queda esperar que esté a la altura de sus sueños.
Hace algo menos de un año comencé a leer, no recuerdo bien a cuento de qué, todos los números de The Walking Dead publicados hasta la fecha, No sé, algo así como 120 o 130 del tirón, en 3 días de lectura frenética. Me fascinó de la serie los dilemas morales a los que sometía a sus protagonistas y, de paso, al lector.
En cuanto a la serie de televisión, reconozco que empecé a verla en su primera temporada al enterarme de que era Frank Darabont quien había desarrollado la adaptación. Sin embargo, pronto esa temporada comenzó a diluirse y la abandoné al final de su primer ciclo.
Más tarde, como digo, llegarían los cómics, con todas sus muertes (otro de los aspectos más interesantes de la obra de Kirkman es el empleo de la muerte como motor narrativo, aunque a veces el uso deviene en abuso; el empleo de la muerte como motor narrativo y de conflicto sigue estando en poder de Joss Whedon), con los distintos emplazamientos, giros locos en torno a los caminantes y su origen, el Gobernador, Negan, más, más, más... El universo de The Walking Dead se atisba inagotable.
Por eso resulta interesante que su adaptación televisiva no haya aceptado el cómodo tránsito de medio y haya servido para expandir su universo, introducir nuevos personajes y diferencias en las tramas preexistentes; en otras palabras, la serie de televisión sirve como experimento narrativo y permite una reformulación de conflictos ya explorados en el formato original.
No obstante, la serie de televisión ha seguido fiel a temas y tramas efectivas en la novela gráfica: la transformación del héroe en antihéroe, la lucha por la supervivencia a toda costa, ya sean el precio pasar por el canibalismo, terrorismo, violaciones, asesinatos indiscriminados, venganzas personales... El motto de la serie parece ser aquel principio de Hobbes.
Con todo, la penúltima emisión de The Walking Dead en AMC se vio envuelta en una polémica (¡?) caduca. Nos presentaron a un nuevo personaje, Aaron, de esos que, de agradables, simpáticos, buenos, provocan recelo en los protagonistas. Si algo nos ha enseñado The Walking Dead es a no bajar la guardia. Y como nuestras peores sospechas parecían confirmar, el recién aparecido se acerca a otro desconocido y lo besa en los labios. Repugnante. Estos maricones.
Desde que se emitió el episodio, esta reflexión ya ha dado la vuelta al mundo en muchas y mejores apreciaciones que la mía. Sin embargo, no quisiera centrar mi atención en el hecho de que una serie donde hemos visto todo tipo de vejaciones y violencia de lo más explícita, a estos energúmenos les ofenda un beso entre dos hombres en una ficción donde han matado a niños a bocajarro, han dejado a personas tullidas, han violado, han devorado, han torturado a otros seres humanos. Pero aquí el problema no es la intolerancia de estos. Tontos los ha habido siempre.
Lo preocupante es, no ya que sea noticia, sino que sea noticia por lo excepcional de la presencia de Aaron y su chico en una ficción de estas características. Dirán los detractores de estos personajes que quien quiera ver maricas, que sintonice Queer as Folk, Banana/Tofu/Cucumber, Looking o Please Like Me, por citar tres ficciones claramente homosexuales. Tampoco es el caso de ficciones de marcado carácter gay-friendly como Glee o Torchwood; ni siquiera hablo de series con un componente inclusivo en cuanto a la comunidad LGTB, véase Buffy, Cazavampiros o Urgencias, donde ciertas tramas involucraban de forma directa a personas que vivían una sexualidad LGTB. El caso de The Walking Dead es mucho más interesante, e importante, y necesario, porque es meramente representativa. Robert Kirkman, como muchos creadores, tiene superadísimo el conflicto de la sexualidad y entiende que a estas alturas carece de interés como motor narrativo de la historia. De ahí que sus personajes homosexuales simplemente sean, o estén, o existan, en medio de la hecatombe zombie, pero no es su homosexualidad la que provoca los males que acechan a los hombres y mujeres protagonistas, su misión es más sutil, estar ahí, sobrevivir, pasar por el Apocalipsis sin mucho ruido, salvar el pellejo. Contarla más allá de las tripas y la piel.
Hace años que dedico gran parte de mi esfuerzo y tiempo a analizar la ficción televisiva, pequeña obsesión que ha ido modelando mi forma de contar historias y crear personajes. Siempre mantengo que mi principal referente como escritor/creador ha sido Joss Whedon, y no es para menos. En cualquier caso, hoy no vengo a hablar de mí. Hoy era el turno de recomendar blogs ajenos, páginas desarrolladas por gente mucho más ducha en la materia que yo, o que al menos se expresan con mayor claridad, conocimiento de causa y pasión. Sigo muchísimas páginas web y bitácoras escritas por expertos y aficionados a las series de televisión, pero he querido hacer una pequeña selección con las que, a mi juicio, son en la actualidad las más interesantes que conozco, y por qué. No quiere esto decir que los blogs que voy a recomendar a continuación sean excluyentes para aquellos ajenos a los tejemanejes de Juego de Tronos o The Good Wife, sino todo lo contrario: los autores de estos blogs son auténticos maestros de la divulgación, y se expresan en unos términos y un tono, además de un ojo crítico clínico para entender por qué se puede amar tanto a David Simon como a Truman Capote o García Lorca. El orden, claro está, es totalmente arbitrario, de modo que seguiré el alfabeto.
Basura and TV
Si hay un blog que se ocupe de series únicas y, por lo general, desconocidas para el gran público, es éste. Presta especial atención a la ficción británica y de cable y la disecciona con un ojo clínico. En definitiva, la bitácora que más descubrimientos puede ofrecernos con un tono desenfadado, pero experto. Imprescindible.
Diamantes en serie
Alberto Nahúm se trata de uno de los analistas de la ficción televisiva más inteligentes del país. Se puede estar más o menos de acuerdo con sus opiniones, pero resulta imposible pasar por alto los análisis concienzudos que hace de productos de calidad. Además, a veces nos da sorpresas con el descubrimiento de una serie minoritaria (a él le debo, por ejemplo, la excelente Accused). Fascinante su pasión indiscutible por The Shield y su minuciosidad a la hora de hablar de este medio. No se lo lean, cada post es toda una lección.
El diario de Mr. McGuffin
Se ha convertido para mí en el lugar imprescindible de consulta diaria. Marina conoce todas las curiosidades sobre el mundo del cine y la televisión, y además tiene un amplísimo bagaje musical. Cada post en su blog es toda una delicia, un descubrimiento, una reflexión acertada sobre un tema candente. Además, su ritmo de publicación es envidiable. En definitiva, uno de los blogs más completos que sigo religiosamente.
Satrian se curra todos los días una lista con las noticias más relevantes del mundo del cine y la televisión, que no es poco, con enlaces a todas ellas, salpicado de vez en cuando por algún post díscolo. Es, sin lugar a dudas, el mejor blog para estar al tanto de lo que se cuece en el audiovisual.
Freakscity
A quienes descargamos como posesos series y programas de televisión, este blog es un auténtico regalo. Cada día encontramos una lista con la programación de la jornada anterior y enlaces de descarga directa o torrent. Ya sea para descargar contenidos o para seguir un calendario de emisiones, Freakscity es un lugar a tener en cuenta siempre.
Doctor Who se trata de una serie familiar que, como cualquier producto ideado para la familia, contiene un barbiturrillo de géneros. En el caso que nos ocupa destacan aventuras, ciencia-ficción y comedia, aunque personalmente considero que el más interesante es el que pasa en silencio, como incómodo, y nos acaba dejando tan tocados como al misterioso protagonista. Gracias al 50 Aniversario del estreno de la serie y a la emisión del especial 50 Aniversario que se emitirá el sábado, me uno a la iniciativa #semanawhovian, en la que varios aficionados al género y en concreto a esta serie, tratan de dar a conocer un producto que vuelve a convertirse en seña de identidad de Gran Bretaña. Porque RECORDAD ESTO: los British lo hacen mejor... Disculpad los SPOILERS, no hay forma de hablar del tema sin desvelar grandes momentos y tramas.
________ Pero la pregunta es: ¿funcionaría Doctor Who si se enfocara más como drama que comedia? Sí, lo haría porque es un buen producto y sabe jugar todas sus cartas con sabiduría, y para qué negarlo, el drama tiene más potencial que otro género. Supongo que por eso Russell T. Davies, el showrunner de la continuación de la serie en 2005, desligó el drama en un spin off mucho más maduro (es evidente que busca un público más limitado), Torchwood, que alcanzó su madurez en la estupenda tanda de episodios emitidos en 2009. Hablemos, pues, de por qué el Doctor a veces me hace llorar.
Ese ser solitario
El Doctor comenzó su singladura junto al “único familiar” conocido, y uso comillas
porque hay mucho que matizar, fue Susan Foreman o su nieta. De ésta, a pesar de que estuvo en la serie durante más de una temporada, no sabemos gran cosa: si nació en el futuro o el pasado, si es realmente nieta del Doctor… En cualquier caso, lo que aquí prima es la consideración del Doctor que, viendo hasta qué punto está limitando la vida de ella al arrastrarla consigo por viajes temporales y espaciales, un día la abandona para que haga su vida sin darle la oportunidad de despedirse. Abandona a su único familiar vivo en pos de un futuro incierto y errante donde cientos, tal vez miles de vidas se cruzarán por la suya para tal vez no volver a encontrarse.
________ A pesar de ello, el Doctor no soporta la soledad. Se trata del último de los Señores del Tiempo, vio morir a toda su familia, probablemente a sus hijos (“Una vez fui padre”, se atreve a afirmar en algún momento). Es decir, carga en sus espaldas con el peso del mundo, con sus recuerdos y con la posible culpa de haber sido el causante del fin de su raza, aunque no podemos afirmar nada al cien por cien, ya que gran parte del encanto de la serie es el misterio que envuelve al protagonista.
________ El Doctor no tiene nombre ni familia, el poder le corrompe. Pensad que se trata del último y único ser capaz de viajar en el tiempo y alterar el curso de la Historia, cosa que, si hiciera muy a menudo o irresponsablemente, podría acarrear graves consecuencias.
Adiós, pequeña, adiós
Las despedidas. Cómo duelen las despedidas. El Doctor, además de muy viejo (y, paradójicamente, cada vez más joven), es muy sabio. Y se conoce a sí mismo mejor que nadie. Cada vez que el Doctor está a punto de morir, se regenera. Y como el poder corrompe a los hombres y él, por muy Señor del Tiempo que sea, se deja llevar por las mismas emociones que los seres humanos. Recordemos que el Doctor es muy impredecible, excéntrico y una caja de Pandora que no conviene abrir, pero viaja con un acompañante (generalmente mujeres jóvenes, aunque ha habido algún hombre) que, llegado el momento, le frene los pies. Al igual que le pasó con su nieta, no quiere interferir en las vidas de las personas y las deja llegado un punto. Vamos a hablar de las despedidas y relación que entabla con sus compañeras.
________ Rose Tyler, una londinense joven y normal, como cualquier persona, entabla una relación de admiración pura y dura por el Doctor (interpretado en la primera temporada por Michael Eccleston). Cuando el Doctor muere, a ella se le rompe el corazón, aunque a continuación se regenera y vuelve con el rostro de David Tennant. Siguen viajando juntos durante todo un año en el que ella antepone la figura del aventurero de la caja azul a su familia (es decir, su novio y su madre), y aunque parece que esta relación no se pueda romper jamás, Rose se ve arrastrada a un universo alternativo del que nunca podrá volver. Y tampoco podrá ir hasta ella el Doctor, ya que existen reglas, y las reglas (la putada de siempre) están para
cumplirlas. Aunque claro, hecha la ley, hecha la trampa. No será ésta la última ocasión en la que veamos a Rose, aunque sí como su acompañante.
El Doctor sigue, destrozado, su periplo por el mundo cuando la TARDIS lo vuelve a dejar en Londres (¿melancolía? ¿la esperanza de reencontrar a Rose?los designios de la TARDIS son inescrutables), donde se ve entre la espada y la pared junto a una estudiante de medicina, Martha Jones. El Doctor la invita a un viaje que se va prolongando, aunque Martha, con la cabeza tan bien puesta y su continuo desengaño (se enamora del Doctor en el primer momento) considera, llegado un punto, que la aventura ya ha terminado. Igualmente la veremos más adelante, aunque la química y relación entre ella y el Doctor siguen siendo igual de frías.
Donna Noble es una treintañera que se va a casar. Ella es muy voluptuosa y podríamos compararla fácilmente con una Bridget Jones temperamental. El día de la boda el Doctor llega hasta ella y se lleva al novio y su único sueño, ya que a fin de cuentas todo se trata de una farsa. Esta joven desencantada de la vida pasa un año esperando al alienígena de la caja azul. El hecho de que Donna entregue todo un año de su vida a la espera del Doctor nos dice hasta qué punto su presencia hace mella en las vidas de las personas. No obstante, él vuelve y, por casualidad, se vuelven a encontrar y viajan juntos a lo largo de toda una temporada. La consecución de la relación que se establece entre ellos, acaso la más intensa más allá de la melancólica Doctor-Rose, llega al límite de la fusión de ambos en un ente común. Aunque claro, la despedida de Donna y el Doctor supone la respuesta a un ultimátum: la vuelta a la normalidad o la muerte. Para salvarla, Donna tiene que seguir su vida y olvidar sus viajes y al Doctor, la mejor amistad que hemos tenido la ocasión de apreciar en la (nueva) serie.
Prosigamos el viaje por los ríos de lágrimas que nos ofrece esta joya que es Doctor Who. Donna perdió dos años de su vida en pos del Doctor, pero no será la última ni la única. Ya en su momento, una acompañante sufrió el abandono del señor de la gabardina. La dejó en la Tierra, en Londres, y ella se convirtió en una periodista a la búsqueda de fenómenos cuanto menos, sospechosos. Ahora, ya adulta, mientras investiga un caso le reprocha al Doctor que la dejara atrás y la olvidara, aunque él le asegura que no la podría olvidar. Todas son especiales. Todas.
The blower’s daughter
Vale, que sí, que el Doctor perdió a su familia y es un hecho que lo marcó profundamente. Pero no vimos cómo sufría el tormento de ver desaparecer a los suyos. Recordad cuán emotivos son los filmes sobre el holocausto, pensad en Adrien Brody, el pianista que ve cómo secuestran y matan a su familia sin que él pueda remediarlo. Y
es que las Guerras del Tiempo, al fin y al cabo, fueron un genocidio doloroso como los que conocemos. Russell T. Davies, previsor como es, advirtió el gran potencial que guardaba el drama de ver a un padre perder a sus hijos, a su mujer, a su hermano… y así llegó a un episodio escrito para cargar (más aún) de humanidad al protagonista. No creo que el hecho de que el Doctor perdiera una mano fuera un hecho casual, creo que todo estaba medido. Por motivos que no vienen al caso, se engendra a la hija del Doctor a partir de su material genético. Una belleza rubia que, al contrario que su padre, tiene carácter beligerante.
Al principio, el Doctor no quiere entrar en el juego de la nueva paternidad. Ya ha sufrido bastante: hace unos días leí una entrevista a Susan Sarandon, y decía que “uno no empieza a pensar en la muerte hasta que tiene hijos”. Supongo que de ahí deriva la reticencia del Doctor en un principio, pero pronto advierte que él vive dentro de ella, que son la misma esencia, que… tiene la ocasión de empezar de cero. Tras continuas regañinas y aventuras peligrosas, la hija del Doctor se expone al utilizar armas (un signo inherente al Doctor es que no cree en el uso de armas, rasgo extrapolado hasta lo cómico en Sarah Jane) y finalmente salva a su padre y a los demás, a Donna y Martha, sacrificándose en el empeño. El Doctor se enfada con todos, y amigos y enemigos le dan la tregua para acompañar a su hija en la muerte. Una secuencia poderosa, hermosa y desgarradora donde vemos cómo la hija muere entre los brazos del Doctor, todo esto en un jardín botánico de Swansea. Bien, luego viene la trampa. Steven Moffat, guionista y nuevo encargado de la serie desde 2010, propuso que en un último momento la hija resucitara (después de todo, su material es el de un Señor del Tiempo), quizás con vistas a retomar el personaje en futuras temporadas… La cuestión es que el daño está hecho, el Doctor cree que su hija ha muerto, ha llorado su pérdida y se verá obligado a olvidar mientras nosotros sorbemos los mocos.
Love me tender
Cuando Doctor Who se estrenó, por muy avanzados que sean los británicos, la serie era tan mojigata como la sociedad. Además, se trataba de un producto blanco destinado a toda la familia.
Russell T. Davies, procedente de la sexualmente acelerada Queer as folk, no tiene más que utilizar un recurso necesario en cualquier producto televisivo: TSNR. La tensión sexual no resuelta es marca de la casa en productos como Luz de luna, Expediente X o la reciente Bones, y Doctor Who tenía todo lo necesario para que se diera. Un protagonista carismático y terriblemente atractivo, un/a acompañante temporal y distintos personajes, así como el liberalismo sexual de una raza que ha sobrepasado cualquier prejuicio. Si bien los puretas han rechazado el carácter sexual que ha adquirido la serie, la constante hoy en día es “renovarse o morir”. El Doctor es guapo, lo sabe, y como irresistible que es flirtea con todas las criaturas de la galaxia. Pero si hay una raza que le parece extraordinaria, esos somos los humanos. Dice que tenemos una inquebrantable capacidad de resurgir de nuestras cenizas, que los humanos somos, permítanme la metáfora, las cucarachas del Universo: eternos. Donde cualquier otra criatura vería una bolsa de carne rosa y tripas, pelo y demás guarradas, él percibe lo excepcional.
Así pues, a la necesidad de compañía se suma la atracción por los humanos. El Doctor, y parecerá una chorrada, ha besado a todos sus acompañantes por efímeros que fueran (ahí está Kylie Minogue en la renovada versión del Titanic), siempre en la continuación de 2005. A Rose es a la que más cariño le cogió, un cariño que, por culpa de la inevitable separación, se tradujo en obsesión y amor. Para qué negarlo, el Doctor se enamoró de Rose. Con Martha, sin embargo, pasó lo contrario. Martha se enamoró a la primera y él la ignoró, ocupado como estaba tratando de olvidar a Rose. Con Donna se estableció una preciosa relación de camaradería que se interrumpe de la manera más dura. En cualquier caso, y aunque ella no lo recuerde, el Doctor siempre la llevará en el corazón. Tampoco podemos obviar el flirteo con el capitán Jack Harness, protagonista y alma mater de Torchwood.
Pero el Doctor, más allá de las relaciones puramente amistosas con sus acompañantes, también tiene corazón y se ha enamorado en alguna ocasión. La más sonada, por lo bonito del romance y lo dramático de su fin, es la relación que entabló con una francesa que nos rompió el corazón. El Doctor y compañía encuentran en una nave espacial ventanas temporales que dirigen a una chimenea en un palacio del s. XVIII. Ahí el Doctor conoce a una niña que se convierte en su cómplice, y decide volver a la nave. Al cabo de unos minutos atraviesa de nuevo la chimenea y encuentra a una joven que se presenta como la niña que una vez, hace muchos años, encontró a un señor extraño en la chimenea. Conforme conversan, el Doctor descubre que se trata de Madame de Pompadour. Son varios los encuentros que se dan donde se crea un amor correspondido. Ella habla de él como “mi amor” y “ángel solitario”. El Doctor le promete constantemente que volverá a encontrarse con ella, y cuando al fin logra atravesar la chimenea encuentra una habitación vacía. Un hombre le entrega una carta que Jeanne-Antoinette había escrito al Doctor donde decía que era el amor de su vida. El hombre le comenta que acaba de morir, con cuarenta y dos años, y se llevan su cuerpo de Versalles. Y una vez más, vemos el peso del mundo en los ojos del Doctor. Para mí, el mejor episodio hasta la fecha.
I don´t want to go
Cada vez que el Doctor está a punto de morir, como ya he señalado, se regenera en un nuevo cuerpo. En esencia el mismo personaje, pero con muchos matices que hacen a cada doctor único. En lo que llevamos de serie (renovada) los rostros del Doctor han sido el de Michael Eccleston durante la primera temporada, David Tennant en las tres siguientes y el relevo de John Smith a partir de la quinta temporada... Estos son los Doctores nueve, diez y once.
El Doctor sabe lo que es la muerte: la ha mirado a la cara en demasiadas ocasiones, ha sufrido la muerte de familiares y amigos… y teóricamente ha muerto en diez ocasiones. Si le podemos reprochar algo a Russell T. Davies en su papel de guionista es que empatiza demasiado con sus personajes, les coge cariño y le cuesta deshacerse de ellos. Es demasiado evidente en los casos de Rose, que aguantó dos temporadas y ha hecho distintas apariciones estelares desde entonces, y en el caso del Doctor que compone Tennant. Antes de permitirse la regeneración, interviene en el devenir (joder, andamos hoy redundantes…) de sus amigos y los ayuda de un modo. Cuando Tennant mira por última vez a la cara, parece que su muerte va a ser definitiva. “I don’t want to go”. ¿Excesivo? Sí. ¿Funciona? Mucho. Entonces, por mí bien.
Por otra parte, según las reglas de los Doctores del Tiempo sólo hay doce regeneraciones, de modo que quedan dos más y el Doctor será un mortal más, tal y como los humanos. Su némesis, el Maestro, se trata de un Señor del Tiempo que renegó de su especie, que enloqueció y ha cambiado de cuerpo en numerosas ocasiones hasta el hecho de regenerarse en diversas especies. Así pues, ¿llegará el día en que veamos morir al Doctor?
En definitiva, podría decirse que el Doctor es un personaje fascinante que ha tenido que aprender a vivir con el tormento de la culpa, las muertes, el olvido, las despedidas… y logra sobrevivir. Si a esto le sumamos una de las mejores bandas sonoras que se componen en el medio televisivo, os aseguro que ese señor menudo que viaja en una caja azul os tocará la fibra en más de una ocasión. Lo dicho, a mí el Doctor me hace llorar.
LA ERA MOFFAT
Hasta ahora me he limitado a hablar del drama durante las primeras temporadas de la serie nueva, si bien Moffat tiene lo suyo y ha logrado algunos de los momentos más hermosos, tristes y poéticos de la serie.
El primero que me viene a la mente es, cómo no, Vincent and the Doctor, aquel capítulo en el que el nuevo doctor encarnado por Matt Smith visitaba junto a Amy Pond al mismísimo Van Gogh, ese pintor maldito y deprimido que no era consciente de su genio. Cuando al final del episodio lo llevan al mismo Louvre para que observe cómo será uno de los pintores más reconocidos y admirados de la Historia. Los ojos de Vincent inundados de lágrimas nos dieron a todos en la patata. Hay que reconocer que ese momento es magia.
Toda la presentación de Amy Pond es una reminiscencia de aquel encuentro entre el Doctor y Madame de Pompadour. El Doctor la visita cuando es niña y ella pasa toda su vida obsesionada con la figura del hombre de la caja azul. Esa presentación es tan emotiva en el reencuentro entre los personajes como lo fue en su día la de Donna.
La muerte de Amy y Rory Pond, por lo de inevitable que tiene, también se torna uno de los momentos amargos de la serie, como la muerte anunciada de River Song, más aún cuando entendemos la relación tan compleja que une a ésta con los Pond y el propio Doctor. En cualquier caso, las despedidas siempre son dolorosas, y en este caso también.
The name of the Doctor, o el último episodio hasta la fecha, con un Doctor en horas bajas, una Tardis gigante, ese cementerio temporal y la aparición fantasmagórica de River le dan a todo un funesto aire de despedida que no puede más que cerciorarse con la revelación final de ese John Hurt que viene a remover los cimientos de toda la mitología. No me gustaría dejar pasar por alto todas las historias que implican el paso del tiempo en seres mortales, como aquella en la que Amy, la chica que esperó, envejece en una dimensión a la espera de un Rory aún joven, o cuando la Tardis los separa... porque ésa es otra, la historia de amor de la Tardis con cuerpo de mujer y el Doctor es también trágica y épica, sin lugar a dudas uno de los momentos a recordar de esta etapa Moffat.
Vivimos en un mundo donde la clase política no representa a nadie, donde la economía es el motor que lo provoca todo, donde la justicia es algo tan relativo como irrelevante. Vivimos en un mundo donde la televisión ocupa un lugar importantísimo en el sentido de que cumple varias funciones: a) sirve de espejo en el que mirarnos y juzgarnos; b) alecciona, aunque esto no sea nada nuevo; c) entretiene (esto sí, más que nunca).
Por eso, cuando el año pasado se estrenó una serie de abogados nadie pensaba que supondría un revulsivo en la ficción contemporánea, ni mucho menos un salto cualitativo en las cadenas “abiertas” o networks. The good wife nació en el momento ideal para diseccionar la situación política y económica, cuando no social que ensucia en la actualidad a todo el planeta. Y, por si fuera poco, no era de David E. Kelley, el padrazo del drama jurídico (Ally McBeal, The Practice, Boston Legal o la reciente Harry’s Law).
The good wife, si bien está protagonizada por una mujer, no es la manida serie feminista. De hecho, comienza con su personaje principal, Alicia Florrick, convertida en mujer florero de su marido, político de barras y estrellas implicado en un escándalo de infidelidad (prostitutas mediante) y corrupción. Sí, corrupción. Como la vida misma. Mientras tanto, en España, hacemos miniseries de otros corruptos como la Pantoja y su Cachuli. ¿Se puede sostener toda una serie con ese punto de partida de la buena esposa que se debate entre el amor y el engaño, entre la familia y el trabajo, entre el odio y la esperanza? Los responsables de la misma han demostrado que sí. Al fin y al cabo, la vida sigue aunque la gente vaya a la cárcel o tenga enemigos, y eso es lo que hace Alicia Florrick: retomar su vida.
Alicia es una mujer desesperada como las de Wisteria Lane, de esas que sonríen siempre a los vecinos y tapan la mierda, sólo que Mrs Florrick está sola en esta batalla. Un personaje tan denso requiere a una intérprete que dé la talla, y ahí entra Julianna Margulies. Muchos ya la conocíamos y amábamos por su etapa en Urgencias, donde compartía lecho con el doctor Ross (George Clooney), pero en The good wife se supera a sí misma y está soberbia. Podría ser perfectamente Hillary Clinton tras el escándalo Lewinski, foco de atención de todas las miradas. Alicia permanece estoica ante los comentarios que se producen a su alrededor. Por si fuera poco, ante la posibilidad de que su “buen marido” vaya a la cárcel, decide comenzar a trabajar como abogada en un bufete. Y aquí es donde entra otro gran acierto de la ficción: Alicia Florrick tiene que competir contra otro abogado en prácticas por la atención de los socios de la empresa. La competitividad laboral no es sino otro crudo reflejo de la situación socioeconómica que estamos atravesando.
Y comprobamos que a esta señora no se le da nada mal lo de los tribunales, a caso por capítulo (probablemente exigencia de la cadena para atraer audiencia todas las semanas más allá del arco de temporada), lo cual obliga a los guionistas a filar el ingenio y dar con casos especialmente representativos del momento actual. Hay fieras luchas por los derechos de páginas web, filtraciones de información personal en Twitter, diplomáticos envueltos en polémicas de toda índole… y esa mujer que sólo espera y desea que su familia salga adelante a pesar del desliz de su marido.
El espectador, siempre admirador de la entereza de esta mujer, también observa cómo cambia de manera muy sutil, cómo ella es la primera en darse cuenta de que el sistema tiene grandes fallos que ella, dentro de las leyes y las cortes, no puede arreglar. Y poco a poco se irá corrompiendo sin ser consciente de su cambio, y sólo le quedan sus hijos y un marido y un cerebro que dicta ideas contrarias a sus entrañas.