6 de noviembre de 2023

Por qué dejé de beber



Partamos de una aclaración, porque el título da a entender que soy un alcohólico rehabilitado y no. Jamás he bebido de forma habitual, ni siquiera en contextos aceptados como con la comida o de fiesta. Sin embargo, durante unos años sí que fui un bebedor social que tuve momentos de borrachera épica, ocasiones que puedo contar con los dedos de la mano y adelante listaré. Lo cierto es que llevo ya en torno a 6 o 7 años sin beber (hay trampa).
Llegado un día, no recuerdo que fuera especial o viviera una epifanía, decidí dejar de beber por completo. Abandonar para siempre la cerveza o el vino, más aún las copas, y refugiarme en mis refrescos azucarados. Fue, dadas las circunstancias, fácil. No ha habido un solo día desde entonces en que haya añorado beber alcohol. Tampoco se me ha cuestionado o presionado en mi entorno social y familiar (más allá de una cena de Nochebuena o Nochevieja donde se siguen preguntando por qué no acepto una mísera copa de vino).
Creo que no he sido precoz en nada en la vida salvo la lectura. Fui el primero de la clase en terminar la cartilla Micho en párvulos para aprender a leer, y desde niño me he rodeado de libros y cuadernos, lugar seguro al que vuelvo a diario. La vida en un pueblo es una vida tranquila, y al menos en los noventa los menores gozaban de una libertad cada vez más escasa. Fui muy crío hasta muy tarde, mi interés por la lectura me abrió las puertas a otros intereses culturales, a la escritura. Poco a poco, mi tiempo libre fue llevándome por los derroteros de la creación. Recuerdo largas tardes leyendo, leyendo, leyendo, imaginando historias, visitando la biblioteca, fines de semana en casa. A esa edad temprana a la que algunos compañeros comenzaban a explorar la adolescencia (hablo de once, doce años: en los pueblos todo sucede más rápido) los fines de semana, para mí seguían siendo momento de juego. Salía a cenar con mis hermanos, a lo mejor quedábamos con amigos a no hacer nada, o, más tarde, cuando La 2 se convirtió en otro refugio, los sábados me bebía aquellos ciclos de cine independiente y/o europeo o, más adelante, las primeras temporadas de A dos metros bajo tierra (que acaba de llegar a Netflix, dicho sea de paso).
Mis compañeros y compañeras salían, iban a pubs, hacían botellones. Recuerdo que nunca me gustó el sabor del alcohol. Por aquel entonces, cuando salía, recuerdo tomar esos mejunjes dulces, azucarados que mi paladar toleraba: mangaroca con batido de chocolate, lima con vodka, blue tropic, piña con malibú... Pero me tomaba una de esas y ya. Hasta ahí mi experiencia con el alcohol.
Ya de lleno en la adolescencia, cuando llegó el instituto y tomamos caminos divergentes mis hermanos y yo, recuerdo abrazar la soledad, refugiarme en mis obsesiones (fantasmas que aún me acompañan), poner distancia entre mi vida y el acto social. Como en mi casa jamás se normalizó el consumo de alcohol más que en ocasiones celebratorias (o la cerveza/vino con la comida, como en cualquier hogar), tampoco me vi arrojado a estos néctares durante la adolescencia. Para mí, beber seguía siendo algo extremadamente adulto, y yo era un crío. Incluso en verano, en Salobreña, no nos acompañábamos por amigas que bebieran y tratábamos (ahora lo sé) de ser peterpanes que perpetuaran los restos de la infancia. Con todo, ya abrimos la puerta a Sandevid y otros inventos del estilo.
Fueron la vida independiente, los 18, la universidad, el punto de inflexión. Los primeros amigos eran como yo: bebían poco si bebían, cuando salíamos a tapear por Granada era lo normal un tinto de verano o una Coca-cola. Creo que fue por esa altura cuando más Coca-cola consumía: a litros, y no me afectaba al sueño, al estado de ánimo o a la salud. Ahí ya sí empecé a hacer botellón y a beber en contexto de fiesta: Cacique principalmente, si mal no recuerdo, pero también cerveza, tinto de verano, cosas baratas.
Hago aquí un inciso sobre las borracheras de las que hablé antes, contadas y repartidas en el tiempo.
  1. Mi primera borrachera memorable fue un poco tonta. Se acercaba fin de 1º de carrera, quedamos un grupo de la facultad a beber, pero nada más allá de lo normal. Nos despedimos para vernos ese mismo día más tarde. Recuerdo llegar a casa bien, bien perjudicado, digo, porque caí directo en la cama y fue cuando todo empezó a darme vueltas. Incapaz de mantener la cabeza anclada me arrastré al cuarto de baño a vomitar. Me senté primero en el váter, no sabía bien si necesitaba vaciarme por arriba o por abajo, y fue mala idea, porque me dejé resbalar al suelo y ahí, abrazado a la taza y con los calzoncillos por los tobillos me encontró mi hermano al volver a casa, en un estado lamentable, y me cogió en brazos y me acostó. Dormí hasta pasarla, no recuerdo quedar esa noche con mis amigos. En los años sucesivos, mi principal ingesta alcohólica se daba en un pub irlandés, el Hannigan's, donde todos los lunes íbamos a competir y a beber Guinness en mi caso, y cuyo premio eran cócteles gratis (la noche que ganamos sí recuerdo acabar bastante borracho, pero sin perder los papeles).
  2. Mi segunda y épica borrachera fue de Erasmus, en 3º de carrera, donde ya había normalizado perfectamente beber en cada fiesta. Esa noche comenzamos la celebración en nuestra casa de Swansea. Recuerdo que solíamos comprar vodka marca blanca de Tesco, porque no daba resaca. Después de juntarnos a beber en casa, esa noche, de forma excepcional, decidimos ir a una discoteca que había en el campus. Habíamos mezclado el resto del vodka en la botella con el resto de refresco de limón. Ya en la fila para entrar tuvimos que hacer el sacrificio de beberla del tirón, nos recuerdo en concreto a mi amiga María y a mí hasta vaciarla. Nada más entrar, alguien pidió chupitos de tequila. No sé si tomé uno o dos, y empecé a sentirme mal hasta el punto de que mis amigos me tumbaron en un banco de la discoteca. Ya tumbado, de nuevo la sensación de que el mundo giraba y yo no podía echar el ancla. En una de estas, supe que iba a vomitar y vomité. Justo en ese momento, mientras vomitaba (no mucho, un poco) tumbado pasó ante mí una camarera y nuestras miradas se cruzaron. Aunque me sentí mejor enseguida, en unos minutos vino uno de los seguratas de la discoteca a sacarme sin posibilidad de recoger mis cosas o despedirme de mis amigos. Pero esa es otra historia.
  3. Pasaron bastantes años en que, tras mi shock con el tequila, decidí ser más prudente con la bebida. Al poco de mudarme a Madrid hice un par de viajes a Lisboa. En ambos, con amigos queridos, bebí más de lo que mi organismo toleraba. En la primera noche no pasó de ahí; dormí la mona ricamente. La segunda vez, también obnubilado por cuanto bebí y fumé en Bairro Alto, acabé abrazado a un desconocido hasta que nos separamos (mi amigo Javi, mientras tanto, no paraba de señalarme y descojonarse. Entonces me dio el backout, me dejé caer en el suelo (calculo que frente a la Igreja dos Italianos o en el Largo de Camões, aunque bien pudo ser en São Roque o São Pedro de Alcântara) y sólo quería dormir. Me tuvieron que levantar y llevar en brazos al hostel. Más allá del bochornoso espectáculo, fue una de mis peores resacas (estaba quemado por el sol de la playa portuguesa, estreñido y medio moribundo por la noche anterior).
  4. En 2014, aún en Madrid, cuando quedaba con amigos o mi ex bebíamos cerveza, porque era lo más barato. Bebíamos en casa, a veces en bares de Malasaña. Fumábamos. Entonces, una reunión escolar: mi clase del pueblo se reunía, ya con 25 años, en una cena. Tras la cena llegaron las copas en el mío (un gin tonic mío y otro de una amiga que se tenía que ir), y tras el restaurante acabamos en un pub, y luego en otro, y cada vez que tenía la mano libre mi hermano me colocaba otro gin tonic que yo bebía displicentemente. Nos dio el nuevo día, y al volver a casa, bastante perjudicado, pero estable, me dirigí directo a la cama. Vomité en la cama toda la cena de la noche anterior y todo el alcohol ingerido. Me recuerdo malísimo, sin duda mi peor resaca.
  5. Casi un año más tarde, ya instalado en Lisboa, mis primeros meses en la ciudad a veces me gustaba callejear y visitar el Bairro Alto de noche, porque para mí era sinónimo de peligrofiesta y libertad. En la visita de un amigo acabamos ahí, en uno de los bares de Bairro Alto, aunque llegamos tarde y todo cerraba, así que compramos uno de esos litros lleno de un cóctel cualquiera con vodka o veneno para el camino mientras bajábamos a Pink Street con unas españolas que conocimos en la calle. Ya en Cais seguimos bebiendo cerveza en distintos bares, tratando de entrar en un local con aire algo clandestino sin éxito y, por último, entrando en una discoteca (ahora que lo pienso esa es la única vez que he estado en una discoteca en Lisboa). En la discoteca sólo recuerdo flashes: bajar al baño atravesando una sala con billares, tratar de brindar con todo el mundo botellín en mano y buscar a mi amigo entre la muchedumbre. Más tarde, un taxi, el impulso inaguantable de vomitar en el taxi y que nos echaran. Ya en la calle, caer al suelo redondo. Desperté completamente desorientado y sin recuerdo de media noche, algo que nunca me había pasado y jamás me ha vuelto a pasar.
No dejé de beber entonces, ni mucho menos. Durante los siguientes tres, cuatro años consumía alcohol en eventos sociales, alguna vez después de trabajar cuando teníamos visita del cliente porque invitaban (lo normalizado que está el consumo de alcohol en ambientes laborales), en cenas y fiestas en casa. Entonces, y creo recordar que fue bastante súbito, decidí no beber más.
Me puse firme conmigo mismo y me di cuenta de que no disfrutaba el sabor del vino y la cerveza, que era más un rito de paso que algo que hiciera convencido. Por honestidad, porque ya venía dándome cuenta de que no me gustaba cómo me hacía sentir el alcohol, corté el grifo. De pronto no pedía una sidra al salir, no regaba los encuentros con cerveza, no brindaba con los amigos a quienes ofrecía una copa cuando venían a casa, porque en mi casa hay mueble bar. Las botellas de vino traídas por visitas a cenas y estancias permanecían año tras año aguardando a alguien que diera buena cuenta de ellas.
Miento si digo que no he vuelto a probar el alcohol. Alguna vez, si me apetece, bebo una sidra (más por el sabor que por otra cosa) o una amarguinha (típico licor portugués de almendra servido con hielo y limón), pero son las únicas excepciones que me permito. He intentado ser algo gourmet y acompañar alguna comida de una copa de vino, pero el efecto es curioso: me pongo rojo enseguida, como si el alcohol me provocara reacción en el organismo. He llegado a preguntarme si tengo algún tipo de alergia al etilo.
Creo que hay cada vez más gente que toma la misma decisión que yo, que en las nuevas generaciones el consumo de alcohol, como de tabaco, no está tan romantizado. Me consuela ver esta tendencia cambiante, y aunque el alcohol no ha supuesto para mí ninguna condena (pienso en auténticos alcohólicos que han tenido que batallar dicha bestia día a día: mi añorado Fernando Marías lo narró con valentía en Arde este libro), sí que me ha colocado en lugar extraño 
Pero, y a lo que venía al comienzo de este texto, dejé de beber por decisión propia. No me gusta ni me ha gustado nunca el alcohol, aunque lo he consumido con cierta normalidad. Aún hay quien se extraña/sorprende si les  explico que no, no bebo, pero basta que les diga que no me gusta para que entiendan. Y 

1 de agosto de 2023

Vacaciones de verano

 En casa las sacrosantas vacaciones siempre han sido en agosto, en parte porque era cuando mi padre mandaba de vacaciones a todo el personal en la empresa, en parte porque era mi (nuestro) cumpleaños. Desde los sempiternos veranos en Salobreña a mis descansos más recientes, es agosto el mes elegido. No concibo trabajar el día de mi cumpleaños, de modo que el 9 de agosto suele ser la fecha en torno a la cual planifico el parón.

En concreto, desde que trabajo en mi empresa suelo pedirme dos semanas en agosto, una que aprovecho para irme al pueblo con la familia, y otra para disfrutar de días de playa, no hacer nada y poco más. Da la casualidad de que en 2023 las Jornadas Mundiales de la Juventud se celebran en Lisboa, con lo que esto supone para quienes vivimos allí, por lo que no me lo pensé dos veces al hacer coincidir mi semana en el pueblo con esos días, y dejarme la segunda semana para irme a la playa, al pequeño oasis de paz en que se ha convertido para mí (nosotros) Foz do Arelho.

Así, tras unos meses de estrés extremo y mucha presión en el trabajo, necesitaba parar. La idea era estar en el pueblo a la fresca, en la planta baja de mis padres en lo que era el local comercial en su día. Hacer nada, o casi nada. Sólo tenía un plan: deshacer y rehacer la manta en la que trabajo desde que descubrí el crochet hace unos meses.

Claro que la vida tiene sus propios caminos, y en mi caso esa manta que iba a hacer con todo el relax del mundo se ha acabado convirtiendo en muchas cosas, pequeñas deudas que debía ir saldando antes de la semana de (ahora sí) descanso playero en Foz do Arelho:

- Relectura del libro que he revisado en los últimos meses. Aunque ya di por finiquitada la revisión, me comprometí a una lectura final de todo el libro para buscar cosas que se hayan podido escapar y acabar de darle coherencia a la corrección.

- Carta de recomendación de mi amigo Carlos, que está buscando trabajo y ha contado conmigo para dar feedback, No me debería llevar mucho tiempo, pero tengo que dedicarle una tarde o una mañana.

-Reescribir el proyecto de libro infantil en el que llevamos trabajando una década mi amiga Cristina y yo. Lo he dejado a propósito para esta semana porque cuando estoy en plena vorágine de trabajo siempre me resulta imposible dedicarle el tiempo que merece, y además necesito un pequeño proceso de documentación para los anexos. Al final requiere más tiempo y dedicación, sobre todo porque es un tema delicado y el libro pide una sensibilidad muy especial.

- Revisar Piel de Pollito, la novela infantil que terminé a principios de año para actualizarla un poco. Para ello he traído post-its de colores y bolis negro y rojo.

- Leer un par de libros que me he traído, Volver a cuándo y The year of magical thinking (este lo llevo posponiendo años y es una de las lecturas más importantes para la novela en que trabajar) para poder dedicarme a otros libros en la semana de playa.

A esto tengo que sumarle, como venía diciendo, lo de la manta, y otras dedicaciones que uno no puede asumir en el día a día: ordenar todo el contenido de mi disco duro, registrar las postales que he recibido de Postcrossing y escribir varias nuevas, tal vez redactar de una vez...

En fin, escribo esto un martes por la noche y el sábado ya vuelvo a Lisboa, donde seguramente fantasearé con estas dos semanas de vacaciones durante el año entero. Ojalá aprender a quitarnos fechas

31 de mayo de 2023

Stop

 Hace ya unos años que apenas paro por aquí. La inexorable muerte de los blogs, las responsabilidades de la vida adulta y las nuevas formas de exhibicionismo en redes sociales me han mantenido al margen de este rincón que comencé a construir hace tantos años.

Cuando comencé a escribir blogs era tremendamente feliz, como sólo se puede ser feliz desde la despreocupación de la inocencia. Acababa de mudarme a Granada y la vida estaba llena de ventanas. Escribir de cara al público, abrir las compuertas de lo que guardaba de piel adentro supuso un pequeño milagro: comunidad, literatura, confianza, oportunidades, amigos, un mundo que se expandía.

Pero las modas pasan y el mundo cambia. Hasta 2013 fui relativamente regular en esto del blog, aunque el volumen de textos había bajado considerablemente. Me atrapó la vida con todo lo que eso significa, y no era la vida que yo había previsto. Dejé de pasarme por aquí y era como si, a cada día que no escribiera en este espacio, me distinguiera más y más de quien había sido. Me volví sombra.

Basta comprobar mi escritura y el tono sombrío, casi reverencial de todo lo que he compartido aquí en la última década. Dejó de ser divertido jugar a los blogs, pero soy una criatura fiel.

Y, por si fuéramos pocos, parió la abuela, y parió en forma de IA. Desde hace unos meses la IA domina todas las conversaciones, todos los espacios, todas las artes. Y lo peor es que hay gente que le compra la idea: imagina que en la uni no hubieras tenido que escribir ni una redacción, que tu tesis la hubiera desarrollado una IA y te sacas un notable alto. Que podamos resucitar a Janis Joplin o Amy Winehouse, tan injusta y prematuramente desaparecidas para explotar su potencial carrera musical. Si de unos años atrás los creadores de contenido para plataformas ya se han visto coartados por el algoritmo que impone el ritmo, el giro de la trama, el necesario o no cliffhanger, ¿por què no dejar que el algoritmo sea quien cree contenido para consumo masivo e infinito? Si algo ha funcionado, ¿por qué no recrearlo ad nauseam? Justo coincide esta omnipresencia con la nueva huelga de guionistas de Hollywood, empujada precisamente porque las plataformas que los han estado ordeñando y coartando se niegan a pagarles proporcionalmente a los beneficios de sus creaciones; de pronto, se suma el miedo a las IA. ¿Van a sustituir los estudios a sus guionistas por la Gran Inteligencia Robótica? ¿Se viene un futuro de contenidos predecibles, fáciles de encadenar sin que molesten, sólo lo justo que haya calculado el algoritmo para que sigamos pensándonos rebeldes? ¿Qué espacio queda para películas y series que siempre han nadado a contracorriente? ¿Será la AI capaz de darnos una Six Feet Under, una Marvelous Mrs Maisel, una Incendies? Lo dudo mucho.

Pero este blog está plagado de mis escritos, así que he decidido eliminar todos los relatos que había publicado hasta ahora, una decisión que iba a considerar más difícil de lo que ha sido, sobre todo si tenemos en cuenta que fueron los blogs la plataforma donde hice callo en la escritura, pero esto de acuerdo con muchos otros escritores en que, y ya sé que no vale de nada, paso de que los robots copien mis escritos para moldear sus ficciones.

Al mismo tiempo he tomado otra decisión, no en relación directa a la de borrar los contenidos, pero sí vecina. He cerrado TODAS mis redes sociales. Sólo mantengo Linkedin (ya ves tú pa qué), aunque esta vez sí tengo Whatsapp. Sin embargo, es la primera vez que me quedo por completo sin la Santísima Trinidad (Twitter, Facebook e Instagram). Debo recordar aquí que hace 10 años, cuando llegué a Lisboa, lo hice sin Facebook (Instagram no tenía) ni Whatsapp, pero mantuve mi cuenta de Twitter como única ventana al mundo. Ahora que está llena de cuentas muertas y bots parece el momento idóneo, pero se me hace raro dejar un espacio donde he estado desde 2007, más o menos coincidiendo con el comienzo de mi Erasmus. Creía que llevaría mal el silencio virtual, pero no. He echado en falta estar enterado de cosas en la semana de elecciones, pero no he sentido ningún peso ni ansiedad por mi decisión, sino alivio. La idea es desintoxicarme un poco de todo esto, aprender a relativizarlo y tal vez en unos meses, cuando haya terminado la novela en la que trabajo y lo vea todo con cinismo, me decida a volver. De momento, necesito un tiempo de silencio, un STOP también por salud mental. Volver a preocuparme y pensar sólo en lo importante.
Ya veremos qué sale de aquí.

28 de febrero de 2023

Febrero

 No es mes de grandes avances, vuelvo a ser consciente de la vida. Me atasco en las lecturas, pero me salva un viaje a Porto (concierto mediante de Linda Martini). Me regocijo con la idea de volver en unos meses un fin de semana entero con el puro pretexto del goce, el zascandileo y la contemplación de la belleza en los cafés portuenses. Retomo en ese viaje las memorias de Fernán Gómez, me enroco en la lectura del comic recopilatorio de Spike. Veo mucho cine, eso sí, muy dispar, eso sí.


Escribo poco de la novela, pero avanzo algo; avanzo principalmente en el proceso de documentación para uno de los nudos dramáticos más importantes del libro, así que pronto podré avanzar en ese frente. Me comienzo a plantear escribir por temas, documentarme por temas con anterioridad e ir cerrando etapas del libro fuera de las escaletas habituales o estructura tradicional. En eso este libro también es distinto.

 Doy un último empujón para que Roc y Jofre tengan el regalo de cumpleaños a tiempo e improvido mi propia trama de Mortadelo y Filemón narrada. Puede ser el resultado uno de los trabajos de los que más orgulloso me siento en los últimos años.

Retomo, además, el proyecto de mi diario personal, uno que nadie jamás leerá, uno del que ahora sólo tú, que has llegado aquí, tienes conocimiento.

21 de enero de 2023

Un año después

 Despierto temprano, molesto por las ganas de mear. Ya más de dos años de lucha contra mi próstata y vejiga y cero avances. Vuelvo a la cama nervioso por la organización del día que se me viene encima. Miro un rato el móvil  y decido quedarme un rato más en la cama.

Despierto con Truman entre las piernas. Finalmente me levanto. Anoche acabé al fin Ordesa de Vilas. Le doy tres estrellas de cinco, me deja frío. Hace un año ya despertaba en esta cama de esta casa que aún no siento como un hogar. 

Considero que en estos doce meses he dado pequeños pasos hacia una vida mejor, pero no termina de llegar. He ascendido en la empresa, algo que -para sorpresa de nadie- no me ha hecho más feliz, aunque creo que en el fondo sí. También, sobre todo en los últimos meses, he decidido retomar la lectura y la escritura con mayor método.

La ansiedad me acecha desde fin de año y, por primera vez desde que recuerdo, no hay día que no la sienta. Sobrevivo a base de lorazepams. 

No, no publico, no gano premios literarios, pero he terminado una novela infantil y ya le estoy buscando hogar. También avanzo con la otra novela en la que trabajo. El objetivo es acabarla este año y empezar a moverla igual. Tengo, por otra parte, ya el germen de un nuevo libro que tomará el testigo de estos y mi regreso al terror puro. Además, ayer me puse en contacto con un editor para cositas. Lejos quedan los laureles de hace diez años, pero esta maratón no para nunca. Creo en mi persistencia como único instrumento de supervivencia.

No paso mis mejores momentos a nivel anímica, pero estoy identificando lo que me entristece tanto y tal vez sea el momento de actuar y no plantearme sueños de aquí a un año. No quiero que sean los días quienes decidan por mí. Quiero que cuando despierte este día de 2024 la vida sea más cómoda, más fácil, más tranquila.


a volarlo todo

5 de enero de 2023

Carta a los Reyes Magos


 A sus Majestades los Reyes Magos de Oriente


Queridos Reyes Magos:

Hace mucho que no os escribo.

De hecho, recuerdo haberos escrito pocas cartas. Sí recuerdo con ilusión (h)ojear los catálogos de juguetes de las cadenas de supermercadod y del Toys R Us, esa sensación tan navideña en alguna visita a la familia en Granada. Pero de escribiros cartas pidiendo regalos no guardo recuerdo.

Supongo, no obstante, que deseé muchas cosas. Cada año anhelaba la llegada de los regalos venidos de Barcelona que enviaban mis tíos y que anticipaban toda la Navidad. Tampoco éramos en casa muy dados a seguiros en la cabalgata del Día de Reyes, si acaso a colocar los zapatos de la familia todos juntos y aguardar más por el misterio que por la promesa de un deseo cumplido.

Este año decido escribiros porque me empuja la vida a un pozo que creía superado, el de la ansiedad. Llevo ya más de diez días en un estado permanente de ansiedad que no logro descifrar.

Pero puestos a pedir, este año os pido:

-Más tiempo (menos trabajo, menos chorradas)

-Más salud (menos ansiedad, menos kilos)

-Viajes, que llevo ya años sin viajar apenas

-Planes, que estoy muy cómodo

-Oportunidades laborales

-Una mudanza a una casa que pueda llamar hogar

De lo material me vendría bien que subieran los sueldos en Portugal y que mi empresa pagara más, no soy tampoco muy materialista, pero aspiro a una vida tranquila. Eso es algo más que he aprendido con los años, algo que seguramente no sospechaba cuando manoseaba aquellos catálogos de juguetes. El dinero no da la felicidad, pero compra la tranquilidad.

Con esto me despido, majestades. Mis afectuosos saludos,


Jose

16 de abril de 2022

En esto ando dos años después

 Si en 2020, justo antes de empezar la pandemia, hice una especie de índice de proyectos posibles, toca, ahora que parece que el mundo retoma cierta normalidad, volver a poner orden en todas las ideas que barajo para libros en marcha. Partamos de que el año pasado, de la nada, me nació una novela corta publicada en Historias Pulp #El Exorcista. Algo que escapa a toda lógica fue un pequeño milagro, una historia que nació con capacidad fugaz y ahí está, redonda y terrorífica, digo pequeño milagro, sí, porque a veces hace falta que alguien nos diga que esto tiene sentido. Arranco 2022 con el firme propósito de escribir, de terminar cosas, de ponerles fecha a publicaciones, y los principales proyectos que me ocupan son los siguientes:

Tarde y mal

La novelita adulta, sí. La que comencé hace dos o tres años con enorme entusiasmo, he tratado de posponer con diferentes excusas (que si tengo que leer tal o cual libros que sí he comprado, que si tengo que darle estructura, esperar a que coja forma, darle aire para que el Tiempo ejerza de editor inequívoco) que se me agotan. He de reconocer que siempre que la retomo, acabo escribiendo dos o tres capitulitos del tirón, porque son muchos años con Isabel y Rosa en mi cabeza, son muchas experiencias en carne propia que deseo trasladar a este libro, pero no la retomo con la frecuencia ni la decisión con que debería. Se me acaba el plazo que me autoimpuse para tenerla lista, que son los treinta y cinco, así que a ver si pongo orden en mi vida y mis prioridades, porque creo que, bien trabajada, podría ser esta novela la gran alegría de mi vida.

Piel de pollito: Detective de sustos

También hace unos años nació este concepto de novelas detectivescas infantiles con elemento sobrenatural. Nació con fuerza, escribí bastante, hice muchos planes y estructuré con detalle el que debía ser el primer libro de una serie. Piel de Pollito, una niña pequeña, rechoncha, miope y cobarde, se convierte en detective de fenómenos paranormales un poco a su pesar. Más adelante tuve ideas para varios libros, y de hecho utilicé una para escribir un relato entero para una convocatoria que no fue seleccionado, por lo que, si este primer título sale adelante, al menos tengo el esqueleto de lo que podría ser una segunda o tercera novelita infantil. La he releído varias veces y me resulta muy divertida, con ese humor tan Manolito que es el único que entiendo y una protagonista que es un caramelo. A principios de año me dije que debía trabajar en ella y tres meses más tarde la intención es la misma, así que parece que, esta vez sí, tendremos librito infantil.

Así comienzan todas las historias de amor

Más que un proyecto nuevo es un refrito. Aunque hace unos años tuve la intención de publicar a través de Wattpad la primera novela que escribí en torno a los 18 años, La dama de Oriente, la dejé medio olvidadaa y medio publicada. Ahora, en 2022, he decidido recopilar bajo un mismo título todos los relatos de amor  que he escrito en los quince años que llevo escribiendo. No son muchos y, más allá del género (romántico tocado de fofrma más directa o tangencial), poco tienen en común, pero me pareció buena idea aprovechar estas historias para que cobraran cierta vida aunque sea en la plataforma digital. Así comienzan todas las historias de amor no satisfará a quien busque las tradicionales historias de amor con final feliz. Tampoco creo que estos relatos sean tristes, pero creo que todos guardan en el alma de la historia una melancolía, un deseo de trascender qeu me han hecho darles esta nueva oportunidad. En función de cómo funcione el proyecto, tal vez me plantee integrar aquella novelita de carretera que nunca terminé y que es triste y loca, cuya existencia gira en torno a dos o tres grandes historias de amor.

Con respecto al resto de proyectos de los que he hablado largo y tendido en anteriores recuentos de mi actividad literaria, prefiero ni volver la vista atrás para darles prioridad a estas gestas en las que ando metido. Sólo puedo destacar que La traición de Wendy estuvo a punto de reeditarse hace dos años aunque finalmente no salió adelante (aunque al menos se encuentra revisada por completo y aumentada con material inédito), y que La extinción de los dinosaurios sigue siendo mi as bajo la manga. Estoy convencido de que, llegado el momento, podrá encontrar la salida que necesita. Por otro lado, Jándula se transformó en Dejad que os hable de Jándula, una novela vampírica de terror, que está bien empezada y, con cierto trabajo estructural, podría salir adelante.



22 de enero de 2022

Un año después

 Por vez primera, llego tarde a mi cita.

Ha muerto Elza Soares. Despierto de fin de semana, tarde y lento, con la promesa de dos días llenos de actividades y planes, pobres en dinero. Ayer tuvimos cena en casa, perro incluido. Ahora pierdo la mañana con Truman a mi lado, metidos en la cama hasta pasadas las dos de la tarde.

Escribo estas líneas en otra casa, una aún en proceso de conquista, en cambio constante. Un año después, la vida es prácticamente igual, una prolongación de un mundo a medias. Un año después, prácticamente vivo autoconfinado.

Arrancó enero lleno de buenos propósitos, del miedo a los 35 a la vuelta de la esquina, pero propósitos más firmes que los del año pasado. Gracias al medio por empujarme al precipicio del cambio.

Tampoco estoy escribiendo mucho, no saco tiempo, no me organizo, el mal de siempre. Espero, no obstante, darle forma a los proyectos que tengo, buscarles una salida, mejorar la vida en la que me encuentro atrapado.

La idea era ir en un par de semanas a Londres, donde no voy desde justo antes de la pandemia. Ojalá poder volver un fin de semana largo, aunque quizás sea lo mejor tal y como voy de pasta. Estoy considerando varias ofertas de empleo para salir del atolladero. Creo que ha llegado el momento de dejar atrás la comodidad y arriesgar un poco, aunque sea atrevido tal y como están mis días.

No quiero hablar de planes firmes para este año más que cumplir 35 con dignidad, y esto queda absoluta y absurdamente entre mis manos.




6 de diciembre de 2021

Mi última novela en audiolibro


Como ya he hablado otras veces en este blog, 2021 siempre será para mí el año en que publiqué una inesperada novela, Algo que escapa a toda lógica, ya que esta nació como relato que se me fue de las manos.

A su publicación en digital y papel dentro del número 5 de la revista Historias Pulp, ahora se suma la audionarración elaborada por la misma editorial en varios medios: Youtube, ListenNotes e Ivoox, como si se tratara de un nuevo podcast. Claro que es mucho más. La perfecta dicción del narrador y la música de fondo incrementan la sensación de intranquilidad a medida que la narración se desenvuelve.

Y  es ahora cuando empiezo a hablar de novela porque su lectura alcanza las 2 horas y 56 minutos, por lo que es perfecta para un viaje, para una tarde de frío con un chocolate caliente mientras la lluvia lame la ventana. Estoy muy contento con el resultado, ya que además se trata de la primera vez (salvo algún cuentecillo que me locutaron en Radio 3) que puedo disfrutar de una historia escrita por mí y leída por otra persona. Me ha llegado como la novela de un tercero, como si hace un año no hubiera estado yo peleándome con documentación y esquemas de estructura y otras técnicas literarias para encajar mi narrativa dentro de la primera película de El exorcista.

Ahora esta historia que ya no es mía os pertenece.

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